Publicado en Cuentos

El diario de Porfiria Bernal, de Silvina Ocampo

Relato de Miss Antonia Fielding

A Juli
Pocas personas creerán este relato. A veces habría que mentir para que la gente admitiera la verdad; esta triste reflexión la hacía en la infancia por razones fútiles, que ya he olvidado; ahora la hago por razones trascendentes. Las personas consideradas honestas, son muchas veces las insensibles, las que no se conmueven ante un destino complejo, o las que saben con sumo sacrificio o habilidad mentir para hacerse respetar. No me encuentro en ninguna de estas categorías. Soy modestamente, torpemente honesta. Si llegué al borde del crimen, no fue por mi culpa: el no haberlo cometido no me vuelve menos desdichada.
Escribo para Ruth, mi hermana, y para Lilian, mi hermana de leche, cuyo afecto de infancia perdura a través de los años. Escribo también para la conocida Society for Psychical Research; tal vez algo, en las siguientes páginas, pueda interesarle, pues investiga los hechos sobrenaturales. El primer presidente de esta sociedad, el profesor Henry Sidwick, fue uno de los mejores amigos de mi abuelo. Recuerdo haber oído en mi infancia muchos cuentos de hadas, pero ninguno me impresionó tanto ni me pareció tan misterioso como la conversación entre mi abuelo y Henry Sidwick, cuando hablaron de Eusapia Palladino y de Alexandre Aksakof, después de una comida veraniega, en el pequeño y hermoso jardín de nuestra casa. Escribo sobre todo para mí misma, por un deber de conciencia.
No quiero detenerme en ínfimas anécdotas de la infancia, sin duda superfluas. Ruth y Lilian las conocen, una porque es mi hermana y la otra porque es mi dilecta amiga. Me limitaré a declarar mi respeto por la Society for Psychical Research y a dedicarle este trabajo que encierra el fruto de una amarga experiencia. Pido perdón por la incorrección del estilo, por la falta esencial de claridad. Nunca supe escribir y ahora que me apremia el tiempo, me estremezco pensando en los errores que dejaré grabados en estas páginas, que jamás he de releer.
Me llamo Antonia Fielding, tengo treinta años, soy inglesa y el largo tiempo que pasé en la Argentina no modificó el perfume a espliego de mis pañuelos, mi incorrecta pronunciación castellana, mi carácter reservado, mi habilidad para los trabajos manuales (el dibujo y la acuarela) y esa facilidad que tengo para ruborizarme, como si me sintiese culpable Dios sabe de qué faltas que no he cometido (esto se debe, más que a timidez, a una transparencia excesiva de la piel, que muchas amigas me han envidiado). Entre las dichas que el cielo me deparó están la salud y el optimismo que brillaron en mis ojos durante largos períodos de la juventud. Soy silenciosa y tal vez por ese motivo no parezco alegre como lo soy en realidad, o más bien lo fui. Para los que me ven de lejos soy hermosa: en el espejo aprecio lo necesaria que es la distancia para embellecer la asimetría de una cara. Frente a un espejo, en la infancia, deploré, llorando, mi fealdad.
No necesito, no puedo relatar todos los pormenores de mi vida. Conozco este país como si fuese mío, porque lo amo y porque leí, para conocerlo mejor, los libros de Hudson. Desde que llegué a la Argentina me sentí atraída por este paisaje, por esta música folklórica, tan española, por esta vida rural y por esta gente lánguida y a la vez bulliciosa. Tuve la suerte de poder viajar por las provincias, antes de verme obligada a trabajar como institutriz. (El Jardín de la República y las cataratas del Iguazú me impresionaron vivamente.)
No sufrí por mi difícil situación pecuniaria, ni por mi trabajo, que al principio me pareció, debo confesarlo, altamente romántico: he amado siempre a los niños, no con un sentimiento maternal, sino más bien con un sentimiento amistoso (como si tuviéramos yo y los niños la misma edad y los mismos gustos).
El primer día que desempeñé mi puesto de institutriz pensé con alegría que la vida me premiaba, obligándome de un modo inesperado a educar a niñas de acuerdo con mis íntimos ideales. No suponía que los niños fueran capaces de infligir desilusiones más amargas que las personas mayores.
No contaré las distintas etapas de mi vida de institutriz. Tal vez demasiado desilusionada y sin embargo con la misma timidez, llegué a esta casa desde cuyas ventanas estrechas y altas diviso la plaza San Martín, con su monumento. Aquí, en esta casa de la calle Esmeralda, escribo estas líneas que tendrán que ser las últimas.
Recuerdo como si fuese hoy la calurosa mañana de diciembre, brillando sobre el llamador de bronce, en forma de mano. Aquel día yo había estrenado un vestido floreado, que me daba felicidad, esa felicidad exagerada que sentimos, las mujeres, ante una prenda que nos embellece. Hacía tiempo que deseaba tener un vestido de ese color, celeste turquesa, con esas mismas flores, que me recordaban a la vez un jardín y una taza de té, en el día de mi cumpleaños. La súbita aparición del llamador en la puerta de calle oscureció por un instante mi alegría. En los objetos leemos el porvenir de nuestras desdichas. La mano de bronce, con una víbora enroscada en su puño acanalado, era imperiosa y brillaba como una alhaja sobre la madera de la puerta. Un portero con levita verde me llevó hasta el ascensor. Yo estaba nerviosa porque no sabía o suponía no saber pronunciar un nombre y un apellido que ahora me parecen familiares: el nombre de la dueña de casa. En los momentos en que nos creemos más perturbados, distraídos o abstraídos, más incapaces de observar, es cuando observamos mejor. Cuando murió mi padre, entre mis lágrimas, descubrí la forma verdadera de sus cejas y un lunar que oscurecía la parte inferior de su mandíbula; con pasión descubrí la forma exacta de un mueble de caoba, mueble de la época victoriana, donde guardaba los anteojos y los biblioratos, y que yo había visto toda mi vida, distraídamente.
Recuerdo el vívido olor a piso recién encerado, la alfombra roja y gastada de la escalera, con bordes más oscuros. Recuerdo en el hall el atardecer, con todas las nubes, del cuadro pintado al óleo, donde una mujer semidesnuda (entre una lluvia de rosas blancas) daba de comer a cuatro palomas con plumas irisadas. Recuerdo las claraboyas con vidrios de distintos colores, las tonalidades verdes, rojas, violetas predominantes, las guirnaldas complicadas, una flor que parecía un pájaro preso en su eterno vuelo. Recuerdo un piano vecino cuya música melancólica me perseguiría.
Ana María Bernal (este es el nombre de la dueña de casa) acababa sin duda de bañarse y de vestirse; una fragancia a polvos, cremas y perfumes delicados la aureolaban o más bien la alimentaban, como el agua alimenta a ciertas flores lujosas. La imaginé envuelta en tules, como una bailarina española perseguida por un reflejo dorado: un rayo de sol la iluminaba y un público invisible presenciaba la escena, ese público encantado y horrible que hay a veces en los muebles tapizados, en las cajas de bombones finos, en los costureros y en los antiguos tarjeteros de marfil.
Nunca pude saber, ni entonces ni después, la edad de Ana María Bernal: sólo supe que su edad dependía de la dicha o de la desventura que le traía cada momento. En un mismo día podía ser joven y envejecer con elegancia, como si la vejez o la juventud fueran para ella frivolidades, meras vestiduras intercambiables, de acuerdo a las necesidades del momento. Recuerdo el perfume estridente de su blusa bordada, el dibujo nacarado de su prendedor y la melancolía falsa y magnífica de sus ojos castaños. Parecía una reina egipcia del British Museum, de esas que me asustaron en la infancia y que admiré más tarde, cuando aprendí que hay bellezas que son muy desagradables. Aun entonces, atareada como yo estaba en estudiar aquel nuevo y asombroso rostro, aun entonces me pareció descifrar el lenguaje lúgubre de la casa, como si cada objeto, cada adorno fuera un símbolo cuidadoso, un anuncio de mis sufrimientos futuros.
Frente a esta desconocida mujer argentina me sentí desamparada. Me sentí transparente, de una transparencia definitivamente dolorosa y oscura. El color de mi piel, el oro gastado de mi cabello (que veía reflejados en los vidrios de la ventana) me parecieron en ese instante no sólo los despojos de mi personalidad sino una maldición inexplicable. El color oscuro de la piel suele dar a los seres una jerarquía, un poder oculto, que admiro, desprecio y temió secretamente: esto me hacía decir en mi infancia: “Podría enamorarme de un hombre de tez oscura, pero nunca me casaría con él, porque le tendría miedo”.
Incapaz de ocultarle a Ana María Bernal mis faltas de erudición, equivocadamente me creía inferior a ella. Me ruborizaba y ella en la sombra de sus ojos como detrás de una máscara, con serenidad, seguía los subterfugios de mis movimientos.
–No creí que fuera tan joven –dijo, invitándome a sentarme en un sillón tapizado de damasco amarillo–. Mi suegra me habló de usted. Ella se ocupa del personal de la casa. Es una señora de ochenta años, pero mantiene su agilidad y su memoria. Yo no tengo carácter para estas cosas.
Asentí con la cabeza.
–No sabía que usted fuera tan joven –volvió a repetir con dulzura.
–No soy tan joven –le dije con cierta impaciencia–, tengo treinta años.
Una sonrisa desganada pasó por sus labios.
–Es cierto que la edad, a veces, no significa nada. Además, nunca se sabe la edad de las inglesas. Usted parece tímida. tal vez sin carácter; probablemente por eso parece más joven de lo que es.
–Señora, no hay que juzgar por las apariencias. Yo he sido como una madre con mis hermanos, cuando tenía quince años quedamos huérfanos y yo sola manejaba la casa.
–¡Qué interesante! –dijo Ana María Bernal, cruzando las piernas y colocando las manos, cubiertas de anillos, sobre las faldas–, ¡las vidas de ustedes son tan diferentes de las nuestras! Estoy segura de que la vida de usted debe de ser como una novela muy romántica, como las novelas de Henry James. ¿Henry James o Francis James? Los confundo siempre. Nada asoma al exterior; parece una niña tímida, sin experiencia y sin carácter.
Ana María suspiró suavemente.
–Le recomiendo que tenga mucha seriedad con mi hija. No le dé confianza. Sea severa con ella. Porfiria es hija del rigor. ¿Sabe usted lo que es ser hija del rigor? Es voluntariosa. Este año no la mandaremos al colegio, porque tuvo una pleuresía y está delicada de salud. Usted tendrá que educarla e instruirla, entreteniéndola. Cuando estemos en el borde del mar (usted sabe que veraneamos en el mar) sus baños no pasarán de cinco minutos: con el reloj y la toalla en la mano tendrá usted que esperarla en la orilla, como hacía mi abuela con mi madre cuando mi madre era chica. Mi hija debe alimentarse bien y comer lentamente; lo ha dicho el médico; tiene que masticar mucho. Espero que usted se haga obedecer y que no tenga debilidades con ella.
En una hoja de block Ana María Bernal anotó con un lápiz el régimen alimenticio de Porfiria y luego me lo entregó con un ademán grosero, mascando las sílabas de su última frase:
–No le dé chocolate, aunque se lo pida.
Cuando Porfiria Bernal vino a saludarme me asombró lo diferente que era de la imagen que yo me había formado de ella. Su nombre, que me recordaba una apasionada poesía de Byron, y la conversación que yo había tenido con su madre habían formado en mí una imagen resplandeciente y muy distinta. Pálida y delgada, con modestia se acercó para que le besara la frente.
Porfiria no era hermosa, no se parecía a su madre, pero hay una belleza casi oculta en los seres, que presentimos difícilmente si no somos bastante sutiles; una belleza que aparece y desaparece y que los vuelve más atrayentes: Porfiria tenía esa modesta y recatada belleza, que vemos en algunos cuadros de Botticelli, y esa apariencia de sumisión, que me engañó tanto en el primer momento.
Me parece que esta casa es la morada de todos mis recuerdos. El infierno debe de ser menos minucioso, menos estrictamente atormentador, en la elaboración de sus detalles. Podría describir los ruidos, uno por uno, las comidas, la luz esencial de los silencios y de las ventanas. Podría describir el día de cada semana con un cielo adecuado. Podría enumerar los cuadros, las fotografías, las manchas de humedad de ciertos cuartos. Podría enumerar las estatuitas de porcelana, con grupos de gatos, y las miniaturas con retratos de antepasados. Podría repetir las lecciones, los dictados, las lecturas que le infligía a Porfiria los lunes, jueves y sábados por la mañana. Podré morir tal vez sin lograr extinguir en mi memoria la precisión punzante y extraña de estos recuerdos.
La vida me asusta y sin embargo ese árbol que veo desde mi ventana me llama y aún me cautiva con sus ramas verdes. Quisiera ser aún la mujer que he sido. La plaza San Martín es alegre: tiene plantas tropicales y un monumento grande, negro y rosado. ¿No respiraré otra vez el olor vernacular de sus tumbergias? ¿No volveré a descubrir esa intimidad argentina, en sus bancos debajo de los gomeros? ¿Quién podrá creer en mi inocencia? ¿Qué hacer para seguir viviendo la humilde felicidad, que tengo todavía, de ser como soy?
El hermano de Porfiria se llamaba Miguel. Cinco años mayor que ella, este adolescente era de una extraordinaria belleza; de piel oscura, de rasgos perfectos, de ojos negros, que brillaban sin melancolía. Una suave sonrisa contradecía la dureza de la mirada, iluminaba a veces la cara; una sonrisa cruel la ensombrecía, otras veces. Su cabello, como las plantas, crecía apasionadamente. Porfiria, vuelvo a repetir, no era única hija y sin embargo su padre la mimaba como si lo fuera. Mario Bernal era un hombre tranquilo y bondadoso y sentía por su hija una ternura casi maternal, una ternura parecida a la que sentía por su madre, que lo admiraba y que siempre lo había preferido.
Hice cuanto pude por mejorar la educación de Porfiria. Leí mucha geografía, mucha historia: debo confesar que había olvidado casi todas las fechas y los acontecimientos históricos importantes. Mi padre siempre decía: Enseñar es la mejor, tal vez la única manera de aprender. Me instruí yo misma, para poder instruir a Porfiria. Nunca estudié tan fervorosamente. Nunca me sentí tan alentada por una familia entera. Hasta la abuela de Porfiria, esa viejita de ochenta años que trataba en vano desde hacía dos años de terminar de tejer una esclavina de lana lila, se interesaba por los métodos de enseñanza y me daba consejos.
Porfiria era extraordinariamente inteligente. La literatura le interesaba, casi lo diría, con pasión. Ciertas composiciones que escribió fueron verdaderamente notables: Los pequeños príncipes en la torre, La muerte de un árbol, Un día de lluvia, Un paseo en el Tigre, Los gatos abandonados, me sobrecogieron, me conmovieron. Yo la dejaba elegir los temas. Yo fui también, Dios me perdone, quien le dio la idea de escribir un diario. Pasaba muchas horas escribiendo como un ángel inclinada sobre el cuaderno, con los ojos iluminados. (¡Entonces la veía inspirada como un ángel!)
–Las niñas inglesas tienen siempre un diario –le dije una mañana en un tren que huyendo de los calores sofocantes de la ciudad nos llevaba a las playas del sur.
–¿Y hay que decir la verdad? –me preguntó Porfiria.
–De otro modo ¿para qué sirve un diario? –le contesté sin pensar en el significado que tendrían para ella mis palabras.

