El hombre muere cuando acaban sus sueños; pero tú, Agripina, aún esperas ver entrar por esa puerta a Marina, la menor de tus hijas la que se alejó de tu mundo para no parecerse a ti. – ¡No repetiré tu triste esquema de esposa y mujer abnegada que juega al tonto para guardar las apariencias! te dijo con razón antes de irse; por eso te aferras a esa esperanza y en el ocaso de tu vida, te resistes a esta indolencia en la que te han hundido la enfermedad y los años, aunque quisieras ir a buscarla y estrecharla por última vez.
Aceptaste la jubilación para compartir con tus nietos las enseñanzas que consideraste válidas y que apasionadamente año con año trasmitias a tus alumnos: el respeto a la familia, la veneración a los viejos, y el al amor al campo. – Nunca me acostumbraré a la ciudad, algún día volveré para aspirar hondamente y hasta saciarme con el aire de la costa que le dio alas a mis juegos de niña-, y lo afirmabas con tanto ahínco que después del accidente de tu marido y la muerte de tus padres, dejaste todo para ir corriendo a ocuparte de los asuntos de tu padre. Tus hijos no se atrevieron a reprochártelo, sólo Homerito te puso en aprietos, – abuelita no me explico por qué quieres estar sola en este lugar, si todos estamos allá, mis tios te extrañan y mamá no se resigna a que te hayas venido a esta casa, -te dijo dulcemente cuando se despedía después de haber pasado unos días contigo-. Homerito no sabe que aquí no tengo que pagar alquiler, ni madrugar a abrir la miscelánea que con tantos trabajos surtía cada fin de mes con el escaso dinero de la pensión que ya no me alcanzaba para nada; pero igual en la ciudad yo estaba sola, mi vida había dejado de tener sentido cuando los muchachos terminaron los estudios y formaron una familia. Cierto que aquí también estoy sola; pero como los viejos sauces que reverdecen en el valle, aún me siento firme para arrear los becerros junto con Gerardo el mozo de campo y llevar las vacas al abrevadero.Todos se han ido ya persiguiendo sus sueños y yo estoy aquí tratando de aprisionar el último; hasta aquí los recuerdos me han acompañado; pero me queda lo que siento, lo que percibo del exterior; aún conservo lucidez para disfrutar la sinfonía de la lluvia, escuchar el golpeteo insistente de la gotas sobre los tejados deslavados de la vieja casona en la que nací y a donde he vuelto en busca de lo que fui, de la niña que vivió libre y que al tono del riachuelo jugaba a viajar a otros sitios, llegar al mar, al tumulto de la ciudad. Quería ser como el maestro Tomás que tuve hasta cuarto año de primaria, el que me enseñó a leer, me prestó los libros y con eso las llaves de otros mundos. Sí, ahora recuerdo que no quise quedarme en el pueblo después de la inundación por el desbordamiento del rió Grande, el gobernador del Estado había visitado la zona de desastre prometiendo ayudar a los damnificados; papá como encargado del orden distribuyó la precaria ayuda que recibimos y que apenas consistía en víveres, escasas láminas de cartón y mantas para tender la desolación que nos había dejado la tragedia, que fue mayor por la ruptura de la presa de Cerro de Ortega.Algunos niños los albergarían en la Capital,¡qué oportunidad!, continuarían estudiando en algunas escuelas para internos, las autoridades habían ofrecido becas que no todos los padres aceptaron por no querer separarse de sus hijos.A mi hermano Ramiro se lo llevaron a estudiar a Pátzcuaro, sí, allá con el tata Vasco.Creo que Josefa Ortiz de Domínguez se llamaba el colegio para señoritas en donde recibieron a mi hermana Flor; mamá decía que ahí aprendió a cocinar y a ser hacendosa.Lo que mejor le salía eran las galletas de nuez y que en mi cumpleaños solía llevarme