CUENTA la historia en esta parte que el demonio se enfadó mucho con la visita de Nuestro Señor al infierno, cuando sacó de allí a Adán y a Eva, y a tantos otros como quiso. Al verlo, los diablos sintieron un gran miedo y se quedaron admirados; reunidos, se decían: «¿Quién es éste que puede más que nosotros, de forma que no hay nada que le impida hacer lo que desea? Nunca pensamos que pudiera nacer de mujer ningún hombre que se nos escapara y que no fuera nuestro, y éste nos maltrata. ¿Cómo ha nacido que no hallamos en él ningún pecado, al contrario de lo que ocurre en todos los demás hombres?».
A estas palabras contesta otro diciendo: «Éste nos dará la muerte, pues pensamos que valdrá más que nosotros. Acordaos de que los profetas dijeron que el Hijo de Dios vendría a la tierra a salvar a los pecadores, descendientes de Adán y Eva, y que se llevaría a cuantos quisiera. Nosotros fuimos a atormentar a los que así hablaban y los maltratamos más que a todos los otros, aunque hacían como si no les molestara en absoluto el daño que les causábamos, y consolaban a los demás pecadores diciéndoles que vendría a la tierra quien los liberaría. Así lo decían los profetas, y ahora lo tenemos entre nosotros y nos ha quitado lo que habíamos conseguido, sin que nadie tuviera derecho a reclamarlo, y nos ha privado de todos los demás sin que sepamos cómo lo ha hecho. ¿No sabes que hace que los laven con agua en su nombre? Lo hacen en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con lo que tendríamos que estar seguros de haberlos perdido, y no podemos hacer nada contra ellos si no se acercan a nosotros por sus obras: de tal modo ha reducido nuestro poder que nos lo ha quitado completamente; es más, ha dejado ministros suyos en la tierra, para que los salven aunque hagan obras de las nuestras, si desean arrepentirse y abandonarnos, haciendo lo que sus maestros les ordenen. Los hemos perdido sin remedio. Les ha dado un buen alimento espiritual el que ha venido a la tierra a salvar a los hombres, naciendo de mujer y padeciendo los tormentos del mundo, sin que lo supiéramos, sin pecados de hombre ni de mujer: lo descubrimos y lo hemos tentado de todas las maneras que hemos podido; después de probarlo sin encontrar en él la menor muestra de pecado, se entregó a la muerte para salvar al hombre: mucho debe amarlos quien sufre tan gran pena para quedarse con ellos, quitándonoslos. Y nosotros deberíamos esforzarnos mucho para evitarlo, y que no se nos prive de nada que sea nuestro en legítimo derecho; debemos ingeniárnoslas para obligarles a hacer obras de las nuestras, de forma que no se puedan arrepentir, ni hablar con los que les perdonarían».
Todos están de acuerdo, y dicen a la vez: «Lo perderemos todo, ya que puede perdonar los pecados hasta el momento mismo de la muerte del hombre, poniéndolo de su parte; aunque hagan lo que queramos, los perderemos si se arrepienten, nos quedaremos sin nada».
Después de hablar un rato, afirman: «Los que nos han causado mayor daño han sido quienes anunciaron su llegada a la tierra; son ellos los que nos han hecho el gran mal. Cuanto más lo anunciaban, más los atormentábamos, de forma que parece que se apresuró a venir en su ayuda, para socorrerlos de los tormentos que les dábamos. ¿Cómo podríamos hacer para conseguir un hombre que hablara, explicara nuestras razones, nuestras hazañas y nuestros asuntos, y que tuviera el poder como nosotros lo tenemos de conocer las cosas ocurridas, dichas y pasadas? Si consiguiéramos un hombre que pudiera hacerlo y que supiera esas cosas, y que a la vez viviera en la tierra con los otros hombres, podría ayudarnos a engañar a los hombres, igual que los profetas nos engañaron a nosotros, haciéndonos creer que estaban de nuestra parte y nos advertían de cosas que jamás pensamos que pudieran llegar a ocurrir. Un hombre así diría las cosas que serían hechas y dichas cerca y lejos, con lo que los demás hombres le creerían sin dificultad. Si se consiguiera, sería un logro muy ventajoso».
Toma la palabra otro diablo, y dice: «Yo no puedo concebir ni engendrar en mujer; de no ser así, lo haría, pues conozco a una mujer que hace siempre lo que yo deseo; entre nosotros —continúa— hay quien puede tomar apariencia humana y vivir con una mujer, pero debe hacerlo lo más secretamente posible: de esa forma podrán engendrar un hombre capaz de enseñarles a todos los demás».
Muy necios son los diablos al pensar que Nuestro Señor ignora sus propósitos. El diablo se propuso así engendrar a un hombre con sus conocimientos y su juicio, para engañar a Jesucristo hombre: es fácil apreciar la maldad y doblez del diablo.
Después de esta reunión, los demonios se marcharon, decididos a obrar según lo acordado. El que había dicho que tenía bajo su poder a una mujer, no tardó en ir a donde estaba; se presentó a ella tan pronto como pudo, y la mujer lo recibió de muy buen grado, dándole sus bienes y todo lo que tenía y dispuesta a hacer lo que el Enemigo le pidiera. Esta mujer era la esposa de un hombre muy rico, que tenía mucho ganado y otras muchas riquezas; tenían tres hijas y un hijo. El diablo no se descuidó, sino que fue a los campos, decidido a engañar al hombre, porque le había preguntado a su mujer cómo lo podría hacer, y ésta le había contestado que no lo lograría de ninguna manera, a no ser que lo afligiera, «y si le quitas alguna cosa suya, se pondrá triste». El diablo fue a los campos en los que estaba el ganado, y causó la muerte a una gran parte de sus animales. Cuando los pastores vieron que éstos se morían en medio del campo, se sorprendieron mucho, y acudieron a contarle a su señor la gran mortandad que había caído sobre sus animales. Al oír tal cosa, el buen hombre se preguntó admirado por qué morían, y también se lo preguntó a sus pastores, por si sabían algo; le respondieron que no.
Así quedó la cosa aquel día, y cuando el diablo lo vio afligido y triste por algo de tan poca importancia, le pareció que podría causarle un gran daño, entristeciéndolo más, para poder dominarlo mejor. Volvió al ganado y a diez hermosos caballos que tenía, y se lo mató todo de una sola vez. Al ver lo mal que le iba todo, se abatió y pronunció unas palabras insensatas, que su tristeza le empujó a decir, pues dio lo que tenía y lo que le quedaba al diablo. Éste se puso muy contento al saber que le había hecho semejante regalo y se esforzó en causarle mayores daños, de forma que no le quedó al buen hombre ningún animal vivo, y su tristeza fue mayor aún, abandonó la compañía de las gentes y nada le interesaba.
Cuando el diablo vio que lo había privado de la compañía de la gente, estuvo seguro de que haría en todo su voluntad. Luego, fue a la cama en la que dormía su hijo, que era muy hermoso, y se lo estranguló, de modo que por la mañana lo encontraron muerto. Al ver que también había perdido a su hijo, el padre se desesperó y maldijo su fe. En ese momento, el diablo —que no podía quitarle nada más— se alegró mucho. Hizo que la mujer, por la que había ganado todo esto, se subiera a un arca en la bodega, que colocara una cuerda en el techo, que se la atara al cuello y que, después, se tirara del arca, ahorcándose y quedando colgada y estrangulada. Fue hallada en tal situación el día siguiente por la mañana. Cuando el buen hombre se enteró de que también había perdido a su mujer, además de haberse quedado sin hijo, tuvo tan gran dolor que le sobrevino una enfermedad que le causó la muerte.
Es así como obra el diablo con los que quiere dominar. Luego, se puso muy contento y empezó a meditar de qué manera engañaría a las tres hijas que habían quedado. Había un muchacho que hacía lo que él deseaba. Lo llevó en presencia de las jóvenes, y empezó a tratar con una de ellas, dándole tantas vueltas con sus hechos y sus dichos que acabó seduciéndola, con gran alegría del diablo, que no se preocupa en ocultar sus victorias: al contrario, quiere que se vean bien para mayor afrenta. Hizo que se supiera lo ocurrido gracias a su intervención, y fueron varios los que se enteraron. En aquel tiempo era costumbre que la mujer que era sorprendida en adulterio fuera entregada a todos hasta que se hiciera justicia con ella. Y como el diablo siempre quiere afrentar a los suyos, dio a conocer este asunto, el muchacho huyó y la mujer fue apresada y llevada ante los jueces, que la juzgaron con gran compasión por el afecto que tenían a su padre.
«He aquí un hecho digno de admiración —decían los jueces—, en poco tiempo el padre de esta joven ha tenido innumerables desgracias, pues no hace mucho que era uno de los hombres más ricos de esta tierra, y ahora lo ha perdido todo». Así hablaban, y deciden enterrarla durante la noche, viva, para vergüenza de sus amigos. Tal es el comportamiento del diablo con quienes consienten su voluntad.
Había en aquella tierra un buen confesor, hombre de santa vida, que oyó contar lo ocurrido. Fue a ver a las dos hermanas, que eran la mayor y la más pequeña, para consolarlas. Les preguntó cómo había ocurrido lo de su padre, su madre, su hermano y su hermana. Le responden que no sabían; «pensamos que Dios nos odia y permite que padezcamos estos tormentos».
—No tenéis razón —les contesta el santo hombre—, y os equivocáis. Dios no odia a nadie; al contrario, siente mucho que los pecadores se odien. Tened por seguro que todo ha ocurrido por obra del diablo. ¿Estáis seguras de que vuestra hermana, a la que habéis perdido de forma tan vil, había cometido la falta de la que le acusaron?
—No sabemos nada.
—Guardaos de las malas obras que llevan a los pecadores a mal fin.
El santo hombre les da muchos consejos y recomendaciones. La hermana menor quería que fuera quemado y convertido en cenizas, mientras que a la mayor le agradó mucho lo que les había dicho el confesor. Luego, el santo hombre le enseña la fe y las virtudes de Jesucristo. La doncella se esforzó con atención y gran interés en retener lo que le enseñaba: «Si creéis —le decía— lo que os voy a enseñar y a decir, obtendréis gran provecho. Seréis mi hija y mi amiga en Dios; si seguís mis consejos, nada os angustiará, y os sacaré de vuestras preocupaciones con la ayuda de Nuestro Señor. No desmayéis, pues Dios os guiará con buenos consejos, si lo seguís. Venid a verme con frecuencia; no estaré lejos de aquí».
De esta forma aconsejaba el santo hombre a las dos hermanas, conduciéndolas al buen camino. Ellas creyeron al confesor por las buenas palabras que les decía.
Cuando el diablo se enteró, lo sintió mucho, y temió perderlas. Pensó cómo hacerlas caer. Había cerca de allí una mujer que muchas veces había hecho su voluntad y obrado como él deseaba. El Enemigo se dirigió a aquella mujer y la envió a la hermana menor, pues no se atrevía a hablar con la mayor, que tenía un comportamiento muy humilde. Se retiró con la menor y habló con ella a solas, preguntándole muchas cosas de su vida y de su forma de ser.
—¿Qué vida —le pregunta— lleva ahora vuestra hermana? ¿Está contenta o triste?
—Mi hermana —le contesta— está siempre tan pensativa por las desgracias que nos han ocurrido, que no muestra buena cara a nadie, ni a mí ni a ningún otro. Un santo hombre que se pasa el día hablando con ella de Dios la ha cambiado y la ha hecho de los suyos, de forma que no hace nada más que lo que éste quiere.
—En mala hora —exclama la mujer— fue engendrado vuestro hermoso cuerpo, que nunca tendrá alegría mientras sigáis a su lado. ¡Ay, Dios, si supierais las alegrías de otras mujeres, os apreciaríais poco! Tenemos tal gozo cuando estamos con nuestros amigos, que, aunque sólo tuviéramos un mendrugo de pan, estaríamos más a gusto que vos con todas las riquezas del mundo. Dios, ¿de qué vale la alegría de una mujer si no está acompañada por un hombre? Mi hermosa amiga, lo digo por vos, que nunca tendréis ni sabréis lo que es la compañía de un hombre; y os diré por qué: vuestra hermana es mayor que vos; tendrá esa alegría antes que vos y, luego, le importaréis poco. De esa forma perderéis la ocasión de gozar de vuestro hermoso cuerpo, que en mala hora fue.
Cuando la muchacha oye lo que la mujer le dice, le contesta:
—¿Cómo me voy a atrever a hacer lo que decís, si mi otra hermana fue condenada a muerte por lo mismo?
—Vuestra hermana lo hizo de forma alocada. Si me hacéis caso, no podréis ser acusada y podréis gozar de vuestro cuerpo.
—No sé cómo, y no me atrevo a hablar más del asunto.
