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Aceite de perro, de Ambrose Bierce

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre.

No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. «Después de todo», me dije, «no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente». En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.

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El baile, de Irene Nemirovsky

1
La señora Kampf entró en la sala de estudios y cerró la puerta con tal brusquedad que la araña de cristal tintineó con un leve y puro sonido de cascabel, todos sus colgantes agitados por la corriente de aire. Pero Antoinette no dejó de leer, tan encorvada sobre el pupitre que sus cabellos tocaban las páginas. Su madre la contempló unos instantes sin hablar, antes de plantarse delante de ella con los brazos cruzados.
—Podrías hacer un esfuerzo al ver a tu madre —exclamó—. ¿No crees, hija mía? ¿O tienes el trasero pegado a la silla? Qué distinción… ¿Dónde está miss Betty?
En la habitación contigua, el ruido de una máquina de coser daba ritmo a una canción, un What shall I do, what shall I do when you’ll be gone away cantado melancólicamente por una voz torpe y fresca.
—Miss —llamó la señora Kampf—, venga aquí.
—Yes, Mrs. Kampf.
La menuda inglesa, con las mejillas encendidas, los ojos estupefactos y dulces, un moño color miel en torno a su pequeña cabeza redonda, se deslizó por la puerta entreabierta.
—La he contratado —empezó severamente la señora Kampf— para vigilar e instruir a mi hija, ¿no es así? No para que se haga vestidos… ¿Es que Antoinette no sabe que debe ponerse en pie cuando entra mamá?
—Oh! Ann-toinette, how can you? —dijo la miss con una especie de gorjeo apagado.
Antoinette se había puesto de pie y se mantenía en torpe equilibrio sobre una pierna. Era una jovencita alta y plana de catorce años, con la palidez propia de esa edad, y la cara tan descarnada que parecía, a los ojos de las personas mayores, una mancha redonda y clara, sin rasgos, con los párpados bajos, ojerosos, la pequeña boca cerrada… Catorce años, senos que ya pujaban bajo el estrecho vestido de colegiala, incomodando al cuerpo endeble, aún infantil; pies grandes y dos largos caños rematados en manos rojas, de dedos manchados de tinta, que un día tal vez se convertirían en los brazos más bellos del mundo; nuca frágil y cabellos cortos, sin color, secos y finos…
—Comprenderás, Antoinette, que hay para desesperarse con tus modales, pobre hija mía… Siéntate. Voy a volver a entrar y me harás el favor de levantarte inmediatamente, ¿entiendes?
La señora Kampf retrocedió unos pasos, salió y abrió la puerta por segunda vez. Antoinette se levantó con una lentitud desganada tan evidente que su madre apretó los labios con aire amenazador y preguntó:
—¿Le molesta a la señorita?
—No, mamá —dijo Antoinette en voz baja.
—Entonces ¿por qué pones esa cara?
Antoinette sonrió con una especie de esfuerzo laxo y penoso que deformó sus rasgos dolorosamente. A veces odiaba tanto a las personas mayores que querría matarlas, desfigurarlas, o bien gritar: «Sí, me molestas», golpeando el suelo con el pie; pero temía a sus padres desde muy niña. En otro tiempo, cuando Antoinette era más pequeña, su madre la sentaba a menudo sobre las rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba. Pero eso Antoinette lo había olvidado. En cambio, en lo más profundo de su ser conservaba el sonido, los estallidos de una voz irritada pasando por encima de su cabeza, «esta niña que está siempre encima de mí», «¡otra vez me has manchado el vestido con los zapatos sucios!, ¡al rincón, así aprenderás, ¿me has oído?, pequeña imbécil!». Y un día… por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuerza que los viandantes habían vuelto la cabeza: «¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?», y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla. «Y ahora qué, niña». ¡Oh!, aquellas risas burlonas que la habían perseguido mientras caminaba, la cabeza gacha, por la oscura calle otoñal. Las luces danzaban a través de sus lágrimas. «¿Aún no has terminado de lloriquear? ¡Oh, qué carácter! Cuando te corrijo, es por tu bien, ¿es así o no? ¡Ah!, y además, te aconsejo que no empieces otra vez a ponerme nerviosa». Qué malas personas… Y ahora, encima, expresamente para atormentarla, para torturarla y humillarla, de la mañana a la noche se ensañaban con ella: «¿Qué manera es ésa de coger el tenedor?» (delante del criado, Dios mío), o «Enderézate; al menos que no parezcas jorobada». Tenía catorce años, era una jovencita y, en sus sueños, una mujer amada y hermosa… Los hombres la acariciaban, la admiraban, como André Sperelli acaricia a Hélène y Marie, y Julien de Suberceaux a Maud de Rouvre, en los libros… El amor… Se estremeció. Su madre terminaba:
—… Y si crees que le pago a una inglesa para que tengas esos modales, estás muy equivocada, niña… —Y bajando la voz, al tiempo que apartaba un mechón que cruzaba la frente de su hija, añadió—: Siempre te olvidas de que ahora somos ricos, Antoinette… —Se volvió hacia la inglesa—: Miss, tengo muchos encargos para usted esta semana. Daré un baile el quince.
—Un baile —murmuró Antoinette abriendo los ojos como platos.
—Pues sí —confirmó la señora Kampf con una sonrisa—, un baile… —Miró a su hija con expresión de orgullo, luego señaló a la inglesa a hurtadillas frunciendo las cejas—. No le habrás comentado nada, supongo.
—No, mamá, no —se apresuró a decir Antoinette.
Conocía esa preocupación constante de su madre. Al principio —hacía dos años de eso—, cuando habían abandonado la vieja rue Favart tras el genial golpe en la Bolsa de Alfred Kampf, con la bajada del franco primero y la libra después en 1926, que los había hecho ricos, todas las mañanas a Antoinette la llamaban a la habitación de sus padres; su madre, todavía en la cama, se arreglaba las uñas; en el aseo contiguo, su padre, un judío menudo y enjuto de ojos ardientes, se afeitaba, se lavaba, se vestía con la exagerada rapidez de todos sus gestos, que en otro tiempo le había granjeado el apodo de «Feuer» entre sus camaradas, los judíos alemanes, en la Bolsa. Allí había estado estancado, en los grandes mercados, durante años… Antoinette sabía que anteriormente había sido empleado del Banco de París, y en un pasado aún más lejano, botones en la puerta del banco, con librea azul. Un poco antes de nacer Antoinette, se había casado con su amante, la señorita Rosine, la dactilógrafa del dueño. Durante once años habían vivido en un pequeño apartamento oscuro, detrás de la Ópera Cómica. Antoinette recordaba que pasaba a limpio sus deberes por la noche, en la mesa del comedor, mientras la criada fregaba los platos con estrépito en la cocina y su madre leía novelas, acodada bajo la lámpara, una grande con un globo de vidrio esmerilado en el que brillaba el impetuoso chorro de gas. A veces emitía un hondo suspiro irritado, tan fuerte y brusco que Antoinette daba un respingo en la silla. Kampf preguntaba: «¿Qué te pasa ahora?», y Rosine respondía: «Me duele el corazón de pensar en toda esa gente que vive bien y es feliz, mientras que yo me paso los mejores años de mi vida en este sucio agujero zurciéndote los calcetines…».
Kampf se encogía de hombros sin decir nada. Entonces, la mayoría de las veces, Rosine se volvía hacia Antoinette. «Y tú, ¿qué estás escuchando? ¿Te interesa lo que dicen los mayores?», exclamaba con humor. Luego concluía: «Sí, anda, hija mía, si esperas que tu padre haga fortuna como promete desde que nos casamos, ya puedes esperar sentada, que va para largo. Te harás mayor y estarás aquí, como tu pobre madre, esperando…». Y cuando decía esa palabra, «esperando», por sus facciones duras, tensas, hurañas, cruzaba cierta expresión patética, profunda, que conmovía a Antoinette a su pesar y a menudo le hacía acercar instintivamente los labios a la mejilla materna.
«Pobrecita mía», decía entonces Rosine acariciándole la frente. Pero una vez exclamó: «¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también», y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar, como apretones de manos entre desconocidos.
Y después, un buen día se hicieron ricos de golpe, ella nunca había llegado a comprender muy bien cómo. Se habían ido a vivir a un gran piso blanco, y su madre había hecho que le tiñeran el cabello de un bonito dorado completamente nuevo. Antoinette lanzaba miradas asustadizas a aquella cabellera resplandeciente que no reconocía.
—Antoinette —ordenaba la señora Kampf—, repite conmigo. ¿Qué has de responder cuando te pregunten dónde vivíamos el año pasado?
—Eres una estúpida —decía Kampf desde el cuarto de aseo—, ¿con quién quieres que hable la niña? No conoce a nadie.
—Yo sé lo que me digo —respondía su mujer alzando la voz—. ¿Y los criados?
—Si la veo diciéndoles a los criados una sola palabra, tendrá que vérselas conmigo, ¿has comprendido, Antoinette? Ella ya sabe que tiene que callar y aprenderse sus lecciones, y ya está. No se le pide nada más… —Y volviéndose hacia su mujer—: No es imbécil, ¿sabes?
Pero en cuanto él se iba, la señora Kampf volvía a empezar:
—Si te preguntan alguna cosa, Antoinette, dirás que vivíamos en el Midi todo el año. No es necesario que especifiques si era Cannes o Niza, di solamente el Midi… a menos que te lo pregunten; entonces, es mejor que digas Cannes, es más distinguido… Pero naturalmente, tu padre tiene razón, sobre todo debes callar. Una niña debe hablar lo menos posible con los mayores.
Y la echaba con un gesto de su hermoso brazo desnudo, que había engordado un poco, en el que brillaba el brazalete de diamantes regalo reciente de su marido, que no se quitaba más que para bañarse. Antoinette recordaba todo eso vagamente, mientras su madre preguntaba a la inglesa:
—¿Tiene Antoinette la letra bonita, al menos?
—Yes, Mrs. Kampf.
—¿Por qué? —preguntó la aludida tímidamente.
—Porque podrás ayudarme esta noche a escribir los sobres —explicó su madre—. Tengo que enviar casi doscientas invitaciones, ¿comprendes? No lo conseguiré yo sola… Miss Betty, autorizo a Antoinette a acostarse hoy una hora más tarde de lo habitual… Estarás contenta, espero —añadió volviéndose hacia su hija.
Pero como Antoinette callaba, sumida de nuevo en sus ensoñaciones, la señora Kampf se encogió de hombros.
—Siempre está en la luna, esta niña —comentó a media voz—. Un baile, ¿no te sientes orgullosa, acaso, al pensar que tus padres van a ofrecer un baile? No tienes mucho empuje, me temo, pobre hija mía —concluyó con un suspiro, y se fue.