Por la ventanilla del tren veía todo el campo incendiado por el poniente: ni un árbol lo interrumpía; los animales parecían juguetes recién pintados. De vez en cuando pasaba un campo de flores moradas o de lino. He venerado siempre la naturaleza: sus diversas manifestaciones me traen a la memoria versos, frases enteras de algunas novelas, hermosas miniaturas que había en la sala de nuestra casa, en Inglaterra, reproducciones de cuadros pintados al óleo por Turner, cuyas bellezas me estremecen, ciertas canciones de Purcell (canciones de pastores), que le oía cantar a mi madre, de noche, cuando estaba vestida con un maravilloso vestido rosado, con cintas verdes, que anudaba para hacer juego con su peinado. Un recuerdo de perfumes de heliotropo me traen ciertos cielos parecidos a los de aquella tarde: en esos perfumes están mi patria y mi romanticismo.
–Pero ya tengo un diario –dijo Porfiria con una voz agria, que no le conocía–. Usted misma, Miss Fielding, me dio la idea de hacerlo el día que me contó que había escrito un diario a los doce años. ¿No recuerda?
Yo no recordaba haberle dicho nada sobre aquel diario de mi infancia pero sentí al mirar sus ojos que me decía la verdad. Aquellas palabras que yo le había dicho tan distraídamente la habían sin duda impresionado. Continuó hablando con esa pequeña voz agria y desagradable, acentuada por el ruido del tren, que le obligaba a hablar más alto.
–Mi diario, es un diario muy especial. Tal vez un día se lo entregue para que lo lea. Pero se lo entregaré a usted solamente. Mamá no lo tiene que ver porque a ella le parecería inmoral.
La miré con asombro. ¿Cómo se atrevía a hablarme así?
–¿Por qué le parecería inmoral a su madre y no a mí? –le pregunté con una ansiedad mal disimulada.
–Porque usted, Miss Fielding, es inteligente y sobre todo porque usted no es mi madre. Las madres fácilmente dejan de ser inteligentes.
Sentí mucha inquietud al oír estas palabras. ¡Qué había querido decir Porfiria! En ese momento la señora de Bernal, que viajaba en otro vagón, se acercó para invitarnos a comer. ¡Ya empezaba a abrumarme la responsabilidad de ser institutriz!
Comenzaba a hacer frío, caía la noche y por primera vez me apresó una tristeza indecible, inmotivada, recordando mis veraneos natales, los distintos trenes que me habían llevado a otras playas. Me contemplé discretamente en un espejo, para alisar mi cabello. Descubrí en mi rostro, en las esquinas de mi boca, una nueva arruga, una arruga que nunca había visto. Porfiria se apoyaba contra mí, me tomaba del brazo, hacía el ademán de besarme; me parecía que un secreto ya nos unía: un secreto peligroso, indisoluble, inevitable.
Durante muchos meses, Porfiria me amenazó con la lectura de su diario. De tiempo en tiempo me recordaba la urgencia que ella sentía por que yo lo leyera, pero al ver mi indiferencia tal vez se cansó de insistir.
Pasó el invierno y luego la primavera. Llegó el verano. Entonces Porfiria logró, con mil artimañas, hablarme otra vez del diario. Sabía que el asunto me desagradaba. Quería vencer mi repugnancia.
Estábamos en el mes de septiembre de mil novecientos treinta. Tardé unos días en abrir el diario que Porfiria me había entregado y en recorrer superficialmente las páginas. Me repugnaba la idea de leerlo, me parecía, vuelvo a repetir, que ese diario podía herirnos, que era una especie de vínculo secreto, un objeto clandestino, que me traería disgustos; pero Porfiria insistió tanto que no pude rehusarme por más tiempo. ¿A qué abismos del alma infantil, a qué infierno cándido de perversión habían de llevarme estas páginas cuya trémula escritura, en tinta verde, trataba de imitar la mía? ¡Qué lejos estaba yo de imaginar la verdad!
No puedo detenerme en los pormenores de este relato. Mis recursos literarios son nulos. Sospecho que las palabras que he escrito no me proporcionarán siquiera un desahogo, sino un profundo sufrimiento.
Porfiria fue mi primera, mi última discípula. Fue la única por quien tuve un afecto verdadero, por quien sufrí como una madre puede sufrir por una hija, por quien padecí las perturbaciones más hondas que habrá sufrido una persona adulta por una niña. La verdad es que esta criatura influyó sobre mí como sólo puede influir una amiga aviesa.
Con cierta repugnancia, con cierta curiosidad avergonzada, emprendí la lectura del diario. ¿Qué significado tenía para Porfiria la palabra inmoral? ¿Nada de tan terrible como yo me lo había imaginado? ¿Qué secretos familiares me revelarían esas páginas? ¿Hablaría de su abuela, de su madre, de su padre, de su hermano Miguel, irrespetuosamente? ¿La lectura de este diario no me traería problemas de conciencia, sinsabores de diversa índole? Todas estas reflexiones me parecieron bajas, egoístas, insignificantes, ininteligentes. Conmovida y reconfortada por mi resolución, leí las primeras páginas.

