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Oscar, de Amparo Dávila

La joven dio la contraseña al empleado y esperó pacientemente a que le entregaran su equipaje. Se sentó en una banca y encendió un cigarrillo, tal vez el último que iba a fumar durante el tiempo que pasara con su familia. Sus ojos revisaban cuidadosamente el local tratando de descubrir si, en esos años de ausencia, había habido algún cambio. Pero todo estaba igual. Sólo ella había cambiado, y bastante. Recordó cómo iba arreglada cuando se fue a la capital: el vestido largo y holgado, la cara lavada y con su cola de caballo, zapatos bajos y medias de algodón… Ahora traía un bonito suéter negro, una falda bien cortada y angosta, pegada al cuerpo, zapatillas negras y gabardina beige; pintada con discreción y peinada a la moda, era una muchacha atractiva, guapa, ella lo sabía; es decir, lo fue descubriendo a medida que aprendió a vestirse y a arreglarse… El empleado le llevó sus dos maletas y le dijo:
—Si usted quiere, el coche del correo la puede llevar al pueblo, sólo cobra dos pesos, porque el camión tarda mucho en pasar.
La muchacha tomó asiento junto al gordo chofer del correo y le dio la dirección de su casa.
—¿A la casa de don Carlos Román? —preguntó sonriente el chofer—. Yo toco con él en la banda municipal los domingos en la tarde, y después lo acompaño hasta su casa. Si me permite voy a detenerme en el correo a dejar el saco de la correspondencia, no me tardo nada.
El hombre entró a la oficina de correos con el saco de la correspondencia casi vacío. Ella pudo ver desde allí la vieja parroquia del pueblo con sus esbeltas torres, la Plaza de Armas con su quiosco y sus bancas de fierro y, al lado de la parroquia, la notaría de su padre. Sin duda estaba ahora inclinado sobre algún papel de oficio, escribiendo con pluma de manguillo sus letras tan bonitas y uniformes.
La muchacha pagó al chofer los dos pesos convenidos y se quedó un momento, antes de decidirse a tocar, contemplando la casa del notario, su propia casa. Viniendo de la capital parecía pequeña y modesta, pero allí era una buena casa pues tenía dos pisos y un sótano, cualidades raras en el pueblo. La pintura se veía maltratada, las ventanas y la puerta descoloridas, sin duda hacía tiempo que no se preocupaban por la casa. Tocó por fin la puerta y esperó, mientras el corazón le latía apresuradamente.
—¡Mónica! —gritó al verla Cristina y la estrechó cariñosamente. Los pasos de alguien que llegaba las hicieron separarse, y Mónica corrió a abrazar a su madre, a aquella mujercita flaca, de rostro ceniciento y ojos hundidos y sin brillo. Al abrazarla, Mónica se dio cuenta de la extrema delgadez de la mujer, de su rostro tan marchito y acabado, y se apretó a ella con ternura y dolor.
—¡Qué bueno que regresaste, hija! —decía la madre mientras se limpiaba una lágrima.
—¿Y papá? ¿Y Carlos?
—Papá está en la notaría, y Carlos sigue en la escuela. Ahora tiene a los niños de quinto.
—¿Y… Óscar…?
—Como siempre —dijo lacónicamente la mujer y suspiró. Su rostro parecía en ese momento más ceniciento y sus ojos más hundidos.
Al entrar a la recámara que había compartido con Cristina durante tantos años, Mónica sintió remordimientos y dolor de haber dejado a su hermana languideciendo, consumiéndose en aquel encierro, y no habérsela llevado con ella cuando se fue a la capital. La habitación estaba igual: las dos camas de latón con sus colchas tejidas de hilaza blanca, nítidas y estiradas, como acabadas de poner; el viejo ropero de madera de ojo de pájaro que ellas habían heredado de la abuela; el tocador con su plancha de mármol, y el aguamanil y la jarra de porcelana; el buró con su candelero dorado y su vela lista para ser encendida, y el florero con jazmines que Cristina había cortado para recibirla sabiendo cuánto le gustaba su perfume.
—Cristina, hermana, ¡cómo te he extrañado, no sabes cuánto! —y era sincera Mónica. En ese momento supo claramente que había extrañado a Cristina más que a nadie: la familia, la casa, el pueblo, todo era Cristina: esbelta, pálida, callada siempre, hacendosa y sufrida, resignada.
