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Cuando los sueños mueren, de Elsa López Maldonado

El hombre muere cuando acaban sus sueños; pero tú, Agripina, aún esperas ver entrar por esa puerta a Marina, la menor de tus hijas la que se alejó de tu mundo para no parecerse a ti. – ¡No repetiré tu triste esquema de esposa y mujer abnegada que juega al tonto para guardar las apariencias! te dijo con razón antes de irse; por eso te aferras a esa esperanza y en el ocaso de tu vida, te resistes a esta indolencia en la que te han hundido la enfermedad y los años, aunque quisieras ir a buscarla y estrecharla por última vez.

Aceptaste la jubilación para compartir con tus nietos las enseñanzas que consideraste válidas y que apasionadamente año con año trasmitias a tus alumnos: el respeto a la familia, la veneración a los viejos, y el al amor al campo. – Nunca me acostumbraré a la ciudad, algún día volveré para aspirar hondamente y hasta saciarme con el aire de la costa que le dio alas a mis juegos de niña-, y lo afirmabas con tanto ahínco que después del accidente de tu marido y la muerte de tus padres, dejaste todo para ir corriendo a ocuparte de los asuntos de tu padre. Tus hijos no se atrevieron a reprochártelo, sólo Homerito te puso en aprietos, – abuelita no me explico por qué quieres estar sola en este lugar, si todos estamos allá, mis tios te extrañan y mamá no se resigna a que te hayas venido a esta casa, -te dijo dulcemente cuando se despedía después de haber pasado unos días contigo-. Homerito no sabe que aquí no tengo que pagar alquiler, ni madrugar a abrir la miscelánea que con tantos trabajos surtía cada fin de mes con el escaso dinero de la pensión que ya no me alcanzaba para nada; pero igual en la ciudad yo estaba sola, mi vida había dejado de tener sentido cuando los muchachos terminaron los estudios y formaron una familia. Cierto que aquí también estoy sola; pero como los viejos sauces que reverdecen en el valle, aún me siento firme para arrear los becerros junto con Gerardo el mozo de campo y llevar las vacas al abrevadero.Todos se han ido ya persiguiendo sus sueños y yo estoy aquí tratando de aprisionar el último; hasta aquí los recuerdos me han acompañado; pero me queda lo que siento, lo que percibo del exterior; aún conservo lucidez para disfrutar la sinfonía de la lluvia, escuchar el golpeteo insistente de la gotas sobre los tejados deslavados de la vieja casona en la que nací y a donde he vuelto en busca de lo que fui, de la niña que vivió libre y que al tono del riachuelo jugaba a viajar a otros sitios, llegar al mar, al tumulto de la ciudad. Quería ser como el maestro Tomás que tuve hasta cuarto año de primaria, el que me enseñó a leer, me prestó los libros y con eso las llaves de otros mundos. Sí, ahora recuerdo que no quise quedarme en el pueblo después de la inundación por el desbordamiento del rió Grande, el gobernador del Estado había visitado la zona de desastre prometiendo ayudar a los damnificados; papá como encargado del orden distribuyó la precaria ayuda que recibimos y que apenas consistía en víveres, escasas láminas de cartón y mantas para tender la desolación que nos había dejado la tragedia, que fue mayor por la ruptura de la presa de Cerro de Ortega.Algunos niños los albergarían en la Capital,¡qué oportunidad!, continuarían estudiando en algunas escuelas para internos, las autoridades habían ofrecido becas que no todos los padres aceptaron por no querer separarse de sus hijos.A mi hermano Ramiro se lo llevaron a estudiar a Pátzcuaro, sí, allá con el tata Vasco.Creo que Josefa Ortiz de Domínguez se llamaba el colegio para señoritas en donde recibieron a mi hermana Flor; mamá decía que ahí aprendió a cocinar y a ser hacendosa.Lo que mejor le salía eran las galletas de nuez y que en mi cumpleaños solía llevarme en una charola cubierta con una servilleta deshilada, bordado que aprendió con las monjitas. También Amalia y yo queríamos ir a otra escuela, la del pueblo había quedado destruida por la creciente¡Ni tú ni tu hermana irán a ninguna parte, no faltaba más!, – sentenció ásperamente mi padre. Cuánto te suplicamos que nos dejaras ir, – las viejas no ocupan estudiar, y ahora váyanse a ayudar a su madre en la cocina, tú, Agripina ve a llevar el nixtamal al molino, que el compadre Nicandro vendrá a almorzar antes de irnos al potrero, a ver si hallamos la reses que se desbalagaron con la tromba.- Pero papá, -recuerdo que te supliqué con lágrimas-, yo quiero estudiar, dice el maestro Tomás que soy muy lista y que un día llegaré a ser alguien, entonces regresaré con ustedes y los ayudaré, no te arrepentirás de habernos dejado, eso fue… Pero cuánto siento que no estés aquí papá y no sepas que cumplí lo prometido, ¿quién te mando morirte de un infarto en el dintel de esta puerta y solo como un animal?, porque tu mujer también se tuvo que ir a la ciudad a cuidar a los hijos que nos empecinamos en seguir estudiando.Tú la mandaste, aunque te llevara el diablo aquí solo.- Allá se te van a hacer libertinas las muchachas si las dejas solas-, le dijiste cuando ya no quisimos regresar, ni siquiera mi madre volvió. Cuántas veces te insistimos que vendieras la parcela y te fueras a vivir con nosotros. Imposible, tu mundo era este pueblo, tus tierras y esta casa, – andar de arrimado con las hijas, -dijiste- iprimero muerto!, tu madre porque ya se acostumbró, allá ella. Fueron los argumentos que escuché el último verano que te visitamos. Después de esas vacaciones los niños ya no quisieron ir, los incomodaba el calor de la costa y la austeridad de la casa. Cuando eran más pequeños los convencía impresionándolos con el viejo relato de la tromba y entonces les gustaba ir a ver crecer el río y adivinar el nombre de los árboles y las cosas que la creciente arrastraba a su paso: -¡aquella es una texcalama, no es un hule!, – no seas menso, a esos árboles no los arranca nadie, a mí se me hace que es la higuera que estaba enfrente del corral del tío Pancho, -gritabaUriel, el primo mayor-.- Ouitense de la orilla niños, no se vayan a caer, si los arrastra el río, ni quién los saque, morirán «ogados», – les gritaste-, ¿te acuerdas papá?Después de cinco días el cielo era distinto, el estruendo del río crecido había desaparecido y en el agua aún zarca, los niños nadaban en el estanque hasta el agotamiento.- Les va dar garrotillo a esos muchachos, ya está pegando fuerte el sol, -dijiste, autoritario como siempre-, mejor que se suban a cortar tamarindos «palagua». Tú Altagracia dile a Pachano que venga a cortarles unos cocos, ya hace hambre, ayuden a su madre a traer los platos pa’ca, vamos a comer aquí en la huerta, no creo que llueva temprano hoy-. Y no llovió, la noche nos alcanzó en la sobremesa escuchando tus anécdotas, ¡qué pena, ya no puedes contarlas ni reirte papá; pero entonces te carcajeabas con los parajes que inventabas para entretener a los niños!,¡cómo te daba risa recordar el día que te casaste y que a mamá se le atoró el velo del tocado en un huizache!, -¡la hubieran visto!,-les decías- sentada en la albarda como toda una dama, pero no sabía jalarle la rienda a la yegua que montaba y dejó que se metiera en un zarzal, de donde salió con el vestido blanco lleno de abrojos y toda rasguñada-.-Túpapá ¿por qué no la cuidaste?, preguntóAmalia poniendo fin a los relatos.De no ser porque a Elodia le dio miedo mandar solos a sus hijos y Zeferino no quiso contrariarla, Amalia y yo no hubiéramos estudiado en la capital, ella no seria enfermera, ni yo la maestra Pina, como me llamaban los niños. Los ladridos del Casán interrumpen mis divagaciones; el Luis canto esta mañana y una mariposa blanca se posó en el mirto del solar. – Señal que vendrán a visitarte Pinita, -auguró Tagacho-. Si, alguien viene, puedo escuchar sus pasos sobre la grava que Ramoncito, el hijo del mozo puso en el pasillo para que no me resbale cuando salga a recoger las tortillas que me tortea Elpidia, o la leche que ordeñó Gerardo. Qué bueno que antier mandé fumigar la huerta, así los muchachos podrán cortar las anonas y las ciruelas sin peligro de alacranes. Ojalá vengan pronto, porque si no quién se comerá todo este dulce de calabaza y la ollona de conserva de plátano que Chayo me ayudó a preparar. A ella vienen a verla más seguido desde que enviudó.Edelmira y Carolina llegaron al anochecer, besé sus rostros pegajosos de arena y sudor salado, mis nietos todavía en traje de baño, evidenciaban que primero los habían llevado a la playa y yo, ¡con tantas ganas de ir al mar!, seguramente mañana volverán a ir y de seguro me llevarán con ellos, procuraré dormirme temprano para estar lista a tiempo.No sé cuantos meses llevo sin salir de esta casona, a la que ahora sí estoy consignada involuntariamente, ya casi no veo, por eso no salgo ni a visitar a mi prima Mireya, porque puedo tropezar y caer. Mis movimientos se han vuelto más torpes debido a la obesidad y los años; pero lo que más lamento es no poder leer. Homerito, qué digo, Homero porque ya es todo un hombre, cuando viene me traía unos poemarios, incluso le gustaba leérmelos.- Pero esta vez, abuelita, te traje unos casettes de canciones de poemas de JoséMarti, de los que más te gustan, -agregó al tiempo que encendía la televisión para después embeberse con el resumen deportivo. Se fueron el domingo al atardecer, después de días y noches de corrillos con añoranzas alrededor de una fogata, de tertulias que yo presenciaba somnolienta y fatigada con mis 67 años y la diabetes sin control. Yo quería irme con ellos, se lo dije aCarolina.- Mira hija, ya mandé planchar la ropa que voy a llevar. Ella me aseguró que la próxima vez vendría por mí, dijo que ya estaba preparando una recámara para mí sola; pero yo las escuché discutir en la cocina, por fortuna lo olvidé con los postres… Sí, ahora lo recuerdo, fue como un torrente de agua.- ¡Ella quiso venirse, -gritó Edelmira-, yo no puedo llevármela, no tengo quién la cuide, además alejarla de su mundo la mataría!

– ;Nosotros también somos su mundo,

Edelmira, y no se te olvide que ella muchos años se sacrificó por ti y por mí! Recuerda que si se vino al campo fue por pobreza, porque no quisimos darnos cuenta que la pensión que recibe nunca le ha alcanzado para vivir dignamente, o ¿qué querías verla vendiendo golosinas en una mesa afuera de su casa? No, mamá escogió el camino más digno, seguir luchando con lo que aún le quedaba. Ahora por la edad y tan enferma ya no puede valerse por sí misma, tenemos qué tomar una decisión y dividirnos la responsabilidad.Carolina se dio cuenta demasiado tarde, que tú Agripina, las habías escuchado y avergonzada te abrazó melosa, al tiempo que te decía: – iMi viejita, no nos hagas caso, no llores por favor mamá!, pronto vendré por ti, aunque Salvador se enfade conmigo.

