En una elevada región de terrazas y candiles rocosos a las orillas del río Jicatuyo (que es afluente del caudaloso Ulúa, en Honduras) y cuyo cañón es bastante alto, casi cortado a pico, liso y perpendicular, se asentó la floreciente población maya Yamalá, que en la antigüedad competía con Tencoa en importancia y riquezas. Se cuenta que en el año de 1537, Yamalá fue destruida por órdenes de Francisco de Montejo, debido a que sus habitantes se habían rehusado a someterse al dominio de España y a pagar tributo en oro. Los sobrevivientes se dispersaron y jamás volvieron a repoblar el lugar. En sus cercanías todavía se pueden observar montículos que cubren vestigios de esa ciudad.
Yamalá desapareció como pueblo; pero ha quedado en el aire flotando, como un fluido sutil que reaviva nostalgias. Y también el recuerdo de un pintoresco mito que los antiguos indígenas perpetuaron en la alta muralla del río, con una expresiva alegoría grabada en bajorrelieve que representa la imagen de un fornido guerrero con una rodilla en tierra, mientras tiene un arco en actitud de disparar una flecha a través de un espacio vacío, al farallón opuesto, en donde aparece esculpida una estrella de gran tamaño. La alegoría describe la historia de un gran amor y de una dolorosa tragedia de un guerrero enamorado que arrojaba flechas a las estrellas y de una terrible destrucción de Yamalá. La naturaleza de este territorio es agreste; se encuentra poblada de árboles, erizada de picos altivos que rodean un fresco valle en donde estuvo asentada dicha población. Era un pueblo laborioso y culto, que trabajaba, amaba y permanecía ajeno al tenebroso vaticinio de la llegada a tierras de América de los hombres barbados que aplastaban la cultura secular.
La comunidad era gobernada sabiamente por un bondadoso cacique que tenía una hija de 17 años, famosa en la comarca por su belleza y pretendida por los hijos de los señores de los pueblos vecinos: se llamaba Ixtab. Su hermoso semblante lucía con esplendente serenidad del lucero del alba donde fuera a refugiarse el dios Kukulkán. La joven tenía grandes ojos castaños, rasgados y profundos, como esos remansos misteriosos de los ríos bajo el follaje susurrante de los robles. Su boca pequeña era tan roja como la sangre más pura, y sus dientes blancos, como las piedras nacaradas de los collares de las doncellas vírgenes asomaban tras el telón de los labios húmedos. Había pasado la ceremonia de la pubertad, en la cual le había sido retirado el cinturón de castidad, para indicar que era apta para contraer matrimonio.
Demasiados fueron los pretendientes de la joven, la flor de Yamalá, pero su padre se la había prometido al señor de Tencoa con el propósito de concertar una alianza para resistir a los mexicanos, quienes cada año en el verano, después de la recolección de la cosecha, entraban a saquear la ciudad de Mayab pero ella había sido picada por las moscas azules que inoculan el amor, lo que apresuró que entregara su amor al apuesto Holkán, quien la amaba con igual intensidad.
Ambos se conocieron en la fiesta de Tzolkin, en cuyas celebraciones participó Ixtab, con otras doncellas de su edad. Holkán la vio danzar con el rostro radiante a la luz de las fogatas, interpretando la insinuante y tentadora danza de la fecundidad. Las bolas de copal ardían en los braseros, de los cuales salía el humo aromático para extenderse por todas partes, pero resultaba más agradable la fragancia de su cuerpo moreno bañado en esencias de flores silvestres y en cáscaras de palo de rosa. Cuando pasaba muy grave y solemne ejecutando el ritmo ceremonial, una fragancia olorosa penetraba en el olfato masculino despertando sensaciones desconocidas. En un giro de la danza, la joven deslumbró un instante frente a él y le clavó muy hondo su ardiente mirada, que brillaba como el resplandeciente sol en la costa.
Holkán se sintió prendado de la bailarina y le propuso matrimonio, pero ella debía unirse al señor de Tencoa, porque así había sido dispuesto por su padre, y nunca una mujer maya formada en el respeto a sus progenitores se revelaba contra la decisión paterna. Solamente un suceso imprevisto podía cambiar aquel destino.
Cierto día, unos mensajeros llegaron asustados a Yamalá trayendo noticias aterradoras: los mexicanos se acercaban tocados con penachos de águilas dispuestos a atacar la serpiente (centro) del Mayab. En casos de guerra el Holkán tenía el mando militar debiendo encabezar los ejércitos de fensores. Reunió éste a los guerreros aptos para la pelea y luego envió a las mujeres y niños a un apartado lugar que consideraba lo suficientemente seguro para resguardar sus vidas. Antes de partir, la india Ixtab con el rostro bañado en lágrimas, dijo a su amado:
—Holkán, que el espíritu de Kukulkán sea tu guía en esta lucha, para que resultes victorioso ante el mexicano para así volver con bien a casa. Si no lo hicieras moriré de pena y mi alma volará a lo alto convertida en una estrella que te buscará por la eternidad en la oscuridad.
La horda atacante superaba fácilmente en número a los defensores. Por ello se vieron arrojados a orillas del río Ulúa. Una vez que tuvieron despejado el camino de Yamalá cayeron en la población indefensa, haciendo en ella una verdadera carnicería. Se salvaron los más ágiles, que escaparon del alcance de las flechas y del filo de las armas de obsidiana. Ixtab y las doncellas que la acompañaban perecieron bajo el brutal ataque; igual que flores abatidas por el más cruel de los vendavales.
Cuando Holkán logró reagrupar a su ejército ya era demasiado tarde. Sólo encontró un campo de muerte y escombros humeantes. Enloquecido de dolor levantó la cabeza al cielo y se quedó mirando fijamente a una luciente estrella que parpadeaba en lo alto del firmamento como haciéndole guiños cariñosos. Su mente aún turbada, imaginó que aquella estrella era el espíritu luminoso de su amada.
Desde aquel día, Holkán cada noche subía a la cima del monte con una abundante provisión de flechas. Tendiendo el arco hacia el cielo las arrojaba una tras otra, como queriendo arrancar la estrella lejana. A veces, con rápidas exhalaciones, cruzaban en el firmamento estrellas fugaces que iluminaban el cielo; al mismo tiempo, varios bólidos llameantes encendían el horizonte unos momentos para después hundirse en el vacío. El guerrero enloquecido se animaba creyendo que estaba alcanzando el blanco. La gente de Yamalá decía:
«¡Es el Holkán que está desprendiendo estrellas!»
Una noche el Holkán realizó un gran esfuerzo lanzando una flecha en el mismo instante en que una estrella fugaz se precipitaba hacia la Tierra. Su luz se reflejó allí abajo en la quieta poza del río, y Holkán queriendo aprisionarla, se arrojó desde el borde del farallón y cayó al agua. Como no tenía la suficiente profundidad, se destrozó la cabeza al chocar con las piedras del fondo.
A pesar de que los siglos han pasado desde que se hicieron aquellas inscripciones en lo alto de la roca, todavía pueden verse con bastante claridad, recordando el mito de Yamalá, en la imagen del «Guerrero que disparaba flechas a las estrellas», con el único objeto de regresar a su amada a la Tierra.