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Reseña: Axis, de Robert Charles Wilson

Reseña

Vengo directamente de leer la primera novela de la trioligía y se nota a leguas la diferencia. En todo. En la extensión de tiempo que abarca, en los personajes, en los giros inesperados. Algo se mantiene y son las preguntas y los finales abiertos, pero por lo que he leído eso se soluciona de forma definitiva en la tercera entrega.
Axis me gustó al inicio y al intermedio, pero el final no me termina de convencer. Se sintió muy apresurado, como un manuscrito al que se le dio un buen tiempo para escribir y corregir al inicio, pero se apresuró en las últimas páginas para cumplir el plazo de entrega.
De igual forma, la historia es fascinante y los elementos que agrega a Spin son cuando menos interesantes. A últimas instancias hay un cambio muy curioso en el personaje central de la historia, y el lenguaje es bueno. Lastima que no hay traducción al español, al menos no que yo sepa.

Resumen

  1. Un niño llamado Isaac recibe la visita de una anciana que comienza a hacerle preguntas. Ha viajado expresamente para conocerlo, y hay un aura misteriosa alrededor del niño y el lugar donde vive.
  2. Después de un tiempo sin ver a su amigo Turk, Lise le invita una comida para preguntarle por una mujer anciana con la que viajó. ¿Hablaron? ¿Mencionó algo en particular?
  3. En medio de su reunión, comienza a caer polvo del cielo, como ceniza volcánica. No parece ser tóxico, pero también caen pedazos de objetos… ¿carbonizados?, que se deshacen al tocar la tierra.
  4. Lise invita a Turk a su casa y recibe la llamada de Brian, su ex, preocupado por ella mientras las autoridades comienzan a analizar el polvo, concluyendo que podría estar relacionado con las tormentas de meteoritos que se ven regularmente en la nueva tierra, que al parecer es inofensivo, pero lo mejor es quedarse en casa. De manera que ahora tienen tiempo para hablar más a fondo. Lise está investigando la desaparición de su padre, un profesor de universidad que desaparece cuando comenzó a indagar sobre los Cuartos, individuos que han recibido la droga marciana de la longevidad. La anciana que Lise está intentando buscar es una de ellos.
  5. Turk acude a Tomas poco después. Se habían conocido a bordo de la nave que trajo a Turk al nuevo mundo. Hicieron amistad y Tomas salió herido durante un incidente a bordo. Fue así como conoció a una doctora llamada Diane.
  6. La herida de Tomas fue infectada por bacterias del nuevo mundo, y su tratamiento permitió a Diane detectarle cancer en metastasis. Estaba a punto de morir, pero accedió a recibir la droga marciana. Tanto Tomas como Diane son Cuartos, y Turk le pide a su amigo considere la posibilidad de hablar con Lise.
  7. Mientras Turk intenta convencer a Tomas de hablar con Lise, ella continúa su investigación y encuentra fragmentos de un libro que su padre estaba escribiendo antes de desaparecer. Los fragmentos sugieren que así como hay un Arco al nuevo mundo, hay otros dos a mundos inhóspitos, y es posible que en vez de estar preocupados por la supervivencia humana, los Hipotéticos los hayan introducido en un gran laberinto.
  8. Sulean Moi, la anciana que recientemente ha llegado al recinto donde vive Isaac, parece saber más de lo que dice. Con el conocimiento de “su gente” (nació en Marte) y de otros mundos post-Spin, explica que el polvo que ha caído lo despiden los Hipotéticos cada cierto tiempo, como un barrido de piel muerta.
  9. Turk se encuentra con Lise y le recomienda marcharse de la nueva tierra. Le cuenta sobre Tomas y que, al ir a buscarlo poco después de su primer contacto, se dio cuenta de que lo habían secuestrado.
  10. Brian, el ex de Lise, trabaja en oficinas del gobierno interino, y recibe la visita de dos oficiales de seguridad genómica. Ellos le explican que están siguiendo el rastro de individuos que están probando drogas marcianas para comunicarse con los hipotéticos. Esta droga permite decodificar las señales que utilizan para comunicarse pero es letal en adultos. Debe ser administrada dentro del utero. Y Lise se está relacionando con gente posiblemente implicada, de forma que, en vez de arrestarla han decidido seguirla para obtener información.
  11. Lise llega con Diane, quien le cuenta todos los detalles de la droga intrauterina, los Cuartos, y la identidad de Sulean Moi.
  12. Al igual que otros niños que han sido modificados intraútero, Isaac comienza a tener síntomas de malestar en su adolescencia. Otros no han sobrevivido esta etapa y Sulean Moi presencia como, en medio de sus episodios febriles, la llama hermana mayor en un dialecto marciano.
  13. Isaac sigue en cama, aunque al parecer comienza a recuperarse. Revka presiona a Sulean Moi para que diga lo que sabe: sobre su historia personal y su experiencia previa con Esh, el niño marciano que había sido utilizado para comunicarse con los hipotéticos.
  14. El culto de los Cuartos es interceptado por Seguridad Genómica, y Brian intenta asegurar a Lise. Sin embargo, ellos escapan dejando un señuelo. Justo antes, Lise logra hablar muy brevemente con Dvali sobre su padre.
  15. Una vez a salvo, Lise logra hablar más extensamente con Dvali y Sulean Moi. Su padre ha muerto, pero nunca estuvo de acuerdo con la modificación de Isaac, y no tiene la culpa de nada de lo que está ocurriendo.
  16. Vuelve a caer polvo de la atmósfera, esta vez incluso más intensamente. Al día siguiente, Lise despierta para ver un fenómeno con el polvo, que se alzó como un remolino, explotó como un géiser, y dejó una especie de flor a su paso, que fue devorada por un grupo de criaturas reptantes.
  17. Una de tales criaturas nacidas del polvo volaba y se dirigió directamente a Isaac, aterrizando en su rostro y fundiéndose con su piel. El niño tiene una fijación con una posición en particular a donde dirige su vista. Lo tenía en su antiguo hogar y lo tiene ahora. De forma que triangulan las posiciones a las que apunta y encuentran el punto convergente. Deciden ir hacia allá.
  18. Mientras acude todo el grupo al lugar donde Isaac señala, Sulean Moi encuentra unos minutos con el niño y logra revelar que comparte recuerdos con su contraparte marciana, Esh. También recibe un influjo de incontables fuentes de información que no logra comprender.
  19. Inicia una tercera caída de polvo, y a mitad del fenómeno Isaac comienza a gritar sin control y un terremoto hace que Diane caiga presa de los escombros, muriendo al poco tiempo y recordando justo antes la muerte pacífica de Tylor.
  20. Mientras un equipo de búsqueda, con Turk, Lise, y Dvali intenta llegar a la posición triangulada, Sulean Moi queda atrapada con Isaac en el derrumbe hasta que el otro grupo se reúne con ellos y aparece un nuevo Arco, esta vez más pequeño que el que apareció en la Tierra, con un torbellino a su alrededor.
  21. Cuando todos los fenómenos se calman, el Arco desaparece junto a Turk, pero Lise logra volver con una historia que contar.

Opinión con spoiler

El final fue un asco para mi. Disfruté mucho el inicio y el desarrollo pero el final fue tan insulso. No me queda claro qué pasó con cada uno de los personajes y aunque está bien un final abierto, por lo menos habría querido alguna pista para guiar la imaginación.

Creo que habría tenido mucho potencial, pero cuando empezaron a aparecer esas criaturas nacidas de las cenizas de los hipotéticos, todo de vino abajo. La ciencia ficción y todo el argumento antes de esos capítulos es muy buena, pero ese intento de terror fallido me decepcionó.

Personajes

Al inicio cualquiera pensaría que el personaje principal es Lise. Pero poco a poco ese rol principal comienza a cambiar, enfocándose en Isaac. Finalmente, los últimos capítulos sugieren que ninguno de los dos era el principal sino Turk.

