En los terrenos que hoy se localizan dentro del triángulo que forman las comunidades de San José de los Andrade, Volcanes y Santa Bárbara, existió la
Hacienda de Patolpa, la que en los libros de registro de Guachinango en junio
15 de 1773, aparece como Hacienda de los Estrada, situada a nueve leguas de
Guachinango, en la que habitaban 30 personas; su nombre es tomado de unas
cebollas silvestres que proliferan en esos lugares y que son muy sabrosas. Ni
el abuelo Francisco, ni los más viejos del rancho recordaban ya el nombre o
los nombres de los últimos propietarios de dicha hacienda, sólo sabían que
era extensa y muy rica. En los cerros cercanos abundaba el ganado bovino y
caballar; los terrenos de sembradío nunca estaban ociosos, los que no eran
sembrados de maíz en época de lluvias, pasado el temporal, se sembraban de
trigo o garbanzo; el dueño de dicho emporio se ufanaba de que podía rentar a
las rancherías cercanas cuantas yuntas de bueyes quisieran o, en su defecto,
podía vender buenas puntas de ganado vacuno de color que el comprador
quisiera. De la casa grande de la hacienda que a su vez estaba rodeada de las
humildes cabañas de peones, medieros, vaqueros y gañanes, el lujo era insul
tante; la vajilla era de oro y plata;, había ricas alfombras y ostentosas cortinas de terciopelo; y, aunque al parecer el propietario era solo, sin esposa e
hijos, por lo menos en aquel lugar, se cocinaban muchas viandas que sólo el
patrón, su ama de llaves y escasos criados comían, aunque pareciese que
hubiera invitados o se estuviera de fiesta y que después, en vez de repartirlas
a sus peones o medieros, mandaba y se cercioraba de que se dieran a los
cerdos que tenía en sus zahúrdas. A regañadientes había aceptado que cerca
de la hacienda se construyera una capilla en la que se veneraba a un cristo
grande y patético.
Se decía que el señor hacendado era «masón», calificativo muy socorrido para denominar a cualquier ateo en aquellos lugares, aunque no comprendían la diferencia que hay entre masones y ateos. Pero también se afirmaba que si había aceptado que se hiciera la capilla era porque nada tonto,
sabía que de negarse se quedaría sin trabajadores, dada la religiosidad de los
habitantes de la región. Se decía que en su recámara, muy cerca de su cama,
rodeado de carabinas 30-30 y rifles del siete, que pendían de las paredes,
junto con sables y machetes, estaba el zurrón de un novillo o toro, relleno en
vez de aserrín u otro material usado por los taxidermistas, con alazanas de
oro, centenarios, pesos duros y hasta joyas.
Este señor vivía en pugna con el sacerdote que desde Volcanes iba cada
domingo a oficiar misa o en semana santa, que era la fiesta más celebrada en
Patolpa. Su pugna era porque el sacerdote, sin darse punto de reposo, lo
abrumaba con exhortaciones a que entrara al buen camino que la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica, única directriz segura, le ayudaría a encontrar; pero el hombre era reacio a dejarse convencer y acompañaba sus negativas a convertirse con una serie de maldiciones, epítetos, insultos y amenazas, más larga que la cuaresma. Total, era un comecuras recalcitrante e
irreductible; pero el cura era de los que teniendo a alguien en la mira lo acosan, lo cercan, le busca el lado flaco para hacerlo entrar al redil; y si hemos
de citar otra vez frases del tío Willy, añadiremos: «para hacerlos a la rienda,
¡qué caray!.»
¿Cuántos días pasaron con su pugna, uno insistiendo y el otro negándose y aumentando sus insultos? Nadie supo decirlo; lo cierto es que según contaban los «antiguos», entre más luchaba el sacerdote para salvar aquella alma de las garras del demonio, el hacendado iba creciendo en rencores, en
ofensas y en odios. Y así se aproximaba una semana santa más y el cura y los
vecinos, no sólo los de Patolpa, sino los de Los Volcanes y de San José de los
Andrade y otras comunidades, trataron de hacer que los festejos y actos religiosos, más que solemnes, resultaran lúcidos como nunca; y así anduvieron
solicitando por los poblados un óbolo generoso para tener suficiente como
para lograr su objetivo; sólo que nadie de los naturales se atrevía a ir a pedir
ayuda a aquel hacendado, sabedores de su furibundo carácter y su boca que
escupía alimañas al hablar.