Cuando el diablo oyó estas palabras, se puso muy contento y estuvo seguro de que podría hacer con ella según su voluntad. Se llevó a la mujer. Después de que la mujer se marchara, la doncella se quedó pensativa; por la noche contempló su propio cuerpo cuando fue a acostarse. «Ciertamente —se dijo—, tiene razón esa buena mujer, al decir que estoy desperdiciada». Por la mañana, apenas se levantó, no se olvidó de todo el asunto, pues el demonio la tenía bien cogida; envió en busca de la mujer, a la que le dijo nada más llegar:
—Teníais razón al decirme que poco le importo a mi hermana.
—Bien lo sé, y aún le importaríais menos si tuviera su gozo. No hemos sido hechas para otra cosa, sino para tener deleite de los hombres.
—Me gustaría mucho tenerlo, pero temo que me condenen a muerte.
—Os condenarían si lo hicierais de forma tan alocada como vuestra hermana. Os enseñaré de qué modo tenéis que hacerlo para que no os pase nada.
—Decídmelo, creeré vuestro consejo.
—Os entregaréis a todos los hombres y abandonaréis toda tristeza; diréis que no podéis seguir con vuestra hermana, y así podréis hacer vuestra voluntad con respecto a vuestro hermoso cuerpo; la justicia no se atreverá a acusaros de nada y quedaréis fuera de cualquier peligro. Después de haber vivido durante algún tiempo en tal vida, habrá algún hombre de gran valía que se pondría muy contento si pudiera teneros, por vuestras muchas riquezas. De este modo disfrutaréis del gozo de este mundo.
La joven acepta todo lo que la mujer le dice, y afirma que lo hará así. Y así lo hizo, pues dejó a su hermana y entregó su cuerpo a todos los hombres, por el consejo de la mujer, con gran alegría del diablo. Cuando su hermana se enteró de la conducta que llevaba, fue a ver al santo hombre que le mostraba el recto camino; estaba muy triste y sentía gran pesar por haber perdido de aquel modo a su hermana. Cuando el confesor vio el gran duelo que hacía, sintió una honda compasión, y le dijo:
—Santíguate y encomiéndate a Dios, pues te encuentro muy atemorizada.
—Tengo motivos, porque he perdido a mi hermana.
A continuación le cuenta lo que sabía del asunto, y le dijo que se había entregado a todos los hombres. Cuando el santo hombre lo oyó, se quedó espantado, y le dijo a la joven:
—El diablo aún está alrededor de vosotras, y no cejará hasta que os haya hecho caer, si Dios no os guarda.
—Señor —le pregunta—, ¿cómo puedo evitarlo? No hay cosa en el mundo a la que le tema tanto como a que me haga caer.
—Si me crees —le contesta el santo hombre—, no conseguirá sus propósitos.
—Haré lo que me digáis.
—¿Acaso no crees en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, que los tres son una misma cosa en Dios y en la Trinidad? ¿No crees que Nuestro Señor vino a la tierra a salvar a los pecadores que quisieran creer en el bautismo y en los demás sacramentos de la Santa Iglesia y de los ministros que dejó en la tierra para salvar en su nombre a los creyentes, dirigiéndolos por el buen camino?
—Creo en todo, tal como me lo habéis enseñado, y que Dios me guarde de ser engañada por el diablo.
—Si de verdad lo crees como dices, ni el diablo, ni el Enemigo podrán causarte ningún daño; te pido y te ruego por todas las cosas que te guardes de caer en la tristeza, que es el mejor albergue para el diablo: por eso debes guardarte de cometer faltas y debes superar las dificultades que te sobrevendrán; cuando estés triste, mi dulce amiga, acude a mí y cuéntamelo todo tal como te ocurra; reconócete culpable ante Nuestro Señor, ante todos los santos y las santas y ante todas las criaturas que creen en Dios; y cada vez que te acuestes y que te levantes, santíguate con el signo de la cruz en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y en el nombre de la Cruz en la que padeció muerte por proteger a los pecadores de la muerte en el infierno, frente al diablo.
»Si lo haces así —continuó el santo hombre—, no tendrás que preocuparte por el Enemigo. Procura que haya claridad en el sitio en donde te acuestes.
De esta forma adoctrina el santo hombre a la doncella, que siente gran miedo de que el diablo la haga caer. Después, regresa a su casa, mostrando gran humildad ante su Creador y ante los pobres de aquella tierra. Los hombres más virtuosos y las mejores mujeres van a verla, y le dicen:
—Por mi fe, bella amiga, ciertamente debéis estar espantada por el tormento que os ha llegado con vuestro padre, vuestra madre, vuestras hermanas y vuestro hermano, que murió así. Seguid ahora los buenos consejos y poned en ellos el corazón, pues sois mujer muy rica y tenéis buena herencia: cualquiera que pudiera casarse con vos se tendría por contento.
—Que Nuestro Señor me mantenga tal como a Él le parezca que debe ser y según considere que lo necesito.
La doncella se mantuvo así durante dos años o más, sin que el diablo la pudiera hacer caer en todo ese tiempo y sin que consiguiera que realizara ninguna mala obra, muy a pesar suyo, que sabía que no podría vencerla si antes no le hacía olvidar las enseñanzas del santo hombre y si no lograba que se entristeciera, pues no tenía ninguna intención de cometer la menor falta.
Ocurrió entonces que un sábado por la tarde entró su hermana en la casa en la que ella estaba, para tentarla y ver si podría hacerla caer. Permaneció allí hasta bien entrada la noche, en compañía de numerosos muchachos que entraron con ella en la casa. Al verla, su hermana se enfadó mucho, y le dijo:
—Buena hermana, si queréis llevar esa vida, no debéis venir por aquí, pues seré objeto de censuras que no necesito.
Cuando la otra oyó estas palabras y que por ella sería censurada, se encolerizó y le habló como quien tenía dentro de sí al diablo, amenazó a su hermana y le dijo que el santo hombre la amaba con loco amor y que si la gente se llegaba a enterar, sería quemada. Al escuchar la diablura que le dice su hermana, se encolerizó más aún y le ordenó que abandonara la casa. La hermana le respondió que era tanto del padre de una como de la otra, y que no se marcharía. Como no quería irse, la cogió por los hombros para echarla fuera; la otra se defendió, y los muchachos que habían ido con ella, le ayudaron y golpearon dolorosamente a su hermana, que cuando pudo escapar se encerró a solas en una habitación, se acostó completamente vestida y lloró con amargura. El diablo, apenas la vio sola y afligida, se puso muy contento y se dijo que todo iba mejor; aprovechó para hacer que la joven se acordara continuamente de la muerte de su padre, de su madre, de sus hermanas y de su hermano: no cesa de llorar, de lamentarse con dolor y con gran tristeza, y en medio de ese dolor se quedó dormida.
Cuando el diablo comprobó que había olvidado todo lo que el santo hombre le había dicho, no dudó de que ya estaba lejos de la custodia de su maestro, «ahora podremos poner en ella a nuestro hombre». Este diablo tenía el poder de concebir y de yacer con mujer. Lo preparó todo y se acostó con ella carnalmente mientras estaba dormida, y concibió. Al punto, se despertó la doncella y, acordándose del santo hombre, hizo la señal de la cruz, a la vez que decía: «Señora Santa María, ¿qué es lo que me ha ocurrido? Me encuentro peor que cuando me acosté. Gloriosa Madre de Dios, suplicadle a vuestro querido Hijo que guarde mi alma y que proteja mi cuerpo de cualquier tormento y del poder del Enemigo».
A continuación se levanta y busca al que le había hecho aquello, pensando poder encontrarlo; corre a la puerta de la habitación, pero está cerrada; busca por todas partes en vano: entonces se da cuenta de que ha sido engañada por el Enemigo; se lamenta e invoca con gran dulzura a Nuestro Señor, rogándole que no permita su deshonra. Pasó la noche y llegó el día. Tan pronto como amaneció, el diablo se llevó a la mujer que le había ayudado a hacer esto, que para eso la había hecho ir. Cuando su hermana y los muchachos se marcharon, la hermana salió muy triste de la habitación, llamó a un servidor y le dijo que hiciera venir a dos mujeres, con las que se puso en camino en cuanto llegaron, fue a su confesor, que al verla le dice:
—Te encuentras en una situación grave, pues te veo muy preocupada.
—Señor, me ha ocurrido algo que nunca le ha sucedido a ninguna mujer más que a mí, y vengo a vos para que me deis consejo, pues me habéis dicho muchas veces que nadie puede cometer un pecado, por grande que sea, que si se confiesa arrepentido y si cumple la penitencia que le impone el confesor, no le sea perdonado. Señor —continúa—, he pecado y he sido sorprendida por el Enemigo.
A continuación le cuenta cómo había ido su hermana a la casa y cómo se enfadó con ella, fue golpeada por los muchachos y cómo se encerró afligida en la habitación, atrancando la puerta tras ella; y que por la tristeza y la aflicción se olvidó de hacer la señal de la cruz, «y no me acordé de ninguna de vuestras enseñanzas; cuando me desperté, me encontré deshonrada y desvirgada, aunque la puerta de mi habitación seguía tan bien cerrada como yo la había dejado, y no encontré a nadie por allí, de modo que no sé quién me lo hizo. Señor, así he sido engañada y os pido misericordia; mi cuerpo está atormentado, pero rogad que mi alma no se pierda».
—Estás llena de diablos —le contesta, tras escucharla con atención—, y los diablos viven en ti. ¿Cómo puedo confesarte y ponerte penitencia por lo que me dices? No ha habido mujer que pierda su honra sin saber quién se lo ha hecho, o al menos, sin ver al hombre que se lo hacía. ¿Pretendes hacerme creer que te ha ocurrido eso?
—Que Dios me guarde de tormento, como que es verdad cuanto os he dicho.
—Si es tal como dices, lo podrás comprobar por ti misma. Has cometido un grave pecado al desobedecerme; por eso, te voy a poner como penitencia que el resto de tu vida no comas los viernes más que una sola vez; y por lo que dices de la lujuria —en lo que no te creo en absoluto—, también te pondré una penitencia para toda tu vida, pues así tengo que hacerlo, si es que quieres aceptarla.
—Señor, no me mandaréis nada que yo no me esfuerce en hacerlo todo lo posible.
—Que Dios te lo permita. Dices que vienes en busca del consejo de la Santa Iglesia y por la misericordia de Jesucristo, que nos rescató pagando un rescate tan alto como fue su preciosa sangre y su propia muerte: es confesión auténtica, arrepentimiento sencillo, con la decisión firme del corazón y del cuerpo.
—Tal como lo habéis dicho, lo haré con mucho gusto, si Dios quiere.
—Pienso que, si es cierto lo que me has contado, no tendrás que preocuparte.
—Así me guarde Dios de muerte vil y de castigos, como que es todo verdad.
—Me has prometido cumplir la penitencia, mantener tu arrepentimiento y abandonar el pecado.
—Así es, señor.
—Entonces, abandonarás toda lujuria: te la prohíbo completamente, salvo la que sobreviene entre sueños, que nadie puede evitarla. Tú verás si podrás hacerlo.
—Sí, muy bien; si me aseguráis que no me condenaré, no volverá a ocurrirme.
—Te defenderé ante Dios, según los mandamientos que nos hizo al colocarnos en la tierra.
La joven acepta la penitencia que le pone el santo hombre y llora con profundo arrepentimiento. El confesor le hace la señal de la cruz y la bendice, volviéndola al buen camino lo mejor que puede por amor a Jesucristo; mientras, piensa cómo puede ser verdad lo que la muchacha le ha contado, hasta que concluye que ha sido engañada por el diablo: la llama y la lleva a donde está el agua bendita, y le hace que beba en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y luego se la echa por encima, diciéndole:
—No te olvides de mis mandamientos; siempre que me necesites, ven a verme.
A continuación, la santigua y la encomienda a Dios. La joven toma el camino y regresa a su casa; llevó una vida muy santa y de gran sencillez.
Cuando el diablo vio que se había quedado sin ella y que no podía enterarse de lo que hacía, como si no hubiera existido nunca, se encolerizó porque la había perdido. Y así quedaron las cosas hasta que la semilla que llevaba dentro no pudo ocultarse durante más tiempo, y engordó tanto que las demás mujeres se dieron cuenta: la miraban por los lados y le preguntaban si estaba encinta y quién era el que la había embarazado.
—Así me libere Dios —contestaba— de esta carga con alegría, que no lo sé de forma cierta.
—¿Os lo han hecho tantos hombres que no sabéis quién fue?
—Que Dios no me permita que dé a luz nunca si a sabiendas hice algo para encontrarme en esta situación.
—Buena amiga —le dicen santiguándose al oírla—, eso no puede ser, y nunca le ocurrió tal cosa a nadie. Quizá queréis al que os lo hizo más que a vos misma, y lo queréis encubrir; será una gran desgracia para vos, pues en cuanto lo sepan los jueces, tendréis que morir.
Al oír que moriría, sintió un gran temor y les contestó al punto:
—Que Dios salve mi alma: no vi nunca, ni conocí, al que me lo hizo.