Hace tiempo que dejé de esperar a

Marina, lo que sí persiste es ésta náusea, es la diabetes avanzada que me ha sumido en este letargo que me impide incorporarme, un sudor frío recorre mi cuerpo, apenas si distingo el rostro de Altagracia y su voz compungida ofreciéndome la pastilla: -Pinita tiene qué tomar su medicina.Será mejor llamar a las hijas, la maestra está muy mal, la insulina ya no servirá de mucho, ordenó don Antonio, el médico del pueblo.

Julio 15 del 2003

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Embargo, de José Saramago

Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada. Pensó que su mujer se había olvidado de correr las cortinas al acostarse y se enfadó: si no consiguiese volver a dormirse ya, acabaría por tener un día fastidiado. Le faltó sin embargo el ánimo para levantarse, para cubrir la ventana: prefirió cubrirse la cara con la sábana y volverse hacia la mujer que dormía, refugiarse en su calor y en el olor de su pelo suelto. Estuvo todavía unos minutos esperando, inquieto, temiendo el insomnio matinal. Pero después le vino la idea del capullo tibio que era la cama y la presencia laberíntica del cuerpo al que se aproximaba y, casi deslizándose en un círculo lento de imágenes sensuales, volvió a caer en el sueño. El ojo ceniciento del cristal se fue azulando poco a poco, mirando fijamente las dos cabezas posadas en la almohada, como restos olvidados de una mudanza a otra casa o a otro mundo. Cuando el despertador sonó, pasadas dos horas, la habitación estaba clara.

Dijo a su mujer que no se levantase, que aprovechase un poco más de la mañana, y se escurrió hacia el aire frío, hacia la humedad indefinible de las paredes, de los picaportes de las puertas, de las toallas del cuarto de baño. Fumó el primer cigarrillo mientras se afeitaba y el segundo con el café, que entretanto se había enfriado. Tosió como todas las mañanas. Después se vistió a oscuras, sin encender la luz de la habitación. No quería despertar a su mujer. Un olor fresco a agua de colonia avivó la penumbra, y eso hizo que la mujer suspirase de placer cuando el marido se inclinó sobre la cama para besarle los ojos cerrados. Y susurró que no volvería a comer a casa.

Cerró la puerta y bajó rápidamente la escalera. La finca parecía más silenciosa que de costumbre. Tal vez por la niebla, pensó. Se había dado cuenta de que la niebla era como una campana que ahogaba los sonidos y los transformaba, disolviéndolos, haciendo de ellos lo que hacía con las imágenes. Había niebla. En el último tramo de la escalera ya podría ver la calle y saber si había acertado. Al final había una luz aún grisácea, pero dura y brillante, de cuarzo. En el bordillo de la acera, una gran rata muerta. Y mientras encendía el tercer cigarrillo, detenido en la puerta, pasó un chico embozado, con gorra, que escupió por encima del animal, como le habían enseñado y siempre veía hacer.

El automóvil estaba cinco casas más abajo. Una gran suerte haber podido dejarlo allí. Había adquirido la superstición de que el peligro de que lo robasen sería mayor cuanto más lejos lo hubiese dejado por la noche. Sin haberlo dicho nunca en voz alta, estaba convencido de que no volvería a ver el coche si lo dejase en cualquier extremo de la ciudad. Allí, tan cerca, tenía confianza. El automóvil aparecía cubierto de gotitas, los cristales cubiertos de humedad. Si no hiciera tanto frío, podría decirse que transpiraba como un cuerpo vivo. Miró los neumáticos según su costumbre, verificó de paso que la antena no estuviese partida y abrió la puerta. El interior del coche estaba helado. Con los cristales empañados era una caverna translúcida hundida bajo un diluvio de agua. Pensó que habría sido mejor dejar el coche en un sitio desde el cual pudiese hacerlo deslizarse para arrancar más fácilmente. Encendió el coche y en el mismo instante el motor roncó fuerte, con una sacudida profunda e impaciente. Sonrió, satisfecho de gusto. El día empezaba bien.

Calle arriba el automóvil arrancó, rozando el asfalto como un animal de cascos, triturando la basura esparcida. El cuentakilómetros dio un salto repentino a noventa, velocidad de suicidio en la calle estrecha bordeada de coches aparcados. ¿Qué sería? Retiró el pie del acelerador, inquieto. Casi diría que le habían cambiado el motor por otro más potente. Pisó con cuidado el acelerador y dominó el coche. Nada de importancia. A veces no se controla bien el balanceo del pie. Basta que el tacón del zapato no asiente en el lugar habitual para que se altere el movimiento y la presión. Es fácil.

Distraído con el incidente, aún no había mirado el contador de la gasolina. ¿La habrían robado durante la noche, como no sería la primera vez? No. El puntero indicaba precisamente medio depósito. Paró en un semáforo rojo, sintiendo el coche vibrante y tenso en sus manos. Curioso. Nunca había reparado en esta especie de palpitación animal que recorría en olas las láminas de la carrocería y le hacía estremecer el vientre. Con la luz verde el automóvil pareció serpentear, estirarse como un fluido para sobrepasar a los que estaban delante. Curioso. Pero, en verdad, siempre se había considerado mucho mejor conductor que los demás. Cuestión de buena disposición esta agilidad de reflejos de hoy, quizá excepcional. Medio depósito. Si encontrase una gasolinera funcionando, aprovecharía. Por seguridad, con todas las vueltas que tenía que dar ese día antes de ir a la oficina, mejor de más que de menos. Este estúpido embargo. El pánico, las horas de espera, en colas de decenas y decenas de coches. Se dice que la industria va a sufrir las consecuencias. Medio depósito. Otros andan a esta hora con mucho menos, pero si fuese posible llenarlo… El coche tomó una curva balanceándose y, con el mismo movimiento, se lanzó por una subida empinada sin esfuerzo. Allí cerca había un surtidor poco conocido, tal vez tuviese suerte. Como un perdiguero que acude al olor, el coche se insinuó entre el tráfico, dobló dos esquinas y fue a ocupar un lugar en la cola que esperaba. Buena idea.

Miró el reloj. Debían de estar por delante unos veinte coches. No era ninguna exageración. Pero pensó que lo mejor sería ir primero a la oficina y dejar las vueltas para la tarde, ya lleno el depósito, sin preocupaciones. Bajó el cristal para llamar a un vendedor de periódicos que pasaba. El tiempo había enfriado mucho. Pero allí, dentro del automóvil, con el periódico abierto sobre el volante, fumando mientras esperaba, hacía un calor agradable, como el de sábanas. Hizo que se movieran los músculos de la espalda, con una torsión de gato voluptuoso, al acordarse de su mujer aún enroscada en la cama a aquella hora y se recostó mejor en el asiento. El periódico no prometía nada bueno. El embargo se mantenía. Una Navidad oscura y fría, decía uno de los titulares. Pero él aún disponía de medio depósito y no tardaría en tenerlo lleno. El automóvil de delante avanzó un poco. Bien.

Hora y media más tarde estaba llenándolo y tres minutos después arrancaba. Un poco preocupado porque el empleado le había dicho, sin ninguna expresión particular en la voz, de tan repetida la información, que no habría allí gasolina antes de quince días. En el asiento, al lado, el periódico anunciaba restricciones rigurosas. En fin, de lo malo malo, el depósito estaba lleno. ¿Qué haría? ¿Ir directamente a la oficina o pasar primero por casa de un cliente, a ver si le daban el pedido? Escogió el cliente. Era preferible justificar el retraso con la visita que tener que decir que había pasado hora y media en la cola de la gasolina cuando le quedaba medio depósito. El coche estaba espléndido. Nunca se había sentido tan bien conduciéndolo. Encendió la radio y se oyó un diario hablado. Noticias cada vez peores. Estos árabes. Este estúpido embargo.

De repente el coche dio una cabezada y se dirigió a la calle de la derecha hasta parar en una cola de automóviles menor que la primera. ¿Qué había sido eso? Tenía el depósito lleno, sí, prácticamente lleno. Por qué este demonio de idea. Movió la palanca de las velocidades para poner marcha atrás, pero la caja de cambios no le obedeció. Intentó forzarla, pero los engranajes parecían bloqueados. Qué disparate. Ahora una avería. El automóvil de delante avanzó. Recelosamente, contando con lo peor, metió la primera. Perfecto todo. Suspiró de alivio. Pero ¿cómo estaría la marcha atrás cuando volviese a necesitarla?

Cerca de media hora después ponía medio litro de gasolina en el depósito, sintiéndose ridículo bajo la mirada desdeñosa del empleado de la gasolinera. Dio una propina absurdamente alta y arrancó con un gran ruido de neumáticos y aceleramientos. Qué demonio de idea. Ahora el cliente, o será una mañana perdida. El coche estaba mejor que nunca. Respondía a sus movimientos como si fuese una prolongación mecánica de su propio cuerpo. Pero el caso de la marcha atrás daba que pensar. Y he aquí que tuvo realmente que pensarlo. Una gran camioneta averiada tapaba todo el centro de la calle. No podía contornearla, no había tenido tiempo, estaba pegado a ella. Otra vez con miedo movió la palanca y la marcha atrás entró con un ruido suave de succión. No se acordaba que la caja de cambios hubiese reaccionado de esa manera antes. Giró el volante hacia la izquierda, aceleró y con un suave movimiento el automóvil subió a la acera, pegado a la camioneta, y salió por el otro lado, suelto, con una agilidad de animal. El demonio de coche tenía siete vidas. Tal vez por causa de toda esa confusión del embargo, todo ese pánico, los servicios desorganizados hubiesen hecho meter en los surtidores gasolina de mucho mayor potencia. Tendría gracia.