El diario de Porfiria
3 de enero de 1931.
Tengo ocho años cumplidos. Me llamo Porfiria y Miguel es mi único hermano. Miguel tiene un perro grande como una oveja. Durante muchos años esperé tener un hermano mejor y menor, pero ya he desistido: no quiero a mi familia. Miss Fielding piensa que no soy hermosa, pero que tengo una expresión fugitivamente hermosa. “Es la expresión de la inteligencia” me ha dicho. “Es lo único importante.” Me parezco a los ángeles de Botticelli que usan cuellitos bordados y que tienen “las caras viejas de tanto pensar en Dios” como dice Miss Fielding. Yo no pienso en Dios, sino de noche, cuando nadie ve mi cara; entonces le pido muchas cosas y le hago promesas que no cumplo. La noche tiene grandes follajes con flores y pájaros en donde me escondo para ser feliz, a veces para ser muy desdichada, porque si es fácil ser audaz a esas horas, es también fácil morir de susto o de desesperación A esas horas podría escaparme de mi casa, matar a alguien, robar un collar de brillantes, ser una estrella de cine.
Todas las expresiones de mi cara las he estudiado en los espejos grandes y en los espejos chicos. Los cuadros de Botticelli los he visto en la colección de Pintores Célebres.
No ambiciono, para cuando sea grande, ser como mi madre, ni como Miss Fielding, ni como mi prima Elvira. Me parece que nunca voy a ser ni siquiera joven: esta idea no me entristece, me da una sensación de inmortalidad, que muchas niñas de mi edad sin duda no tuvieron.
10 de enero.
Miss Fielding me dio la idea de escribir este diario. Antes de conocerla no se me hubiera ocurrido: antes de conocerla no se me hubiera ocurrido contemplar los ángeles de Botticelli ni mi cara en tantos espejos, porque siempre encontré que yo era horrible y que mirarme en un espejo era un pecado. En una cadenita de oro entre dos medallitas, tengo una llave; es la llave del cajón donde guardo mi diario. El cajón y la llave despiertan la curiosidad de los sirvientes y de mi madre, que es astuta.
Ella sola, Miss Fielding, podrá leer estas páginas y tal vez Miguel, que sabe ortografía.
Porfiria Bernal es mi nombre: me asombra, me contraría continuamente, me cambia el color de los ojos, la forma de la boca y de los brazos y hasta el afecto que siento por mi madre. ¡Mi madre! A veces la veo como una extranjera, como una intrusa que acaricia mi pelo, cuando le doy las buenas noches. Mi padre tiene cara de prócer, me es familiar como las miniaturas que guarda en la vitrina. Besarlo me da vergüenza.
Soy la esclava de mi nombre.
–Todo es cuestión de costumbres. Cuando seas grande te gustará tu nombre, porque es original –me dijo ni madre.
–Preferiría llamarme Miguel. Miguel es nombre de varón y es vulgar.
15 de enero.
Me enojé con Miss Fielding: no quería que me despidiera de los gatos de Palermo.
20 de febrero.
Hoy llegamos al mar. Los viajes en tren son demasiado cortos: tenía tantas cosas que pensar y sólo el tren me permite pensar. Los ejercicios físicos me sacan los pensamientos, y la gente y la aritmética.
28 de febrero.
La arena es hecha de piedras, caracoles, huesos, pelos, uñas de náufragos y pedacitos de animales que se han aventurado dentro del mar y han dejado su esqueleto: la he mirado de cerca con mi vidrio de aumento.
Mi madre conversa con un señor cuyos ojos azules son del color de algunos pescados. Es claro que hablan de cosas muy desagradables, de parientes o de negocios, porque mi madre frunce las cejas y mira su reloj, y el señor, que tiene un anillo de oro, mira con odio el mar y se recuesta contra el toldo fumando como si estuviera muy cansado. La arena se pega entre los dedos de los pies; trato de sacarla, pero no puedo. Miss Fielding mira de reojo al señor del anillo de oro. ¿Qué piensa Miss Fielding? No piensa. Sale a nadar: sigo su gorra verde sobre el mar, la sigo hasta que vuelve.
¡Cuántos ombligos tiene la arena!
Me regalaron una virgen que sirve de velador: son las más prácticas.
1 ° de marzo.
Estoy enferma. Miss Fielding no me deja pensar: lee, con su monótona voz de gato, Robinson Crusoe. Pero ¿qué interés puede tener para mí un libro como ése? Me gustan los libros de amor o de crímenes. Me gustan los libros de pensamientos. No espero sino la hora de la comida, que no me trae nada. ¿Moriré antes de los quince años? He contado las horas que Miss Fielding no me ha dejado pensar desde que estoy en cama: cinco horas hoy, ayer tres, anteayer ocho: dieciséis en total. Si muero antes de los quince años, no se lo perdonaré.
10 de marzo.
Me despedí del mar: fue difícil besarlo, más fácil me resultó besar la arena, que estaba húmeda. No volveré hasta el año que viene (pero ya no será lo mismo, tendré un año más, ya no seré la misma).
Iremos a pasar unos días a una estancia de mi abuelo, en Arrecifes.
12 de marzo.
La estancia se llama La Dormida.
–Seguramente La Bella Durmiente del Bosque era uno de los cuentos preferidos de las hijas del antiguo propietario de esta estancia y por eso le pusieron ese nombre –me dijo Miss Fielding la noche que llegamos.
Tuve que explicarle que no se llamaba La Bella Durmiente del Bosque sino La Dormida, lo que era distinto. Me contestó como si me diera un dato histórico:
–Seguramente han querido abreviar el nombre porque resultaba un poco largo.
14 de marzo.
La estancia se llama La Dormida, porque su antiguo propietario tenía una hija más callada, mucho más callada y tímida que yo. Cuando llegaban visitas, el dueño de casa, que tenía una barba, mitad negra, mitad colorada, para alabar o llamar a su hija mientras servía las masas que ella misma había preparado, decía en voz alta:
–No es dormida. No es dormida, mi hija.
Las visitas, que eran todas señoras viejas, de luto y golosas como chanchos, tomaron la costumbre, cuando llegaban a la estancia, de preguntar por la que “no era dormida” y finalmente para abreviar un poco por “la dormida”, pensando en las masas caseras que parecían, por los firuletes de merengue, masas de una gran confitería. Poco a poco, la Dormida se hizo famosa. “¿Dónde está la dormida?”, “¿Cómo está la dormida?” “¿Qué está haciendo la dormida?” eran frases que empezaron a oírse cuando la gente reclamaba masas. La estancia acabó por llamarse La Dormida.
Pero ahora no hay nadie que pueda convencer a Miss Fielding de que La Bella Durmiente del Bosque no fue responsable de ese nombre.
15 de marzo.
Miss Fielding aprendió en un día a andar a caballo. Todo el mundo la felicitó. No se asusta de las víboras ni de los murciélagos, ni de las luces malas. No sé si adora o si odia los gatos. Los acaricia y les da pedacitos de carne cruda, que roba de la cocina, cuando el cocinero duerme la siesta, pero también les da puntapiés.
Camina con Miguel por el parque a la noche. Oigo las voces hasta que me duermo. Dicen que vieron un fantasma y que Miss Fielding cayó desmayada: eran los ojos fosforescentes de un gato, que corría por el techo de la casa, como un gigante negro.
20 de marzo.
Pienso que voy a ser una gran artista cuando veo un rayo de sol sobre el césped, o cuando tomo el olor a trébol que brota de la tierra al caer la noche o cuando me imagino que un tigre me devora en pleno día. Pintaré muchos cuadros para el Museo Nacional.
26 de marzo.
Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben de ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y con estas medias cortas.
La riqueza es como una coraza que Miss Fielding admira y que yo detesto.
28 de marzo.
He inventado esta oración: Dios mío, haced que todo lo que yo imagine sea cierto, y lo que no pueda yo imaginar no llegue nunca a serlo. Haced que yo, como los santos, desprecie la realidad.
29 de marzo.
He dudado de la existencia de Dios: las personas grandes siempre mienten y ellas me hablaron de la existencia de Dios.
1 ° de abril.
No puedo encontrar un trébol de cuatro hojas. Nunca seré feliz, porque ser feliz es creer que uno lo es.
2 de abril.
Dormir y comer en el tren me gusta. Me gusta también Buenos Aires, hoy, porque es día de llegada y porque hay olor a naftalina en las alfombras.
4 de abril.
Sin convicción estudio el piano. Para tocar bien el piano tengo que imaginar un teatro lleno de gente, oír aplausos. Le pago diez centavos a Filomena por cada aplauso. En la salita de esta casa, cuando hay una visita, mi madre me pide que toque Au Couvent, de Borodine: pero detesto esa visita y detestaría cualquier teatro con semejante público. Para no llorar tengo que imaginar que estoy en un jardín con rosales y sauces y que un joven descalzo y muy pobre me lleva de la mano; entonces la música se abre como un sendero para dejarnos pasar y el teclado se vuelve invisible.
20 de mayo.
Pablo Lerena comió anoche en casa. Es un primo segundo de mi padre. Hasta los veinte años vivió en Europa: es lo único que sé de él. Me saludó agachando la cabeza perfumada. Apenas le contesté. Me había caído de la escalera y me dolía la rodilla.
21 de mayo.
Sobre las rosas, en los floreros de la sala, recordando mi infancia, lloré como si fuera grande. A las seis de la tarde no había nadie en la casa. Un silencio intimidante, como el de una presencia, se internaba por las habitaciones. Los corredores oscuros me llevaron al cuarto de Miss Fielding. Me detuve un instante antes de abrir el cajón de la mesa de luz: encontré un paquete de cartas atado con una cinta (sabía de quién eran esas cartas), un frasquito de perfume, un lápiz y una caja de fósforos. Desaté la cinta. Leí las cartas una por una; a medida que las iba leyendo las guardaba en un bolsillo, para no releer las que ya había leído. Oí un ruido en la puerta de calle. Con la cinta rápidamente até las cartas.
Una quedó en mi bolsillo: la conozco de memoria.
22 de mayo.
Miss Fielding sabe que le falta una carta. Sabe que yo se la robé y que se la mostré a Miguel. “Son cartas comprometedoras” diría mi madre. Lloré con la cabeza escondida entre las faldas de Miss Fielding. Me perdonó porque es inteligente. Se lo conté a mi madre.
27 de mayo.
Rosa, Fernanda y Marcelina son mis mejores amigas. Soy admirada por la primera, dominada por la segunda, ignorada por la tercera, que toca muy bien el piano y que anda como un mono en bicicleta. Las amigas pueden dividirse en varias clases: las que escuchan siempre, las que escuchamos, las que amamos cuando están cerca, las que preferimos cuando están lejos, las que deseamos que tengan diferentes opiniones de las nuestras, las que recordamos cuando oímos una música, las que son como un jardín, las que se parecen únicamente a ellas mismas, las que saben lo que íbamos a decir antes de hablar y lo dicen para avergonzarnos, las que nos roban las cosas amadas amándolas, las que perfeccionan la soledad, las grandes, las que no se ocupan de nosotras.
Rosa, Fernanda y Marcelina no son en realidad mis mejores amigas; es sólo en algunas composiciones que lo digo, como por ejemplo en la composición titulada Un paseo en el Tigre.
4 de junio.
Pablo Lerena come casi todas las noches en casa. Tiene un negocio a medias con mi padre. Después de comer Miss Fielding y mi madre hacen solitarios, mientras mi padre y Pablo Lerena conversan envueltos en el humo espeso de los cigarros. Mi abuela teje una esclavina. Teje como una tortuga con manos de araña. Oye todo lo que nadie alcanza a oír, pero no oye nada de lo que todo el mundo oye. A veces parece disfrazada. A veces parece disfrazada sobre todo en invierno porque se abriga mucho cuando va a misa.
Miss Fielding cree que me burlo de ella: no es mi culpa, es tan distinta de todo el mundo, con sus ojos de gato de angora y con su voz llorona.
20 de junio.
Veo muy poco a mi padre o más bien lo miro muy poco: ayer descubrí que tenía los ojos verdes y la nariz aguileña. Tener siempre cerca a las personas las aleja: conozco pedacitos de mi madre, conozco sus muñecas, el espesor de su peinado y el lugar que ocupa una de sus ondas preferidas, el crujido de sus pasos, la sonoridad de su risa, pero a Pablo Lerena lo conozco de arriba abajo y no como un busto, como la conozco a mi abuela, lo conozco todo entero como en un gran espejo.
21 de julio.
Fui a Palermo con Miss Fielding. Llevamos carne cruda para los gatos. Cerca del lago, donde alquilan las bicicletas, nos sentamos para mirarlos comer; ronroneaban, se frotaban contra mi. De pronto Miss Fielding se puso a temblar; su cara se transformó: parecía horrible, un verdadero gato. Se lo dije y me cubrió de arañazos. Con la cara sangrando llegué a casa.
23 de julio.
Me escondí en el rellano de la escalera. No veía pero oía todo lo que decían: Miss Fielding hablaba con Miguel: parecía que lloraba. Hablaban mal de mí. Cantaban los pájaros de las jaulas, en el balcón, como si se besaran. En la claridad de la pared veía agitarse las sombras, como las figuras de una linterna mágica.
30 de julio.
Es mi cumpleaños. Mi padre me regaló una pulsera de oro fina, Miss Fielding un libro, mi madre un monedero, mi abuela cien pesos, Pablo Lerena no sabía que era mi santo y cuando vio el postre con mi nombre y con las velitas encendidas sobre la mesa en medio de la comida se levantó para besarme. Me ruboricé. Mi abuela comió en la mesa pero no probó el postre porque tenía huevo.
10 de agosto.
Dije a Miss Fielding:
–Dale que eras un gato y yo un perro y me arañabas. Miss Fielding me puso en penitencia.
15 de agosto.
Me gustan los libros de amor o de crímenes, me gustan los libros de Rossetti y de Tennyson: algunos versos los sé de memoria y los recito silenciosamente cuando estoy en la iglesia esperando que termine la misa.
24 de agosto.
En medio de las lecciones, Miss Fielding se detiene, suspira sus ojos se aventuran por el paisaje de la ventana. Miguel la llamó ayer para que le ayudara a escribir una carta: tardaron más de una hora.
2 de septiembre.
Soy romántica, Miss Fielding me lo dijo anoche mientras me hacía las trenzas. Ella es más romántica porque ha vivido más, pero menos intensamente.
Miss Fielding lo abraza a Remo y le clava las uñas, le dice en inglés: ¿Sabes cómo te quiero? Remo no comprende el inglés, pero sabe que Miss Fielding es idéntica a un gato y no la quiere y baja las orejas.
29 de septiembre.
Miss Fielding me ve tal vez como a un demonio. Siente un horror profundo por mí y es porque empieza a comprender el significado de este diario, donde tendrá que seguir ruborizándose, dócil, obedeciendo al destino que yo le infligiré, con un temor que no siento por nada ni por nadie.
5 de octubre.
Roberto Cárdenas vino a comer por primera vez esta noche. En seguida reconocí al señor, con los ojos azules, que había visto durante el verano, en la playa, conversando con mi madre. Me saludó con amabilidad. Yo apenas le contesté. Miss Fielding se ruborizó violentamente.
Remo, el perro de Miguel, murió en un accidente.
Interrumpo este diario, como lo interrumpí entonces, con estupor, el 5 de octubre, a las doce de la noche, al comprobar que todo lo que Porfiria había escrito en su diario hacía casi un año estaba cumpliéndose.
Roberto Cárdenas había venido a comer esa noche por primera vez. Y ahí tenía, ante mis ojos, la fecha increíble, 5 de octubre, escrita sobre la página del diario, como un testimonio mágico, infernal. El cuaderno había estado en mi poder todo ese tiempo. Me constaba que Porfiria no había podido tocarlo ni durante todos esos días, ni hoy, después de la comida. Qué horrible misterio alimentaba diariamente las páginas de este diario. Recuerdo que no dormí en toda la noche, presa de inexplicables temores.
A la mañana siguiente, le pregunté a Porfiria si no había agregado anotaciones nuevas al diario. ¡Demasiado bien sabía que no lo había tocado! Le señalé con un vago temor la distracción que había tenido en anticipar las fechas. Me miró con asombro. Abriendo desmesuradamente los ojos, me dijo con exaltación inusitada:
–Escribir antes o después que sucedan las cosas es lo mismo: inventar es más fácil que recordar.
Confieso que la inteligente, la dulce Porfiria, me pareció presa de algún demonio. Sentí ese día horror por ella, y a la noche, en la soledad de mi habitación, leí las páginas siguientes del diario.
26 de octubre.
Roberto Cárdenas y mi madre se despiden como si temieran no verse nunca más. ¿Qué secretos terribles se dicen en la oscuridad de la sala cuando pasa el tranvía? Miss Fielding es muy celosa. ¿Los gatos son celosos? Hoy nos pidieron a Miss Fielding y a mí que tocáramos el piano a cuatro manos. Miss Fielding, tristemente, se sentó al piano y yo a su lado, en el taburete. En la madera brillante del piano yo veía a mi madre que lloraba y a Roberto Cárdenas que le besaba las manos para consolarla.
Mi madre llora sin lágrimas con frecuencia. Sabe que Miss Fielding me lastima. Sabe que Miss Fielding no es un ser humano, pero no se atreve a despedirla, porque le tiene miedo.
5 de noviembre.
Estar enamorada, no significa amar a un hombre: puede uno estar enamorado sin amar a nadie. Una fotografía, una puesta de sol, un perfume, un ángel o una música bastan.
20 de noviembre.
Quisiera ser pruebista. Vestirme con un traje verde y brillante. Un pruebista se parece mucho a un ángel; cuando salta en los trapecios, otro ángel lo recibe en sus brazos.
4 de diciembre.
Tengo un presentimiento. Nuestro fin se acerca. Algunas personas tienen caras de criminales cuando se les acerca la muerte; inconscientemente adoptan la cara que imaginan que tiene la muerte.
Ayer hablamos con Miss Fielding de la muerte, del suicidio, del crimen. No son conversaciones para tener con niños.
5 de diciembre.
Hace calor. Miss Fielding volvió del campo con un enorme ramo de flores. Las arregló en los floreros del comedor. Mi madre no las agradeció, porque es orgullosa.
El sol amarillo brilla sobre las calles y las casas todavía, y ya es tarde. Miss Fielding está enamorada de Miguel. Así tienen que ser las institutrices con los discípulos y no tratarlos con la rudeza con que me trata a mí. Pero Miguel no es el discípulo de Miss Fielding, es el discípulo de un gato. Soy yo la discípula y es de mí de quien tiene que ocuparse, y no arañarme como un felino; se lo dije a mi madre.
8 de diciembre.
Fui a misa con Miguel y Miss Fielding.
Trataré de alejarlos. No me importa que me odien. Cuando uno no consigue el afecto que reclama, el odio es un alivio. El odio es lo único que puede reemplazar al amor.
Conseguí que me pegara, que me clavara las uñas de nuevo. He triunfado, exasperándola.
9 de diciembre.
Podría matar a Miss Fielding sin remordimiento. Si lloré por la muerte de Remo no lloraría por la de ella, como ella no lloraría por la mía.
15 de diciembre.
Es como si una voz me dictara las palabras de este diario: la oigo en la noche, en la oscuridad desesperada de mi cuarto.
Puedo ser cruel, pero esta voz lo puede infinitamente más que yo. Temo el desenlace, como lo temerá Miss Fielding.
De nuevo cerré el diario. Lo tuve guardado dos días. Pensé que si no lo leía, tal vez el diario dejaría de existir; yo rompería su encantamiento, ignorándolo. Creo innecesario describir mi angustia, mi tortura, mi humillación.
Todas las cosas que me han sucedido las leo en este diario.
Leí las últimas páginas: no pude evitarlo.
Hablará por mí el diario de Porfiria Bernal. Me falta vivir sus últimas páginas.
20 de diciembre.
Me he contemplado largamente en el espejo, para decirme adiós, como si los espejos del mundo fueran a desaparecer para siempre. Creo que existo porque me veo.
Miss Fielding me asusta. Todos los gatos me asustan, Les doy de comer para que no me odien.
21 de diciembre.
¿Cuándo comenzó nuestra enemistad? El día que los vi con las dos cabezas juntas, leyendo un libro de poesía. Miss Fielding me ha perdonado todo, menos eso tal vez. Me guarda el rencor de los gatos por los perros o de los malos discípulos por sus maestros.
22 de diciembre.
Uno desea, en el fondo de su alma, que llegue pronto el día de la tragedia. Miss Fielding me arañó tres veces hoy.
23 de diciembre.
Fuimos al Tigre. El cielo cubría de reflejos el agua. La canoa verde se deslizaba silenciosa. Por un instante nos olvidamos de todo. Almorzamos debajo de los sauces. A las cinco de la tarde, Miss Fielding me miró con horror. ¿Qué había visto? La sombra de un gato. Cuando las personas están por transformarse ven una sombra que las persigue, que les anuncia el porvenir.
24 de diciembre.
Miss Fielding me regaló un libro; yo le regalé un gato de porcelana. Subimos a la azotea, con Miss Fielding, como siempre lo hacemos cuando llegan los días calurosos. La baranda es endeble. La altura de una casa de cuatro pisos no puede dar vértigo a nadie. Miss Fielding dice que siente vértigo en cualquier parte donde se encuentra, desde una altura grande o pequeña. Sin embargo, cuando estábamos en el campo se subía al molino.
Déme la mano –me dijo al pasar por la parte más angosta de la escalerita.
Tenía las manos heladas y temblaba. Me clavó las uñas. Me sorprendió de nuevo con su cara de gato; se lo dije. Alcanzamos a ver el río. De pronto perdí pie. ¿Es Miss Fielding que me ha empujado? Trato de asirme a los barrotes de hierro.
No caí afuera; caí sobre las baldosas, desmayada. Oí un grito estridente, desgarrador. Era la sirena del puerto, la que he oído, siempre a esa hora de la tarde.
26 de diciembre.
Miss Fielding trató de matarme. No se lo diré a nadie. Ella cree que duermo. Por la ventana abierta veo la plaza San Martín, donde florecen las primeras tumbergias. Brillan las palmas y el cielo de Buenos Aires se extiende hasta el río amarillo. Estoy en cama. Me permiten tomar una taza de chocolate.
Por la puerta entreabierta veo que Miss Fielding prepara el chocolate. Hierve la leche en un calentador. Ya no podrá traerme la taza. Se ha cubierto de pelos, se ha achicado, se ha escondido; por la ventana abierta, da un brinco y se detiene en la balaustrada del balcón. Luego da otro brinco y se aleja. Mi madre se alegrará de no tenerla más en la casa. Comía mucho, sabía todos los secretos de la casa. Me arañaba. Mi madre la temía aún más que yo. Ahora Miss Fielding es inofensiva y se perderá por las calles de Buenos Aires. Cuando la encuentre, si algún día la encuentro, le gritaré, para burlarme de ella: “Mish Fielding, Mish Fielding” y ella se hará la desentendida, porque siempre fue una hipócrita, como los gatos.