Esos saltos me parecen extraordinarios porque simulan más la realidad en el sentido que cada quien tiene su protagonismo en ciertas partes de la novela. Buenísima.

El personaje de Isaac es el que más me gusta. Un estilo de Mesías prepúber con más responsabilidad de la que puede manejar. Es complejo e interesante, aunque un poquito trillado. Pero la ejecución es buena.

Temas

Creo que el principal tema a destacar en esta entrega tiene que ver con la creación y adoración a un Mesías o elegido. Sea que lo busquemos o aparezca, dirige a una religión basado en expectativas y suposiciones que no siempre se cumplen al pie de la letra.

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Reseña: Spin, de Robert Charles Wilson

Reseña

Amigos de la infancia crecen y se ven envueltos en uno tras otro evento mundial a lo largo de los años. Si algo me gustó del libro fue el concepto tan innovador, una especie de Cúpula que me hizo recordar la que Stephen King escribió décadas más tarde, y más interesante aún, su explicación casi al final del libro.

Pero aunque me gustó ver a los jóvenes crecer y disfruté la temática de religión vs. ciencia, creo que los personajes debieron tener cambios y un desarrollo más drástico. Vemos a tres jóvenes en las primeras páginas con sus demonios y virtudes, y son básicamente los mismos en el fondo 15-20 años después. Claro, es útil para la historia, pero otros autores como Ken Follet, que también abarcan periodos de décadas en sus libros, logran un acercamiento más fiel a los cambios de carácter que ocurren mientras atravesamos distintas etapas de la vida.

Lo disfruté mucho, y lo recomiendo, pero no lo considero el mejor autor de ciencia ficción ni la mejor novela del género. Está buena y ya.

Resumen

  1. En medio de una fiesta de Halloween,
    todas las estrellas y la luna desaparecen.
    Los gemelos Lawton y el hijo de la señora
    de servicio Tyles esperan al día siguiente
    para ver si sale el sol, y efectivamente así
    ocurre. Pero las telecomunicaciones han
    sido afectadas y también todos los
    satélites. Le llaman el suceso de octubre.
  2. Mayores detalles sobre el suceso: el sol que aparece es extrañamente regular y prístino, sin manchas ni tormentas. No caen más asteroides ni basura espacial. Un cosmonauta ruso que estaba en órbita regresa a la Tierra presumiblemente loco, y en una visita al centro comercial Jason cuenta a Tylor los proyectos de su padre para implementar una tecnología que salvaría las telecomunicaciones.
  3. Después de unos años, Jason regresa de la universidad y hacen una celebración familiar muy tensa e incómoda seguida de una fiesta a la que también va de mal humor. Finalmente decide hablar de eso y revela a Diane y Tylor algo que su padre le dijo del suceso de octubre. Mediante el uso de sondas y cálculos de la distancia con la luna, pudieron determinar que en la superficie de la Tierra han pasado 5 años, pero fuera de ella han pasado más de 500 millones de años. De seguir así, en los próximos 40 años la tierra será engullida por la heliosfera solar.
  4. Pasan más años y poco después de graduarse de médico, Tylor se encuentra con Jason y hacen una barbacoa mientras hablan de las nuevas iniciativas de terraformación en Marte con el objetivo de dar a la humanidad una segunda oportunidad y utilizar el paso de tiempo acelerado para ver los efectos de la evolución.
  5. Cuando Diane se encuentra con su hermano y Tylor, lleva a su novio Simon. Jason y Simon tienen visiones opuestas y constantemente chocan entre lo científico y espiritual. Ahora Diane y él pertenecen a un movimiento cristiano llamado NR, creado a raíz del Spin. Mientras tanto, un intento de destruir el artefacto del Spin departe del gobierno chino causó un cambio en el cielo, pero la temporalidad alterada seguía igual.
  6. Jason ofrece un puesto a Tylor como médico residente en el complejo de Perihelio, y la empresa que lleva con su padre. Una vez instalado y trabajando en la empresa, Jason le confiesa su preocupación por unos extraños síntomas que ha comenzado a experimentar.
  7. Jason tiene Esclerosis Múltiple. Afortunadamente existen tratamientos efectivos para ese entonces, pero entra en una etapa de remisión, pues no funcionan igual para todos.
  8. La madre de Tylor muere y en el funeral Diane le pregunta que está pasando con Jason. A Tylor se le escapa mencionar que está tomando un medicamento. Mientras tanto, los lanzamientos para terraformación de Marte están casi listos.
  9. Lanzan los primeros cohetes con vida microbiana para crear una atmósfera en Marte y obtienen evidencia de cambios en la concentración de gases. Mientras tanto, Diane ha comenzado a acercarse a Tylor a escondidas de Simon y encuentran una posible cura alternativa para Jason. Posteriormente inician los viajes tripulados. Una vez instalados en un planeta Marte apto para la vida, los colonos se expandieron y crearon una civilización visible con fotografías de los Prometeos. Pero de un momento a otro, Marte se convierte en un punto negro. Fue rodeado como la tierra de una membrana Spin.
  10. Un hombrecillo arrugado y negro aparece en el despacho de Jason. Es un hombre de Marte, casi humano. Fue elegido como lingüista para salir de Marte y volver a la Tierra para restablecer la comunicación.
  11. Antes de salir a la luz, el marciano accede a aprender de la enfermedad de Jason para proponer una terapia. También inicia con Jason un plan para conocer más sobre el spin y los Hipotéticos, las entidades causantes del fenómeno.
  12. El marciano Wun Ngo Wen junto a Jason lanzarán unos organismos al espacio que utilizarán el hielo de combustible y se esparcirán, enviando señales de regreso a la tierra y sirviendo de amplificadores para los más lejanos. Mientras el proyecto se cristaliza, E.D. comienza a buscar quitarle a su hijo el mandato de Parahelium, Jason tiene una nueva recaída, y Tylor encuentra a su amante Molly metiéndose en su computador.
  13. Resulta que Molly había sido contratada por E.D. para engatuzar a Tylor y buscar evidencia que sirviera para hacerse con el poder de Parahelium.
  14. Ante la traición de su propia amante, y viéndose entre la espada y la pared, Tylor accede a administrar a Jason una droga marciana que desafía la muerte, pero no saben lo que hará en un humano.
  15. Mientras Wun Ngo Wen se presenta al mundo, Jason está en con Tylor de vuelta en la casa de su juventud, recibiendo la droga marciana y sufriendo efectos adversos extremadamente dolorosos.
  16. Habiéndose recuperado Jason, Tylor viaja con Wun Ngo Wen al Gran Cañón y aprovecha el viaje escoltado como celebridad para visitar a Diane en el templo de su extraña religión. De regreso a casa, el transporte es objeto de un atentado y Wun Ngo Wen muere.
  17. Después del funeral de Wun, Tylor decide retirarse de Parahelium. Jason atraviesa varios exámenes y todo parece ir sobre ruedas. También el proyecto de los amplificadores es lanzado y produce sus primeros resultados. Pero con el tiempo comienzan a cambiar las señales. Es posible que esta nueva vida esté evolucionando y alejándose de su propósito o esté sirviendo de sustento para otro tipo de biología estelar.
  18. Tylor recibe una llamada de Simon, desesperado pues Diane está delicada de salud. Así que sale en medio de la noche a por ella, y tiene que pasar la madrugada en un hotel. Esa noche el spin desaparece tan repentinamente como apareció, y las estrellas vuelven a estar visibles.
  19. Tylor llega al campamento, que está convertido en un caos por la confusión religiosa causada por la desaparición del Spin y el nacimiento de una ternera profética. Diane esta enferma, pero no dejan que vea a Tylor ni a ningún otro médico. Cuando los pastores se encuentran con Tylor lo encierran en una celda mientras el sol enorme destruye las comunicaciones y causa un calor insoportable durante el día. En la noche se restablece la comunicación y puede hablar con Diane para planear su escape.
  20. Esa misma noche Simon y Tylor logran sacar a Diane y se dirigen a algún centro hospitalario. Requiere atención médica urgente o morirá. Tylor encuentra ayuda entre sus contactos médicos para darle soporte vital sin internarla y finalmente llegan a la Gran Casa, pero justo antes Simon desaparece, arrepentido por haber puesto a su mujer en peligro por causa de su fe.
  21. Al llegar a la casa con Diane, se encuentran también a Jason, quien está en un estado incluso peor que su hermana. Al tener a la mano la droga marciana, Tylor decide inyectarla a Diane en un intento desesperado por salvarla mientras Jason le pide buscar una grabadora para sostener una última conversación.
  22. Jason se ha quedado con la farmacia entera de Wun, y una de las drogas marcianas creó una conexión entre el y los amplificadores lanzados al espacio. Estos amplificadores son una especie artificial de vida autoreplicable, la única manera de explorar el vasto espacio, y la humanidad no es la única que ha contemplado la idea. En el universo ya hay otras así, y una biología espacial activa compuesta de millones de repetidores con mente colmena. Los Hipotéticos son precisamente eso, y han encerrado a la humanidad con el Spin así como a otras civilizaciones para detener su progreso rápido hacia la destrucción. Ahora detectan a Jason como intruso en su red y están intentando acabar con el.
  23. Finalmente, Jason muere y Tylor se queda cuidando a Diane durante mucho tiempo. Poco después, cae una enorme estructura en el Océano Índico. Una especie de portal entre mundos a la que llaman El Arco debido a su forma. Pasan 11 años en los que las alusiones a tecnología marciana se consideran tema tabú, la información hecha pública por Jason llega a oídos de muchos, y bastantes personas han recibido la droga marciana. El gobierno comienza a rastrear a estas personas y Diane decide finalmente atravesar el Arco junto a Taylor. Justo antes de hacerlo, Taylor recibe la inyección.
  24. En una línea de tiempo alterna desde el inicio del libro, vemos a Tylor con Diane lidiando con la droga marciana y sus efectos, con Tylor recibiendo atención médica y huyendo de sus captores, para finalmente llegar al puerto de donde saldrá la embarcación que atravesará el Arco. Junto a sus compañeros de viaje, atraviesan y llegan al nuevo mundo.

