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La ira de Inti, de Fernando Soria

CAPÍTULO I EL NACIMIENTO Hace muchos años, cuando el territorio del actual Perú estaba dominado por los incas y cuando para ellos era inconcebible la llegada de los españoles, vivía una mujer que había perdido a su hombre, dejándola sola ahora en el momento que más lo necesitaba. En su vientre crecía el fruto de su amor, y ella esperaba con ansia reconocer el rostro de su hombre en la cara del niño que iba a nacer. Su gravidez hacía pesados sus movimientos que ya estaban alejados de la agilidad de otros tiempos. Sería un reto para ella tener que criar a su hijo sin ayuda. Su madre la recomendó que buscara otro marido en la tribu, pero ella lo rechazó de pleno, estaba tan enamorada del padre de su futuro hijo que se sentía incapaz de poder dar su cuerpo a otro hombre, cosa que su madre era incapaz de entender esa negativa. Sus días de embarazo llegaban a su fin, las piernas y los pechos hinchados hacían que estuviera contando los días para que se produjera el feliz advenimiento, a pesar de todo no había engordado mucho, a pesar de que las hambres del embarazo no la habían respetado, porque no había tenido la oportunidad de saciarlas, el poblado estaba hambriento debido al frío y a las malas cosechas que azotaban sus tierras. Hacia algunos días atrás habían llegado gentes de la ciudad fundada por el cuarto Inca, que se ubicaba al otro lado del valle, a saquear lo poco que tenían, pero se defendieron con fiereza evitando el expolio que hubiera supuesto la desaparición de su tribu. Un día Tamaya, sintió ganas de vaciar su vejiga, pero aconteció que se rompió el tapón de su vientre, yendo a buscar con apuro a su madre porque había comenzado el parto. El frío era muy intenso en aquel tiempo, pero a ella no le importaba, jadeaba, exhalando oleadas de vaho que brotaban de su boca. Su dolor se hacía insoportable, pero había estado esperando tanto ese momento con miedo e ilusión, que el inicio del parto resultó un alivio. Sería el fin de nueve meses de vómitos, de pesadez y acidez de estómago. Su vientre estuvo dilatado hasta que pensó que podía estallar, pero en esa noche fría acabaría su gravidez y sería el principio de una nueva realidad, una realidad en la que estaría sólo pendiente de proporcionar cuidados infantiles. Estaba ya con contracciones que se hacían cada vez más potentes y continúas, desgarrando sus entrañas por la cercanía del alumbramiento, empapada en sudor, a pesar del frío, manó de su garganta un grito que se combinó con el pueril llanto del recién nacido que ya sostenía Asiri, su madre. Fue un momento de relajación y de alegría como nunca había experimentado, pero al cabo de un minuto empezó de nuevo a tener contracciones, no sabía que era lo que estaba pasando, las contracciones cada vez más seguidas, que le ocasionaron dolor que la hizo gritar solapándose con el llanto agudo del niño que ya había nacido. Y de pronto surgió de su garganta otro grito ensordecedor, su madre le dijo: — No te preocupes, debe ser que estas expulsando los restos del parto. Pero el dolor no cedió volviendo las contracciones rítmicas, entonces agarró con fuerza la mano de su madre, percatándose de que el parto no había acabado. — Sé que estas cansada, pero debes apretar, ¡Empuja! Se sucedieron minutos de sufrimiento y de dolor, pero otro grito desgarrador inundó aquella pequeña casa de piedra donde habitaba, hasta que el llanto de otro retoño resonó en la única habitación de aquella casa de techo de paja. Jamás pensó que el fruto de su embarazo pudieran ser gemelos, no era nada frecuente en su tribu, ni los más ancianos recordaban un parto múltiple. Pero no era una buena noticia, era otra boca más que alimentar en esa época de sequía y frío, su tribu estaba asustada, pensaban que Inti y la madre tierra Pachamama, estaban enfadados. Apenas había cosechas y las que había eran mínimas, estando la mayoría del maíz que podían recolectar dañado. Era una época de hambruna para aquella tribu que vivía frente al gran volcán, dónde creían que habitaba el dios principal de la zona, el cual se encargaba de hacer que las cosechas estuvieran siempre dispuestas, él siempre estaría pendiente de que su pueblo no pasara hambre. Era el Apu Misti un enorme volcán que dominaba la meseta con más de cinco mil metros de altura se erguía con majestuosidad y viéndose desde todo el valle, su dios protector era fuerte imponente, rugiendo o con cierta periodicidad y liberando un irrespirable humo blanquecino. El jefe Chikán estaba convencido de que el Apu rugiría enfadado, por la influencia del dios solar Inti, porque hacía meses que la tribu no veía el sol. Necesitaban una señal, algo que, de alguna manera, manifestara la ira de Inti con su pueblo. Asiri una vez que asistió al parto de sus nietos fue contenta a comunicar a Chikán, el advenimiento de su descendencia: — Jefe Chikán, mi hija Tamaya ha tenido a sus hijos, son gemelos. — ¡Que grata noticia!, dijo sorprendido el jefe, aunque no es buen momento de alimentar a una boca más. — De momento se alimentarán de la leche de su madre, pero seguro que cuando ingieran comida ya habrá pasado la hambruna. — Ojalá sea así, estoy preocupado por el futuro de nuestro pueblo. Acude a atenderla, te necesita ahora. Asiri una vez había avisado al jefe regresó la morada de su hija, y la halló amamantando a sus hijos, con la felicidad que sólo una madre puede sentir: — Ojalá pudiera verlos su padre, estaría entusiasmado contemplando cómo comen. El padre de los niños murió accidentalmente hace unos meses, dejando sola a Tamaya, que hallaba el consuelo de Asiri, y observándola mientras aseaba a los niños pensó menos mal que mi madre cuida de nosotros. Después de dar el pecho a sus hijos, se quedó dormida por el cansancio del parto. Cuando despertó el chamán estaba frente a ella, observando detenidamente a los gemelos recién nacidos, llevaba un poncho de alpaca, un collar de conchas y un sombrero de lana del mismo color del poncho: — Hola Tamaya, soy Katari. — No esperaba que vinieras a visitarme. — Estoy muy contento con el nacimiento de tus hijos, pienso que es una señal de la Pachamama, y que sus nacimientos no han sido algo casual. Pachamama quiere que Inti se reconcilie con nosotros iré a visitar a Chikán para explicarle. — ¿Explicarle el que?, Katari. — Lo afortunados que hemos sido con el nacimiento de tus hijos, dijo sonriendo, voy a conversar con él. Ella se sintió desconcertada, pero la adulación de sus hijos, la dejó muy satisfecha, apenas habían nacido y ya tenía su primer sentimiento de orgullo. Los miraba con atención, los niños estaban tan bien hechos, sus manitas, sus pies eran pequeños y lindos, perfectos según su madre, mientras los acariciaba. Asiri entró en la casa y se sentó al lado de ella, y la habló con dulzura: — Debes ponerles nombres. — Sayin y Antay, lo tengo decidido. — Así será, deberá nombrarles el jefe de la tribu, por no tener padre. — Díselo para que venga a nombrarles. Asiri repitió sus nombres una y otra vez intentando que quedaran prendidos para siempre de su boca, mientras los cogía a cada uno en un brazo apretándolos en su regazo, quería que sus cuerpos se fusionaran con el suyo, siendo como eran una prolongación de su propio ser, su sangre no se extinguiría con su única hija, gracias a esos bebés. Después de un rato contemplando a sus nietos decidió ir a avisar al jefe para que nombrara a los retoños, repitiendo sus nombres, y cuando llegó a la entrada escuchó al chamán Katari hablando con él, al darse cuenta de que hablaban de sus nietos se quedó tras la entrada escuchando, sin hacer el menor ruido: — Chikán, la Pachamama nos ha hablado, han nacido dos gemelos, cuando hacía generaciones que no pasaba en nuestra tribu, es una señal para que contentemos a Inti que nos ha abandonado, dejando nuestras tierras yermas e improductivas. No brota casi nada de lo que cultivamos porque está siempre nublado, siempre con frío, la hambruna ya vive con nosotros, apenas quedan algunas papas para comer. — Si damos a esos gemelos como sacrificio a Inti en las tierras de nuestro Apu Misti, conseguiremos de nuevo el favor de nuestro sol que de nuevo bañará de vida nuestras tierras, expulsando el hambre que nos acecha. — ¿De veras crees eso?, serán buenos hombres y nos ayudarán a cultivar. — Si morimos de hambre ya no podrán ayudarnos, y tampoco sobrevivirán para poderlo hacer. ¡Deben ser sacrificados!, debemos llevarlos a las laderas del Apu Misti y sacrificarlos allí. — Ante todo, me debo a mi pueblo, pero si no hay otra solución debemos hacerlo, aunque no me gustaría hacer desgraciada a su madre. — Ella estará feliz que su propia carne salve a nuestra tribu. Asiri ya no entró a pedirle nada al jefe, se retiró en silencio, sigilosamente para que no descubrieran que había oído las palabras de Katari, aunque el jefe era reacio a considerar la idea, la necesidad de su tribu hacía que tuviera en cuenta la solución que le daba el chamán. Debía comunicar a Tamaya que sus nietos corrían un gran peligro, pero aun así tenían tiempo, hasta que no los nombraran no pertenecían a su comunidad y, por lo tanto, su sacrificio no tendría por qué beneficiar a su tribu. Entró en la casa muy agitada, su respiración muy sonora simulaba a la de un gran esfuerzo físico. Se sentó frente a su hija y así empezó a hablarle: — Hija mía, cuando fui a pedir que el jefe nombrara a tus hijos, oí hablar a Katari sobre ellos, para dejar que hablaran con libertad me puse a escuchar antes de entrar, el chamán dice que tus hijos están enviados por la Pachamama para quitar el enfado de Inti, y que el sol vuelva a brillar en el cielo, alimentando nuestros cultivos y no pasar hambre y por lo tanto deben ser sacrificados en las laderas del Apu. — Pero eso no puede ser, ¡está loco! — Más que locos están desesperados, Chikán nunca consentiría tal cosa si no fuera por la hambruna, pero creo que por ese motivo accederá. — Pues yo no puedo consentir que maten a mis hijos. — ¿Y qué vas a hacer?, ¿no darles tus hijos?, te los arrebatarán. — Me fugaré con ellos. — Y ¿adónde vas a ir? — Me iré hacia el gran lago, podré alimentarme con la pesca y no depender de los cultivos, ahora solo producen hambre. Además, si van a buscarme, jamás pensarán que me dirijo hacia las cumbres, la muerte siempre está presente en ese camino, sobre todo si llevas a recién nacidos contigo. — Estas recién dada a luz, ¿vas a tener fuerzas para hacerlo? — La vida de mis hijos depende de ello, no puedo ni pensarlo. No le quedaba mucho tiempo, el jefe iría al día siguiente a nombrar a sus hijos. Su madre se quedaría sola, la felicidad por el alumbramiento de sus nietos se convirtió en ese mismo día en la enorme tristeza de la pérdida de sus nietos y de su querida hija. — ¿Y si hablamos con ellos?, intentando su madre tener una oportunidad de que no se fueran. — Madre, si es verdad lo que me has dicho, no dejarán ni que preguntemos, y si el sol no vuelve a salir, tampoco habrá futuro aquí para ellos. Asiri abrazó uno a uno a los niños y después a su hija, en un abrazo donde afloraron las lágrimas de ambas mujeres. — Hija, sé que eres fuerte, pero hay muchos peligros fuera del poblado, cuídate tú, porque si te cuidas les cuidarás a ellos. — Madre, seguramente no te veré más, no vivas con esa pena, lo hago obligada, porque yo quisiera cuidarte hasta que pierdas el brillo de los ojos y tu cuerpo deje de respirar. Esperó a la noche, y cuando todo estuvo oscuro, cargó a sus hijos en una manta, agarró dos capas de alpaca, previendo el duro frío de las cumbres, zapatos de cuero de llama revestidos de lana de alpaca. Se echó la manta a la espalda, y un hatillo donde había algo de ropa, y los pocos alimentos que poseía cargándolos en su hombro, y se fue alejando hacia el camino del gran lago Titicaca. Paró un momento para saludar a su madre agitando la mano desde lejos, era una triste despedida, pero también era el inicio de la búsqueda de una nueva vida para la seguridad de sus hijos y del alimento. Hacía mucho frío y el lago estaba lejos, le esperaban más de doscientos kilómetros, a través de pasos de montaña y siempre ascendiendo hacia el lago navegable más alto del mundo. CAPÍTULO II HACIA EL GRAN LAGO Estuvo caminando unos días por esas veredas empinadas, a pesar de los pies cubiertos con lana de alpaca y suelas de cuero, siempre los tenía helados, a veces perdía la sensibilidad en los dedos, aunque seguía su marcha. También tenía que caminar sobre capas de hielo, ya que el camino se hacía especialmente desnivelado en las montañas que rodeaban al valle de su poblado. Ella estaba segura de que su madre había engañado al jefe, para que la persiguiera hacia la ciudad fundada por el cuarto Inca. Ari quipay la llamaron así, en su lengua significa quedémonos aquí, que fue lo que dijo el Inca cuando llegó a ese lugar. Era impensable que una mujer con dos niños recién nacidos, fuera en dirección a las cumbres, los fríos, la ausencia de comida y lo escarpado del camino, era muy probable alcanzar la muerte en unos kilómetros. Debía estar bien hidratada, aunque a veces el agua se congelaba antes de beberla, de vez en cuando salía del camino hacia las nieves para derretir la nieve y conseguir licuarla, ya que su leche por la escasa cantidad de comida que ingería no era muy nutritiva, por lo que al menos debería ser abundante. Cada tres horas cambiaba a un niño alternando los pechos, y ni siquiera paraba para poder alimentarlos cómodamente, los ponía bajo el poncho dándose mutuamente calor, uno a uno. El paisaje era seco, apenas crecía vegetación, no eran zonas donde llovía en cantidad, y la altitud solo dejaba crecer algunos matorrales, lo que hacía que fuera un camino duro y polvoriento, si es que la tierra no estaba helada por el frío. Cuando acababa una montaña, pareciera que se acababa el aire, respiraba con dificultad y el corazón se le aceleraba. Su madre le había advertido que cuando le ocurriera esto masticara una hoja de coca. Asiri le advirtió: — Guárdate del mal de altura, no te dejará caminar, y tendrás que pararte, y entonces el frío te asaltara con crueldad, y si te duermes te helará los pies y no podrás caminar, y eso puede provocar tu muerte. No olvides masticar la hoja cuando te falte el aire. Cuando llegó a las nieves perpetuas todo a su alrededor estaba blanco, el frío se hizo estremecedor y el poco viento que soplaba allí se convertía en ventisca, que levantaba una cortina de la nieve desprendida del camino, lo que hacía que la sensación de ahogo fuera aún más extenuante. Le dolían la nariz y las orejas, tenía la sensación de que las tenía adormiladas al tacto, aunque lo que si sentía en ellas era dolor. Los niños no venían la luz, siempre bajo la manta o el contacto con su piel, apenas conseguía darles calor. Tamaya sabía que pese al dolor y el cansancio si paraba, tanto ella como los niños morirían congelados, por eso no lo hizo, hasta que la cuesta llegó a su fin y empezó el descenso. Las doloridas piernas de Tamaya encontraron relajación al pasar la cima, y permaneció resguardada del viento, masticaba coca muy a menudo y sumado al descenso de altitud, el pecho dejó de oprimirle y su respiración empezó a mejorar. El camino se allanó y empezó un suave descenso, eso aligeró sus pies y oxigenó su cuerpo, el camino se hizo menos duro y la pendiente acabó en un pequeño lago resguardado del viento gélido de las cumbres, un lugar fantástico para poder descansar y hacer un fuego para calentarse. Encendió una pequeña hoguera, rellenó los recipientes de agua que llevaba, se sentó y dio de amamantar a sus hijos. Después apaciguó su hambre, pasando la papa por el fuego, después acercó sus pies a la hoguera, eso fue lo que más le ayudó y junto a la poca comida fue lo suficiente para reconfortarla y se quedó dormida profundamente. Soñaba con un guiso caliente, en la comodidad de casa de su madre, y que reía y retozaba con el padre de sus hijos, y el sol ese tan esquivo en esta