Miró el reloj. ¿Valdría la pena visitar al cliente? Con suerte encontraría el establecimiento aún abierto. Si el tránsito ayudase, sí, si el tránsito ayudase tendría tiempo. Pero el tránsito no ayudó. En época navideña, incluso faltando la gasolina, todo el mundo sale a la calle, para estorbar a quien necesita trabajar. Y al ver una transversal descongestionada desistió de visitar al cliente. Mejor sería dar cualquier explicación en la oficina y dejarlo para la tarde. Con tantas dudas, se había desviado mucho del centro. Gasolina quemada sin provecho. En fin, el depósito estaba lleno. En una plaza, al fondo de la calle por la que bajaba, vio otra cola de automóviles esperando su turno. Sonrió de gozo y aceleró, decidido a pasar resoplando contra los ateridos automovilistas que esperaban. Pero el coche, a veinte metros, tiró hacia la izquierda, por sí mismo, y se detuvo, suavemente, como si suspirase, al final de la cola. ¿Qué diablos había sido aquello, si no había decidido poner más gasolina? ¿Qué diantre era, si tenía el depósito lleno? Se quedó mirando los diversos contadores, palpando el volante, costándole reconocer el coche, y en esta sucesión de gestos movió el retrovisor y se miró en el espejo. Vio que estaba perplejo y consideró que tenía razón. Otra vez por el retrovisor distinguió un automóvil que bajaba la calle, con todo el aire de irse a colocar en la fila. Preocupado por la idea de quedarse allí inmovilizado, cuando tenía el depósito lleno, movió rápidamente la palanca para dar marcha atrás. El coche resistió y la palanca le huyó de las manos. Un segundo después se encontraba aprisionado entre sus dos vecinos. Diablos. ¿Qué tendría el coche? Necesitaba llevarlo al taller. Una marcha atrás que funcionaba ahora sí y ahora no es un peligro.

Había pasado más de veinte minutos cuando hizo avanzar el coche hasta el surtidor. Vio acercarse al empleado y la voz se le estranguló al pedir que llenase el depósito. En ese mismo instante hizo una tentativa por huir de la vergüenza, metió una rápida primera y arrancó. En vano. El coche no se movió. El hombre de la gasolinera lo miró desconfiado, abrió el depósito y, pasados pocos segundos, fue a pedirle el dinero de un litro que guardó refunfuñando. Acto seguido, la primera entraba sin ninguna dificultad y el coche avanzaba, elástico, respirando pausadamente. Alguna cosa no iría bien en el automóvil, en los cambios, en el motor, en cualquier sitio, el diablo sabrá. ¿O estaría perdiendo sus cualidades de conductor? ¿O estaría enfermo? Había dormido bien a pesar de todo, no tenía más preocupaciones que en cualquier otro día de su vida. Lo mejor sería desistir por ahora de clientes, no pensar en ellos durante el resto del día y quedarse en la oficina. Se sentía inquieto. A su alrededor las estructuras del coche vibraban profundamente, no en la superficie, sino en el interior del acero, y el motor trabajaba con aquel rumor inaudible de pulmones llenándose y vaciándose, llenándose y vaciándose. Al principio, sin saber por qué, dio en trazar mentalmente un itinerario que le apartase de otras gasolineras, y cuando notó lo que hacía se asustó, temió no estar bien de la cabeza. Fue dando vueltas, alargando y acortando camino, hasta que llegó delante de la oficina. Pudo aparcar el coche y suspiró de alivio. Apagó el motor, sacó la llave y abrió la puerta. No fue capaz de salir.

Creyó que el faldón de la gabardina se había enganchado, que la pierna había quedado sujeta por el eje del volante, e hizo otro movimiento. Incluso buscó el cinturón de seguridad, para ver si se lo había puesto sin darse cuenta. No. El cinturón estaba colgando de un lado, tripa negra y blanda. Qué disparate, pensó. Debo estar enfermo. Si no consigo salir es porque estoy enfermo. Podía mover libremente los brazos y las piernas, flexionar ligeramente el tronco de acuerdo con las maniobras, mirar hacia atrás, inclinarse un poco hacia la derecha, hacia la guantera, pero la espalda se adhería al respaldo del asiento. No rígidamente, sino como un miembro se adhiere al cuerpo. Encendió un cigarrillo y, de repente, se preocupó por lo que diría el jefe si se asomase a una ventana y lo viese allí instalado, dentro del coche, fumando, sin ninguna prisa por salir. Un toque violento de claxon lo hizo cerrar la puerta, que había abierto hacia la calle. Cuando el otro coche pasó, dejó lentamente abrirse la puerta otra vez, tiró el cigarrillo fuera y, agarrándose con ambas manos al volante, hizo un movimiento brusco, violento. Inútil. Ni siquiera sintió dolores. El respaldo del asiento lo sujetó dulcemente y lo mantuvo preso. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Movió hacia abajo el retrovisor y se miró. Ninguna diferencia en la cara. Tan sólo una aflicción imprecisa que apenas se dominaba. Al volver la cara hacia la derecha, hacia la acera, vio a una niñita mirándolo, al mismo tiempo intrigada y divertida. A continuación surgió una mujer con un abrigo de invierno en las manos, que la niña se puso, sin dejar de mirar. Y las dos se alejaron, mientras la mujer arreglaba el cuello y el pelo de la niña.

Volvió a mirar el espejo y adivinó lo que debía hacer. Pero no allí. Había personas mirando, gente que lo conocía. Maniobró para separarse de la acera, rápidamente, echando mano a la puerta para cerrarla, y bajó la calle lo más deprisa que podía. Tenía un designio, un objetivo muy definido que ya lo tranquilizaba, y tanto que se dejó ir con una sonrisa que a poco le suavizó la aflicción.

Sólo reparó en la gasolinera cuando casi iba a pasar por delante. Tenía un letrero que decía «agotada», y el coche siguió, sin una mínima desviación, sin disminuir la velocidad. No quiso pensar en el coche. Sonrió más. Estaba saliendo de la ciudad, eran ya los suburbios, estaba cerca el sitio que buscaba. Se metió por una calle en construcción, giró a la izquierda y a la derecha, hasta un sendero desierto, entre vallas. Empezaba a llover cuando detuvo el automóvil.

Su idea era sencilla. Consistía en salir de dentro de la gabardina, sacando los brazos y el cuerpo, deslizándose fuera de ella, tal como hace la culebra cuando abandona la piel. Delante de la gente no se habría atrevido, pero allí, solo, con un desierto alrededor, lejos de la ciudad que se escondía por detrás de la lluvia, nada más fácil. Se había equivocado, sin embargo. La gabardina se adhería al respaldo del asiento, de la misma manera que a la chaqueta, a la chaqueta de punto, a la camisa, a la camiseta interior, a la piel, a los músculos, a los huesos. Fue esto lo que pensó sin pensarlo cuando diez minutos después se retorcía dentro del coche gritando, llorando. Desesperado. Estaba preso en el coche. Por más que girase el cuerpo hacia fuera, hacia la abertura de la puerta por donde la lluvia entraba empujada por ráfagas súbitas y frías, por más que afirmase los pies en el saliente de la caja de cambios, no conseguía arrancarse del asiento. Con las dos manos se cogió al techo e intentó levantarse. Era como si quisiese levantar el mundo. Se echó encima del volante, gimiendo, aterrorizado. Ante sus ojos los limpiaparabrisas, que sin querer había puesto en movimiento en medio de la agitación, oscilaban con un ruido seco, de metrónomo. De lejos le llegó el pitido de una fábrica. Y a continuación, en la curva del camino, apareció un hombre pedaleando una bicicleta, cubierto con un gran pedazo de plástico negro por el cual la lluvia escurría como sobre la piel de una foca. El hombre que pedaleaba miró con curiosidad dentro del coche y siguió, quizá decepcionado o intrigado al ver a un hombre solo y no la pareja que de lejos le había parecido.

Lo que estaba pasando era absurdo. Nunca nadie se había quedado preso de esta manera en su propio coche, por su propio coche. Tenía que haber un procedimiento cualquiera para salir de allí. A la fuerza no podía ser. ¿Tal vez en un taller? No. ¿Cómo lo explicaría? ¿Llamar a la policía? ¿Y después? Se juntaría la gente, todos mirando, mientras la autoridad evidentemente tiraría de él por un brazo y pediría ayuda a los presentes, y sería inútil, porque el respaldo del asiento dulcemente lo sujetaría. E irían los periodistas, los fotógrafos y sería exhibido dentro de su coche en todos los periódicos del día siguiente, lleno de vergüenza como un animal trasquilado, en la lluvia. Tenía que buscarse otra forma. Apagó el motor y sin interrumpir el gesto se lanzó violentamente hacia fuera, como quien ataca por sorpresa. Ningún resultado. Se hirió en la frente y en la mano izquierda, y el dolor le causó un vértigo que se prolongó, mientras una súbita e irreprimible ganas de orinar se expandía, liberando interminable el líquido caliente que se vertía y escurría entre las piernas al suelo del coche. Cuando sintió todo esto empezó a llorar bajito, con un gañido, miserablemente, y así estuvo hasta que un perro escuálido, llegado de la lluvia, fue a ladrarle, sin convicción, a la puerta del coche.

Embragó despacio, con los movimientos pesados de un sueño de las cavernas, y avanzó por el sendero, esforzándose en no pensar, en no dejar que la situación se le representase en el entendimiento. De un modo vago sabía que tendría que buscar a alguien que lo ayudase. Pero ¿quién podía ser? No quería asustar a su mujer, pero no quedaba otro remedio. Quizá ella consiguiese descubrir la solución. Al menos no se sentiría tan desgraciadamente solo.

Volvió a entrar en la ciudad, atento a los semáforos, sin movimientos bruscos en el asiento, como si quisiese apaciguar los poderes que lo sujetaban. Eran más de las dos y el día había oscurecido mucho. Vio tres gasolineras, pero el coche no reaccionó. Todas tenían el letrero de «agotada». A medida que penetraba en la ciudad, iba viendo automóviles abandonados en posiciones anormales, con los triángulos rojos colocados en la ventanilla de atrás, señal que en otras ocasiones sería de avería, pero que significaba, ahora, casi siempre, falta de gasolina. Dos veces vio grupos de hombres empujando automóviles encima de las aceras, con grandes gestos de irritación, bajo la lluvia que no había parado todavía.

Cuando finalmente llegó a la calle donde vivía, tuvo que imaginarse cómo iba a llamar a su mujer. Detuvo el coche enfrente del portal, desorientado, casi al borde de otra crisis nerviosa. Esperó que sucediese el milagro de que su mujer bajase por obra y merecimiento de su silenciosa llamada de socorro. Esperó muchos minutos, hasta que un niño curioso de la vecindad se aproximó y pudo pedirle, con el argumento de una moneda, que subiese al tercer piso y dijese a la señora que allí vivía que su marido estaba abajo esperándola, en el coche. Que acudiese deprisa, que era muy urgente. El niño subió y bajó, dijo que la señora ya venía y se apartó corriendo, habiendo hecho el día.