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El corazón delator, de Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: «No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez». Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

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El miedo, de Ramón del Valle-Inclán

Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:

-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor…

La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.

Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…

Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:

-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!

Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:

-Ahora veremos qué ha sido ello… Cosa del otro mundo no lo es, seguramente… ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán…!

Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:

-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?

Yo repuse con voz ahogada:

-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro…!

El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:

-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey…!

No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:

-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!

Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:

-Señor Granadero del Rey, no hay absolución… ¡Yo no absuelvo a los cobardes!

Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!

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Los ojos verdes, de Gustavo Adolfo Bécquer

(Leyenda)

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cual ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

—Herido va el ciervo…, herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas… Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban… En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe… Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Álamos y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.

Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.

—¡Alto!… ¡Alto todo el mundo! —gritó Íñigo entonces—. Estaba de Dios que había de marcharse.

Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron los trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.

En aquel momento se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y, en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

—Señor —murmuró Íñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿Y por qué?

—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los Álamos: la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo las salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador… ¿Lo ves?… ¿Lo ves?… Aún se distingue a intervalos desde aquí: las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame…, déjame; suelta esa brida o te revuelco en el polvo… ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán. Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Álamos en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Solo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Íñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con el cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que solo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalarse sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:

—Íñigo, tú que eres viejo, tú que conoces todas las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subistes más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí —dijo el joven—; es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña… Creí poder guardar este secreto eternamente, pero no es ya posible, rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo… Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, solo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede darme razón de ella.

El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos. Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que, a pesar de tus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Álamos y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de la soledad.

»¿Tú no conoces aquel sitio? Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno de las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, y saltan, y huyen, y corren, unas veces con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, para estancarse en una balsa profunda, cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

»Todo es allí grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

«Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas… no sé qué, ¡una locura! El día que salté sobre ella con mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña…, muy extraña: los ojos de una mujer.

«Tal vez sería un rayo del sol que serpeó fugitivo entre su espuma; tal vez una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas…; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.

«Por último, una tarde… yo me creí juguete de un sueño…; pero no, es verdad; la he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora…; una tarde encontré sentada en mi puesto, y vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto…, sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos…

—¡Verdes! —exclamó Íñigo con un acento de profundo tenor e incorporándose de un salto en su asiento.

Fernando le miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta esos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro, por lo que más améis en la tierra, a no volver a la fuente de los Álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.

—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el cielo destina por vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.

—¿Sabes tú lo que más amo en este mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que puedan atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos… ¡Mira cómo podré yo dejar de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:

—¡Cúmplase la voluntad del cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo siempre…

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito de Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero solo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! —exclamó Femando al ver burlada su esperanza—. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!… Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer…

—O un demonio… ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses…, te amaría…, te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.

—Fernando —dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música—, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y trasparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales…, y yo…, yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie… Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino…; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven…, ven…

La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas… «Ven, ven…». Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. «Ven…», y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso…, un beso…

Fernando dio un paso hacia ella…, otro…, y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve…, y vaciló…, y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose, hasta expirar en las orillas.

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El chiquitín, de Luigi Malerba

A través de las paredes acolchadas llegaban ruidos, regañinas, lamentos y alguna que otra carcajada. Las paredes amortiguaban los ruidos, las aguas los reflejaban y creaban alegres efectos de eco en los que aparecían vocales, sílabas, silbidos, consonantes simples y dobles, diptongos, balbuceos, gorjeos y otros sonidos. El chiquitín estaba allí acurrucado al calor y dormitaba de la mañana a la noche sin preocupaciones, sin problemas. No sólo no se consideraba preparado para salir al mundo, sino que, por el contrario, había decidido que permanecería en su refugio el mayor tiempo posible.

Las noticias que llegaban de fuera no eran nada buenas: frío en las casas porque faltaba el gas-oil, muchas horas a oscuras porque faltaba la electricidad, largas caminatas porque faltaba la gasolina. También faltaba la carne, el papel, el cáñamo, el carbón; faltaba la lana, la leche, el trabajo, la leña; faltaba el pan, la paz, la nata, la pasta; faltaba la sal, el jabón, el sueño, el salami. En resumen, faltaba casi todo e incluso un poco más. El chiquitín no tenía ningunas ganas de salir y de encontrarse en un mundo en el que solamente abundaba la catástrofe y el hambre, la especulación y los disparates, las tasas y las toses, las estafas y las contiendas, la censura y la impostura, la burocracia y la melancolía, el trabajo negro y las muertes blancas, las Brigadas Rojas y las tramas negras.

“¿Quién va a obligarme a entrar en un mundo así? -se dijo el chiquitín-. Yo de aquí no me muevo, estoy muy a gusto, nado un rato, me doy la vuelta de vez en cuando y luego me adormezco. Hasta que no cambien las cosas yo de aquí no me muevo”, se dijo para sí. Pero no sabía que no era él quien debía decidir.

Un día, mientras estaba dormitando como de costumbre, oyó un gran gorgoteo, extraños movimientos y crujidos, después un motor que silbaba, una sirena que pitaba, una voz que se quejaba. ¿Qué estaba ocurriendo? El chiquitín se acurrucó en su refugio, intentó agarrarse a las paredes porque notaba que se escurría hacia abajo y no tenía ningunas ganas de ir a un lugar del que había oído cosas tan terribles. Intentaba estar quieto y, en cambio, se movía, resbalaba. De repente notó que una mano robusta le cogía de los pies y tiraba, tiraba. Al llegar a cierto punto ya no entendió nada más; se encontró bajo una luz deslumbrante y tuvo que cerrar los ojos. Movió los brazos como para nadar, pero a su alrededor estaba el vacío, el aire, la nada, sólo dos manos que le sujetaban con fuerza por los pies, con la cabeza hacia abajo.

“Pero ¿qué quieren de mí? -se preguntó el chiquitín-. ¡Qué maleducados! ¡Me tienen cogido como un pollo!”. De pronto le dieron dos azotes en el trasero desnudo. “Pero ¿qué mal os he hecho? ¿Por qué os metéis conmigo?”. Se puso a gritar con todas sus fuerzas. Quería protestar, aclarar la situación, contestar, criticar, pero de su boca sólo salieron dos vocales y dos signos de admiración. A su alrededor oyó voces de gente que parecía contenta, quién sabe por qué. Él, no, no estaba nada, nada, nada contento

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Aceite de perro, de Ambrose Bierce

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre.

No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. «Después de todo», me dije, «no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente». En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

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El baile, de Irene Nemirovsky