—Y yo, ¡no te puedes imaginar, cuánto! —y sus ojos se empañaron—, sólo me consolaba pensando que volverías, pero ¿te vas a quedar?, ¿no te vas a volver a ir?
—Ya platicaremos, Cristina.
—Tienes razón. Voy a ayudar a mamá a terminar de hacer la comida, descansa un poco, te ves fatigada.
Mónica se miró en el espejo del tocador-lavabo. Tenía razón Cristina, se veía fatigada y lo estaba. El temor a enfrentarse con todos los de la familia la había puesto muy nerviosa y tensa. Pero era preciso correr el riesgo porque necesitaba mucho el afecto y la cercanía de los suyos. Empezó a sacar la ropa de las maletas y a colgar sus vestidos en el viejo ropero, al lado de los de Cristina. Aquellas prendas allí colgadas, unas al lado de otras, hablaban claramente de las dos mujeres que las usaban y del medio en que se movían.
Como a las dos de la tarde llegaron el padre y el hermano. El recibimiento fue cortés, pero frío. Mónica no había esperado nada distinto. Inmediatamente después de lavarse las manos se sentaron a la mesa. El padre rezó una breve oración, como acostumbraba hacerlo, y comenzaron a comer. Qué buena le supo a Mónica la comida de su casa, hecha con tanto cuidado y esmero por su madre. Poco se hablaba durante las comidas, al padre le molestaba y lo ponía de mal humor. Mónica le observaba de reojo, en realidad casi no había cambiado, tal vez estaba algo más grueso y más calvo, pero continuaba igual de callado y metódico, de bueno y ordenado; con su servilleta puesta desde el cuello seguía sorbiendo la sopa, como siempre lo había hecho. En la otra cabecera de la mesa la madre servía la comida en silencio. «Ella no sólo ha cambiado —se dijo Mónica—, se acabó por completo». Enflaquecida en extremo, con la cara afilada y cenicienta y los ojos hundidos y sin brillo, más que un ser humano parecía una sombra dolorosa. Cristina, agobiada por el silencio, la soledad y la desesperanza, era una joven vieja, una flor marchita. Y Carlos, abstraído, encerrado en sí mismo, se veía más grande, representaba más edad que la que tenía. Mónica sintió una gran ternura y mucho dolor por todos ellos y gusto también por haber regresado. Un ruido, como de trastos que caen por el suelo, hizo estremecer a Mónica. Los demás se miraron sin asombro.
—Ya debe de haber terminado de comer —dijo la madre levantándose de la mesa. Salió apresuradamente y desapareció por la puerta que conducía al sótano. A los cuantos minutos regresó trayendo una charola con pedazos de platos y vasos. Jadeaba un poco y su rostro tenía un leve color.
—Está muy nervioso, creo que es por… —y sus ojos se fijaron en Mónica—. Deberías darle algo, papá.
El padre terminó de comer rápidamente, se limpió la boca con la servilleta, sirvió un poco de agua en un vaso y se dirigió al sótano. El hermano se levantó de la mesa, cogió unos libros y se marchó.
Al día siguiente de su llegada Mónica comenzó a hacer la parte de los quehaceres de la casa que le correspondía, como antes de que se marchara para la capital. La misma rutina de siempre: a las seis y media de la mañana se levantaban; la madre daba de comer a los pájaros y limpiaba las jaulas; las dos hermanas ponían la mesa del comedor y preparaban el desayuno, y a las ocho se sentaban todos a la mesa. Pero antes se le llevaba el desayuno a Óscar porque pasaba el día de muy mal humor si no era atendido primero y él, desde el sótano, tenía gran conocimiento de los ruidos de la casa y de las horas; sabía cuándo se levantaban, cuándo entraban a la cocina, cuándo salían, todo. A las ocho y media se iba Carlos a la escuela y el padre, un poco más tarde, a abrir la notaría. Entonces las tres mujeres limpiaban la casa cuidadosamente. Cristina se encargaba de arreglar la cocina y de lavar la loza, la madre sacudía la sala y el comedor y Mónica se dedicaba a las recámaras y al baño. Mientras la madre salía a hacer la compra para la comida, las muchachas barrían y trapeaban el patio y el zaguán. Después, cuando la mujer regresaba con el mandado, Cristina le ayudaba a preparar la comida y a arreglar la mesa y Mónica lavaba la ropa sucia. En aquella casa siempre había algo que hacer: al terminar de comer se levantaba la mesa y la cocina, se remendaba y planchaba la ropa, y sólo después de la cena, cuando ya todo estaba recogido y acomodado, y el padre se ponía a estudiar en el violonchelo las piezas que se tocaban en la serenata de los domingos y el hermano corregía los trabajos de sus alumnos, las tres mujeres hacían alguna labor de tejido o de bordado.
Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. Raras veces permanecía silencioso, siempre estaba monologando entre dientes palabras incomprensibles. Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero el día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas. Cuando terminaba de regar las macetas entraba a la casa y subía la escalera que conducía a las habitaciones. Hacia la medianoche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. Después, en silencio, salía de la habitación, bajaba pesadamente la escalera y entraba al sótano a acostarse. En aquella casa nadie había dormido jamás tranquila ni normalmente, su sueño era ligero, atento siempre al menor ruido. Pero nadie se quejaba nunca, resignados ante lo irremediable, aceptaban su cruel destino y lo padecían en silencio. En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.
Podía decirse que la familia Román era una de las familias más acomodadas del pueblo: tenían casa propia y grande, una notaría, un hijo maestro de escuela y, sin embargo, apenas les alcanzaba el dinero que el padre y el hijo ganaban para solventar los gastos de aquella casa; es decir, los muchos gastos que originaba Óscar. Con bastante frecuencia había que reponer cinco, diez, muchas macetas, y ni qué decir de la loza, continuamente se compraban platos, tazas, vasos, y además la ropa que desgarraba y hacía jirones: camisas, pantalones, sábanas, colchas, cobertores; también destrozaba sillas y muebles y, agregado a todo esto, las medicinas que constantemente se le administraban y que eran bastante caras.
Contadas eran las visitas que se recibían en la casa del notario, tan sólo algunos familiares o amigos muy íntimos cuyas voces Óscar conocía muy bien, desde pequeño, los cuales iban muy de tiempo en tiempo a saludarlos y a tomar un chocolate mientras platicaban un rato a la caída de la tarde. Una persona desconocida nunca hubiera podido entrar en aquella casa, Óscar no lo hubiera soportado ni tolerado. Las mujeres sólo salían a lo indispensable: el mandado, las varias compras, la misa de los domingos y alguna vez entre semana al Rosario, algún pésame o entierro, algo verdaderamente muy especial, pues estas cosas lo excitaban sobremanera, él no admitía nada que rompiera o alterase el ritmo y la rutina de su vida y de sus hábitos. Cuando ellas salían, el padre o el hermano se quedaban en la casa porque Óscar temía a la soledad hasta un punto increíble y conmovedor y, además, existía el peligro de que pudiera escaparse.
Mónica había perdido la costumbre de acostarse temprano y pasaba largas horas despierta escuchando la leve respiración de Cristina y pensando en tantas y tantas cosas, hasta que oía las sordas pisadas de Óscar. Entonces Mónica se quedaba muy quieta y cerraba los ojos para que él creyera que dormía. Óscar permanecía junto a su cama algunos minutos, que a Mónica le parecían interminables, eternos. Iba todas las noches a observarla, tal vez extrañado de verla de nuevo allí o queriendo cerciorarse de si era ella. Los años vividos en la ciudad la habían hecho olvidar aquella pesadilla que no terminaba nunca.
Ese día, seis de agosto, Óscar había estado insoportable desde el amanecer. Una de las medicinas que tomaba, y que lo tranquilizaba bastante, se encontraba agotada y el médico la había suplido con otra, que no le surtía gran efecto. Durante horas había estado gritando, aullando, vociferando, rompiendo todo lo que tenía a su alcance en el sótano, moviendo con furia la puerta de fierro cerrada con candado, aventando los muebles contra ella. Había botado la charola del desayuno, la de la comida; no oía ni atendía a nadie. «Óscar está peor que nunca», dijo la madre cuando llegaron a comer su marido y su hijo. «Yo no sé qué vamos a hacer —seguía diciendo la mujer y se apretaba las manos, agobiada por la angustia—, se ha negado a comer, lo ha roto todo…».