La mujer bajó como siempre andaba en casa, ni siquiera se había acordado de coger un paraguas, y ahora estaba en el umbral, indecisa, desviando sin querer los ojos hacia una rata muerta en el bordillo de la acera, hacia la rata blanda, con el pelo erizado, dudando en cruzar la acera bajo la lluvia, un poco irritada contra el marido que la había hecho bajar sin motivo, cuando podía muy bien haber subido a decirle lo que quería. Pero el marido llamaba con gestos desde dentro del coche y ella se asustó y corrió. Puso la mano en el picaporte, precipitándose para huir de la lluvia, y cuando por fin abrió la puerta vio delante de su rostro la mano del marido abierta, empujándola sin tocarla. Porfió y quiso entrar, pero él le gritó que no, que era peligroso, y le contó lo que sucedía, mientras ella, inclinada, recibía en la espalda toda la lluvia que caía y el pelo se le desarreglaba y el horror le crispaba toda la cara. Y vio al marido, en aquel capullo caliente y empañado que lo aislaba del mundo, retorciéndose entero en el asiento para salir del coche sin conseguirlo. Se atrevió a cogerlo por el brazo y tiró, incrédula, y tampoco pudo moverlo de allí. Como aquello era demasiado horrible para ser creído, se quedaron callados mirándose, hasta que ella pensó que su marido estaba loco y fingía no poder salir. Tenía que ir a llamar a alguien para que lo examinase, para llevarlo a donde se tratan las locuras. Cautelosamente, con muchas palabras, le dijo a su marido que esperase un poquito, que no tardaría, iba a buscar ayuda para que saliese, y así incluso podían comer juntos y ella llamaría a la oficina diciendo que estaba acatarrado. Y no iría a trabajar por la tarde. Que se tranquilizase, el caso no tenía importancia, que no tardaba nada.

Pero, cuando ella desapareció en la escalera, volvió a imaginarse rodeado de gente, la fotografía en los periódicos, la vergüenza de haberse orinado por las piernas abajo, y esperó todavía unos minutos. Y mientras arriba su mujer hacía llamadas telefónicas a todas partes, a la policía, al hospital, luchando para que creyesen en ella y no en su voz, dando su nombre y el de su marido, y el color del coche, y la marca, y la matrícula, él no pudo aguantar la espera y las imaginaciones, y encendió el motor. Cuando la mujer volvió a bajar, el automóvil ya había desaparecido y la rata se había escurrido del bordillo de la acera, por fin, y rodaba por la calle inclinada, arrastrada por el agua que corría de los desagües. La mujer gritó, pero las personas tardaron en aparecer y fue muy difícil de explicar.

Hasta el anochecer el hombre circuló por la ciudad, pasando ante gasolineras sin existencias, poniéndose en colas de espera sin haberlo decidido, ansioso porque el dinero se le acababa y no sabía lo que podía suceder cuando no tuviese más dinero y el automóvil parase al lado de un surtidor para recibir más gasolina. Eso no sucedió, simplemente, porque todas las gasolineras empezaron a cerrar y las colas de espera que aún se veían tan sólo aguardaban el día siguiente, y entonces lo mejor era huir para no encontrar gasolineras aún abiertas, para no tener que parar. En una avenida muy larga y ancha, casi sin otro tránsito, un coche de la policía aceleró y le adelantó y, cuando le adelantaba, un guardia le hizo señas para que se detuviese. Pero tuvo otra vez miedo y no paró. Oyó detrás de sí la sirena de la policía y vio también, llegado de no sabía dónde, un motociclista uniformado casi alcanzándolo. Pero el coche, su coche, dio un ronquido, un arranque poderoso, y salió, de un salto, hacia delante, hacia el acceso a una autopista. La policía lo seguía de lejos, cada vez más de lejos, y cuando la noche cerró no había señales de ellos y el automóvil rodaba por otra carretera.

Sentía hambre. Se había orinado otra vez, demasiado humillado para avergonzarse,. Y deliraba un poco: humillado, humillado. Iba declinando sucesivamente alternando las consonantes y las vocales, en un ejercicio inconsciente y obsesivo que lo defendía de la realidad. No se detenía porque no sabía para qué iba a parar. Pero, de madrugada, por dos veces, aproximó el coche al bordillo e intentó salir despacito, como si mientras tanto el coche y él hubiesen llegado a un acuerdo de paces y fuese el momento de dar la prueba de buena fe de cada uno. Dos veces habló bajito cuando el asiento lo sujetó, dos veces intentó convencer al automóvil para que lo dejase salir por las buenas, dos veces en el descampado nocturno y helado donde la lluvia no paraba, explotó en gritos, en aullidos, en lágrimas, en ciega desesperación. Las heridas de la cabeza y de la mano volvieron a sangrar. Y sollozando, sofocado, gimiendo como un animal aterrorizado, continuó conduciendo el coche. Dejándose conducir.

Toda la noche viajó, sin saber por dónde. Atravesó poblaciones de las que no vio el nombre, recorrió largas rectas, subió y bajó montes, hizo y deshizo lazos y desenlazos de curvas, y cuando la mañana empezó a nacer estaba en cualquier parte, en una carretera arruinada, donde el agua de lluvia se juntaba en charcos erizados en la superficie. El motor roncaba poderosamente, arrancando las ruedas al lodo, y toda la estructura del coche vibraba, con un sonido inquietante. La mañana abrió por completo, sin que el sol llegara a mostrarse, pero la lluvia se detuvo de repente. La carretera se transformaba en un simple camino que adelante, a cada momento, parecía perderse entre piedras. ¿Dónde estaba el mundo? Ante los ojos estaba la sierra y un cielo asombrosamente bajo. Dio un grito y golpeó con los puños cerrado el volante. Fue en ese momento cuando vio que el puntero del depósito de gasolina estaba encima de cero. El motor pareció arrancarse a sí mismo y arrastró el coche veinte metros más. La carretera aparecía otra vez más allá, pero la gasolina se había acabado.

La frente se le cubrió de sudor frío. Una náusea se apoderó de él y lo sacudió de la cabeza a los pies, un velo le cubrió tres veces los ojos. A tientas, abrió la puerta para liberarse de la sofocación que le llegaba y, con ese movimiento, porque fuese a morir o porque el motor se había muerto, el cuerpo colgó hacia el lado izquierdo y se escurrió del coche. Se escurrió un poco más y quedó echado sobre las piedras. La lluvia había empezado a caer de nuevo.

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Los cantores rusos, de Iván Turgueniev

La aldehuela de Kolotova era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el sobrenombre de «la Esquiladora», debido a su carácter ávido y de empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle. Las aguas de la primavera y del otoño se juntan en la concavidad del barranco y separan el caserío en dos partes próximas, pero muy diferentes. No se puede echar un puentecillo sobre tal especie de río, cuyo lecho de arcilla está encajado a gran profundidad.

Aunque el aspecto del paraje nada tiene de agradable, no hay habitante de los alrededores que no conozca la aldea y no venga con frecuencia a ella.

Al comienzo del barranco hay una casita aislada de la población. Una chimenea remata su techo de paja; tiene una sola ventana, que se abre hacia el lado del barranco, y en el invierno, cuando la luz de adentro pasa a través de sus cristales, parece un ojo de miradas penetrantes.

Se la ve desde lejos. Sirve a guisa de estrella conductora a los viajeros cuando hay niebla y tiempo brumoso.

Esta «isba» no es otra cosa que una taberna, o un «prytinni», como dicen en el país. Encima de la puerta hay una tabla pintada de azul. El aguardiente que allí se despacha, aunque tan caro como en cualquier parte, es el artículo más acreditado en toda la región, y por eso el propietario, Nicolai Ivanitch, siempre tiene muchos clientes.

Es un hombre forzudo, de mejillas frescas y coloradas. Ahora está algo grueso, sus cabellos blanquean y los rasgos de su cara están hinchados por la grasa. Pero conserva un aire de gran benevolencia.

Hace más de veinte años que habita en el caserío. Es muy listo y posee el don de atraer a los parroquianos, sin gastar nunca amabilidades extraordinarias.

Le gusta a la gente estarse allí, bajo su mirada paternal y cortés. Tiene finura, es escrutador, conoce a fondo a cuantos le rodean y la vida que llevan. Pero nunca se daría a repartir censuras y halagos. Permanece tranquilamente a la sombra, detrás de su mostrador. Cuando la taberna está vacía, se sienta a la puerta y traba conversación con los transeúntes. Ha visto y observado mucho. ¡Conoció a tantos gentileshombres que venían a proveerse de aguardiente en su casa! ¡Cuántos se han arruinado! ¡Cuántos han muerto! Las autoridades civiles le respetan y el «stanovoi» nunca pasa delante de su «isba» sin entrar a saludarle. Verdad que se le deben servicios. Hace algún tiempo detuvo a un ladrón y le obligó a devolver lo que había robado.

Es casado. Su mujer, delgada y flacucha como era, ha engrosado. Supo merecer la entera confianza de su marido y éste le deja llaves y cuidado del negocio, y ella sabe hacerse temer tanto como Nicolai. Tienen hijos todavía pequeños, pero ya inteligentes y astutos, como lo denuncia su cierto aspecto de zorros.

Un día, al empezar la tarde, caminaba yo por lo alto del barranco. Era el mes de julio y hacía un calor tórrido. Volaba en los aires un polvo blanco que sofocaba.

Los cuervos, erizadas las plumas, entreabierto el pico, parecían implorar caridad. Solamente los gorriones no dejaban su griterío y se perseguían piando con la vivacidad de siempre.
Me moría de sed. No tienen pozo los habitantes de esta aldea. Se conforman con el agua barrosa de un estanque cercano. A mí este limo me repugnaba y decidí pedir a Nicolai un vaso de «kvass» o de cerveza.

Sí, como dije, nunca es atrayente el aspecto de la aldea, durante el verano resulta absolutamente espantoso; la deslumbradora claridad del sol hace resaltar toda la fealdad de estos techos de paja. El barranco profundo, una plazuela quemada por el sol y donde se ven algunas gallinas héticas; luego el estanque negro, bordeado de lodo por un lado, y en el otro un dique en ruinas; y más lejos un ribazo donde un rebaño de ovejas busca una brizna de pasto.

Entré en la aldea. Me miraban los chiquillos con aire de asombro. Sus ojos se dilataban para verme mejor y los perros ladraban en todas las puertas. Minutos después llegaba al «prytinni».

Un campesino alto salió a la puerta. Estaba sin sombrero y retenía su capa de frisa un grueso cinturón. Su cara era flaca y una espesa cabellera gris dominaba su frente arrugada; llamaba a alguien y no parecía del todo dueño de sí, indicio cierto de abundantes libaciones.

-¡Ven! -gritaba con voz ronca y realzando las espesas cejas-. Parecería que no puedes arrastrarte siquiera. ¡Vamos, hermano, pronto!

El hombre a quien se dirigía era pequeño, rechoncho y cojo. Venía por el lado derecho de la «isba». Llevaba una larga túnica bastante limpia, un bonete muy puntiagudo, encasquetado, lo que le daba una expresión maliciosa. Una perpetua sonrisa, fina y amable, vagaba constantemente en sus labios.

-¡Voy, querido! -dijo acercándose a la taberna-. ¿Por qué me llamas? ¿Qué ocurre?

-¡Ah!, ¿qué puede hacerse en una taberna, amigo? Hay gente que te espera: Iacka el Turco, Diki Barin y el capataz de Jisdra. Han apostado un cuarto de cerveza a ver quién canta mejor.

