UNA noche de verano, pocos meses después de casarme, estaba frente al hogar fumando una última pipa y cabeceando de sueño a causa de un día de trabajo agotador. Mi mujer se hallaba ya en nuestro dormitorio y hacía poco que había oído cerrarse la puerta; la servidumbre, pues, se había retirado también. Apenas me había levantado del sillón y comenzado a limpiar la pipa cuando oí sonar la campanilla de la calle.
Miré el reloj: las doce menos cuarto. No podía, a esa hora, tratarse de una visita. Un enfermo seguramente, así que el trabajo del día se me iba a alargar… Fui al vestíbulo con un gesto de contrariedad y abrí la puerta. Me sorprendió ver a Sherlock Holmes.
—¡Hola, Watson! —me saludó—. Tenía la esperanza de encontrarlo levantado a pesar de la hora.
—Pase usted.
—Parece sorprendido, Watson, pero no tiene nada de raro que sea así. Y aliviado también. ¡Hm!, ¿todavía fuma el tabaco «Arcadia» de sus días de soltero? Imposible confundir con otra esa ceniza tan blanquecina que tiene en la pechera. Y se nota que en otros tiempos vistió uniforme, amigo: nunca podrá pasar como civil total mientras no pierda esa costumbre de llevar el pañuelo en la manga. ¿Podría quedarme aquí esta noche?
—Encantado.
—Como me dijo un día que disponía de una habitación para los huéspedes… De momento creo que no tiene ninguno; no hay más que ver el perchero.
—Será un placer para mí alojarlo.
—Muchas gracias; ocuparé, pues, la percha vacía. Siento advertir que haya tenido operarios en casa, lo cual es siempre una molestia. Le deseo al menos que no se tratara de las cañerías.
—No: el gas.
—Ah. El hombre ha dejado las huellas de sus botas claveteadas en la alfombra; allí donde hay más luz las veo. No, gracias, ya cené en Waterloo. Pero con mucho gusto echaré una pipa con usted.
Le pasé el tabaco. Holmes se sentó frente a mí y fumó en silencio un buen rato; comprendí que sólo algo importante lo había movido a venir a casa a esa hora de la noche y esperé pacientemente a que se decidiera a hablarme del asunto.
—Veo que anda muy ajetreado —me dijo al fin, mirándome con atención.
—Así es; he tenido un día de mucho movimiento. Y quizá le parezca tonto —agregué—, pero no comprendo cómo ha podido deducirlo.
Holmes esbozó una sonrisa.
—No es más que la ventaja de conocer sus costumbres, querido Watson. Cuando tiene que caminar poco, lo hace usted a pie; si es mucho, lo hace en coche. Y ya veo que sus botas, aunque algo polvorientas, no están sucias, así que su clientela debe ser lo suficientemente crecida como para moverle a andar en coche.
—¡Excelente!
—Elemental. Es uno de esos ejemplos con los que el razonador puede deslumbrar a su interlocutor, pero es que a éste se le ha escapado el detalle básico de la deducción. Es como esas historias baratuchas que resultan incomprensibles para quien no tiene a mano todos los datos… los cuales jamás se dan al lector. Y bueno: hoy por hoy ando en una situación semejante; tengo a mano varios detalles de uno de los casos más extraños que he visto en mi vida, pero me faltan los necesarios para tener una idea completa. Aunque los conseguiré, Watson. ¡Los conseguiré!
Brillaron sus ojos y un ligero color animó sus delgadas mejillas.
—El problema presenta aspectos de gran interés —dijo—; incluso podríamos decir excepcional. Ya eché un vistazo al asunto; creo que la solución no anda lejos, y, si pudiera usted acompañarme a dar los últimos toques, se lo agradecería mucho.
—Lo haré gustoso.
—¿Podría venir mañana a Aldershot?
—Bueno. Jackson se encargará de mis pacientes.