2
Aquella noche, Antoinette, a quien la inglesa llevaba a acostarse por lo común al dar las nueve, se quedó en el salón con sus padres. Entraba en él tan pocas veces que examinó con atención los artesonados blancos y los muebles dorados, como cuando visitaba una casa desconocida. Su madre le mostró un pequeño velador donde había tinta, plumas y un paquete de cartas y sobres.
—Siéntate aquí. Voy a dictarte las direcciones. ¿Viene usted, querido amigo? —dijo en voz alta a su marido, ya que el sirviente estaba quitando la mesa en la estancia contigua. Desde hacía varios meses, en su presencia los Kampf se trataban de «usted».
Cuando el señor Kampf se acercó, Rosine bisbiseó:
—Oye, despide al criado, ¿quieres? Me molesta… —Pero al sorprender la mirada de Antoinette, se sonrojó y ordenó enérgicamente—: A ver, Georges, ¿va a acabar pronto? Arregle lo que falte y ya puede subir…
A continuación, los tres se quedaron en silencio, petrificados en sus asientos. Cuando el sirviente salió, la señora Kampf dejó escapar un suspiro.
—En fin, detesto a ese Georges, no sé por qué. Cuando sirve la mesa y lo noto a mi espalda, se me quita el apetito… ¿De qué te ríes como una tonta, Antoinette? Vamos, a trabajar. ¿Tienes la lista de invitados, Alfred?
—Sí —respondió Kampf—, pero espera que me quite la chaqueta, tengo calor.
—Sobre todo —dijo su mujer—, no se te ocurra dejarla aquí como la otra vez… Por la cara que ponían Georges y Lucie me di cuenta perfectamente de que les parecía extraño que estuvieras en mangas de camisa en el salón…
—Me importa un bledo la opinión de los sirvientes —refunfuñó Kampf.
—Cometes un error, amigo mío, son ellos los que crean una reputación yendo de una casa a otra y contándolo todo…
»Jamás me habría enterado de que la baronesa del tercer…
Bajó la voz y susurró unas palabras que Antoinette no llegó a oír, pese a sus esfuerzos.
—… de no ser por Lucie, que estuvo en su casa tres años.
Kampf sacó de su bolsillo una hoja de papel cubierta de nombres y tachaduras.
—Empezaremos por la gente a la que conozco, ¿no es eso, Rosine? Escribe, Antoinette. El señor y la señora Banyuls. No sé la dirección; tienes el anuario a mano, ya buscarás a medida que…
—Son muy ricos, ¿verdad? —murmuró Rosine con respeto.
—Mucho.
—¿Tú crees que querrán venir? No conozco a la señora Banyuls.
—Yo tampoco. Pero tengo trato con el marido por negocios, eso basta… Al parecer su mujer es encantadora, y además no la reciben mucho en su círculo, después de que se viera mezclada en aquel asunto… ya sabes, las famosas orgías del Bois de Boulogne, hace dos años.
—Alfred, por favor, la niña…
—Pero si ella no entiende nada. Escribe, Antoinette… A pesar de todo, es una mujer muy distinguida para empezar…
—No te olvides de los Ostier —dijo Rosine con viveza—; parece que organizan unas fiestas espléndidas…
—El señor y la señora Ostier d’Arrachon, con dos erres, Antoinette… De éstos, querida, no respondo. Son muy estirados, muy… Antaño la mujer fue… —Hizo un gesto.
—¿De veras?
—Sí. Conozco a alguien que en otro tiempo la vio a menudo en una casa cercana a Marsella… Sí, sí, te lo aseguro… Pero hace mucho tiempo de eso, casi veinte años; con el matrimonio se refinó completamente, recibe a gente muy distinguida, y para las relaciones es extremadamente exigente… Por regla general, al cabo de diez años, todas las mujeres que han corrido mucho acaban siendo así.
—Dios mío —suspiró la señora Kampf—, qué difícil es…
—Es preciso seguir un método, querida. Para la primera recepción, más y más gente, cuantas más caras mejor. Es sólo en la segunda o la tercera cuando se empieza a escoger. Esta vez hay que invitar a diestro y siniestro.
—Pero si al menos estuviéramos seguros de que vendrán todos… Si alguien rechaza la invitación, creo que me moriré de vergüenza.
Kampf rió silenciosamente con una mueca.
—Si alguien rechaza la invitación, le invitarás de nuevo la próxima vez, y de nuevo la siguiente… ¿Sabes lo que te digo? En el fondo, para avanzar en el mundo no hay más que seguir al pie de la letra la moral del Evangelio.
—¿Sí?
—Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla… El mundo es la mejor escuela de humildad cristiana.
—Me pregunto —dijo ella vagamente sorprendida— de dónde sacas todas esas tonterías, amigo mío.
Kampf sonrió.
—Vamos, vamos, continuemos… En este trozo de papel hay unas cuantas direcciones, Antoinette, sólo tendrás que copiarlas.
La señora Kampf se inclinó sobre el hombro de su hija, que escribía sin levantar la frente:
—Es verdad que tiene una letra muy bonita, muy formada… Dime, Alfred, ¿el señor Julien Nassan no es el que estuvo en prisión por ese asunto de la estafa?
—¿Nassan? Sí.
—¡Ah! —murmuró Rosine con cierto asombro.
Kampf dijo:
—Pero ¿con qué me sales ahora? Ha sido rehabilitado, lo reciben en todas partes, es un muchacho encantador y sobre todo un hombre de negocios de primera categoría…
—Señor Julien Nassan, avenida Hoche, número veintitrés bis —releyó Antoinette—. ¿Y después, papá?
—No hay más que veinticinco —gimió la señora Kampf—. Jamás vamos a encontrar doscientas personas, Alfred…
—Claro que sí; no empieces a ponerte nerviosa. ¿Dónde está tu lista? Todas las personas que el año pasado conociste en Niza, en Deauville, en Chamonix…
Su mujer cogió un cuaderno de notas que había sobre la mesa.
—El conde Moïssi, el señor, la señora y la señorita Lévy de Brunelleschi y el marqués de Itcharra: es el gigoló de la señora Lévy, siempre los invitan juntos…
—¿Hay un marido al menos? —preguntó Kampf con aire dubitativo.
—Por supuesto, son personas muy distinguidas. Hay otros marqueses, ¿sabes?, hay cinco… El marqués de Liguès y Hermosa, el marqués… Oye, Alfred, ¿se ha de usar el título cuando se habla con ellos? Creo que es mejor, ¿no? Nada de señor marqués como los criados, naturalmente, sino: querido marqués, mi querida condesa… Sin eso, los demás no se darían cuenta siquiera de que recibimos a gente con título.
—Si pudiéramos pegarles una etiqueta en la espalda… Eso te gustaría, ¿eh?
—¡Oh!, tú y tus bromas idiotas… Vamos, Antoinette, date prisa en copiarlo todo, niña.
Antoinette escribió un poco más y luego leyó en voz alta:
—El barón y la baronesa Levinstein-Lévy, el conde y la condesa du Poirier…
—Son Abraham y Rébecca Birnbaum, que han comprado el título. Es una idiotez, ¿no?, hacerse llamar du Poirier… Pero si vamos a eso, yo… —Se sumió en una profunda ensoñación—. Conde y condesa Kampf, simplemente —murmuró—, no suena mal.
—Espera un poco —le aconsejó Kampf—. No antes de diez años…
Rosine se puso a escoger tarjetas de visita lanzadas en desorden a una copa de malaquita adornada con dragones chinos en bronce dorado.
—De todas maneras, me gustaría saber quiénes son estas personas —murmuró—. Recibí un montón de tarjetas por Año Nuevo… Hay un montón de gigolós que conocí en Deauville…
—Cuantos más mejor, para hacer bulto, y si van vestidos adecuadamente…
—Oh, querido, déjate de bromas, son todos condes, marqueses, vizcondes como mínimo. Pero no consigo juntar las caras con los nombres… todos se parecen. Aunque en el fondo da igual; ¿viste cómo lo hacían en casa de los Rothwan de Fiesque? Se dice a todo el mundo la misma frase exactamente: «Me alegro tanto…», y luego, si te ves obligada a presentar a dos personas, se farfullan los nombres… nunca se entiende nada… Mira, Antoinette, hija mía, la tarea es bien sencilla, las direcciones están en las tarjetas.
—Pero, mamá —repuso Antoinette—, esta tarjeta es del tapicero.
—¿De qué estás hablando? Déjame ver. Sí, tiene razón; Dios mío, Dios mío, estoy perdiendo la cabeza, Alfred, te lo aseguro… ¿Cuántas tienes, Antoinette?
—Ciento setenta y dos, mamá.
—¡Ah! ¡Menos mal!
Los Kampf dejaron escapar un suspiro de satisfacción conjunto y se miraron sonriendo, como dos actores que entran finalmente en escena tras una tercera llamada, con una expresión mezcla de lasitud dichosa y triunfo.
—No va nada mal, ¿eh?
Antoinette preguntó con timidez:
—La… la señorita Isabelle Cossette, ¿no será mi señorita Isabelle?
—Pues sí, claro…
—¡Oh! —profirió Antoinette—. ¿Por qué la invitas a ella? —Y enrojeció con virulencia, presintiendo el seco «¿y a ti qué te importa?» de su madre; pero la señora Kampf explicó, azorada:
—Es una buena mujer… Hay que ser amables con los demás.
—Es un mal bicho —protestó Antoinette.
La señorita Isabelle, una prima de los Kampf, profesora de música de varias familias de ricos corredores de Bolsa judíos, era una solterona flaca, envarada y tiesa como un paraguas; enseñaba piano y solfeo a Antoinette. Excesivamente miope, pero sin llevar jamás lentes pues se envanecía de sus ojos —bastante bonitos— y de sus espesas cejas, pegaba a las partituras su larga nariz carnosa, puntiaguda, azulada por los polvos de arroz, y cuando Antoinette se equivocaba, la golpeaba en los dedos con una regla de ébano, plana y dura como ella misma. Era malévola y fisgona como una vieja beata.
La víspera de cada clase, Antoinette musitaba con fervor en su oración de la noche (al haberse convertido su padre al casarse, a Antoinette la habían educado en la fe católica): «Dios mío, haz que la señorita Isabelle se muera esta noche».
—La niña tiene razón —terció Kampf, sorprendido—; ¿cómo se te ocurre invitar a esa vieja loca? Si no la soportas…
La señora Kampf se encogió de hombros, impaciente:
—¡Ah!, no entiendes nada. ¿Cómo quieres que se entere la familia si no? A ver, dime, ¿ves desde aquí la cara de la tía Loridon que riñó conmigo porque me había casado con un judío, y la de Julie Lacombe y el tío Martial, todos los de la familia que nos hablaban con aquel tonillo protector porque eran más ricos que nosotros, te acuerdas? En fin, es muy simple, si no invitamos a Isabelle, si no estoy segura de que al día siguiente se morirán todos de envidia, ¡lo mismo me da que haya baile como que no! Escribe, Antoinette.
—¿Se bailará en los dos salones?
—Naturalmente, y en la galería… Ya sabes que nuestra galería es preciosa, y alquilaré suficientes canastillos de flores; verás qué bonito se ve todo en la gran galería, con todas las mujeres vestidas de gala con sus hermosas joyas, y los hombres de frac… En casa de los Lévy de Brunelleschi el espectáculo fue mágico. Para bailar los tangos apagaron la luz eléctrica y sólo dejaron encendidas dos grandes lámparas de alabastro en los rincones. Daban una luz rojiza…
—¡Oh! A mí eso no me gusta demasiado, suena a ambiente de local dancing.
—Es lo que se lleva ahora en todas partes, al parecer; a las mujeres les encanta dejarse toquetear con música… La cena, naturalmente, en mesas pequeñas.
—¿Un bar, quizá, para comenzar?
—Es una idea… Hay que animarlos desde que lleguen. Podríamos instalar el bar en la habitación de Antoinette. Que duerma en el cuarto de la ropa blanca o en el trastero del final del pasillo, sólo será por una noche…
—¿No podría quedarme al menos un cuartito de hora?
Un baile… Dios mío, Dios mío, ¿sería posible que hubiera, a dos pasos de ella, una cosa espléndida que ella imaginaba vagamente como una mezcla confusa de música frenética, perfumes embriagadores, trajes deslumbrantes y palabras de amor cuchicheadas en un gabinete apartado, oscuro y fresco como una alcoba… y que ella estuviera acostada, como todas las noches, a las nueve, como un bebé…? Quizá los hombres que supieran que los Kampf tenían una hija preguntarían por ella; y su madre respondería con una de sus odiosas risitas: «Oh, hace rato que duerme, claro…». Sin embargo, ¿qué podía importarle que también Antoinette tuviera su porción de dicha en este mundo? ¡Oh! Dios mío, bailar una vez, una sola vez, con un bonito vestido, como una auténtica joven, ceñida por brazos de hombre… Cerrando los ojos, insistió con una especie de audacia desesperada, como si se encañonara el pecho con un revólver cargado:
—Sólo un cuartito de hora; di que sí, mamá.
—¿Qué? —exclamó la señora Kampf estupefacta—. Repítemelo…
—Tú te irás al baile que dan en el cuarto de la ropa blanca —dijo el padre.
La señora Kampf se encogió de hombros:
—Decididamente, creo que esta niña está loca.
De pronto Antoinette gritó con el rostro demudado:
—¡Te lo suplico, mamá, te lo suplico! Tengo catorce años, mamá, ya no soy una niña… Sé que a los quince años se hace la presentación en sociedad; yo ya los aparento, y el año que viene…
Su madre estalló súbitamente.
—¡Pero bueno! —exclamó con la voz enronquecida por la cólera—. Asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!… Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña… ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte «en sociedad» el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera… No sé por qué no te doy un buen tirón de orejas para quitarte esas ideas —añadió en el mismo tono, y adelantó el brazo como dispuesta a hacerlo.
Antoinette retrocedió y palideció aún más; su mirada perdida y desesperada despertó en su padre cierta piedad.
—Vamos, déjala —dijo, deteniendo la mano alzada de Rosine—. La niña está cansada y nerviosa, no sabe lo que dice… Vete a la cama, Antoinette.
Ella no se movió, pero su madre la empujó ligeramente por los hombros.
—Vamos, fuera, y sin replicar; pobre de ti si no te vas…
A la niña le temblaban brazos y piernas, pero se marchó despacio y sin derramar una lágrima.
—Un encanto de niña —bufó la señora Kampf cuando se fue—. Esto promete… Vale que a su edad yo era igual, pero yo no soy como mi pobre madre, que nunca supo negarme nada… Yo la mataría, te lo aseguro.
—Se le pasará durmiendo; estaba cansada. Ya son las once y no tiene costumbre de acostarse tan tarde; será eso lo que la puso nerviosa… Sigamos con la lista, que es más interesante —dijo Kampf.