época le calentaba la piel. Se despertó y se dio cuenta que era su pequeña hoguera la que calentaba su cuerpo, y que la soledad era la única compañera en su viaje. Cuando pensaba esto oyó como se acercaba una alpaca. Sus grandes ojos y sus largas pestañas la miraban fijamente, esto hizo que ella se sobresaltara. — Buenas noches, soy kusi, el pastor, ¿puedo compartir el fuego contigo? — Hola, soy Tamaya, claro caliéntate, estoy de viaje con mis hijos. El pastor era un hombre algo mayor que ella, su piel oscura, algo tostada por la intemperie, con arrugas bien delimitadas, que al gesticular mostraban en su rostro zonas más claras que habitaban dentro de ellas. De rostro sonriente, dejaba ver alguna mella bajo sus labios. — ¿Dos?, dijo señalando con el dedo. — Si, son gemelos. — ¡Que valiente eres!, por la sierra y con el poco sol que hay, el frío y el mal de altura, porque, ¿de dónde vienes? — De las tierras bajas del altiplano, tierras del Apu Misti, el gran volcán rugiente. — Si conozco esa zona, has podido morir por el frío. Para llegar aquí has tenido que sortear altas cumbres. Arrancó las ramas de un pequeño arbusto y avivó el tímido fuego de la hoguera, se aseguró que su grupo de diez alpacas estaban con él, y se sentó al lado de ella. Con curiosidad desmedida, le preguntó: — ¿Por qué abandonaste a tu tribu? — La hambruna llegó a mi pueblo, la presencia de mis dos hijos les preocupaba tanto que dudaron si podrían mantener dos bocas más, al ver esa actitud del jefe, pensé que era lo mejor desaparecer con mis hijos, para que tuvieran un futuro distinto al que podía ofrecerles la tribu. — ¿Y no has pensado que estar tú sola con ellos y no estar bajo la protección de la tribu no les perjudicará? Ella en ese momento se vio abrumada por el razonamiento del pastor, y decidió contarle la verdad. Con voz tímida le dijo: — Querían sacrificarlos como ofrenda al Dios Inti, para que volviera a brillar el sol en nuestras tierras, el nacimiento de mis hijos lo interpretaron como una señal de la Pachamama. — ¿Y el padre de tus hijos?, ¿no te defendió? — Murió antes de que nacieran, solo tenía a mi madre, la dejé triste por mi partida, ahora está sola. Kusi al oír esto se echó las manos a la cabeza negando la realidad. — Ahora entiendo tu huida, salvaste la vida de tus hijos, y ahora estás como el cóndor, volando por el mundo solitario. En una tribu de los Andes vivía un pastor con su hija, ella era muy hermosa. Un hombre la conoció y se enamoró perdidamente de ella. En uno de sus encuentros el hombre se transformó en cóndor, la agarró y se la llevó a su nido, donde fueron felices y tuvieron un hijo. Pero la chica extrañaba a su padre. Entonces ella le dijo a un pájaro donde estaba para que se lo dijera a su padre y la rescatara. Al día siguiente fue su padre por ella, la rescató y partieron juntos. Cuando regreso el cóndor encontró el nido vacío, y desde entonces sobrevuela los Andes en busca de la joven que perdió. Sólo espero que no busques eternamente una tribu donde integrarte, y que consigas tu lugar para ti y para tus hijos. Ella al oír esta historia sonrió agradecida por los deseos del buen pastor. Este le ofreció un trozo de carne seca, que devoró por la necesidad de proteínas, ya que solo había comido papas. El sueño y el estómago lleno hizo que durmiera tranquila esa noche protegida por el pastor. Amaneció, el rocío se congeló dejando un manto blanco de escarcha en aquel paraje, reflejando una tenue una luz tenue en el rostro de Tamaya, despertándola. Cumpliendo sus deberes de madre lo primero que hizo fue dar de mamar al calor de los rescoldos que quedaron de la hoguera, una vez satisfecho el hambre de sus retoños emprendió el camino con kusi, ya que los dos iban en la misma dirección. El sendero se hizo más ligero y la compañía del pastor hizo que fortaleciera su ánimo, y siguiera con la decisión oportuna. Anduvieron sin parar buscando nuevos pastos, él decía que al sur había un lugar más templado y las montañas de cara al mar océano, retenían agua suficiente para las hierbas, para lo cual debía ir en dirección a otro paso de montaña con mucha altitud. Debía tomar fuerzas porque sería un camino muy duro. Ambos viajeros conversaron todo el camino, él de su tierra en las zonas bajas de la costa, secas y áridas, su vida había sido siempre una adaptación a la sequía. Por eso no le parecían tan duras las tierras de sierra a pesar del frío. Ella le contaba lo que se podía cultivar en sus tierras, pero claro, en otras épocas lejanas de la ira de Inti, contó sobre su madre y cómo se enteró del sacrificio de sus hijos. Pero el camino común solo fue durante dos días. La noche de antes de su separación acamparon al resguardo de unas piedras y prendieron una hoguera. — Mañana nos separaremos, el camino es más fácil ahora hacia el gran lago, no hay tanta ascensión a las cumbres, aunque el camino siempre estará ligeramente en ascenso, y notarás de nuevo el ahogo de las alturas, lleva siempre a mano tus hojas de coca, y un espejo. ¿Llevas alguno? — No Kusi, mi aspecto lo veo en los Lagos y manantiales del camino. — Una mujer siempre debe ser presumida, dijo con una gran sonrisa. Pero no lo digo por tu aspecto. Hay un animal que la gente piensa que es un demonio, al cual se le llama Jarjarcha, es mitad hombre y mitad llama. Dicen que deambula por los parajes solitarios del altiplano, y mata a las personas que encuentra. Se le reconoce por el ruido que hace, diciendo jarjar, se cree que es un castigo divino fruto de un incesto. Dicen que la única forma de defenderse de él es que vea su horrible imagen reflejada, entonces saldrá huyendo. Ella quedó turbada por la terrible historia del Jarjarcha. Kusi metió la mano en su zurrón, sacó un pequeño espejo que partió por la mitad y se lo dio. — Llévalo siempre a mano al menos hasta que llegues al gran lago. — Gracias, en dos días te has convertido en un gran amigo. Ahora gracias a ti iré más protegida. Cenaron lo poco que podían y cuando acabaron dio de mamar a sus hijos, Kusi contó cosas de su pueblo que sorprendieron a Tamaya, rieron y quedaron dormidos al calor de la lumbre. Un tímido rayo de sol impactó en su rostro, que la despertó de golpe, era una grata sensación de confort que el calor confería a su cuerpo. Kusi reunió a su ganado y se fue buscando pastos desviándose del camino hacia el lago, de nuevo estaba sola en el camino, que se hacía más pobre en vegetación y más seco. — Adiós mujer, ojalá encuentres pronto el hogar que mereces. — Ojalá encuentres los verdes pastos que buscas. Durante las noches, en soledad, mirando el cielo estrellado, con la constelación del escorpión como testigo, agarraba con desesperación el trozo de espejo, intentando liberarse del miedo a que la encontrara el Jarjarcha, y que la devorara tanto a ella como a sus hijos. Pasaron días y noches de caminata y de masticar hoja de coca, y cuando sus pies estaban al borde del colapso subió una pequeña loma y detrás de ella apareció la infinita mancha de agua del gran lago. Ella siempre imaginó que la gran extensión de agua estuviera bañada por el sol. Pero el enfado de Inti debió llegar también al gran lago, que estaba cubierto por un mar de nubes altas, que le conferían un triste color gris. A pesar de las dificultades había llegado a su destino. CAPÍTULO III TITICACA Al ver el gran lago bajó corriendo desde la loma hasta la orilla, se descalzó y metió los pies en el agua, estaba tan feliz por haber llegado, que apenas notaba el peso de sus retoños en la espalda, porque quizás le esperaba una vida nueva, una nueva tribu en unos de los poblados frente al lago. La extensión de las aguas era inmensa, sus grandes ojos no podían divisar el fin del lago, en su orilla se adentraban unos frondosos cañaverales y una vegetación flotante de color verde parduzco, que cabeceaban al son de las tímidas olas que producía la fría brisa andina, a lo lejos se veían barcas, ella rápidamente interpretó que serían de pescadores. Se quedó en la orilla un buen rato descalza, con sus maltratados pies de la caminata, hinchados de tanto pisar las piedras del camino, pero todo ese esfuerzo podría haber merecido la pena. Abstraída en sus pensamientos el ruido de golpes rítmicos la devolvió a la realidad, sus ojos buscaron el origen de aquel sonido, topando con un hombre que estaba golpeando una barca varada en la orilla. Calzado en mano, se acercó a aquel individuo y se percató que intentaba clavar un objeto en la superficie de la embarcación. — Hola soy Tamaya, se dirigió tímidamente al hombre. — Hola soy Utuya. Pudo ver que la barca estaba hecha de tallos de planta de un color verde claro, muy juntas entre sí y unidas por cuerdas. — ¿De qué está hecha la barca? — De una planta que se llama totora, crece mucho en el lago, flota muy bien y se pueden diseñar muchas cosas con ella. Lo hacemos casi todo con sus tallos, incluso nuestras casas. — ¿No las hacéis de piedra? — No, las piedras en el lago se hunden. — ¿Vives dentro del lago?, preguntó con extrañeza. — Si, hacemos islas con la totora, la cortamos y atamos unos trozos con otros, las anclamos con una piedra, hacemos cabañas del mismo material encima, para refugiarnos del frio, y también del sol, aunque llevamos tiempo sin verlo. Tamaya escuchaba con incredulidad lo que le contaba el pescador, pero la curiosidad la venció. — ¿Puedes mostrármelo? — Ven y te enseñaré donde vivo. ¿Son dos los que llevas a tus espaldas? — Si son gemelos. Utuya arrastró la barca hacia las aguas, y le dijo que se subiera en aquel extraño bote de forma alargada. Empezó a remar y la barca se desplazó suavemente sobre las aguas, al principio sorteando la espesa vegetación de la orilla, donde se veían ibis caminando sobre los juncales y patos flotando alrededor de ellos, una vez pasada esta vegetación flotante, las aguas se despejaron dejando ver la inmensidad del lago, kilómetros y kilómetros de agua grisácea porque las nubes que cerraban el cielo. Pasaron unos minutos de esfuerzo para Utuya, donde el único ruido que se escuchaba era la respiración del pescador y el suave sonido del remo al empujar las aguas del lago, cosa que ella aprovechó para amamantar a sus criaturas. Su vista fija al frente, observando cada detalle, sobre todo los diferentes tonos del agua que variaban según la profundidad del lago, cuando a lo lejos se empezaron a divisar unas pequeñas islas, a las cuales se dirigían. — En una de esas islas esta mi casa, vivimos juntos toda la familia. En la isla de al lado vive mi hermano y en la otra el hermano de mi mujer. Todos juntos porque pertenecemos a la misma tribu. — ¿Cómo os hacéis llamar? — Somos Uros, también nos llaman la tribu del lago. Y vivimos de la pesca y de la totora. El bote llegó a una de las islas, donde apareció una niña con el pelo muy revuelto, de unos cinco años y la piel de la cara muy sucia, gritando: — Hola, padre, has vuelto. La pequeña estaba muy delgada, aunque en sus gestos desprendían alegría, se notaba que la hambruna había llegado a los habitantes del lago. Después se reunió con ellos su madre, que también estaba muy flaca. Sus profundas ojeras azuladas le daban un aspecto demacrado, casi enfermizo. — Hola Utuya, ¿a quién traes? — Hola, soy Tamaya — Quería ver dónde vivimos, no se creía que habitamos dentro del lago. — Este es nuestro hogar, le dijo la mujer del pescador, siéntate con nosotros, y acomoda a los niños, debe dolerte la espalda de llevarlos tanto tiempo en la manta. Tamaya agradeció la atención de la mujer. — No podía ni imaginar que el lago fuera tan grande y menos que pudierais vivir dentro de él, ¿hay mucho pescado? — ¡Había! Dijo el pescador, las plantas del lago apenas crecen y el agua está más fría que nunca, esto ha afectado a la cantidad de pescado, y apenas consigo unas cuantas piezas a la semana, para compartir con toda la familia, apenas nos da para alimentarnos y para llenar el estómago cortamos la totora y la comemos, esta dulce, aunque da poca energía. Mi familia ha perdido peso, tenemos hambre. Tamaya se desilusionó, en el lago no estaba su nueva vida, apenas tenían para sustentarse, una boca más era inviable en aquella situación. La mujer le ofreció un caldo de pescado muy ligero donde flotaban unos tallos cortados de Totora. Ella lo aceptó de buen grado, al menos tomaría algo caliente para combatir el frío y llenar el estómago con algo. Bebió unos cuantos sorbos. — De dónde vengo también llegó el hambre, se ve que es en tierra inca, aunque no pensé que aquí también. — Yo también creí que la tierra donde surgió el primer Inca nunca sufriría de hambre, que los dioses la protegerían. — ¿El primer Inca? — Si nuestro primer rey Manco Cápac, dicen que surgió del lago sobre una piedra gris en forma de cabeza de Jaguar, por eso al lago le llaman titi que significa Jaguar y caca que significa gris, él enseñó a nuestro pueblo, aunque los Uros siempre nos hemos mantenido al margen de todo lo que ocurría en tierra firme. Pero si sabemos y estamos orgullosos, que lago es tierra sagrada por esa razón. También surgió de acá su mujer Mamá Ocllo, que enseñó a las mujeres a tejer y a plantar. El atardecer llenó de tonos rojizos el cielo, el sol era perceptible tras las nubes, y esos tonos dieron un aspecto a las aguas del lago como un manto de lava, sobrecogida por la belleza de aquel atardecer, recordaba sus juegos infantiles con los niños de su tribu, y los atentos cuidados de su madre. Ella hubiera dado cualquier cosa por haber vuelto a ese momento, y a liberarse, aunque fuera un segundo, del cuidado de sus retoños, pero ser adulto tiene esas cosas, la mayoría del tiempo debes pensar más en los demás que en ti mismo. La luz se fue tan velozmente que apenas se dio cuenta que ya había anochecido, la mujer colaborando con Tamaya, la ayudó en el cuidado de sus retoños, era la primera vez que había sido asistida por alguien que no había sido su madre, pensó en ella con añoranza y con preocupación, ¿habrá podido comer?, ¿seguirá triste por mi partida? El frio en aquellos parajes se hace pertinaz en la noche, y las nubes hacían que hubiera mucha oscuridad. Al calor del fuego, se sentía protegida en la isla de totora, pero aquello era pasajero, no podía quedarse allí, la hambruna llegó al lago, necesitaba asegurar el sustento de sus retoños. Cuando amaneció le pidió a Utuya que la devolviera a la orilla, le agradeció su hospitalidad y emprendió camino, pero antes de hacerlo, su última pregunta al pescador fue: — Había hecho planes de quedarme por el lago, pero con esta hambruna no veo que sea buena idea, ¿Adónde irías en mi situación? — Yo iría a Cuzco, al ombligo del mundo, donde Manco Cápac, clavó su bastón de oro en el suelo y ordenó que se hiciera la ciudad. Allí se mueve todo el reino del Inca, si hay comida, allí debe estar. — Muchas gracias Utuya, espero que Inti vuelva a brillar en el cielo y que vuelva a traer la Pachamama la abundancia al lago, para que tu familia y tu no paséis más hambre. — Ojalá encuentres un hogar, para ti y para tus hijos. Y Tamaya empezó de nuevo a caminar por la rivera del lago, iba despacio, porque el lago aún está a mucha altura, y no le sobraba el aire, pasó por una aldea, donde apenas se oía el sonido de los niños, que no jugaban porque apenas tenían fuerzas, tenían barcas, estaban todas en el lago, intentado pescar para alimentarse, Tamaya ni siquiera paró, siguió camino, pero antes, le preguntó a un pescador que preparaba su barca. — ¿En qué dirección esta Cuzco? — Detrás de aquella pequeña loma, empieza un sendero que te llevará hasta allí, tendrás que caminar mucho, y veo que estás cargada, dijo señalando a sus hijos. Vete, te irá mejor, hay mucha hambruna aquí en Puno. Cada vez se pesca menos, la ira de Inti nos va a matar. — Gracias, ojalá pesques mucho. Tamaya le sonrió y fue decidida hacia la loma, donde comenzaba un camino, que en ligero descenso se perdía en el horizonte, y empezó de nuevo su periplo, sin haber podido descansar, y con la sensación de haber arriesgado su vida para nad