-Iacka va a cantar -dijo el recién llegado, es decir, Morgach.

-¿Verdad, hermano? ¿No será molestarse en vano?

-No -dijo el otro, Obaldoni-, cantarán. Hay una apuesta.

-Entremos, entonces -y agachándose pasaron el umbral de la taberna.

Esta conversación me interesó, porque había oído hablar de Iacka el Turco como de un gran cantor. Quise juzgar por mí mismo, alargué el paso y entré en la «isba».

No han entrado muchas personas en una taberna de aldea. Tal vez los cazadores las conozcan porque en todas partes se meten.

Esta clase de establecimientos se componen, ordinariamente, de una entrada oscura. Luego hay una espaciosa pieza dividida por un tabique. Nunca los clientes franquean esta separación, en la que se ha practicado una abertura que permite ver lo que sucede al otro lado. Hay una larga mesa de encina, y sobre esta especie de mostrador el dueño del «prytinni» sirve las bebidas. Detrás del tabique se ven las «chtofs»1 cuidadosamente tapadas. En la parte donde están los parroquianos no hay, generalmente, más que algunas barricas vacías, un banco y una mesa. Y suspendidas en la pared unas groseras «lubot-chnyas».

Mucha gente estaba ya reunida cuando llegué. Nicolai estaba detrás del mostrador, con su aire regocijado, y servía aguardiente a los que iban entrando.

En medio de la pieza estaba Iacka el Turco, hombre de unos veinticinco años, pálida y flaca la cara, de cuerpo delgado y largo. No parecía gozar de buena salud. Sus salientes pómulos, mejillas sumidas y ojos grises, denunciaban un alma apasionada.

Presa de una enorme emoción, temblaban todos sus miembros y su respiración era desigual. Le dominaba la idea de que iba a cantar en público. A su lado había un hombre de más o menos cuarenta años, alto y fuerte. Todo lo contrario de Iacka, sus anchas espaldas hacían juego con sus brazos nerviosos y fuertes. Algo cobrizo el cutis, como el de los tártaros. A primera vista su semblante parecía cruel, pero luego se advertía cierta dulzura reflexiva. Rara vez levantaba los ojos y entonces echaba una ojeada a su alrededor, como un toro bajo el yugo. Su vieja levita parecía raspada, de tan usada, y la corbata era ya una simple hilacha. Así era el llamado Diki Barin por Obaldoni. Frente a ellos estaba sentado el capataz de Jisdra, el rival de Iacka.

Éste era un hombre de estatura mediana, bien formado. Tenía cara cenceña, crespos los cabellos, nariz levantada, era ojizarco y sedosa su barba. Hablaba poco, tenía las manos bajo las piernas, movía un pie, después el otro; y llamaba así la atención sobre sus botas coloradas y sin elegancia. Llevaba un «armiak» de tela gris sobre una camisa roja ceñida al cuello.

A través de la ventana penetraban pocos rayos de sol. Pero eran tales, en la «isba», la oscuridad y la humedad, que no se advertía aquella luz.

El calor sofocante del mes de julio se transformaba allí en una atmósfera de frescura húmeda que le envolvía a uno como en una nube.

Mi llegada molestó al principio a los parroquianos de Nicolai. Pero como vieron que éste me saludaba, todos se inclinaron.

Fui a sentarme en un rincón, al lado de un campesino andrajoso.

-¡Vamos! -gritó Obaldoni, después de haber vaciado de un sorbo su copa de aguardiente. Y añadió algunas palabras extrañas-. ¿Por qué no se comienza? ¿Qué dices, Iacka?

-Sí, empezad -dijo Nicolai.

-Eso quiero yo -dijo el capataz de Jisdra. Y sonrió con suficiencia.

-Yo también -respondió Iacka-. Empecemos en seguida.

-¡Vamos, hijos! -dijo Morgach con voz de falsete-. Hay que comenzar.

-¡Ya es tiempo! -exclamó Diki Barin. Iacka se estremeció.

El capataz, poniéndose en pie, tosió para tomar aplomo. Y preguntó a Diki Barin con voz alterada: -¿Quién ha de cantar primero?

-¡Tú, hermano, tú! -le gritaron al capataz. Movió éste los hombros y miró hacia el techo, callado, con actitud inspirada. Diki Barin propuso: -Que se eche a la suerte y se ponga el cuartillo de cerveza en la mesa.

Nicolai se agachó, levantó del suelo la medida indicada y la puso en el mostrador.

Diki Barin, mirando a Iacka, lo interpeló: -¿Pues bien?…

El joven se hurgó los bolsillos, sacó un «kopeck» y le hizo una marca. El capataz extrajo una linda bolsa de cuero y sacó una moneda nueva y ambas piezas se echaron en el mísero casquete de Iacka.

Morgach metió la mano en el casquete y sacó la moneda del capataz. Suspiró la asamblea; al fin se empezaría.

-¿Qué voy a cantar?

-Lo que tú quieras -se le replicó-. Nosotros vamos a juzgar honradamente.

-Permítaseme toser un poco, para aclararme la voz.

-¡Acabemos, acabemos! -gritó la asamblea-. ¡Despáchate!

El paciente miró hacia arriba, suspiró, removió las espaldas y dio algunos pasos hacia adelante. Antes de relatar la lucha entre ambos cantores, conviene conocer el carácter y los hábitos de los personajes que principalmente intervenían en la escena.
A Obaldoni, cuyo verdadero nombre era Evgraf Ivanof, le llamaban así los campesinos debido a su aire insignificante y siempre alterado. Era un picarón, un «dvoroni» despedido por su amo y que, sin un centavo en el bolsillo, se arreglaba para llevar una vida alegre. Tenía amigos, decía él, que le proveían de té y de aguardiente. Cosa falsa, porque Obaldoni no era de trato tan agradable que se le pudiese hacer regalos. Más bien fastidiaba con su charla continua, su familiaridad confianzuda y sus risotadas nerviosas. No sabía cantar ni bailar, nunca salió de su boca una palabra inteligente, y en las reuniones los campesinos estaban acostumbrados a verle y soportarle como un mal inevitable. Solamente Diki Barin tenía sobre él alguna influencia.

Nada se parecía Morgach a su camarada. Le habían puesto injustamente ese nombre, ya que no guiñaba los ojos. Bien es verdad que en Rusia hay tanta inclinación a poner apodos que no siempre resultan exactos.

Pese a todas mis investigaciones enderezadas a conocer el pasado de este hombre, ciertos períodos de su vida me son absolutamente desconocidos y no creo que los habitantes del país tengan más noticias que yo. Supe que había sido en otro tiempo cochero de una anciana señora y se había escapado con el par de caballos que le habían confiado. No se avino a los fastidios de la vida errante y al cabo de un año volvió todo maltrecho a echarse a los pies de su ama. Varios años de vida ejemplar hicieron olvidar su falta y hasta concluyó por congraciarse de nuevo la voluntad de la anciana, y ésta lo hizo su intendente. Después de morir su ama, se halló, no se sabe cómo, emancipado de la servidumbre, inscrito entre los burgueses. Se convirtió en colono, comerció, y al poco tiempo tenía una pequeña fortuna. Es hombre de gran experiencia, que sólo obra por cálculo y en beneficio propio. Es circunspecto y audaz como el zorro, parlanchín como una vieja. Nunca dice una palabra de más, pero hace decir a los otros lo que éstos hubiesen querido callar. No remeda a los imbéciles como hacen otros. Su mirada fina y penetrante sabe verlo todo sin dejarlo translucir. Es un verdadero observador. Cuando emprende un negocio, se creería que va a fracasar. Sin embargo, todo lo conduce con prudencia y termina por triunfar.

Es feliz, pero supersticioso, y cree en los presagios. Poco querido en el país, eso no le preocupa; se conforma con que le estimen. Tiene un solo hijo, al que cría en su casa. «Es padre igual que su padre», dicen los viejos cuando al anochecer, sentados a la puerta de sus casas, conversan de bueyes perdidos.

Iacka el Turco y el capataz eran bastante menos interesantes. Al primero, de sobrenombre «el Judío», se le puso este apodo por su madre. Era un artista, pero se veía obligado a ganarse el pan en una fábrica de papel.

El capataz era, sin duda, un burgués. Tenía el modo imperioso y decidido que suelen tener las personas de esta clase.

El más interesante y curioso era Diki Barin. Al verle por primera vez llamaba la atención la apariencia ruda de toda su persona. Su salud es la de un Hércules, como si lo hubiesen tallado a hachazos en una encina. Y en esta encina hay vida para diez hombres. Con su exterior grosero, hay en él cierta delicadeza, y quizá provenga ello de la confianza que le inspira su propia fuerza.

Difícil es juzgar, a primera vista, a qué clase pertenece. No parece un «dvorovi» ni un señor Juan Sin Tierra; tampoco puede ser un burgués; acaso un escritor o un ente particular. Un buen día llegó al distrito y se dijo que era un funcionario jubilado, pero sin prueba alguna. Tampoco conocía nadie sus medios de vida. No ejercía ningún oficio y, sin embargo, nunca le faltaba dinero. Como no se preocupaba por nadie, vivía tranquilamente. En ocasiones daba consejos, siempre atendidos.

De una vida casta, bebía moderadamente; su pasión era el canto. Este hombre era, en una palabra, un ser enigmático. Dueño de su prodigiosa fuerza, vivía siempre en un absoluto descanso, tal vez porque un secreto presentimiento le anunciaba que, si se dejaba llevar por ella, semejante fuerza destrozaría todo a su paso y tal vez al mismo que la tenía. Yo creo que algo le había dejado en este sentido la experiencia. Lo que más me sorprendía era la delicadeza de su sentimiento. unida a la crueldad innata. Nunca he visto semejante contraste.

Ahora volvamos al momento en que el capataz se adelantaba hasta el medio de la estancia. Entrecerró los ojos y comenzó a cantar con voz de falsete, agradable, pero no muy pura. La manejaba y hacía vibrar como se hace girar un diamante al sol. Ya eran notas ligeras, finas, ya algo como gotitas de agua cristalina. Dejaba llover melodías deslumbradoras o notas de órgano, grandiosas y altas. En seguida paraba, y luego de una pausa que daba apenas tiempo para un respiro, reprisaba con una audacia arrebatadora. A un aficionado, la audición de esta voz lo hubiese transportado. Pero un alemán la hubiese hallado insoportable.

Era un tenor ligero, un tenor de «grazia» rusa. Añadía a la romanza tantos adornos, tantas florituras, tantos trinos de «grupetti», que me costó trabajo entender el sentido de los versos. Sin embargo, alcancé a entender el siguiente pasaje:

Yo cultivaré, mi bella, un cuadradito de tierra,
y te plantaré, mi bella, flores de la primavera.

No ignoraba el capataz que tenía que vérselas con expertos. Por eso gastaba todos sus esfuerzos para conmover a su auditorio. Lo consiguió perfectamente cuando, en una gama alígera, pasó de la voz de barítono a la de tenor. Diki Barin y Obaldoni no pudieron reprimir un grito de admiración.