3
En medio de la noche, unos sollozos en la habitación contigua despertaron a miss Betty. Encendió la luz y escuchó un momento a través de la pared. Era la primera vez que oía llorar a la niña; cuando la señora Kampf la regañaba, por lo general Antoinette conseguía tragarse las lágrimas y no decía nada.
—What’s the matter with you, child? Are you ill? —preguntó la inglesa.
Los sollozos cesaron de inmediato.
—Supongo que su madre la ha reñido, es por su bien, Antoinette… Mañana le pedirá perdón, se abrazarán y ya está; pero ahora hay que dormir. ¿Quiere una taza de tila caliente? ¿No? Al menos podría contestarme, querida —añadió al ver que Antoinette guardaba silencio—. ¡Oh!, dear, dear, está muy feo que una señorita se enfurruñe; apena a su ángel de la guarda…
Antoinette hizo una mueca, «sucia inglesa», y tendió hacia la pared sus débiles puños crispados. Sucios egoístas, hipócritas, todos, todos… Les daba exactamente igual que ella se ahogara de tanto llorar en medio de la noche, que se sintiera miserable y sola como un perro extraviado…
Nadie la quería, ni una sola alma en el mundo… Los muy ciegos e imbéciles no veían que ella era mil veces más inteligente, más refinada, más profunda que toda esa gente que osaba criarla y educarla. Nuevos ricos groseros e incultos… ¡Ah!, cómo se había reído de ellos durante toda la velada, y ellos no se habían dado cuenta, naturalmente. Podía llorar o reír delante de sus narices y ellos no se dignarían mirarla. Claro, una niña de catorce años, una chiquilla, es algo despreciable y vil como un perro. Pero ¿con qué derecho la enviaban a acostarse, la castigaban, la injuriaban? «¡Ah!, ojalá se murieran». Al otro lado de la pared se oía a la inglesa respirar suavemente mientras dormía. De nuevo Antoinette se echó a llorar, pero más quedo, saboreando las lágrimas que se le colaban por las comisuras de la boca; un extraño placer la invadió bruscamente: por primera vez en la vida lloraba así, sin muecas, ni hipos, silenciosamente, como una mujer… Más adelante derramaría las mismas lágrimas por amor… Durante un largo instante oyó los sollozos batiendo en su pecho como el oleaje profundo y grave del mar, la boca bañada por lágrimas que sabían a agua salada… Encendió la lámpara y se miró en el espejo con curiosidad. Tenía los párpados hinchados, las mejillas enrojecidas, amoratadas, como una niña maltratada. Estaba fea, fea… Volvió a sollozar.
«Quiero morirme. Dios mío, haz que me muera… Dios mío, Virgen Santa, ¿por qué me habéis hecho nacer entre ellos? Castigadlos, os lo suplico… Castigadlos una vez para que yo pueda morir en paz».
Se interrumpió y de pronto dijo en voz alta:
—Pero sin duda todo es un cuento, el buen Dios, la Virgen, cuentos como los padres buenos de los libros y la infancia feliz…
¡Ah!, sí, la infancia feliz, ¡menuda mentira, eh, menuda mentira! Coléricamente, mordiéndose las manos con tanta fuerza que las notaba sangrar, repitió:
—Feliz… feliz… ¡Preferiría estar muerta y enterrada!
La esclavitud, la prisión, repetir día tras día los mismos gestos a las mismas horas… Levantarse, vestirse… los vestidos oscuros, los gruesos botines, las medias de canalé, adrede, adrede ataviada como una criada, para que nadie en la calle siga con la mirada, siquiera un momento, a esta chiquilla insignificante… Imbéciles, jamás volveréis a verle esta piel joven y estos párpados lisos, intactos, frescos y ojerosos, y estos bellos ojos asombrados, desvergonzados, que llaman, ignoran, esperan… Jamás, nunca jamás… Esperar… y estos deseos malignos… Por qué esta envidia vergonzosa, desesperada, que roe el corazón al ver pasar dos enamorados bajo el crepúsculo, que se abrazan al caminar y titubean dulcemente, como ebrios… ¿Un odio de solterona a los catorce años? Sin embargo, ella sabe que le llegará su momento; pero tarda demasiado, nunca llega… y mientras tanto, la vida estricta, humillada, las lecciones, la dura disciplina, la madre que grita…
«¡Esa mujer, esa mujer que ha osado amenazarme!», pensó, y dijo en voz alta:
—No se habría atrevido…
Pero recordaba la mano alzada.
«Si me hubiera tocado la habría arañado, la habría mordido, y luego… pues me habría escapado… para siempre… por la ventana», pensó febrilmente. Y se vio en la acera, tendida, ensangrentada… Sin baile a los quince… Dirían: «La niña no podía escoger otro día para matarse». Como había dicho su madre: «Quiero vivir yo, yo…». En el fondo, quizá eso le hacía más daño aún que todo lo demás. Antoinette nunca había visto en los ojos maternos aquella fría mirada de mujer, de enemiga…
«Sucios egoístas; soy yo la que quiere vivir, yo, yo; yo soy joven… Me están robando, me roban mi parte de felicidad en la tierra… ¡Oh! ¡Entrar en ese baile milagrosamente, y ser la más bella, la más deslumbrante, con los hombres a mis pies!».
Susurró:
—¿La conocen? Es la señorita Kampf. La suya quizá no sea una belleza convencional, pero posee un extraordinario encanto, y es tan fina… Eclipsa a todas las demás, ¿no creen? En cuanto a su madre, parece una cocinera a su lado.
Apoyó la cabeza en la almohada húmeda de lágrimas y cerró los ojos; cierta molicie y relajada voluptuosidad distendió lentamente sus cansadas extremidades. Se tocó el cuerpo a través de la camisa de dormir, con dedos ligeros, suavemente, respetuosamente… Un buen cuerpo preparado para el amor…
—Quince años, oh Romeo, la edad de Julieta… —musitó.
Cuando tuviera quince años, el sabor del mundo habría cambiado…

4
Al día siguiente, la señora Kampf no dijo nada a Antoinette sobre la escena de la víspera; pero durante todo el desayuno se dedicó a hacerle notar su mal humor mediante una serie de reprimendas breves, en las que era maestra cuando estaba enfadada.
—¿En qué sueñas con ese labio colgando? Cierra la boca y respira por la nariz. Qué agradable para unos padres, una hija que está siempre en las nubes… Ten más cuidado, ¿qué manera de comer es ésa? Apuesto a que has manchado el mantel… ¿A tu edad y no sabes comer como es debido? Y no muevas las ventanas de la nariz, por favor, niña… Tienes que aprender a escuchar las observaciones sin poner esa cara… ¿No te dignas contestar? ¿Te has tragado la lengua? Vaya, y ahora lágrimas.
Se levantó y arrojó la servilleta sobre la mesa.
—Mira, prefiero irme antes que ver esa cara delante de mí, pequeña boba.
Salió dando un brusco empujón a la puerta; Antoinette y la inglesa se quedaron solas frente al plato de comida revuelta.
—Acabe el postre, señorita —susurró la miss—, o llegará tarde a su clase de alemán.
Con mano temblorosa, la muchacha se llevó a la boca un gajo de la naranja que acababa de pelar. Se esforzó en comer lentamente, con serenidad, para que el criado, inmóvil detrás de su silla, la creyera indiferente a aquellos chillidos y despreciara a «aquella mujer»; pero, a su pesar, las lágrimas se escaparon de sus párpados hinchados y rodaron redondas y brillantes hacia su vestido.
Un poco más tarde, la señora Kampf entró en la sala de estudio; llevaba en la mano el paquete de invitaciones preparadas.
—¿Vas a clase de piano después de la merienda, Antoinette? Entrégale su sobre a Isabelle, y eche usted el resto al correo, miss.
—Yes, Mrs. Kampf.
La estafeta de correos estaba llena de gente; miss Betty miró la hora:
—Oh… no tenemos tiempo, es tarde ya, pasaré por correos mientras esté en clase, querida —dijo, desviando los ojos y con las mejillas más arreboladas aún que de costumbre—: A usted le… le da lo mismo, ¿verdad, querida?
—Sí —murmuró Antoinette.
No dijo nada más, pero cuando miss Betty la dejó delante de la casa de la señorita Isabelle, recomendándole que se apresurara, aguardó un instante escondida en el hueco de la puerta cochera y vio a la inglesa dirigirse rápidamente hacia un taxi en la esquina. El coche pasó muy cerca de la niña, que se puso de puntillas para atisbar dentro con curiosidad y temor, pero no distinguió nada. Permaneció inmóvil un momento más, siguiendo con la vista el taxi que se alejaba.
«Ya suponía yo que tenía un enamorado. Sin duda ahora se están abrazando como hacen en los libros… ¿Él le dice “Te amo”? ¿Y ella? ¿Es… su amante?», pensó con vergüenza y repugnancia, mezcladas con una oscura ansiedad: «Libre, sola con un hombre… qué feliz se sentirá… Irán al Bois, sin duda. Ojalá mamá los pillara… ¡Ah, cuánto me gustaría! —se dijo apretando los puños—. Pero no, los enamorados suelen tener suerte, son felices, están juntos, se abrazan… El mundo está lleno de hombres y mujeres que se aman… ¿Por qué yo no?».
Su cartera de colegiala se balanceaba colgando de sus manos. La miró con odio, después suspiró, giró lentamente sobre los talones y atravesó el patio. Llegaba tarde. La señorita Isabelle diría: «¿Es que no te enseñan que la puntualidad es el primer deber de una niña bien educada para con sus profesores, Antoinette?».
«Es tonta, vieja y fea…», pensó con exasperación.
Arriba, hilvanó:
—Buenos días, señorita. Mamá me ha entretenido, no es culpa mía, y me ha dicho que le entregue esto… —Al tender el sobre, añadió con repentina inspiración—: Y le pide que me deje marchar cinco minutos antes que de costumbre…
Así quizá vería regresar acompañada a la miss.
Pero la señorita Isabelle no la escuchaba. Leía la invitación de la señora Kampf.
Antoinette vio que sus largas mejillas morenas y enjutas enrojecían de pronto.
—¿Cómo? ¿Un baile? ¿Tu madre ofrece un baile?
Hizo girar la tarjeta entre los dedos un par de veces y luego se la pasó por el dorso de la mano. ¿Estaba grabada o meramente impresa? Eran por lo menos cuarenta francos de diferencia… Reconoció el grabado al tacto y se encogió de hombros con regocijo. Esos Kampf habían sido siempre de una vanidad y una prodigalidad exageradas. Antaño, cuando Rosine trabajaba en el Banco de París (y no hacía tanto tiempo de eso, ¡Dios mío!) se gastaba la mensualidad entera en ropa. Llevaba ropa interior de seda y guantes nuevos cada semana. Sin duda iba a las casas de citas, pues sólo esa clase de mujeres tenían suerte… Las demás…
—Tu madre siempre ha tenido suerte —murmuró con amargura.
«Está rabiosa», se dijo Antoinette, y con una leve mueca maliciosa preguntó:
—Pero asistirá usted seguramente, ¿no?
—Te diré que haré lo imposible porque tengo muchas ganas de ver a tu madre —respondió la señorita Isabelle—, pero aún no sé si podré… Unos amigos, padres de una alumna mía, los Gros (Aristide Gros, el antiguo jefe de gabinete, seguramente tu padre habrá oído hablar de él, los conozco desde hace años), me han invitado al teatro, y me he comprometido formalmente a ir con ellos, ¿comprendes?… En fin, procuraré solucionarlo —añadió con vaguedad—, pero en todo caso dile a tu madre que me complacería, me encantaría pasar un rato con ella…
—Bien, señorita.
—Ahora a trabajar, vamos, siéntate…
Antoinette hizo girar lentamente el taburete de felpa delante del piano. Habría podido dibujar de memoria las manchas, los agujeros en la tela… Inició las escalas. Dirigió la mirada con taciturna aplicación hacia un jarrón amarillo que había sobre la chimenea, negro de polvo por dentro. Nunca una flor… Y aquellas horribles cajitas de conchas en los estantes… Qué feo era, qué miserable y siniestro, aquel pequeño piso oscuro al que la llevaban desde hacía años.
Mientras la señorita Isabelle colocaba las partituras, ella volvió furtivamente la cabeza hacia la ventana. (Debía de hacer un tiempo espléndido en el Bois, bajo el crepúsculo, con aquellos árboles desnudos y delicados por el invierno, y el cielo blanco como una perla…). Tres veces por semana, todas las semanas, desde hacía seis años… ¿Seguiría así hasta que muriese?
—Antoinette, Antoinette, ¿cómo pones las manos? Vuelve a empezar, por favor… ¿Habrá mucha gente en el baile?
—Creo que mamá ha invitado a doscientas personas.
—¡Ah! ¿Espera tener suficiente sitio? ¿No teme que haga demasiado calor, que estén demasiado estrechos? Toca más fuerte, Antoinette, con brío; tienes la mano izquierda flácida, niña… Esta escala para el próximo día, y el ejercicio dieciocho del tercer libro de Czerny.
Las escalas, los ejercicios, durante meses y meses: La muerte de Ase, las Canciones sin palabras de Mendelssohn, la barcarola de Los cuentos de Hoffmann… Y bajo sus dedos rígidos de colegiala, todo eso se fundía en una especie de clamor informe y ruidoso.
La señorita Isabelle marcaba fuertemente el compás con un cuaderno de notas enrollado en la mano.
—¿Por qué apoyas así los dedos sobre las teclas? Staccato, stacatto… ¿Crees que no veo cómo pones el anular y el meñique? ¿Doscientas personas, dices? ¿Los conoces a todos?
—No.
—¿Tu madre va a ponerse su nuevo vestido rosa de Premet?
—…
—¿Y tú? Asistirás, supongo. ¡Ya tienes edad!
—No lo sé —musitó Antoinette con un doloroso temblor.
—Más deprisa, más deprisa… Este movimiento se ha de tocar así. Uno, dos, uno, dos, uno, dos… Vamos, ¿te duermes, Antoinette? La suite, niña…
La suite… ese pasaje erizado de sostenidos con que uno tropieza a cada momento. En el apartamento vecino llora un niño pequeño… La señorita Isabelle ha encendido la lámpara… Fuera, el cielo se ha oscurecido, desdibujado… El reloj toca cuatro veces… Otra hora perdida, hundida, que se ha escurrido entre los dedos como el agua y no volverá… «Me gustaría irme muy lejos o morir…».
—¿Estás cansada, Antoinette? ¿Ya? A tu edad yo tocaba seis horas al día… Espera un poco, no corras tanto, qué prisa tienes… ¿A qué hora debo ir el día quince?
—Está escrito en la tarjeta. A las diez.
—Muy bien. Pero a ti te veré antes.
—Sí, señorita…
Fuera, la calle estaba vacía. Antoinette se pegó a la pared y esperó. Al cabo de un momento reconoció los pasos de miss Betty, que se acercaba presurosa del brazo de un hombre. Antoinette se lanzó hacia ellos y tropezó con las piernas de la pareja. Miss Betty soltó un gritito.
—Oh, miss, hace un cuarto de hora que la estoy esperando…
El rostro de la miss apareció tan desencajado ante los ojos de Antoinette que ésta vaciló en reconocerlo. Pero no vio la pequeña boca lastimosa, abierta, herida como una flor forzada; miraba ávidamente al hombre.
Era un hombre muy joven. Un estudiante. Un colegial quizá, con el labio inflamado por los primeros cortes de navaja y unos bonitos ojos descarados. Estaba fumando. Mientras la miss balbuceaba unas excusas, él dijo tranquilamente en voz alta:
—Preséntame, prima.
—Mi primo, Ann-toinette —resopló miss Betty.
Antoinette le tendió la mano. El muchacho rió un poco, calló; luego pareció reflexionar y finalmente propuso:
—Os acompaño, ¿no?
Los tres bajaron en silencio por la pequeña calle oscura y vacía. El viento soplaba sobre la figura de Antoinette con un aire frío, húmedo de lluvia, como empañado de lágrimas. Aminoró el paso, miró a los enamorados que caminaban delante de ella sin decir nada, apretados el uno contra el otro. Qué presurosos iban… Antoinette se detuvo. Ellos no volvieron siquiera la cabeza. «Si me atropellara un coche, ¿lo oirían al menos?», pensó con repentina amargura. Un hombre que pasaba se topó con ella. Antoinette dio un respingo asustada, pero no era más que el farolero; observó cómo iba tocando una a una las farolas con su larga pértiga y éstas se encendían súbitamente en medio de la noche. Todas aquellas luces que parpadeaban y vacilaban como velas al viento… De pronto tuvo miedo y echó a correr a toda prisa.
Alcanzó a los enamorados delante del puente de Alejandro III. Se hablaban muy deprisa, muy quedo, juntas las caras. Al divisar a Antoinette, el muchacho hizo un gesto de impaciencia. Miss Betty se turbó brevemente; después, impulsada por una repentina inspiración, abrió su bolso y sacó el paquete de sobres.
—Tenga, querida, aquí están las invitaciones de su madre, que aún no he echado al correo… Vaya corriendo a ese pequeño estanco, allí, en aquella calle a la izquierda. ¿Ve la luz? Échelas en el buzón. Nosotros la esperamos aquí.
Depositó el paquete en manos de Antoinette y a continuación se alejó precipitadamente. En medio del puente, Antoinette la vio detenerse una vez más, esperar al muchacho con la cabeza gacha. Se apoyaron en el parapeto.
Antoinette no se había movido. A causa de la oscuridad sólo veía dos sombras borrosas, y alrededor el Sena negro y lleno de reflejos. Incluso cuando se besaron, adivinó más que vio la flexión, una especie de blanda caída de un rostro contra el otro, pero se retorció las manos como una mujer celosa. Con el movimiento que hizo, un sobre escapó y cayó al suelo. Tuvo miedo y se apresuró a recogerlo, y en el mismo instante se avergonzó de ese miedo. ¿Qué, siempre temblando como una niña? No era digna de ser una mujer. ¿Y esos dos que seguían besándose? No habían separado los labios… La embargó una especie de vértigo, una necesidad salvaje de desafío y de hacer daño. Con los dientes apretados, agarró los sobres y los estrujó, los rompió y los lanzó todos juntos al Sena. Con el corazón ensanchado, los contempló flotar contra el arco del puente. Luego, el viento acabó por llevárselos río abajo.