CAPÍTULO IV EL METAL DE INTI Tamaya, dudó mucho en reemprender su enorme caminata porque apenas había encontrado comida en su viaje al lago. La tierra, pobre por el frio y la altura, apenas había producido cosechas por el arrebatado influjo del sol. Era mucha distancia hasta Cuzco, equivalente a la que había hecho desde la tierra del Misti al hogar de los Uros, pero estaba decidida, tenía el coraje suficiente para encontrar un lugar seguro y estable para sus hijos en estos duros tiempos de la ira de Inti. El camino, aunque seguía siendo difícil, era algo más amable, la temperatura no era tan baja porque estaba descendiendo de los montes, y se respiraba mucho mejor que en el lago. Al cabo de unos días de marcha alcanzó un valle con vegetación arbórea, y pensó que sería un buen terreno para encontrar comida, no tenía medios para poder cazar pájaros, por lo que buscó algunas raíces para alimentarse. Mientras las recogía, se acercó un conejillo de indias al que ella llamaba kui, espero pacientemente a que oliera, y cuando estuvo a un metro de ella, le ofreció un trozo de la última patata que le quedaba. El roedor se acercó un poco más, lo suficiente para que no pudiera huir cuando le echó su manta por encima, el animal, al sentirse atrapado, se retorcía bajo la prenda cuando ella le abatió con una piedra. Con la ansiedad que provoca el hambre, apenas podía controlar sus manos temblorosas, pero pudo, con dificultad, encender una pequeña hoguera, sacó su cuchillo y despellejó al kui poniéndolo al fuego y cuando la carne estuvo dorada, lo probó, siendo este un extraordinario manjar que la Pachamama le había puesto en su camino. Se quedó tan satisfecha por la comida, que cuando acabó se quedó dormida apoyada en uno de los árboles. Sólo el llanto de uno de los bebés, la pudo despertar, poniéndolos a amamantar uno en cada pecho. Menos mal que encontré el kui, la leche se me estaba haciendo agua, los niños ya no quedaban satisfechos. Pensó. Oscureció pronto, y decidió pernoctar allí mismo resguardada por aquel grupo de árboles, el cansancio y el bienestar por haber comido la hicieron dormir profundamente. A la mañana siguiente y con las fuerzas restauradas, reanudó su marcha, estaba segura de encontrar gente de camino a Cuzco, aunque apenas se veía alguien a lo lejos que aprovechaban el valle para ir más rápido hacia la ciudad, bajaba por el camino ilusionada, pero a los dos días su cuerpo ya no recordaba el pequeño kui que comió. No tenía reservas en el zurrón, y su energía se fue apagando poco a poco, paso a paso, y los niños cada vez requerían más nutrientes, que obtenían del cuerpo exhausto de Tamaya. El agotamiento se cebó con ella, todo le daba vueltas, se apoyó en la rama de un arbusto para no caer, pero la torpeza causada por su debilidad, la llevó al suelo cayendo por un pequeño terraplén, y allí quedó desmayada. Los niños al sentir el golpe contra el suelo empezaron a llorar atronadoramente, por fortuna, un hombre oyó el llanto de los gemelos y se acercó para ver lo que pasaba y vio a Tamaya en el suelo y a los niños esparcidos a un metro de su madre. Rumí recogió a los retoños del suelo con suma delicadeza, y a Tamaya le limpió la cara con agua fría, al hacer esto ella recuperó la consciencia, abrió los ojos y vio a Rumí, un hombre de corta estatura, con los ojos negros muy grandes, y la cara y el pelo de un tono grisáceo por el polvo que le cubría, Tamaya, sobresaltada, le preguntó: — ¿Qué has hecho con mis hijos? Rumí sonrió y le hizo una señal para que mirara en dirección a ellos, los había puesto juntos en el suelo. — Gracias al llanto de tus hijos pude encontrarte, ahí los tienes tranquilos y callados, se ve que se asustaron cuando caíste, están bien, no te preocupes. — Y tú ¿quién eres? — Soy Rumí, estoy trabajando en la mina, la entrada está a unos metros de aquí ¿puedes andar? Intentó levantarse, y a duras penas lo consiguió. Rumí la apoyó en su hombro y cargó con los niños, y la llevó a la entrada de la mina. — ¿Tienes hambre verdad? — Llevo dos días sin comer Le llevó unas tortas de maíz que Tamaya devoró. — ¿Qué extraéis en la mina? — Oro, el metal de Inti, lo quieren los sacerdotes, porque sólo tiene valor para ellos, se lo llevan para que los orfebres le den forma y se lo ofrezcan al dios, al menos ellos nos proporcionan comida. Ahora nos exigen más, dicen que hay que reconciliarse con él. Rumí se sacó de un bolsillo una pepita de oro: — Ves, es amarillo como el sol, amarillo como Inti y brilla como él. — Es una suerte que os traigan comida en estos tiempos. — Es por conveniencia, porque nos quieren fuertes para el trabajo, si no fuera así se olvidarían de nosotros. — Necesito comida Rumí, podría trabajar un tiempo con vosotros y así podría ganármela. — Ahora nos hacen falta más manos, se lo diré al jefe, veo que eres fuerte, y con dos comidas ya podrías trabajar duro. Rumí entró en la mina y buscó al jefe, enseguida volvieron, la observó detenidamente y con un movimiento afirmativo en su cabeza, aprobó la incorporación de Tamaya. — Empiezas mañana, te daremos tiempo para que puedas amamantar a tus hijos, el resto del tiempo, trabajarás al mismo ritmo que los demás. Le dijo con tono frío. Ella estaba feliz, sería una buena manera de conseguir comida suficiente para llegar a Cuzco, lo había pasado mal los últimos días, y sus hijos le demandaban más y mejor leche. Esa noche antes de dormir volvió a comer, y su cuerpo no pasó frío, cosa que no había ocurrido desde que inició el viaje, solo había podido calentar una parte de su cuerpo al calor de la hoguera, esta vez en la mina, por fin no durmió a la intemperie y el calor llegó a todo su cuerpo. Con sus hijos abrazados, seguros y abrigados durmieron más que nunca, para los retoños también el escaso confort hallado en la mina fue restaurador, después de tanto tiempo a la intemperie les pareció un palacio. A la mañana siguiente la levantaron temprano para ir al trabajo, le dieron un pico que al sujetarlo se percató que era muy pesado. Rumí le enseñó a utilizarlo, poco a poco sobre el mineral, mostrándole el duro trabajo de buscar una veta, y la ingente cantidad de material que debía desprender para llegar a ella. El trabajo consiguió que el sudor la empapara, abandonando la eterna sensación de frío de su cuerpo. Sus manos agarraban el mango de madera que, al no ajustar bien al tamaño de sus manos, le iba generando ampollas en ellas, el dolor al final del día se iba mezclando con la sangre que le salían de las heridas, para aliviarse se lío las manos a modo de guantes con una tela que encontró en la misma mina y picó y picó. Al acabar la jornada estaba extenuada, devoró unas papas con carne de alpaca en un guiso caliente. Eso la reconfortó y le dio fuerzas para seguir al día siguiente, así pasaron unos días, en los que el sonido del lacerante pico resonaba profusamente en las entrañas de la mina. La camaradería creció entre ella y sus compañeros, que endulzaban el amargo sabor de aquel rudo trabajo. Un día no sabía dónde había puesto un cincel, que usaba para tallar alguna piedra dura en busca de una veta. Le preguntó a todo el mundo, pero no encontró la herramienta. Rumí río con ganas y le dijo así: — Te convertiste en una minera, el Muki te escondió la herramienta. — ¿El Muki? — Si, dicen que es un duende que pocos son capaces de ver, que es de un metro de altura, de ojos claros y de barba Blanca, que si no te tiene simpatía te esconde las herramientas, en cambio si te tiene empatía, te ayuda en tu trabajo, y si puedes atraparle trabajará para ti. — Sí, creo que ya me convertí en minera, ya me encallecieron las manos, y ya no me brota sangre de las manos al usar el pico. — Ya trabajas como uno más, dijo otro compañero. — ¿Te quedarás con nosotros?, preguntó Rumí — He encontrado aquí una familia, pero mis hijos no pueden estar en este ambiente de polvo y de oscuridad, no es bueno para ellos. Mañana me iré, os voy a extrañar, pero debo hacerlo por ellos. Una lágrima salió de los ojos de Rumí, la amistad había surgido entre ellos, admiraba la valentía que había tenido al aceptar el duro trabajo al que había sido sometida, y la tenacidad de esa mujer por conseguir un lugar para ella y sus hijos. — Te voy a extrañar, tanto a ti como a los pequeños, va a ser raro no escuchar su llanto cuando están hambrientos. Al día siguiente Tamaya se acercó al jefe y le dio el salario en comida, patatas, harina de maíz, yuca y carne seca de alpaca. Llenó sus zurrones, colocó bien a sus retoños a la espalda, miró a Rumí y le dio un fuerte abrazo. — Gracias por todo, me salvaste la vida y mi corazón queda aquí contigo, aunque deba partir por mis hijos, ojalá en un tiempo pueda volver a encontrarte. — Toma esta pepita del metal de Inti, tiene la forma de un cóndor, te dará suerte, llévala siempre contigo, y cuando la mires recuérdame. Salió de la mina hacia el camino del valle en dirección a Cuzco, el ombligo del mundo la estaba esperando. CAPÍTULO V EL INTI RAYMI El camino se hizo mucho más concurrido, hombres y llamas cargadas de objetos de cerámica iban hacia la entrada de la ciudad, donde una torre al final de la alta muralla daba la bienvenida a Cuzco y bajo ella, una puerta se abría dejando paso a la ciudad. Tamaya jamás había visto algo así, miraba en una y otra dirección, estaba asombrada por ver tantas cosas que le llamaban la atención, viviendas hechas con piedra, pero no como en su tribu, sino pegadas las unas a la otras, compartiendo paredes. El griterío de niños y mayores se hacía más intenso cuando la gente llevaba cosas para cambiar, objetos de barro, tejidos, conchas, e incluso alguna piedra verde de extraordinaria belleza, pero todo querían cambiarlo por el bien más escaso de esos tiempos, la comida. Siguió una calle principal muy larga donde tenía que ir esquivando personas, llamas, a la vez que niños corriendo se cruzaban con riesgo de hacerla caer, por eso redujo la amplitud de su paso para evitar caer sobre sus retoños que llevaba en la espalda. El gentío cada vez era mayor, ella se sintió amedrentada porque nunca había estado rodeada por tantas personas, anduvo un buen tiempo por esa calle, cuando avanzó por ella aparecieron colgadas de la parte superior de las fachadas telas de colores que cruzaban perpendicularmente el ancho de la calle unidas en una sola cuerda rojo, amarillo, azul y verde alternando. A los pocos metros entró en una gran plaza decorada del mismo modo, envuelta en el entusiasmo por encontrarse en un lugar así, Tamaya llena de curiosidad, preguntó a una mujer de mediana edad: — ¿Por qué la plaza está adornada así? — Hoy se celebra el Inti Raymi, es la fiesta del nacimiento del sol, hoy es el día que dura menos de todo el año, es en el que antes se esconde el sol. — ¿Y las telas de colores? — Representan a las cuatro regiones Incas, la de tigrillo, la de la llama, la del Jaguar y la del cóndor. — ¿Y viene gente de esas regiones? — SI, muchas personas representándolas y también estará el gran Inca con los cuatro gobernadores de las regiones. Juntos esperarán la salida del sol, y después se sacrificará ganado y se repartirá entre todos los habitantes. Siguió andando por la gran plaza y vio a gente bailando músicas que jamás había oído, músicas que con su ritmo invitaban a que su cuerpo se moviera a su son. Los danzantes se desplazaban graciosamente al ritmo de la música, mientras que los que miraban tocaban armoniosamente las palmas. El gentío se arremolinaba en torno a un edificio, en donde tras una verja, se podía ver el metal de Inti, transformado en miles de figuras y objetos de orfebrería. Ella al ver aquello recordó lo que Rumí le contó sobre los sacerdotes, allí estaba su trabajo y el de los compañeros de la mina, pero lo que ella no podía imaginar, era la belleza de aquellos objetos que relucían como el mismo sol. Aunque Tamaya dedujo que se trataba del templo de Inti, quiso confirmar, y le preguntó a un hombre que vestía de azul. — ¿Este edificio qué es? — El templo de Inti, y junto a él la coricancha, el lugar del oro. Agarró la pepita que le dio Rumí en forma de cóndor, y al ver toda la orfebrería entendió que sería para ella un talismán, algo que le traería suerte, con la forma del cóndor, un ave acostumbrado a vagar solitario por las montañas, él le mostraría el camino para encontrar su nuevo hogar. Según iba avanzando el día, la música iba estando cada vez más presente, a la vez que se iba sumando más gente a la multitud que abarrotaba la plaza, con los colores de las regiones, eran gentes que venían en representación de sus provincias para ellos era un privilegio ser elegido para ese cometido y poder viajar a Cuzco. Los retoños, inquietos por la música y el ruido del gentío, empezaron a llorar y se apartó de la plaza hacia un lugar algo más tranquilo para amamantarles, y detrás de unas escaleras que subían a una casa, se resguardó para tener la suficiente intimidad para que los niños estuvieran tranquilos, se sentó en el suelo y puso a cada uno en un pecho, y así los retoños, fueron saciando su necesidad. Una mujer que pasaba cerca de las escaleras oyó el ronroneo de los niños al mamar, se asomó y la vio allí. Se la quedó mirando y le dijo: — Son dos, ¡es verdad!, dijo mirando de nuevo, ¿y tienes leche para ambos? Dijo sorprendida. — Sí, a veces he pensado que les daba más agua que leche, pero míralos van creciendo. — No te visto nunca por aquí, ¿has venido a la fiesta? — No, he llegado hoy y por casualidad he coincidido con ella, está muy bonita la ciudad. — Como todos los años en esta fecha, pero este año parece ser especial, quieren que la fiesta sea la mejor de muchos años para agradar al dios, el enfado de Inti nos va a matar, ¿cómo te llamas? — Soy Tamaya y ¿tu? — Killay. ¿De dónde vienes? — De la tierra del Apu Misti, más allá del gran lago, he viajado sola desde allá. — Eso dicen que está muy lejos ¿también hay hambruna en esas tierras? — Sí, ese ha sido el motivo principal para emprender mi viaje, pero por donde he pasado la hambruna hacia estragos. — Tienes hambre entonces. — Si, la comida ha escaseado en el camino, apenas he visto el sol y no hay cosechas, no sé qué va a ser de nosotros. — Tengo algo en casa, no mucho, pero lo suficiente para que llenes la tripa, ven y algo te daré. Pero has venido en el mejor momento, van a sacrificar más ganado de lo habitual para agradar a Inti, y van a asar carne para la gente, al menos mañana la podremos comer. Anduvieron unos metros y pasaron por calles angostas, hasta que llegaron a una humilde casa, ella la invitó a entrar, y puso en el fuego un modesto guiso de patatas con alguna verdura para darle gusto. Ambas mujeres empezaron a hablar entre ellas para conocerse mejor, Tamaya le desveló la verdadera razón de la huida de su tribu y Killay, a cambio, le expuso la razón por la que ella estaba sola, sus hijos estaban crecidos e independientes y su pareja andaba por ahí borracho y bebiendo chicha. — Seguro que me lo encuentro ebrio en la fiesta, se hará el simpático conmigo para compartir mi lecho, me aburre, siempre hace lo mismo, y después de eso, seguirá bebiendo chicha y querrá pegarme cuando me niegue a hacer lo que me diga y le tendré que echar. Pero ya no estoy dispuesta, no me lo hará más. — No lo consientas, ninguna mujer se merece eso. — Él no es malo, el alcohol le hace malo. Tuvo que elegir entre la chicha y yo, y no me escogió a mí. Ella al ver que las lágrimas brotaban de los ojos de Killay, le dio un fuerte abrazo y le dijo: — La vida te compensará por esto, estoy segura Esto reconfortó su ánimo, y se sintió muy agradecida por las palabras de Tamaya. La tarde pasó y llegó la noche más larga del año, la de la gran fiesta. Y cuando anocheció aparecieron los gobernadores de las provincias, vestidos de gala, cada uno con los colores de su región y tras ellos una pléyade de gente vestida del mismo color, bailando tras el estandarte representativo de su zona. La música invadía la ciudad y la muchedumbre vitoreaba, cada desfile. Cuando por último apareció el gran Inca, la música cambió el tono haciéndose más solemne y ceremoniosa al son de los tambores. Éste llevaba un sombrero de plumas de cóndor, y una gran capa de lana de alpaca blanca, fue andando protegido por sus soldados, hasta un palco en un lateral de la gran plaza, desde donde se divisaba toda la plaza. Se sentó en su trono rodeado de los gobernadores. El gran Inca hizo una señal y todos los integrantes de cada región con sus colores empezaron a bailar al son de la música dando círculos por la plaza mientras la gente rodeaba por dentro y por fuera a los bailarines formando un anillo de colores que se movía concéntricamente provocando el entusiasmo del público. La chicha corría por las calles, aunque ese año escaseaba por la mala cosecha de maíz, se había reservado para la fiesta del Inti Raymi. Las mujeres reían y a muchas las perseguían hombres por las calles, la noche se volvió caótica, sólo la plaza principal estaba en orden. Pero cuando fue a amanecer se hizo el silencio, unos tambores sonaron y el gran Inca se puso de cuclillas con los brazos extendidos, al igual que los gobernadores, el sumo sacerdote de Inti por último también hizo lo mismo, esperando que el primer rayo de sol de la mañana les diera en la cara, y cuando esto ocurrió el gentío vitoreó al gran Inca a Inti y a su sumo sacerdote. En la puerta del templo se dio la señal, y empezaron a sacrificar al ganado, el ejército esperaba a que los matarifes cumplieran su trabajo, recogían las piezas despellejadas y las llevaban a las hogueras que se habían distribuido por la ciudad para hacer los asados y distribuir la carne a la población. La gente se agolpaba frente a las hogueras buscando su ansiada porción, creciendo el nerviosismo entre ellos. También lo hacían Tamaya y Killay, ansiosas en la cola. Los soldados del Inca vigilaban el orden público en las hogueras para evitar los saqueos, la hambruna había llegado a Cuzco, y lo que en otros años había sido una fiesta tranquila, este año podía convertirse en un conato de rebelión. Cuando empezaron a repartir los pedazos de carne, un hombre empezó a arrebatárselos a una niña que esperó pacientemente la cola. Un soldado se acercó con la lanza amenazante hacia el hombre, éste con habilidad levantó la lanza en gesto de agresión hacia el soldado, y con un fuerte golpe lo derribó. Los lanceros fueron a defender a su compañero y cargaron lanza en mano hacia la multitud, la masa empezó a defenderse con piedras y palos, cuando el primer soldado clavó la lanza en el vientre de uno de los agresores, varias personas exaltadas fueron hacia el lancero a atacarle, y entonces los soldados empezaron a clavar indiscriminadamente las lanzas sobre los debilitados cuerpos de la multitud. Los gritos y lamentos de la gente se mezclaban con la sangre en las lanzas. La donación del dios se había convertido en una matanza, la suerte hizo que Tamaya y Killay no estuvieran junto a la hoguera, y cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, corrieron lo más rápido que pudieron para salvar sus vidas, hasta que alcanzaron la casa de Killay y allí se escondieron, y lo que pudo ser un día agradable, festivo y con comida, pasó a ser un día de muerte y destrucción. La decepción de Tamaya inundó su ánimo, el ombligo del mundo tampoco sería su lugar, la hambruna estaba rebelando a sus habitantes, Cuzco no era seguro para sus hijos. Lo único bueno que había conseguido en Cuzco, era la amistad con Killay. Pasó ese día escondida, los gritos y lamentos de muerte se oían por las calles, el ejército del Inca había sofocado la rebelión con baño de sangre. Pero también había sofocado sus aspiraciones de quedarse allí. El despertar del día