en una charola cubierta con una servilleta deshilada, bordado que aprendió con las monjitas. También Amalia y yo queríamos ir a otra escuela, la del pueblo había quedado destruida por la creciente¡Ni tú ni tu hermana irán a ninguna parte, no faltaba más!, – sentenció ásperamente mi padre. Cuánto te suplicamos que nos dejaras ir, – las viejas no ocupan estudiar, y ahora váyanse a ayudar a su madre en la cocina, tú, Agripina ve a llevar el nixtamal al molino, que el compadre Nicandro vendrá a almorzar antes de irnos al potrero, a ver si hallamos la reses que se desbalagaron con la tromba.- Pero papá, -recuerdo que te supliqué con lágrimas-, yo quiero estudiar, dice el maestro Tomás que soy muy lista y que un día llegaré a ser alguien, entonces regresaré con ustedes y los ayudaré, no te arrepentirás de habernos dejado, eso fue… Pero cuánto siento que no estés aquí papá y no sepas que cumplí lo prometido, ¿quién te mando morirte de un infarto en el dintel de esta puerta y solo como un animal?, porque tu mujer también se tuvo que ir a la ciudad a cuidar a los hijos que nos empecinamos en seguir estudiando.Tú la mandaste, aunque te llevara el diablo aquí solo.- Allá se te van a hacer libertinas las muchachas si las dejas solas-, le dijiste cuando ya no quisimos regresar, ni siquiera mi madre volvió. Cuántas veces te insistimos que vendieras la parcela y te fueras a vivir con nosotros. Imposible, tu mundo era este pueblo, tus tierras y esta casa, – andar de arrimado con las hijas, -dijiste- iprimero muerto!, tu madre porque ya se acostumbró, allá ella. Fueron los argumentos que escuché el último verano que te visitamos. Después de esas vacaciones los niños ya no quisieron ir, los incomodaba el calor de la costa y la austeridad de la casa. Cuando eran más pequeños los convencía impresionándolos con el viejo relato de la tromba y entonces les gustaba ir a ver crecer el río y adivinar el nombre de los árboles y las cosas que la creciente arrastraba a su paso: -¡aquella es una texcalama, no es un hule!, – no seas menso, a esos árboles no los arranca nadie, a mí se me hace que es la higuera que estaba enfrente del corral del tío Pancho, -gritabaUriel, el primo mayor-.- Ouitense de la orilla niños, no se vayan a caer, si los arrastra el río, ni quién los saque, morirán «ogados», – les gritaste-, ¿te acuerdas papá?Después de cinco días el cielo era distinto, el estruendo del río crecido había desaparecido y en el agua aún zarca, los niños nadaban en el estanque hasta el agotamiento.- Les va dar garrotillo a esos muchachos, ya está pegando fuerte el sol, -dijiste, autoritario como siempre-, mejor que se suban a cortar tamarindos «palagua». Tú Altagracia dile a Pachano que venga a cortarles unos cocos, ya hace hambre, ayuden a su madre a traer los platos pa’ca, vamos a comer aquí en la huerta, no creo que llueva temprano hoy-. Y no llovió, la noche nos alcanzó en la sobremesa escuchando tus anécdotas, ¡qué pena, ya no puedes contarlas ni reirte papá; pero entonces te carcajeabas con los parajes que inventabas para entretener a los niños!,¡cómo te daba risa recordar el día que te casaste y que a mamá se le atoró el velo del tocado en un huizache!, -¡la hubieran visto!,-les decías- sentada en la albarda como toda una dama, pero no sabía jalarle la rienda a la yegua que montaba y dejó que se metiera en un zarzal, de donde salió con el vestido blanco lleno de abrojos y toda rasguñada-.