1
La señora Kampf entró en la sala de estudios y cerró la puerta con tal brusquedad que la araña de cristal tintineó con un leve y puro sonido de cascabel, todos sus colgantes agitados por la corriente de aire. Pero Antoinette no dejó de leer, tan encorvada sobre el pupitre que sus cabellos tocaban las páginas. Su madre la contempló unos instantes sin hablar, antes de plantarse delante de ella con los brazos cruzados.
—Podrías hacer un esfuerzo al ver a tu madre —exclamó—. ¿No crees, hija mía? ¿O tienes el trasero pegado a la silla? Qué distinción… ¿Dónde está miss Betty?
En la habitación contigua, el ruido de una máquina de coser daba ritmo a una canción, un What shall I do, what shall I do when you’ll be gone away cantado melancólicamente por una voz torpe y fresca.
—Miss —llamó la señora Kampf—, venga aquí.
—Yes, Mrs. Kampf.
La menuda inglesa, con las mejillas encendidas, los ojos estupefactos y dulces, un moño color miel en torno a su pequeña cabeza redonda, se deslizó por la puerta entreabierta.
—La he contratado —empezó severamente la señora Kampf— para vigilar e instruir a mi hija, ¿no es así? No para que se haga vestidos… ¿Es que Antoinette no sabe que debe ponerse en pie cuando entra mamá?
—Oh! Ann-toinette, how can you? —dijo la miss con una especie de gorjeo apagado.
Antoinette se había puesto de pie y se mantenía en torpe equilibrio sobre una pierna. Era una jovencita alta y plana de catorce años, con la palidez propia de esa edad, y la cara tan descarnada que parecía, a los ojos de las personas mayores, una mancha redonda y clara, sin rasgos, con los párpados bajos, ojerosos, la pequeña boca cerrada… Catorce años, senos que ya pujaban bajo el estrecho vestido de colegiala, incomodando al cuerpo endeble, aún infantil; pies grandes y dos largos caños rematados en manos rojas, de dedos manchados de tinta, que un día tal vez se convertirían en los brazos más bellos del mundo; nuca frágil y cabellos cortos, sin color, secos y finos…
—Comprenderás, Antoinette, que hay para desesperarse con tus modales, pobre hija mía… Siéntate. Voy a volver a entrar y me harás el favor de levantarte inmediatamente, ¿entiendes?
La señora Kampf retrocedió unos pasos, salió y abrió la puerta por segunda vez. Antoinette se levantó con una lentitud desganada tan evidente que su madre apretó los labios con aire amenazador y preguntó:
—¿Le molesta a la señorita?
—No, mamá —dijo Antoinette en voz baja.
—Entonces ¿por qué pones esa cara?
Antoinette sonrió con una especie de esfuerzo laxo y penoso que deformó sus rasgos dolorosamente. A veces odiaba tanto a las personas mayores que querría matarlas, desfigurarlas, o bien gritar: «Sí, me molestas», golpeando el suelo con el pie; pero temía a sus padres desde muy niña. En otro tiempo, cuando Antoinette era más pequeña, su madre la sentaba a menudo sobre las rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba. Pero eso Antoinette lo había olvidado. En cambio, en lo más profundo de su ser conservaba el sonido, los estallidos de una voz irritada pasando por encima de su cabeza, «esta niña que está siempre encima de mí», «¡otra vez me has manchado el vestido con los zapatos sucios!, ¡al rincón, así aprenderás, ¿me has oído?, pequeña imbécil!». Y un día… por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuerza que los viandantes habían vuelto la cabeza: «¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?», y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla. «Y ahora qué, niña». ¡Oh!, aquellas risas burlonas que la habían perseguido mientras caminaba, la cabeza gacha, por la oscura calle otoñal. Las luces danzaban a través de sus lágrimas. «¿Aún no has terminado de lloriquear? ¡Oh, qué carácter! Cuando te corrijo, es por tu bien, ¿es así o no? ¡Ah!, y además, te aconsejo que no empieces otra vez a ponerme nerviosa». Qué malas personas… Y ahora, encima, expresamente para atormentarla, para torturarla y humillarla, de la mañana a la noche se ensañaban con ella: «¿Qué manera es ésa de coger el tenedor?» (delante del criado, Dios mío), o «Enderézate; al menos que no parezcas jorobada». Tenía catorce años, era una jovencita y, en sus sueños, una mujer amada y hermosa… Los hombres la acariciaban, la admiraban, como André Sperelli acaricia a Hélène y Marie, y Julien de Suberceaux a Maud de Rouvre, en los libros… El amor… Se estremeció. Su madre terminaba:
—… Y si crees que le pago a una inglesa para que tengas esos modales, estás muy equivocada, niña… —Y bajando la voz, al tiempo que apartaba un mechón que cruzaba la frente de su hija, añadió—: Siempre te olvidas de que ahora somos ricos, Antoinette… —Se volvió hacia la inglesa—: Miss, tengo muchos encargos para usted esta semana. Daré un baile el quince.
—Un baile —murmuró Antoinette abriendo los ojos como platos.
—Pues sí —confirmó la señora Kampf con una sonrisa—, un baile… —Miró a su hija con expresión de orgullo, luego señaló a la inglesa a hurtadillas frunciendo las cejas—. No le habrás comentado nada, supongo.
—No, mamá, no —se apresuró a decir Antoinette.
Conocía esa preocupación constante de su madre. Al principio —hacía dos años de eso—, cuando habían abandonado la vieja rue Favart tras el genial golpe en la Bolsa de Alfred Kampf, con la bajada del franco primero y la libra después en 1926, que los había hecho ricos, todas las mañanas a Antoinette la llamaban a la habitación de sus padres; su madre, todavía en la cama, se arreglaba las uñas; en el aseo contiguo, su padre, un judío menudo y enjuto de ojos ardientes, se afeitaba, se lavaba, se vestía con la exagerada rapidez de todos sus gestos, que en otro tiempo le había granjeado el apodo de «Feuer» entre sus camaradas, los judíos alemanes, en la Bolsa. Allí había estado estancado, en los grandes mercados, durante años… Antoinette sabía que anteriormente había sido empleado del Banco de París, y en un pasado aún más lejano, botones en la puerta del banco, con librea azul. Un poco antes de nacer Antoinette, se había casado con su amante, la señorita Rosine, la dactilógrafa del dueño. Durante once años habían vivido en un pequeño apartamento oscuro, detrás de la Ópera Cómica. Antoinette recordaba que pasaba a limpio sus deberes por la noche, en la mesa del comedor, mientras la criada fregaba los platos con estrépito en la cocina y su madre leía novelas, acodada bajo la lámpara, una grande con un globo de vidrio esmerilado en el que brillaba el impetuoso chorro de gas. A veces emitía un hondo suspiro irritado, tan fuerte y brusco que Antoinette daba un respingo en la silla. Kampf preguntaba: «¿Qué te pasa ahora?», y Rosine respondía: «Me duele el corazón de pensar en toda esa gente que vive bien y es feliz, mientras que yo me paso los mejores años de mi vida en este sucio agujero zurciéndote los calcetines…».
Kampf se encogía de hombros sin decir nada. Entonces, la mayoría de las veces, Rosine se volvía hacia Antoinette. «Y tú, ¿qué estás escuchando? ¿Te interesa lo que dicen los mayores?», exclamaba con humor. Luego concluía: «Sí, anda, hija mía, si esperas que tu padre haga fortuna como promete desde que nos casamos, ya puedes esperar sentada, que va para largo. Te harás mayor y estarás aquí, como tu pobre madre, esperando…». Y cuando decía esa palabra, «esperando», por sus facciones duras, tensas, hurañas, cruzaba cierta expresión patética, profunda, que conmovía a Antoinette a su pesar y a menudo le hacía acercar instintivamente los labios a la mejilla materna.
«Pobrecita mía», decía entonces Rosine acariciándole la frente. Pero una vez exclamó: «¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también», y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar, como apretones de manos entre desconocidos.
Y después, un buen día se hicieron ricos de golpe, ella nunca había llegado a comprender muy bien cómo. Se habían ido a vivir a un gran piso blanco, y su madre había hecho que le tiñeran el cabello de un bonito dorado completamente nuevo. Antoinette lanzaba miradas asustadizas a aquella cabellera resplandeciente que no reconocía.
—Antoinette —ordenaba la señora Kampf—, repite conmigo. ¿Qué has de responder cuando te pregunten dónde vivíamos el año pasado?
—Eres una estúpida —decía Kampf desde el cuarto de aseo—, ¿con quién quieres que hable la niña? No conoce a nadie.
—Yo sé lo que me digo —respondía su mujer alzando la voz—. ¿Y los criados?
—Si la veo diciéndoles a los criados una sola palabra, tendrá que vérselas conmigo, ¿has comprendido, Antoinette? Ella ya sabe que tiene que callar y aprenderse sus lecciones, y ya está. No se le pide nada más… —Y volviéndose hacia su mujer—: No es imbécil, ¿sabes?
Pero en cuanto él se iba, la señora Kampf volvía a empezar:
—Si te preguntan alguna cosa, Antoinette, dirás que vivíamos en el Midi todo el año. No es necesario que especifiques si era Cannes o Niza, di solamente el Midi… a menos que te lo pregunten; entonces, es mejor que digas Cannes, es más distinguido… Pero naturalmente, tu padre tiene razón, sobre todo debes callar. Una niña debe hablar lo menos posible con los mayores.
Y la echaba con un gesto de su hermoso brazo desnudo, que había engordado un poco, en el que brillaba el brazalete de diamantes regalo reciente de su marido, que no se quitaba más que para bañarse. Antoinette recordaba todo eso vagamente, mientras su madre preguntaba a la inglesa:
—¿Tiene Antoinette la letra bonita, al menos?
—Yes, Mrs. Kampf.
—¿Por qué? —preguntó la aludida tímidamente.
—Porque podrás ayudarme esta noche a escribir los sobres —explicó su madre—. Tengo que enviar casi doscientas invitaciones, ¿comprendes? No lo conseguiré yo sola… Miss Betty, autorizo a Antoinette a acostarse hoy una hora más tarde de lo habitual… Estarás contenta, espero —añadió volviéndose hacia su hija.
Pero como Antoinette callaba, sumida de nuevo en sus ensoñaciones, la señora Kampf se encogió de hombros.
—Siempre está en la luna, esta niña —comentó a media voz—. Un baile, ¿no te sientes orgullosa, acaso, al pensar que tus padres van a ofrecer un baile? No tienes mucho empuje, me temo, pobre hija mía —concluyó con un suspiro, y se fue.

2
Aquella noche, Antoinette, a quien la inglesa llevaba a acostarse por lo común al dar las nueve, se quedó en el salón con sus padres. Entraba en él tan pocas veces que examinó con atención los artesonados blancos y los muebles dorados, como cuando visitaba una casa desconocida. Su madre le mostró un pequeño velador donde había tinta, plumas y un paquete de cartas y sobres.
—Siéntate aquí. Voy a dictarte las direcciones. ¿Viene usted, querido amigo? —dijo en voz alta a su marido, ya que el sirviente estaba quitando la mesa en la estancia contigua. Desde hacía varios meses, en su presencia los Kampf se trataban de «usted».
Cuando el señor Kampf se acercó, Rosine bisbiseó:
—Oye, despide al criado, ¿quieres? Me molesta… —Pero al sorprender la mirada de Antoinette, se sonrojó y ordenó enérgicamente—: A ver, Georges, ¿va a acabar pronto? Arregle lo que falte y ya puede subir…
A continuación, los tres se quedaron en silencio, petrificados en sus asientos. Cuando el sirviente salió, la señora Kampf dejó escapar un suspiro.
—En fin, detesto a ese Georges, no sé por qué. Cuando sirve la mesa y lo noto a mi espalda, se me quita el apetito… ¿De qué te ríes como una tonta, Antoinette? Vamos, a trabajar. ¿Tienes la lista de invitados, Alfred?
—Sí —respondió Kampf—, pero espera que me quite la chaqueta, tengo calor.
—Sobre todo —dijo su mujer—, no se te ocurra dejarla aquí como la otra vez… Por la cara que ponían Georges y Lucie me di cuenta perfectamente de que les parecía extraño que estuvieras en mangas de camisa en el salón…
—Me importa un bledo la opinión de los sirvientes —refunfuñó Kampf.
—Cometes un error, amigo mío, son ellos los que crean una reputación yendo de una casa a otra y contándolo todo…
»Jamás me habría enterado de que la baronesa del tercer…
Bajó la voz y susurró unas palabras que Antoinette no llegó a oír, pese a sus esfuerzos.
—… de no ser por Lucie, que estuvo en su casa tres años.
Kampf sacó de su bolsillo una hoja de papel cubierta de nombres y tachaduras.
—Empezaremos por la gente a la que conozco, ¿no es eso, Rosine? Escribe, Antoinette. El señor y la señora Banyuls. No sé la dirección; tienes el anuario a mano, ya buscarás a medida que…
—Son muy ricos, ¿verdad? —murmuró Rosine con respeto.
—Mucho.
—¿Tú crees que querrán venir? No conozco a la señora Banyuls.
—Yo tampoco. Pero tengo trato con el marido por negocios, eso basta… Al parecer su mujer es encantadora, y además no la reciben mucho en su círculo, después de que se viera mezclada en aquel asunto… ya sabes, las famosas orgías del Bois de Boulogne, hace dos años.
—Alfred, por favor, la niña…
—Pero si ella no entiende nada. Escribe, Antoinette… A pesar de todo, es una mujer muy distinguida para empezar…
—No te olvides de los Ostier —dijo Rosine con viveza—; parece que organizan unas fiestas espléndidas…
—El señor y la señora Ostier d’Arrachon, con dos erres, Antoinette… De éstos, querida, no respondo. Son muy estirados, muy… Antaño la mujer fue… —Hizo un gesto.
—¿De veras?
—Sí. Conozco a alguien que en otro tiempo la vio a menudo en una casa cercana a Marsella… Sí, sí, te lo aseguro… Pero hace mucho tiempo de eso, casi veinte años; con el matrimonio se refinó completamente, recibe a gente muy distinguida, y para las relaciones es extremadamente exigente… Por regla general, al cabo de diez años, todas las mujeres que han corrido mucho acaban siendo así.
—Dios mío —suspiró la señora Kampf—, qué difícil es…
—Es preciso seguir un método, querida. Para la primera recepción, más y más gente, cuantas más caras mejor. Es sólo en la segunda o la tercera cuando se empieza a escoger. Esta vez hay que invitar a diestro y siniestro.
—Pero si al menos estuviéramos seguros de que vendrán todos… Si alguien rechaza la invitación, creo que me moriré de vergüenza.
Kampf rió silenciosamente con una mueca.
—Si alguien rechaza la invitación, le invitarás de nuevo la próxima vez, y de nuevo la siguiente… ¿Sabes lo que te digo? En el fondo, para avanzar en el mundo no hay más que seguir al pie de la letra la moral del Evangelio.
—¿Sí?
—Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla… El mundo es la mejor escuela de humildad cristiana.
—Me pregunto —dijo ella vagamente sorprendida— de dónde sacas todas esas tonterías, amigo mío.
Kampf sonrió.
—Vamos, vamos, continuemos… En este trozo de papel hay unas cuantas direcciones, Antoinette, sólo tendrás que copiarlas.
La señora Kampf se inclinó sobre el hombro de su hija, que escribía sin levantar la frente:
—Es verdad que tiene una letra muy bonita, muy formada… Dime, Alfred, ¿el señor Julien Nassan no es el que estuvo en prisión por ese asunto de la estafa?
—¿Nassan? Sí.
—¡Ah! —murmuró Rosine con cierto asombro.
Kampf dijo:
—Pero ¿con qué me sales ahora? Ha sido rehabilitado, lo reciben en todas partes, es un muchacho encantador y sobre todo un hombre de negocios de primera categoría…
—Señor Julien Nassan, avenida Hoche, número veintitrés bis —releyó Antoinette—. ¿Y después, papá?
—No hay más que veinticinco —gimió la señora Kampf—. Jamás vamos a encontrar doscientas personas, Alfred…
—Claro que sí; no empieces a ponerte nerviosa. ¿Dónde está tu lista? Todas las personas que el año pasado conociste en Niza, en Deauville, en Chamonix…
Su mujer cogió un cuaderno de notas que había sobre la mesa.
—El conde Moïssi, el señor, la señora y la señorita Lévy de Brunelleschi y el marqués de Itcharra: es el gigoló de la señora Lévy, siempre los invitan juntos…
—¿Hay un marido al menos? —preguntó Kampf con aire dubitativo.
—Por supuesto, son personas muy distinguidas. Hay otros marqueses, ¿sabes?, hay cinco… El marqués de Liguès y Hermosa, el marqués… Oye, Alfred, ¿se ha de usar el título cuando se habla con ellos? Creo que es mejor, ¿no? Nada de señor marqués como los criados, naturalmente, sino: querido marqués, mi querida condesa… Sin eso, los demás no se darían cuenta siquiera de que recibimos a gente con título.
—Si pudiéramos pegarles una etiqueta en la espalda… Eso te gustaría, ¿eh?
—¡Oh!, tú y tus bromas idiotas… Vamos, Antoinette, date prisa en copiarlo todo, niña.
Antoinette escribió un poco más y luego leyó en voz alta:
—El barón y la baronesa Levinstein-Lévy, el conde y la condesa du Poirier…
—Son Abraham y Rébecca Birnbaum, que han comprado el título. Es una idiotez, ¿no?, hacerse llamar du Poirier… Pero si vamos a eso, yo… —Se sumió en una profunda ensoñación—. Conde y condesa Kampf, simplemente —murmuró—, no suena mal.
—Espera un poco —le aconsejó Kampf—. No antes de diez años…
Rosine se puso a escoger tarjetas de visita lanzadas en desorden a una copa de malaquita adornada con dragones chinos en bronce dorado.
—De todas maneras, me gustaría saber quiénes son estas personas —murmuró—. Recibí un montón de tarjetas por Año Nuevo… Hay un montón de gigolós que conocí en Deauville…
—Cuantos más mejor, para hacer bulto, y si van vestidos adecuadamente…
—Oh, querido, déjate de bromas, son todos condes, marqueses, vizcondes como mínimo. Pero no consigo juntar las caras con los nombres… todos se parecen. Aunque en el fondo da igual; ¿viste cómo lo hacían en casa de los Rothwan de Fiesque? Se dice a todo el mundo la misma frase exactamente: «Me alegro tanto…», y luego, si te ves obligada a presentar a dos personas, se farfullan los nombres… nunca se entiende nada… Mira, Antoinette, hija mía, la tarea es bien sencilla, las direcciones están en las tarjetas.
—Pero, mamá —repuso Antoinette—, esta tarjeta es del tapicero.
—¿De qué estás hablando? Déjame ver. Sí, tiene razón; Dios mío, Dios mío, estoy perdiendo la cabeza, Alfred, te lo aseguro… ¿Cuántas tienes, Antoinette?
—Ciento setenta y dos, mamá.
—¡Ah! ¡Menos mal!
Los Kampf dejaron escapar un suspiro de satisfacción conjunto y se miraron sonriendo, como dos actores que entran finalmente en escena tras una tercera llamada, con una expresión mezcla de lasitud dichosa y triunfo.
—No va nada mal, ¿eh?
Antoinette preguntó con timidez:
—La… la señorita Isabelle Cossette, ¿no será mi señorita Isabelle?
—Pues sí, claro…
—¡Oh! —profirió Antoinette—. ¿Por qué la invitas a ella? —Y enrojeció con virulencia, presintiendo el seco «¿y a ti qué te importa?» de su madre; pero la señora Kampf explicó, azorada:
—Es una buena mujer… Hay que ser amables con los demás.
—Es un mal bicho —protestó Antoinette.
La señorita Isabelle, una prima de los Kampf, profesora de música de varias familias de ricos corredores de Bolsa judíos, era una solterona flaca, envarada y tiesa como un paraguas; enseñaba piano y solfeo a Antoinette. Excesivamente miope, pero sin llevar jamás lentes pues se envanecía de sus ojos —bastante bonitos— y de sus espesas cejas, pegaba a las partituras su larga nariz carnosa, puntiaguda, azulada por los polvos de arroz, y cuando Antoinette se equivocaba, la golpeaba en los dedos con una regla de ébano, plana y dura como ella misma. Era malévola y fisgona como una vieja beata.
La víspera de cada clase, Antoinette musitaba con fervor en su oración de la noche (al haberse convertido su padre al casarse, a Antoinette la habían educado en la fe católica): «Dios mío, haz que la señorita Isabelle se muera esta noche».
—La niña tiene razón —terció Kampf, sorprendido—; ¿cómo se te ocurre invitar a esa vieja loca? Si no la soportas…
La señora Kampf se encogió de hombros, impaciente:
—¡Ah!, no entiendes nada. ¿Cómo quieres que se entere la familia si no? A ver, dime, ¿ves desde aquí la cara de la tía Loridon que riñó conmigo porque me había casado con un judío, y la de Julie Lacombe y el tío Martial, todos los de la familia que nos hablaban con aquel tonillo protector porque eran más ricos que nosotros, te acuerdas? En fin, es muy simple, si no invitamos a Isabelle, si no estoy segura de que al día siguiente se morirán todos de envidia, ¡lo mismo me da que haya baile como que no! Escribe, Antoinette.
—¿Se bailará en los dos salones?
—Naturalmente, y en la galería… Ya sabes que nuestra galería es preciosa, y alquilaré suficientes canastillos de flores; verás qué bonito se ve todo en la gran galería, con todas las mujeres vestidas de gala con sus hermosas joyas, y los hombres de frac… En casa de los Lévy de Brunelleschi el espectáculo fue mágico. Para bailar los tangos apagaron la luz eléctrica y sólo dejaron encendidas dos grandes lámparas de alabastro en los rincones. Daban una luz rojiza…
—¡Oh! A mí eso no me gusta demasiado, suena a ambiente de local dancing.
—Es lo que se lleva ahora en todas partes, al parecer; a las mujeres les encanta dejarse toquetear con música… La cena, naturalmente, en mesas pequeñas.
—¿Un bar, quizá, para comenzar?
—Es una idea… Hay que animarlos desde que lleguen. Podríamos instalar el bar en la habitación de Antoinette. Que duerma en el cuarto de la ropa blanca o en el trastero del final del pasillo, sólo será por una noche…
—¿No podría quedarme al menos un cuartito de hora?
Un baile… Dios mío, Dios mío, ¿sería posible que hubiera, a dos pasos de ella, una cosa espléndida que ella imaginaba vagamente como una mezcla confusa de música frenética, perfumes embriagadores, trajes deslumbrantes y palabras de amor cuchicheadas en un gabinete apartado, oscuro y fresco como una alcoba… y que ella estuviera acostada, como todas las noches, a las nueve, como un bebé…? Quizá los hombres que supieran que los Kampf tenían una hija preguntarían por ella; y su madre respondería con una de sus odiosas risitas: «Oh, hace rato que duerme, claro…». Sin embargo, ¿qué podía importarle que también Antoinette tuviera su porción de dicha en este mundo? ¡Oh! Dios mío, bailar una vez, una sola vez, con un bonito vestido, como una auténtica joven, ceñida por brazos de hombre… Cerrando los ojos, insistió con una especie de audacia desesperada, como si se encañonara el pecho con un revólver cargado:
—Sólo un cuartito de hora; di que sí, mamá.
—¿Qué? —exclamó la señora Kampf estupefacta—. Repítemelo…
—Tú te irás al baile que dan en el cuarto de la ropa blanca —dijo el padre.
La señora Kampf se encogió de hombros:
—Decididamente, creo que esta niña está loca.
De pronto Antoinette gritó con el rostro demudado:
—¡Te lo suplico, mamá, te lo suplico! Tengo catorce años, mamá, ya no soy una niña… Sé que a los quince años se hace la presentación en sociedad; yo ya los aparento, y el año que viene…
Su madre estalló súbitamente.
—¡Pero bueno! —exclamó con la voz enronquecida por la cólera—. Asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!… Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña… ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte «en sociedad» el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera… No sé por qué no te doy un buen tirón de orejas para quitarte esas ideas —añadió en el mismo tono, y adelantó el brazo como dispuesta a hacerlo.
Antoinette retrocedió y palideció aún más; su mirada perdida y desesperada despertó en su padre cierta piedad.
—Vamos, déjala —dijo, deteniendo la mano alzada de Rosine—. La niña está cansada y nerviosa, no sabe lo que dice… Vete a la cama, Antoinette.
Ella no se movió, pero su madre la empujó ligeramente por los hombros.
—Vamos, fuera, y sin replicar; pobre de ti si no te vas…
A la niña le temblaban brazos y piernas, pero se marchó despacio y sin derramar una lágrima.
—Un encanto de niña —bufó la señora Kampf cuando se fue—. Esto promete… Vale que a su edad yo era igual, pero yo no soy como mi pobre madre, que nunca supo negarme nada… Yo la mataría, te lo aseguro.
—Se le pasará durmiendo; estaba cansada. Ya son las once y no tiene costumbre de acostarse tan tarde; será eso lo que la puso nerviosa… Sigamos con la lista, que es más interesante —dijo Kampf.