siguiente ya no fue con gritos en las calles. Se asomó y deambulo unos metros de la casa, y percatándose que todo estaba tranquilo, el silencio se adueñó de la ciudad, así como el miedo y la desesperación por la hambruna. Regresó a casa de Killay, que ya estaba despierta y dándole un abrazo le dijo: — Gracias, amiga mía, has hecho que no me maten ni a mí ni a mis hijos en esta despiadada ciudad, te recordaré siempre como mi amiga y mi confidente, ojalá pueda volver a verte, y que te encuentre feliz, y sobre todo que la chicha no arruine ni tu vida ni la de los que quieres. — Gracias a ti, nunca conocí a nadie tan valiente como tú, me has enseñado a que no hay que rendirse jamás. — Mis retoños me obligan, el mérito es de ellos Cargó a sus hijos en la manta y se fue sin mirar atrás, con pena por la separación de su nueva amiga, pero con el alivio de dejar atrás el peligro de las multitudes. Estuvo andando dos horas por la gran ciudad, hasta que llegó al límite opuesto de la muralla por donde vino y vio a un hombre con una llama cargada de frutas tropicales, sorprendida por esa cantidad de sabrosa comida, se acercó al hombre y le preguntó: — ¿De dónde vienes? — De la selva, es el lugar donde crecen estas frutas. — Para que crezcan esas frutas debe haber sol — Claro, solo que cuando la altura se hizo grande las nubes invadieron el cielo, y ya no ha habido sol hasta que llegué aquí, pero casi todos los días en la selva tenemos sol. — Muchas gracias, señor por su información. — Pero ¿vas a ir hacia allá? — Creo que sí. — El camino es difícil y largo, y sobre todo cuídate del primer gran río, muchos murieron al cruzarlo. — Gracias mercader, dijo con agradecimiento. — Cuídate, llevas una preciosa carga, de que tú vivas dependerá la vida de ellos. Después de agradecer la información, sonrió y dijo para sí, ya se cuál es mi destino, viviremos en la selva. CAPÍTULO VI LA FORTALEZA El relieve del camino era muy irregular, a veces era escarpado, pero siempre dominaba un suave descenso, la temperatura era progresivamente más cálida, y sobre todo por las noches no hacía tanto frio, eso era algo que Tamaya agradecía en sobremanera, las noches habían sido heladoras desde que abandonó las tierras del Apu Misti. Cada vez encontraba más masas arbóreas, y el sol, ya menos esquivo, iluminaba sus pupilas, llenando de vida los ojos abatidos por el cansancio del largo viaje, aún le quedaba algo de comida y eso le permitía hacer marchas más largas, a pesar de que sus doloridos pies aminoraban la velocidad de su andar. Sus zapatos de cuero de llama que habían resistido increíblemente a los cientos de kilómetros recorridos notaban ya el desgaste de las enormes caminatas que habían soportado. Viajaba por los valles encontrando menos personas caminando en su dirección y el firme se iba haciendo progresivamente más irregular conforme se alejaba de Cuzco, obligando a enlentecer su marcha. El bajo ritmo de su zancada y el cansancio acumulado desesperaba a Tamaya, pensando en lo interminable que era su diáspora, las piernas apenas le respondían y el cuero de sus zapatos ya comenzaba a agujerearse. El valle estaba resguardado por montes que se iban empequeñeciendo con el paso de los kilómetros, donde ya no se veían ni nieves ni hielos. Respiraba profundamente y por fin el aire llegaba a sus pulmones sin ahogos. Cuando el camino se hizo mucho más estrecho se encontró con una montaña donde en la cima había una fortaleza a un centenar de metros por encima del valle, pensó que podría ser el sitio oportuno para reparar fuerzas por algún tiempo. Las escaleras bajaban de la montaña, y sin pensarlo empezó a ascenderlas, aunque sus hijos habían aumentado mucho de peso y a pesar del cansancio de sus maltrechas piernas, las subió con suficiencia, no sin algún tirón de pelos pertrechado por uno de ellos. Con el aliento perdido llegó a la cúspide de la montaña donde se encontró con un soldado. — Hola soy Tamaya, dijo aún con el ahogo del esfuerzo. — Yo soy Sapaki, te he visto subir por el monte, lo que no he podido ver es lo que llevas en la espalda. Ella se dio la vuelta y mostró a sus gemelos. — Nunca hubiera imaginado que llevabas dos bebés, ¿qué haces tú sola por estos parajes? — Viajo, estoy buscando un lugar para vivir, vengo de las tierras del Apu Misti. — Eso está muy alejado de esta zona. Lo que no sé es cómo has podido sobrevivir con la hambruna. — ¿Y qué haces aquí? Preguntó Tamaya. — Mis compañeros y yo vigilamos el valle, es una de las entradas al territorio inca, solo unos kilómetros nos separan del fin del camino donde poco a poco se entra en la selva. — Perfecto dijo ella con entusiasmo, allá es donde voy, me han dicho que allá hay comida suficiente para que crezcan mis hijos. — Comida dicen que sí hay, pero no es fácil vivir allá porque hay fieras, serpientes e insectos que pueden provocar la muerte. — Prefiero morir luchando por mis hijos que soportar el hambre. — Eres muy valiente mujer, ahora te presentaré a mis compañeros. De la atalaya había una salida a un patio donde había lanzas, arcos, flechas y mazas, y algún escudo de madera revestido en cuero, y fue a presentarla al Piccka Chunka que tenía cincuenta hombres a su cargo. — Piccka Chunka, esta mujer ha subido desde el valle y viene con dos gemelos. — Hola, ¿cómo te llamas?, ¿por qué has subido a la fortaleza? — Tamaya, subí porque sé que el ejército siempre tiene comida, el gran Inca vela para que a sus tropas nunca le falte. Estoy de viaje y debo amamantar a mis hijos y haré lo que sea por alimentarme para ellos. Al Piccka Chunka le sorprendió la franqueza y el desparpajo que ella tenía: — ¿De dónde vienes? — Vengo de Cuzco, allá estuve poco más de un día. Tuve que huir para asegurar la vida de mis hijos, estuve en el Inti Raymi, pero hubo revueltas por la hambruna, por eso me marché. ¿Lo sabía? — Por supuesto, espero órdenes para ir a Cuzco, pero se ve que aún no nos necesitan, me han dicho que quieres ir a la selva. — Si, me dijeron que allá no llegó el enfado de Inti y que hay comida — La vida en la selva es muy dura si no sabes cazar. — Podría trabajar por comida, y si me enseñaras a cazar os estaría eternamente agradecida. Sapaki intervino oportunamente. — Necesitamos a alguien que nos cocine, Untumi lo intenta, pero después que se marchara el último cocinero, es insoportable la comida. Tenemos hambruna voluntaria, dijo riendo. El Piccka asintió tristemente, ya que por su robusta figura revelaba que la comida era algo esencial para él y le preguntó. — ¿Quieres cocinar a cambio? — Claro, ¿Cuándo empiezo? — ¡Ya!, dijo el oficial inca. Cuando pasaron unos cuantos días, los soldados estuvieron encantados al tener de nuevo algo agradable para comer. Tamaya demostró ser una eficiente cocinera, y lo más importante para ella, era que comía regularmente y los niños aprovechaban cada gota de su leche. Sapaki pasaba buen tiempo a su lado, porque cuando no tenía que cocinar, él la enseñaba a manejar el arco. — Abordar las piezas a distancia es una garantía de éxito, porque dar caza a larga distancia no es esperable por el animal y no huye, le explicó. Si fuera así, debes calcular la trayectoria de la presa, adivinar hacia donde se va a mover. Aguanta la respiración y no parpadees mientras apuntas, porque ni siquiera tu respiración debe apartarte de tu concentración, tu cuerpo y tu mente deben conectar con ella, y cuando tu mente tenga aprendidos sus movimientos, suelta la cuerda dejando que se deslice entre tus dedos. Se acercó a ella, le puso las manos en el arco tensando la cuerda. — Es el momento de apuntar, cierra el ojo correspondiente al lado de la mano que tensa la cuerda y mira hacia la punta de la flecha, y cuando coincidan uno con el blanco, suelta. La flecha salió del arco a gran velocidad. Tamaya después de varios intentos de forma asistida, cogió el arco puso la flecha y tiró al blanco, lo hizo con tal naturalidad y puntería que sorprendió a su maestro. Contenta por el resultado del tiro brotó un grito de júbilo de su garganta. — Creo que se me da bien, dijo sonriendo — Vas a ser buena con el arco Menos esos ratos con Sapaki, su vida se dedicaba por completo al trabajo, después de dos semanas se había ganado el respeto y la admiración de todos los soldados, menos de uno, su nombre era Wayna. Siempre se dirigía a ella con palabras poco adecuadas al respeto que debe tener un hombre hacia una mujer. Un día le dijo que contara con él para practicar el tiro con arco, y se acercó para tenderle el arco como Sapaki había hecho anteriormente, pero las manos de Wayna seguían un camino por donde no procedía, ella rehuía su contacto, pero el insistió y cuando se vino a dar cuenta la tenía inmóvil contra la pared, pretendiendo levantarle la falda. Pero de los labios de Tamaya brotaron gritos e insultos a Wayna. Estos sirvieron para alertar a Sapaki que agarró una maza y se la puso en la cabeza de Wayna y amenazándole le dijo: — Si no la dejas en paz te partiré la maza en la cabeza, y ya se te quitan las ganas de perseguir a esta mujer. Wayna se marchó en silencio: — Aunque no es justificable, llevan demasiado tiempo sin ver a una mujer. — Tú también y no me hiciste nada, tienes respeto. — No todos somos iguales. Cuando ya llevaba dos semanas en la fortaleza conquistando los estómagos de los soldados creyó que era el momento de irse y se lo comunicó a Sapaki que lleno de tristeza le preguntó: — ¿No estás bien aquí? — No puedo quedarme con vosotros, estáis preparados para el combate, no para defender a una mujer, nos hemos beneficiado de mi trabajo, pero debo conseguir un hogar para mis hijos. — ¿Estás segura?, a mí no me importa cuidarte, dijo Sapaki acariciando tiernamente su brazo. — Lo estoy, lástima no nos hayamos conocido en otras circunstancias, que no fuera época de hambruna. — ¿Es tu última palabra? — Si, no es buen sitio ni para mí ni para mis hijos. — Ven Tamaya, vamos a decírselo al Piccka Chunka dijo contrariado Sapaki. El oficial estaba descansando en su camastro, cuando se acercaron ambos. — Señor, Tamaya dice que se va. El Piccka Chunka la miró fijamente a los ojos: — ¿Acaso nos hemos portado mal contigo? — No señor, solo es que ya mi tiempo aquí no tiene sentido para mí, debo encontrar un hogar para mis hijos. — Debes entrar con respeto a la selva para que no te persiga la Yacumama, dicen que es una serpiente enorme, con aspecto de anaconda, pero mucho más grande, dicen que treinta metros de largo y su cabeza de dos metros de ancha, aparece cuando llueve, cuida de la selva, si no lo haces te comerá. Y ten cuidado con las fieras. — Gracias, señor por su información. — Te has portado muy bien con nosotros, y quiero hacerte un regalo que te va a ser esencial para cazar en la selva. Ve al patio de armas y coge un arco y una cesta de fechas, úsalas como te ha enseñado Sapaki. La alegría de Tamaya se puso de manifiesto, aunque no solía ser muy dada a demostrar claramente sus sentimientos. — Gracias, señor, dijo agarrando su mano — Suerte Tamaya, mereces lo mejor Sapaki la acompañó al patio de armas y allí eligió arco y flechas, antes de irse se asomó a dónde reposaban los soldados. — ¡Adiós, amigos! grito desde fuera — ¡Adiós Tamaya! dijeron saliendo a despedirse Fue a la cocina y dispuso de nuevo a los niños en su manta, agarró comida suficiente, bajó por los escalones hacia el valle, y se perdió por el camino. Sacó su amuleto de cóndor, lo asió en su mano derecha y lo acercó a su corazón, y dijo para sí: Ave solitaria llévame a mi nuevo hogar, tú que ves todo desde el cielo elige mi camino y guíame. CAPÍTULO VII LA SELVA Pasaron días de marcha y el camino, decididamente en descenso, se fue estrechando hasta que se convirtió en una vereda inserta entre los árboles, angosta, pero al principio bien definida, aunque al paso de los kilómetros se fue diluyendo hasta que desapareció, el bosque se hizo denso construyendo su propio camino sorteando cada árbol. El calor hacia brotar el sudor de su frente. Inti ya estaba presente, pero, aunque la frondosidad no hacía que sus rayos le dieran directamente en el cuerpo, había provocado que se quitase la ropa de lana que la había protegido de los fríos de las alturas de la sierra, los había guardado haciendo que se engrosara su hatillo, siendo lo único que llevaba era la manta en la espalda para sujetar a los niños, ya muy pesados por su crecimiento, y en el hombro el arco y las flechas. El silencio había desaparecido de su viaje, los monos aulladores parecían perseguirla desde que entró en la selva con su infernal gruñido, y el trino de los pájaros hacía que resonaran en su cabeza, se acabaron las caminatas silenciosas de la sierra, en los cuales solo oía sus propias pisadas. El olor acre de las hojas caídas en el suelo, medio podridas por la humedad constante, hacían que las gotas de su propio sudor le dieran un desagradable sabor salado en su boca, haciendo que la marcha fuera aún más penosa. Una vez bajada una pequeña loma, oyó el murmullo de un cauce de agua, el cual según bajaba la pequeña pendiente, se hizo aún más sonoro, a la vez que el grado de humedad se hacía aún más evidente hasta que llegó a un gran río. Tamaya debía cruzarlo para internarse definitivamente en la selva, más allá de esa corriente de agua podría estar su hogar, comida y una vida tranquila para sus retoños. El río, aún cerca de la sierra bajaba con la suficiente pendiente para que la corriente tuviera la fuerza necesaria para poder golpearla contra alguna piedra y hacerla daño, tanto a ella como a sus hijos. Hasta ahora nunca había tenido la necesidad de nadar, lo cual era un problema, debía encontrar una rama grande o un tronco para afianzarse en él a modo de balsa, buscó por la orilla encontrando una gran rama en el suelo, que la permitiría no hundirse en las aguas. Nunca había visto un río tan grande, era mucho mayor que el Quilca que bañaba las tierras del Apu Misti, este era más caudaloso y además el cauce aún venía rápido por el desnivel de su nacimiento en las montañas. Tamaya hizo un gran esfuerzo para poner la rama en las aguas del río Purús, aseguró bien con la manta a los retoños y se montó en ella. No podía apartar de su mente lo que le dijo el Piccka Chunka sobre la gran serpiente Yacumama, y pensó que podría estar esperándola en el fondo del río, respiró hondo intentando controlar el miedo y se centró en remar con las manos hacia el centro del río, donde la corriente se hacía más fuerte, la velocidad del cauce aumentaba por la fuerza de las aguas, pero fue inclinándose de un lado a otro buscando el equilibrio sobre la rama, para no caer al agua y no perder ni la comida que le quedaba, ni el arco y las flechas, ni por si puesto a sus bebés. Mientras hacía ese equilibrio invocaba a la Pachamama, para que la Yacumama no saliera de las aguas. Hubo un momento en que la rama empujada por la corriente cabeceó haciendo perder el equilibrio, lo que hizo que cayera al agua, agarró fuerte la manta, y afortunadamente pisó suelo, y aunque iba tropezando, recobró la verticalidad hasta que quedó de pie haciendo fuerza con sus piernas, para que no la llevara la corriente. Fue andando hacia la orilla hacia una pequeña y arenosa playa y cuando llegó a ella se tiró al suelo extenuada por la lucha, estuvo buen tiempo recuperando su respiración jadeante, hasta que el llanto de los niños la hicieron reaccionar, para calmarlos los acercó a sus pechos y apoyada en un árbol, y se quedó dormida, pero con su objetivo conseguido, ahora sí podía decir que había llegado a la selva. Le despertó por un instante el zumbido de los mosquitos, pero aún con los niños enganchados volvió a quedarse dormida, empezó a soñar que despertaba y cuando abría los ojos allí estaba el Jarjarcha contemplándola, este estiró el cuello y de su mugrienta boca sonó un jarjar desagradable y repetitivo, buscó en su zurrón el pedazo de espejo que le dio el pastor, cuando el Jarjarcha se miró en él, salió despavorido, un suspiro de alivio brotó de sus labios, después se miró ella en el espejo, y en vez de su faz observó que tenía el rostro de un mosquito. Tamaya se despertó sobresaltada oyendo un zumbido muy grande que retumba en sus oídos, abrió los ojos y vio que estaba rodeada de una densa nube de mosquitos que laceraban sin piedad su piel, y lo que era peor, la de sus hijos. La desesperación dominó su ánimo, apremiada por la agresión de los insectos regresó hacia el río, y se sumergió con sus hijos, que lloraban incansablemente, y después se rebozo en el barro. Los mosquitos al eliminar el foco de calor de su piel dejaron de acosarla al igual que a sus hijos, pero cuando el barro se secó intentaba taparse con la ropa, pero siempre quedaba parte al descubierto donde era picada. Prosiguió su marcha pisando hojas húmedas en el suelo a la vez que el calor la acosaba con saña, la ropa mezclada con el barro seco era un suplicio, no dejaba salir libremente el sudor. Debía comer, aunque no sentía hambre, acechó por los árboles, vio un mono que estaba sentado en una rama, al verlo tomó el arco, puso una flecha en el cordaje y respiró hondo, la ansiedad hacía que su pulso fuera tembloroso, era la primera vez que tiraba una flecha sobre un ser vivo, detuvo la respiración al soltar la flecha, y esta se deslizó en el aire como si flotara, clavándose en el pecho del mono que cayó desplomado. Tamaya gritó de alegría, y fue a por él, lo asió fuerte con sus manos y empezó a despellejarlo con su cuchillo, una vez lo hubo hecho, prendió fuego a unas ramas, pero no era tan fácil como en la sierra, todo estaba húmedo, y salía más humo de la hoguera de lo podría esperar impregnando de ese olor la carne del animal. Lo cocinó devorando ansiosamente la carne, y cuando acabó volvió a quedarse dormida. Tuvo otra pesadilla, cuando despertó estaba empapada en sudor, tenía frío, mucho frío, sus hijos lloraban y a lo único que pudo atender fue a ponerlos en sus pechos, pero la debilidad le impedía hacer más, porque no pudo ya levantarse, aunque siguió acosada por ese maldito zumbido que se clavaba en sus oídos… Cuando despertó y se dio cuenta que estaba en un lugar cubierto, unas ramas cruzaban diseñando un techo entretejido con hojas parecidas a las de palmera, permaneció unos segundos mirándolo hasta que volvió en sí, buscando a los retoños desesperadamente, pero sí, estaban allí, a su lado, dormidos, rápidamente agarró a sus hijos. Estaban en un lugar desconocido, alguien los había llevado allí, no recordaba nada de su transporte, se detuvo observando cada rincón de aquella pequeña choza, cuando entró una mujer con los senos desnudos sonriendo amigablemente. Ella cogió un recipiente en forma de calabaza y le ofreció su contenido, poniéndole la calabaza en la mano. Recelosa por el desconocimiento de la situación, olió por el orificio de la calabaza dándose cuenta de que le estaba ofreciendo agua, un agua que era una inyección de vida para ella, tenía los labios resecos, debía haber tenido fiebre tras la insidiosa persecución de los mosquitos, bebió con ansiedad, pensó en la necesidad de sus hijos y los puso de inmediato a amamantar. La mujer intentaba comunicarse con ella, pero no hablaba en quechua. La mujer se tocó el pecho señalándose y se identificó: — Tokiri — Tamaya, dijo haciendo lo mismo. Tokiri sonrió y se fue de la choza. Sentía curiosidad y se asomó fuera del chamizo viendo a personas con una fisonomía muy parecida a la de Tokiri, lógicamente debía ser de la misma raza que ella. Eran de estatura pequeña, piel oscura, con la nariz achatada, el pelo negro, y desnudos de medio cuerpo hacia arriba. Había mujeres moliendo yuca y otras haciendo una hoguera frotando palos, estaba perdida, no entendía ni una sola palabra de lo que decían