Publicado en Cuentos

La miel silvestre, de Horacio Quiroga

         Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
         Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores —iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.
         La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
         Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.
         Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
         De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
         —¿Adónde vas ahora? —le había preguntado sorprendido.
         —Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
         —¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres… O mejor deja esa arma y mañana te haré acompañar por un peón.
         Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
         Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
         Llegaron éstas a la segunda noche —aunque de un carácter un poco singular.
         Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
         —¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo.
         Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
         —¿Qué hay, qué hay?—preguntó echándose al suelo.
         —Nada… Cuidado con los pies… La corrección.
         Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto.
         Permanecen en un lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.
         No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
         Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
         —¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
         Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose, en cambio, de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
         Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
         El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión —exacta por lo demás— de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. Benincasa volvía cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras, del tamaño de un huevo.
         —Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel…
         Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo.
         Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
         En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen.
         Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
         Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
         Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
         Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
         —Qué curioso mareo… —pensó el contador. Y lo peor es…
         Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manes le hormigueaban.
         —¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar, sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas… La corrección —concluyó.
         Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
         —¡Debe ser la miel!… ¡Es venenosa!… ¡Estoy envenenado!
         Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
         —¡Voy a morir ahora!… ¡De aquí a un rato voy a morir!… no puedo mover la mano!…
         En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
         —¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…
         Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a lo por que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…
         Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
         Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
         No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla.
         Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.

Publicado en Cuentos

Víspera de difuntos, de Baldomero Lillo

Por la calleja triste y solitaria pasan ráfagas zumbadoras. El polvo se arremolina y penetra en las habitaciones por los cristales rotos y a través de los tableros de las puertas desvencijadas.

El crepúsculo envuelve con su parda penumbra tejados y muros y un ruido lejano, profundo, llena el espacio entre una y otra racha: es la voz inconfundible del mar.

En la tiendecilla de pompas fúnebres, detrás del mostrador, con el rostro apoyado en las palmas de las manos, la propietaria parece abstraída en hondas meditaciones. Delante de ella, una mujer de negras ropas, con la cabeza cubierta por el manto, habla con voz que resuena en el silencio con la tristeza cadenciosa de una plegaria o una confesión.

Entre ambas hay algunas coronas y cruces de papel pintado.

La voz monótona murmura:

-…Después de mirarme un largo rato con aquellos ojos claros empañados ya por la agonía, asiéndome de una mano se incorporó en el lecho, y me dijo con un acento que no olvidaré nunca: “¡Prométeme que no la desampararás! ¡Júrame, por la salvación de tu alma, que serás para ella como una madre, y que velarás por su inocencia y por su suerte como lo haría yo misma!”

La abracé llorando, y le prometí y juré lo que quiso.

(Una ráfaga de viento sacude la ancha puerta, lanzan los goznes un chirrido agudo y la voz plañidera continúa:)

-Cumplía apenas los doce años, era rubia, blanca, con ojos azules tan cándidos, tan dulces, como los de la virgencita que tengo en el altar. Hacendosa, diligente, adivinaba mis deseos. Nunca podía reprocharle cosa alguna y, sin embargo, la maltrataba. De las palabras duras, poco a poco, insensiblemente, pasé a los golpes, y un odio feroz contra ella y contra todo lo que provenía de ella, se anidó en mi corazón.

Su humildad, su llanto, la tímida expresión de sus ojos tan resignada y suplicante, me exasperaba. Fuera de mí, cogíala a veces por los cabellos y la arrastraba por el cuarto, azotándola contra las paredes y contra los muebles hasta quedarme sin aliento.

Y luego, cuando en silencio, con los ojos llorosos, veíala ir y venir colocando en su sitio las sillas derribadas por el suelo, sentía el corazón como un puño. Un no sé qué de angustia y de dolor, de ternura y de arrepentimiento subía de lo más hondo de mi ser y formaba un nudo en mi garganta. Experimentaba entonces unos deseos irresistibles de llorar a gritos, de pedirle perdón de rodillas, de cogerla en mis brazos y comérmela a caricias.

(Unos pasos apresurados cruzan delante de la puerta. La narradora se volvió a medias y su perfil agudo salió un instante de la sombra para eclipsarse en seguida.)

-…La enfermedad -aquí la voz se hizo opaca y temblorosa- me postraba a veces por muchos días en la cama. ¡Era de ver entonces sus cuidados para atenderme! ¡Con qué amorosa solicitud ayudábame a cambiar de postura! Como una madre con su hijo, rodeábame el cuello con sus delgados bracitos para que pudiese incorporarme.

Siempre silenciosa acudía a todo, iba a la compra, encendía el fuego, preparaba el alimento. De noche, a un movimiento brusco, a un quejido que se me escapara, ya estaba ella junto a mí, preguntándome con su vocecita de ángel:

-¿Me llamas, mamá; necesitas algo?

Rechazábala con suavidad, pero sin hablar. No quería que el eco de mi voz delatase la emoción que me embargaba. Y ahí, en la oscuridad de esas largas noches, sin sueño, asaltábame tenaz y torcedor el remordimiento. El perjurio cometido, lo abominable de mi conducta, aparecíaseme en toda su horrenda desnudez. Mordía las sábanas para ahogar los sollozos, invocaba a la muerta, pedíale perdón y hacía protestas ardientes de enmienda, conminándome, en caso de no cumplirlas, con las torturas eternas que Dios destina a los réprobos.

(La vendedora, sin cambiar de postura, oía sin desplegar los labios, con el inmóvil rostro iluminado por la claridad tenue e indecisa del crepúsculo.)

-Mas la luz del alba -prosigue la enlutada- y la vista de aquella cara pálida, cuyos ojos me miraban con timidez de perrillo castigado, daban al traste con todos aquellos propósitos. ¡Cómo disimulas, hipócrita!, pensaba. ¡Te alegran mis sufrimientos, lo adivino, lo leo en tus ojos! Y en vano trataba de resistir al extraño y misterioso poder que me impelía a esos actos feroces de crueldad, que una vez satisfechos me horrorizaban.

Parecíame ver en su solicitud, en su sumisión, en su humildad, un reproche mudo, una perpetua censura. Y su silencio, sus pasos callados, su resignación para recibir los golpes, sus ayes contenidos, sin una protesta, sin una rebelión, antojábanseme otros tantos ultrajes que me encendían de ira hasta la locura.

-¡Cómo la odiaba entonces, Dios mío, cómo!

(En la tienda desierta las sombras invaden los rincones, borrando los contornos de los objetos. La negra silueta de la mujer se agigantaba y su tono adquirió lúgubres inflexiones.)

-Fue a entradas de invierno. Empezó a toser. En sus mejillas aparecieron dos manchas rojas y sus ojos azules adquirieron un brillo extraño, febril. Veíala tiritar de continuo y pensaba que era necesario cambiar sus ligeros vestidos por otros más adecuados a la estación. Pero no lo hacía… y el tiempo era cada vez más crudo… apenas se veía el sol.

(La narradora hizo una pausa, un gemido ahogado brotó de su garganta, y luego continuó:)

-Hacía ya tiempo que había apagado la luz. El golpeteo de la lluvia y el bramido del viento, que soplaba afuera huracanado, teníanme desvelada. En el lecho abrigado y caliente, aquella música producíame una dulce voluptuosidad. De pronto, el estallido de un acceso de tos me sacó de aquella somnolencia, crispáronse mis nervios y aguardé ansiosa que el ruido insoportable cesara.

Mas, terminado un acceso, empezaba otro más violento y prolongado. Me refugié bajo los cobertores, metí la cabeza debajo de la almohada; todo inútil. Aquella tos, seca, vibrante, resonaba en mis oídos con un martilleo ensordecedor.

No pude resistir más y me senté en la cama y, con voz que la cólera debía de hacer terrible, le grité:

-¡Calla, cállate, miserable!

Un rumor comprimido me contestó. Entendí que trataba de ahogar los accesos, cubriéndose la boca con las manos y las ropas, pero la tos triunfaba siempre.

No supe cómo salté al suelo y cuando mis pies tropezaron con el jergón, me incliné y busqué a tientas en la oscuridad aquella larga y dorada cabellera y, asiéndola con ambas manos, tiré de ella con furia. Cuando estuvimos junto a la puerta comprendió, sin duda, mi intento, porque por primera vez trató de hacer resistencia y procurando desasirse clamó con indecible espanto:

-¡No, no, perdón, perdón!

Mas yo había descorrido el cerrojo… Una ráfaga de viento y agua penetró por el hueco, y me azotó el rostro con violencia.

Aferrada a mis piernas, imploraba con desgarrador acento:

-¡No, no, mamá, mamá!

Reuní mis fuerzas y la lancé afuera y, cerrando en seguida, me volví al lecho estremecida de terror.

(La propietaria escuchaba atenta y muda, y sus ojos se animaban, bajo el arco de sus cejas, cuando la voz opaca y velada disminuía su diapasón.)

-Mucho tiempo permaneció junto a la puerta lanzando desesperados lamentos, interrumpidos a cada instante por los accesos de tos. Me parecía, a veces, percibir entre el ruido del viento y de la lluvia, que ahogaba sus gritos, el temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes.

Poco a poco sus voces de:

-¡Ábreme, mamá, mamacita; tengo miedo, mamá! -fueron debilitándose, hasta que, por fin, cesaron por completo.

Yo pensé: se ha ido al cobertizo, al fondo del patio, único sitio donde podía resguardarse de la lluvia, y la voz del remordimiento se alzó acusadora y terrible en lo más hondo de la conciencia:

-¡La maldición de Dios -me gritaba- va a caer sobre ti…! ¡La estás matando…! ¡Levántate y ábrele…! ¡Aún es tiempo!

Cien veces intenté descender del lecho, pero una fuerza incontrastable me retenía en él, atormentada y delirante.

¡Qué horrible noche, Dios mío!

(Algo como un sollozo convulsivo siguió a estas palabras. Hubo algunos segundos de silencio y luego la voz más cansada, más doliente, prosiguió:)

Una gran claridad iluminaba la pieza cuando desperté. Me volví hacia la ventana y vi a través de los cristales el cielo azul. La borrasca había pasado y el día se mostraba esplendoroso, lleno de sol. Sentí el cuerpo adolorido, enervado por la fatiga; la cabeza parecíame que pesaba sobre los hombros como una masa enorme. Las ideas brotaban del cerebro torpes, como oscurecidas por una bruma. Trataba de recordar algo, y no podía. De pronto, la vista del jergón vacío que estaba en el rincón del cuarto, despejó mi memoria y me reveló de un golpe lo sucedido.

Sentí que algo opresor se anudaba a mi garganta y una idea horrible me perforó el cerebro, como un hierro candente.

Y estremecida de espanto, sin poder contener el choque de mis dientes, más bien me arrastré que anduve hacia la puerta; pero, cuando ponía la mano en el cerrojo, un horror invencible me detuvo. De súbito mi cuerpo se dobló como un arco y tuve la rápida visión de una caída. Cuando volví estaba tendida de espaldas en el pavimento. Tenía los miembros magullados, el rostro y las manos llenos de sangre.