-¡Muy bien! ¡Más alto todavía!

Nicolai, sentado en el mostrador, movía la cabeza con satisfacción. Obaldoni marcaba el compás cadenciosamente con los hombros.

Estimulado así el virtuoso, echó una cascada de trinos y efectos de garganta. Era una verdadera caída de sonidos brillantes, hasta que, exhausto, volcó hacia atrás la cabeza dando un último grito. El auditorio unánime aplaudió frenéticamente. Obaldoni le saltó al cuello y lo enlazó con sus huesudos brazos, que por poco ahogan al cantor. La cara hinchada de Nicolai enrojeció juvenilmente y Iacka exclamó como loco:

-¡Ah, el bravo! ¡Qué bien ha cantado!

Mi vecino, el campesino andrajoso, decía golpeando la mesa con el puño:

-¡Qué bien estuvo! ¡Endiabladamente bien! -y escupía.

-¡Qué placer nos has dado! -seguía gritando Obaldoni sin soltar al capataz-. ¡Sí, has ganado!

Iacka no tiene tu fuerza. -Y de nuevo abrazó efusivamente al cantor.

-¡Suéltalo! -le gritaron-. ¿No ves, bruto, que está rendido? ¡Anda! Te has pegado a él como una hoja mojada.

-Bueno, que se siente. Voy a beber a su salud. Extenuado el cantor, se dejó caer en un banco. -Cantas bien -dijo Nicolai recalcando la frase, como quien conoce el valor de sus palabras-. Ahora vamos a oír a Iacka.

-¡Sí, ha cantado muy bien, muy bien! -exclamó de pronto Polecka, la mujer del tabernero.
-¡Ah, esa cabeza cuadrada de Polecka! -dijo Obaldoni-. ¿Qué te pasa, Polecka?

Diki Barin le interrumpió:

-¡Insoportable bestia! ¿Vas a callarte?

-Yo no hago nada -rezongó Obaldoni-. Si… so. lamente que…
-Basta, cállate.

Y Barin se dirigió a Iacka:

-Empieza, hermano.

-No sé lo que es, pero tengo algo aquí, en la garganta. No puedo…

-Nada de remilgos -dijo Nicolai-. Y procura cantar tan bien como el capataz.
Se quedó Iacka durante un rato con la cabeza entre las manos, luego se recostó en la pared.

Tenía el rostro pálido como el de un muerto y los ojos abiertos a medias.

Lanzó un largo suspiro y empezó.

Primero fue un sonido débil, tembloroso, algo como un vago y lejano eco. Produjo una singular impresión.

Siguió un sonido más amplio, más atrevido; con admirable destreza el artista abordó el tono alto. Sabía gobernar su voz e hizo vibrar las notas con extraordinario talento.

Todos nos maravillamos cuando entonó este canto melancólico:

Muchos senderos llevan al bosque florecido.

Estas palabras hicieron gran efecto. Rara vez había oído una voz tan bella expresar tan bien los acentos de la pasión y de la desesperación, de la calma y de la dicha. Era realmente un canto ruso, una romanza que tocaba el corazón.

Iacka se animaba más y más, se dejaba llevar por la inspiración que lo dominaba y que comunicaba a sus oyentes.

Recordé un día en que yo estaba, a la hora de la pleamar, en una playa donde las olas venían a deshacerse tumultuosamente. Una gaviota de blancas alas bajó a posarse cerca de mí. Estaba vuelta hacia el mar cubierto de púrpura, y de cuando en cuando abría sus grandes alas como saludando a las olas y al disco del sol.

Este recuerdo acudió a mi memoria mientras miraba a Iacka, inmóvil ante nosotros y dando toda su alma en la voz y encantándonos con sus hermosas melodías.

Cada una de sus graves notas tenía algo de grande, de vago, como el horizonte de nuestras estepas. Ya me subían las lágrimas a los ojos, cuando alguien empezó a sollozar cerca de mí. Me di la vuelta; era la mujer de Nicolai, que lloraba apoyándose en la ventana.

Iacka miró hacia ella, y desde ese momento su voz fue aún más bella y arrebatadora.

Estábamos todos sobreexcitados. No sé cómo habría concluido aquello si el cantor no se hubiese parado en medio de una nota alta.

Nadie se movió. Nadie dijo una sola palabra. Iacka nos había transportado a un mundo nuevo.

-Iacka -dijo al fin Diki Barin poniéndole una mano en la espalda. Pero no pudo decir más.

El capataz, levantándose, se aproximó, y balbuceó penosamente:

-Tú…, eres tú…, ganaste… Y en seguida salió afuera.

Apenas se hubo marchado, el encantamiento en que estábamos sumergidos empezó a disiparse. Obaldoni dio un salto, procurando reír y agitando sus largos brazos. Morgach felicitó al artista y Nicolai no pudo menos que ofrecer un segundo cuartillo. Diki Barin era feliz y la sonrisa que vagaba en sus labios contrastaba singularmente con la expresión habitual de su rostro.

En cuanto al campesino de los andrajos, lloraba como un niño, y de cuando en cuando le oíamos exclamar:

-¡Que sea yo un hijo de perra si éste no ha cantado bien!

El cantor gozaba su triunfo. Hizo que buscaran al capataz. Pero no se le encontró. Obaldoni llevó a Iacka hasta el mostrador, clamando:

-¡Sigue cantando, canta hasta la noche!

Me retiré después de mirar una vez más a Iacka. Afuera el calor era excesivo, la atmósfera de fuego. En el azul del cielo se hubiera dicho que vagaban puntos luminosos.
No se escuchaba ruido alguno. Y esta calma aumentaba más aún la hermosura de la naturaleza. Agobiado por la fatiga, llegué hasta un cobertizo, donde me tendí sobre las hierbas que acababan de cortar. Tenía el heno un aroma embriagante. Tardé mucho en dormirme. El canto de Iacka resonaba en mis oídos. Pero el cansancio y el calor me dominaron. Desperté cuando ya era de noche. Los últimos resplandores del crepúsculo huían en el horizonte, algunas estrellas brillaban con vivo fulgor. Perduraba en la temperatura mucho calor del día, y con el pecho oprimido se ansiaba un soplo de aire.

En la aldea se encendieron algunas luces, y la ventana de la taberna estaba plenamente iluminada. Llevado por la curiosidad, me dirigí hacia la casa de Nicolai. Miré a través de los cristales y tuve una impresión de repugnancia. Aquellos a quienes había visto por la tarde estaban todavía, pero en completo estado de embriaguez. Iacka tartamudeaba una especie de canción, mientras el campesino andrajoso y Obaldoni intentaban bailar.
Solamente Nicolai, en su carácter de tabernero, conservaba su dignidad. Había algunas personas nuevas, pero Diki Barin ya no estaba.

Dejé la ventana y descendí de la altura en que está la aldea.

Ondas de bruma inundaban la llanura y parecían confundirse con el suelo. Andaba a la ventura, cuando una voz infantil sonó en el oído:

-¡Antropka! ¡Antropka!

La voz callaba, para empezar de nuevo. Resonaba en medio del silencio nocturno. Por lo menos treinta veces se obstinó en gritar. Al fin, desde lejos, en la llanura, alguien respondió:

-¿Qué? ¿Qué… é… é…?

-¡Ven para que padre te pegue! -gritó la criatura.

Ya no hubo respuesta. El niño siguió llamando. incansablemente. Me alejé y di la vuelta a un bosque que precede a mi aldea. La oscuridad era profunda; el nombre de Antropka se oía aún, muy débilmente, en la lejanía.

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El otro hombre, de Miguel Delibes

Si nevaba en la ciudad, se originaba, en cada esquina, un próximo riesgo de romperse la crisma. La nieve caída y pisoteada se endurecía con la helada nocturna y las calles se transformaban en unas pistas relucientes y vítreas, más apropiadas para patinar que para transitar por ellas. Para los chicos, el acontecimiento era tan tentador que bastaba, incluso, para justificar sus ausencias de la escuela.

Y en estas cosas menores, en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, están escondidos muchas veces el destino de los hombres y los grandes cambios de los hombres; a veces su felicidad, a veces su infortunio. Tal le aconteció a Juan Gómez, de veintisiete años, recién casado, usuario de una vivienda protegida de fuera del puente. Hasta aquel día ella no se había dado cuenta de nada. De que le amaba, no le cabía la menor duda. Y, sin embargo, si era así, nada justificaba aquel extraño retorcimiento, algo blando como un asco, que aquella mañana constataba en el fondo de sus entrañas. Que a Juan le faltasen las gafas no justificaba en apariencia nada trascendental, ni había tampoco nada de trascendental en la forma de producirse la rotura, al caer en la nieve la tarde anterior de regreso de la oficina. Y no obstante, al verle desayunar ahora ante ella, indefenso, con el largo pescuezo emergiendo de un cuello desproporcionado y con el borde sucio, mirándola fijamente con aquellas pupilas mates y como cocidas, sintió una sacudida horrible.

—¿Te ocurre algo? ¿Tienes frío? —dijo él.

La interrogaba solícito, suavemente afectuoso, como tantas otras veces, mas hoy a ella le lastimaba el tonillo melifluo que empleaba, su conato de blanda protección.

—¡Qué tontería! ¿Por qué habría de ocurrirme nada? —dijo ella, y pensó para sí: «¿Será un hijo? ¿Será un hijo este asco insufrible que noto hoy dentro de mí?».

Se removía inquieta en la silla como si algo urgente la apremiase y unas manos invisibles la aplastasen implacables contra el asiento. Detrás de los cristales volvía a nevar. Y a ella debería servirle ver caer la nieve tras la ventana, como tantas veces, para apreciar la confortabilidad del hogar, su vida íntima bien asentada, caliente y apetecible. Pero no. Hoy estaba él allí. Juan migaba el pan en el café y mascaba las sopas resultantes con ruidosa voracidad. De repente alzó la cabeza. Dijo:

—Dejaré las gafas en el óptico antes de ir a la oficina. No en Pérez Fernández. Ya estoy escarmentado. Ese lo hace todo caro y mal. Se las dejaré a este de la esquina. Me ha dicho Marcelino que trabaja bien y rápido. Me corren prisa.

Ella no respondió. No tenía nada que decir; por primera vez en diez años le faltaban palabras para dirigirse a Juan Gómez. Sí, no tenía ninguna palabra a punto disponible. Estaba vacía como un tambor. Acumuló sus últimas fuerzas para mirar los ojos romos de él, desguarnecidos, y, por primera vez en la vida, los vio tal cual eran, directamente, sin ser velados por el brillante artificio del cristal. Experimentó un escalofrío. Aquellos ojos evidentemente no eran los de Juan. A ella siempre le gustaron los hombres con lentes; las gafas prestaban al hombre un aire adorable de intelectualidad, de ser superior, cerebral y diligente. Y los de Juan, amparados por los cristales, eran, además, unos ojos fulgurantes, descarados, audaces. Por eso se enamoró de él, por aquellos ojos tan despiadados que para contenerles era necesario preservarles con una valla de cristal. «Estoy pensando tonterías», se dijo. «Lo más seguro es que esto sea un niño. Todas dicen que cuando va una a tener un niño se notan cosas raras y ascos y aversiones sin fundamento.» La voz de él frente a ella la asustó.