Las demás mujeres se marchan, dejándola por loca y diciéndole:
—En mala hora se hizo vuestra bella casa y su tierra, y su hermosa construcción: todo está perdido.
Al oír estas palabras, sintió un gran miedo y acudió a su confesor, al que le contó lo que las mujeres le habían dicho. El santo hombre la vio embarazada de un niño vivo y se quedó sorprendido:
—Buena hermana —le dijo—, ¿habéis cumplido en todo momento la penitencia que os puse?
—Sí, señor; en nada falté.
—¿Y sólo os ocurrió eso una vez?
La joven le responde que así era. El confesor estaba admirado y pone por escrito la hora y la noche en que ocurrió todo, tal como ella le había contado, diciéndole que esté tranquila, «y cuando nazca el heredero que lleváis, sabré si me habéis mentido. Creo en Dios que si es como me habéis dicho, no tendréis que preocuparos por la muerte; pero deberíais tener pavor, porque cuando lo sepan los jueces, os prenderán para quedarse con vuestros grandes edificios y vuestra buena tierra, diciendo que harán justicia con vos. Si os prenden, hacédmelo saber y acudiré a consolaros y a ayudaros, si puedo, y también lo hará Dios, que estará a vuestro lado, si sois tal como decís. Volveos a vuestra casa y estad tranquila; llevad una vida santa, pues la vida santa ayuda a tener un buen final».
De este modo regresa a su casa aquella noche, comportándose con gran sencillez hasta que los jueces llegaron a su tierra: al enterarse del asunto, enviaron a buscarla, la prendieron y se la llevaron. Al ser arrestada, avisó al santo hombre que le había aconsejado; éste acudió tan deprisa como pudo en cuanto se enteró; apenas había llegado, lo llamaron, pues la doncella ya estaba ante los jueces. Les explica lo que le había dicho la muchacha, que pensaba no haber yacido con ningún hombre.
—¿Creéis —le preguntan los jueces— que es posible que una mujer se quede embarazada o conciba un hijo sin haberse acostado con un hombre?
—No os voy a decir todo lo que sé —les contesta el santo hombre—, pero si me creyerais no haríais justicia con ella mientras esté embarazada, pues no es justo ni razonable, ya que el hijo no ha merecido la muerte porque no ha cometido ningún pecado, y no tiene nada que ver con los pecados de su madre.
—Haremos lo que nos aconsejéis.
—Si queréis seguir mi consejo, metedla y guardadla en una torre, en la que no podrá cometer locuras; que haya con ella dos mujeres, para que la ayuden a dar a luz cuando llegue el momento, y tampoco podrán salir. De esa forma las encerraréis hasta que tenga el hijo y hasta que éste pueda comer por sí mismo y pueda pedir sus bienes. Si pensáis de otro modo, haced lo que os parezca; ése es mi consejo: si deseáis hacerlo de forma distinta, yo no puedo evitarlo ni impedíroslo.
—Nos parece —le contestaron los jueces— que tenéis razón en lo que habéis dicho.
Lo hicieron todo tal como les había recomendado el santo hombre; la encerraron en una casa muy fuerte de piedra, ordenaron que tapiaran todas las puertas y le dieron como compañía a dos mujeres, las más sabias de cuantas encontraron de este oficio. En la parte de arriba dejaron una ventana, por la que podrían meter todo lo que necesitaran.
Cuando el santo confesor lo vio, le habló a la joven por la ventana, y le dijo.
—Apenas nazca tu hijo, hazlo bautizar en cuanto puedas; si te sacan para juzgarte, envía por mí.
De esta forma se quedó durante algún tiempo en la torre; los jueces le hacían llegar todo lo que necesitaba y se lo llevaban; permaneció allí hasta que tuvo el hijo, tal como Dios quiso. Al nacer, el niño adquirió —y así tenía que ser— el poder, los conocimientos y el ingenio de un diablo, pues de tal había sido concebido; pero todo fue en vano, pues Nuestro Señor había rescatado con su muerte a todo el que se arrepintiera verdaderamente, y el diablo había hecho caer a la muchacha mediante engaño, con astucia, mientras dormía; ésta se dio cuenta de inmediato y pidió misericordia y luego se entregó a la merced y a los mandamientos de Nuestro Señor Dios y de la Santa Iglesia. Por todo ello, Dios no quiso que el diablo perdiera su esfuerzo, al contrario, quiso que el niño tuviera todo lo que le correspondía: le toleró que tuviera el arte de saber las cosas hechas, dichas y ocurridas; Nuestro Señor, que todo lo conoce y sabe, no quiso que le perjudicara el pecado de su madre, pues se había arrepentido y había reconocido sus pecados, los había lavado con la confesión y estaba afligida en su corazón; además, Nuestro Señor sabía que lo ocurrido no había sido porque ella así lo deseara, y no era ésa su voluntad; por otra parte, la virtud del bautismo, que recibió en la fuente, también evitó cualquier daño del hijo: le permitió que conociera y supiera las cosas que iban a ocurrir. Por este motivo sabía los hechos, los dichos y todo lo que ha ocurrido, pues obtuvo tal poder del Enemigo; pero además, Nuestro Señor quiso que supiera las cosas que van a ocurrir, frente a todo lo que sabía por la otra parte: así podrá inclinarse hacia donde prefiera; si quiere, podrá devolverle al diablo su tributo o a Nuestro Señor, lo suyo.
De este modo nació; cuando las mujeres lo recibieron, sintieron un gran miedo, pues era más peludo y tenía más vello que ningún niño de los que habían visto; se lo mostraron a su madre, que al verlo se santiguó, diciendo:
—Este niño me da mucho miedo.
—Nosotras tenemos tanto miedo —responden las otras mujeres—, que apenas podemos sujetarlo.
—Llevadlo abajo —les dice— y ordenad que sea bautizado.
—¿Cómo queréis que se llame?
—Igual que mi padre.
Entonces, lo metieron en un cesto y lo bajaron con una cuerda. Ordenan que sea bautizado y que le pongan el nombre de su abuelo materno, que se llamaba Merlín. Así lo hicieron y por su abuelo se llamó Merlín. Luego, se lo volvieron a entregar a la madre para que lo criara, pues ninguna otra mujer se atrevería a criarlo ni a amamantarlo. La madre lo hizo hasta que tuvo nueve meses. Las mujeres que estaban con ella le repetían continuamente que estaban admiradas por lo peludo que era el niño, y porque a pesar de que sólo tenía nueve meses parecía que tuviera dos años o más. Cuando el niño alcanzó los dieciocho meses, las dos mujeres le dijeron a la madre:
—Señora, tenemos que salir de aquí, pues parece que ya hemos estado bastante.
—Tan pronto como os vayáis vosotras, me ajusticiarán.
—No podemos hacer otra cosa, porque no nos vamos a quedar aquí para siempre.
Ella se echa a llorar y les pide piedad por Dios, que se queden, durante algún tiempo más; las dos mujeres se retiran a una ventana, mientras que la madre sujeta a su hijo en brazos y, sentada, llora amargamente, diciendo:
—Dulce hijo, por vos recibiré la muerte, sin haberla merecido, pues nadie conoce la verdad y no soy creída.
Así le hablaba la madre al hijo y le decía que en mala hora le había permitido Dios que naciera; mientras lloraba y se lamentaba a Nuestro Señor, el niño la miraba y sonreía, hasta que empezó a decir:
—No morirás por nada que haya ocurrido por mí.
Cuando la madre lo oyó, le falló el corazón, se quedó espantada, se le cayeron los brazos y el niño fue a parar al suelo, gritando. Las mujeres, que estaban asomadas a la ventana, acudieron rápidamente, pensando que quería matarlo; al llegar a su lado le preguntaron:
—¿Por qué se os ha caído vuestro hijo? Pensamos que habéis querido matarlo.
—En ningún momento he pensado tal cosa; se me cayó porque me ha dicho algo extraordinario: me fallaron el corazón y los brazos, y por eso se me cayó.
—¿Qué os ha dicho?
—Que no recibiré la muerte por él.
—Aún dirá algo más —le responden espantadas.
Lo toman en brazos y empiezan a hablarle, esperando que dijera algo, pero el niño no hizo el menor gesto, ni dijo una sola palabra, hasta que al cabo de un rato les dijo la madre a las dos mujeres:
—Amenazadme diciéndome que seré quemada por haber tenido un hijo; yo lo tendré en brazos y oiréis si quiere hablar.
Entonces lo coge la madre, deseosa de que hablara ante las mujeres, y empezó a llorar y a gritar.
—Será gran lástima —le decían las dos mujeres— que vuestro hermoso cuerpo sea quemado por esta criatura. Habría sido mucho mejor que no hubiera nacido.
—Mentís —les contesta el niño—, y eso lo decís porque mi madre os ha dicho que lo hagáis.
Al oírlo hablar, se quedaron sorprendidas y exclamaron:
—Éste no es niño, sino diablo, que sabe lo que hemos hablado.
Entonces se pusieron a preguntarle cosas y a hablarle, pero el niño sólo les contestó:
—Dejad en paz a mi madre, pues estáis locas y sois más pecadoras que ella.
Al oír tales palabras, se sorprendieron más aún, y dijeron que tal maravilla no podía permanecer oculta, «les diremos a las gentes de ahí abajo que habla». Fueron a la ventana y llamaron a las gentes, contándoles lo que habían oído. Entonces les contestaron que ya era hora de hacer justicia con la mujer: mandaron escribir cartas y las enviaron por todas partes en busca de los jueces, para que estuvieran allí en el plazo de cuarenta días. Después de mandar las cartas, cuando la madre supo el día de su martirio, tuvo miedo y avisó al santo hombre que la confesaba. Pasaron los días, hasta que sólo faltaba una semana para que cumpliera el plazo en que debía ser quemada. El niño bajó de la torre y vio a su madre, que estaba llorando; se echó a reír y a mostrar una gran alegría.
—Poco piensas en que tu madre —le dijeron las dos mujeres— llora porque en esta semana será quemada por ti: maldita sea la hora en que naciste, si Dios no la quiso, pues tendrá que soportar el martirio por vos.
—Dulce madre —contestó el niño—, mienten, pues no habrá nadie que se atreva a acercarse a vos mientras yo viva y nadie se atreverá a condenaros a muerte, más que Dios.
Cuando lo oyeron la madre y las mujeres, se pusieron muy contentas, y dijeron: «Este niño, que es capaz de decir tales cosas, será muy sabio».
De este modo transcurrieron los días hasta que llegó el término fijado. Sacaron a las mujeres de la torre, y la mujer salió con su hijo en brazos. Los jueces hablaron a solas con las dos mujeres y les preguntaron si era cierto que el niño hablaba así. Ellas les cuentan todo lo que le habían oído decir, y los jueces quedan profundamente sorprendidos y deciden enterarse de lo que oculta su madre: vuelven a ella para preguntarle todo. Pero mientras tanto llegó el confesor de la joven.
Uno de los jueces ya le había dicho a la madre de Merlín:
—Preparaos, pues vais a tener que sufrir el tormento.
—Señor —le contesta—, si no os desagrada, me gustaría hablar a solas con el santo hombre.
Le dieron permiso para que lo hiciera, y los dos entraron en una habitación, mientras que el niño quedó fuera, hablando con mucha gente. La madre está con el confesor y habla con él piadosamente, entre sollozos.
—¿Es verdad —le pregunta el santo hombre— que tu hijo habla tal como se dice?
—Sí, señor.
A continuación le cuenta todo lo que le había oído decir, y el confesor, tras escucharla con atención, le contesta que todo ello es signo de que ocurrirá algún hecho extraordinario. Luego, salieron y fueron a donde estaban los jueces. La doncella llevaba puesta sólo la camisa, e iba cubierta con un manto; se encuentra a su hijo fuera de la habitación, lo toma en brazos y se presenta a los jueces, que al verla le preguntaron:
—¿Quién es el padre de este niño? No nos lo ocultéis.
—Ya sé —les responde— que puedo ser condenada a muerte; pero que Dios no tenga compasión, ni piedad de mi alma si vi o conocí a su padre, o si alguna vez me entregué a un hombre como para concebir de él un hijo.
—No creemos que eso pueda ser verdad; les preguntaremos a otras mujeres si puede ocurrir lo que nos das a entender, pues nunca se oyó semejante maravilla.
Los jueces se retiran y llaman a varias mujeres, de las muchas que estaban presentes; uno de ellos toma la palabra para preguntar:
—Damas que aquí estáis, ¿os ha ocurrido alguna vez, a vosotras o a cualquier otra mujer de la que hayáis oído hablar, el concebir y tener un hijo sin haber estado con hombre?
—Ninguna mujer puede tener hijos, ni quedar encinta sin ayuntamiento carnal con hombre.
Tras oír estas palabras, los jueces volvieron con la madre de Merlín, a la que le contaron lo que les habían dicho las otras mujeres, y le comunicaron que debían hacer justicia, pues no les parecía razonable ni justo lo que ella les había dado a entender.