—¡Muy bien! Quisiera salir de Waterloo a las once y diez.
—De acuerdo. Tendré tiempo sobrado para preparar mis cosas.
—Y ahora, si no tiene mucho sueño, le resumiré lo ocurrido y le explicaré lo que queda.
—La verdad es que, antes de que usted llegara, me caía de sueño. Pero ahora estoy más despierto que nunca.
—Abreviaré todo lo posible, aunque sin saltarme nada que pueda ser vital. Probablemente ya ha leído algo sobre la cosa: el supuesto asesinato del coronel Barclay, de los Munsters Reales, cometido en Aldershot.
—No, no sé nada.
—Es que el asunto, excepto en el mismo Aldershot, no ha cundido mucho todavía. Sucedió hace un par de días y los hechos son los siguientes. Como usted sabe, el de los Munsters Reales es uno de los regimientos irlandeses más famosos de todo el ejército británico. Se batió admirablemente tanto en la guerra de Crimea como en el Motín, y desde entonces se ha distinguido en muchas ocasiones. Hasta el lunes por la noche lo capitaneaba James Barclay, un veterano que empezó su carrera de soldado raso, llegó a oficial por su valentía durante el Motín y ha vivido lo bastante como para mandar el regimiento en el que se alistó como recluta. Cuando era sargento, Barclay se casó con una Nancy Devoy, hija de un exsargento de color de la misma bandera. Por lo tanto, y como es lógico suponer, se produjeron algunas fricciones cuando la joven pareja fue a su nueva residencia. Eso no impidió que ambos se adaptaran rápidamente, y la señora Barclay, tengo entendido, ha sido siempre tan popular entre las damas del regimiento como lo fue Barclay entre sus esposos. Quiero añadir que era una mujer muy guapa y que aun hoy, a los treinta años de casada, conserva parte de su belleza, así que la vida familiar del coronel Barclay parece haber sido muy feliz en todos los sentidos. El mayor Murphy, a quien debo la mayor parte de los informes que poseo, me asegura que nunca oyó hablar de que tuvieran un sí ni un no, si bien opina que el cariño del hombre hacia su esposa era mucho mayor que el de ella hacia él. Aun cuando sólo debiera separarse de su mujer por un día, Barclay se mostraba inquieto y contrariado; ella, por su parte, aunque afectuosa y fiel, tomaba esas cosas más discretamente. En realidad, nada en sus relaciones podía anunciar a la gente una tragedia en ciernes. El coronel era algo raro de carácter, un soldado veterano casi siempre jovial y dicharachero, aunque con momentos en que parecía capaz de ser violento y rencoroso; pero estos aspectos negativos nunca se dirigieron contra su esposa. Otro detalle que captaron el mayor Murphy y varios de los oficiales con quienes hablé es la tendencia a una depresión que parecía abatirse de golpe sobre él, borrándole la sonrisa justamente cuando tomaba parte en las bromas y charlas del comedor, y sumiéndolo durante días y días en la melancolía más profunda. Sólo esto y cierta predisposición a las supersticiones fueron los rasgos extraños que observaron en Barclay sus compañeros de armas, quienes, por ejemplo, no podían dejar de notar, en hombre tan valiente, algo tan pueril como que no quisiera nunca quedarse solo, sobre todo por la noche.
»El primer Batallón de los Munsters Reales, que fue antes el 170.º, está destinado en Aldershot desde hace algunos años. Los oficiales casados viven, pues, en residencias propias, y la de Barclay es una villa llamada “Lachine”, como a media milla al norte del cuartel. El edificio está rodeado por un parque, pero su lado oeste está sólo a treinta metros de la carretera; un cochero y dos doncellas componen la servidumbre. Cinco, pues, eran los únicos habitantes de la villa, ya que los Barclay no tienen hijos ni hospedan a nadie por más de un día. He aquí, ahora, lo que sucedió entre las nueve y las diez de la noche del lunes.