Me levanté y abrí… Falta de apoyo, se desplomó hacia adentro. Hecha un ovillo, con las piernas encogidas, las manos cruzadas y la barba apoyada en el pecho, parecía dormir. En la camisa veíanse grandes manchas rojas. La despojé de ella y la puse desnuda sobre mi lecho. ¡Dios mío, más blanco que las sábanas, qué miserable me pareció aquel cuerpecillo, qué descarnado: era sólo piel y huesos!

Cruzábanlo infinitas líneas y trazos oscuros. Demasiado sabía yo el origen de aquellas huellas, ¡pero nunca imaginé que hubiera tantas!

Poco a poco fue reanimándose, hasta que, por fin, entreabrió los ojos y los fijó en los míos. Por la expresión de la mirada y el movimiento de los labios, adiviné que quería decirme algo. Me incliné hasta tocar su rostro y, después de escuchar un rato, percibí un susurro casi imperceptible:

-¡La he visto! ¿Sabes? ¡Qué contenta estoy! ¡Ya no me abandonará más, nunca más!

(La ventolina parecía decrecer y el ruido del mar sonaba más claro y distinto, entre los tardíos intervalos de las ráfagas.)

-Le tomó el pulso y la miró largamente (gime la voz).

Lo acompañé hasta el umbral y volví otra vez junto a ella. Las palabras hemorragia… ha perdido mucha sangre… morirá antes de la noche, me sonaban en los oídos como algo lejano, que no me interesaba en manera alguna. Ya no sentía esa inquietud y angustia de todos los instantes. Experimentaba una gran tranquilidad de ánimo. Todo ha acabado, me decía y pensé en los preparativos del funeral. Abrí el baúl y extraje de su fondo la mortaja destinada para servirme a mí misma. Y, sentándome a la cabecera, púseme inmediatamente a la tarea de deshacer las costuras para disminuirla de tamaño.

Más blanca que un cirio, con los ojos cerrados, yacía de espaldas respirando trabajosamente. Nunca, como entonces, me pareció más grande la semejanza. Los mismos cabellos, el mismo óvalo del rostro y la misma boca pequeña, con la contracción dolorosa en los labios. Va a reunirse con ella, pensé ¡Qué felices son! Y convencida de que su sombra estaba ahí, a mi lado, junto a ella, proferí:

-¡He cumplido mi juramento, ahí la tienes, te la devuelvo como la recibí, pura, sin mancha, santificada por el martirio!

Estallé en sollozos. Una desolación inmensa, una amargura sin límites llenó mi alma. Entreví con espanto la soledad que me aguardaba. La locura se apoderó de mí, me arranqué los cabellos, di gritos atroces, maldije del destino… De súbito me calmé: me miraba. Cogí la mortaja y, con voz rencorosa de odio, díjele, mientras se la ponía delante de los ojos:

-Mira, ¿qué te parece el vestido que te estoy haciendo? ¡Qué bien te sentará! ¡Y qué confortable y abrigador es! ¡Cómo te calentará cuando estés debajo de tierra; dentro de la fosa que ya está cavando para ti el enterrador!

Mas ella nada me contestaba. Asustada, sin duda, de ese horrible traje gris, se había puesto de cara a la pared. En vano le grité:

-¡Ah! ¡Testaruda, te obstinas en no ver! Te abriré los ojos por la fuerza.

Y echándole la mortaja encima, la tomé de un brazo y la volví de un tirón: estaba muerta.

(Afuera el viento sopla con brío. Un remolino de polvo penetra por la puerta, invade la tienda, oscureciéndola casi por completo. Y apagada por el ruido de las ráfagas, se oye aún por un instante resonar la voz:)

-Mañana es día de difuntos y, como siempre, su tumba ostentará las flores más frescas y las más hermosas coronas.

En la tienda, las sombras lo envuelven todo. La propietaria, con el rostro en las palmas de las manos, apoyada en el mostrador, como una sombra también, permanece inmóvil. El viento zumba, sacude las coronas y modula una lúgubre cantinela, que acompañan con su frufrú de cosas muertas los pétalos de tela y de papel pintado:

-¡Mañana es día de difuntos!

Publicado en Cuentos

Oscar, de Amparo Dávila

La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón… Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse… El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:
—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.
La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.
—¿A la casa de don Carlos Román? —preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.
El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.
La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.
—¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extrema delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.
—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.
—¿Y papá? ¿Y Carlos?
—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.
—¿Y… Óscar…?
—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.
Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.
—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.
—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, sólo me consolaba pensando que volverías, pero ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?
—Ya platicaremos, Cristina.
—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.
Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.
Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. «Ella no sólo ha cambiado —se dijo Mónica—, se acabó por completo». Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.
—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.
—Está muy nervioso, creo que es por… —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.
El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.
Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.
Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. Hacia la medianoche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.
Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.
Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.
Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.
Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. «Óscar está peor que nunca», dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. «Yo no sé qué vamos a hacer —seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia—, se ha negado a comer, lo ha roto todo…».
Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.
—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.
—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.
—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.
La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.
—si será prudente aumentarle la dosis
—pero… a lo mejor…
—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!
—yo creo que es efecto de la luna
—o de la canícula
—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!
—ésta es la peor de las crisis
—tiene los ojos enrojecidos y como saltados
—se ha golpeado mucho y sangrado
—ha estado tratando de abrir el candado
—yo creo que la medicina lo ha puesto así
—a veces los médicos no saben ni qué recetan
—estaba tan calmado, tan bien
—ayer estuvo cantando, la misma canción todo el día y toda la noche, pero cantaba
—sí, pero anoche rompió todas las macetas
—¡ay Dios, mío, Dios mío!
—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno
—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa —y se levantó de la mesa.
—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.
—Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate, mujer, ten calma.
—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.
Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones… De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.
Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.
Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.
A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.
Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.
Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.
Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba… Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó piso la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.

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El huesped, de Amparo Dávila

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia—. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Solo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era esta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habita­ción. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.

Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día dur­miendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.

Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Solo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Gua­dalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

—Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

—Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó.

—¿Pero qué podemos hacer las dos solas?

—Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había mar­chado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño dur­mieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió mu­chos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba deses­perado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Publicado en Cuentos

El rastro de tu sangre en la nieve, de Gabriel García Marquez

      Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un gran esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella, y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.
       Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sel ados, Billy Sánchez le preguntó dónde podían encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra el viento que preguntaran en Hendaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento:
       —Merde! Al ez vous en!
       Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo, y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla.
       Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de lobos tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más adelante.
       —¿Es algo grave? —preguntó.
       —Nada —sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa—. Es sólo un pinchazo.
       Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el volante que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la medianoche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos y el cielo de las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera, pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas que ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre.
       Se habían casado tres días antes, a diez mil kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado. Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Chátellenie, en Saint-Blaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parada frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los tiempos de la colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.
       —Los he visto más grandes y más firmes —dijo, dominando el terror—. De modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.
       En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen, sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde habían muerto seis generaciones de procrees de la familia de Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. “Suena como un buque”, había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música. “No me importa qué instrumento toques”, le decía, “con tal de que lo toques con las piernas cerradas”. Pero fueron esos aires de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cascara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de dos apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, y oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no habían tenido tiempo de conocer.
       Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de inventarlo otra vez cada vez que lo hacían. Al principio lo hicieron como mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy Sánchez trataba de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, veinticuatro horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos meses. De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.
       La misión diplomática de su país lo recibió en el salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.
       —Lo hice adrede —dijo—, para que se fijaran en mi anillo.
       En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, que debía costar una fortuna, no tanto por la clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego, el embajador se sentó a su lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.
       Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo lo iba aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera trampa del olvido. Se había precipitado una tormenta instantánea y silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después del almuerzo, para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.
       Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique del Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos de hadas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en el volante.
       —Eres un salvaje —le dijo—. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.
       Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.
       —Todavía me dura el almuerzo de la embajada —dijo. Y agregó sin ninguna lógica—. Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser como las diez.
       Con todo, Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre tantos regalos que les habían hecho en Madrid y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.
       —Los machos no comen dulces —dijo.
       Poco antes de Orléans se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque él le había advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres. “No hay paisajes más bellos en el mundo”, decía, “pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de agua”. Tan convencida estaba que a última hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadraditos y colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.
       —Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve —dijo—.
       Aquí mismo, si quieres.
       Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido invierno, estarían ya en pleno día.
       —Ya será mejor esperar hasta París —dijo Nena Daconte—. Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.
       —Es la primera vez que me fallas —dijo él.
       —Claro —replicó ella—. Es la primera vez que somos casados.
       Poco antes del amanecer se lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto. Nena Daconte se había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano, pero todavía no se alarmó. “Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil”, dijo con su encanto natural. “Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve.” Luego pensó mejor en lo que había dicho, y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.
       —Imagínate —dijo—: un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?
       No tuvo tiempo de volver a pensar. En los suburbios de París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de veras que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras de papel ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban empapando poco a poco, pero de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que aquello no era asunto de boticarios.
       —Estamos casi en la puerta de Orléans —dijo—. Sigue de frente, por la avenida del General Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.
       Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y motocicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de las bocinas que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no perder la conciencia.
       Sólo para salir de la glorieta de León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si fuera la medianoche, pues era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios, y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida Denfert-Rochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío. Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención, sino que dirigió a su marido una sonrisa lívida.
       —No te asustes —le dijo, con su humor invencible—. Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.
       El médico concluyó su examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto, aunque con un raro acento asiático.
       —No, muchachos —dijo—. Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan bella.
       Ellos se ofuscaron, pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella, cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.
       —Usted no —le dijo—. Va para cuidados intensivos.
       Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.
       —Doctor —le dijo—. Ella está encinta.
       —¿Cuánto tiempo?—Dos meses.
       El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. “Hizo bien en decírmelo”, dijo, y se fue detrás de la camil a. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.
       Nena Daconte ingresó a las 9.30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias, y muy temprano, al día siguiente, se comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias para ver a Nena Daconte, pero le hicieron entender que debía dirigirse a la entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que, en efecto, Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes, de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.
       Tranquilizado con las noticias de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente del tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un edificio restaurado con un letrero: “Hotel Nicole”. Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, adonde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era, peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente. A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería.
       Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó media mañana para aprender que en el rellano de cada piso había un cuartito con un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro, para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el extremo del corredor y que él se empeñaba en usar dos veces al día como en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, y se sentía además tan ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte.
       Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró boca abajo en la cama con el abrigo puesto, pensando en la criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acera de enfrente, y muy pronto sucumbía en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí supo que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió del aparador después de cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando volvió al hotel para acostarse encontró su coche solo en una acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la notificación de una multa en el parabrisas. Al portero del hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente, en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados, que apenas dos años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con un pijama de seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.
       Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus telas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel percance, del que nunca habían hablado, estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quien contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar.
       Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa, pues las llaves de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar en francés, y a pedir sandwiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se había familiarizado con él, y le ayudaba a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabía dónde encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal, sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en mitad de la calle.
       Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una tarjeta. Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar de memoria la lección de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina y no le esperaban hasta el día siguiente, pero de todos modos no podía recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces que tampoco por ese camino llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.
       Estaba en el número 22 de la calle del Elíseo, dentro de uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él mismo me lo contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez desde su llegada, y que la torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundaban en los criterios más antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para entrar en los hospitales. “No, mi querido joven”, le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.
       —Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días —concluyó—. Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.
       Al salir, Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la plaza de la Concordia. Vio la torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la oril a del Sena. Vio pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos, sino casas errantes de techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer, y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección, y de que no tenía la menor idea del sector de París donde estaba el hospital.
       Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un coñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba, se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejo;, numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en el dorso estaban impresos el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para comer y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres días cayó sin pausa la misma llovizna sucia de la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.
       El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande, con flores y pájaros silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la derecha, y los hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.
       Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del grupo y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un instante y entonces lo reconoció.
       —Pero ¿dónde diablos se había metido usted? —dijo. Billy Sánchez se quedó perplejo.
       —En el hotel —dijo—. Aquí, a la vuelta.
       Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las 7.10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, donde tenían una habitación reservada, y dio los datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó de los trámites del embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y durante esas cuarenta horas fue el hombre más buscado en Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentley convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.
       Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado a mediodía, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg St. Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido por la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro del ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez entró por fin en el hospital, el martes en la mañana, ya se había consumado el entierro en el triste panteón de La Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada que agradecer, pensando que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia.
       Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.