En esto, se adelanta Merlín y les dice que no la quemarán tan pronto, «pues si se ajusticiara a todos aquellos y a todas aquellas que han estado con otro que no sea su señor o su mujer, habría que quemar a dos terceras partes de los aquí presentes, cuyas obras conozco tan bien como ellos mismos: si hablara, lo reconocerían y lo confesarían todos aquí. Sabed que mi madre no tiene culpa en lo que la acusáis, y los pecados que ha cometido los ha aceptado sobre sí mismo este santo hombre; si no me creéis, preguntádselo a él».
—¿Es cierto —le preguntaron al confesor— que esta mujer os dijo que lo había concebido de esa forma?
Les contestó que en modo alguno había faltado a las leyes, «y ella misma me contó cómo fue engañada, pues quedó embarazada mientras dormía, que no hubo otro delito; me dijo que no sabía quién lo concibió con ella; se confesó y se arrepintió y ha obrado de forma que nada merece castigo ni de Dios, ni de este mundo, en justicia».
—Vos escribisteis —le dice el niño al confesor— la hora y la noche en que fui engendrado; sabéis cuándo nací y en qué hora: así podréis probar gran parte de lo que dice mi madre.
—No sé cómo sabes eso —le responde el santo hombre—, pues sabes más que todos nosotros.
A continuación llamaron a las dos mujeres que contaron ante los jueces los términos del engendramiento, del embarazo y del parto; gracias al escrito del confesor comprobaron que todo era tal como Merlín les había dicho.
—De todas formas —contesta uno de los jueces—, no por eso quedará libre, a no ser que diga quién es el padre, de forma que nos lo podamos creer.
—Conozco mejor a mi padre —responde encolerizado el niño— que vos al vuestro, y vuestra madre sabe quién os engendró mejor que la mía, que ignora quién fue.
—Si eres capaz de decir algo sobre mi madre —contesta el juez airado—, consideraré cierto lo que has dicho de la tuya.
—Sería capaz de decir tantas cosas que, si hicieras justicia, tu madre merecería más la muerte que la mía. Si te lo hago saber, dejarás a la mía en paz, pues no es culpable de lo que se la acusa, y es verdad todo lo que ha dicho con respecto a mi engendramiento.
—Habéis salvado de la hoguera a vuestra madre —le replica el juez lleno de cólera—, pero tened por seguro que si no sois capaz de decir algo creíble de la mía, no dejaré en paz a vuestra madre y os quemaré con ella.
Fijan la fecha para quince días más tarde, y el juez envía a buscar a su madre, a la vez que hizo guardar muy bien al niño y a su madre: él mismo pasó largos ratos con los guardianes y habló a menudo con el niño sobre su madre, pero no pudieron sacarle una sola palabra en todo ese tiempo.
Cuando llegó la madre del juez, los sacaron de la prisión y los llevaron ante el pueblo.
—He aquí a mi madre —le dijo el juez al niño—; de ella me tienes que hablar.
—No sois, ni mucho menos, tan sabio como pretendéis. Llevad a vuestra madre a una casa más en privado, convocad a vuestro consejo y yo convocaré a los consejeros de mi madre, que son Dios Todopoderoso y el confesor.
Se quedaron tan sorprendidos todos los presentes que casi no pudieron responder, pero el juez reconoció que había hablado como hombre prudente.
—Si libero —les pregunta el niño a todos— a mi madre de éste, ¿tendrá que preocuparse de los demás jueces?
—Si sale libre de éste —le contestan todos—, nadie volverá a acusarla de ese asunto.
Entonces se retiraron a una habitación; el juez iba con su madre y con dos hombres que eran amigos íntimos suyos; el niño llevaba al confesor de su madre. Cuando ya estuvieron todos reunidos, tomó la palabra el juez:
—Di ahora lo que querías decir de mi madre para que la tuya quedara libre.
—No quiero decir nada contra tu madre para salvar a la mía, pues no deseo librarla de forma injusta: sólo quiero dejar a salvo la rectitud de Nuestro Señor Dios y la de mi madre. Tened por seguro que no ha merecido en ningún momento el suplicio que le queréis dar; si escucháis mi consejo, dejaréis en libertad a mi madre y no le preguntaréis nada a la vuestra.
—No me escaparéis así, sino que tendréis que decir más.
—Me habéis dado todo tipo de garantías —contesta el niño— para mí y para mi madre si la defiendo bien.
—Es cierto, y nos hemos reunido aquí para oír lo que ibas a decir de mi madre.
—Queréis quemarnos a mi madre y a mí porque no quiere o no sabe deciros quién es mi padre. Si yo quisiera, lo sabría mejor que tú sabes quién fue tu padre.
—Buena madre —le pregunta el juez a su madre—, ¿no soy hijo de vuestro leal esposo?
—Por Dios —contesta la madre—, buen hijo, ¿de quién podríais ser, sino de mi señor, que está muerto?
—Señora, señora —le interrumpe el niño—, tendréis que decir la verdad: si vuestro hijo nos deja libres a mi madre y a mí, me parecerá bien.
—A mí no —contesta el juez.
—Os ganaréis —le dice el niño al juez— que vuestra madre atestigüe que vuestro padre vive todavía.
Cuando los presentes oyeron estas palabras, se quedaron sorprendidos; el niño, a continuación, le pregunta a la madre del juez:
—Es necesario que le digáis a vuestro hijo quién es su padre.
—¡Diablo, Satanás! —exclama la mujer santiguándose—, nunca lo he dicho.
—Bien sabéis que no es hijo de quien cree.
La dama se asusta y le pregunta que de quién, entonces.
—Ciertamente, estáis segura de que es hijo de vuestro sacerdote; recordad que la primera vez que estuvisteis con él, le dijisteis que temíais quedaros embarazada. Él os contestó que no os preñaríais de él y que pondría por escrito todas las veces que se acostara con vos, pues él también temía que os acostarais con otro hombre y porque vuestro señor se llevaba mal con vos por entonces. Poco después de que fuera engendrado, le dijisteis que estabais embarazada de él. Decid si todo ocurrió como he dicho o no; si no lo reconocéis, os daré más señas.
El juez, encolerizado, le preguntó a su madre si era verdad todo aquello. La madre, espantada, le contesta de inmediato:
—Buen hijo, ¿vas a creer a este demonio?
—Si no lo reconocéis —le advierte el niño—, os diré otra cosa que sabéis que es cierta.
La dama guarda silencio, y el niño dice:
—Sé lo que se hizo después: cuando os sentisteis embarazada, procurasteis que el sacerdote consiguiera devolveros la paz con vuestro marido, para encubrir el embarazo. Lo logró de forma que os hizo acostaros y le disteis a entender a vuestro marido que el niño era suyo; así lo pensaron otras muchas gentes, e incluso vuestro propio hijo, aquí presente. Desde entonces hasta ahora habéis llevado la misma vida, y aún seguís llevándola; la misma noche que os pusisteis en marcha para venir aquí, se acostó con vos, y por la mañana os acompañó un buen trozo. Cuando se despidió os dijo en secreto y riendo: «Haced y decid lo que mi hijo quiera», pues sabía, por las cuentas que llevaba por escrito, que era hijo suyo.
Cuando la dama oye estas palabras, sabiendo que era verdad todo lo que había dicho el niño, se sienta, derrotada, dispuesta a confesar la verdad. Su hijo la mira y le dice:
—Querida madre, quienquiera que sea mi padre, yo soy vuestro hijo, y como hijo os trataré. Decidme si es verdad, o no, lo que acabamos de oír.
—Por Dios, buen hijo, tened compasión de mí; ciertamente no puedo ocultarlo todo, y tal como lo ha dicho, ocurrió.
—Tenía razón este niño —dice el juez al oír a su madre— cuando decía que sabía quién era mi padre mejor que yo; y no es justo que condene a su madre, cuando no lo hago con la mía. Pero por tu honor, y para que te pueda exculpar ante el pueblo a ti y a tu madre, dime quién es tu padre, si no te molesta.
—Te lo diré más por afecto que por la fuerza. Quiero que sepas y creas que soy hijo de un demonio que engañó a mi madre. Debes saber que ese tipo de demonios se llaman «enquibedes» y viven en el aire. Dios ha permitido que yo tenga sus conocimientos y su memoria, por eso sé las cosas que se han hecho y que han ocurrido; por eso conozco los hechos de tu madre. Nuestro Señor, que permitió y quiso que supiera todo eso, por la virtud de mi madre y por su santo y auténtico arrepentimiento, por la penitencia que le puso este santo hombre y por la Santa Iglesia, en la que ha creído en todo momento, Nuestro Señor me ha concedido el saber las cosas que van a ocurrir, como podréis comprobar por lo que os voy a decir.
A continuación se retira con el juez y le dice en secreto:
—Tu madre se irá y le contará al que te engendró lo que he dicho. Cuando se entere de que tú lo sabes, sentirá tal miedo que su corazón no lo podrá soportar y huirá por miedo a ti. El diablo, para quien ha trabajado siempre, lo llevará a un río, donde se ahogará él solo. Así podrás comprobar que también sé las cosas que han de ocurrir.
—Si sucede así, nunca buscaré tu daño.
De este modo terminan su reunión y regresan ante el pueblo; el juez toma la palabra y dice a todos que el niño ha defendido bien a su madre, evitando, con buenas razones, que fuera quemada, «y sepan todos cuantos lo vean que, a mi entender, no hallarán nunca a un hombre tan sabio». Le contestan todos que Dios sea alabado.
Así fue salvada la madre de Merlín, y acusada la del juez. Merlín se quedó con los jueces, mientras que con la madre del juez fueron dos hombres, a saber si era cierto lo que el niño le había dicho. Tan pronto como llegó a su casa, habló con el sacerdote y le contó las maravillas que había oído. El cura sintió un gran pánico y fue incapaz de decir una palabra. Pensó en su corazón que el juez, apenas llegara, lo mataría; salió de la ciudad pensativo, llegó a un río y se dijo que mejor le sería ahogarse, a que el juez le hiciera morir con una muerte vil. El diablo lo llevó de tal forma que le hizo caer en el agua y ahogarse. Esto lo vieron los que habían ido acompañando a la dama. Por eso, esta historia prohíbe huir de la gente, porque el diablo prefiere la compañía de una sola persona a la de la multitud.
Regresaron al lado del juez los testigos de aquel hecho sorprendente y se lo contaron todo, tal como había ocurrido, y que al tercer día de estar allí se había ahogado. Cuando el juez lo oyó, se quedó sorprendido, fue a ver a Merlín y se lo contó; éste, al oírlo, se rió y le dijo.
—Ahora puedes saber si lo que te dije era cierto; te ruego que se lo cuentes a Blaise.
Blaise era como se llamaba el santo hombre que confesaba a su madre. El juez así lo hizo, contándole todo lo ocurrido al sacerdote.
Merlín, su madre y Blaise se marcharon; los jueces regresaron a sus lugares.
Blaise era un clérigo muy bueno y de gran preparación. Cuando oyó hablar de aquel modo a Merlín, que era tan pequeño que no había cumplido aún los dos años y medio, se preguntó admirado que de dónde podía proceder su gran sabiduría. Se esforzó en probar al niño en muchas cuestiones, hasta que éste le dijo:
—Blaise, no me pruebes más; cuanto más lo hagas, más te sorprenderás. Haz lo que te voy a pedir y cree gran parte de lo que te diré: te enseñaré sin grandes dificultades cómo obtener el amor de Jesucristo y alegría eterna.
—Te he oído decirlo, y estoy seguro de ello, que has sido concebido por el diablo; temo mucho que me engañes.
—Es costumbre de todos los corazones malvados que notan antes el mal que el bien. Del mismo modo que oíste decir que había sido concebido por el diablo, así me oíste decir que Nuestro Señor me había dado sabiduría y memoria para conocer las cosas que estaban por venir. Si fueras sabio, deberías imaginarte y saber a qué me atendré. Cuando Nuestro Señor quiso que conociera todas las cosas, los diablos se quedaron sin mí, pero yo no perdí ni su ingenio, ni sus artes; al contrario, conservo lo que tenía que conservar de ellos, aunque no es por su mérito, como tampoco fueron muy astutos al concebirme, pues me metieron en un cofre que no debía ser suyo: la santa vida de mi madre les perjudicó mucho; si me hubieran puesto y concebido en mi abuela, no habría tenido ocasión de saber quién es Dios, pues era de muy mala vida; por su culpa recibió mi madre los tormentos que padeció de su padre y los demás daños que has oído contar. Cree lo que te voy a decir de la fe, de la creencia, pues te voy a explicar algo que nadie sino Dios podría decirte. Haz un libro de tal forma que muchos que lo sepan mejorarán su vida y se guardarán de pecar. Da limosna y esfuérzate en obrar bien.