entre ellas, lo único que sabía era que no la dejaron morir en medio de aquel infierno insalubre. Tokiri regresó a la choza trayéndole unas tortas de yuca con plátano. Ella sí había visto la yuca, pero desconocía el plátano, el cual comió resultando sabroso para su maltrecho paladar, aún recordaba el sabor desagradable del ahumado del mono que comió. Llegó la tarde y los hombres regresaron al poblado, sin duda habían ido a cazar, porque regresaron con piezas de caza, las cuales se las dieron a las mujeres que empezaron a despellejarlas. Tokiri se paró a hablar con uno de ellos que seguidamente se acercó a Tamaya. — Hola soy Kana, Tokiri me ha dicho que hablas quechua, y soy el único de la tribu que conoce tu idioma, estuve trabajando al servicio del gran Inca, mostrando caminos a los soldados por las veredas de la selva. Ellos me llevaron a Cuzco y conozco parte del territorio. ¿Y tú? — Soy Tamaya y vengo de la tierra del Apu Misti con mis hijos huyendo de la hambruna ocasionada por el enfado de Inti. — ¡De tan lejos vienes! ¡Y tú sola! — Sí, simplemente busco un hogar estable para mis hijos, recorrí parte de la sierra y no pude conseguirlo, la hambruna se encargó de que no me fuera posible. Algo quería preguntarte, ¿cómo he llegado hasta aquí? — Cruzaste el río por un lugar que está infestado de mosquitos, hay tantos que tú cuerpo reacciona contra tanta picadura, que te sube la fiebre hasta que te deja maltrecho y si no te auxilian puedes morir. Es zona de pesca, y al acercarnos a la orilla vimos huellas en la orilla de alguien que se rebozo por el lodo, seguimos tu rastro y allí estabas inconsciente junto con los niños, os subimos a la canoa, seguidamente el chamán te dio unas hierbas para rebajar tu fiebre, y el resto ya lo sabes. — ¿Te encuentras bien? — Estoy como si me hubiera pateado un grupo de llamas, aunque me duele el cuerpo y estoy algo débil, me encuentro bien. — Lo celebro, estábamos preocupados por tu estado, hay veces que no se recupera el cuerpo de tanta picadura, y se produce la muerte por ahogo. — ¿Quiénes sois? — Somos Yine que en nuestro idioma significa gente, somos eso, gente. Somos hospitalarios y nos gusta ayudar a quien lo necesita. Tamaya, maravillada por una descripción tan simple de su pueblo sonrió, pensando en lo difíciles que pueden ser las cosas, cuando realmente las hacemos difíciles nosotros mismos. Esa noche iban a celebrar la caza, y lo harían cenando carne todos juntos, las mujeres avivaron las hogueras para cocinar, todas se juntaron para elaborar la cena dándose ayuda las unas a las otras. Ninguna de ellas hablaba quechua, pero por gestos se hicieron entender, llevando un grado de camaradería como nunca había sentido, y siempre sonrientes. Anocheció en el poblado, las cabañas hechas de ramas y hojas se iluminaban con los colores cálidos de las hogueras, en el centro se sentaron el jefe y el chamán, y a los lados el resto de la tribu. Kana se sentó a su lado para poder traducirle lo que decían y cuando el jefe dio la señal y empezaron a cenar. Tamaya le dijo a Kana, que le tradujera lo siguiente: — Jefe de los Yine, quiero darte las gracias por la hospitalidad que tu maravilloso pueblo está teniendo conmigo y con mis hijos, y también a ti poderoso chamán que has sido capaz de curarnos esta enfermedad. Me habéis salvado la vida. El jefe le respondió con unas palabras: — Tamaya, la vida en la selva es muy dura, enfermedades, insectos y fieras nos acechan diariamente a todos nosotros, nuestra fuerza es la solidaridad por lo que la ayuda que nos prestamos entre nosotros debe ser constante, y así lo hacemos entre nosotros y también a quienes vienen a vernos. Porque somos gente, y la gente se ayuda. Era algo tan simple y maravilloso que se quedó pensando en que, si todo el mundo se comportara de esa manera, nunca habría recelos ni odios, porque lo que hay es de todos, nadie tendría la necesidad de arrebatar lo que es suyo. Tokiri se acercó a los niños que como siempre estaban a la espalda de Tamaya, y les dio una semilla con un pequeño tallo que al agitarlo sonaba como un sonajero. Su madre estaba plena de felicidad, era el primer juguete que tenían sus hijos mientras lo agitaban alegremente provocando una sonora risa. Comió la carne deliciosa que le ofrecían junto con vegetales que nunca probó y le pareció un festín, al cual, ya hacía mucho tiempo no estaba acostumbrada. Durante esa noche desaparecieron los problemas y la felicidad reinó en su corazón. CAPÍTULO VIII YINE Acompañaron a Tamaya a una choza donde pasaría la noche, se sentía aliviada de no hacerlo a la intemperie, había visto tantos insectos que le preocupaba que pudieran picar tanto a ella como a sus hijos, había sido con lo primero que había tenido contacto en la selva, y ya les tenía pavor. Ella, fruto de la costumbre de meses de viaje se tiró al suelo a dormir, pero la mujer que la acompañaba, por señas le dijo que se subiera en una de las hamacas que colgaban de las columnas principales de la estructura, hechas con un tronco no muy grueso, las cuales soportaban el ramaje y la hojarasca que formaban su estructura. Kana entró en la choza y le explicó lo que decía su compañera de vivienda: — Dice que, si usas la hamaca te librarás de los peligros de los insectos y animales arrastrantes, además estarás más cómoda, el suelo está muy duro. Tamaya no dudó en probar la sugerencia, y no solo era la lejanía del suelo sino lo fresco que se estaba integrándose en esa tela de araña, tejida con hilo a modo de red que se adaptaba a su cuerpo, confiriéndole una comodidad insospechada por ese artilugio desconocido por ella. Saciada, cómoda y fresca, le parecía increíble lo que le había aportado esa tribu en un solo día. Durmió de un tirón y cuando despertó además de dar de amamantar a sus vástagos salió de la choza a tomar un trago de agua, y allí encontró a kana poniendo un cordaje a un arco al lado de la calabaza, Kana la agarró acercándosela a ella, pero detectó por el peso que estaba vacía. — Acompáñame y te diré de dónde cogemos el agua para beber. Tamaya siguió a Lana por un camino despejado de vegetación, no porque estuviera diseñado por ellos mismos, sino por las pisadas diarias de su tribu. El camino se elevó con una pendiente suave y algunos metros después había un pequeño acumulo de rocas entre las cuales nacía un pequeño manantial de agua pura y cristalina. Kana agarró la calabaza hueca y la puso en el flujo de agua, se la dio a Tamaya que bebió abundantemente. — ¡Gracias!, dijo sonriendo. — No podía permitir que pasaras sed. Ella le sonrió en muestra de agradecimiento, él continuó hablando. — Deberías cambiar la manta de los niños, se van a deshidratar por el calor que les dan, los niños pueden colgar de tejidos más frescos, las mujeres te la proporcionarán. He visto que llevas arco y flechas ¿sabes manejarlas? Sin mediar palabra cogió una flecha y el arco. — ¿Ves aquel árbol?, señalando a un árbol mediano de tronco liso, tensó la cuerda y la flecha salió disparada acertando fielmente en su tronco. — ¡Qué buena puntería!, dijo Kana, podrías ayudarnos a cazar. Tamaya fue a recuperar la flecha y cuando las extrajo brotó un líquido blancuzco del tronco, sorprendida dijo: — ¡Está llorando por la herida! — Eso dicen, hay una leyenda que explica porque llora ese árbol. Hace mucho tiempo que una mujer como tú vino a la selva, ella tenía también gemelos, un día cazando le quitó una pieza de caza a un Jaguar, este se enojó con ella, pensando que al rey del bosque jamás se le puede quitar la presa. Por eso decidió vengarse y cazar a la mujer y a sus hijos. La mujer huía del Jaguar y evitó caer en las emboscadas que la fiera le tendía. Pero un día se descuidó y encontró al Jaguar de frente en un claro del bosque, la mujer asustada creyendo morir pidió compasión a la Pachamama, nuestra madre naturaleza, esta se compadeció de la mujer, y evitando que fuera devorada, ella y sus hijos por el Jaguar, la convirtió en el árbol del caucho, dicen que brota sus lágrimas por no poder darle una buena vida a sus hijos. — Entiendo que llore, todo lo que he hecho, lo hice por mis hijos y todo el sufrimiento de la caminata y las dificultades del viaje, solo vale la pena si mis retoños pueden llevar una buena vida. Kana la miró con admiración, y de su corazón salieron estas palabras: — Los Yine seremos la prolongación de la Pachamama, pero no te convertiremos en árbol y menos te haremos llorar, solo te cuidaremos para que tus hijos tengan la buena vida que buscas. Fue la primera vez en su viaje en que realmente se vio cuidada y amparada. Su mano buscó el contacto de la mano de él, y mirando a sus ojos negros como el azabache salió de sus labios un gracias. Ella quitando la magia del momento se dio la vuelta y le dijo tímidamente: — ¿Volvemos? — Si, dijo aún tembloroso por el suave contacto de su mano. Cuando llegaron al poblado Kana le dijo a una mujer que le diera a ella un tejido hecho con tallos muy ligeros y frescos donde depositó a sus hijos y pudo colgarlos cómodamente en su espalda, y por fin se liberó de aquella manta que la había acompañado metro a metro en su gran diáspora. Tamaya se juntó con unas mujeres que tejían con esas fibras vegetales, las cuales iban adquiriendo la forma de una canasta, ella a la vez que observaba con detalle la laboriosa elaboración de ese objeto, intentaba aprender alguna palabra de aquella lengua desconocida para ella, en su pensamiento y en su forma de ser tan independiente, no cabía la posibilidad de tener que depender de nadie para poder entenderse, aunque presencia de su intérprete le confería una paz y bienestar del que había carecido desde la muerte del padre de sus hijos. Repetía varias veces las palabras que entendía, haciendo un gran esfuerzo para memorizar esos sonidos. Confiada, dejaba a sus hijos en el suelo para que el resto de las mujeres y niños pudieran jugar con ellos, esto hizo que la comunidad la aceptara aún más rápido que la abrumadora hospitalidad de este pueblo le brindaba. El día fue muy tranquilo discurriendo entre las elaboraciones de las mujeres y el juego de los niños. Que se acercaron ante la curiosidad de ver a dos retoños iguales. Tamaya estaba feliz por las inocentes risas de sus bebés, divertidos por las gracias que le hacían los niños. Oscureció en el poblado y se reunieron junto a la hoguera a contar cosas que tenían que hacer cuando alguien soltó un silbido y algunas mujeres se estremecieron, Tamaya miró con extrañeza a Kana: — Es una broma, ¿porque se asustan? — Temen al Tunche. — ¿Qué es el Tunche? — Dicen que es un espíritu que vive en la espesura del bosque, y que su silbido te atrae hacia donde él está matándote y robándote el alma. — En todos los lugares hay monstruos, en la sierra me regalaron un espejo para protegerme de un monstruo medio llama medio hombre, que aparece en la noche matándote. Kana lo tradujo generando una exclamación de sorpresa generalizado en la tribu. Una mujer preguntó a Tamaya, y su intérprete tradujo la pregunta. — ¿Lo has visto? — Afortunadamente no, pero un pastor me advirtió sobre él. Y así les fue contando alguna cosa sobre su viaje, la tribu escuchaba embelesada lo que contaba. Sobre Cuzco, sobre la mina, la fortaleza… Pero hubo un momento en que el jefe fue el que preguntó: — ¿Por qué una mujer recién parida abandona su hogar?, Kana lo tradujo con un alto grado de curiosidad y esperó su respuesta con expectación. — Querían sacrificar a mis hijos para que pasara el enfado de Inti, el dios sol, para que con sus rayos inundara de nuevo nuestra tierra y fueran buenas las cosechas. Vieron el nacimiento de mis hijos como una señal, tuve la suerte de saberlo, gracias a mi madre, antes de que vinieran a por ellos y por eso pude escapar. Pero lo hice hacia el lugar al que nunca pensarían que lo hiciera, por eso no me encontraron, porque creían necesitar tanto a mis retoños, que saldrían a buscarnos, pero nunca hacia las cumbres. La sorpresa iluminó los ojos de Kana: — Sabía que eras valiente, pero no que lo eras a tal extremo. Kana tradujo las palabras de Tamaya causando un murmullo de admiración. El jefe se volvió a dirigir a la viajera. — Estamos orgullosos de que la gente valiente esté con nosotros. Es tu casa y quédate el tiempo que quieras con nosotros. La sonrisa brotó de los labios de Tamaya que agradeció el gesto del jefe. La alegría se desbordó en la cena y las mujeres empezaron a cantar ritmos desconocidos para Tamaya, los cuales disfrutó dando palmas. CAPÍTULO IX LA CAZA Al día siguiente ya no había carne en el poblado por lo que los cazadores se reunieron para volver a salir de cacería. Iban provistos de arcos y flechas para que la distancia no fuera un problema, Kana testigo de la puntería de Tamaya, propuso al jefe que esta fuera uno de los componentes del grupo de caza de la tribu, y como era tradición la mayor personalidad de la tribu invitaba personalmente al nuevo componente del grupo. Se sintió halagada por el ofrecimiento por lo que agarró su arco y lo colgó de su hombro, esperando poder usarlo con la eficacia demostrada con anterioridad. Dejó a sus hijos con el resto de las mujeres y se unió al grupo de hombres donde iba Kana dirigido por el chamán de la tribu. Empezaron a caminar por las veredas hasta que penetraron en la espesura del bosque, donde los trinos de los pájaros y el aullido de los monos hacían imperceptible el sonido de sus pisadas, algún rayo sol era capaz de traspasar el intrincado techado de las hojas de los árboles iluminando el suelo, que, por lo general, siempre estaba sombrío. Al cabo de un tiempo de marcha llegaron a un gran claro dominado por una enorme ceiba. Kana siempre permanecía al lado de ella siguiendo sus pasos e indicándole los sitios donde el hacer ruido podía arruinar el acecho de alguna posible presa. Caminaban tranquilos cuando Kana, de repente, agarró el brazo de Tamaya haciendo que parara antes de pisar una serpiente, que cruzó el claro a gran velocidad asustada por la presencia del grupo. Ella respiró fuerte para aliviar la tensión. Mientras seguían caminando por la espesura vio un pájaro con un pico enorme de llamativos colores, Tamaya lo señaló y Kana dijo la palabra tucán, no dejaba de sorprenderse de todo lo que estaba conociendo en la selva, en la sierra de donde ella procedía no había tanta variedad, ni de aves ni de animales y los que había eran tan diferentes que estaba desorientada, parecía estar en otro mundo absolutamente distinto al que había vivido hasta ahora. El chamán les hizo una seña a todos, y rápidamente se refugiaron tras los troncos de los árboles, la tensión creció entre las seis personas que formaban el grupo al ver moverse unas ramas, todos quedaron en silencio intentando estar completamente estáticos, incluso conteniendo la respiración, mirando fijamente el arbusto removido, en que entre las hojas salió la cabeza de un ciervo, y todos tensaron sus arcos apuntando a la presa. Un cazador del grupo perdió el equilibrio y pisó una rama que produjo un crujido, al romperse espantó al ciervo, que raudo empezó su huida, los hombres lamentaron esta fatalidad bajando sus arcos, pero Tamaya no desistió y en un alarde de puntería intuyó la dirección del ciervo aun habiéndole perdido de vista, la flecha acabó acertando en su cuello. Al oír el quejido de la presa, Kana gritó de alegría y fue corriendo hacia donde había huido el ciervo junto a los demás compañeros, y encontró al animal caído dando sus últimos suspiros a unos metros de distancia del arbusto de donde lo habían visto, al ir llegando a la pieza abatida todos fueron levantando el arco en símbolo de triunfo y gritaron de júbilo a la vez, Tamaya se acercó y todos hicieron lo mismo rodeándola, vitoreando a la nueva gran cazadora de la tribu. Alegres por la gran pieza la ataron por las patas dos a dos en una rama y la cargaron en sus hombros, cansados pero contentos después del esfuerzo llegaron al poblado, y los Yine al ver la presa explotaron de alegría, serían días de carne para todos. Al contemplar la presa en el suelo, los pensamientos de Tamaya volaron en el tiempo, recordando cuando cayó desfallecida en el camino y Rumí la salvó, y que solo la bondad de la gente que se encontraba pudo llevarla a ese momento de satisfacción, buscó su pepita de cóndor la puso en su mano y dejó que su cuerpo empezara a moverse en una danza rítmica y cuando la vieron el resto de las mujeres la imitaron, su cuerpo y su mente estaban llenos de júbilo, ajenos del miedo que había tenido por sus hijos, que por fin estaban a salvo. Pero sus hijos, ¿dónde estaban?, los buscó con la mirada, era la primera vez que se separaba voluntariamente de ellos, y los vio gateando a la salida de una choza, abrió los brazos y los cogió y los puso como siempre lo había hecho en su espalda. Empezaron a despellejar la presa, para dejar listo el asado para la noche. Tamaya atrapada por el calor húmedo de la selva, no podía quitarse el sudor aún no estaba adaptada a ese clima, y se le ocurrió y a preguntar a kana — ¿Hay un sitio seguro para darse un baño? — Si, hay una laguna cristalina a veinte minutos de aquí, si quieres os acompaño. — Naturalmente, así nos bañamos los cuatro Él estaba emocionado porque estaría a solas con Tamaya, su admiración era tan grande como la atracción física que sentía por ella, el corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar, el menor contacto físico con ella era un festival de emociones y ahora estarían solos un tiempo compartiendo cierta intimidad con ella. El lugar era un pequeño paraíso rodeado de arboleda, un metro de arena que descansaba en un agua limpia que podía beberse sin enfermar, primero entró Tamaya con sus hijos abrazados y después Kana, cuando estuvieron juntos le dio a él uno de los pequeños, ella le miró fijamente a sus ojos y después empezó a hablarle al retoño que él sostenía: — Sabes, hijo mío, mamá encontró un buen sitio para que crezcas, y quien te sostiene será un hombre que te defenderá tanto como tú madre. Sorprendido Kana la miró a los ojos, ella acercó sus labios a los suyos, y se fundieron en un largo y cálido beso, y la felicidad invadió su cuerpo. Jugaron con los niños en la laguna y cuando volvieron lo hicieron juntos de la mano y cada uno con un niño, provocando el murmullo cómplice de las mujeres que enseguida se dieron cuenta. Celebraron una fiesta por el ciervo, el cual sirvió para restaurar sus cansados cuerpos, los ojos de Kana no se separaron de los de Tamaya, el chamán se puso a relatar la caza que habían protagonizado por la mañana, elogiando sus dotes de cazadora. Espero con paciencia a que terminara el chamán, le pidió a Kana que tradujera sus palabras, se dirigió al jefe: — Quiero decirle que me gustaría permanecer aquí siendo Yine, por fin encontré un hogar para mí y para mis hijos, he encontrado seguridad, bienestar y una gran familia y también encontré el amor, por favor jefe, ¿puedo quedarme? Permaneció en silencio unos segundos, pensando su respuesta y cuando empezó a hablar, ella notó como el rostro de Kana fue cambiando a una expresión de felicidad, como jamás había visto, y empezó a traducirle. — Hoy se celebran dos fiestas, la caza del ciervo, y la de adoptar para siempre a nuestra nueva Yine. El abrazo de Kana fue instantáneo, las mujeres empezaron a cantar y a bailar de alegría felices de incorporarla a su tribu, Tamaya se unió, y sus pies nunca se movieron con esa soltura rebosando felicidad. Ella agarró su pepita en forma de cóndor y le dijo: — Hasta aquí me has traído ave solitaria, ahora lo único que deseo es que, de alguna forma, mi madre sepa que su hija y sus nietos hallaron su lugar en el mundo Y así fue como Tamaya consiguió su hogar y perteneció a la gent