Pero el cura, sin desmayar, confiado en la ayuda de Dios, quien no podría negársela, mucho menos por ser su ministro en la tierra, dijo que él tomaría al toro por los cuernos y le pediría su óbolo, esperando que fuera el
más abundante de todos. Y contaba el abuelo Francisco que una noche sin
luna, el cura llegó a la casa grande de Patolpa, se santiguó devotamente y
cogiendo un aldabón que tenía la figura de la cabeza de un león, dio tres
fuertes golpes cuyos ecos fueron resonando por corredores y piezas
semivacías, lúgubre y largamente; buen rato después se escuchó el arrastrar
de chanclas y por la cerradura de la puerta, el cura, que atisbaba por ella, vio
una vacilante luz que se acercaba.
Los pasos se detuvieron a la puerta y una voz cascada, chirriante, de
una vieja decrépita, preguntó:
— ¿Quién es?
Y el cura, por toda respuesta, dijo:
— ¡Ave María Purísima!
Entonces, la vieja terminó la oración:
— ¡Sin pecado concebida!
Con ello supo que el visitante no podía ser otro que el cura y con un
horrísono chirrido las puertas fueron abiertas por la anciana que intrigada
preguntó:
— ¿Qué güenos vientos lo train por acá, Pagresito?
Y el sacerdote, sonriendo, contestó:
— No muy buenos, Clementina, ya que quiero hablar con el cascarrabias de tu patrón.
— ¡Válgame la virgen santa, padre, ni lo intente, capaz que lo ajusila!
— No me hace nada, mujer, llámalo.
— Pos, con perdón suyo, no; si lo dispierto, mañana usté dirá misa de
cuerpo presente y yo dentro del cajón; no, padre, lo siento con el alma, pero
no.
— Entonces hazte a un lado; yo asumo el riesgo y la responsabilidad
ante ese masón empedernido.
Pero la vieja, galvanizada más por el miedo al patrón que por el sentido
del deber, se irguió cuanto pudo y se interpuso entre el cura y el camino de la
casona. Y discutieron y se enojaron; el padre, terco a entrar; ella, obstinada a
no dejarlo pasar. Ya fuese porque las fuertes voces lo despertaron o porque
aún no se dormía, el hacendado, a quien para mayor comodidad en el relato
le pondremos el nombre de Procopio, intrigado y furioso porque le rompieron el silencio y la paz de su casa, se asomó al pasillo y viendo al Cura en la
puerta a la luz de la cachimba que llevaba la vieja, le gritó iracundo:
— ¿Y ´ora que demonios quiere usté, cuervo con enaguas?
Y el cura no menos exitado le contestó:
— ¿Pues no que muy ateo y menciona a los demonios? Y si cree en
ellos, también cree en los ángeles y en Dios y en la virgen.
— Si dije demonios fue por simple costumbre o forma de hablar, porque de haber diablos uno de ellos sería usted, y en cuanto a Dios y la virgen,
váya a contarle sus cuentos a los pelangoches muertos de hambre que comen cuando, cóomo y lo que yo quiero que coman.
— Pues esos pelangoches muertos de hambre son los que le dan de
comer a usted, porque el día que ellos le dejen, usted se muere de hambre.
— Nombre, ¿pos que no tengo tanto dinero pa´ pagarles todo, hasta la
risa, siempre y cuando se rían bonito?
— Pues ese dinero, don Procopio, había de usarlo para darles mejor
vida y hacer caridades y dar a la iglesia para sus necesidades.
— ¡Sí, como no! ¿Y usted qué dijo: este menso se cae con la lana, verdad? Pos no, prefiero mejor que se me vuelvan boñiga mis centavos, antes de
dárselos a ellos; y a su Iglesia… ¡menos!
— Mire que está tratando de tentar a Dios para que lo deje tanto o más
pobre que ellos.
— ¿Sí?, ¡pues sepa que nadie, ni el mismo Dios, si es que lo hay, me harán perder un solo tlaco! ¡Pos cuál miedo a su Dios! ¡Vámos, lárguese antes
de que le atice un balazo!
Diciendo esto don Procopio extrajo de debajo de su camisa una pistola
44.40 y le apuntó con ella al cura, que sin inmutarse le dijo:
— Sí, ya me voy, pero no por miedo a su arma, ya que con ella me quita
solo la vida corporal, pero no la del alma; quédese con su fortuna, pero sepa
que como castigo, Dios le hará perder hasta el último céntimo antes de que
termine la cuaresma. ¡Adiós, retrógrado!
El padre se dio vuelta sin mirar hacia atrás; el hacendado no osó disparar pues las palabras del cura, que le sonaron a maldición, le cohibieron, ya
que como todo campesino, en el fondo era supersticioso y temeroso; sólo
cuando lo vio muchos metros más retirado, ocultó su nerviosismo emitiendo
una sonora y a la vez fingida carcajada. Luego, dándose valor, le gritó:
— ¡Mire, ensotanado, yo reto a usted y a su Dios a que me dejen de
prángana!