Personajes

  • Jason: Genio científico, pero extrañamente despistado.
  • Diane: Hermana gemela de Jason, ante el fenómeno se hace preguntas filosóficas sobre Dios.
  • Tylor: Narrador en primera persona.
  • E.D: Extraño nombre para el padre de Jason y Diane. Elitista y amigo del padre de Tylor en su juventud. Un tipo pedante y desagradable.

Temas

  • La reacción científica vs. especulativa ante los grandes acontecimientos: Para mi es una de las mayores enseñanzas de la novela. El enfrentamiento entre la lógica y la superstición ante eventos de gran trascendencia, y como cada uno se desarrolla en su curso natural.
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De Beren y Lúthien, J.R.R. Tolkien


Entre las historias de dolor y de ruina que nos llegaron de la oscuridad de aquel entonces, hay sin embargo algunas en las que en medio del llanto resplandece la alegría, y a la sombra de la muerte hay una luz que resiste. Y de estas historias la más hermosa a los oídos de los Elfos es la de Beren y Lúthien. De sus vidas se hizo la Balada de Leithian, La Liberación del Cautiverio, que es la más extensa, salvo una de las canciones dedicadas al mundo antiguo; pero aquí se cuenta la historia con menos palabras y sin canto.

Se ha dicho que Barahir se negó a abandonar Dorthonion y que allí Morgoth lo persiguió a muerte, hasta que por fin sólo quedaron con él doce compañeros. Ahora bien, el bosque de Dorthonion se extendía hacia el sur hasta los páramos montañosos; y al este de esas altas tierras había un lago, Aeluin, con brezales silvestres alrededor, y esa tierra no tenía ningún sendero y era indómita, pues ni siquiera en los días de la Larga Paz había vivido alguien allí. Sin embargo, las aguas del Tarn Aeluin eran veneradas; claras y azules durante el día, parecían de noche un espejo para las estrellas; y se decía que la misma Melian había consagrado esas aguas en días de antaño. Allí se retiraron Barahir y sus compañeros proscritos, e hicieron de ese lugar su guarida, y Morgoth no pudo descubrirlo. Pero el rumor de los hechos de Barahir y sus compañeros se extendió hasta muy lejos; y Morgoth ordenó a Sauron que los encontrara y los destruyera.

Ahora bien, entre los compañeros de Barahir estaba Gorlim hijo de Angrim. Su esposa se llamaba Eilinel, y grande era el amor que se tenían, antes de que llegara el mal. Pero Gorlim, al volver de la guerra, encontró su casa saqueada y abandonada; su esposa había desaparecido; si muerta o raptada, él no lo sabía. Entonces acudió a Barahir, y de toda la compañía fue el más feroz y desesperado; pero la duda le roía el corazón, pensando que quizás Eilinel no estuviera muerta. A veces partía solo y en secreto y visitaba su casa que todavía estaba en pie en medio de los campos y los bosques que otrora fueran suyos; y esto llegaron a saberlo los servidores de Morgoth.

En un día de otoño, llegó a la casa a la caída del sol, y al acercarse le pareció ver una luz en la ventana; y avanzando con cautela miró dentro. Allí vio a Eilinel, y la cara de ella estaba devastada por el dolor y el hambre, y le pareció oír que se lamentaba de que él la hubiera abandonado. Pero cuando la llamó a grandes voces, la luz se apagó en el viento, aullaron los lobos, y de súbito sintió en los hombros las pesadas manos de los cazadores de Sauron. De este modo se le tendió la trampa a Gorlim; y llevándolo al campamento, lo atormentaron con el propósito de averiguar el escondite de Barahir y todas sus andanzas. Pero Gorlim nada dijo. Entonces le prometieron que sería puesto en libertad y devuelto a Eilinel si cedía; y por fin, abrumado por el dolor y añorando estar con su mujer, vaciló. Entonces, sin más, lo condujeron a la espantosa presencia de Sauron; y Sauron dijo:

—Me entero ahora de que estás dispuesto a hacer trato conmigo. ¿Cuál es tu precio?

Y Gorlim respondió que quería volver a ver a Eilinel y con ella ser puesto en libertad; porque creía que también Eilinel estaba cautiva.

Entonces Sauron sonrió diciendo:

—Pequeño precio en verdad por tan gran traición. Así será entonces sin duda. ¡Habla!

Gorlim habría callado entonces, pero intimidado por los ojos de Sauron dijo por fin todo lo que este quería saber. Entonces Sauron rió; y se burló de Gorlim, y le reveló que sólo había visto a un fantasma inventado por hechicería, para atraparlo; porque Eilinel estaba muerta.

—No obstante, accederé a tu ruego —dijo Sauron—, e irás al encuentro de Eilinel y te libraré de mi servicio—. Entonces hizo que le diesen una muerte cruel.

De este modo se reveló el escondite de Barahir, y Morgoth tendió su red sobre él; y los Orcos, acercándose en las horas silenciosas de antes del alba, sorprendieron a los Hombres de Dorthonion y los mataron a todos, salvo a uno. Porque Beren, hijo de Barahir, había sido enviado por su padre en una misión peligrosa, a espiar los pasos del Enemigo, y se encontraba muy lejos cuando la guarida fue tomada. Pero mientras dormía en la noche del bosque, soñó que unas aves alimentadas de carroña se apretaban como hojas en las ramas desnudas de los árboles que crecían junto a una ciénaga, y que la sangre goteaba de sus picos. Entonces Beren vio en el sueño que una forma se le acercaba por encima del agua, y era el espectro de Gorlim; y el espectro le hablo confesando su traición y su muerte, y le pidió que se diera prisa para advertírselo a su padre.