Publicado en Mitos y Leyendas

La hacienda encantada de Patolpa, de Raúl Briceño

En los terrenos que hoy se localizan dentro del triángulo que forman las comunidades de San José de los Andrade, Volcanes y Santa Bárbara, existió la
Hacienda de Patolpa, la que en los libros de registro de Guachinango en junio
15 de 1773, aparece como Hacienda de los Estrada, situada a nueve leguas de
Guachinango, en la que habitaban 30 personas; su nombre es tomado de unas
cebollas silvestres que proliferan en esos lugares y que son muy sabrosas. Ni
el abuelo Francisco, ni los más viejos del rancho recordaban ya el nombre o
los nombres de los últimos propietarios de dicha hacienda, sólo sabían que
era extensa y muy rica. En los cerros cercanos abundaba el ganado bovino y
caballar; los terrenos de sembradío nunca estaban ociosos, los que no eran
sembrados de maíz en época de lluvias, pasado el temporal, se sembraban de
trigo o garbanzo; el dueño de dicho emporio se ufanaba de que podía rentar a
las rancherías cercanas cuantas yuntas de bueyes quisieran o, en su defecto,
podía vender buenas puntas de ganado vacuno de color que el comprador
quisiera. De la casa grande de la hacienda que a su vez estaba rodeada de las
humildes cabañas de peones, medieros, vaqueros y gañanes, el lujo era insul

tante; la vajilla era de oro y plata;, había ricas alfombras y ostentosas cortinas de terciopelo; y, aunque al parecer el propietario era solo, sin esposa e
hijos, por lo menos en aquel lugar, se cocinaban muchas viandas que sólo el
patrón, su ama de llaves y escasos criados comían, aunque pareciese que
hubiera invitados o se estuviera de fiesta y que después, en vez de repartirlas
a sus peones o medieros, mandaba y se cercioraba de que se dieran a los
cerdos que tenía en sus zahúrdas. A regañadientes había aceptado que cerca
de la hacienda se construyera una capilla en la que se veneraba a un cristo
grande y patético.
Se decía que el señor hacendado era «masón», calificativo muy socorrido para denominar a cualquier ateo en aquellos lugares, aunque no comprendían la diferencia que hay entre masones y ateos. Pero también se afirmaba que si había aceptado que se hiciera la capilla era porque nada tonto,
sabía que de negarse se quedaría sin trabajadores, dada la religiosidad de los
habitantes de la región. Se decía que en su recámara, muy cerca de su cama,
rodeado de carabinas 30-30 y rifles del siete, que pendían de las paredes,
junto con sables y machetes, estaba el zurrón de un novillo o toro, relleno en
vez de aserrín u otro material usado por los taxidermistas, con alazanas de
oro, centenarios, pesos duros y hasta joyas.
Este señor vivía en pugna con el sacerdote que desde Volcanes iba cada
domingo a oficiar misa o en semana santa, que era la fiesta más celebrada en
Patolpa. Su pugna era porque el sacerdote, sin darse punto de reposo, lo
abrumaba con exhortaciones a que entrara al buen camino que la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica, única directriz segura, le ayudaría a encontrar; pero el hombre era reacio a dejarse convencer y acompañaba sus negativas a convertirse con una serie de maldiciones, epítetos, insultos y amenazas, más larga que la cuaresma. Total, era un comecuras recalcitrante e
irreductible; pero el cura era de los que teniendo a alguien en la mira lo acosan, lo cercan, le busca el lado flaco para hacerlo entrar al redil; y si hemos
de citar otra vez frases del tío Willy, añadiremos: «para hacerlos a la rienda,
¡qué caray!.»
¿Cuántos días pasaron con su pugna, uno insistiendo y el otro negándose y aumentando sus insultos? Nadie supo decirlo; lo cierto es que según contaban los «antiguos», entre más luchaba el sacerdote para salvar aquella alma de las garras del demonio, el hacendado iba creciendo en rencores, en
ofensas y en odios. Y así se aproximaba una semana santa más y el cura y los
vecinos, no sólo los de Patolpa, sino los de Los Volcanes y de San José de los
Andrade y otras comunidades, trataron de hacer que los festejos y actos religiosos, más que solemnes, resultaran lúcidos como nunca; y así anduvieron
solicitando por los poblados un óbolo generoso para tener suficiente como
para lograr su objetivo; sólo que nadie de los naturales se atrevía a ir a pedir
ayuda a aquel hacendado, sabedores de su furibundo carácter y su boca que
escupía alimañas al hablar.
Pero el cura, sin desmayar, confiado en la ayuda de Dios, quien no podría negársela, mucho menos por ser su ministro en la tierra, dijo que él tomaría al toro por los cuernos y le pediría su óbolo, esperando que fuera el
más abundante de todos. Y contaba el abuelo Francisco que una noche sin
luna, el cura llegó a la casa grande de Patolpa, se santiguó devotamente y
cogiendo un aldabón que tenía la figura de la cabeza de un león, dio tres
fuertes golpes cuyos ecos fueron resonando por corredores y piezas
semivacías, lúgubre y largamente; buen rato después se escuchó el arrastrar
de chanclas y por la cerradura de la puerta, el cura, que atisbaba por ella, vio
una vacilante luz que se acercaba.
Los pasos se detuvieron a la puerta y una voz cascada, chirriante, de
una vieja decrépita, preguntó:
— ¿Quién es?
Y el cura, por toda respuesta, dijo:
— ¡Ave María Purísima!
Entonces, la vieja terminó la oración:
— ¡Sin pecado concebida!
Con ello supo que el visitante no podía ser otro que el cura y con un
horrísono chirrido las puertas fueron abiertas por la anciana que intrigada
preguntó:
— ¿Qué güenos vientos lo train por acá, Pagresito?
Y el sacerdote, sonriendo, contestó:
— No muy buenos, Clementina, ya que quiero hablar con el cascarrabias de tu patrón.
— ¡Válgame la virgen santa, padre, ni lo intente, capaz que lo ajusila!