El padre se detuvo en seco y luego, con calma, se volvió a él para decirle:
— ¡Así sea, don Procopio, así sea! Y usted quedará tan pobre que morirá con un plato de peltre en la barriga, pidiendo limosna para su funeral!
El hacendado solo atinó a decir con voz ronca y temerosa:
— ¡Baaah, está loco de remate!
Y cerrando el portón, se volvió a su recámara a dormir.
El sueño de don Procopio no fue muy tranquilo esa noche, y allá por las
cuatro de la madrugada le comenzó un dolor en la boca del estómago que lo
hacía pujar. Sus intestinos le gruñían como perros enojados hasta que tuvo
que venir hasta ya bien entrada la tarde sin poder comer ni separarse de allí,
una fuerte diarrea acompañada de vómitos que le hizo presa suya; su piel se
le puso lívida y los dolores arreciaban; la vieja criada no se daba abasto para
cocerle cuantas yerbas conocía como remedio para la diarrea; pero apenas
tomaba don Procopio unos sorbos cuando los vomitaba violenta y estruendosamente. Cuando podía hacerlo renegaba porque estaba consciente de que
nada de lo comido el día anterior le había hecho daño; culpaba al sacerdote
de haberle provocado aquel coraje entripado que lo tenía ya débil y deshidratado.
Para mal de sus culpas se le declaró una fuerte fiebre, por lo que lo
obligaron a recluirse en su recámara y enviaron a dos jinetes, de los mejores,
uno a Atenguillo y el otro a Cuautla para que llevaran a un doctor, si es que lo
había. Hubo suerte inmensa de que hubiera uno de paso por Atenguillo, y lo
llevaron por la noche y luchó por bajarle la fiebre; y a eso de la madrugada
llegaron con otro desde Cuautla. Ambos galenos se pusieron a dialogar a solas y al fin, puestos de acuerdo, le recetaron unas cucharadas que ellos prepararon con unos polvos, como sulfas y otros medicamentos. Para el día siguiente la diarrea y la fiebre habían cedido y solo persistía un molesto dolorcillo de
estómago, pero después de todo, podía decirse que iba de alivio.
Según las crónicas, ese día era domingo de ramos y a eso de las diez de
la mañana la campana dio la primer llamada a misa, cosa que enfureció al
hacendado, quien comenzó a maldecir a todos los «beatos fanáticos e ignorantes, comenzando por el cura, aquel tan molesto y antipático». Y la vieja
criada trataba de calmarlo y le recomendaba arrepentirse de aquella endemoniada actitud, y que se acogiera al seno de la santa madre Iglesia; pero
aquellas recomendaciones de la anciana eran como gasolina echada al fuego, ya que don Procopio aumentaba su furor y maldiciones y corría fuera de
su vista a la vieja.
El hombre estaba muy débil pero confiaba en sanar, sólo que otras calamidades comenzaron a ocurrir en sus propiedades. Un gran toro de su pertenencia bajó sin ser arreado desde el cerro y con fuertes y lúgubres bramidos llamaba a las vacas de ordeña; los becerros, los bueyes y demás ganado
también bramaron enloquecidos y en brutal estampida tiraron las trancas del
corral, siendo seguidos por caballos, mulas y asnos. Galoparon por sembrados y huertos arrasando todo a su paso y ni los vaqueros los pudieron detener, pues súbitamente embravecidos arremetieron en contra de ellos y no
fueron pocos los caballos destripados por los cuernos puntales y duros; y
hasta los jinetes, si no fueron empitonados, fueron revolcados y pisoteados.
Así que mejor los dejaron ir y los animales no pararon hasta el cerro donde,
tiempo después, cuando fueron buscados, no volvieron a aparecer ni vivos ni
muertos; ni las reses que desde antes ya andaban en los cerros.
Por otra parte, las criadas que de día efectuaban sus labores domésticas, cuando iban a lavar la loza a la noria cercana, sin darse cuenta ni poder
evitarlo, esa loza rodaba noria adentro; y si lo hacían en el arroyo cercano,
sucedía lo mismo sin que metiéndose en el agua pudieran alcanzarla, pues
corrían corriente abajo como peces, y así para media semana aquella loza de
oro y plata sólo era un recuerdo en la hacienda, aunque nadie se atrevía a
decirlo al patrón. Sí estaba enterado de lo ocurrido a su ganado y se deshacía
en maldiciones a sus vaqueros, caporales y peones, pero como no tenía fuerzas ni para enderezarse en la cama, nada podía hacer más que correrlos. Y se
fue quedando sin personal, además de que como muchos de ellos tenían a
sus esposas entre las criadas de la hacienda, se las llevaron con ellos a Volcanes o Atenguillo, por eso ya para el jueves santo sólo le quedaban a su servicio la anciana y dos jóvenes peones solteros.