Publicado en Cuentos

Catedral, de Raymond Carver

      Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.
       Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le leía a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.
       Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en aquellos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.
       En cualquier caso, el hombre que primero disfrutó de sus favores, el futuro oficial, había sido su amor de la infancia. Así que muy bien. Estaba diciendo que al final del verano ella permitió que el ciego le pasara las manos por la cara, luego se despidió de él, se casó con su amor, etc., ya teniente, y se fue de Seattle. Pero el ciego y ella mantuvieron la comunicación. Ella hizo el primer contacto al cabo del año o así. Le llamó una noche por teléfono desde una base de las Fuerzas Aéreas en Alabama. Tenía ganas de hablar. Hablaron. El le pidió que le enviara una cinta y le contara cosas de su vida. Así lo hizo. Le envió la cinta. En ella le contaba al ciego cosas de su marido y de su vida en común en la base aérea. Le contó al ciego que quería a su marido, pero que no le gustaba dónde vivían, ni tampoco que él formase parte del entramado militar e industrial. Contó al ciego que había escrito un poema que trataba de él. Le dijo que estaba escribiendo un poema sobre la vida de la mujer de un oficial de las Fuerzas Aéreas. Todavía no lo había terminado. Aún seguía trabajando en él. El ciego grabó una cinta. Se la envió. Ella grabó otra. Y así durante años. Al oficial le destinaron a una base y luego a otra. Ella envió cintas desde Moody ACB, McGuire, McConnell, y finalmente, Travis, cerca de Sacramento, donde una noche se sintió sola y aislada de las amistades que iba perdiendo en aquella vida viajera. Creyó que no podría dar un paso más. Entró en casa y se tragó todas las píldoras y cápsulas que había en el armario de las medicinas, con ayuda de una botella de ginebra. Luego tomó un baño caliente y se desmayó.
       Pero en vez de morirse, le dieron náuseas. Vomitó. Su oficial —¿por qué iba a tener nombre? Era el amor de su infancia, ¿qué más quieres?— llegó a casa, la encontró y llamó a una ambulancia. A su debido tiempo, ella lo grabó todo y envió la cinta al ciego. A lo largo de los años, iba registrado toda clase de cosas y enviando cintas a un buen ritmo. Aparte de escribir un poema al año, creo que ésa era su distracción favorita. En una cinta le decía al ciego que había decidido separarse del oficial por una temporada. En otra, le hablaba de divorcio. Ella y yo empezamos a salir, y por supuesto se lo contó al ciego. Se lo contaba todo. O me lo parecía a mí. Una vez me preguntó si me gustaría oír la última cinta del ciego. Eso fue hace un año. Hablaba de mí, me dijo. Así que dije, bueno, la escucharé. Puse unas copas y nos sentamos en el cuarto de estar. Nos preparamos para escuchar. Primero introdujo la cinta en el magnetófono y tocó un par de botones. Luego accionó una palanquita. La cinta chirrió y alguien empezó a hablar con voz sonora. Ella bajó el volumen. Tras unos minutos de cháchara sin importancia, oí mi nombre en boca de ese desconocido, del ciego a quien jamás había visto. Y luego esto: «Por todo lo que me has contado de él, sólo puedo deducir…» Pero una llamada a la puerta nos interrumpió, y no volvimos a poner la cinta. Quizá fuese mejor así. Ya había oído todo lo que quería oír.
       Y ahora, ese mismo ciego venía a dormir a mi casa. —A lo mejor puedo llevarle a la bolera —le dije a mi mujer. Estaba junto al fregadero, cortando patatas para el horno. Dejó el cuchillo y se volvió.
       —Si me quieres —dijo ella—, hazlo por mí. Si no me quieres, no pasa nada. Pero si tuvieras un amigo, cualquiera que fuese, y viniera a visitarte, yo trataría de que se sintiera a gusto. —Se secó las manos con el paño de los platos.
       —Yo no tengo ningún amigo ciego.
       —Tú no tienes ningún amigo. Y punto. Además —dijo—, ¡maldita sea, su mujer acaba de morirse! ¿No lo entiendes? ¡Ha perdido a su mujer!
       No contesté. Me había hablado un poco de su mujer. Se llamaba Beulah. ¡Beulah! Es nombre de negra.
       —¿Era negra su mujer? —pregunté.
       —¿Estás loco? —replicó mi mujer—. ¿Te ha dado la vena o algo así?
       Cogió una patata. Vi cómo caía al suelo y luego rodaba bajo el fogón.
       —¿Qué te pasa? ¿Estás borracho?
       —Sólo pregunto —dije.
       Entonces mí mujer empezó a suministrarme más detalles de lo que yo quería saber. Me serví una copa y me senté a la mesa de la cocina, a escuchar. Partes de la historia empezaron a encajar.
       Beulah fue a trabajar para el ciego después de que mi mujer se despidiera. Poco más tarde, Beulah y el ciego se casaron por la iglesia. Fue una boda sencilla —¿quién iba a ir a una boda así?—, sólo los dos, más el ministro y su mujer. Pero de todos modos fue un matrimonio religioso. Lo que Beulah quería, había dicho él. Pero es posible que en aquel momento Beulah llevara ya el cáncer en las glándulas. Tras haber sido inseparables durante ocho años —ésa fue la palabra que empleó mi mujer, inseparables—, la salud de Beulah empezó a declinar rápidamente. Murió en una habitación de hospital de Seattle, mientras el ciego sentado junto a la cama le cogía la mano. Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos —y hecho el amor, claro— y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor. Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas —me lo estoy imaginando—, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: «él nunca ha sabido cómo soy yo», en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético.
       Así que, cuando llegó el momento, mi mujer fue a la estación a recogerle. Sin nada que hacer, salvo esperar —claro que de eso me quejaba—, estaba tomando una copa y viendo la televisión cuando oí parar al coche en el camino de entrada. Sin dejar la copa, me levanté del sofá y fui a la ventana a echar una mirada.
       Vi reír a mi mujer mientras aparcaba el coche. La vi salir y cerrar la puerta. Seguía sonriendo. Qué increíble. Rodeó el coche y fue a la puerta por la que el ciego ya estaba empezando a salir. ¡El ciego, fíjense en esto, llevaba barba crecida! ¡Un ciego con barba! Es demasiado, diría yo. El ciego alargó el brazo al asiento de atrás y sacó una maleta. Mi mujer le cogió del brazo, cerró la puerta y, sin dejar de hablar durante todo el camino, le condujo hacia las escaleras y el porche. Apagué la televisión. Terminé la copa, lavé el vaso, me sequé las manos. Luego fui a la puerta.
       —Te presento a Robert —dijo mi mujer—. Robert, éste es mi marido. Ya te he hablado de él.
       Estaba radiante de alegría. Llevaba al ciego cogido por la manga del abrigo.
       El ciego dejó la maleta en el suelo y me tendió la mano. Se la estreché. Me dio un buen apretón, retuvo mi mano y luego la soltó.
       —Tengo la impresión de que ya nos conocemos —dijo con voz grave.
       —Yo también —repuse. No se me ocurrió otra cosa. Luego añadí—: Bienvenido. He oído hablar mucho de usted.
       Entonces, formando un pequeño grupo, pasamos del porche al cuarto de estar, mi mujer conduciéndole por el brazo. El ciego llevaba la maleta con la otra mano. Mi mujer decía cosas como: «A tu izquierda, Robert. Eso es. Ahora, cuidado, hay una silla. Ya está. Siéntate ahí mismo. Es el sofá. Acabamos de comprarlo hace dos semanas.»
       Empecé a decir algo sobre el sofá viejo. Me gustaba. Pero no dije nada. Luego quise decir otra cosa, sin importancia, sobre la panorámica del Hudson que se veía durante el viaje. Cómo para ir a Nueva York había que sentarse en la parte derecha del tren, y, al venir de Nueva York, a la parte izquierda.
       —¿Ha tenido buen viaje? —le pregunté—. A propósito, ¿en qué lado del tren ha venido sentado?
       —¡Vaya pregunta, en qué lado! —exclamó mi mujer—. ¿Qué importancia tiene?
       —Era una pregunta.
       —En el lado derecho —dijo el ciego—. Hacía casi cuarenta años que no iba en tren. Desde que era niño. Con mis padres. Demasiado tiempo. Casi había olvidado la sensación. Ya tengo canas en la barba. O eso me han dicho, en todo caso. ¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía? —preguntó el ciego a mi mujer. —Tienes un aire muy distinguido, Robert. Robert —dijo ella—, ¡qué contenta estoy de verte, Robert!
       Finalmente, mi mujer apartó la vista del ciego y me miró. Tuve la impresión de que no le había gustado su aspecto. Me encogí de hombros.
       Nunca he conocido personalmente a ningún ciego. Aquel tenía cuarenta y tantos años, era de constitución fuerte, casi calvo, de hombros hundidos, como si llevara un gran peso. Llevaba pantalones y zapatos marrones, camisa de color castaño claro, corbata y chaqueta de sport. Impresionante. Y también una barba tupida. Pero no utilizaba bastón ni llevaba gafas oscuras. Siempre pensé que las gafas oscuras eran indispensables para los ciegos. El caso era que me hubiese gustado que las llevara. A primera vista, sus ojos parecían normales, como los de todo el mundo, pero si uno se fijaba tenían algo diferente. Demasiado blanco en el iris, para empezar, y las pupilas parecían moverse en sus órbitas como si no se diera cuenta o fuese incapaz de evitarlo. Horrible. Mientras contemplaba su cara, vi que su pupila izquierda giraba hacia la nariz mientras la otra procuraba mantenerse en su sitio. Pero era un intento vano, pues el ojo vagaba por su cuenta sin que él lo supiera o quisiera saberlo.
       —Voy a servirle una copa —dije—. ¿Qué prefiere? Tenemos un poco de todo. Es uno de nuestros pasatiempos.
       —Solo bebo whisky escocés, muchacho —se apresuró a decir • con su voz sonora.
       —De acuerdo —dije. ¡Muchacho!—. Claro que sí, lo sabía. Tocó con los dedos la maleta, que estaba junto al sofá. Se hacía su composición de lugar. No se lo reproché. —La llevaré a tu habitación —le dijo mi mujer. —No, está bien —dijo el ciego en voz alta—. Ya la llevaré yo cuando suba.
       —¿Con un poco de agua, el whisky? —le pregunté.
       —Muy poca.
       —Lo sabía.
       —Solo una gota —dijo él—. Ese actor irlandés, ¿Barry Fitzgerald? Soy como él. Cuando bebo agua, decía Fitzgerald, bebo agua. Cuando bebo whisky, bebo whisky.
       Mi mujer se echó a reír. El ciego se llevó la mano a la barba. Se la levantó despacio y la dejó caer.
       Preparé las copas, tres vasos grandes de whisky con un chorrito de agua en cada uno. Luego nos pusimos cómodos y hablamos de los viajes de Robert. Primero, el largo vuelo desde la costa Oeste a Connecticut. Luego, de Connecticut aquí, en tren. Tomamos otra copa para esa parte del viaje.
       Recordé haber leído en algún sitio que los ciegos no fuman porque, según dicen, no pueden ver el humo que exhalan. Creí que al menos sabía eso de los ciegos. Pero este ciego en particular fumaba el cigarrillo hasta el filtro y luego encendía otro. Llenó el cenicero y mi mujer lo vació.
       Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, tomamos otra copa. Mi mujer llenó el plato de Robert con un filete grueso, patatas al horno, judías verdes. Le unté con mantequilla dos rebanadas de pan.
       —Ahí tiene pan y mantequilla —le dije, bebiendo parte de mi copa—. Y ahora recemos.
       El ciego inclinó la cabeza. Mi mujer me miró con la boca abierta.
       —Roguemos para que el teléfono no suene y la comida no esté fría —dije.
       Nos pusimos al ataque. Nos comimos todo lo que había en la mesa. Devoramos como si no nos esperase un mañana. No blamos. Comimos. Nos atiborramos. Como animales. Nos dedicamos a comer en serio. El ciego localizaba inmediatamente la comida, sabía exactamente dónde estaba todo en el plato. Lo observé con admiración mientras manipulaba la carne con el cuchillo y el tenedor. Cortaba dos trozos de filete, se llevaba la carne a la boca con el tenedor, se dedicaba luego a las patatas asadas y a las judías verdes, y después partía un trozo grande de pan con mantequilla y se lo comía. Lo acompañaba con un buen trago de leche. Y, de vez en cuando, no le importaba utilizar los dedos.
       Terminamos con todo, incluyendo media tarta de fresas. Durante unos momentos quedamos inmóviles, como atontados. El sudor nos perlaba el rostro. Al fin nos levantamos de la mesa, dejando los platos sucios. No miramos atrás. Pasamos al cuarto de estar y nos dejamos caer de nuevo en nuestro sitio. Robert y mi mujer, en el sofá. Yo ocupé la butaca grande. Tomamos dos o tres copas más mientras charlaban de las cosas más importantes que les habían pasado durante los últimos diez años. En general, me limité a escuchar. De vez en cuando intervenía. No quería que pensase que me había ido de la habitación, y no quería que ella creyera que me sentía al margen. Hablaron de cosas que les habían ocurrido —¡a ellos!— durante esos diez años. En vano esperé oír mi nombre en los dulces labios de mi mujer: «Y entonces mi amado esposo apareció en mi vida», algo así. Pero no escuché nada parecido. Hablaron más de Robert. Según parecía, Robert había hecho un poco de todo, un verdadero ciego aprendiz de todo y maestro de nada. Pero en época reciente su mujer y él distribuían los productos Amway, con lo que se ganaban la vida más o menos, según pude entender. El ciego también era aficionado a la radio. Hablaba con su voz grave de las conversaciones que había mantenido con operadores de Guam, en las Filipinas, en Alaska e incluso en Tahití. Dijo que tenía muchos amigos por allí, si alguna vez quería visitar esos países. De cuando en cuando volvía su rostro ciego hacia mí, se ponía la mano bajo la barba y me preguntaba algo. ¿Desde cuándo tenía mi empleo actual? (Tres años.) ¿Me gustaba mi trabajo? (No.) ¿Tenía intención de conservarlo? (¿Qué remedio me quedaba?) Finalmente, cuando pensé que empezaba a quedarse sin cuerda, me levanté y encendí la televisión.
       Mi mujer me miró con irritación. Empezaba a acalorarse. Luego miró al ciego y le preguntó:
       —¿Tienes televisión, Robert?
       —Querida mía —contestó el ciego—, tengo dos televisores. Uno en color y otro en blanco y negro, una vieja reliquia. Es curioso, pero cuando enciendo la televisión, y siempre estoy poniéndola, conecto el aparato en color. ¿No te parece curioso?
       No supe qué responder a eso. No tenía absolutamente nada que decir. Ninguna opinión. Así que vi las noticias y traté de escuchar lo que decía el locutor.
       —Esta televisión es en color —dijo el ciego—. No me preguntéis cómo, pero lo sé.
       —La hemos comprado hace poco —dije. El ciego bebió un sorbo de su vaso. Se levantó la barba, la olió y la dejó caer. Se inclinó hacia adelante en el sofá. Localizó el cenicero en la mesa y aplicó el mechero al cigarrillo. Se recostó en el sofá y cruzó las piernas, poniendo el tobillo de una sobre la rodilla de la otra.