Entonces Beren despertó y se apresuró en la noche, y regresó a la guarida de los proscritos en la segunda mañana. Pero al acercarse, las aves carroñeras levantaron vuelo y se posaron en los alisos junto a Tarn Aeluin, y graznaron burlonas.

Allí sepultó Beren los huesos de su padre y levantó sobre él un túmulo de piedras, y prometió que lo vengaría. Por tanto persiguió primero a quienes habían matado a su padre y a los suyos, y encontró de noche el campamento de los Orcos junto a la Fuente del Rivil sobre el Marjal de Serech, y hábil como era para trasladarse en los bosques, pudo acercarse sin ser visto al fuego del campamento. Allí se jactaba el capitán de sus hazañas, y levantó la mano de Barahir que había tronchado para mostrársela a Sauron como señal de que la misión había sido cumplida; y el anillo de Felagund estaba en esa mano. Entonces Beren saltó de detrás de una roca y mató al capitán, y tomando la mano y el anillo, escapó defendido por los hados; y los Orcos desconcertados lanzaron en desorden sus flechas.

Desde entonces, durante cuatro años más erró Beren por Dorthonion, como proscrito solitario; pero se hizo amigo de los pájaros y las bestias, y éstos lo ayudaron y no lo traicionaron, y en adelante no comió carne ni mató a ninguna criatura que no estuviera al servicio de Morgoth. No temía la muerte, sino sólo el cautiverio, y como era audaz y estaba desesperado, escapó no sólo de la muerte, sino también de las prisiones; y las hazañas de su solitario atrevimiento tuvieron renombre en toda Beleriand, y las historias de esas hazañas llegaron aun a Doriath. Por fin Morgoth puso a su cabeza un precio no menor al precio de la cabeza de Fingon, Rey Supremo de los Noldor; pero los Orcos no iban detrás de él, y huían cuando se decía que andaba cerca. Por tanto se envió contra él un ejército al mando de Sauron; y Sauron llevó consigo licántropos, bestias salvajes habitadas por espíritus espantosos que él les había puesto.

Toda esa tierra rebosaba ahora de mal, y todas las criaturas limpias la evitaban; y tanto se presionó a Beren, que por último se vio forzado a huir de Dorthonion. En tiempos de invierno y de nieve abandonó la tierra y la tumba de su padre, y subiendo a las altas regiones de Gorgoroth, las Montañas del Terror, divisó a lo lejos la tierra de Doriath. Allí le dijo el corazón que descendería al Reino Escondido, no hollado todavía por pie mortal.

Terrible fue su viaje hacia el sur. Los precipicios de Ered Gorgoroth eran escarpados, y debajo había sombras poco antes que se levantara la Luna. Más allá se encontraba el descampado de Dungortheb, donde la hechicería de Sauron y el poder de Melian estaban juntos, y el horror y la locura andaban sueltos. Allí habitaban las arañas de la raza feroz de Ungoliant, tejiendo las telas invisibles en las que quedaban atrapadas todas las criaturas; y allí erraban monstruos nacidos durante la larga oscuridad, antes del nacimiento del Sol, que iban de caza en silencio mirando alrededor con múltiples ojos. No había alimento para Elfos ni Hombres en esa tierra maldita, sino sólo muerte. Ese viaje no fue la menor de las grandes hazañas de Beren, pero luego nunca se refirió a él, temiendo que el horror lo dominara otra vez; y nadie sabe cómo pudo orientarse y encontrar senderos que ningún Hombre o Elfo se había atrevido a hollar hasta entonces, y llegar a las fronteras de Doriath. Y atravesó los laberintos que Melian había tejido en torno al reino de Thingol, como ella lo había previsto; porque una gran maldición pesaba sobre él.

Se dice en la Balada de Leithian que Beren llegó tambaleándose a Doriath, con cabeza cana y como agobiado por muchos años de pesadumbre, tanto había sido el tormento del camino. Pero errando en el verano por los bosques de Neldoreth, se encontró con Lúthien, hija de Thingol y Melian, a la hora del atarceder, al elevarse la Luna, mientras ella bailaba sobre las hierbas inmarcesibles del claro umbroso junto al Esgalduin. Entonces todo recuerdo de su pasado dolor lo abandonó, y cayó en un encantamiento; porque Lúthien era la más hermosa de todos los Hijos de Ilúvatar. Llevaba un vestido azul como el cielo sin nubes, pero sus ojos eran grises como la noche iluminada de estrellas; estaba el manto bordado con flores de oro, pero sus cabellos eran oscuros como las sombras del crepúsculo. Como la luz sobre las hojas de los árboles, como la voz de las aguas claras, como las estrellas sobre la nieblas del mundo, así eran la gloria y la belleza de Lúthien; y tenía en la cara una luz resplandeciente.

Pero ella desapareció de súbito; y él se quedó sin voz, como presa de un hechizo, y durante mucho tiempo erró por los bosques, impetuoso y precavido como una bestia, buscándola. La llamó en su corazón Tinúviel, que significa Ruiseñor, hija del crepúsculo, en la lengua de los Elfos Grises, pues no conocía otro nombre para ella. Y la vio a lo lejos como las hojas en los vientos de otoño, y en invierno como una estrella sobre una colina, pero una cadena le aprisionaba los miembros.

En la víspera de la primavera, poco antes del alba, Lúthien bailó en una colina verde; y de pronto se puso a cantar. Era un canto vehemente que traspasaba el corazón como el canto de la alondra que se alza desde los portones de la noche y se vierte entre las estrellas agonizantes, cuando el sol asoma tras las murallas del mundo; y el canto de Lúthien aflojó las ataduras del invierno, y las aguas congeladas hablaron, y las flores brotaron desde la tierra fría por la que ella había pasado.

En ese momento el hechizo de silencio cesó de repente, y Beren la llamó, gritando Tinúviel; y los bosques devolvieron el eco del nombre. Entonces ella se detuvo maravillada y no huyó más, y Beren se le aproximó. Pero cuando Tinúviel lo miró, la mano del destino cayó sobre ella, y lo amó; no obstante, se deslizó de entre los brazos de Beren y desapareció en el momento en que rompía el día. Entonces Beren cayó desmayado en tierra como quien ha sido herido a la vez por el dolor y la felicidad, y se hundió en el sueño como en un abismo de sombra; y al despertar estaba frío como la piedra, y sentía el corazón árido y desamparado. Y con la mente errante andaba a tientas como quien ha sido atacado de súbita ceguera y trata de atrapar con las manos la luz desvanecida. Y así empezó a pagar el precio de la angustia, por el destino que le había sido impuesto; y en este destino estaba atrapada Lúthien, y siendo inmortal compartió la mortalidad de Beren, y siendo libre se ató con las cadenas de Beren; y ninguna Eldalië había conocido una angustia mayor.

Sin que Beren lo esperara, ella regresó al sitio donde el estaba sentado en la oscuridad, y hace ya mucho en el Reino Escondido puso su mano en la de él. En adelante vino a verlo con frecuencia, y se paseaban secretamente por los bosques desde la primavera hasta el verano; y ningún otro de los Hijos de Ilúvatar tuvo alegría tan grande, aunque el tiempo fue breve.

Pero Daeron el Bardo también amaba a Lúthien y espió sus encuentros con Beren, y los denunció a Thingol. Entonces el rey se llenó de enojo, porque amaba a Lúthien más que a ninguna otra cosa, poniéndola por encima de todos los príncipes de los Elfos; mientras que a los Hombres mortales ni siquiera los tomaba como sirvientes. Por tanto, le habló a Lúthien con pena y asombro, pero ella no quiso revelarle nada, hasta que él le juró que no haría morir a Beren ni lo tomaría prisionero. Pero envió a unos sirvientes a que se apoderaran de él y lo condujeran a Menegrotn como a un malhechor; y Lúthien se anticipó, y llevó ella misma a Beren ante el trono de Thingol como si fuera un huésped honorable.