— No me hace nada, mujer, llámalo.
— Pos, con perdón suyo, no; si lo dispierto, mañana usté dirá misa de
cuerpo presente y yo dentro del cajón; no, padre, lo siento con el alma, pero
no.
— Entonces hazte a un lado; yo asumo el riesgo y la responsabilidad
ante ese masón empedernido.
Pero la vieja, galvanizada más por el miedo al patrón que por el sentido
del deber, se irguió cuanto pudo y se interpuso entre el cura y el camino de la
casona. Y discutieron y se enojaron; el padre, terco a entrar; ella, obstinada a
no dejarlo pasar. Ya fuese porque las fuertes voces lo despertaron o porque
aún no se dormía, el hacendado, a quien para mayor comodidad en el relato
le pondremos el nombre de Procopio, intrigado y furioso porque le rompieron el silencio y la paz de su casa, se asomó al pasillo y viendo al Cura en la
puerta a la luz de la cachimba que llevaba la vieja, le gritó iracundo:
— ¿Y ´ora que demonios quiere usté, cuervo con enaguas?
Y el cura no menos exitado le contestó:
— ¿Pues no que muy ateo y menciona a los demonios? Y si cree en
ellos, también cree en los ángeles y en Dios y en la virgen.
— Si dije demonios fue por simple costumbre o forma de hablar, porque de haber diablos uno de ellos sería usted, y en cuanto a Dios y la virgen,
váya a contarle sus cuentos a los pelangoches muertos de hambre que comen cuando, cóomo y lo que yo quiero que coman.
— Pues esos pelangoches muertos de hambre son los que le dan de
comer a usted, porque el día que ellos le dejen, usted se muere de hambre.
— Nombre, ¿pos que no tengo tanto dinero pa´ pagarles todo, hasta la
risa, siempre y cuando se rían bonito?
— Pues ese dinero, don Procopio, había de usarlo para darles mejor
vida y hacer caridades y dar a la iglesia para sus necesidades.
— ¡Sí, como no! ¿Y usted qué dijo: este menso se cae con la lana, verdad? Pos no, prefiero mejor que se me vuelvan boñiga mis centavos, antes de
dárselos a ellos; y a su Iglesia… ¡menos!
— Mire que está tratando de tentar a Dios para que lo deje tanto o más
pobre que ellos.
— ¿Sí?, ¡pues sepa que nadie, ni el mismo Dios, si es que lo hay, me harán perder un solo tlaco! ¡Pos cuál miedo a su Dios! ¡Vámos, lárguese antes
de que le atice un balazo!
Diciendo esto don Procopio extrajo de debajo de su camisa una pistola
44.40 y le apuntó con ella al cura, que sin inmutarse le dijo:
— Sí, ya me voy, pero no por miedo a su arma, ya que con ella me quita
solo la vida corporal, pero no la del alma; quédese con su fortuna, pero sepa
que como castigo, Dios le hará perder hasta el último céntimo antes de que
termine la cuaresma. ¡Adiós, retrógrado!
El padre se dio vuelta sin mirar hacia atrás; el hacendado no osó disparar pues las palabras del cura, que le sonaron a maldición, le cohibieron, ya
que como todo campesino, en el fondo era supersticioso y temeroso; sólo
cuando lo vio muchos metros más retirado, ocultó su nerviosismo emitiendo
una sonora y a la vez fingida carcajada. Luego, dándose valor, le gritó:
— ¡Mire, ensotanado, yo reto a usted y a su Dios a que me dejen de
prángana!
El padre se detuvo en seco y luego, con calma, se volvió a él para decirle:
— ¡Así sea, don Procopio, así sea! Y usted quedará tan pobre que morirá con un plato de peltre en la barriga, pidiendo limosna para su funeral!
El hacendado solo atinó a decir con voz ronca y temerosa:
— ¡Baaah, está loco de remate!
Y cerrando el portón, se volvió a su recámara a dormir.
El sueño de don Procopio no fue muy tranquilo esa noche, y allá por las
cuatro de la madrugada le comenzó un dolor en la boca del estómago que lo
hacía pujar. Sus intestinos le gruñían como perros enojados hasta que tuvo
que venir hasta ya bien entrada la tarde sin poder comer ni separarse de allí,
una fuerte diarrea acompañada de vómitos que le hizo presa suya; su piel se
le puso lívida y los dolores arreciaban; la vieja criada no se daba abasto para
cocerle cuantas yerbas conocía como remedio para la diarrea; pero apenas
tomaba don Procopio unos sorbos cuando los vomitaba violenta y estruendosamente. Cuando podía hacerlo renegaba porque estaba consciente de que
nada de lo comido el día anterior le había hecho daño; culpaba al sacerdote
de haberle provocado aquel coraje entripado que lo tenía ya débil y deshidratado.

Para mal de sus culpas se le declaró una fuerte fiebre, por lo que lo
obligaron a recluirse en su recámara y enviaron a dos jinetes, de los mejores,
uno a Atenguillo y el otro a Cuautla para que llevaran a un doctor, si es que lo
había. Hubo suerte inmensa de que hubiera uno de paso por Atenguillo, y lo
llevaron por la noche y luchó por bajarle la fiebre; y a eso de la madrugada
llegaron con otro desde Cuautla. Ambos galenos se pusieron a dialogar a solas y al fin, puestos de acuerdo, le recetaron unas cucharadas que ellos prepararon con unos polvos, como sulfas y otros medicamentos. Para el día siguiente la diarrea y la fiebre habían cedido y solo persistía un molesto dolorcillo de
estómago, pero después de todo, podía decirse que iba de alivio.
Según las crónicas, ese día era domingo de ramos y a eso de las diez de
la mañana la campana dio la primer llamada a misa, cosa que enfureció al
hacendado, quien comenzó a maldecir a todos los «beatos fanáticos e ignorantes, comenzando por el cura, aquel tan molesto y antipático». Y la vieja
criada trataba de calmarlo y le recomendaba arrepentirse de aquella endemoniada actitud, y que se acogiera al seno de la santa madre Iglesia; pero
aquellas recomendaciones de la anciana eran como gasolina echada al fuego, ya que don Procopio aumentaba su furor y maldiciones y corría fuera de
su vista a la vieja.
El hombre estaba muy débil pero confiaba en sanar, sólo que otras calamidades comenzaron a ocurrir en sus propiedades. Un gran toro de su pertenencia bajó sin ser arreado desde el cerro y con fuertes y lúgubres bramidos llamaba a las vacas de ordeña; los becerros, los bueyes y demás ganado
también bramaron enloquecidos y en brutal estampida tiraron las trancas del
corral, siendo seguidos por caballos, mulas y asnos. Galoparon por sembrados y huertos arrasando todo a su paso y ni los vaqueros los pudieron detener, pues súbitamente embravecidos arremetieron en contra de ellos y no
fueron pocos los caballos destripados por los cuernos puntales y duros; y
hasta los jinetes, si no fueron empitonados, fueron revolcados y pisoteados.
Así que mejor los dejaron ir y los animales no pararon hasta el cerro donde,
tiempo después, cuando fueron buscados, no volvieron a aparecer ni vivos ni
muertos; ni las reses que desde antes ya andaban en los cerros.
Por otra parte, las criadas que de día efectuaban sus labores domésticas, cuando iban a lavar la loza a la noria cercana, sin darse cuenta ni poder

evitarlo, esa loza rodaba noria adentro; y si lo hacían en el arroyo cercano,
sucedía lo mismo sin que metiéndose en el agua pudieran alcanzarla, pues
corrían corriente abajo como peces, y así para media semana aquella loza de
oro y plata sólo era un recuerdo en la hacienda, aunque nadie se atrevía a
decirlo al patrón. Sí estaba enterado de lo ocurrido a su ganado y se deshacía
en maldiciones a sus vaqueros, caporales y peones, pero como no tenía fuerzas ni para enderezarse en la cama, nada podía hacer más que correrlos. Y se
fue quedando sin personal, además de que como muchos de ellos tenían a
sus esposas entre las criadas de la hacienda, se las llevaron con ellos a Volcanes o Atenguillo, por eso ya para el jueves santo sólo le quedaban a su servicio la anciana y dos jóvenes peones solteros.
Ese jueves ocurrió algo más macabro. En cuanto la anciana hacía algún alimento, al ponerlo frente a él, su plato se llenaba de moscas y luego de
gusanos y despedía fétidos olores, y cuantas veces se los cambiaban ocurría
lo mismo. Luego, los dolores arreciaron y por nariz y boca le brotó sangre
putrefacta; aunque estaba sin probar alimento, los vómitos se hicieron frecuentes, pero sólo arrojaba sangre y pus. No le servían los medicamentos
que le habían recetado los doctores y así tuvieron que salir los dos peones a
buscar a los galenos.
Y se llegó el viernes santo. A eso de las diez de la mañana un fuerte
estrépito se escuchó en la recámara del enfermo, pues el zurrón relleno de
dinero que estaba allí cobró vida y bramó como toro enfurecido y a reparos y
coces salió de allí; galopó por los corredores y pasillos, saliendo a campo
libre donde se disparó hacia la noria y se hundió en ella. Luego, ésta comenzó a derrumbarse, hasta que de ella solo quedó una hoquedad pequeña y húmeda.
A esa misma hora, los peones que habían regresado inexplicablemente
sin encontrar a los doctores y que estaban haciendo labores correspondientes a las criadas y, como si estuvieran hipnotizados, cogían las últimas piezas
de loza u objetos valiosos y se iban al arroyo donde los dejaban deslizar por
la corriente. Hecho lo cual, sin volver la cara hacia la hacienda, echaron a
andar con rumbo desconocido.
En el momento en que salía de estampida el becerro de oro, don Procopio
lo alcanzó a ver y sacando fuerzas de flaqueza quiso irse en pos suya y logró arrastrarse unos pocos metros fuera de la casa; pero un acceso de vómito
sanguinolento lo clavó en el lugar y allí quedó tirado con la vista perdida,
como demente. La anciana criada, que estaba en la cocina con un frasco de
petróleo en la mano para llenar el depósito de un mechero, vio pasar frente a
la puerta al animal, y espantada soltó el frasco que al caer pegó en el borde
de la hornilla donde ardían unos leños y derramó el petróleo sobre la lumbre
y en su ropa. Ella, por mirar hacia fuera de la cocina, no se dio cuenta de que
su ropa ardía, hasta que sintió las quemaduras.
Luego se puso a correr por la casa y con sus ropas encendió manteles y
servilletas. Éstas prendieron fuego a una mesa y ésta a su vez unas cortinas;
la mujer salió al corredor y viendo una cubeta con agua la derramó sobre sus
ropas y casi apagó el fuego que ella llevaba, saliendo de prisa a la calle donde
se encontraba su patrón, mientras que a manotazos apagaba algunos restos
de fuego de sus ropas.
En la iglesia se encontraban el cura y unos feligreses de Los Volcanes y
San José de los Andrade, ocupados en arreglar el interior del templo. Al ver
las llamas que salían por el tejado de la hacienda con fuerza inusitada, corrieron rápidamente y con cubetas que llenaban de agua en el arroyo trataron de
apagar el fuego, pero cada vez que arrojaban el agua a las llamas, éstas parecían haber recibido gasolina y cobraban mayor fuerza.
El cura vio a la anciana junto al hacendado y fue en auxilio de ambos,
pero don procopio al ver al sacerdote, haciendo acopio de las pocas fuerzas
que le restaban le comenzó a gritar:
— ¡Ahora sí quedó a gusto, cura del demonio! ¡Usted que predica la
caridad y el perdón ya me desgració con su maldición; ya estoy aquí como
usted quería, sin dinero, sin nada de qué echar mano, y todavía viene a regodearse con mi desgracia! ¡Buitre!
El padre sacudió la cabeza con pesar y se acercó a él diciendo:
— Aún es tiempo de que te salves, hombre; reniega de tu maldad, pide
perdón a Dios y si tu arrepentimiento es verdadero, Él te perdonará.
— ¡De lo que me arrepiento es de no haberle metido una bala en la
barriga el otro día, váyase usted también al diablo, junto conmigo!
Diciendo esto se le vino otra bocanada de sangre y se quedó callado; el
cura se acercó a él y comenzó a rezar en voz baja; la anciana, soportando el

dolor de las quemaduras, seguía con él las oraciones, mientras contemplaba
las llamas que crecían en la casona y que lanzaban chispas hacia los techos
de paja de las cabañas de los peones, que no tardaron en incendiarse. Ya
nadie luchaba por apagar el incendio, pues era trabajo infructuoso; todos se
situaron alrededor del hacendado, que no podía articular palabra, pero los
veía con enorme enojo en los ojos.
De una casa en que el fuego no había cobrado aún fuerza, unos hombres sacaron una mesa grande y la pusieron bajo un fresno que había cerca
de la iglesia, luego llevaron hasta allí al enfermo y lo depositaron sobre la
mesa. El cura siguió guiando los rezos, rogando por el alma de don Procopio.
Poco antes de las tres de la tarde el hombre dio muestras de querer hablar. El
cura se acercó a él y entonces, con una voz que parecía surgir del averno,
habló el hacendado:
— Mire, cura del diablo, ya casi se cumplió en su totalidad su maldición;
ya no tengo nada o casi nada y la vida se me va de un momento a otro; pero
oiga lo que le voy a decir. Cuando yo muera, toda la hacienda, incluyendo su
iglesia y su cristo, se harán polvo; llegará el día en que sólo el recuerdo quede
de nosotros, porque esta hacienda quedará encantada y sólo se escuchará su
campana o las campanas de la iglesia a la media noche de todos los viernes
santos, y resurgirá la iglesia para que quien quiera ser poseedor de todas mis
riquezas, si se atreve, venga ese día y a esa hora y oiga la misa que usted, ya
muerto, tendrá que oficiar y todos nosotros estaremos allí para oirla juntos.
Ese día yo me salvaré y mi ganado perdido, el zurrón con el oro y todas mis
vajillas serán para el que logre desencantar la hacienda; pero deberá hacer
caridades, muchas caridades, porque de lo contrario, morirá como yo.
Con el miedo reflejado en los ojos, lo escuchaba el cura, y ese miedo
creció cuando la anciana, como siguiendo un impulso desconocido, fue a
hurgar entre las cenizas de una casa para volver luego con un plato de peltre,
negro por el hollín, y lo puso sobre el estómago del hombre; al parecer para
implorar caridad para sepultarlo, pues su muerte era inminente.
Dando las tres de la tarde, se escuchó un fuerte ruido bajo tierra. Un
repentino temblor que parecía sólo estar en la Hacienda de Patolpa se dejó
sentir; la Iglesia se fue abajo y solo quedaron unos pedazos de muro no más
de un metro de alto; el cristo fue sepultado y nadie logró encontrarlo nunca;

lo que aún quedaba en pie de la hacienda y las casuchas de los peones cayeron, y a ese mismo tiempo don Procopio lanzó un grito infrahumano, se convulsionó y entre blasfemias murió.
El sacerdote lo exorcizó y le aplicó simbólicamente los santos oleos
Post mortem, y luego pidió que buscaran algo en que trasladar al difunto
hasta Volcanes, donde posteriormente fue velado y con las limosnas que los
vecinos dejaron sobre el plato de peltre se pagó su funeral.
La vieja criada entró al servicio del cura, pero su vida fue efímera y un
año después moría; el sacerdote fue cambiado a otro lugar por sus superiores y nadie supo más de él. Muy pocas personas se acercaban al lugar en que
existió la Hacienda de Patolpa solo algún perdido caminante o algún vaquero
que buscaba alguna res extraviada osaba pasar por allí, pero no de noche y
siempre invocando a todos lo santos del cielo y santiguándose con miedo y
devoción.
Mucho tiempo después siguió escuchándose a la media noche de los
viernes santos las campanas de la Iglesia de esa hacienda, pero nadie, nunca
jamás, se atrevió a ir a oír misa. Otros sitúan este hecho el día de san Juan
Bautista.
Pasaron tres generaciones, alguien compró o se hizo de aquellos terrenos donde abundan los cebollines o cebollas de Patolpa, y era frecuente que
cuando araban al paso cansino de los bueyes, de vez en cuando se encontraban objetos de oro y plata, tales como tenedores, cucharas, cuchillos y tazas;
lo mismo se han encontrado metates de piedra, de los llamados huilances y
que usaban las mujeres que alguna vez vivieron en aquella hacienda.
Pero lo que no era una mentir, era aquel tenedor de oro que mi abuelo
mostraba diciendo que lo había encontrado una vez en que labraba la tierra
en donde existió la Hacienda de Patolpa, y que guardaba como prueba de que
él jamás había mentido en sus historias.
Esta leyenda fue muy difundida en la Hacienda de Ahuacatepec allá
por los años de 1950