Sin decir una palabra más se sentaron a la mesa, entre aquel insoportable ruido y gritos y aullidos y carcajadas; abatidos por aquella tortura que les estrujaba el alma. La madre se limpiaba con los dedos las lágrimas que no lograba contener. Ni siquiera se escuchaba ahora el acostumbrado sonido que hacía el padre al sorber el caldo.
—Se ha negado a probar bocado, no quiso desayunar ni comer —volvió a decir la madre, como si no lo hubiera comentado ya cuando llegaron el notario y su hijo.
—Ha despedazado todo lo que ha podido —comentó Cristina.
—Creo que sería conveniente ir a avisarle al doctor del estado en que se encuentra —dijo Carlos.
La angustia había logrado romper aquel silencio que el padre había impuesto en las comidas, durante tantos años.
—si será prudente aumentarle la dosis
—pero… a lo mejor…
—¡qué hacer, Dios mío, qué hacer!
—yo creo que es efecto de la luna
—o de la canícula
—sólo Dios sabe, ¡sólo Dios sabe!
—ésta es la peor de las crisis
—tiene los ojos enrojecidos y como saltados
—se ha golpeado mucho y sangrado
—ha estado tratando de abrir el candado
—yo creo que la medicina lo ha puesto así
—a veces los médicos no saben ni qué recetan
—estaba tan calmado, tan bien
—ayer estuvo cantando, la misma canción todo el día y toda la noche, pero cantaba
—sí, pero anoche rompió todas las macetas
—¡ay Dios, mío, Dios mío!
—dicen que hay un yerbero en Agua Prieta que es muy bueno
—a veces son puros charlatanes que roban tiempo y dinero —intervino el padre—, yo creo que lo mejor será inyectarlo y que se duerma, ojalá y cuando despierte ya haya pasado la crisis, voy a preparar la jeringa —y se levantó de la mesa.
—Tengo miedo, papá —dijo la madre acercándose a su esposo y tomándolo de un brazo—, mucho miedo.
—Ya lo he inyectado en otras ocasiones y no ha pasado nada, tranquilízate, mujer, ten calma.
—Ya está lista la lámpara —dijo Carlos. Y los dos hombres bajaron al sótano. Las mujeres se quedaron allí, inmóviles y mudas, como tres estatuas.
Gritos inarticulados, ruidos de lucha, de golpes, de cuerpos que caen, gemidos, exclamaciones… De pronto todo cesó, sólo se oían las respiraciones jadeantes de los dos hombres, que bañados en sudor salían del sótano, agotados y maltrechos como si hubieran luchado con una fiera.
Aquel tremendo esfuerzo fue excesivo para el cansado corazón del notario, que se paró de pronto, al día siguiente, cuando se encontraba copiando una escritura en su Protocolo. Ya estaba muerto cuando lo llevaron a su casa. Lo velaron en la sala toda la noche. A pesar de ser un hombre tan querido y respetado en el pueblo, sólo pudieron asistir al velorio los pocos familiares y amigos que frecuentaban a los Román y cuyas voces Óscar conocía. El dolor de la familia fue enorme, destrozados por la pena permanecieron todo el tiempo junto a su muerto llorando en silencio. Al día siguiente fue el entierro después de la misa de cuerpo presente, y a la parroquia y al cementerio sí asistió todo el pueblo. Sus compañeros de la banda municipal lo despidieron tocándole sus valses favoritos: Morir por tu amor y Tristes jardines.
Desde ese día en que murió don Carlos Román empeoró la vida de aquellas gentes: la casa con sus crespones negros en la puerta y en las ventanas, las ventanas entrecerradas, las mujeres enlutadas, silenciosas, ensimismadas o ausentes, especialmente la madre que más que un ser vivo parecía un espíritu, una figura fantasmal o la sombra de otro cuerpo, y Carlos, cabizbajo, amordazado por la angustia y el sufrimiento, sabiéndose caminar en un callejón sin salida, acorralado, sin encontrar ni solución ni esperanza para aquel infortunio, que venían padeciendo y arrastrando penosamente a través de la vida. La fatalidad se imponía y eran sus víctimas, sus presas, no había salvación.
A la semana de haber muerto el notario la madre cayó enferma, un día no se levantó más aquella mujer que se había consumido por completo. Y ni siquiera el médico podía entrar a la casa a recetarla, Óscar no lo hubiera permitido. Carlos le informaba diariamente cómo se encontraba su madre y compraba las medicinas que ordenaba. Pero todo esfuerzo era inútil, aquella vida se apagaba lentamente, sin una queja ni un lamento. Pasaba el día entero sumida en un profundo sopor, sin moverse, sin hablar, yéndose.