Entonces Thingol miró a Beren con desprecio y enfado; pero Melian guardaba silencio.

—¿Quién eres —preguntó el rey—, que llegas aquí como un ladrón y te aproximas a mi trono sin ser invitado?

Pero Beren, atemorizado, porque el esplendor de Menegroth y la majestad de Thingol eran muy grandes, nada respondió. Por tanto, Lúthien habló y dijo:

—El es Beren hijo de Barahir, señor de los Hombres, poderoso enemigo de Morgoth; la historia de sus hazañas se canta aun entre los Elfos.

—¡Que sea Beren quien hable! —exclamó Thingol—. ¿Qué quieres, desdichado mortal, y por qué motivo has abandonado tu tierra para entrar aquí, lo que está prohibido a tus iguales? ¿Puedes dar una razón por la que no deba imponerte un severo castigo por tu insolencia y tu locura?

Entonces Beren, levantando la cabeza, contempló los ojos de Lúthien y luego miró también a Melian; y le pareció que le ponían palabras en la boca. Perdió el miedo y recuperó el orgullo de la más antigua casa de los Hombres; y dijo:

—Mi destino, oh rey, me condujo aquí, a través de peligros que aun pocos de entre los Elfos se atreverían a afrontar. Y he encontrado aquí lo que en verdad no buscaba, pero que ahora quiero tener para siempre. Porque está por encima de la plata y el oro, y ninguna joya se le iguala. Ni la roca, ni el acero, ni los ruegos de Morgoth, ni todos los poderes de los reinos de los Elfos me separarán del tesoro de mis deseos. Porque Lúthien, tu hija, es la más bella de todas las Criaturas del Mundo.

Entonces un grave silencio pesó en el recinto, porque los que allí se encontraban estaban asombrados y asustados, y creyeron que Beren sería muerto. Pero Thingol habló con lentitud diciendo:

—Con esas palabras te has ganado la muerte; y la muerte encontrarías en seguida, si yo no hubiera hecho un juramento apresurado; de lo que estoy arrepentido, mortal de bajo nacimiento que has aprendido a arrastrarte secretamente como los espías y esclavos de Morgoth.

Entonces le respondió Beren:

—La muerte podéis darme, la haya yo ganado o no; pero no soportaré que me llaméis de bajo nacimiento, ni espía, ni esclavo. Por el anillo de Felagund, que él mismo dio a Barahir, mi padre, en el campo de batalla del Norte, mi casa no se ha ganado epítetos tales de Elfo alguno, sea él rey o no.

Las palabras de Beren eran orgullosas y todas las miradas se fijaron en el anillo; porque lo sostenía en alto, y en él resplandecían las joyas verdes que los Noldor habían inventado en Valinor. Porque este anillo era como dos serpientes gemelas con ojos de esmeralda, y encima de las cabezas había una corona de flores de oro, que una de ellas sostenía y la otra devoraba; ésa era la insignia de la casa de Finarfin. Entonces Melian se inclinó hacia Thingol, y en un susurro le aconsejó que se tranquilizara.

—Porque no serás tú —le dijo— quien dé muerte a Beren; y lejos y libre irá guiado por el destino antes de que le llegue el final; no obstante, ese destino está unido al tuyo. ¡Haz caso!

Pero Thingol miró en silencio a Lúthien, y pensó en su corazón: «Hombres desdichados, hijos de pequeños señores y reyes de corta vida, ¿ha de poner alguien semejante las manos en ti, y sin embargo seguir con vida?» Entonces, rompiendo el silencio, dijo:

—Veo el anillo, hijo de Barahir, y entiendo que eres orgulloso y crees tener mucho poder. Pero las hazañas de un padre, aun cuando estuviera a mi servicio, no bastan para ganar a la hija de Thingol y Melian. ¡Escucha ahora! También yo deseo un tesoro al que no tengo acceso. Porque roca y acero y los fuegos de Morgoth me apartan de la joya que querría poseer en oposición a todos los poderes de los reinos de los Elfos. No obstante dices que tales impedimentos no te amilanan. ¡Haz pues como lo propones! Tráeme en la mano uno de los Silmarils de la corona de Morgoth; y entonces, si así ella lo quiere, Lúthien podrá poner su mano en la tuya. De ese modo tendrás mi joya; y aunque el destino de Arda esté ligado a los Silmarils, me tendrás por generoso.

De esta manera forjó el destino de Doriath y quedó atrapado en la Maldición de Mandos. Y quienes lo escucharon, advirtieron que Thingol, aunque renunciaba al juramento, lo mismo mandaba a Beren a la muerte; pues sabían que todo el poder de los Noldor, antes de que se quebrantara el Sitio, no había valido ni siquiera para ver desde lejos los relumbrantes Silmarils de Fëanor. Pues habían sido engarzados en la Corona de Hierro, y en Angband se estimaban por encima de toda riqueza; y en torno estaban los Balrogs, e innumerables espadas, y fuertes rejas, y muros inexpugnables, y la oscura majestad de Morgoth.

Pero Beren rió.

—Por bajo precio —dijo— venden a sus hijas los reyes de los Elfos; por gemas y por cosas de artesanía. Pero si ésta es vuestra voluntad, Thingol, la cumpliré. Y cuando volvamos a encontrarnos, mi mano sostendrá un Silmaril de la Corona de Hierro; porque no veis por última vez a Beren hijo de Barahir.

Entonces miró los ojos de Melian, que nada dijo; y se despidió de Lúthien Tinúviel, e inclinándose ante Thingol y Melian, apartó a los guardianes que lo rodeaban y partió solo de Menegroth.

Entonces, por fin habló Melian, y dijo a Thingol:

—Oh, rey, has concebido un plan astuto. Pero si mis ojos no han perdido la vista, será para tu mal, no importa que Beren fracase en su cometido o lo lleve a cabo. Porque has condenado a tu hija o te has condenado a ti mismo. Y ahora Doriath está sometida a los hados de un reino más poderoso.

Pero Thingol contestó:

—No vendo a Hombres o Elfos lo que amo y estimo por sobre todos los tesoros. Y si hubiera esperanza o temor de que Beren volviera vivo a Menegroth, no contemplaría otra vez la luz del cielo, aunque yo lo haya jurado.

Pero Lúthien calló, y desde esa hora no volvió a cantar en Doriath. Un silencio profundo se hizo en los bosques, y las sombras se alargaron en el reino de Thingol.

Se dice en la Balada de Leithian que Beren pasó por Doriath sin ser molestado, y llego al fin a la región de las Lagunas del Crepúsculo y los Marjales del Sirion; y dejando atrás la tierra de Thingol, trepó a las montañas sobre las Cataratas del Sirion, donde las aguas se precipitan bajo tierra con gran estrépito. Desde allí miró hacia el oeste, y a través de la niebla y las lluvias que bañaban esas colinas vio Talath Dirnen, la Planicie Guardada, que se extendía entre el Sirion y el Narog; y, más allá, divisó a lo lejos las altas tierras de Taur—en—Faroth que se levantan sobre Nargothrond. Y sin esperanza ni designio, volvió hacia allí sus pasos.

En toda aquella planicie, los Elfos de Nargothrond mantenían una vigilancia incesante; y en todas las colinas de los bordes había torres ocultas, y en todos los bosques y campos vecinos deambulaban en secreto arqueros de gran habilidad. Las flechas llegaban seguras a destino y eran mortales, y nada entraba allí furtivamente si ellos no lo deseaban. Por tanto, antes de que Beren hubiera avanzado mucho, supieron que andaba por el bosque, y que su muerte estaba próxima. Pero conociendo el peligro en que se encontraba, Beren llevaba siempre en alto el anillo de Felagund; y aunque no veía a nadie a causa de la cautela de los cazadores, se sentía vigilado y a menudo exclamaba en voz alta:

—Soy Beren hijo de Barahir, amigo de Felagund. ¡Llevadme al rey!