-Túpapá ¿por qué no la cuidaste?, preguntóAmalia poniendo fin a los relatos.De no ser porque a Elodia le dio miedo mandar solos a sus hijos y Zeferino no quiso contrariarla, Amalia y yo no hubiéramos estudiado en la capital, ella no seria enfermera, ni yo la maestra Pina, como me llamaban los niños. Los ladridos del Casán interrumpen mis divagaciones; el Luis canto esta mañana y una mariposa blanca se posó en el mirto del solar. – Señal que vendrán a visitarte Pinita, -auguró Tagacho-. Si, alguien viene, puedo escuchar sus pasos sobre la grava que Ramoncito, el hijo del mozo puso en el pasillo para que no me resbale cuando salga a recoger las tortillas que me tortea Elpidia, o la leche que ordeñó Gerardo. Qué bueno que antier mandé fumigar la huerta, así los muchachos podrán cortar las anonas y las ciruelas sin peligro de alacranes. Ojalá vengan pronto, porque si no quién se comerá todo este dulce de calabaza y la ollona de conserva de plátano que Chayo me ayudó a preparar. A ella vienen a verla más seguido desde que enviudó.Edelmira y Carolina llegaron al anochecer, besé sus rostros pegajosos de arena y sudor salado, mis nietos todavía en traje de baño, evidenciaban que primero los habían llevado a la playa y yo, ¡con tantas ganas de ir al mar!, seguramente mañana volverán a ir y de seguro me llevarán con ellos, procuraré dormirme temprano para estar lista a tiempo.No sé cuantos meses llevo sin salir de esta casona, a la que ahora sí estoy consignada involuntariamente, ya casi no veo, por eso no salgo ni a visitar a mi prima Mireya, porque puedo tropezar y caer. Mis movimientos se han vuelto más torpes debido a la obesidad y los años; pero lo que más lamento es no poder leer. Homerito, qué digo, Homero porque ya es todo un hombre, cuando viene me traía unos poemarios, incluso le gustaba leérmelos.- Pero esta vez, abuelita, te traje unos casettes de canciones de poemas de JoséMarti, de los que más te gustan, -agregó al tiempo que encendía la televisión para después embeberse con el resumen deportivo. Se fueron el domingo al atardecer, después de días y noches de corrillos con añoranzas alrededor de una fogata, de tertulias que yo presenciaba somnolienta y fatigada con mis 67 años y la diabetes sin control. Yo quería irme con ellos, se lo dije aCarolina.- Mira hija, ya mandé planchar la ropa que voy a llevar. Ella me aseguró que la próxima vez vendría por mí, dijo que ya estaba preparando una recámara para mí sola; pero yo las escuché discutir en la cocina, por fortuna lo olvidé con los postres… Sí, ahora lo recuerdo, fue como un torrente de agua.- ¡Ella quiso venirse, -gritó Edelmira-, yo no puedo llevármela, no tengo quién la cuide, además alejarla de su mundo la mataría!
– ;Nosotros también somos su mundo,
Edelmira, y no se te olvide que ella muchos años se sacrificó por ti y por mí! Recuerda que si se vino al campo fue por pobreza, porque no quisimos darnos cuenta que la pensión que recibe nunca le ha alcanzado para vivir dignamente, o ¿qué querías verla vendiendo golosinas en una mesa afuera de su casa? No, mamá escogió el camino más digno, seguir luchando con lo que aún le quedaba. Ahora por la edad y tan enferma ya no puede valerse por sí misma, tenemos qué tomar una decisión y dividirnos la responsabilidad.Carolina se dio cuenta demasiado tarde, que tú Agripina, las habías escuchado y avergonzada te abrazó melosa, al tiempo que te decía: – iMi viejita, no nos hagas caso, no llores por favor mamá!, pronto vendré por ti, aunque Salvador se enfade conmigo.
Hace tiempo que dejé de esperar a
Marina, lo que sí persiste es ésta náusea, es la diabetes avanzada que me ha sumido en este letargo que me impide incorporarme, un sudor frío recorre mi cuerpo, apenas si distingo el rostro de Altagracia y su voz compungida ofreciéndome la pastilla: -Pinita tiene qué tomar su medicina.Será mejor llamar a las hijas, la maestra está muy mal, la insulina ya no servirá de mucho, ordenó don Antonio, el médico del pueblo.
Julio 15 del 2003