       Mi mujer se cubrió la boca y bostezó. Se estiró.
       —Voy a subir a ponerme la bata. Me apetece cambiarme. Ponte cómodo, Robert —dijo.
       —Estoy cómodo —repuso el ciego.
       —Quiero que te sientas a gusto en esta casa.
       —Lo estoy —aseguró el ciego.
       Cuando salió de la habitación, escuchamos el informe del tiempo y luego el resumen de los deportes. Para entonces, ella había estado ausente tanto tiempo, que yo ya no sabía si iba a volver. Pensé que se habría acostado. Deseaba que bajase. No quería quedarme solo con el ciego. Le pregunté si quería otra copa y me respondió que naturalmente que sí. Luego le pregunté si le apetecía fumar un poco de mandanga conmigo. Le dije que acababa de liar un porro. No lo había hecho, pero pensaba hacerlo en un periquete.
       —Probaré un poco —dijo.
       —Bien dicho. Así se habla.
       Serví las copas y me senté a su lado en el sofá. Luego lié dos canutos gordos. Encendí uno y se lo pasé. Se lo puse entre los dedos. Lo cogió e inhaló.
       —Reténgalo todo lo que pueda —le dije.
       Vi que no sabía nada del asunto.
       Mi mujer bajó llevando la bata rosa con las zapatillas del mismo color.
       —¿Qué es lo que huelo? —preguntó.
       —Pensamos fumar un poco de hierba —dije.
       Mi mujer me lanzó una mirada furiosa. Luego miró al ciego y dijo:
       —No sabía que fumaras, Robert.
       —Ahora lo hago, querida mía. Siempre hay una primera vez. Pero todavía no siento nada.
       —Este material es bastante suave —expliqué—. Es flojo. Con esta mandanga se puede razonar. No le confunde a uno.
       —No hace mucho efecto, muchacho —dijo, riéndose.
       Mi mujer se sentó en el sofá, entre los dos. Le pasé el canuto. Lo cogió, le dio una calada y me lo volvió a pasar.
       —¿En qué dirección va esto? —preguntó—. No debería fumar. Apenas puedo tener los ojos abiertos. La cena ha acabado conmigo. No he debido comer tanto.
       —Ha sido la tarta de fresas —dijo el ciego—. Eso ha sido la puntilla.
       Soltó una enorme carcajada. Luego meneó la cabeza.
       —Hay más tarta —le dije.
       —¿Quieres un poco más, Robert? —le preguntó mi mujer.
       —Quizá dentro de un poco.
       Prestamos atención a la televisión. Mi mujer bostezó otra vez.
       —Cuando tengas ganas de acostarte, Robert, tu cama está hecha —dijo—. Sé que has tenido un día duro. Cuando estés listo para ir a la cama, dilo. —Le tiró del brazo—. ¿Robert?
       Volvió de su ensimismamiento y dijo:
       —Lo he pasado verdaderamente bien. Esto es mejor que las cintas, ¿verdad?
       —Le toca a usted —le dije, poniéndole el porro entre los dedos.
       Inhaló, retuvo el humo y luego lo soltó. Era como si lo estuviese haciendo desde los nueve años.
       —Gracias, muchacho. Pero creo que esto es todo para mí. Me parece que empiezo a sentir el efecto.
       Pasó a mi mujer el canuto chisporroteante.
       —Lo mismo digo —dijo ella—. Ídem de ídem. Yo también.
       Cogió el porro y me lo pasó.
       —Me quedaré sentada un poco entre vosotros dos con los ojos serrados. Pero no me prestéis atención, ¿eh? Ninguno de lo» dos. Si os molesto, decidlo. Si no, es posible que me quede aquí sentada con los ojos cerrados hasta que os marchéis a acostar. Tu cama está hecha, Robert, para cuando quieras. Está al lado de nuestra habitación, al final de las escaleras. Te acompañaremos cuando estés listo. Si me duermo, despertadme, chicos. Al decir eso, cerró los ojos y se durmió. Terminaron las noticias. Me levanté y cambié de canal. Volví a sentarme en el sofá. Deseé que mi mujer no se hubiera quedado dormida. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca abierta. Se había dado la vuelta, de modo que la bata se le había abierto revelando un muslo apetitoso. Alargué la mano para volverla a tapar y entonces miré al ciego. ¡Qué cono! Dejé la bata como estaba.
       —Cuando quiera un poco de tarta, dígalo —le recordé. —Lo haré.
       —¿Está cansado? ¿Quiere que le lleve a la cama? ¿Le apetece irse a la piltra?
       —Todavía no —contestó—. No, me quedaré contigo, muchacho. Si no te parece mal. Me quedaré hasta que te vayas a aceitar. No hemos tenido oportunidad de hablar. ¿Comprendes lo que quiero decir? Tengo la impresión de que ella y yo hemos monopolizado la velada.
       Se levantó la barba y la dejó caer. Cogió los cigarrillos y el mechero.
       —Me parece bien —dije, y añadí—: Me alegro de tener compañía.
       Y supongo que así era. Todas las noches fumaba hierba y me quedaba levantado hasta que me venía el sueño. Mi mujer y yo rara vez nos acostábamos al mismo tiempo. Cuando me dormía, empezaba a soñar. A veces me despertaba con el corazón encogido.
       En la televisión había algo sobre la iglesia y la Edad Media. No era un programa corriente. Yo quería ver otra cosa. Puse otros canales. Pero tampoco había nada en los demás. Así que volví a poner el primero y me disculpé.
       —No importa, muchacho —dijo el ciego—. A mí me parece bien. Mira lo que quieras. Yo siempre aprendo algo. Nunca se acaba de aprender cosas. No me vendría mal aprender algo esta noche. Tengo oídos.
       No dijimos nada durante un rato. Estaba inclinado hacia adelante, con la cara vuelta hacia mí, la oreja derecha apuntando en dirección al aparato. Muy desconcertante. De cuando en cuando dejaba caer los párpados para abrirlos luego de golpe, como si pensara en algo que oía en la televisión.
       En la pantalla, un grupo de hombres con capuchas eran atacados y torturados por otros vestidos con trajes de esqueleto y de demonios. Los demonios llevaban máscaras de diablo, cuernos y largos rabos. El espectáculo formaba parte de una procesión. El narrador inglés dijo que se celebraba en España una vez al año. Traté de explicarle al ciego lo que sucedía.
       —Esqueletos. Ya sé —dijo, moviendo la cabeza. La televisión mostró una catedral. Luego hubo un plano largo y lento de otra. Finalmente, salió la imagen de la más famosa, la de París, con sus arbotantes y sus flechas que llegaban hasta las nubes. La cámara se retiró para mostrar el conjunto de la catedral surgiendo por encima del horizonte.
       A veces, el inglés que contaba la historia se callaba, dejando simplemente que el objetivo se moviera en torno a las catedrales. O bien la cámara daba una vuelta por el campo y aparecían hombres caminando detrás de los bueyes. Esperé cuanto pude. Luego me sentí obligado a decir algo:
       —Ahora aparece el exterior de esa catedral. Gárgolas. Pequeñas estatuas en forma de monstruos. Supongo que ahora están en Italia. Sí, en Italia. Hay cuadros en los muros de esa iglesia.
       —¿Son pinturas al fresco, muchacho? —me preguntó, dando un sorbo de su copa.
       Cogí mi vaso, pero estaba vacío. Intenté recordar lo que pude.
       —¿Me pregunta si son frescos? —le dije—. Buena pregunta. No lo sé.
       La cámara enfocó una catedral a las afueras de Lisboa. Comparada con la francesa y la italiana, la portuguesa no mostraba grandes diferencias. Pero existían. Sobre todo en el interior. Entonces se me ocurrió algo.
       —Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tiene usted idea de lo que es una catedral? ¿El aspecto que tiene, quiero decir? ¿Me sigue? Si alguien le dice la palabra catedral, ¿sabe usted de qué le hablan? ¿Conoce usted la diferencia entre una catedral y una iglesia baptista, por ejemplo?
       Dejó que el humo se escapara despacio de su boca.
       —Sé que para construirla han hecho falta centenares de obreros y cincuenta o cien años —contestó—. Acabo de oírselo decir al narrador, claro está. Sé que en una catedral trabajaban generaciones de una misma familia. También lo ha dicho el comentarista. Los que empezaban, no vivían para ver terminada la obra. En ese sentido, muchacho, no son diferentes de nosotros, ¿verdad?
       Se echó a reír. Sus párpados volvieron a cerrarse. Su cabeza se movía. Parecía dormitar. Tal vez se figuraba estar en Portugal. Ahora, la televisión mostraba otra catedral. En Alemania, esta vez. La voz del inglés seguía sonando monótonamente.
       —Catedrales —dijo el ciego.
       Se incorporó, moviendo la cabeza de atrás adelante.
       —Si quieres saber la verdad, muchacho, eso es todo lo que sé. Lo que acabo de decir. Pero tal vez quieras describirme una. Me gustaría. Ya que me lo preguntas, en realidad no tengo una idea muy clara.
       Me fijé en la toma de la catedral en la televisión. ¿Cómo podía empezar a describírsela? Supongamos que mi vida dependiera de ello. Supongamos que mi vida estuviese amenazada por un loco que me ordenara hacerlo, o si no…
       Observé la catedral un poco más hasta que la imagen pasó al campo. Era inútil. Me volví hacia el ciego y dije:
       —Para empezar, son muy altas.
       Eché una mirada por el cuarto para encontrar ideas.
       —Suben muy arriba. Muy alto. Hacia el cielo. Algunas son tan grandes que han de tener apoyo. Para sostenerlas, por decirlo así. El apoyo se llama arbotante. Me recuerdan a los viaductos, no sé por qué. Pero quizá tampoco sepa usted lo que son los viaductos. A veces, las catedrales tienen demonios y cosas así en la fachada. En ocasiones, caballeros y damas. No me pregunte por qué.
       El asentía con la cabeza. Todo su torso parecía moverse de atrás adelante.
       —No se lo explico muy bien, ¿verdad? —le dije. Dejó de asentir y se inclinó hacia adelante, al borde del sofá. Mientras me escuchaba, se pasaba los dedos por la barba. No me hacía entender, eso estaba claro. Pero de todos modos esperó a que continuara. Asintió como si tratara de animarme. Intenté pensar en otra cosa que decir.
       —Son realmente grandes. Pesadas. Están hechas de piedra. De mármol también, a veces. En aquella época, al construir catedrales los hombres querían acercarse a Dios. En esos días, Dios era una parte importante en la vida de todo el mundo. Eso se ve en la construcción de catedrales. Lo siento —dije—, pero creo que eso es todo lo que puedo decirle. Esto no se me da bien.
       —No importa, muchacho —dijo el ciego—. Escucha, espero que no te moleste que te pregunte. ¿Puedo hacerte una pregunta? Deja que te haga una sencilla. Contéstame sí o no. Sólo por curiosidad y sin ánimo de ofenderte. Eres mi anfitrión. Pero ¿eres creyente en algún sentido? ¿No te molesta que te lo pregunte? Meneé la cabeza. Pero él no podía verlo. Para un ciego, es lo mismo un guiño que un movimiento de cabeza.
       —Supongo que no soy creyente. No creo en nada. A veces resulta difícil. ¿Sabe lo que quiero decir? —Claro que sí. —Así es.
       El inglés seguía hablando. Mi mujer suspiró, dormida. Respiró hondo y siguió durmiendo.
       —Tendrá que perdonarme —le dije—. Pero no puedo explicarle cómo es una catedral. Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho.
       El ciego permanecía inmóvil mientras me escuchaba, con la cabeza inclinada.
       —Lo cierto es —proseguí— que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en la televisión a última hora de la noche. Eso es todo.
       Entonces fue cuando el ciego se aclaró la garganta. Sacó algo del bolsillo de atrás. Un pañuelo. Luego dijo:
       —Lo comprendo, muchacho. Esas cosas pasan. No te preocupes. Oye, escúchame. ¿Querrías hacerme un favor? Tengo una idea. ¿Por qué no vas a buscar un papel grueso? Y una pluma. Haremos algo. Dibujaremos juntos una catedral. Trae papel grueso y una pluma. Vamos, muchacho, tráelo.
       Así que fui arriba. Tenía las piernas como sin fuerza. Como si acabara de venir de correr. Eché una mirada en la habitación de mi mujer. Encontré bolígrafos encima de su mesa, en una cestita. Luego pensé dónde buscar la clase de papel que me había pedido.
       Abajo, en la cocina, encontré una bolsa de la compra con cáscaras de cebolla en el fondo. La vacié y la sacudí. La llevé al cuarto de estar y me senté con ella a sus pies. Aparté unas cosas, alisé las arrugas del papel de la bolsa y lo extendí sobre la mesita.
       El ciego se bajó del sofá y se sentó en la alfombra, a mi lado.
       Pasó los dedos por el papel, de arriba a abajo. Recorrió los lados del papel. Incluso los bordes, hasta los cantos. Manoseó las esquinas.
       —Muy bien —dijo—. De acuerdo, vamos a hacerla.
       Me cogió la mano, la que tenía el bolígrafo. La apretó.
       —Adelante, muchacho, dibuja —me dijo—. Dibuja. Ya verás. Yo te seguiré. Saldrá bien. Empieza ya, como te digo. Ya vetas. Dibuja.
       Así que empecé. Primero tracé un rectángulo que parecía una casa. Podía ser la casa en la que vivo. Luego le puse el tejado. En cada extremo del tejado, dibujé flechas góticas. De locos.
       —Estupendo —dijo él—. Magnífico. Lo haces estupendamente. Nunca en la vida habías pensado hacer algo así, ¿verdad, muchacho? Bueno, la vida es rara, ya lo sabemos. Venga. Sigue.
       Puse ventanas con arcos. Dibujé arbotantes. Suspendí puertas enormes. No podía parar. El canal de la televisión dejó de emitir. Dejé el bolígrafo para abrir y cerrar los dedos. El ciego palpó el papel. Movía las puntas de los dedos por encima, por donde yo había dibujado, asintiendo con la cabeza.
       —Esto va muy bien —dijo.
       Volví a coger el bolígrafo y él encontró mi mano. Seguí con ello. No soy ningún artista, pero continué dibujando de todos modos.
       Mi mujer abrió los ojos y nos miró. Se incorporó en el sofá, con la bata abierta.
       —¿Qué estáis haciendo? —preguntó—. Contádmelo. Quiero saberlo.
       No le contesté.
       —Estamos dibujando una catedral —dijo el ciego—. Lo estamos haciendo él y yo. Aprieta fuerte —me dijo a mí—. Eso es. Así va bien. Naturalmente. Ya lo tienes, muchacho. Lo sé. Creías que eras incapaz. Pero puedes, ¿verdad? Ahora vas echando chispas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Verdaderamente vamos a tener algo aquí dentro de un momento. ¿Cómo va ese brazo? —me preguntó—. Ahora pon gente por ahí. ¿Qué es una catedral sin gente?
       —¿Qué pasa? —inquirió mi mujer—. ¿Qué estás haciendo, Robert? ¿Qué ocurre?
       —Todo va bien —le dijo a ella.
       Y añadió, dirigiéndose a mí:
       —Ahora cierra los ojos.
       Lo hice. Los cerré, tal como me decía.
       —¿Los tienes cerrados? —preguntó—. No hagas trampa.
       —Los tengo cerrados.
       —Mantenlos así. No pares ahora. Dibuja.
       Y continuamos. Sus dedos apretaban los míos mientras mi mano recorría el papel. No se parecía a nada que hubiese hecho en la vida hasta aquel momento.
       Luego dijo:
       —Creo que ya está. Me parece que lo has conseguido. Echa una mirada. ¿Qué te parece?
       Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.
       —¿Y bien? —preguntó—. ¿Estás mirándolo?
       Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero yo no tenía la impresión de estar dentro de nada.
       —Es verdaderamente extraordinario —dije.