»La señora Barclay, que parece ser católica, se había interesado mucho por la formación de una Sociedad de San Jorge, que fundó en la parroquia de la calle Watt, de Aldershot, para suministrar ropa a los pobres. A las ocho se reunía la Sociedad, y la señora Barclay cenó de prisa para poder asistir a esa junta. Al salir de casa, el cocinero le oyó hacer a su esposo una observación sin importancia y decirle que no tardaría en volver; fue entonces a por la señorita Morrison, que habita una villa próxima, y ambas mujeres partieron a pie hacia la reunión, que duró cuarenta minutos. La señora Barclay regresó a casa a las nueve y cuarto, después de dejar a la señorita Morrison a la puerta de la suya.
»En la villa hay una habitación que suele usarse durante la mañana. Cae frente a la carretera y da al prado a través de una gran puerta cristalera de varias hojas; ya le detallé que esta parte del prado mide unos treinta metros, y sólo está separada de la carretera por tapia baja, rematada por una baranda de hierro: a esa alcoba se dirigió a su regreso la señora Barclay. Las cortinas no estaban corridas, porque el cuarto rara vez se usa por la noche, pero la misma señora Barclay encendió la lámpara y llamó a su doncella, Jane Stewart, para que le sirviera una taza de té, cosa del todo opuesta a sus costumbres. El coronel estaba en el comedor, pero al sentir a su esposa fue a hacerle compañía; el cocinero lo vio cruzar el vestíbulo y entrar en la estancia: la última vez que se le vio vivo. Diez minutos más tarde se presentaba la doncella con el té que su ama le pidiera y se quedó muy sorprendida al oír una encendida discusión a gritos entre los esposos. Llamó y no tuvo respuesta; hizo girar el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave. Jane Stewart corrió, pues, a la cocina, contó la novedad y las dos criadas y el cocinero subieron al vestíbulo; la disputa entre esas dos únicas voces continuaba aún. Al coronel no se le oía porque hablaba con voz brusca y queda, pero a la señora Barclay la oyeron decir amarga y claramente: “¡Canalla! ¿Qué puedo hacerle ya, qué hago? Devuélveme mi vida. Nunca volveré a respirar el aire que tú respires. ¡Canalla, canalla!”. Esas fueron sus palabras, interrumpidas por un terrible grito de Barclay. Un segundo después se escuchó un golpe sordo, y en seguida un penetrante chillido de la mujer. Convencido de que había ocurrido un drama, el cocinero se lanzó a la puerta y bregó por abrirla; al otro lado, no cesaban los angustiosos gritos de la dama. El hombre, sin embargo, no logró abrirse paso, y las criadas estaban demasiado impresionadas como para ayudarle. De pronto, el cocinero tuvo la idea de dar la vuelta por el prado al que se abrían las cristaleras. Vio abierta una de las hojas, cosa muy normal en verano; entró en la estancia; la señora había dejado de gritar y estaba sin sentido en el sofá; con las piernas a un lado del sillón y la cabeza contra el suelo, junto al rincón de la chimenea, yacía el cadáver del coronel Barclay entre un charco de su sangre. Naturalmente, y al descubrir que nada podía hacer por él, lo primero que se le ocurrió al cocinero fue abrir la puerta. Pero, inesperadamente, la llave no estaba en su cerradura ni pudo encontrarla en la habitación, así que saltó de nuevo por la puerta abierta al prado y, después de buscar a un policía y a un médico, regresó con ellos a la villa. La Barclay, contra quien lógicamente recaen las sospechas, fue llevada a su dormitorio todavía sin sentido. Luego colocaron al coronel muerto sobre el sofá y revisaron a conciencia todo el escenario de la tragedia. La víctima exhibía un corte de unos cinco centímetros en la parte posterior de la cabeza, causado al parecer por un objeto contundente, al que no hubo dificultad en localizar ya que, cerca del cadáver, dieron con un garrote muy raro, de madera labrada y empuñadura de hueso; Barclay poseía una serie de armas típicas de los diferentes países en los que había servido, y la Policía opina que el garrote era una de ellas. Los criados niegan haber visto antes ese garrote, pero es muy posible que, entre las muchas curiosidades que hay en la casa, les pasara inadvertido. No se halló ningún otro indicio de importancia, salvo el inexplicable detalle de la llave perdida, que no estaba ni entre las ropas del matrimonio; poco después se hizo ir a un cerrajero de Aldershot para que abriera la puerta.