Pocos días vivió la madre, sólo un suspiro y nada más; ni estertores, ni convulsiones, ni estremecimientos, ni gritos de dolor, nada, solamente un suspiro y se fue a seguir al compañero con quien había compartido la vida y la desdicha. Fue velada en el mismo lugar donde lo había sido don Carlos, enterrada también junto a él. Esa noche, la del entierro, Óscar la pasó en la recámara vacía aullando y rechinando los dientes.
Siguieron pasando los días de aquel verano luminoso y perfumado, días largos, noches interminables, los tres hermanos encerrados dentro de sí mismos, sin atreverse a hablar, a comunicarse, tan ensimismados y huecos como si los pensamientos y las palabras se les hubieran extraviado o se los hubieran llevado los que se fueron. Cada domingo, después de asistir a misa, Cristina y Mónica iban al cementerio a llevarles flores a sus queridos muertos. Carlos se quedaba en la casa cuidando a Óscar. Por la tarde se sentaban las dos hermanas a tejer junto a la ventana de la sala, y desde allí miraban pasar la vida, como los prisioneros a través de los barrotes de su celda. Carlos aparentaba leer y se mecía en la mecedora de bejuco, donde su padre dormía unas breves siestas antes de irse a tocar a las serenatas de la Plaza de Armas.
Inmensa se veía la luna esa noche de plenilunio en agosto, había hecho bastante calor durante el día y continuaba aún en la noche, apenas si se soportaba una sábana sobre el cuerpo. Óscar aullaba como siempre lo hacía en las noches de luna llena y nadie lograba conciliar el sueño, aullaba y rompía macetas, subía y bajaba las escaleras, vociferaba, aullaba, gritaba, subía y bajaba… Agobiados por el calor que había aumentado fueron dejándose caer poco a poco en el sueño, en un sueño rojo, ardiente como una llamarada abrasadora, que los envolvía, hasta que llegó la tos, una tos seca y obstinada que los despertó. Con ojos desorbitados contemplaron las lenguas de fuego que llegaban ya hasta las habitaciones subiendo desde la planta baja, y el humo denso y asfixiante que los hacía toser, llorar, toser, y los aullidos de Óscar, que estaba sin duda abajo en el sótano, aullidos y carcajadas, carcajadas de júbilo como nunca las habían oído, y las llamas entrando, casi alcanzándolos. No podían perder tiempo, la escalera había sido devorada por el fuego, sólo quedaban las ventanas. Anudando sábanas Carlos bajó a Cristina, después a Mónica y por último él se descolgó. Cuando Carlos tocó piso la casa estaba completamente invadida por las llamas que salían por las ventanas, por la puerta, por todos lados. Aún se escuchaban las carcajadas de Óscar cuando los tres tomados de la mano, empezaron a caminar hacia la salida del pueblo. Ninguno volvió la cabeza para mirar por última vez la casa incendiada.

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El huesped, de Amparo Dávila

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia—. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Solo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era esta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habita­ción. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.

Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día dur­miendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.

Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Solo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Gua­dalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

—Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

—Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó.

—¿Pero qué podemos hacer las dos solas?

—Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había mar­chado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño dur­mieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió mu­chos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba deses­perado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.