Publicado en Cuentos

Mecánica popular, de Raymond Carver

Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana -una ventana abierta a la altura del hombro- que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa.

Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció por la puerta.

–¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas! –gritó–. ¿Me oyes?

Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.

–¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas! –Empezó a llorar–. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?

Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió.

Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después dio la vuelta y volvió a la sala.

–Trae eso aquí –le ordenó él.

–Coge tus cosas y lárgate –contestó ella.

Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala.

Ella estaba en el umbral de la cocina con el niño en los brazos.

–Quiero al niño –dijo él.

–¿Estás loco?

–No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.

–A este niño no lo tocas –le advirtió ella.

El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.

–Oh! Oh! –exclamó ella mirando al niño.

Él avanzó hacia ella.

–¡Por el amor de Dios! –se lamentó ella. Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.

–Quiero el niño.

–¡Fuera de aquí!

Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina. Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.

–Suéltalo –dijo.

–¡Apártate! ¡Apártate! –gritó ella.

El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina.

Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.

–Suéltalo –repitió.

–No –dijo ella–. Le estás haciendo daño al niño.

–No le estoy haciendo daño.

Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la casi oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos de ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro.

Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.

–¡No! –gritó al darse cuenta que sus manos cedían.

Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó atrás.

Pero él no lo soltaba.

Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y tiró con todas sus fuerzas.

Así, la cuestión quedó zanjada.

Publicado en Cuentos

La capa, de Dino Buzzati

Al cabo de una interminable espera, cuando la esperanza comenzaba ya a morir, Giovanni regresó a casa. Todavía no habían dado las dos, su madre estaba quitando la mesa, era un día gris de marzo y volaban las cornejas.

Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah, bendito seas!», corriendo a abrazarlo. También Anna y Pietro, sus dos hermanitos mucho más pequeños, se pusieron a gritar de alegría. Había llegado el momento esperado durante meses y meses, tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba, que debía traer la felicidad.

Él apenas dijo nada, teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla, en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. «Deja que te vea», decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás, «déjame ver lo guapo que estás. Pero qué pálido estás…»

Estaba realmente algo pálido, y como consumido. Se quitó el gorro, avanzó hasta la mitad de la habitación, se sentó. Qué cansado, qué cansado, incluso sonreír parecía que le costaba.

-Pero quítate la capa, criatura -dijo la madre, y lo miraba como un prodigio, hasta el punto de sentirse amedrentada; qué alto, qué guapo, qué apuesto se había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)-. Quítate la capa, tráela acá, ¿no notas el calor?

Él hizo un brusco movimiento de defensa, instintivo, apretando contra sí la capa, quizá por temor a que se la arrebataran.

-No, no, deja -respondió, evasivo-, mejor no, es igual, dentro de poco me tengo que ir…

-¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? -dijo ella desolada al ver de pronto que volvía a empezar, después de tanta alegría, la eterna pena de las madres-. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada?

-Ya he comido, madre -respondió el muchacho con una sonrisa amable, y miraba en torno, saboreando las amadas sombras-. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros de aquí…

-Ah, ¿no has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena, quizá?

-No, no, uno que me encontré por el camino. Está ahí afuera, esperando.

-¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del camino?

Se llegó a la ventana y más allá del huerto, más allá del cancel de madera, alcanzó a ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud; estaba embozada por entero y daba sensación de negro. Nació entonces en su ánimo, incomprensible, en medio de los torbellinos de la inmensa alegría, una pena misteriosa y aguda.

-Mejor no -respondió él, resuelto-. Para él sería una molestia, es un tipo raro.

-¿Y un vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos llevar, ¿no?

-Mejor no, madre. Es un tipo extravagante y es capaz de ponerse furioso.

-¿Pues quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué quiere de ti?

-Bien no lo conozco -dijo él lentamente y muy serio-. Lo encontré por el camino. Ha venido conmigo, eso es todo.

Parecía preferir hablar de otra cosa, parecía avergonzarse. Y la madre, para no contrariarlo, cambió inmediatamente de tema, pero ya se extinguía de su rostro amable la luz del principio.

-Escucha -dijo-, ¿te imaginas a Marietta cuando sepa que has vuelto? ¿Te imaginas qué saltos de alegría? ¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte?

Él se limitó a sonreír, siempre con aquella expresión de aquel que querría estar contento pero no puede por algún secreto pesar.

La madre no alcanzaba a comprender: ¿por qué se estaba ahí sentado, como triste, igual que el lejano día de la partida? Ahora estaba de vuelta, con una vida nueva por delante, una infinidad de días disponibles sin cuidados, con innumerables noches hermosas, un rosario inagotable que se perdía más allá de las montañas, en la inmensidad de los años futuros. Se acabaron las noches de angustia, cuando en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se podía pensar que también él estaba allí en medio, tendido inmóvil en tierra, con el pecho atravesado, entre los restos sangrientos. Por fin había vuelto, mayor, más guapo, y qué alegría para Marietta. Dentro de poco llegaría la primavera, se casarían en la iglesia un domingo por la mañana entre flores y repicar de campanas. ¿Por qué, entonces, estaba apagado y distraído, por qué no reía, por qué no contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la ceñía tanto, con el calor que hacía en la casa? ¿Acaso porque el uniforme, debajo, estaba roto y embarrado? Pero con su madre, ¿cómo podía avergonzarse delante de su madre? He aquí que, cuando las penas parecían haber acabado, nacía de pronto una nueva inquietud.

Con el dulce rostro ligeramente ceñudo, lo miraba con fijeza y preocupación, atenta a no contrariarlo, a captar con rapidez todos sus deseos. ¿O acaso estaba enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de los muchos trabajos? ¿Por qué no hablaba, por qué ni siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba, parecía más bien evitar que sus miradas se encontraran, como si temiera algo. Y, mientras tanto, los dos hermanos pequeños lo contemplaban mudos, con una extraña vergüenza.

-Giovanni -murmuró ella sin poder contenerse más-. ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás aquí! Espera un momento que te haga el café.

Corrió a la cocina. Y Giovanni se quedó con sus hermanos mucho más pequeños que él. Si se hubieran encontrado por la calle ni siquiera se habrían reconocido, tal había sido el cambio en el espacio de dos años. Ahora se miraban recíprocamente en silencio, sin saber qué decirse, pero sonriéndose los tres de cuando en cuando, obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado.

Ya estaba de vuelta la madre y con ella el café humeante con un buen pedazo de pastel. Vació la taza de un trago, masticó el pastel con esfuerzo. «¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta? ¡Antes te volvía loco!», habría querido decirle la madre, pero calló para no importunarlo.

-Giovanni -le propuso en cambio-, ¿y tu cuarto? ¿no quieres verlo? La cama es nueva, ¿sabes? He hecho encalar las paredes, hay una lámpara nueva, ven a verlo… pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No tienes calor?

El soldado no le respondió, sino que se levantó de la silla y se encaminó a la estancia vecina. Sus gestos tenían una especie de pesada lentitud, como si no tuviera veinte años. La madre se adelantó corriendo para abrir los postigos (pero entró solamente una luz gris, carente de cualquier alegría).

-Está precioso -dijo él con débil entusiasmo cuando estuvo en el umbral, a la vista de los muebles nuevos, de los visillos inmaculados, de las paredes blancas, todos ellos nuevos y limpios. Pero, al inclinarse la madre para arreglar la colcha de la cama, también flamante, posó él la mirada en sus frágiles hombros, una mirada de inefable tristeza que nadie, además, podía ver. Anna y Pietro, de hecho, estaban detrás de él, las caritas radiantes, esperando una gran escena de regocijo y sorpresa.

Sin embargo, nada. «Muy bonito. Gracias, sabes, madre», repitió, y eso fue todo. Movía los ojos con inquietud, como quien desea concluir un coloquio penoso. Pero sobre todo miraba de cuando en cuando con evidente preocupación, a través de la ventana, el cancel de madera verde detrás del cual una figura andaba arriba y abajo lentamente.

-¿Te gusta, Giovanni? ¿Te gusta? -preguntó ella, impaciente por verlo feliz. «¡Oh, sí, está precioso!» respondió el hijo (pero ¿por qué se empeñaba en no quitarse la capa?) y continuaba sonriendo con muchísimo esfuerzo.

-Giovanni -le suplicó-. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, Giovanni? Tú me ocultas algo, ¿por qué no me lo quieres decir?

Él se mordió los labios, parecía que tuviese algo atravesado en la garganta.

-Madre -respondió, pasado un instante, con voz opaca-, madre, ahora me tengo que ir.

-¿Que te tienes que ir? Pero vuelves en seguida, ¿no? Vas donde Marietta, ¿a que sí? Dime la verdad, ¿vas donde Marietta? -y trataba de bromear, aun sintiendo pena.

-No lo sé, madre -respondió él, siempre con aquel tono contenido y amargo; entre tanto, se encaminaba a la puerta y había recogido ya el gorro de pelo-, no lo sé, pero ahora me tengo que ir, ese está ahí esperándome.

-¿Pero vuelves luego?, ¿vuelves? Dentro de dos horas aquí, ¿verdad? Haré que vengan también el tío Giulio y la tía, figúrate qué alegría para ellos también, intenta llegar un poco antes de que comamos…

-Madre -repitió el hijo como si la conjurase a no decir nada más, a callar por caridad, a no aumentar la pena-. Ahora me tengo que ir, ahí está ese esperándome, ya ha tenido demasiada paciencia-. Y la miró fijamente…

Se acercó a la puerta; sus hermanos pequeños, todavía divertidos, se apretaron contra él y Pietro levantó una punta de la capa para saber cómo estaba vestido su hermano por debajo.

-¡Pietro! ¡Pietro! Estate quieto, ¿qué haces?, ¡déjalo en paz, Pietro! -gritó la madre temiendo que Giovanni se enfadase.

-¡No, no! -exclamó el soldado, advirtiendo el gesto del muchacho. Pero ya era tarde. Los dos faldones de paño azul se habían abierto un instante.

-¡Oh, Giovanni, vida mía!, ¿qué te han hecho? -tartamudeó la madre hundiendo el rostro entre las manos-. Giovanni, ¡esto es sangre!

-Tengo que irme, madre -repitió él por segunda vez con desesperada firmeza-. Ya lo he hecho esperar bastante. Hasta luego, Anna; hasta luego, Pietro; adiós, madre.

Estaba ya en la puerta. Salió como llevado por el viento. Atravesó el huerto casi a la carrera, abrió el cancel, dos caballos partieron al galope bajo el cielo gris, no hacia el pueblo, no, sino a través de los prados, hacia el norte, en dirección a las montañas. Galopaban, galopaban.

Entonces la madre por fin comprendió; un vacío inmenso que nunca los siglos habrían bastado a colmar se abrió en su corazón. Comprendió la historia de la capa, la tristeza del hijo y, sobre todo, quién era el misterioso individuo que paseaba arriba y abajo por el camino esperando, quién era aquel siniestro personaje tan paciente. Tan misericordioso y paciente como para acompañar a Giovanni a su vieja casa (antes de llevárselo para siempre), a fin de que pudiera saludar a su madre; de esperar tantos minutos detrás del cancel, de pie, en medio del polvo, él, señor del mundo, como un pordiosero hambriento.