Así fue que los cazadores no lo mataron, y le salieron juntos al paso y le ordenaron que se detuviera. Pero al ver el anillo, se inclinaron ante él, aunque Beren pareciera un hombre salvaje y abandonado; y lo condujeron hacia el norte y hacia el oeste, avanzando de noche por temor de que alguien descubriera el camino que seguían. Porque por ese tiempo no había vado ni puente sobre el torrente del Narog ante las puertas de Nargothrond; pero más hacia el norte, donde el Ginglith se unía al Narog, el caudal disminuía, y cruzando por allí y volviéndose otra vez hacia el sur, los Elfos llevaron a Beren bajo la luz de la luna hacia los portones oscuros de unos recintos escondidos.

De ese modo Beren llegó ante el Rey Finrod Felagund; y Felagund supo quién era, pues no necesitaba el anillo para reconocer a la gente de Bëor y de Barahir. Se reunieron a puertas cerradas, y Beren habló de la muerte de Barahir, y de todo lo que le había ocurrido en Doriath; y lloró recordando a Lúthien y la alegría que habían sentido juntos. Pero Felagund escuchó la historia con asombro e inquietud; y supo que el juramento que había hecho era su propia sentencia de muerte, como mucho antes se lo había predicho a Galadriel. Le habló entonces a Beren con pesadumbre en el corazón.

—Es claro que Thingol desea tu muerte; pero parece que esta condena va más allá de sus designios, y que el Juramento de Fëanor obra de nuevo. Porque los Silmarils están malditos, por un juramento de odio; y quien los nombra con algún deseo despierta un gran poder del sopor en que están sumidos; y los hijos de Fëanor llevarían a todos los reinos de los Elfos a la ruina antes que consentir que algún otro gane o posea un Silmaril, porque los impulsa el Juramento. Y ahora Celegorm y Curufin habitan en mis estancias; y aunque yo, hijo de Finarfin, soy rey, ellos han ganado gran poder y rigen a muchos. Me han demostrado amistad en un apuro, pero me temo que no te mostrarían amor ni clemencia si tu cometido se supiera. No obstante, mi propio juramento se mantiene; y de ese modo todos estamos atrapados.

Entonces el Rey Felagund habló ante el pueblo recordando las hazañas de Barahir, y su voto: y declaró que pesaba sobre sus espaldas la obligación de ayudar al hijo de Barahir en esta necesidad, y buscó el apoyo de los capitanes. Entonces Celegorm se alzó de entre la multitud, y desenvainando la espada gritó:

—Sea amigo o enemigo, demonio de Morgoth, Elfo o hijo de los Hombres o cualquier otra criatura viviente de Arda, no habrá ley, ni amor, ni alianza del infierno, ni poder de los Valar, ni capacidad de hechicería que lo defienda del odio sempiterno de los hijos de Fëanor si toma o encuentra un Silmaril y lo guarda. Porque a los Silmarils sólo nosotros tenemos derecho hasta que termine el mundo.

Muchas otras palabras pronunció, tan poderosas como lo habían sido mucho antes en Tirion las palabras de su padre, que por primera vez inflamaron la rebelión de los Noldor. Y después de Celegorm, habló Curufin, con mayor gentileza, pero no con menor poder, conjurando en la mente de los Elfos una visión de guerra y la ruina de Nargothrond. Tan grande fue el miedo que puso en los corazones, que desde entonces y hasta el tiempo de Túrin, ningún Elfo de ese reino quiso ir a una batalla campal; sino que con cautela y emboscadas, con hechicería y dardos emponzoñados, persiguieron a todos los forasteros olvidando los vínculos de linaje. De este modo perdieron el valor y la libertad de los Elfos de antaño, y hubo oscuridad en aquellas tierras.

Y murmuraron entonces que el hijo de Finarfin no era un Vala como para darles órdenes, y apartaron de él los ojos. Pero la Maldición de Mandos cayó sobre los hermanos, y en ellos brotaron oscuros pensamientos, y pensaron enviar a Felagund solo a la muerte, y usurpar, si era posible, el trono de Nargothrond; porque eran del linaje más antiguo de los príncipes de los Noldor.

Y Felagund, viendo que lo abandonaban, se quitó de la cabeza la corona de plata de Nargothrond y la arrojó a los pies de los hermanos diciendo:

—Podéis romper vuestros juramentos de fidelidad pero yo he de cumplir con mi obligación. No obstante, si hay alguien sobre el que no ha caído aún la sombra de nuestra maldición, no me sería difícil encontrar al menos unos pocos seguidores, y no tendría que irme de aquí como un mendigo que ha sido echado de las puertas

Hubo diez que se mantuvieron a su lado; y el jefe de ellos, que se llamaba Edrahil, inclinándose, recogió la corona y preguntó si tenía que dársela a un senescal, en tanto Felagund no regresara.

—Porque vos seguís siendo mi rey y el de ellos —dijo—, no importa lo que ocurra.

Entonces Felagund dio la corona de Nargothrond a Orodreth, su hermano, para que gobernara en su lugar; y Celegorm y Curufin nada dijeron, pero sonrieron y abandonaron la estancia.

Una tarde de otoño Felagund y Beren abandonaron Nargothrond con sus diez compañeros; y viajaron juntos a orillas del Narog hasta su fuente en las Cataratas de Ivrin. Bajo las Montañas de la Sombra descubrieron un campamento de Orcos y los mataron a todos por la noche; y se llevaron los pertrechos y las armas. Por las artes de Felagund cambiaron de forma y de rostro hasta que parecieron Orcos; y así disfrazados llegaron al camino del norte y se aventuraron por el paso hacia el oeste, entre Ered Wethrin y las tierras altas de Taur—nu—Fuin. Pero Sauron los vio desde la torre, y dudó; porque iban de prisa y no se detuvieron a dar cuenta de sus actos, como estaban obligados a hacer los sirvientes de Morgoth que fueran por ese camino. Por tanto mandó detenerlos y conducirlos ante él.

De este modo se libró la contienda entre Sauron y Felagund que alcanzó tanto renombre. Porque Felagund lucho contra Sauron con cantos de poder, y el rey era muy poderoso; pero fue Sauron quien se impuso, como se dice en la Balada de Leithian:

Entonó un canto de hechicería, de ocultaciones
y revelaciones, de falsedades y traiciones.
Allí Felagund respondió de pronto con un canto
de obstinada firmeza, de guerra contra el poder
y resistencia, de secretos guardados,
de una fuerza de torre, de confianza, de libertad,
de huida; de formas cambiantes y móviles,
de emboscadas fallidas, trampas destruidas,
de prisiones abiertas, y de cadenas rotas.

Los cantos se adelantaban y retrocedían,
flaqueando, zozobrando, y cuanto más crecía
la fuerza de ese canto, más Felagund luchaba,
y puso en sus palabras el poder y la magia
que había traído de Elvenesse.

Suavemente en la sombra oyeron a los pájaros
que a lo lejos cantaban en Nargothrond, y
el suspiro del Mar mucho más lejos,
más allá del mundo del oeste, en la arena,
en la arena de perlas del País de los Elfos.

Se espesó entonces la sombra; creció la noche
en Valinor, manaba la sangre roja
junto al mar, donde los Noldor mataron
a los jinetes de la espuma, donde robaron
las naves blancas de velamen blanco
de los puertos claros de lámparas. El viento
se lamenta, el lobo aúllo. Los cuervos vuelan.
El hielo murmura en las bocas del Mar.
Los cautivos lloran tristes en Angband
Retumba el trueno, los Juegos arden…
Y Finrod cae a los pies del trono.


Entonces Sauron los despojó de los disfraces, y ellos aparecieron allí ante él desnudos y asustados. Pero aunque así se reveló lo que eran, no pudo descubrir Sauron cómo se llamaban ni qué se proponían.