—Seguiré tu consejo —le contesta Blaise— y con mucho gusto haré el libro en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, de la misma forma que creo y sé que son los tres una misma cosa en Dios, y en la bienaventurada dama que llevó al hijo de Dios y en nombre de todos los santos apóstoles, de todos los ángeles y arcángeles, de todos los santos y todas las santas, de todos los prelados de la santa Iglesia, de todos los hombres buenos y buenas mujeres, y de todas las criaturas que aman a Dios y que lo aprecian, para que tú no me puedas engañar, ni hacerme caer, ni provocar en nada que le pueda desagradar a Nuestro Señor.
—Todas esas criaturas —le contesta Merlín— que has nombrado, me dañarán ante Dios si hago que realices algo contra la voluntad de Jesucristo, mi Salvador.
—Dime —le responde Blaise— qué quieres, pues a partir de ahora haré lo que me ordenes, si es bueno.
—Pide tinta y pergamino inmediatamente, y te diré muchas cosas que piensas que nadie podría decirte.
Blaise pide todo lo que era necesario y después que lo tuvo reunido, Merlín empezó a contarle los hechos de Jesucristo, de José de Arimatea, tal como habían ocurrido y cómo había sido el asunto de Nascién y sus compañeros. Cómo murió José y le quitaron su vaso. Después le contó cómo habían tenido el parlamento los diablos porque habían perdido el poder que tenían sobre los hombres; le cuenta cómo les habían causado gran daño los profetas y que por eso decidieron hacer un hombre: «Dijeron que me crearían y así lo oíste y supiste porque te lo dijo mi madre y por otros conociste el sufrimiento y el engaño. Después, la locura que tienen ha hecho que me pierdan y que pierdan otros bienes».
De esta forma, Merlín le contó todo e hizo que Blaise lo pusiera por escrito. Éste estaba admirado por las cosas que le decía, y a pesar de todo le parecía que eran ciertas, buenas y hermosas y que tendría mucho que hacer; hasta que un día le dijo Merlín a Blaise:
—Tendrás que sufrir grandes penalidades por todo esto y yo sufriré más que tú.
Blaise le pregunta que cómo será.
—Me enviarán a buscar por la parte de occidente. Los que vendrán en mi busca le habrán prometido a su señor que le llevarán sangre mía y que me darán la muerte. Cuando me vean y me oigan hablar se les irán tales deseos; entonces iré con ellos, mientras que tú irás hacia el lugar de donde habrán venido y que es donde tienen el santo vaso del Grial. A partir de entonces será conocido tu esfuerzo y leído tu libro, que escucharán con gusto por todas partes, aunque no tendrá la importancia de la Biblia, porque no puedes ser uno de los apóstoles, ya que no pusieron por escrito nada referido a Nuestro Señor que no hubieran visto y oído; tú, sin embargo, no pones nada que hayas visto u oído, sino lo que yo te digo. Y del mismo modo que yo seré oscuro en todo salvo en aquello en lo que quiera ser más claro, así tu libro quedará oculto y después nadie te ayudará en nada y tendrás que llevártelo contigo cuando yo me vaya con los que vendrán en mi busca. Irás hacia occidente y el libro de José se unirá al tuyo. Cuando hayas concluido tu esfuerzo y estés como debes estar en la compañía del Grial, entonces, tu libro será unido al libro de José y quedará de manifiesto mi esfuerzo y el tuyo, y Dios tendrá compasión, si quiere. Y cuantos lo oigan rogarán por nosotros a Nuestro Señor. Cuando los dos libros estén juntos, formarán un hermoso volumen y los dos serán una misma cosa, en todo menos que yo no puedo contar las palabras que tuvieron a solas Jesucristo y José: Inglaterra no había tenido hasta entonces ley cristiana; y los reyes que habían sido hasta entonces yo no los nombraré, más de lo que hace la historia antes.
En esta parte cuenta la historia que hubo un rey en Inglaterra llamado Constance; reinó durante mucho tiempo y tenía varios hijos, uno de los cuales se llamaba Maines, otro Pandragón y el tercero, Úter. Constance tenía un vasallo en su tierra, llamado Vertiger, que era hombre muy prudente en todo lo que al mundo corresponde, muy laborioso y buen caballero. Cuando Constance ya estaba muy viejo, que pasó de la vida a la muerte, las gentes del país se preguntaban a quién harían señor y rey. La mayor parte estaba de acuerdo en nombrar rey al hijo de su señor, que era joven, pues no era justo nombrar a ningún otro dejándolo a él. El mismo Vertiger estaba de acuerdo y hablaron tanto del asunto que finalmente hicieron rey a Maines. Éste emprendió una guerra y Vertiger fue su senescal: los sajones combatieron contra el rey Maines y los partidarios de la ley de Roma combatieron en varias ocasiones contra los cristianos. Vertiger, que era el senescal de aquella tierra, hacía en todo lo que quería, mientras que el niño que era rey y su hermano, que no sabía nada, no eran ni tan prudentes ni tan valerosos como habría sido menester.
Vertiger había sacado grandes riquezas de la tierra para quedárselas y se había ganado el corazón de las gentes, de tal forma que lo tenían por valiente y sabio; y le creció el orgullo. Como veía que nadie podía hacer lo que él hacía, dijo que no se ocuparía más de la tierra del rey y que se volvería. Los sajones al ver que se iba a marchar, se reunieron y atacaron a los cristianos con un gran ejército. El rey acudió a Vertiger, diciéndole:
—Buen amigo, ayudadme a defender la tierra, pues yo y todos los demás estamos a vuestra disposición.
—Señor, que os ayuden los otros; ahora no puedo ir con vos, porque en vuestro servicio hay gente que me odia. Quiero que combatan, pues yo no pienso ocuparme de ello.
Cuando el rey Maines y los que estaban con él oyeron estas palabras y vieron que no podían llevarlo a su lado, se marcharon y fueron a combatir contra los sajones. Éstos los atacaron, los vencieron y derrotaron. Después de ser vencidos, volvieron diciendo que había sido mucho lo que habían perdido y que no les habría ocurrido tal cosa si Vertiger hubiera estado con ellos. De esta forma se quedó el niño, sin saber cómo defender su tierra, según debería, y la mayor parte lo odiaron y decidieron no soportarlo por más tiempo.
Acudieron a Vertiger y le dijeron:
—Señor, estamos sin rey y sin señor, pues el que tenemos de nada vale. Por Dios, sé rey, gobiérnanos y protégenos; no hay nadie en esta tierra que pueda serlo tan bien como vos y que lo merezca tanto.
—No puedo serlo, ni debo mientras viva mi señor.
Le responden que desearían que muriera.
—Si muere —les contesta Vertiger— y vos y los demás queréis que yo sea rey, lo seré con mucho gusto; pero mientras viva, no puedo ni debo serlo.
Oyeron las palabras de Vertiger y pensaron lo que deseaban; se despidieron de él y regresaron a sus tierras; al llegar, convocaron a los amigos y les contaron cómo habían hablado con Vertiger y la respuesta que éste les había dado. Al oírlo, les dijeron:
—Lo mejor es que matemos al rey y que Vertiger sea rey a partir del momento en que hayamos dado muerte a Maines. Desde ese momento hará siempre lo que nosotros queramos y así podremos ser señores suyos.
Decidieron matar a Maines; escogieron a doce de entre ellos que fueron a donde estaba el rey, mientras que los demás acudieron a la ciudad por si intentaban causarles algún daño a aquellos doce, poder ayudarles. Los doce fueron a donde estaba el rey Maines y le atacaron con cuchillos y espadas, dándole la muerte.
Después de matarlo, nadie se atrevió a hablar mucho del asunto. Regresaron a Vertiger y se lo dijeron:
—Ahora serás tú rey, pues hemos matado al rey Maines.
Cuando Vertiger oyó que le habían dado muerte, simuló estar muy enfadado, y les reprochó:
—Mal habéis obrado matando a vuestro señor; os aconsejo que os vayáis, pues si os encuentran los hombres valientes y justos de esta tierra os matarán, y siento que hayáis venido aquí.
Se marcharon todos. Después, se reunieron las gentes de todo el reino y juntos hablaron de nombrar un nuevo rey. Vertiger tenía la voluntad de la mayor parte de la gente y todos estuvieron de acuerdo en que fuera rey. Había allí dos hombres valientes y nobles que guardaban a los otros dos niños, Pandragón y Úter, que eran los hijos de Constance y hermanos del rey Maines. Al oír y saber que Vertiger sería el rey, les dio la corazonada de que había hecho matar al rey Maines; hablaron en secreto los dos protectores de los niños y se dijeron:
—Ya que Vertiger ha hecho morir a nuestro señor, tan pronto como sea rey ordenará que maten a estos dos niños que estamos guardando; quisimos mucho a su padre, pues nos hizo grandes bienes y por él tenemos lo que todavía tenemos. Seríamos demasiado malvados si permitiéramos que se perdieran los dos niños; sabemos que cuando sea rey ordenará que los maten, pues sabe que el reino debe pertenecerles.
Los dos nobles deciden huir llevándose a los dos niños a una tierra lejana, hacia oriente, pues de allí habían venido sus antepasados y de esta forma los salvarían. Tal como lo pensaron lo hicieron.
Vertiger fue elegido y elevado rey. Cuando lo consagraron, fueron a él los doce que habían dado muerte al rey Maines. Al verlos, Vertiger hizo como si no los conociera, pero ellos fueron a él y le dijeron que por ellos era rey, pues le habían dado muerte a Maines. Cuando Vertiger oyó que habían matado a su señor, ordenó que los prendieran y les dijo:
—Vosotros mismos os habéis juzgado, reconociendo haber dado muerte a vuestro señor, contra el que no teníais ningún derecho para matarlo. Del mismo modo haríais conmigo si pudierais, pero yo sabré guardarme muy bien.
Al oírlo, se quedaron espantados y le dijeron:
—Señor, lo hicimos en vuestro beneficio y porque pensábamos que nos amaríais más de esa forma.
—Os voy a enseñar cómo se debe amar a gente como vosotros.
Ordenó que los prendieran a todos y que los ataran a la cola de doce caballos, que los arrastraran y llevaran de un lado a otro, hasta que les quedaran pocos trozos del cuerpo juntos.
Eran de una gran familia y tenían abundantes parientes que le dijeron a Vertiger:
—Gran afrenta nos has hecho al matar de forma tan vil a nuestros familiares y amigos: no te serviremos con gusto.
Cuando Vertiger oyó que lo amenazaban, sintió gran cólera y les dijo que si continuaban hablando, haría lo mismo con todos ellos. Al oír estas amenazas, lo tuvieron a gran despecho y le contestaron airados que en poco tenían su prohibición:
—Rey Vertiger, nos amenazarás tanto como quieras, pero te advertimos que mientras tengamos un amigo en la tierra, no te faltará la guerra. A partir de ahora te desafiamos, pues ya no eres nuestro señor y no dominas aquí lealmente, pues lo haces contra Dios y contra la santa Iglesia. Tened por seguro que morirás con la misma muerte que les has dado a nuestros familiares.
Luego, se van. Cuando Vertiger oyó que lo habían amenazado con la misma muerte sintió una gran cólera, pero no hizo nada por esta vez.
De esta forma empezó la enemistad entre ellos, reunieron gentes y entraron en la tierra del otro. Muchas veces combatió Vertiger contra ellos, hasta que consiguió echarlos de su tierra. Después, se portó de mala forma con su pueblo, de tal modo que no podían soportarlo y se sublevaron contra él. Al ver esto, sintió un gran miedo y temió que lo desterraran. Envió sus mensajeros en busca de los sajones, que cuando se enteraron de que les pedía paz se pusieron muy contentos. Había uno llamado Auguís, que era el más orgulloso de todos. Auguís se puso al servicio de Vertiger durante mucho tiempo, hasta que triunfó en la guerra y entonces habló con él y le dijo que su pueblo lo odiaba mucho. He oído hablar tanto del asunto que no os lo puedo contar todo, pero os puedo asegurar que Auguís habló con él y consiguió que Vertiger se casara con su hija. Y que sepan todos los que oigan esta historia, que fue ésta la primera reina. Pero no os debo contar más de Auguís y de sus asuntos, aunque los cristianos sintieron mucho que Vertiger se casara con su hija. Frecuentemente muchos abandonaban su fe porque la mujer no creía en Jesucristo.
Vertiger supo que no era muy querido de sus hombres y se enteró de que los dos hijos de Constance habían sido llevados a tierras lejanas y que regresarían tan pronto como pudieran. Estaba seguro de que si regresaban, sería en detrimento suyo y decidió construir una torre tan grande y tan fuerte que le permitiera no preocuparse por nadie. Convocó a todos sus maestros albañiles y mandó traer cal y mortero para empezar la construcción de la torre. Después de haberla levantado tres o cuatro toisas, volvió a caerse y lo mismo ocurrió otras tres o cuatro veces.
Cuando Vertiger vio que la torre no podía mantenerse, se enfadó mucho y dijo que no volvería a estar contento hasta que supiera por qué se derrumbaba. Hizo venir de toda su tierra a los hombres más sabios que se podía encontrar y cuando estuvieron todos reunidos les contó tan extraordinario hecho, diciéndoles que nada podía impedir que la torre se cayera, y que por eso les pedía consejo.