3
En medio de la noche, unos sollozos en la habitación contigua despertaron a miss Betty. Encendió la luz y escuchó un momento a través de la pared. Era la primera vez que oía llorar a la niña; cuando la señora Kampf la regañaba, por lo general Antoinette conseguía tragarse las lágrimas y no decía nada.
—What’s the matter with you, child? Are you ill? —preguntó la inglesa.
Los sollozos cesaron de inmediato.
—Supongo que su madre la ha reñido, es por su bien, Antoinette… Mañana le pedirá perdón, se abrazarán y ya está; pero ahora hay que dormir. ¿Quiere una taza de tila caliente? ¿No? Al menos podría contestarme, querida —añadió al ver que Antoinette guardaba silencio—. ¡Oh!, dear, dear, está muy feo que una señorita se enfurruñe; apena a su ángel de la guarda…
Antoinette hizo una mueca, «sucia inglesa», y tendió hacia la pared sus débiles puños crispados. Sucios egoístas, hipócritas, todos, todos… Les daba exactamente igual que ella se ahogara de tanto llorar en medio de la noche, que se sintiera miserable y sola como un perro extraviado…
Nadie la quería, ni una sola alma en el mundo… Los muy ciegos e imbéciles no veían que ella era mil veces más inteligente, más refinada, más profunda que toda esa gente que osaba criarla y educarla. Nuevos ricos groseros e incultos… ¡Ah!, cómo se había reído de ellos durante toda la velada, y ellos no se habían dado cuenta, naturalmente. Podía llorar o reír delante de sus narices y ellos no se dignarían mirarla. Claro, una niña de catorce años, una chiquilla, es algo despreciable y vil como un perro. Pero ¿con qué derecho la enviaban a acostarse, la castigaban, la injuriaban? «¡Ah!, ojalá se murieran». Al otro lado de la pared se oía a la inglesa respirar suavemente mientras dormía. De nuevo Antoinette se echó a llorar, pero más quedo, saboreando las lágrimas que se le colaban por las comisuras de la boca; un extraño placer la invadió bruscamente: por primera vez en la vida lloraba así, sin muecas, ni hipos, silenciosamente, como una mujer… Más adelante derramaría las mismas lágrimas por amor… Durante un largo instante oyó los sollozos batiendo en su pecho como el oleaje profundo y grave del mar, la boca bañada por lágrimas que sabían a agua salada… Encendió la lámpara y se miró en el espejo con curiosidad. Tenía los párpados hinchados, las mejillas enrojecidas, amoratadas, como una niña maltratada. Estaba fea, fea… Volvió a sollozar.
«Quiero morirme. Dios mío, haz que me muera… Dios mío, Virgen Santa, ¿por qué me habéis hecho nacer entre ellos? Castigadlos, os lo suplico… Castigadlos una vez para que yo pueda morir en paz».
Se interrumpió y de pronto dijo en voz alta:
—Pero sin duda todo es un cuento, el buen Dios, la Virgen, cuentos como los padres buenos de los libros y la infancia feliz…
¡Ah!, sí, la infancia feliz, ¡menuda mentira, eh, menuda mentira! Coléricamente, mordiéndose las manos con tanta fuerza que las notaba sangrar, repitió:
—Feliz… feliz… ¡Preferiría estar muerta y enterrada!
La esclavitud, la prisión, repetir día tras día los mismos gestos a las mismas horas… Levantarse, vestirse… los vestidos oscuros, los gruesos botines, las medias de canalé, adrede, adrede ataviada como una criada, para que nadie en la calle siga con la mirada, siquiera un momento, a esta chiquilla insignificante… Imbéciles, jamás volveréis a verle esta piel joven y estos párpados lisos, intactos, frescos y ojerosos, y estos bellos ojos asombrados, desvergonzados, que llaman, ignoran, esperan… Jamás, nunca jamás… Esperar… y estos deseos malignos… Por qué esta envidia vergonzosa, desesperada, que roe el corazón al ver pasar dos enamorados bajo el crepúsculo, que se abrazan al caminar y titubean dulcemente, como ebrios… ¿Un odio de solterona a los catorce años? Sin embargo, ella sabe que le llegará su momento; pero tarda demasiado, nunca llega… y mientras tanto, la vida estricta, humillada, las lecciones, la dura disciplina, la madre que grita…
«¡Esa mujer, esa mujer que ha osado amenazarme!», pensó, y dijo en voz alta:
—No se habría atrevido…
Pero recordaba la mano alzada.
«Si me hubiera tocado la habría arañado, la habría mordido, y luego… pues me habría escapado… para siempre… por la ventana», pensó febrilmente. Y se vio en la acera, tendida, ensangrentada… Sin baile a los quince… Dirían: «La niña no podía escoger otro día para matarse». Como había dicho su madre: «Quiero vivir yo, yo…». En el fondo, quizá eso le hacía más daño aún que todo lo demás. Antoinette nunca había visto en los ojos maternos aquella fría mirada de mujer, de enemiga…
«Sucios egoístas; soy yo la que quiere vivir, yo, yo; yo soy joven… Me están robando, me roban mi parte de felicidad en la tierra… ¡Oh! ¡Entrar en ese baile milagrosamente, y ser la más bella, la más deslumbrante, con los hombres a mis pies!».
Susurró:
—¿La conocen? Es la señorita Kampf. La suya quizá no sea una belleza convencional, pero posee un extraordinario encanto, y es tan fina… Eclipsa a todas las demás, ¿no creen? En cuanto a su madre, parece una cocinera a su lado.
Apoyó la cabeza en la almohada húmeda de lágrimas y cerró los ojos; cierta molicie y relajada voluptuosidad distendió lentamente sus cansadas extremidades. Se tocó el cuerpo a través de la camisa de dormir, con dedos ligeros, suavemente, respetuosamente… Un buen cuerpo preparado para el amor…
—Quince años, oh Romeo, la edad de Julieta… —musitó.
Cuando tuviera quince años, el sabor del mundo habría cambiado…