—¿Qué piensas, querida, si puede saberse?

El tono de voz de Juan era ahora irritado, suspicaz.

Ella sacudió la cabeza con violencia, y sintió una extraña rigidez en los miembros, algo así como una contenida rebelión. Dijo:

—No sé, no sé lo que pienso. Tengo muchas cosas en la cabeza.

No podía decirle que pensaba en sus ojos, que pensaba algo así como que él no era él: que su personalidad era tan menguada e inestable que desaparecía con las gafas rotas para transmudarle en un pelele. De repente ella se avergonzó de estar conviviendo tranquilamente con aquel hombre. ¿Qué diría Juan, su Juan, cuando regresase del óptico con las gafas arregladas y su mirada fulgurante, descarada y audaz? Volvía él a escrutarla maritalmente, con sus ojos insípidos, mientras sus dientes trituraban ferozmente el panecillo empapado en café con leche. Ella sintió que las pupilas de un extraño buceaban descaradamente bajo sus ropas, tratando de adivinar su escueta desnudez. «Este hombre no tiene ningún derecho a interpretarme así», pensó. «Esto es un atrevimiento desvergonzado. Lo denunciaré, lo denunciaré por allanamiento de persona», se dijo en un vuelo fantástico de la imaginación. Pensó en todo el horror y vergüenza de un adulterio y se puso de pie con violencia. Sin decir palabra dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, pero él se incorporó de un salto y la tomó por la cintura:

—Ven, criatura, dame un beso; me marcho ya.

Ella veía los dos ojos inexpresivos a un palmo de los suyos, dos ojos fofos, como empañados de un vaho indefinible. Y un surco pronunciado, seco como un hachazo, en la parte más alta de la nariz. Cerró los ojos al notar el cuerpo de él junto al suyo, tratando de serenarse. Luego los volvió a abrir. No, decididamente, aquél no era Juan, su Juan, Juan Gómez, de veintisiete años, con sus gafas siempre limpias, impolutas, y un destello vivaz en las pupilas. Era otro hombre; un hombre extraño, que se aprovechaba de la nieve endurecida sobre el pavimento, y de la caída, y de la rotura del cristal. Sintió un vértigo y gritó fuerte. Pero su resistencia avivaba en Juan Gómez una glotona sensualidad. Y Juan Gómez, al besar los labios de su mujer, se dio cuenta de que ella pendía inerte de sus brazos, de que se había desvanecido. Pero no se le ocurrió pensar en estas cosas menores: en que caiga la nieve y la helada la endurezca, en un resbalón y una caída aparatosa, se esconden muchas veces el destino y los grandes cambios de los hombres.

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Cordero asado, de Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel –estaba en el sexto mes del embarazo– había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

–¡Hola, querido! –dijo ella.

–¡Hola! –contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir –como siente un bañista al calor del sol– la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

–¿Cansado, querido?

–Sí –respondió él–, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

–Yo te lo serviré –dijo ella, levantándose.

–Siéntate –dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

–Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? –Le observó mientras él bebía el whisky–. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día –dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

–Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

–No –dijo él.

–Si estás demasiado cansado para comer fuera –continuó ella–, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

–Bueno –agregó ella–, te sacaré queso y unas galletas.

–No quiero –dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

–Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

–No me apetece –dijo él.

–¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

–Siéntate –dijo él–, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada –. Vamos –dijo él–, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

–Tengo algo que decirte.

–¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

–Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo –dijo–, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

–Eso es todo –añadió–, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

–Prepararé la cena –dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

–Por el amor de Dios –dijo él al oírla, sin volverse–, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien –se dijo a sí misma–, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

–Hola, Sam –dijo en voz alta. La voz sonaba rara también–. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

–Hola, Sam –dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

–¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

–Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

–Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche –le dijo–. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

–¿Quiere carne, señora Maloney?

–No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

–¡Oh!

–No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

–Personalmente –dijo el tendero–, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

–¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

–¿Nada más? –El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía–. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

–Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

–¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

–Magnífico –dijo ella–, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

–Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es –se dijo a sí misma–, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

–¡Patrick! –llamó–, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

–¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

–¿Quién habla?

–La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

–¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

–Creo que sí –gimió ella–. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

–Iremos en seguida –dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida –en realidad conocía a casi todos los del distrito– y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

–¿Está muerto? –preguntó ella.

–Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo dela Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno –allí estaba, asándose– y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

–¿A qué tienda ha ido usted? –preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

–No –dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

–Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? –preguntó Jack Nooan.

–No –dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

–Es la vieja historia –dijo él–, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

–¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? –le preguntó–. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

–No tenemos jarrones de metal –dijo ella.

–¿Y un atizador?

–No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

–Jack –dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado–, ¿me quiere servir una bebida?

–Sí, claro. ¿Quiere whisky?

–Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

–¿Por qué no se sirve usted otro? –dijo ella–; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

–Bueno –contestó él–, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

–Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

–¡Dios mío! –gritó ella–. ¡Es verdad!

–¿Quiere que vaya a apagarlo?

–¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

–Jack Nooan –dijo.

–¿Sí?

–¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

–Si está en nuestras manos, señora Maloney…

–Bien –dijo ella–. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

–Ni pensarlo –dijo el sargento Nooan.

–Por favor –pidió ella–, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

–¿Quieres más, Charlie?

–No, será mejor que no lo acabemos.

–Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

–Bueno, dame un poco más.

–Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

–Por eso debería ser fácil de encontrar.

–Eso es lo que a mí me parece.

–Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

–Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

–Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

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Se encienden las luces, de Alberto J. Parra

La costumbre de contar historias nos ha acompañado desde siempre, y ahora se ha convertido en necesidad. En el pasado nos abrumaban los giros dramáticos y disfrutábamos esos agregados que nunca podremos corroborar pero dan sentido y sazón al relato. Hoy escuchamos lo que otros cuentan con el mismo interés, pero tenemos un motivo agregado, un acuerdo silencioso entre el orador y su audiencia. Queremos saber.

Queremos saber qué esta ocurriendo al otro lado del Margen Rojo. Debemos enterarnos cuando una nueva amenaza comienza a hacerse patente. Buscamos rellenar los espacios vacíos y completar el rompecabezas para comprender lo que ocurre en Nuestras Tierras antes de que seamos tragados por lo que sea que venga por nosotros. Tenemos miedo, miedo a desconocer. Para eso están los escenarios locales.

El que Valmus dirige no era más que un tugurio mal iluminado y propenso al derrumbe hasta hace poco. Pero incluso en sus tiempos más oscuros, La Fuente no pasaba una noche sin que una historia fuese contada tras el brillo tenue de los cilindros de cristal. Antes de cada amanecer, algún espectador se convertía en orador por una hora o dos y declaraba sus verdades, revelaba un mar de nuevos datos entremezclados con su propia imaginación. Aportaban claridad o un poco más de confusión a las historias, respondían preguntas y formulaban nuevas. En La Fuente, Valmus comprobó que todos los hijos de mujer tienen una historia, aunque no sepan cómo transmitirla.

La noche cuyo recuento se extendió por todas Nuestras Tierras como una enfermedad comenzó como todas. Valmus bajó del segundo piso, encendió las barras de cristal y comenzó a prepararse para abrir su local bajo aquellas luminarias defectuosas, tan viejas como el mismo establecimiento. El individuo cuyo relato nos compete llegó a media noche, y para ese momento aún nadie había subido al escenario. Era un joven lleno de pecas en la nariz, de aspecto inocente y bonachón, pero con unas manos enormes y repletas de cayos que contrastaban con su aspecto frágil y delicado. Su nombre era Tobías, y se presentó como el ayudante de un herrero local que desapareció un par de semanas atrás llevándose consigo un enorme cargamento de metales sagrados. A simple vista, un crimen escabroso. Pero la historia de Tobías reveló que más allá de la ética cuestionable había algo más detrás de su conducta que requería de la más solícita atención. Su recuento abrió las puertas a tantas preguntas, que hoy, años después del incidente, la mayoría siguen sin contestar.

Cuando Tobías caminó al escenario parecía nervioso, aunque cualquiera se daría cuenta más tarde de que esa no era más que su apariencia habitual. Era un jovencito desproporcionado e inseguro, y su aspecto era muy diferente a las nuevas adaptaciones que circulan por todo el continente. Tras mirar a su público con aspecto confundido, tomó un respiro y comenzó a hablar.

Lo que estoy a punto de contar ocurrió hace un par de semanas en el taller donde trabajé desde mi infancia. Entre todos los acontecimientos de mi vida, es el que más me ha causado honda impresión.

Fui aprendiz de Arreno, a quien siempre he considerado un genio en el arte de forjar armas y a quien admiro incluso después de presenciar su partida.

Arreno era un hombre dedicado a su arte, y como parte de sus invenciones llegó a experimentar distintas técnicas y aleaciones de metal y cristal sagrado para obtener las armas más estilizadas y confiables, dignas de un noble o de un profesor de esgrima.

Pero desde hacía unos meses mi maestro comenzó a ausentarse más de la cuenta, absorto en una nueva creación, sediento de conocimiento y lleno de preguntas sin responder. Su arte le llevó a desdoblar las capas más profundas del cristal para dar mayor cabida y flexibilidad al espíritu de la espada. Sus intentos rallaban en la herejía y muchas veces se lo dije, pero nunca me escuchó. Replicaba que era muy joven para entenderlo y que se estaba acercando al punto en el que permitiría danzar a las espadas a su propio ritmo, contribuyendo al baile de la muerte con sus propios movimientos expertos.

Su pasión se convirtió pronto en obsesión y aquel día, al ver en su rostro la desesperación más profunda, me dispuse a seguirlo hasta su ala del taller.

Lo que vi esa noche trastornó mi arte de la herrería, y habiendo pasado semanas desde el acontecimiento aún me hace saltar el corazón con violencia. El recinto estaba oscuro, pero veía claramente sus golpes al metal candente, su rostro y su cuerpo frente al fuego. Su enorme martillo y el gotero con el que vertía la esencia de cristal a la base de metal. Su libro de invocaciones y los círculos de poder alrededor de su mesa de trabajo. Todo parecía en orden hasta que pude ver una silueta en el hierro ardiente cuando comenzó a unirse con el cristal. Parecía una cicatriz o una brecha en la espada, y aunque su interior era apenas perceptible desde mi posición, sentía como si pudiera verlo claramente y de cerca. Sentía como si estuviera dentro de aquella brecha oscura y llena de la nada. Era como un abismo profundo, un abismo confuso, como ver desde arriba la caída de un acantilado o desde abajo el campanario más alto, todo a la vez e inquietantemente distorsionado, como si el agujero mismo se burlase de las formas y sus proporciones. Como si se burlase del tiempo y el espacio que lo rodeaba.