Ese jueves ocurrió algo más macabro. En cuanto la anciana hacía algún alimento, al ponerlo frente a él, su plato se llenaba de moscas y luego de
gusanos y despedía fétidos olores, y cuantas veces se los cambiaban ocurría
lo mismo. Luego, los dolores arreciaron y por nariz y boca le brotó sangre
putrefacta; aunque estaba sin probar alimento, los vómitos se hicieron frecuentes, pero sólo arrojaba sangre y pus. No le servían los medicamentos
que le habían recetado los doctores y así tuvieron que salir los dos peones a
buscar a los galenos.
Y se llegó el viernes santo. A eso de las diez de la mañana un fuerte
estrépito se escuchó en la recámara del enfermo, pues el zurrón relleno de
dinero que estaba allí cobró vida y bramó como toro enfurecido y a reparos y
coces salió de allí; galopó por los corredores y pasillos, saliendo a campo
libre donde se disparó hacia la noria y se hundió en ella. Luego, ésta comenzó a derrumbarse, hasta que de ella solo quedó una hoquedad pequeña y húmeda.
A esa misma hora, los peones que habían regresado inexplicablemente
sin encontrar a los doctores y que estaban haciendo labores correspondientes a las criadas y, como si estuvieran hipnotizados, cogían las últimas piezas
de loza u objetos valiosos y se iban al arroyo donde los dejaban deslizar por
la corriente. Hecho lo cual, sin volver la cara hacia la hacienda, echaron a
andar con rumbo desconocido.
En el momento en que salía de estampida el becerro de oro, don Procopio
lo alcanzó a ver y sacando fuerzas de flaqueza quiso irse en pos suya y logró arrastrarse unos pocos metros fuera de la casa; pero un acceso de vómito
sanguinolento lo clavó en el lugar y allí quedó tirado con la vista perdida,
como demente. La anciana criada, que estaba en la cocina con un frasco de
petróleo en la mano para llenar el depósito de un mechero, vio pasar frente a
la puerta al animal, y espantada soltó el frasco que al caer pegó en el borde
de la hornilla donde ardían unos leños y derramó el petróleo sobre la lumbre
y en su ropa. Ella, por mirar hacia fuera de la cocina, no se dio cuenta de que
su ropa ardía, hasta que sintió las quemaduras.
Luego se puso a correr por la casa y con sus ropas encendió manteles y
servilletas. Éstas prendieron fuego a una mesa y ésta a su vez unas cortinas;
la mujer salió al corredor y viendo una cubeta con agua la derramó sobre sus
ropas y casi apagó el fuego que ella llevaba, saliendo de prisa a la calle donde
se encontraba su patrón, mientras que a manotazos apagaba algunos restos
de fuego de sus ropas.
En la iglesia se encontraban el cura y unos feligreses de Los Volcanes y
San José de los Andrade, ocupados en arreglar el interior del templo. Al ver
las llamas que salían por el tejado de la hacienda con fuerza inusitada, corrieron rápidamente y con cubetas que llenaban de agua en el arroyo trataron de
apagar el fuego, pero cada vez que arrojaban el agua a las llamas, éstas parecían haber recibido gasolina y cobraban mayor fuerza.
El cura vio a la anciana junto al hacendado y fue en auxilio de ambos,
pero don procopio al ver al sacerdote, haciendo acopio de las pocas fuerzas
que le restaban le comenzó a gritar:
— ¡Ahora sí quedó a gusto, cura del demonio! ¡Usted que predica la
caridad y el perdón ya me desgració con su maldición; ya estoy aquí como
usted quería, sin dinero, sin nada de qué echar mano, y todavía viene a regodearse con mi desgracia! ¡Buitre!
El padre sacudió la cabeza con pesar y se acercó a él diciendo:
— Aún es tiempo de que te salves, hombre; reniega de tu maldad, pide
perdón a Dios y si tu arrepentimiento es verdadero, Él te perdonará.
— ¡De lo que me arrepiento es de no haberle metido una bala en la
barriga el otro día, váyase usted también al diablo, junto conmigo!