Al oírlo, y después de ver la torre derruida en medio del lugar, se quedaron sorprendidos y le contestaron:
—Nadie puede saber a qué se debe —al menos eso nos parece—, si no es un clérigo, pues los clérigos saben muchas cosas gracias a sus estudios, que nosotros no podemos aprender si no es de ellos. Si queréis saberlo, tendréis que preguntárselo a ellos.
—Me parece que tenéis razón.
Entonces, Vertiger mandó llamar a los clérigos más sabios de su tierra y cuando se reunieron todos, les mostró el hecho extraordinario. Al verlo se sorprendieron y se dijeron unos a otros:
—Gran maravilla es la que el rey nos ha contado.
El rey hizo que acudieran los hombres más sabios y retirándose con ellos aparte, les dijo:
—Aconsejadme vosotros o buscad a alguien que lo haga en una cosa que os voy a preguntar para que os esforcéis y yo pueda saber por qué se derrumba. Me han dicho que no lo sabré si no es por vosotros.
Al oír lo que el rey les preguntaba de forma tan grave, le contestaron:
—Señor, no sabemos nada, pero podría ser que aquí haya clérigos que lo averigüen gracias a un arte que se llama astronomía, y algunos de los presentes conocen bien el arte.
—Vosotros que sois clérigos —les respondió el rey— los conocéis bien; hablad con ellos y cuando sepáis quiénes son, decídmelo sin miedo. No habrá cosa que me pidan, que no obtengan de inmediato si consiguen averiguarlo.
Se retiran entonces en un aparte y se preguntan unos a otros si saben algo de ese arte. Se adelantan dos que dicen que saben lo suficiente como para averiguar tal cosa.
—Hay aquí dos clérigos que saben astronomía.
—Id a buscar a vuestros compañeros —les dicen los otros—, y después venid a hablar con nosotros todos juntos.
Les contestan que así lo harán. Marchan a buscar a los otros dos, de forma que eran siete; de todos ellos no había ninguno que no pensara que era maestro de los demás. Se presentan al rey, que les pregunta si podrán decirle por qué se cae la torre.
—Sí, si es que algún hombre puede saberlo.
El rey les dice entonces que si lo descubren, les dará todo lo que deseen.
De esta forma retuvo el rey a los clérigos; se esforzaron mucho en hallar la respuesta y saber de qué modo podrían mantener la torre. Todos se aplicaron y cuanto más se acercaban, más perdían, pues no encontraron más que una cosa, que no tenía ninguna relación con la torre, a su parecer, por lo que se sorprendían más aún. Por fin, el rey los convocó y les preguntó:
—¿Por qué no me dais noticias de la torre?
—Es difícil lo que nos preguntas y necesitamos un plazo de once días.
—Nos parece bien que tengáis el plazo, pero al cabo de los once días me lo tendréis que decir.
Después, se marcharon los clérigos juntos a deliberar. Se preguntaban unos a otros:
—¿Qué decís de lo que el rey nos ha preguntado?
Ninguno de ellos se atreve a decirle al otro su hallazgo, hasta que uno que sabía más que todos los otros les dijo:
—Decidme en secreto y por separado lo que cada uno de vosotros habéis averiguado. No diré nada si no es con el permiso de todos los demás.
Le responden que les parece bien. Entonces se van retirando a solas con él, y él les pregunta sus averiguaciones sobre la torre. Le dicen que no saben nada y que no logran ver a qué se debe, pero que encuentran otro hecho maravilloso, pues ven a un niño de siete años que había nacido sin padre terrenal y concebido en mujer y que ese niño lo diría. Tales palabras le dijeron los siete. Después de oír el secreto de todos ellos, les dijo:
—Volved a mí.
Se le acercan y cuando lo rodeaban todos, les dice:
—Todos me habéis dicho una cosa y me habéis ocultado otra.
—Decidnos lo que os hemos dicho y lo que os hemos ocultado.
—Todos me habéis dicho que no sabéis nada de la torre, y que habéis visto a un niño de siete años que ha sido concebido en mujer. Os voy a decir algo y quiero que me creáis, pues todos habéis visto que ese niño nos hará morir y yo mismo he podido averiguarlo, como cada uno de vosotros. Si me creéis, podremos tomar una decisión, ya que sabemos tanto acerca de nuestras muertes. ¿Sabéis lo que vamos a hacer? Nos pondremos todos de acuerdo en una sola cosa y diremos que la torre no puede resistir y no resistirá, si no pone en el mortero de los cimientos sangre del niño que ha nacido sin padre. Quien pueda obtener esa sangre y ponerla en el mortero de la torre, conseguirá que ésta resista y siempre será una construcción buena y fuerte. Que cada cual lo diga de este modo para que el rey no se dé cuenta de lo que hemos averiguado. Y así podremos librarnos de la muerte gracias a la muerte del niño al que hemos visto y que debería hacernos morir. Hagamos que el rey ordene a los que vayan en su búsqueda que lo maten en el lugar mismo donde lo encuentren y que le lleven la sangre.
De esta forma lo deciden. Se presentan al rey y le dicen que no le explicarán nada juntos, sino que lo harán por separado; de esta manera, podría saber quién le dice lo mejor y fingen no saber el uno nada de lo que sabe el otro. Cada uno le dio su interpretación al rey, que tenía a cinco hombres a su lado. Después de que el rey y sus hombres oyeron estas cosas extraordinarias, se quedaron sorprendidos y se preguntaron cómo podía ser que alguien naciera sin padre. El rey ordenó que se presentaran a él todos los clérigos juntos y les dijo:
—Todos habéis dicho algo y cada cual ha hablado por sí mismo.
—Señor —le contestan— decídnoslo ahora.
El rey les cuenta palabra por palabra todo lo que le habían dicho y le responden todos:
—Si no es cierto lo que os hemos dicho, haced con nosotros según vuestra voluntad.
—¿Puede ser cierto que alguien nazca sin ser engendrado por su padre?
—Señor, nunca hemos oído tal cosa más que esta vez. Pero os podemos asegurar que así es, y que tiene siete años.
—Haré que os guarden muy bien y enviaré en busca de la sangre del niño.
—Señor —le contestaron todos a la vez—, queremos que así lo hagáis, pero procurad no hablar al niño, y no verlo; ordenad que lo maten de inmediato y que os traigan su sangre. De esta forma se mantendrá vuestra torre, si es que debe hacerlo.
El rey ordenó que los custodiaran a los siete en una casa muy fuerte e hizo que les dieran todo lo que necesitaran. Luego, llamó a sus mensajeros y los envió de dos en dos, hasta doce. Les hizo jurar sobre sagrado que si encontraban al niño lo matarían y le llevarían su sangre, y que no regresarían hasta haberlo encontrado. De esta forma envió el rey en busca del niño y los mensajeros se marcharon de dos en dos, buscando al muchacho por muchas tierras, hasta que dos de ellos se encontraron con dos compañeros suyos y les dijeron que irían juntos algún tiempo.
Un día que atravesaban un gran campo a la entrada de una ciudad, en el que había muchos niños jugando, Merlín —que sabía todas las cosas— estaba allí; vio a los que iban en su búsqueda y se dirigió a uno de los niños más ricos de la ciudad, sabiendo que lo odiaría, levantó el palo que llevaba y golpeó al niño en la pierna; éste empezó a llorar y a pelearse con Merlín, reprochándole que había nacido sin padre. Cuando los mensajeros lo oyeron, se dirigieron los cuatro hacia donde estaba el niño llorando; le preguntaron:
—¿Quién te ha pegado?
—El hijo de una mujer que no sabe quién lo ha engendrado y que en ningún momento ha tenido padre.
Cuando Merlín lo oye, se acerca a ellos riendo y les dice:
—Yo soy el que buscáis, al que habéis jurado que mataréis y que llevaréis su sangre al rey Vertiger.
Cuando oyeron hablar al niño, se quedaron sorprendidos y le preguntaron qué había dicho.
—Bien sé que lo jurasteis.
—¿Vendrás con nosotros si te llevamos?
—Temería que me matarais.
Bien sabía que tenían intenciones de hacerlo, pero lo dijo para probarlos más.
—Si me prometéis que no me causaréis ningún daño, iré con vosotros y os diré por qué no se mantiene la torre, que es por lo que queréis matarme.
Al oírlo, se quedaron sorprendidos y le dijeron que lo repitiera.
—Lo sé desde que lo jurasteis.
—Nos dice cosas admirables —comentan unos con otros—, y cometería gran pecado quien lo matara.
—Prefiero ser perjuro —afirma cada cual— a causarle la muerte.
—Venid a alojaros donde vive mi madre —les dice Merlín—, pues no podría irme con vosotros sin su permiso, y sin el permiso de un santo hombre que hay con mi madre.
—Iremos a donde quieras.
De esta forma lleva Merlín a los mensajeros que habían ido para matarlo ante su madre, que estaba en un monasterio de monjas donde el santo hombre había hecho que entrara. Al llegar allí, Merlín ordenó a los de dentro que se mostraran agradables. Después de que descabalgaron, Merlín los llevó ante Blaise, diciéndole:
—He aquí a los que os dije que vendrían a buscarme para matarme. Os ruego —continúa dirigiéndose a los mensajeros— que le digáis la verdad a este santo hombre en todo lo que os voy a preguntar con respecto a vuestras intenciones, sin mentirme en nada; tened por seguro que si mentís, lo sabré de inmediato.
—No te mentiremos nunca, y procura no hacerlo tú.
—Escucha —le dice Merlín a Blaise— lo que te vamos a decir. Sois del rey Vertiger —empieza a decir Merlín dirigiéndose a los mensajeros—; este rey quiere construir una torre y cuando ya la han levantado tres o cuatro toisas, no puede mantenerse y se hunde en una hora todo lo construido. El rey está muy encolerizado y por eso ordenó llamar a sus clérigos, pero ninguno de ellos fue capaz de adivinar la razón y le dijeron que se la descubrirían y le revelarían cómo podría mantenerse en pie después de que echaran sus suertes. Pero no consiguieron saber nada relativo a la torre; descubrieron que yo había nacido y les pareció que podría perjudicarles: acordaron hacerme matar, diciéndole al rey que la torre se mantendría si conseguía mi sangre; así se lo dijeron al rey. Cuando Vertiger oyó esto, lo tuvo por algo extraordinario y pensó que era verdad; le mandaron que se me buscara hasta ser encontrado y prohibieron a los mensajeros que me llevaran ante el rey; tenían que matarme en cuanto me encontraran y llevarían mi sangre para echarla en el mortero de los cimientos de la torre, de esta forma dijeron que la torre se mantendría. Vertiger tomó doce mensajeros e hizo que todos ellos juraran sobre sagrado que me matarían y llevarían mi sangre. Partieron los doce y, de ellos, cuatro llegaron al campo grande en el que estábamos jugando yo y otros niños; yo sabía que me buscaban y por eso golpeé a uno de los niños, porque sabía que diría de mí lo peor que pudiera de todo lo que sabía y que me echaría en cara que nací sin padre. Así lo hice porque quería que me encontraran, y así me han encontrado; os ruego, buen maestro Blaise, que les preguntéis si digo la verdad.
Éste les pregunta si es verdad todo eso y le contestan que ha ocurrido tal como ha contado:
—No os ha mentido en una palabra.
El maestro se santigua y dice que el niño será muy sabio si vive:
—Sería una gran lástima que lo matarais.
—Señor —le contestan—, preferimos ser perjuros el resto de nuestra vida y que el rey nos quite nuestras heredades, a matarlo. Él mismo, que conoce todas las cosas, sabe si tenemos intención de hacerlo.
—Tenéis razón —dice Blaise—, se lo voy a preguntar, y le preguntaré otras cosas delante de vosotros, que os sorprenderán por la respuesta.
Lo vuelven a llamar porque se había alejado de ellos, pues quería que hablaran a solas; al volver, le pregunta Blaise:
—Dime ahora, Merlín, ¿tienen estos mensajeros intención de matarte?
—Gracias a Dios —contesta Merlín soltando una carcajada— y gracias a ellos mismos, sé que no tienen ninguna intención.
—Habéis dicho verdad. ¿Vendréis con nosotros?
—Sí, sin lugar a dudas, si me prometéis lealmente que me llevaréis ante el rey y que no permitiréis que me ocurra ningún daño hasta que haya hablado con él; estoy seguro de que cuando haya hablado no tendré de qué preocuparme.
Así se lo prometen.
Entonces habla Blaise y dice:
—Bien veo que me quieres dejar; dime qué quieres que haga de este asunto que me has hecho emprender.