Los arrojó por tanto a un foso profundo, oscuro y silencioso, y los amenazó con una muerte atroz a menos que uno de ellos le confesara la verdad. De vez en cuando veían dos ojos que ardían en la negrura; y un licántropo devoró a uno de los compañeros; pero ninguno traicionó al Señor.

En el momento en que Sauron arrojó a Beren al foso, un abismo de horror se abrió en el corazón de Lúthien; y al ir a Melian en busca de consejo, se enteró de que Beren estaba en las mazmorras de Tol—in—Gaurhoth sin esperanza de salvación. Entonces Lúthien, al ver que no tendría ayuda de nadie sobre la tierra, resolvió escapar de Doriath y ayudar ella misma a Beren; pero buscó la asistencia de Daeron, quien delató al rey lo que ella pretendía. Entonces Thingol sintió miedo y asombro; y porque no quiso privar a Lúthien de las luces del cielo por temor de que desmejorara y menguara, aunque quería impedir que partiese, hizo construir una casa de la que no podría escapar. No lejos de las puertas de Menegroth se erguía el más alto de todos los árboles del Bosque de Neldoreth, un bosque de hayas en la mitad septentrional del reino. Esta haya poderosa se llamaba Hírilorn, y tenía tres troncos, iguales de dimensión, de corteza tersa y extremadamente altos; las ramas se extendían muy por encima del suelo. Bien arriba, entre los tallos de Hírilorn, se construyó una casa de madera, y ahí se hizo morar a Lúthien; y las escaleras se retiraron y se guardaron, excepto sólo cuando los sirvientes de Thingol le traían lo que ella necesitaba.

Se cuenta en la Balada de Leithian cómo ella escapó de la casa de Hírilorn; porque recurrió a sus artes de encantamiento e hizo que los cabellos le crecieran muy largos, y con ellos tejió un vestido oscuro que la cubría como una sombra, y que estaba cargado con un hechizo de sueño. Con las hebras que quedaban trenzó una cuerda y la dejó caer desde la ventana; y cuando el extremo se meció sobre los guardianes que estaban sentados bajo el árbol, éstos cayeron en un profundo sopor. Entonces Lúthien abandonó aquella cárcel, y envuelta en la capa de sombras escapó a todas las miradas y desapareció de Doriath.

Dio la casualidad que Celegorm y Curufin habían ido de caza a la Planicie Guardada; y esto hicieron porque Sauron, entrado en sospechas, envió muchos lobos a las tierras de los Elfos. Por tanto los Elfos montaron los caballos y echaron, a correr junto con sus propios perros, y creían que antes de regresar tendrían nuevas del Rey Felagund. Ahora bien, el principal de los perros lobos que seguían a Celegorm se llamaba Huan. No había nacido en la Tierra Media, sino que venía del Reino Bendecido; pues Oromë se lo había dado a Celegorm en Valinor hacía mucho tiempo, y allí había seguido el cuerno de Celegorm, antes de la llegada del mal. Huan siguió a Celegorm en el exilio y le era fiel; y de ese modo también él quedó sometido a la maldición de dolor que pesaba sobre los Noldor; y se decretó que se toparía con la muerte, aunque no antes de encontrarse con el lobo más poderoso que hubiera andado por el mundo.

Fue entonces que Huan halló a Lúthien, que huía como una sombra sorprendida por la luz bajo los árboles, cuando Celegorm y Curufin descansaban por un momento cerca de los confines occidentales de Doriath; porque nada escapaba a la vista y el olfato de Huan, ni lo detenía ningún encantamiento, y no dormía ni de noche ni de día. La llevó a Celegorm, y Lúthien, al enterarse de que él era un príncipe de los Noldor y enemigo de Morgoth, se alegró; y declaró quién era dejando caer la capa. Tan grande fue la súbita belleza revelada bajo el sol, que Celegorm se enamoró de ella; pero le habló con tino, y le prometió que encontraría ayuda, si volvía con él a Nargothrond. No mostró en ningún momento que ya sabía de Beren y de su cometido, a los que ella se refirió, ni tampoco que el asunto le interesaba de cerca.

Así, pues, interrumpieron la cacería y volvieron a Nargothrond, y Lúthien fue traicionada; porque la retuvieron y le quitaron la capa y no se le permitió atravesar las puertas ni hablar con nadie, salvo con los hermanos, Celegorm y Curufin. Porque ahora, creyendo que Beren y Felagund habían caído prisioneros y nada ni nadie podía rescatarlos, se propusieron dejar morir al rey y retener a Lúthien y obligar a Thingol a conceder la mano de ella a Celegorm. De este modo crecerían en poder y se convertirían en los más poderosos príncipes de los Noldor. Y no tenían intención de recuperar los Silmarils por arte o por guerra, ni permitir que nadie más lo hiciese, en tanto no dominaran todos los reinos élficos. Orodreth no tenía poder para resistírseles, pues ellos gobernaban los corazones del pueblo de Nargothrond; y Celegorm envió mensajeros a Thingol con su apremiante petición.

Pero Huan, el perro, era de corazón fiel, y amaba a Lúthien desde el momento en que la había encontrado, y el cautiverio de ella lo apenaba. Por tanto, iba a menudo a la cámara de Lúthien, y a la noche yacía delante de su puerta; pues sentía que el mal había llegado a Nargothrond. Lúthien se sentía sola y hablaba a menudo con Huan, y le contaba de Beren, que era amigo de todos los pájaros y las bestias que no servían a Morgoth; y Huan la escuchaba. Porque comprendía el lenguaje de todas las criaturas dotadas de voz; pero sólo le estaba permitido hablar con palabras tres veces antes de morir.

Ahora bien, Huan concibió un plan de ayuda para Lúthien; y llegada la noche, le llevó la capa y por primera vez le habló dándole consejo. Entonces, por caminos secretos, la condujo fuera de Nargothrond, y huyeron juntos hacia el norte; y él se humilló y permitió que ella lo cabalgara a modo de corcel, como hacían a veces los Orcos sobre los grandes lobos. Y así avanzaron muy de prisa, pues Huan era rápido e infatigable.

En los fosos de Sauron yacían Beren y Felagund, y todos sus compañeros habían muerto ya; pero Sauron se proponía conservar a Felagund hasta el final, porque entendía que era un Noldor de gran poder y sabiduría, y creía que era él quien guardaba el secreto de la misión de los Elfos. Pero cuando el lobo vino en busca de Beren, Felagund recurrió a todo su poderío y rompió las ligaduras; y luchó con el licántropo y lo mató con dientes y manos; no obstante, él mismo estaba herido de muerte. Entonces le habló a Beren diciendo:

—Me voy ahora a mi largo descanso en los recintos intemporales de más allá de las aguas y las Montañas de Aman. Transcurrirá mucho antes de que vuelva a ser visto entre los Noldor; y puede que no nos encontremos una segunda vez en la vida o en la muerte, porque los destinos de nuestras gentes se apartan. ¡Adiós!

Así murió Felagund en la oscuridad de Tol—in—Gaurhoth, cuya gran torre él mismo había construido. De esta manera el Rey Finrod Felagund, el más hermoso y el más amado de la casa de Finwë, cumplió su juramento; pero Beren se lamentó desesperado junto a él.