»Así las cosas, el martes por la mañana y a petición del mayor Murphy, me llegué por Aldershot para colaborar con la Policía. Ya ha visto usted, Watson, que el problema es muy interesante, como le dije, y ahora le añado que pude entender pronto que la verdad era mucho más extraordinaria de lo que a simple vista parecía. Antes de examinar la habitación interrogué a la servidumbre; me repitieron cuanto ya sabemos, pero Jane Stewart recordó algo más: antes de bajar a la cocina, es decir, cuando oía sola la discusión, notó que ésta se desarrollaba tan susurradamente que sólo por el tono pudo intuir que el matrimonio estaba riñendo y que en aquella ocasión su ama había pronunciado la palabra “David”. Detalle que podría ser revelador, dado que el coronel se llamaba James. Y hubo algo que llamó poderosamente la atención de los criados y de la Policía: el modo terrible en que aparecía desfigurado el rostro de la víctima, con la mayor expresión de espanto, según atestiguaron todos, que pueda imaginarse; varios se desmayaron al verlo. Era evidente que Barclay había visto llegar su muerte y que ello fue lo que le causó tal horror. Este dato apoya una idea de las autoridades: el coronel vio a su mujer en el momento en que ésta lo atacaba, y el hecho de que la herida fuese detrás de la cabeza nada dice en contra de esa teoría, ya que él muy bien pudo haber vuelto la cabeza para esquivar el golpe. No ha sido posible interrogar a la dama, postrada desde entonces en un agudo estado de neurosis y que, de momento al menos, parece haber perdido la razón. Me enteré por la Policía de que la señorita Morrison, que salió aquella noche con ella, no tenía la menor idea del malhumor que dominaba a la señora Barclay cuando regresó a casa. Después de reunir todos estos datos reflexioné largamente, tratando de separar el trigo de la paja: sin duda, el detalle más importante y expresivo era la extraña desaparición de la llave, a la que aún, pese a los registros más minuciosos, no se ha podido hallar. Alguien, por tanto, la sacó de la habitación; ni el coronel ni su esposa podían haberla tomado, esto está bien claro: entendí que una tercera persona había estado allí y que sólo pudo haber entrado por la puerta cristalera. Me pareció, pues, que un cuidado examen del interior y el exterior no dejaría de proporcionar alguna huella de esa misteriosa y desconocida persona. Ya conoce mis métodos, amigo Watson. Pues bien, todos los apliqué hasta acabar descubriendo tales huellas. Ah, pero eran muy distintas de las que esperaba encontrar. Desde luego un hombre había entrado allí, cruzando el prado desde la carretera. Tuve de él cinco huellas muy claras: una por donde saltó el muro, dos en el prado y otras dos, muy débiles, en el suelo de la habitación, junto a la puerta de cristales. Parecía haber atravesado el prado a la carrera, porque la señal de la puntera de sus zapatos era mucho más honda que la de los tacones. Pero lo que realmente me sorprendió no fue el hombre, sino su acompañante.
—¿Cómo?
Holmes extrajo de un bolsillo una ancha hoja de papel transparente y la extendió sobre sus rodillas.
—¿Qué me dice de esto? —preguntó.
Sobre el papel aparecían calcadas las huellas de un animal pequeño. Cinco, con uñas, y no mayores que una moneda de una libra.
—Un perro —dije.