—Te daré razón de todo lo que me preguntes; ya ves que Nuestro Señor al darme tan buen sentido y tanta memoria, ha hecho que me pierda el que pensaba tenerme a la fuerza; Dios me ha elegido para que haga su servicio, y nadie más que yo puede hacerlo, pues nadie conoce las cosas tal como yo las conozco. Tengo que ir a la tierra de la que han venido a buscarme; allí diré y haré tanto que seré el hombre al que más crean de cuanto ha habido en la tierra, salvo Dios. Tú acudirás a cumplir el asunto que has empezado, pero no vendrás conmigo, sino que lo harás por separado y preguntarás por una tierra que recibe el nombre de Northumberland; es una tierra llena de bosques y resulta extraña incluso a las gentes del mismo lugar, ya que hay partes en las que no ha habido nadie hasta ahora; allí vivirás. Yo iré en tu búsqueda y te contaré todo lo que necesites para escribir el libro que has empezado, y deberás hacerlo, pues tendrás un buen alojamiento y todo lo que necesites en tu vida para solaz del corazón y para la alegría permanente al final. La historia vivirá para siempre, mientras dure el mundo y será contada y oída con gusto. ¿Sabes de dónde recibirás semejante gracia? Será la misma gracia que Nuestro Señor dio a José desde la cruz. Cuando hayas trabajado para él y para sus descendientes, los herederos de su linaje, habrás realizado una obra tan buena que merecerás estar con ellos y en su compañía: te indicaré dónde están. Verás el glorioso vaso y las gloriosas soldadas que José recibió gracias al cuerpo de Jesucristo. Quiero que sepas, para que estés más seguro, que Dios me ha dado tal sentido y tal memoria que haré que, en todo el reino al que voy, trabajen hombres y mujeres para el que será del linaje que Dios quiere. Tengo mucho que hacer, pero quiero que sepas que mis grandes trabajos no tendrán lugar hasta que llegue el cuarto rey, y ese rey por el que trabajaré se llamará Arturo. Ahora te irás a donde te he dicho y yo iré a verte frecuentemente, llevándote lo que quiero que pongas en tu libro. Será un libro muy amado y apreciado por muchas gentes; cuando lo hayas concluido, lo llevarás a las buenas gentes que recibieron la gloriosa soldada de la que te he hablado; no habrá nadie, ni hombre ni mujer, en el lugar al que yo voy. Ten por seguro que no ha habido nunca vida de rey ni de sabio que haya sido escuchada con tanto gusto como lo será la del rey Arturo y la de las gentes que serán y reinarán en su tiempo. Cuando hayas terminado y hayas contado sus vidas, habrás merecido la alegría que tienen los que están en compañía del santo vaso llamado Grial. El libro que habrás hecho recibirá el nombre de Libro del Grial y así se llamará mientras dure el mundo, y será oído con mucho gusto.
De esta forma habló Merlín a su maestro y le mostró lo que tenía que hacer; lo llamaba maestro porque había sido maestro de su madre. Cuando el santo hombre lo oyó hablar de esta forma, se puso muy contento y le dijo:
—No me ordenarás nada que pudiéndolo realizar, no lo realice.
Así convence Merlín a Blaise y luego habla a los mensajeros que habían ido a buscarlo, diciéndoles:
—Venid conmigo, pues quiero que tengáis el permiso de mi madre.
Entonces los lleva a donde estaba su madre, a la que le dice:
—Bella madre, han venido a buscarme de tierras extrañas y lejanas y quiero irme con vuestro permiso. Tengo que hacerle a Jesucristo el servicio para el que me ha dado poder, y no podría hacerlo si no voy a la tierra a la que éstos quieren llevarme. Vuestro maestro Blaise también irá, y tendréis que permitírnoslo a los dos.
—Mi buen hijo, a Dios os encomiendo, pues no sé tanto como para atreverme a reteneros. Pero si os pareciera bien, me gustaría que Blaise se quedara.
Merlín le contesta que eso no puede ser. Luego, se despide de su madre y se va con los mensajeros. Blaise, por su parte, se dirige hacia Northumberland, según le había ordenado Merlín.
Merlín cabalga con los mensajeros hasta que pasaron por medio de una ciudad en la que había mercado; después de atravesar la ciudad, se encontraron con un villano que había comprado unos zapatos muy fuertes y llevaba cuero para arreglarlos cuando se le estropearan, pues quería ir de peregrinación. Merlín se acercó al villano y empezó a reír. Los que lo acompañaban le preguntaron que por qué se había reído y él les contestó:
—Por ese villano que hay ahí; preguntadle qué quiere hacer con el cuero que lleva; os dirá que con él arreglará los zapatos. Seguidlo, y os aseguro que morirá antes de llegar a su casa.
Al oír esto, lo consideraron extraordinario, y le contestaron:
—Veremos si es verdad.
Fueron tras el villano y le preguntaron qué quería hacer con el cuero y él les contestó que quería ir en peregrinación y utilizaría el cuero para arreglar los zapatos cuando se le estropearan.
Al oír que dice lo mismo que Merlín les había dicho, lo consideraron extraordinario, y añaden:
—Este hombre parece estar sano y fuerte; sigámoslo dos de nosotros y que los otros dos sigan el camino y nos esperen en donde vayamos a dormir esta noche, pues será bueno saber lo que el niño ha dicho.
Dos de ellos siguieron al villano y apenas habían avanzado una legua, se encontraron a éste muerto en medio del camino con los zapatos entre los brazos. Al verlo, regresan y alcanzan a sus compañeros, a quienes les cuentan todo lo que habían visto. Al oírlo, dicen:
—Como locos obraron nuestros clérigos al pedir que se matara a un niño tan sabio.
Los otros añaden que preferirían sufrir una gran desgracia en el cuerpo a que recibiera la muerte por ellos, y lo dicen tan en secreto que piensan que Merlín no lo puede saber. Al llegar ante él, Merlín les agradece lo que habían dicho.
—¿Qué hemos dicho —le preguntan al niño— para que nos des las gracias?
Merlín les cuenta todo con las mismas palabras, tal como lo habían dicho; al oírlo se quedan sorprendidos:
—No podemos hacer ni decir nada sin que lo sepa este niño.
De esta forma cabalgaron hasta que llegaron a los dominios de Vertiger, a su tierra.
Un día que atravesaban una ciudad, vieron que llevaban a enterrar a un niño; alrededor del muerto había un gran séquito de hombres y mujeres que se lamentaban. Cuando Merlín vio el duelo, los sacerdotes y los clérigos que cantaban y llevaban el cuerpo a enterrarlo muy deprisa, se detuvo y empezó a reír. Los que lo llevaban preguntaron por qué reía y él les contestó que porque había visto algo extraordinario:
—¿Veis a ese hombre que se lamenta de tal forma y al sacerdote que canta?
—Sí, perfectamente.
—El sacerdote debía lamentarse como hace el otro, pues quiero que sepáis que el niño era hijo suyo y no del hombre que se lamenta de tal forma; el padre del niño canta, y parece un hecho admirable.
—¿Cómo sabemos que es verdad eso?
—Id a aquella mujer que se está lamentando y preguntadle por qué llora. Os contestará que porque ha muerto su hijo; le responderéis que «yo sé tan bien como vos que no es hijo de vuestro marido sino del sacerdote que ha cantado tanto durante el día y el mismo sacerdote lo sabe», y que ha sido él el que os lo ha dicho, contándoos en qué ocasión fue engendrado.
Después de escuchar lo que Merlín les decía, los mensajeros fueron a la mujer y le dijeron todo tal como Merlín les había indicado. Al oírlos, la mujer quedó espantada y les dijo:
—Por la gracia de Dios, buenos señores, bien sé que no os lo puedo ocultar y os reconozco que todo es verdad; es tal como habéis dicho, pero por Dios, no se lo descubráis a mi señor, pues me mataría.
Después de oír estas palabras, regresaron junto a sus compañeros y les contaron lo que la mujer había dicho. Luego, se dijeron los cuatro que no había habido nunca un adivino tan bueno en el mundo.
Cabalgaron hasta que estuvieron a una jornada del lugar en el que se encontraba Vertiger. Los mensajeros le preguntaron entonces a Merlín y le rogaron que les aconsejara acerca de lo que debían decirle a su señor, porque no lo habían matado al encontrarlo, aunque así se les había ordenado. Cuando Merlín los oyó hablar de esta forma, se dio cuenta de que lo hacían en provecho suyo y les respondió:
—Haréis lo que yo os aconseje, y nadie os censurará: id al rey Vertiger y decidle que me habéis encontrado; contadle la verdad de todo lo que me habéis oído decir y decidle que le mostraré por qué se hunde la torre y por qué no puede mantenerse, a condición de que él haga matar a los que querían mi muerte y que haga con ellos lo mismo que ellos desearon que hiciera conmigo. Contadle a vuestro señor que le diré por qué querían mi muerte y después de decirle todo esto, haced tranquilamente lo que os ordene.
Los mensajeros dejan a Merlín y vuelven junto al rey, que al verlos se puso muy contento y les preguntó cómo había ido su asunto, a lo que le respondieron:
—Hicimos lo mejor que pudimos.
Luego, llevan al rey aparte y le cuentan todo tal como había ocurrido y de qué manera encontraron a Merlín:
—Si hubiera querido, no lo hubiéramos encontrado nunca; viene a ti voluntariamente.
—¿De qué Merlín habláis? ¿Es ese el niño que nació sin padre, del que debíais traerme la sangre?
—De ese Merlín os hablamos. Tened por seguro que es el más sabio y mejor adivino de cuantos ha habido en el mundo, salvo Dios. Señor, tal como nos hiciste jurar y según nos ordenaste todo, así nos lo contó él, diciendo que los clérigos no saben por qué se caía vuestra torre y que él os lo dirá y os lo demostrará a vos personalmente. Nos ha dicho otras cosas extraordinarias y nos ha enviado a vos para saber si queréis hablar con él; si no lo deseáis, lo mataremos, ya que dos de nuestros compañeros se han quedado custodiándolo.
—Si me aseguráis que me mostrará por qué se cae la torre, no ordenaré que lo maten.
—Os lo aseguramos.
—Id a buscarlo, pues quiero hablar mucho con él.
Entonces se fueron los mensajeros y el mismo rey cabalgó tras ellos. Cuando Merlín vio a los dos mensajeros les dijo:
—Me habéis protegido a cambio de vuestras vidas.
—Decís verdad; preferimos arriesgarnos que mataros y una de las dos cosas teníamos que hacer.
—Impediré que os ocurra nada.
Cabalgan hasta que se encuentran con el rey; cuando Merlín lo vio, lo saludó y le dijo:
—Vertiger, venid a hablar a solas conmigo.
Se retira con él y llama a los que lo habían llevado; cuando ya estaban todos juntos, dijo Merlín:
—Señor, has hecho que vayan a buscarme porque tu torre no puede mantenerse en pie y ordenaste que me mataran siguiendo el consejo de tus clérigos, que decían que la torre necesitaba sangre mía, pero es mentira. Si hubieran dicho que se sostendría gracias a mis conocimientos, habrían dicho verdad. Si me prometes que harás con ellos lo que ellos querían que hicieses conmigo, te mostraré y diré por qué se derrumba, y te enseñaré cómo podrá mantenerse, si quieres reconstruirla.
—Si me muestras lo que dices, haré con ellos lo que quieras.
—Si miento en una palabra de lo que te digo, no vuelvas a creerme nunca más. Hagamos venir a los clérigos y oirás cómo no podrán dar razón de nada.
El rey llevó a Merlín al lugar donde habían empezado la reconstrucción de la torre que se caía. Hicieron venir a los clérigos, que se presentaron de inmediato; entonces, Merlín hizo que les preguntaran mediante uno de los mensajeros que le habían llevado:
—Señores clérigos, ¿por qué decís que esta torre se cae?
—No sabemos por qué se derrumba, pero le hemos dicho al rey cómo podrá mantenerse.
—Me habéis dicho cosas extraordinarias —contesta el rey—, pues habéis mandado buscar a un hombre sin padre y no sé cómo lo podrán encontrar.
Merlín empieza a hablar a los clérigos y les dice:
—Señores, no tengáis al rey por loco, pues al enviar a buscar al niño sin padre no fue porque lo necesitara él, sino porque supisteis por las suertes y predicciones que ese niño, que nació sin padre, haría que murierais; como teníais miedo de que os mataran, disteis a entender al rey que tendría que causarle la muerte y que, si ponían sangre suya en el mortero del cimiento de la torre, ésta se mantendría y no volvería a hundirse. De esta forma pensasteis cómo podríais matar a aquel por el que debíais morir según vuestras suertes y predicciones.
Cuando oyeron que el niño les decía todo esto, que pensaban que nadie supiera sino ellos mismos, se espantaron y se dieron cuenta de que iban a morir. Entonces, Merlín le dijo al rey:
—Ya podéis ver que estos clérigos querían matarme no por vuestra torre, sino porque habían averiguado que morirían por mí; os ruego que les preguntéis si fue así, pues no se atreverán a mentiros delante de mí.
El rey les pregunta si dice la verdad.