4
Al día siguiente, la señora Kampf no dijo nada a Antoinette sobre la escena de la víspera; pero durante todo el desayuno se dedicó a hacerle notar su mal humor mediante una serie de reprimendas breves, en las que era maestra cuando estaba enfadada.
—¿En qué sueñas con ese labio colgando? Cierra la boca y respira por la nariz. Qué agradable para unos padres, una hija que está siempre en las nubes… Ten más cuidado, ¿qué manera de comer es ésa? Apuesto a que has manchado el mantel… ¿A tu edad y no sabes comer como es debido? Y no muevas las ventanas de la nariz, por favor, niña… Tienes que aprender a escuchar las observaciones sin poner esa cara… ¿No te dignas contestar? ¿Te has tragado la lengua? Vaya, y ahora lágrimas.
Se levantó y arrojó la servilleta sobre la mesa.
—Mira, prefiero irme antes que ver esa cara delante de mí, pequeña boba.
Salió dando un brusco empujón a la puerta; Antoinette y la inglesa se quedaron solas frente al plato de comida revuelta.
—Acabe el postre, señorita —susurró la miss—, o llegará tarde a su clase de alemán.
Con mano temblorosa, la muchacha se llevó a la boca un gajo de la naranja que acababa de pelar. Se esforzó en comer lentamente, con serenidad, para que el criado, inmóvil detrás de su silla, la creyera indiferente a aquellos chillidos y despreciara a «aquella mujer»; pero, a su pesar, las lágrimas se escaparon de sus párpados hinchados y rodaron redondas y brillantes hacia su vestido.
Un poco más tarde, la señora Kampf entró en la sala de estudio; llevaba en la mano el paquete de invitaciones preparadas.
—¿Vas a clase de piano después de la merienda, Antoinette? Entrégale su sobre a Isabelle, y eche usted el resto al correo, miss.
—Yes, Mrs. Kampf.
La estafeta de correos estaba llena de gente; miss Betty miró la hora:
—Oh… no tenemos tiempo, es tarde ya, pasaré por correos mientras esté en clase, querida —dijo, desviando los ojos y con las mejillas más arreboladas aún que de costumbre—: A usted le… le da lo mismo, ¿verdad, querida?
—Sí —murmuró Antoinette.
No dijo nada más, pero cuando miss Betty la dejó delante de la casa de la señorita Isabelle, recomendándole que se apresurara, aguardó un instante escondida en el hueco de la puerta cochera y vio a la inglesa dirigirse rápidamente hacia un taxi en la esquina. El coche pasó muy cerca de la niña, que se puso de puntillas para atisbar dentro con curiosidad y temor, pero no distinguió nada. Permaneció inmóvil un momento más, siguiendo con la vista el taxi que se alejaba.
«Ya suponía yo que tenía un enamorado. Sin duda ahora se están abrazando como hacen en los libros… ¿Él le dice “Te amo”? ¿Y ella? ¿Es… su amante?», pensó con vergüenza y repugnancia, mezcladas con una oscura ansiedad: «Libre, sola con un hombre… qué feliz se sentirá… Irán al Bois, sin duda. Ojalá mamá los pillara… ¡Ah, cuánto me gustaría! —se dijo apretando los puños—. Pero no, los enamorados suelen tener suerte, son felices, están juntos, se abrazan… El mundo está lleno de hombres y mujeres que se aman… ¿Por qué yo no?».
Su cartera de colegiala se balanceaba colgando de sus manos. La miró con odio, después suspiró, giró lentamente sobre los talones y atravesó el patio. Llegaba tarde. La señorita Isabelle diría: «¿Es que no te enseñan que la puntualidad es el primer deber de una niña bien educada para con sus profesores, Antoinette?».
«Es tonta, vieja y fea…», pensó con exasperación.
Arriba, hilvanó:
—Buenos días, señorita. Mamá me ha entretenido, no es culpa mía, y me ha dicho que le entregue esto… —Al tender el sobre, añadió con repentina inspiración—: Y le pide que me deje marchar cinco minutos antes que de costumbre…
Así quizá vería regresar acompañada a la miss.
Pero la señorita Isabelle no la escuchaba. Leía la invitación de la señora Kampf.
Antoinette vio que sus largas mejillas morenas y enjutas enrojecían de pronto.
—¿Cómo? ¿Un baile? ¿Tu madre ofrece un baile?
Hizo girar la tarjeta entre los dedos un par de veces y luego se la pasó por el dorso de la mano. ¿Estaba grabada o meramente impresa? Eran por lo menos cuarenta francos de diferencia… Reconoció el grabado al tacto y se encogió de hombros con regocijo. Esos Kampf habían sido siempre de una vanidad y una prodigalidad exageradas. Antaño, cuando Rosine trabajaba en el Banco de París (y no hacía tanto tiempo de eso, ¡Dios mío!) se gastaba la mensualidad entera en ropa. Llevaba ropa interior de seda y guantes nuevos cada semana. Sin duda iba a las casas de citas, pues sólo esa clase de mujeres tenían suerte… Las demás…
—Tu madre siempre ha tenido suerte —murmuró con amargura.
«Está rabiosa», se dijo Antoinette, y con una leve mueca maliciosa preguntó:
—Pero asistirá usted seguramente, ¿no?
—Te diré que haré lo imposible porque tengo muchas ganas de ver a tu madre —respondió la señorita Isabelle—, pero aún no sé si podré… Unos amigos, padres de una alumna mía, los Gros (Aristide Gros, el antiguo jefe de gabinete, seguramente tu padre habrá oído hablar de él, los conozco desde hace años), me han invitado al teatro, y me he comprometido formalmente a ir con ellos, ¿comprendes?… En fin, procuraré solucionarlo —añadió con vaguedad—, pero en todo caso dile a tu madre que me complacería, me encantaría pasar un rato con ella…
—Bien, señorita.
—Ahora a trabajar, vamos, siéntate…
Antoinette hizo girar lentamente el taburete de felpa delante del piano. Habría podido dibujar de memoria las manchas, los agujeros en la tela… Inició las escalas. Dirigió la mirada con taciturna aplicación hacia un jarrón amarillo que había sobre la chimenea, negro de polvo por dentro. Nunca una flor… Y aquellas horribles cajitas de conchas en los estantes… Qué feo era, qué miserable y siniestro, aquel pequeño piso oscuro al que la llevaban desde hacía años.
Mientras la señorita Isabelle colocaba las partituras, ella volvió furtivamente la cabeza hacia la ventana. (Debía de hacer un tiempo espléndido en el Bois, bajo el crepúsculo, con aquellos árboles desnudos y delicados por el invierno, y el cielo blanco como una perla…). Tres veces por semana, todas las semanas, desde hacía seis años… ¿Seguiría así hasta que muriese?
—Antoinette, Antoinette, ¿cómo pones las manos? Vuelve a empezar, por favor… ¿Habrá mucha gente en el baile?
—Creo que mamá ha invitado a doscientas personas.
—¡Ah! ¿Espera tener suficiente sitio? ¿No teme que haga demasiado calor, que estén demasiado estrechos? Toca más fuerte, Antoinette, con brío; tienes la mano izquierda flácida, niña… Esta escala para el próximo día, y el ejercicio dieciocho del tercer libro de Czerny.
Las escalas, los ejercicios, durante meses y meses: La muerte de Ase, las Canciones sin palabras de Mendelssohn, la barcarola de Los cuentos de Hoffmann… Y bajo sus dedos rígidos de colegiala, todo eso se fundía en una especie de clamor informe y ruidoso.
La señorita Isabelle marcaba fuertemente el compás con un cuaderno de notas enrollado en la mano.
—¿Por qué apoyas así los dedos sobre las teclas? Staccato, stacatto… ¿Crees que no veo cómo pones el anular y el meñique? ¿Doscientas personas, dices? ¿Los conoces a todos?
—No.
—¿Tu madre va a ponerse su nuevo vestido rosa de Premet?
—…
—¿Y tú? Asistirás, supongo. ¡Ya tienes edad!
—No lo sé —musitó Antoinette con un doloroso temblor.
—Más deprisa, más deprisa… Este movimiento se ha de tocar así. Uno, dos, uno, dos, uno, dos… Vamos, ¿te duermes, Antoinette? La suite, niña…
La suite… ese pasaje erizado de sostenidos con que uno tropieza a cada momento. En el apartamento vecino llora un niño pequeño… La señorita Isabelle ha encendido la lámpara… Fuera, el cielo se ha oscurecido, desdibujado… El reloj toca cuatro veces… Otra hora perdida, hundida, que se ha escurrido entre los dedos como el agua y no volverá… «Me gustaría irme muy lejos o morir…».
—¿Estás cansada, Antoinette? ¿Ya? A tu edad yo tocaba seis horas al día… Espera un poco, no corras tanto, qué prisa tienes… ¿A qué hora debo ir el día quince?
—Está escrito en la tarjeta. A las diez.
—Muy bien. Pero a ti te veré antes.
—Sí, señorita…
Fuera, la calle estaba vacía. Antoinette se pegó a la pared y esperó. Al cabo de un momento reconoció los pasos de miss Betty, que se acercaba presurosa del brazo de un hombre. Antoinette se lanzó hacia ellos y tropezó con las piernas de la pareja. Miss Betty soltó un gritito.
—Oh, miss, hace un cuarto de hora que la estoy esperando…
El rostro de la miss apareció tan desencajado ante los ojos de Antoinette que ésta vaciló en reconocerlo. Pero no vio la pequeña boca lastimosa, abierta, herida como una flor forzada; miraba ávidamente al hombre.
Era un hombre muy joven. Un estudiante. Un colegial quizá, con el labio inflamado por los primeros cortes de navaja y unos bonitos ojos descarados. Estaba fumando. Mientras la miss balbuceaba unas excusas, él dijo tranquilamente en voz alta:
—Preséntame, prima.
—Mi primo, Ann-toinette —resopló miss Betty.
Antoinette le tendió la mano. El muchacho rió un poco, calló; luego pareció reflexionar y finalmente propuso:
—Os acompaño, ¿no?
Los tres bajaron en silencio por la pequeña calle oscura y vacía. El viento soplaba sobre la figura de Antoinette con un aire frío, húmedo de lluvia, como empañado de lágrimas. Aminoró el paso, miró a los enamorados que caminaban delante de ella sin decir nada, apretados el uno contra el otro. Qué presurosos iban… Antoinette se detuvo. Ellos no volvieron siquiera la cabeza. «Si me atropellara un coche, ¿lo oirían al menos?», pensó con repentina amargura. Un hombre que pasaba se topó con ella. Antoinette dio un respingo asustada, pero no era más que el farolero; observó cómo iba tocando una a una las farolas con su larga pértiga y éstas se encendían súbitamente en medio de la noche. Todas aquellas luces que parpadeaban y vacilaban como velas al viento… De pronto tuvo miedo y echó a correr a toda prisa.
Alcanzó a los enamorados delante del puente de Alejandro III. Se hablaban muy deprisa, muy quedo, juntas las caras. Al divisar a Antoinette, el muchacho hizo un gesto de impaciencia. Miss Betty se turbó brevemente; después, impulsada por una repentina inspiración, abrió su bolso y sacó el paquete de sobres.
—Tenga, querida, aquí están las invitaciones de su madre, que aún no he echado al correo… Vaya corriendo a ese pequeño estanco, allí, en aquella calle a la izquierda. ¿Ve la luz? Échelas en el buzón. Nosotros la esperamos aquí.
Depositó el paquete en manos de Antoinette y a continuación se alejó precipitadamente. En medio del puente, Antoinette la vio detenerse una vez más, esperar al muchacho con la cabeza gacha. Se apoyaron en el parapeto.
Antoinette no se había movido. A causa de la oscuridad sólo veía dos sombras borrosas, y alrededor el Sena negro y lleno de reflejos. Incluso cuando se besaron, adivinó más que vio la flexión, una especie de blanda caída de un rostro contra el otro, pero se retorció las manos como una mujer celosa. Con el movimiento que hizo, un sobre escapó y cayó al suelo. Tuvo miedo y se apresuró a recogerlo, y en el mismo instante se avergonzó de ese miedo. ¿Qué, siempre temblando como una niña? No era digna de ser una mujer. ¿Y esos dos que seguían besándose? No habían separado los labios… La embargó una especie de vértigo, una necesidad salvaje de desafío y de hacer daño. Con los dientes apretados, agarró los sobres y los estrujó, los rompió y los lanzó todos juntos al Sena. Con el corazón ensanchado, los contempló flotar contra el arco del puente. Luego, el viento acabó por llevárselos río abajo.


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La miel silvestre, de Horacio Quiroga

         Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
         Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.
         La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
         Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
         Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
         De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
         —¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido.
         —Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
         —¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres… O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.
         Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
         Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
         Llegaron éstas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular.
         Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
         —¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.
         Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
         —¿Qué hay, qué hay?—preguntó echándose al suelo.
         —Nada… Cuidado con los pies… La corrección.
         Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto.
         Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
         No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
         Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
         —¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
         Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
         Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
         El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.
         —Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel…
         Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo.
         Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
         En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen.
         Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
         Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
         Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
         Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
         —Qué curioso mareo… —pensó el contador. Y lo peor es…
         Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manes le hormigueaban.
         —¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas… La corrección —concluyó.
         Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
         —¡Debe ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!
         Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
         —¡Voy a morir ahora!… ¡De aquí a un rato voy a morir!… no puedo mover la mano!…
         En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
         —¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…
         Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo por que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…
         Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
         Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
         No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla.
         Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.

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Víspera de difuntos, de Baldomero Lillo

Por la calleja triste y solitaria pasan ráfagas zumbadoras. El polvo se arremolina y penetra en las habitaciones por los cristales rotos y a través de los tableros de las puertas desvencijadas.

El crepúsculo envuelve con su parda penumbra tejados y muros y un ruido lejano, profundo, llena el espacio entre una y otra racha: es la voz inconfundible del mar.

En la tiendecilla de pompas fúnebres, detrás del mostrador, con el rostro apoyado en las palmas de las manos, la propietaria parece abstraída en hondas meditaciones. Delante de ella, una mujer de negras ropas, con la cabeza cubierta por el manto, habla con voz que resuena en el silencio con la tristeza cadenciosa de una plegaria o una confesión.

Entre ambas hay algunas coronas y cruces de papel pintado.

La voz monótona murmura:

-…Después de mirarme un largo rato con aquellos ojos claros empañados ya por la agonía, asiéndome de una mano se incorporó en el lecho, y me dijo con un acento que no olvidaré nunca: “¡Prométeme que no la desampararás! ¡Júrame, por la salvación de tu alma, que serás para ella como una madre, y que velarás por su inocencia y por su suerte como lo haría yo misma!”

La abracé llorando, y le prometí y juré lo que quiso.

(Una ráfaga de viento sacude la ancha puerta, lanzan los goznes un chirrido agudo y la voz plañidera continúa:)

-Cumplía apenas los doce años, era rubia, blanca, con ojos azules tan cándidos, tan dulces, como los de la virgencita que tengo en el altar. Hacendosa, diligente, adivinaba mis deseos. Nunca podía reprocharle cosa alguna y, sin embargo, la maltrataba. De las palabras duras, poco a poco, insensiblemente, pasé a los golpes, y un odio feroz contra ella y contra todo lo que provenía de ella, se anidó en mi corazón.