—¿Cree que un perro puede subirse a una cortina? Y he encontrado indicios muy claros de que ese animal lo ha hecho.
—Un mono, entonces.
—Pero esta huella no es de mono.
—¿De qué animal es, pues?
—No de perro, gato, mono o cualquier otro animal que conozcamos. Por las medidas, traté de figurarme cuál podría ser. Fíjese en estas cuatro huellas, tomadas de un lugar donde la bestia estuvo inmóvil; ya ve que no hay menos de treinta centímetros entre las patas delanteras y las traseras; añada la longitud de la cabeza y el cuello, y tenemos un ser de por lo menos sesenta centímetros…, o acaso más si tiene cola. Pero observe ahora estas otras medidas. El animal se desplazó, y he aquí la longitud de sus pasos; no miden más de siete centímetros: tenemos, pues, un cuerpo de regular tamaño provisto de patas muy cortas. Por desgracia, no se dignó dejar muestras de su pelaje. Pero su forma general debe ser la que he conjeturado. Además, puede subirse por una cortina y es carnívoro.
—¿Cómo supone esto último?
—Porque trepó por la cortina; junto a ella cuelga la jaula del canario, y parece ser que subió para atrapar al pájaro.
—¿Pero qué clase de animal…?
—¡Oh, si pudiera nombrarlo estaría al borde de la solución del misterio! Creo que se trata de algún animalejo de la raza de las comadrejas y los armiños, si bien es bastante más grande que cualquiera de éstos.
—Bueno, ¿y qué relación puede haber tenido con el crimen?
—Eso está por ver, a pesar de cuanto hemos averiguado. Sabemos que un hombre, desde la carretera, fue testigo de la pelea de los Barclay; las cortinas estaban descorridas y había luz en la habitación. Sabemos también que atravesó el prado corriendo, entró en compañía de un extraño animal y atacó al coronel o, lo que es igualmente posible, Barclay retrocedió horrorizado al verlo, cayó y se abrió la cabeza contra el guardafuegos de la chimenea. Tenemos, por fin, el hecho curioso de que el desconocido se llevó la llave al esfumarse.
—Sus pesquisas parecen haber enredado aún más el asunto —dije.
—En efecto: me demostraron sin resquicio de duda que el caso es mucho más complicado de lo que en principio se pensó. De modo que luego, después de darle muchas vueltas, llegué a la conclusión de que debía analizarlo todo desde otro punto de vista… Aunque ya le he hecho perder demasiado tiempo, amigo Watson, y puedo contarle lo demás mañana, camino de Aldershot.
—Se lo agradezco, pero, ya que me ha dicho tanto, será mejor que no me deje así, a mitad de informe.
—Pues bien, como quiera. Desde luego, cuando la señora Barclay salió de la villa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Nunca fue una mujer expansiva en sus cariños, como le dije, pero el cocinero la oyó hablar con el coronel en términos muy afectuosos. También es seguro que, al volver, fue a la habitación en la que no pensaba encontrar al coronel, pidió un té para calmarse los nervios y por fin, al presentarse él, comenzó a recriminarlo duramente. Es, pues, lógico suponer que entre siete y media y nueve ocurrió algo que cambió profundamente sus sentimientos hacia Barclay. Como la señorita Morrison había estado con ella durante todo ese tiempo, conjeturé, pese a sus negativas, que algo debía saber sobre el asunto. Pensé en principio que podía haber habido algo entre la muchacha y el veterano soldado y que la Morrison se lo había confesado a la señora Barclay, lo que explicaba la ira de ésta al volver y que la Morrison negase saber algo. Pero estaba de por medio la referencia a David, y se sabía además que Barclay amaba hondamente a su esposa en todos sentidos y no era amigo de entretenimientos especiales. No hay que olvidar, por otra parte, la intrusión de ese desconocido, intrusión que, ciertamente, podría no tener la menor relación con lo sucedido de antemano. No me resultó fácil decidir cómo debía proceder. Después de meditarlo un trecho, me sentí inclinado a creer que no había habido una complicación amorosa entre el coronel y la señorita Morrison, pero también que ésta sabía algo de la furia de la señora Barclay contra su esposo. Así que fui a visitarla y le hice ver que estaba seguro de que podía añadir algo que contribuyese a la solución del caso y a librar a su amiga de la acusación de asesinato que sobre ella empezaba a pesar. La señorita Morrison es una chica delgada, de rubios cabellos descoloridos y mirada tímida. Advertí que no carece en absoluto de inteligencia ni sentido común; después de haberle hablado así, se quedó pensando un rato, y por fin, dirigiéndoseme con aire resuelto, me hizo la declaración que le repetiré lo más brevemente que pueda.