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El hijo, Horacio Quiroga

         Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
         Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
         —Ten cuidado, chiquito —dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
         —Si, papá —responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
         —Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre.
         —Sí, papá —repite el chico.
         Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.
         Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
         Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil.
         No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
         Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.
         Para cazar en el monte —caza de pelo— se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores.
         Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas.
         Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá —menos aún— y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
         Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe…
         No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
         Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
         El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
         De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
         Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
         Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y seguro del porvenir.
         En ese instante, no muy lejos suena un estampido.
         —La Saint-Étienne… —piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte…
         Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
         El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire —piedras, tierra, árboles—, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
         El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte.
         Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro —el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años—, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir.
         Y no ha vuelto.
         El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil…?
         El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
         ¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
         Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia…
         La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
         Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
         Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un…
         ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano…
         El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…
         Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama par él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
         —¡Chiquito! —se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
         Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
         —¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! —clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
         Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…
         —¡Chiquito..! ¡Mi hijo!
         Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la mas atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
         A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
         —Chiquito… —murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
         La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
         —Pobre papá…
         En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres…
         Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
         —¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora..? —murmura aún el primero.
         —Me fijé, papá… Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí…
         —¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
         —Piapiá… —murmura también el chico.
         Después de un largo silencio:
         —Y las garzas, ¿las mataste? —pregunta el padre.
         —No.
         Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

***

         Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre va solo.
         A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

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Más allá, Horacio Quiroga

      —Yo estaba desesperada —dijo la voz—. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
          Yo le había dicho a mamá la semana antes:
          —¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
          Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás:
          —Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo—¿lo oyes bien?—preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
          Esto dijo papá.
          —Muy bien—le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo—: nunca más les volveré a hablar de él.
          Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir.
          ¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba? me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
          ¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá. —Muerta mil veces,—decía él, antes que darla a ese hombre.
          Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
          Morir era preferible, sí, morir juntos.
          Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
          Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
          No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio.
          No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
          A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme… ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos.
          Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
          ¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante!
          El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba.
          —Perdóname—me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello—. Te amo tanto que te llevo conmigo.
          —Y yo te amo—le respondí—, y muero contigo.
          No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Que golpes frenéticos resonaban en la puerta misma?
          —Me han seguido y nos vienen a separar…—murmuré aún—. Pero yo soy toda tuya.
          Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.
          Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde  apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada.
          ¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho, y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
          Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba como él—muerta.
          Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha… Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado.
          Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamoslo todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso?
          —¡Amada mía!…—me decía Luis—. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora!
          —Y yo —le respondí— te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad?
          —¡Oh, no!… Ya lo hemos probado.
          —¿E irás todas las noches a visitarme?
          Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá.
          Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos.
          Nuestros cadáveres… ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos?
          ¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes… no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío.
          —¿Desde cuándo irás a visitarme?—le pregunté.
          —Mañana—repuso él—. Dejemos pasar hoy.
          —¿Por qué mañana?—pregunté angustiada—. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala!
          —¡Y yo! ¿A las nueve, entonces?
          —Sí. Hasta luego, amor mío…
          Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.
          A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita!
          —¿Sabes que la sala está llena de gente?—le dije—. Pero no nos incomodarán
          —Claro que no… ¿Estás tú allí?
          —Sí.
          —¿Muy desfigurada?
          —No mucho, ¿creerás?¡Ven, vamos a ver!
          Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina.
          —Estás muy parecida—dijo él.
          —¿Verdad?—le respondí yo, contenta. Y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos.
          Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis.
          —¡Mira! —le dije—. ¿Qué pasará?
          En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban.
          —Soy yo—dijo Luis con ligera sorpresa—. Vienen también mis hermanas
          —¡Mira, Luis!—observé yo—. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón … Como estábamos al morir.
          —Como debíamos estar siempre—agregó él—. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas:
          —Pobres chicas…—murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
          Enterrándonos… ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel, puros de cuerpo y alma, viven siempre. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos, ya sin nombre, en que la vida se había roto de dolor. Y a pesar de todo, sin embargo, nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor.
          —También ellos—dijo mi amado—estarán eternamente juntos.
          —Pero yo estoy contigo—murmuré yo, alzando a él mis ojos, feliz.
          Y nos olvidamos otra vez de todo.
          Durante tres meses—prosiguió la voz—viví en plena dicha. Mi novio me visitaba dos veces por semana. Llegaba a las nueve en punto, sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo, y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad. Las once y media, aun las doce sonaron a veces, sin que él se decidiera a soltarme las manos, y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. Se iba por  fin, y yo quedaba dichosamente rendida, paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano.
          Durante el día acortaba las horas pensando en él. Iba y venía de un cuarto a otro, asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia, aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá, que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor.
          Yo vivía—sobrevivía—, lo he repetido, por el amor y para el amor. Fuera de él, de mi amado, de su presencia de su recuerdo, todo actuaba para mí en un mundo aparte. Y aun encontrándome inmediata a mi familia, entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente, que nos separaba a mil leguas.
          Salíamos también de noche. Luis y yo, como novios oficiales que éramos. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. De noche, cuando había luna y la temperatura era dulce, gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad, donde nos sentíamos más libres, más puros y más amantes.
          Una de esas noches, como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio, sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría, donde brillaba una lápida de mármol. Ostentaba nuestros dos solos nombres, y debajo la fecha de nuestra muerte; nada más.
          —Como recuerdo de nosotros—observó Luis—no puede ser más breve. Así y todo—añadió después de una pausa—, encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios.
          Dijo, y quedamos otra vez callados.
          Acaso en aquel sitio y a aquella hora, para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies, y la realidad, la vida depurada de errores, elévase pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.
          Nos alejamos de allí, dichosos y sin recuerdos, a pasear por la carretera blanca nuestra felicidad sin nubes.
          Ellas llegaron, sin embargo. Aislados del mundo y de toda impresión extraña, sin otro fin y otro pensamiento que vernos para volvernos a ver, nuestro amor ascendía, no diré sobrenaturalmente, pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo, de haberlo conseguido en la otra vida. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos, y muy triste cuando nos hallábamos separados. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches; pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. Cada vez se retiraba él más tarde, cuando ya en casa todos dormían, y cada vez, al irse, acortábamos más la despedida.
          Salíamos y retornábamos mudos, porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento, y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa, para evitar mirarlo.
          Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso, Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mías heladas, leí en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mías:
          —¡Luis! —murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
          —Hasta mañana, amada mía —me dijo sonriendo.
          —Hasta mañana, amor —murmuré yo, palideciendo todavía más al decir esto.
          Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.
          Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habíamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Nos despedíamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
          ¡Ah! Preferible era…
          La última noche, mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas.
          —Mi amor —murmuró.
          —¡Cállate!—dije yo.
          —Amor mío —recomenzó él.
          —¡Luis! ¡Cállate! —lancé yo aterrada—. Si repites eso otra vez …
          Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros—¡es horrible decir esto!—se encontraron por primera vez desde muchos días atrás.
          —¿Qué?—preguntó Luis—. ¿Qué pasa si repito?
          —Tú lo sabes bien—respondí yo.
          —¡Dímelo!
          —¡Lo sabes! ¡Me muero!
          Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo, pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
          —Me muero…—torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
          —No nos queda sino una cosa que hacer… —dijo.
          —Eso pienso—repuse yo.
          —¿Me comprendes?—insistió Luis.
          —Sí, te comprendo—contesté, deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio.
          ¡Ah! ¡No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros sustanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable, si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Sustancia del ideal, sensación de la dicha, y que solamente es posible recordar y llorar, cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor!
           
          Ese beso nos cuesta la vida—concluye la voz—, y lo sabemos. Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo. Hace un rato, al recogerme Luis a sí, hubiera dado el alma por poder ser besada. Dentro de un instante me besará, y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción, descenderá, se desvanecerá al contacto sustancial y siempre fiel de nuestros restos mortales.
          Ignoro lo que nos espera más allá. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados, y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio, tal vez ellos, urna primitiva y esencial de ese amor, hayan resistido a las contingencias vulgares, y nos aguarden.
          De pie sobre la lápida, Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal, que me desvanezco…

Publicado en Cuentos

Las moscas, Horacio Quiroga

Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.

Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el árbol.

Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas si uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza.

Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.

Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.
¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?
Nadie se acerca en este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.

¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere.

Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?

El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.

Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.

-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.

-¿Moscas?…

-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.

¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…

Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación. ¡Las moscas!
Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.

El médico tenía razón. No puede ser su oficio más lucrativo.
Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…

Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.