Su humildad, su llanto, la tímida expresión de sus ojos tan resignada y suplicante, me exasperaba. Fuera de mí, cogíala a veces por los cabellos y la arrastraba por el cuarto, azotándola contra las paredes y contra los muebles hasta quedarme sin aliento.

Y luego, cuando en silencio, con los ojos llorosos, veíala ir y venir colocando en su sitio las sillas derribadas por el suelo, sentía el corazón como un puño. Un no sé qué de angustia y de dolor, de ternura y de arrepentimiento subía de lo más hondo de mi ser y formaba un nudo en mi garganta. Experimentaba entonces unos deseos irresistibles de llorar a gritos, de pedirle perdón de rodillas, de cogerla en mis brazos y comérmela a caricias.

(Unos pasos apresurados cruzan delante de la puerta. La narradora se volvió a medias y su perfil agudo salió un instante de la sombra para eclipsarse en seguida.)

-…La enfermedad -aquí la voz se hizo opaca y temblorosa- me postraba a veces por muchos días en la cama. ¡Era de ver entonces sus cuidados para atenderme! ¡Con qué amorosa solicitud ayudábame a cambiar de postura! Como una madre con su hijo, rodeábame el cuello con sus delgados bracitos para que pudiese incorporarme.

Siempre silenciosa acudía a todo, iba a la compra, encendía el fuego, preparaba el alimento. De noche, a un movimiento brusco, a un quejido que se me escapara, ya estaba ella junto a mí, preguntándome con su vocecita de ángel:

-¿Me llamas, mamá; necesitas algo?

Rechazábala con suavidad, pero sin hablar. No quería que el eco de mi voz delatase la emoción que me embargaba. Y ahí, en la oscuridad de esas largas noches, sin sueño, asaltábame tenaz y torcedor el remordimiento. El perjurio cometido, lo abominable de mi conducta, aparecíaseme en toda su horrenda desnudez. Mordía las sábanas para ahogar los sollozos, invocaba a la muerta, pedíale perdón y hacía protestas ardientes de enmienda, conminándome, en caso de no cumplirlas, con las torturas eternas que Dios destina a los réprobos.

(La vendedora, sin cambiar de postura, oía sin desplegar los labios, con el inmóvil rostro iluminado por la claridad tenue e indecisa del crepúsculo.)

-Mas la luz del alba -prosigue la enlutada- y la vista de aquella cara pálida, cuyos ojos me miraban con timidez de perrillo castigado, daban al traste con todos aquellos propósitos. ¡Cómo disimulas, hipócrita!, pensaba. ¡Te alegran mis sufrimientos, lo adivino, lo leo en tus ojos! Y en vano trataba de resistir al extraño y misterioso poder que me impelía a esos actos feroces de crueldad, que una vez satisfechos me horrorizaban.

Parecíame ver en su solicitud, en su sumisión, en su humildad, un reproche mudo, una perpetua censura. Y su silencio, sus pasos callados, su resignación para recibir los golpes, sus ayes contenidos, sin una protesta, sin una rebelión, antojábanseme otros tantos ultrajes que me encendían de ira hasta la locura.

-¡Cómo la odiaba entonces, Dios mío, cómo!

(En la tienda desierta las sombras invaden los rincones, borrando los contornos de los objetos. La negra silueta de la mujer se agigantaba y su tono adquirió lúgubres inflexiones.)

-Fue a entradas de invierno. Empezó a toser. En sus mejillas aparecieron dos manchas rojas y sus ojos azules adquirieron un brillo extraño, febril. Veíala tiritar de continuo y pensaba que era necesario cambiar sus ligeros vestidos por otros más adecuados a la estación. Pero no lo hacía… y el tiempo era cada vez más crudo… apenas se veía el sol.

(La narradora hizo una pausa, un gemido ahogado brotó de su garganta, y luego continuó:)

-Hacía ya tiempo que había apagado la luz. El golpeteo de la lluvia y el bramido del viento, que soplaba afuera huracanado, teníanme desvelada. En el lecho abrigado y caliente, aquella música producíame una dulce voluptuosidad. De pronto, el estallido de un acceso de tos me sacó de aquella somnolencia, crispáronse mis nervios y aguardé ansiosa que el ruido insoportable cesara.

Mas, terminado un acceso, empezaba otro más violento y prolongado. Me refugié bajo los cobertores, metí la cabeza debajo de la almohada; todo inútil. Aquella tos, seca, vibrante, resonaba en mis oídos con un martilleo ensordecedor.

No pude resistir más y me senté en la cama y, con voz que la cólera debía de hacer terrible, le grité:

-¡Calla, cállate, miserable!

Un rumor comprimido me contestó. Entendí que trataba de ahogar los accesos, cubriéndose la boca con las manos y las ropas, pero la tos triunfaba siempre.

No supe cómo salté al suelo y cuando mis pies tropezaron con el jergón, me incliné y busqué a tientas en la oscuridad aquella larga y dorada cabellera y, asiéndola con ambas manos, tiré de ella con furia. Cuando estuvimos junto a la puerta comprendió, sin duda, mi intento, porque por primera vez trató de hacer resistencia y procurando desasirse clamó con indecible espanto:

-¡No, no, perdón, perdón!

Mas yo había descorrido el cerrojo… Una ráfaga de viento y agua penetró por el hueco, y me azotó el rostro con violencia.

Aferrada a mis piernas, imploraba con desgarrador acento:

-¡No, no, mamá, mamá!

Reuní mis fuerzas y la lancé afuera y, cerrando en seguida, me volví al lecho estremecida de terror.

(La propietaria escuchaba atenta y muda, y sus ojos se animaban, bajo el arco de sus cejas, cuando la voz opaca y velada disminuía su diapasón.)

-Mucho tiempo permaneció junto a la puerta lanzando desesperados lamentos, interrumpidos a cada instante por los accesos de tos. Me parecía, a veces, percibir entre el ruido del viento y de la lluvia, que ahogaba sus gritos, el temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes.

Poco a poco sus voces de:

-¡Ábreme, mamá, mamacita; tengo miedo, mamá! -fueron debilitándose, hasta que, por fin, cesaron por completo.

Yo pensé: se ha ido al cobertizo, al fondo del patio, único sitio donde podía resguardarse de la lluvia, y la voz del remordimiento se alzó acusadora y terrible en lo más hondo de la conciencia:

-¡La maldición de Dios -me gritaba- va a caer sobre ti…! ¡La estás matando…! ¡Levántate y ábrele…! ¡Aún es tiempo!

Cien veces intenté descender del lecho, pero una fuerza incontrastable me retenía en él, atormentada y delirante.

¡Qué horrible noche, Dios mío!

(Algo como un sollozo convulsivo siguió a estas palabras. Hubo algunos segundos de silencio y luego la voz más cansada, más doliente, prosiguió:)

Una gran claridad iluminaba la pieza cuando desperté. Me volví hacia la ventana y vi a través de los cristales el cielo azul. La borrasca había pasado y el día se mostraba esplendoroso, lleno de sol. Sentí el cuerpo adolorido, enervado por la fatiga; la cabeza parecíame que pesaba sobre los hombros como una masa enorme. Las ideas brotaban del cerebro torpes, como oscurecidas por una bruma. Trataba de recordar algo, y no podía. De pronto, la vista del jergón vacío que estaba en el rincón del cuarto, despejó mi memoria y me reveló de un golpe lo sucedido.

Sentí que algo opresor se anudaba a mi garganta y una idea horrible me perforó el cerebro, como un hierro candente.

Y estremecida de espanto, sin poder contener el choque de mis dientes, más bien me arrastré que anduve hacia la puerta; pero, cuando ponía la mano en el cerrojo, un horror invencible me detuvo. De súbito mi cuerpo se dobló como un arco y tuve la rápida visión de una caída. Cuando volví estaba tendida de espaldas en el pavimento. Tenía los miembros magullados, el rostro y las manos llenos de sangre.

Me levanté y abrí… Falta de apoyo, se desplomó hacia adentro. Hecha un ovillo, con las piernas encogidas, las manos cruzadas y la barba apoyada en el pecho, parecía dormir. En la camisa veíanse grandes manchas rojas. La despojé de ella y la puse desnuda sobre mi lecho. ¡Dios mío, más blanco que las sábanas, qué miserable me pareció aquel cuerpecillo, qué descarnado: era sólo piel y huesos!

Cruzábanlo infinitas líneas y trazos oscuros. Demasiado sabía yo el origen de aquellas huellas, ¡pero nunca imaginé que hubiera tantas!

Poco a poco fue reanimándose, hasta que, por fin, entreabrió los ojos y los fijó en los míos. Por la expresión de la mirada y el movimiento de los labios, adiviné que quería decirme algo. Me incliné hasta tocar su rostro y, después de escuchar un rato, percibí un susurro casi imperceptible:

-¡La he visto! ¿Sabes? ¡Qué contenta estoy! ¡Ya no me abandonará más, nunca más!

(La ventolina parecía decrecer y el ruido del mar sonaba más claro y distinto, entre los tardíos intervalos de las ráfagas.)

-Le tomó el pulso y la miró largamente (gime la voz).

Lo acompañé hasta el umbral y volví otra vez junto a ella. Las palabras hemorragia… ha perdido mucha sangre… morirá antes de la noche, me sonaban en los oídos como algo lejano, que no me interesaba en manera alguna. Ya no sentía esa inquietud y angustia de todos los instantes. Experimentaba una gran tranquilidad de ánimo. Todo ha acabado, me decía y pensé en los preparativos del funeral. Abrí el baúl y extraje de su fondo la mortaja destinada para servirme a mí misma. Y, sentándome a la cabecera, púseme inmediatamente a la tarea de deshacer las costuras para disminuirla de tamaño.

Más blanca que un cirio, con los ojos cerrados, yacía de espaldas respirando trabajosamente. Nunca, como entonces, me pareció más grande la semejanza. Los mismos cabellos, el mismo óvalo del rostro y la misma boca pequeña, con la contracción dolorosa en los labios. Va a reunirse con ella, pensé ¡Qué felices son! Y convencida de que su sombra estaba ahí, a mi lado, junto a ella, proferí:

-¡He cumplido mi juramento, ahí la tienes, te la devuelvo como la recibí, pura, sin mancha, santificada por el martirio!

Estallé en sollozos. Una desolación inmensa, una amargura sin límites llenó mi alma. Entreví con espanto la soledad que me aguardaba. La locura se apoderó de mí, me arranqué los cabellos, di gritos atroces, maldije del destino… De súbito me calmé: me miraba. Cogí la mortaja y, con voz rencorosa de odio, díjele, mientras se la ponía delante de los ojos:

-Mira, ¿qué te parece el vestido que te estoy haciendo? ¡Qué bien te sentará! ¡Y qué confortable y abrigador es! ¡Cómo te calentará cuando estés debajo de tierra; dentro de la fosa que ya está cavando para ti el enterrador!

Mas ella nada me contestaba. Asustada, sin duda, de ese horrible traje gris, se había puesto de cara a la pared. En vano le grité:

-¡Ah! ¡Testaruda, te obstinas en no ver! Te abriré los ojos por la fuerza.

Y echándole la mortaja encima, la tomé de un brazo y la volví de un tirón: estaba muerta.

(Afuera el viento sopla con brío. Un remolino de polvo penetra por la puerta, invade la tienda, oscureciéndola casi por completo. Y apagada por el ruido de las ráfagas, se oye aún por un instante resonar la voz:)

-Mañana es día de difuntos y, como siempre, su tumba ostentará las flores más frescas y las más hermosas coronas.

En la tienda, las sombras lo envuelven todo. La propietaria, con el rostro en las palmas de las manos, apoyada en el mostrador, como una sombra también, permanece inmóvil. El viento zumba, sacude las coronas y modula una lúgubre cantinela, que acompañan con su frufrú de cosas muertas los pétalos de tela y de papel pintado:

-¡Mañana es día de difuntos!

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Oscar, de Amparo Dávila

La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón… Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse… El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:
—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.
La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.
—¿A la casa de don Carlos Román? —preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.
El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.
La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.
—¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extrema delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.
—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.
—¿Y papá? ¿Y Carlos?
—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.
—¿Y… Óscar…?
—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.
Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.
—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.
—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, sólo me consolaba pensando que volverías, pero ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?
—Ya platicaremos, Cristina.
—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.
Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.
Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. «Ella no sólo ha cambiado —se dijo Mónica—, se acabó por completo». Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.
—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.
—Está muy nervioso, creo que es por… —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.
El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.
Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.
Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. Hacia la medianoche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.
Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.
Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.
Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.
Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. «Óscar está peor que nunca», dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. «Yo no sé qué vamos a hacer —seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia—, se ha negado a comer, lo ha roto todo…».
Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.
—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.
—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.
—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.
La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.
—si será prudente aumentarle la dosis
—pero… a lo mejor…
—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!
—yo creo que es efecto de la luna
—o de la canícula
—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!
—ésta es la peor de las crisis
—tiene los ojos enrojecidos y como saltados
—se ha golpeado mucho y sangrado
—ha estado tratando de abrir el candado
—yo creo que la medicina lo ha puesto así
—a veces los médicos no saben ni qué recetan
—estaba tan calmado, tan bien
—ayer estuvo cantando, la misma canción todo el día y toda la noche, pero cantaba
—sí, pero anoche rompió todas las macetas
—¡ay Dios, mío, Dios mío!
—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno
—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa —y se levantó de la mesa.
—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.
—Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate, mujer, ten calma.
—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.
Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones… De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.
Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.
Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.
A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.
Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.
Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.
Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba… Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó piso la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.