Publicado en Mitos y Leyendas

El anillo mágico, fábula india

Un mercader entregó a su hijo trescientas rupias y le pidió que se marchara a otro país y probara suerte en el comercio. El hijo tomó el dinero y se marchó. No había ido demasiado lejos cuando se cruzó con algunos pastores que discutían por un perro que algunos de ellos querían matar.
—Por favor, no matéis al perro —suplicó el compasivo joven—. Os daré cien rupias por él.
Por supuesto, cerraron el trato inmediatamente y el bobalicón joven siguió su camino con el perro. A continuación se encontró con un grupo de personas que discutían por un gato. Algunos querían matarlo y otros no.
—¡Oh! Por favor, no lo matéis —les dijo—. Os daré cien rupias por él.
Por supuesto, le entregaron el gato inmediatamente y cogieron el dinero. El joven continuó su camino hasta llegar a una aldea, donde algunos habitantes estaban discutiendo por una serpiente que acababan de atrapar. Algunos querían matarla, pero otros no.
—Por favor, no matéis a la serpiente —dijo—. Os daré cien rupias por ella.
Por supuesto, aceptaron encantados.
¡Qué tonto era aquel joven! ¿Qué haría ahora que había gastado todo su dinero? ¿Qué podía hacer, excepto regresar con su padre? Y, por tanto, volvió a casa.
—¡Serás tonto! ¡Sinvergüenza! —exclamó su padre cuando se enteró de que había malgastado todo el dinero que le había dado— Vete a vivir al establo y arrepiéntete de tu estupidez. No volverás a entrar en mi casa.
Así que el joven se marchó a vivir al establo. Su cama era la hierba del ganado, y sus compañeros eran el perro, el gato y la serpiente que había comprado tan caros. Estas criaturas le tenían mucho cariño: lo seguían durante el día y dormían a su lado por la noche; el gato solía dormir a sus pies, el perro junto a su cabeza, y la serpiente sobre su cuerpo, con la cabeza en un lado y la cola en el otro.
Un día, durante el trascurso de una conversación, la serpiente dijo a su amo:
—Soy el hijo del rajá Indrasha. Un día que había salido a tomar el aire me secuestraron y me habrían matado si tú no hubieras llegado en mi rescate. No sé si alguna vez podré compensar tu gran amabilidad hacia mí. ¡Ojalá conocieras a mi padre! ¡Cuánto se alegraría de ver al salvador de su hijo!
—¿Dónde vive? Si fuera posible me gustaría conocerlo —le preguntó el joven.
—¡Bien dicho! —continuó la serpiente— ¿Ves aquella montaña? A los pies de la montaña hay un manantial sagrado. Si vienes conmigo y te sumerges en ese manantial, ambos llegaremos al país de mi padre. ¡Oh! ¡Cuánto se alegrará de verte! Seguramente querrá recompensarte. Pero ¿cómo podría hacerlo? Sin embargo, deberías aceptar lo que te ofrezca. Si te pregunta que te gustaría, quizá harías bien en contestar: «El anillo de tu mano derecha, y el famoso cuenco y cuchara que posees». Con estas cosas jamás necesitarías nada, porque el anillo es tal que un hombre solo tiene que hablarle y, de inmediato, le proporciona una mansión maravillosamente amueblada, mientras que el cuenco y la cuchara le proporcionarán las comidas más exóticas y deliciosas.
El hombre caminó hasta el manantial acompañado por sus tres compañeros y se preparó para sumergirse en él, tal como le había dicho la serpiente.
—¡Oh, señor! —exclamaron el gato y el perro cuando vieron lo que iba a hacer— ¿Qué haremos nosotros? ¿A dónde iremos?

—Esperadme aquí —les contestó—. No iré lejos. No tardaré mucho.
Y dicho esto se sumergió en el agua y lo perdieron de vista.
—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó el perro al gato.
—Debemos quedarnos aquí —le contestó el gato—, tal como nos ha ordenado nuestro amo. No te preocupes por la comida, pues yo iré a las casas de los aldeanos y conseguiré alimentos de sobra para los dos.
Eso hizo el gato y ambos vivieron muy cómodamente hasta que su señor regresó.
El joven y la serpiente llegaron a salvo a su destino y el rajá fue informado de la noticia de su llegada. Su Alteza ordenó que su hijo y el desconocido se presentaran ante él, pero la serpiente se negó, diciendo que no vería a su padre hasta que fuera liberado por aquel extraño, que lo había salvado de una terrible muerte y del que era por tanto esclavo. Entonces el rajá abrazó a su hijo y dio la bienvenida al forastero a sus dominios. El joven se quedó allí un par de días durante los que recibió el anillo de la mano derecha del rajá y el cuenco y la cuchara, en señal de agradecimiento por haber salvado a su hijo. Entonces regresó. Al llegar a la superficie del manantial encontró a sus amigos, el perro y el gato, esperándolo. Contentos, se contaron lo que habían experimentado desde la última vez que se vieron. Después caminaron juntos hasta la orilla del río, donde decidieron probar el poder del anillo mágico y del cuenco y la cuchara.
El hijo del mercader habló al anillo y de inmediato apareció una hermosa casa y una adorable princesa con el cabello dorado. También habló al cuenco y a la cuchara y aparecieron los platos de comida más deliciosos. Así que se casó con la princesa y vivieron muy felices durante varios años, hasta que una mañana la joven, mientras se engalanaba, puso el cabello suelto en un trozo de junco hueco y lo lanzó al río que fluía bajo la ventana. El junco flotó en el agua durante muchos kilómetros y al final fue recogido por el príncipe de otra región, que lo abrió por curiosidad y vio el cabello dorado. Al encontrarlo, volvió rápidamente al palacio, se encerró en su habitación y se negó a salir. Se había enamorado profundamente de la mujer cuyo cabello había encontrado y se negaba a comer, beber, dormir o moverse hasta que se la llevaran. Su padre, el rey, estaba muy preocupado por el asunto y no sabía qué hacer. Temía que su hijo muriera y lo dejara sin heredero. Al final decidió pedir consejo a su tía, que era una ogra. La anciana aceptó ayudarlo y le pidió que no se inquietara, que estaba segura de que conseguiría a la hermosa mujer para que fuera la esposa de su hijo.
La ogra adoptó la forma de una abeja y se marchó zumbando y zumbando. Su agudo sentido del olfato pronto la llevó ante la hermosa princesa, ante quien apareció como una vieja bruja que sostenía un cayado en la mano para ayudarse. Se presentó a la hermosa princesa y le dijo:
—Soy tu tía, a la que nunca habías conocido porque me marché del país justo después de tu nacimiento.
Abrazó y besó a la princesa para dar énfasis a sus palabras, y así la engañó. La joven devolvió el abrazo a la ogra y la invitó a quedarse en su casa tanto como quisiera. La trató con tantos honores y atenciones que la ogra pensó: «Pronto tendré éxito en mi misión». Cuando llevaba allí tres días empezó a hablar del anillo mágico y le aconsejó que lo guardara ella en lugar de su marido, porque este salía constantemente de caza y podía perderlo. Por tanto, la hermosa princesa pidió el anillo a su esposo, y este se lo entregó.
La ogra esperó otro día antes de preguntarle si podía ver la hermosa joya. Sin dudarlo, la hermosa princesa obedeció y, cuando la ogra agarró el anillo, volvió a adoptar la forma de una abeja y voló con él hasta el palacio, donde el príncipe estaba al borde de la muerte.
—Anímate. Alégrate. No llores más —le dijo—. La mujer que anhelas aparecerá cuando la llames. Mira, este es el amuleto que la traerá hasta ti.
El príncipe, al oír estas palabras, se volvió loco de alegría. Estaba tan deseoso de ver a la hermosa princesa que de inmediato habló al anillo, y la casa con su bella ocupante apareció en el centro del jardín de palacio. Entró en el edificio y, tras confesar a la princesa su intenso amor, le rogó que fuera su esposa. Viendo que no tenía escapatoria, la joven aceptó con la condición de esperar un mes.
Mientras, el hijo del mercader había vuelto de su cacería y se había inquietado terriblemente al no encontrar ni su casa ni a su esposa. El lugar estaba vacío, tal como lo había estado antes de probar el anillo mágico que el rajá Indrasha le había dado. Se sentó y decidió poner fin a su vida, pero entonces aparecieron el perro y el gato. Al ver que la casa desaparecía, se habían escondido.
—¡Oh, señor! —exclamaron— Contén tu mano. La situación es grave, pero puede ser remediada. Danos un mes; intentaremos recuperar tu casa y tu esposa.
—Id —contestó él—, y que el buen Dios os ayude en vuestra empresa. Devolvedme a mi esposa, y viviré.
Así que el gato y el perro salieron corriendo y no se detuvieron hasta que llegaron al lugar a donde habían llevado a su señora y la casa.
—Podríamos encontrarnos algunas dificultades —dijo el gato—. Mira, el rey se ha apropiado de la casa y de la esposa de nuestro señor. Quédate aquí. Yo entraré e intentaré verla.
Así que el perro esperó mientras el gato trepaba a la ventana de la habitación donde estaba la hermosa princesa. La joven reconoció al gato y le contó todo lo que había ocurrido desde su desaparición.
—¿No hay modo de escapar de aquí? —le preguntó la muchacha.
—Sí —contestó el gato—, pero para ello debes decirme dónde está el anillo mágico.
—Está en el estómago de la ogra.
—Muy bien —asintió el gato—. Lo recuperaré. Si vuelve a ser nuestro, todo volverá a la normalidad.
Entonces el gato salió del palacio, se tumbó junto a una ratonera y fingió que estaba muerto. Resultó que en aquel momento se estaba celebrando entre las ratas de aquel lugar una gran boda, y todas las ratas de la vecindad estaban reunidas en aquel túnel concreto junto al que el gato se había tumbado. El hijo mayor del rey de las ratas estaba a punto de casarse; el gato, al enterarse, había pensado en atrapar al novio para obligarlo a ayudarlo. El cortejo salió del agujero, chillando y saltando, y en cuanto el gato vislumbró al novio, saltó sobre él.
—¡Oh! Suéltame, suéltame —gritó la aterrada rata.
—¡Suéltalo! —gritaron todos los demás— ¡Es el día de su boda!
—No, no —contestó el gato—. No a menos que hagáis algo por mí. Escuchad. La ogra que vive en esta casa con el príncipe y su mujer se ha tragado un anillo, y eso es lo que quiero. Si me lo conseguís, permitiré que la rata se marche sin recibir daño. Si no lo hacéis, vuestro príncipe morirá entre mis garras.
—Muy bien, aceptamos —dijeron todos—. Es más, si no te conseguimos el anillo, puedes devorarnos a todos.
Aquella fue una oferta muy audaz, pero lo consiguieron. A medianoche, mientras la ogra estaba dormida, una de las ratas entró en su dormitorio, subió hasta su rostro e insertó su cola en su garganta. La ogra tosió violentamente y el anillo salió disparado y cayó rodando al suelo. La rata atrapó la joya inmediatamente y corrió a llevársela a su rey, que se alegró mucho y se la entregó rápidamente al gato para que liberara a su hijo.
Tan pronto como el gato recibió el anillo, se reunió con el perro y fueron a contar a su señor las buenas noticias. Todo parecía arreglado; solo tenían que entregarle el anillo y, cuando él le hablara, el palacio y la hermosa princesa reaparecerían y todos vivirían tan felices como antes.
—¡Cuánto va a alegrarse nuestro amo!
Corrieron tan rápido como les permitieron sus patas, pero por el camino tenían que cruzar un riachuelo. El perro empezó a atravesarlo con el gato sobre su lomo pero, envidioso, le pidió el anillo y amenazó con tirarlo al agua si no se lo entregaba. Y vaya si se arrepintieron, porque al perro se le cayó al agua y un pez se lo tragó.
—¡Oh! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? —exclamó el perro.
—Lo hecho, hecho está —contestó el gato—. Debemos intentar recuperarlo y, si no lo conseguimos, mejor será que nos ahoguemos en este río. Tengo un plan. Ve a matar un cordero pequeño y tráemelo aquí.
—Muy bien —dijo el perro, y se marchó rápidamente. Pronto volvió con un cordero muerto y se lo entregó al gato. El gato se metió dentro del cordero y dijo al perro que se alejara un poco y se mantuviera callado. No mucho después, un nadhar, un pájaro cuyo pico puede romper huesos, sobrevoló el cordero y se posó sobre él para llevárselo. En ese momento el gato salió y atrapó al pájaro, al que amenazó con matarlo si no recuperaba el anillo perdido. El nadhar le prometió que lo haría y se presentó de inmediato ante el rey de los peces, al que le ordenó que averiguara el paradero del anillo y lo devolviera. El rey de los peces así lo hizo: encontró el anillo y se lo devolvieron al gato.
—Vamos, ya tengo el anillo —le dijo el gato al perro.
—No, no iré —dijo el perro—, a menos que me dejes llevar el anillo. Yo lo llevaré, y a ti también. O me dejas que lo lleve yo, o te mataré.
Así que el gato se vio obligado a entregarle el anillo. El descuidado perro lo dejó caer de nuevo, y esta vez lo atrapó y se lo llevó un azor.
—Mira, mira, allá va… Hacia aquel enorme árbol —exclamó el gato.
—¡Oh! ¡Oh! ¿Qué he hecho? —se lamentó el perro.
—Eres tonto, sabía que lo tirarías de nuevo —dijo el gato—. Pero deja de ladrar o asustarás al pájaro y se marchará a un lugar donde no podremos encontrarlo.
El gato esperó hasta que se hizo de noche y entonces trepó al árbol, mató al azor y recuperó el anillo.
—Vamos —dijo al perro cuando llegó al suelo—. Debemos darnos prisa, pues nos hemos retrasado mucho. Nuestro amo morirá de pena e incertidumbre. Vamos.
El perro, muy avergonzado de sí mismo por lo ocurrido, suplicó perdón al gato por todos los problemas que había causado. Temía pedir el anillo por tercera vez, así que ambos consiguieron llegar hasta donde estaba su apenado señor y le entregaron el amuleto mágico. En ese momento, su tristeza se convirtió en alegría. El joven habló al anillo y su hermosa esposa y su casa reaparecieron, y todos volvieron a ser tan felices como siempre habían sido.