La costumbre de contar historias nos ha acompañado desde siempre, y ahora se ha convertido en necesidad. En el pasado nos abrumaban los giros dramáticos y disfrutábamos esos agregados que nunca podremos corroborar pero dan sentido y sazón al relato. Hoy escuchamos lo que otros cuentan con el mismo interés, pero tenemos un motivo agregado, un acuerdo silencioso entre el orador y su audiencia. Queremos saber.
Queremos saber qué esta ocurriendo al otro lado del Margen Rojo. Debemos enterarnos cuando una nueva amenaza comienza a hacerse patente. Buscamos rellenar los espacios vacíos y completar el rompecabezas para comprender lo que ocurre en Nuestras Tierras antes de que seamos tragados por lo que sea que venga por nosotros. Tenemos miedo, miedo a desconocer. Para eso están los escenarios locales.
El que Valmus dirige no era más que un tugurio mal iluminado y propenso al derrumbe hasta hace poco. Pero incluso en sus tiempos más oscuros, La Fuente no pasaba una noche sin que una historia fuese contada tras el brillo tenue de los cilindros de cristal. Antes de cada amanecer, algún espectador se convertía en orador por una hora o dos y declaraba sus verdades, revelaba un mar de nuevos datos entremezclados con su propia imaginación. Aportaban claridad o un poco más de confusión a las historias, respondían preguntas y formulaban nuevas. En La Fuente, Valmus comprobó que todos los hijos de mujer tienen una historia, aunque no sepan cómo transmitirla.
La noche cuyo recuento se extendió por todas Nuestras Tierras como una enfermedad comenzó como todas. Valmus bajó del segundo piso, encendió las barras de cristal y comenzó a prepararse para abrir su local bajo aquellas luminarias defectuosas, tan viejas como el mismo establecimiento. El individuo cuyo relato nos compete llegó a media noche, y para ese momento aún nadie había subido al escenario. Era un joven lleno de pecas en la nariz, de aspecto inocente y bonachón, pero con unas manos enormes y repletas de cayos que contrastaban con su aspecto frágil y delicado. Su nombre era Tobías, y se presentó como el ayudante de un herrero local que desapareció un par de semanas atrás llevándose consigo un enorme cargamento de metales sagrados. A simple vista, un crimen escabroso. Pero la historia de Tobías reveló que más allá de la ética cuestionable había algo más detrás de su conducta que requería de la más solícita atención. Su recuento abrió las puertas a tantas preguntas, que hoy, años después del incidente, la mayoría siguen sin contestar.
Cuando Tobías caminó al escenario parecía nervioso, aunque cualquiera se daría cuenta más tarde de que esa no era más que su apariencia habitual. Era un jovencito desproporcionado e inseguro, y su aspecto era muy diferente a las nuevas adaptaciones que circulan por todo el continente. Tras mirar a su público con aspecto confundido, tomó un respiro y comenzó a hablar.
Lo que estoy a punto de contar ocurrió hace un par de semanas en el taller donde trabajé desde mi infancia. Entre todos los acontecimientos de mi vida, es el que más me ha causado honda impresión.
Fui aprendiz de Arreno, a quien siempre he considerado un genio en el arte de forjar armas y a quien admiro incluso después de presenciar su partida.
Arreno era un hombre dedicado a su arte, y como parte de sus invenciones llegó a experimentar distintas técnicas y aleaciones de metal y cristal sagrado para obtener las armas más estilizadas y confiables, dignas de un noble o de un profesor de esgrima.
Pero desde hacía unos meses mi maestro comenzó a ausentarse más de la cuenta, absorto en una nueva creación, sediento de conocimiento y lleno de preguntas sin responder. Su arte le llevó a desdoblar las capas más profundas del cristal para dar mayor cabida y flexibilidad al espíritu de la espada. Sus intentos rallaban en la herejía y muchas veces se lo dije, pero nunca me escuchó. Replicaba que era muy joven para entenderlo y que se estaba acercando al punto en el que permitiría danzar a las espadas a su propio ritmo, contribuyendo al baile de la muerte con sus propios movimientos expertos.
Su pasión se convirtió pronto en obsesión y aquel día, al ver en su rostro la desesperación más profunda, me dispuse a seguirlo hasta su ala del taller.
Lo que vi esa noche trastornó mi arte de la herrería, y habiendo pasado semanas desde el acontecimiento aún me hace saltar el corazón con violencia. El recinto estaba oscuro, pero veía claramente sus golpes al metal candente, su rostro y su cuerpo frente al fuego. Su enorme martillo y el gotero con el que vertía la esencia de cristal a la base de metal. Su libro de invocaciones y los círculos de poder alrededor de su mesa de trabajo. Todo parecía en orden hasta que pude ver una silueta en el hierro ardiente cuando comenzó a unirse con el cristal. Parecía una cicatriz o una brecha en la espada, y aunque su interior era apenas perceptible desde mi posición, sentía como si pudiera verlo claramente y de cerca. Sentía como si estuviera dentro de aquella brecha oscura y llena de la nada. Era como un abismo profundo, un abismo confuso, como ver desde arriba la caída de un acantilado o desde abajo el campanario más alto, todo a la vez e inquietantemente distorsionado, como si el agujero mismo se burlase de las formas y sus proporciones. Como si se burlase del tiempo y el espacio que lo rodeaba.
No estoy seguro cuánto paso hasta que escuché la voz de la espada en mi mente. Pensé que se dirigía a mi pero le hablaba a Arreno. Le decía lo que debía hacer a continuación y le mostraba en lo más profundo de sus entrañas las herramientas que necesitaría para lograrlo. Sus palabras eran burla y engaño, pero su invitación era tan irresistible que sin darme cuenta estuve a punto de acercarme a la mesa de trabajo para ayudarle.
Me percaté justo a tiempo y volví mis pasos, escondiéndome entre los colgantes de su antecámara. Volví a mirar y pude notar la mirada perdida de mi maestro, sus ojos profundamente clavados en la hendidura, y sus manos realizando los movimientos requeridos para completar su labor. Y fue entonces cuando escuché nuevamente la voz de la grieta, pero esta vez se dirigía a mi. Me invitaba a cumplir con mi labor de ayudante en el paso más importante de la carrera de mi maestro. Me prometió acceso a las artes arcanas más selectas, capaces de forjar armas vivas y llenas de un poder abrumador, mayor que el de cualquier portador. Me mostró las riquezas que tendría a mi alcance y me llevó a los palacios del mas allá donde moran los espíritus de las armas.
Pero al negarme, el brillo se convirtió en oscuridad y toda mi visión se convirtió en sangre y hedor. Me desmayé ante la impresión de la visión frente a mi y la intensa fetidez a muerte y descomposición. Y al despertar mi maestro había desaparecido. La espada con la grieta no estaba por ninguna parte. Y los materiales con los que mi maestro realizaba su arte se habían ido también.
Solo encontré esa noche una inscripción grabada en su mesa de trabajo que no había leído nunca antes, y cuyas palabras dicen con trazos claros y profundos:
«Cuando estés listo lo sabré»
Aunque no he vuelto a ver la inscripción en la mesa de trabajo, confiscada por quienes aún se encargan de investigar el paradero de mi maestro, todavía sigo percibiendo desde donde sea que se encuentre, en el fondo negruzco de sus trazos, una estela de la grieta que vi en la espada. Sigue riéndose de mi en mis recuerdos o a la distancia, no lo sé; sigue desdoblando las proporciones de la materia dentro de mis pensamientos y jugando con las proporciones de la madera cortada como una enfermedad que carcome la carne, la materia inerte, y el hilar de los pensamientos.