No estoy seguro cuánto paso hasta que escuché la voz de la espada en mi mente. Pensé que se dirigía a mi pero le hablaba a Arreno. Le decía lo que debía hacer a continuación y le mostraba en lo más profundo de sus entrañas las herramientas que necesitaría para lograrlo. Sus palabras eran burla y engaño, pero su invitación era tan irresistible que sin darme cuenta estuve a punto de acercarme a la mesa de trabajo para ayudarle.

Me percaté justo a tiempo y volví mis pasos, escondiéndome entre los colgantes de su antecámara. Volví a mirar y pude notar la mirada perdida de mi maestro, sus ojos profundamente clavados en la hendidura, y sus manos realizando los movimientos requeridos para completar su labor. Y fue entonces cuando escuché nuevamente la voz de la grieta, pero esta vez se dirigía a mi. Me invitaba a cumplir con mi labor de ayudante en el paso más importante de la carrera de mi maestro. Me prometió acceso a las artes arcanas más selectas, capaces de forjar armas vivas y llenas de un poder abrumador, mayor que el de cualquier portador. Me mostró las riquezas que tendría a mi alcance y me llevó a los palacios del mas allá donde moran los espíritus de las armas.

Pero al negarme, el brillo se convirtió en oscuridad y toda mi visión se convirtió en sangre y hedor. Me desmayé ante la impresión de la visión frente a mi y la intensa fetidez a muerte y descomposición. Y al despertar mi maestro había desaparecido. La espada con la grieta no estaba por ninguna parte. Y los materiales con los que mi maestro realizaba su arte se habían ido también.

Solo encontré esa noche una inscripción grabada en su mesa de trabajo que no había leído nunca antes, y cuyas palabras dicen con trazos claros y profundos:

«Cuando estés listo lo sabré»

Aunque no he vuelto a ver la inscripción en la mesa de trabajo, confiscada por quienes aún se encargan de investigar el paradero de mi maestro, todavía sigo percibiendo desde donde sea que se encuentre, en el fondo negruzco de sus trazos, una estela de la grieta que vi en la espada. Sigue riéndose de mi en mis recuerdos o a la distancia, no lo sé; sigue desdoblando las proporciones de la materia dentro de mis pensamientos y jugando con las proporciones de la madera cortada como una enfermedad que carcome la carne, la materia inerte, y el hilar de los pensamientos.

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La niña que no tuve, de Rodrigo Rey Rosa

A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto –«con un margen de dos o tres semanas»– la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: «Me temo que no hay nada más que nosotros podamos ha­cer», le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.

Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.

La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.

–¿Cómo te sientes? –le pregunté, y le besé la frente.

–Mal –dijo, y agregó–: voy a morirme, ¿verdad? Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor acerca de la posibilidad de su muerte.

–No creo –le dije–. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.

–Yo también quiero sobrevivir –dijo con una seriedad conmovedora–. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.

Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.

–Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.

–¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos–. Eso sería en febrero.

Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.

Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que, al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.

–¿Adónde quieres ir? –me preguntó.

–A donde tú quieras –dijo inmediatamente:

–A un lugar al que nunca hayamos ido.

Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.

Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión se introdujo furtiva­mente en el corredor.

–Un drogadicto –dijo ella, y el hombre pudo oírla.

–Tal vez –dije.

En la calle, me recriminó:

–Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.

–Tal vez te oyó.

–Y qué, es la verdad.

–A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella, –Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo–:

–Supongo que no.

En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.

–¿Por qué no vamos a Times Square?

Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyere. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.

Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.

El cemento era tan duro en la calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.

En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.

Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.

Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.

Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo:

–Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.

–Pero linda, hacía un día hermoso.

–Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?

Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.

–Claro, preciosa –dije después–. Perdona, pero nadie es perfecto –me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.

Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.

–Papi –me dijo–, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.

Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabella.

–Sí, mi niña –dije con una sonrisa confundida–, un día de éstos te lo explicaré.

–¿Me lo prometes?

Asentí con la cabeza.

–No –insistió–, quiero que lo digas. Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.

–¿Cuándo? –preguntó.

–Ya son la siete, cómo corre el tiempo –le dije–. Desde luego, hoy no.

Hizo una mueca.

–Sí –dijo–, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores. La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.

–La luz –dijo.

Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.

Publicado en Cuentos

Funes, el memorioso, de Jorge Luis Borges

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.

Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.

Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.

No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, elThesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por yj por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:

El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.

En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vaciadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.

La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.

Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, la caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.

Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

Publicado en Cuentos

¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de León Tolstoi

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. «Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra –pensaba a menudo– los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

«Qué te parece –pensó Pahom–. Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.»

Así que decidió hablar con su esposa.

–Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

«¿Por qué he de sufrir en este agujero –pensó– si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo».

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

«Si todas estas tierras fueran mías –pensó–, sería independiente y no sufriría estas incomodidades.»

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

–Sólo debes hacerte amigo de los jefes –dijo–. Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

«Vaya –pensó Pahom–, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte.»

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

–De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

–¿Y cuál será el precio? –preguntó Pahom.

–Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

–¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

–No sabemos calcularlo –dijo el jefe–. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

–Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra –dijo.

El jefe se echó a reír.

–¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

–¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

–Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

«¡Qué gran extensión marcaré! –pensó–. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado.»

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

–Es hora de despertarlos –se dijo–. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

–Es hora de ir a la estepa para medir las tierras –dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

–Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

–Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

–Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

–No importa –dijo al fin–. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

«No debo perder tiempo –pensó–, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco.»

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

–He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas –se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

«Seguiré otros cinco kilómetros –pensó–, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra.»

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

«Ah –pensó Pahom–, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento.»

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

«Bien –pensó–, debo descansar.»

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: «Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo».

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. «Sería una pena excluir ese terreno –pensó–. El lino crecería bien aquí.». Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

«¡Ah! –pensó Pahom–. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto.» Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

«No –pensó–, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.»

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

«Cielos –pensó–, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?»

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

«Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol.»

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. «Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora», pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

«Hay tierras en abundancia –pensó–, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!».

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

«Todo mi esfuerzo ha sido en vano», pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

–¡Vaya, qué sujeto tan admirable! –exclamó el jefe–. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Publicado en Cuentos

Un día resbaladizo, de Carlos Castán

Yo sabía que aquella faldita de cuadros con los leotardos debajo iba a alterar a María porque a mí mismo, a distancia, ya me había dado un vuelco el corazón. Pude, aun con todo, reaccionar a tiempo y disimuladamente le hice cambiar de acera con un pretexto vago pero urgente que ahora no recuerdo.

No quería que viera a aquella niña que, entre las piernas de una pareja de adultos, se afanaba de puntillas por alcanzar a ver un escaparate iluminado vestida con una ropa tan parecida a la de nuestra hija. No quería que la viera porque esa silueta en el contraluz de la vidriera tenía además su tamaño y sus coletas. Sabía que no podría soportarlo porque yo no podía soportarlo, aunque de hecho no hacía otra cosa más que eso, soportarlo, de la misma manera que quedé cristalizado y sin embargo andaba y gesticulaba, que juraría haber llorado y mis ojos permanecieron secos, que quedé sin habla y no paraba de hablar intentando llamar la atención de mi mujer en dirección opuesta, señalándole sombras de la noche, objetos lejanos, cómo entre la llovizna de octubre las farolas dejaban caer sobre las cosas un débil vapor amarillento. A veces, simplemente no mirar se hace más duro que un penoso esfuerzo físico, no mirar a aquella niña que apoyaba sus manitas en el cristal, volver la vista, renunciar a toda esa dolida ternura y fingir interés por cosas que en realidad resbalan, colocadas en medio de la tarde para resbalar en la mirada. La tarde húmeda de otoño repleta de objetos resbalosos, hecha de calles mojadas resbaladizas y gotas de agua en torno a la luz y en los escaparates deslizándose.

De repente el estrépito y los gritos de los transeúntes nos hicieron volver sobre nuestros pasos. La niña, al tiempo que gritaba “mamá”, había pretendido cruzar la calle en diagonal hacia donde estábamos, se había escurrido en el asfalto y al camión de las gaseosas no le dio tiempo a detenerse. Frenó pero patinó, dijeron. En seguida la gente se arremolinó en la calzada, dejaban sobre los charcos las bolsas con sus compras, se deshacían despreocupadamente de sus paraguas, no tiene importancia, el caso es ayudar, enterarse bien de todo, señalar al culpable, correr al teléfono, ofrecer una tila, no pudo usted hacer nada, ya lo vimos, se le echó encima, a mí casi me ocurre la semana pasada. Al cielo preguntaban a berridos “¿de dónde ha salido esta niña?, ¿de quién es la niña?”. Los presuntos padres de la cría, los que estaban con ella junto al escaparate, pertenecían ahora al grupo de los interrogadores. Caí en la cuenta de esto apenas un instante antes de oír la voz de mi mujer imponerse claramente en el agitado desorden: “¡Es mi hija! ¡Retírense, es mi hija!”.

Es ésta la estación de los patinazos. Resbalan personas y cosas sobre la tierra, acaso también sucesos o días enteros que caen en silencio como esas estrellas viejas que se desploman en mitad de la noche o las hojas de los árboles que se desprenden dejando por todas partes dorados montones de tristeza.

No pudo hacerse nada por ella. Como casi siempre ocurre, también esta vez fue tarde. Compadecidos de nuestro estado nos han facilitado el papeleo, las pastillas y todo lo demás, nos hemos sentido arropados a pesar de no tener familia en este país tan lejano del nuestro. La maestra de la pequeña nos ha dicho que la última semana la niña anduvo lejana y despistada, le extrañó todos los días el mismo vestido gris, y tan tristona, despeinada, dijo, quizá cansada. Nos han llevado en volandas nuevamente al cementerio donde hemos creído morir otra vez mientras nos despedíamos de la niña. Aunque mi mujer y yo juraríamos haberla enterrado dos jueves atrás, haber pasado ya por ese trago, haberlo soportado todo abrazados bajo el mismo paraguas, las náuseas, el temblor de piernas, todo, todo igual que esta tarde.

Hace dos jueves. Todo igual. Hubiéramos asegurado entonces que no era posible sufrir más. Que no era posible volver a sentir alegría pero tampoco un dolor tan punzante como el de ese momento. Ese otro jueves perdido en la lluvia de este mismo otoño resbaladizo la dejamos en este mismo recinto, muy cerca de aquí, en una tumbita pequeña que esta tarde, con tantos nervios y tanta agua y tan poca fuerza en las piernas, no hemos sabido hallar.