Diciendo esto se le vino otra bocanada de sangre y se quedó callado; el
cura se acercó a él y comenzó a rezar en voz baja; la anciana, soportando el
dolor de las quemaduras, seguía con él las oraciones, mientras contemplaba
las llamas que crecían en la casona y que lanzaban chispas hacia los techos
de paja de las cabañas de los peones, que no tardaron en incendiarse. Ya
nadie luchaba por apagar el incendio, pues era trabajo infructuoso; todos se
situaron alrededor del hacendado, que no podía articular palabra, pero los
veía con enorme enojo en los ojos.
De una casa en que el fuego no había cobrado aún fuerza, unos hombres sacaron una mesa grande y la pusieron bajo un fresno que había cerca
de la iglesia, luego llevaron hasta allí al enfermo y lo depositaron sobre la
mesa. El cura siguió guiando los rezos, rogando por el alma de don Procopio.
Poco antes de las tres de la tarde el hombre dio muestras de querer hablar. El
cura se acercó a él y entonces, con una voz que parecía surgir del averno,
habló el hacendado:
— Mire, cura del diablo, ya casi se cumplió en su totalidad su maldición;
ya no tengo nada o casi nada y la vida se me va de un momento a otro; pero
oiga lo que le voy a decir. Cuando yo muera, toda la hacienda, incluyendo su
iglesia y su cristo, se harán polvo; llegará el día en que sólo el recuerdo quede
de nosotros, porque esta hacienda quedará encantada y sólo se escuchará su
campana o las campanas de la iglesia a la media noche de todos los viernes
santos, y resurgirá la iglesia para que quien quiera ser poseedor de todas mis
riquezas, si se atreve, venga ese día y a esa hora y oiga la misa que usted, ya
muerto, tendrá que oficiar y todos nosotros estaremos allí para oirla juntos.
Ese día yo me salvaré y mi ganado perdido, el zurrón con el oro y todas mis
vajillas serán para el que logre desencantar la hacienda; pero deberá hacer
caridades, muchas caridades, porque de lo contrario, morirá como yo.
Con el miedo reflejado en los ojos, lo escuchaba el cura, y ese miedo
creció cuando la anciana, como siguiendo un impulso desconocido, fue a
hurgar entre las cenizas de una casa para volver luego con un plato de peltre,
negro por el hollín, y lo puso sobre el estómago del hombre; al parecer para
implorar caridad para sepultarlo, pues su muerte era inminente.
Dando las tres de la tarde, se escuchó un fuerte ruido bajo tierra. Un
repentino temblor que parecía sólo estar en la Hacienda de Patolpa se dejó
sentir; la Iglesia se fue abajo y solo quedaron unos pedazos de muro no más
de un metro de alto; el cristo fue sepultado y nadie logró encontrarlo nunca;
lo que aún quedaba en pie de la hacienda y las casuchas de los peones cayeron, y a ese mismo tiempo don Procopio lanzó un grito infrahumano, se convulsionó y entre blasfemias murió.
El sacerdote lo exorcizó y le aplicó simbólicamente los santos oleos
Post mortem, y luego pidió que buscaran algo en que trasladar al difunto
hasta Volcanes, donde posteriormente fue velado y con las limosnas que los
vecinos dejaron sobre el plato de peltre se pagó su funeral.
La vieja criada entró al servicio del cura, pero su vida fue efímera y un
año después moría; el sacerdote fue cambiado a otro lugar por sus superiores y nadie supo más de él. Muy pocas personas se acercaban al lugar en que
existió la Hacienda de Patolpa solo algún perdido caminante o algún vaquero
que buscaba alguna res extraviada osaba pasar por allí, pero no de noche y
siempre invocando a todos lo santos del cielo y santiguándose con miedo y
devoción.
Mucho tiempo después siguió escuchándose a la media noche de los
viernes santos las campanas de la Iglesia de esa hacienda, pero nadie, nunca
jamás, se atrevió a ir a oír misa. Otros sitúan este hecho el día de san Juan
Bautista.
Pasaron tres generaciones, alguien compró o se hizo de aquellos terrenos donde abundan los cebollines o cebollas de Patolpa, y era frecuente que
cuando araban al paso cansino de los bueyes, de vez en cuando se encontraban objetos de oro y plata, tales como tenedores, cucharas, cuchillos y tazas;
lo mismo se han encontrado metates de piedra, de los llamados huilances y
que usaban las mujeres que alguna vez vivieron en aquella hacienda.
Pero lo que no era una mentir, era aquel tenedor de oro que mi abuelo
mostraba diciendo que lo había encontrado una vez en que labraba la tierra
en donde existió la Hacienda de Patolpa, y que guardaba como prueba de que
él jamás había mentido en sus historias.
Esta leyenda fue muy difundida en la Hacienda de Ahuacatepec allá
por los años de 1950