—Señor —le contestan—, que Dios nos salve de nuestros pecados tan ciertamente como que lo que ha dicho es verdad; pero no sabemos de qué forma se ha enterado: te rogamos como señor nuestro que nos dejes vivir hasta que veamos si dice verdad sobre esta torre y si la torre podrá mantenerse gracias a él.
—No tenéis que preocuparos de morir —les dice Merlín— hasta que hayáis visto la razón de por qué se derrumba la torre.
Los clérigos le dan las gracias; luego, Merlín le dice a Vertiger:
—¿Quieres saber por qué se hunde tu torre y quién la derriba? Si haces lo que te voy a decir, lo verás claramente. ¿Sabes lo que hay bajo esta torre? Hay un gran río; bajo el agua hay dos dragones que no ven absolutamente nada; uno es rojo y el otro blanco y se esconden bajo dos grandes piedras; son muy grandes y están cerca el uno del otro. Cuando notan que el agua y la construcción les pesa, se giran y el río produce tan gran ruido que todo lo que hay sobre él se derrumba; por esa razón se cae tu torre por culpa de los dragones. Haced que lo comprueben y si no lo encontráis tal como he dicho, ordenad que me quemen; si es tal como os he descubierto, queden libres los mensajeros que me han avalado y castiga a los clérigos que no saben nada de esto.
—Si es cierto lo que me dices —le contesta Vertiger—, te tendré por el hombre más sabio del mundo. Dime cómo debo quitar la tierra.
—Con caballos, carretas y hombres que la lleven sobre los hombros, y que la echen lejos.
El rey mandó llamar peones y que reunieran todo lo necesario para llevar a cabo su trabajo. Las gentes del país lo tenían por algo extraordinario y lo consideraban una locura. Merlín ordenó que guardaran bien a los clérigos e hizo que la gente del rey trabajara durante mucho tiempo hasta quitar la tierra. Excavaron tanto que al fin encontraron el río y al descubrirlo, se lo hicieron saber al rey, que se presentó muy contento a contemplar la maravilla, llevando a su lado a Merlín. Cuando llegaron allí, vieron que el río era muy grande; el rey llamó a dos de sus consejeros y les dijo:
—Este hombre es muy sabio, pues conocía la existencia del río bajo tierra. Dice que en este río hay dos piedras muy grandes y bajo ellas, dos dragones. No será necesario que me lo pida para que yo lo compruebe. Tienes razón —le dice dirigiéndose a Merlín— en lo que has dicho de este asunto, pues los peones han encontrado el río; pero no sé si es verdad lo de las dos piedras y los dos dragones.
—No lo puedes saber hasta que lo hayas visto.
—¿Cómo podremos quitar el río?
—Haremos que corra a buenos fosos.
Ordenaron entonces que construyeran fosos para que el agua corriera por ellos.
—Los dragones que están al fondo del río —le dijo Merlín a Vertiger—, cuando se noten el uno al otro, se enfrentarán y uno de ellos resultará vencedor; ordena que todos los hombres valientes de tu tierra acudan a ver el combate, pues la batalla que librarán tiene un profundo significado.
Vertiger dice que hará llamar a toda la gente, y así lo hizo, reuniendo a los nobles, a los clérigos y a los legos. Cuando estuvieron todos reunidos y juntos, Vertiger les contó las maravillas que Merlín le había dicho y cómo los dos dragones debían combatir. Se dijeron todos que era algo digno de ver y le preguntaron al rey si había dicho cuál de ellos vencería. El rey les contesta que todavía no.
Hicieron correr entonces el río fuera de su cauce, de tal forma que vieron las dos piedras que quedaban al fondo del lecho. Cuando Merlín las vio, dijo:
—¿Veis esas dos grandes piedras?
—Sí —responde el rey.
—Señor, bajo esas dos piedras están los dos dragones.
El rey pregunta cómo las quitará y Merlín le contesta que sin ninguna dificultad, pues los dragones no se moverán hasta que se toquen el uno con el otro. Tan pronto como se noten los dos, combatirán y uno resultará muerto. El rey le pregunta a Merlín:
—¿Me dirás cuál será el vencido?
—En su batalla y en su victoria hay un significado profundo; te diré lo que pueda decirte, con mucho gusto, pero en secreto: sólo podrán oírlo tres hombres de tu consejo.
Vertiger llamó entonces a tres de los hombres de su reino en quienes más confiaba y les repitió las palabras de Merlín; le aconsejan que le pregunte a solas cuál de los dos dragones será vencido y que lo diga antes de verlos y de que empiece la batalla.
—Tenéis razón —les responde el rey— y estoy de acuerdo con eso, pues después del combate podría dar a entender lo que quisiera.
A continuación llamó a Merlín y le preguntó cuál de los dos dragones vencería.
—¿Estos cuatro hombres —le pregunta Merlín— son de tu consejo?
—Sí —contesta Vertiger—, más que ningún otro que yo sepa.
—¿Entonces puedo decirte delante de ellos lo que me preguntas?
—Ciertamente.
—Quiero que sepáis —contesta Merlín— que el blanco matará al rojo, pero pasará grandes penas hasta que lo haya matado. Para el que sepa interpretarlo, esto tendrá un gran simbolismo, pero no os puedo decir más hasta después del combate.
Mientras tanto, se fueron reuniendo todos y acudieron a ver las dos piedras; las mueven y sacan fuera al dragón blanco: cuando vieron que era tan grande, tan feo y tan fiero, sintieron gran miedo y se echaron hacia atrás todos. Luego, fueron al otro y lo sacaron también: cuando lo vieron se espantaron más que antes, pues era mayor y más feo que el otro, y era más temible. Al rey le parecía que éste sería el vencedor. Merlín le dice entonces a Vertiger:
—Ahora deben quedar en libertad mis protectores.
El rey le contesta que ya lo están. Luego, llevaron a un dragón junto al otro, de forma que se tocaron por la grupa y apenas notó uno la presencia del otro, se volvieron y empezaron a atacarse con los dientes y las patas: nunca oísteis hablar de dos animales que combatieran con tanta violencia.
De esta forma se enfrentaron durante todo el día, toda la noche y el día siguiente hasta mediodía. Todos los que los contemplaban, pensaban que el rojo mataría al blanco, hasta que el blanco arrojó por las narices y la boca una llama y quemó al rojo. Luego, el blanco retrocedió y se acostó, viviendo sólo tres días después de esto.
Los que habían visto esta maravilla dijeron que nunca se vio nada tan extraordinario.
—Ya puedes hacer la torre —le dice Merlín a Vertiger— tan grande como quieras, pues por alta que la levantes, no volverá a caer.
Vertiger ordena a sus obreros que vayan a construir la torre: la hicieron tan grande y tan fuerte como pudieron. En varias ocasiones le preguntó el rey a Merlín por el significado de los dos dragones y cómo el blanco mató al rojo, después de que el rojo hubiera llevado la mejor parte del combate durante mucho tiempo.
—Todo ello significa cosas que van a ocurrir —le contesta Merlín—, pero si te dijera la verdad en todo lo que me preguntas, te enfadarías conmigo. Asegúrame que no me harás ningún daño. Vertiger le responde que le dará todas las garantías que quiera.
—Ve ahora —le dice Merlín— y convoca a tu consejo, y haz que vengan los clérigos que predijeron lo de esta torre y que pretendían hacerme matar.
Vertiger hizo lo que Merlín le había ordenado. Cuando el consejo y los clérigos se reunieron, Merlín empezó a hablar, diciendo a estos últimos:
—Muy locos han estado vuestros sentidos, cuando pensabais que seríais astutos; no erais tan buenos ni tan limpios ni tan santos como debíais ser y ya que sois malvados y habéis obrado como locos, habéis fracasado en lo que buscabais; por otro arte no pudisteis hallar en los elementos lo que se os había pedido, porque no erais tales como para verlo; visteis mejor que yo había nacido, y el que os mostró mi existencia e hizo que vierais que yo os causaría la muerte, lo hizo por el dolor que tenía de haberme perdido y deseaba que me hubierais matado. Pero tengo tal señor que me protege de sus engaños y haré que mienta, pues no pienso hacer nada para que muráis, si me prometéis lo que os voy a pedir.
Cuando oyeron que podían salvarse de la muerte le contestaron:
—No nos ordenarás nada que no hagamos de inmediato; vemos y sabemos que eres el hombre más sabio del mundo.
—Me prometeréis que nunca más volveréis a ocuparos de este arte, y ya que habéis recurrido a él, os ordeno que os confeséis, pues quien se arrepiente de su pecado sin abandonarlo, está perdido. Castigaréis de tal forma vuestras carnes, que vuestras almas no se condenarán. Si me prometéis esto, os dejaré ir.
Se lo agradecen mucho y le prometen que lo harán tal como él les ha ordenado.
De esta forma dejó libres Merlín a los clérigos que habían enviado a buscarlo. Todos los que vieron que hacía esto, se lo agradecieron mucho. Después, Vertiger y su consejo fueron a él, y el rey le dijo:
—Me debes decir el significado de los dos dragones, pues por todas las otras cosas que me has dicho, que eran ciertas, te tengo por el hombre más sabio del mundo; por eso, te ruego que me expliques el significado de los dos dragones.
—Te lo voy a decir —le contesta Merlín—, el dragón rojo eres tú y el blanco es los hijos de Constance.
Cuando Vertiger oye esto, siente vergüenza; Merlín se da cuenta y le dice:
—Si quieres, no lo diré, pero no me lo tomes a mal.
—No hay nadie aquí —le contesta Vertiger— que no sea de mi consejo; quiero que me digas abiertamente el significado y que no ocultes nada.
—Ya te he dicho que el rojo eres tú y ahora te explicaré por qué. Bien sabes que los hijos de Constance eran muy pequeños cuando perdieron a su padre; también sabes que si hubieras sido tal como deberías, tendrías que haberlos protegido, aconsejado y defendido contra todos los hombres de la tierra. Bien sabes que conseguiste el amor de las gentes del reino de su tierra y de sus habitantes; cuando estuviste seguro de que las gentes del reino te querían, abandonaste su asunto, aunque sabías que te necesitaban. Cuando las gentes del reino se dirigieron a ti para decirte que no debía ser rey Maines y que lo fueras tú, les contestaste con astucia, diciéndoles que no podrías serlo mientras el rey Maines viviera. De esta forma hablaste y a quienes se lo dijiste entendieron que querías que muriera, y por eso lo mataron. Después, dos de ellos huyeron de la tierra por miedo a ti, y te hicieron rey, y aún mantienes esa herencia. Cuando se te presentaron los que habían matado al rey Maines, ordenaste que los ejecutaran para simular que te pesaba la muerte del rey, pero no era un gran pesar ya que aceptaste el reino que aún tienes; has ordenado construir la torre para defenderte y salvarte de tus enemigos, pero la torre no te podrá salvar, ya que tú mismo no quieres salvarte.
Vertiger escucha a Merlín y sabe que en todo ha dicho la verdad:
—Bien veo y sé que eres el hombre más sabio del mundo. Te ruego y suplico que me aconsejes qué puedo hacer en todo esto, y que me digas por favor, si lo sabes, de qué muerte moriré.
—Si os dijera de qué muerte moriréis, no os podría decir el significado de los dos dragones.
Le ruega el rey que le diga sin ocultarle nada el significado, y Merlín le responde:
—Quiero que sepas que el gran dragón rojo simboliza tu malvado corazón; el que fuera tan grande y corpulento significa tu gran poder. El dragón blanco representa la herencia de los niños que huyeron por miedo de tu justicia. El que combatieran durante tanto tiempo significa que has mantenido su reino durante un largo período. El que vieras que el blanco quemaba al rojo con el fuego que salía de su cuerpo simboliza que los niños te quemarán con su fuego, y no creo que tu torre ni ninguna otra fortaleza te pueda proteger ni impedir que mueras.
Cuando Vertiger oyó estas palabras, se quedó espantado y le preguntó a Merlín dónde estaban los niños.
—Están en el mar y han reunido a mucha gente para regresar a su tierra y hacer justicia contigo; dicen que tú ordenaste asesinar a su hermano. Llegarán de hoy en tres días al puerto de Winchester.
Vertiger sintió mucho estas noticias y lamentó que viniera tanta gente. Le preguntó a Merlín si no podría ser de otra forma y éste le respondió que no:
—No puede ser que no mueras por el fuego de los hijos de Constance, del mismo modo que viste que el dragón blanco quemaba al rojo.
De esta forma hablaron Vertiger y Merlín y éste le explicó el significado de los dos dragones. Vertiger ordenó a toda su gente que estuvieran el día indicado por Merlín para ir contra los niños que llegarían por mar, y de esta forma llevó a sus hombres a Winchester, donde los hijos de Constance debían llegar; cuando estaban todos reunidos y juntos, Merlín marchó a Northumberland, con Blaise, y le contó que ya había realizado el asunto por el que había tenido que acudir.
Blaise lo puso todo en su libro y por eso hemos podido saberlo.