»—Le prometí a mi amiga que no diría nada, y las promesas deben cumplirse —manifestó—. Pero si he de serle útil en estos momentos en que la pobre no puede defenderse, creo que es razonable faltar a la palabra dada: le diré exactamente qué sucedió el lunes por la noche. Volvimos de la parroquia a las nueve menos cuarto, y teníamos que pasar por la calle Hudson, desierta siempre a esas horas. Por el trozo de Hudson que debíamos atravesar no hay más que un farol, en la acera izquierda, y al acercarnos a él vi que un hombre se nos acercaba. Andaba muy encorvado y cargaba sobre la espalda algo como una caja de madera. Me dio la impresión de que era deforme; caminaba con la cabeza gacha y las rodillas plegadas. En el momento de cruzarnos con él alzó la cabeza para mirarnos a la luz del farol, se detuvo en seco y dijo con voz temblorosa: “¡Dios mío, si es Nancy!”. La señora Barclay, entonces, palideció tremendamente y se hubiera ido al suelo si ese individuo de tan mal aspecto no la hubiera sujetado en sus brazos. Me disponía ya a correr en busca de un policía cuando, con gran sorpresa mía, mi amiga, ya respuesta, le habló al hombre en un tono de gran cordialidad: “Henry —dijo—, hace treinta años que lo daba por muerto”. Y él respondió agriamente: “Lo mismo pensé yo”. Su cara cetrina me fue más que antipática, y recuerdo con desagrado el resplandor malévolo de su mirada. Cabello y barba estaban salpicados de gris; la cara, de arrugas y pliegues, como una fruta seca. Entonces me dijo la señora Barclay: “Adelántate un poco, querida; debo conversar con este hombre. Y no tengas miedo”. Trataba de hablar con firmeza, pero estaba demudada y a duras penas pudo decir eso sin que le temblasen los labios. Hice lo que me pedía y conversaron durante unos minutos; después se me acercó ella con los ojos relucientes y vi cómo el hombre se quedaba junto al farol agitando los puños, como si estuviese loco de dolor. Pero la señora Barclay guardó silencio hasta que llegamos a la puerta de mi casa, momento en que me tomó de la mano para suplicarme que no contase a nadie lo ocurrido. Me dijo que se trataba de un viejo amigo suyo en la miseria y, cuando le prometí conservarle el secreto, me besó agradecida. Desde entonces no he vuelto a verla. Esta es toda la verdad; si la escondí a la Policía fue porque no entendí el peligro que corría mi amiga. Pero ahora me doy cuenta de que puede favorecerla que se sepa todo.
»Esta fue, amigo Watson, la declaración de la muchacha; ya puede imaginarse que me iluminó como un rayo de luz entre tinieblas; cuanto entonces había aparecido tan complicado comenzaba a tomar unas orientaciones razonables y pude imaginar con rapidez la serie de circunstancias que culminaron en la muerte del coronel. Pensé que debía buscar en seguida al hombre que había impresionado de ese modo a la señora Barclay y que si él seguía en Aldershot no me sería difícil encontrarle; hay allí pocos individuos que no sean militares, y un deformado llama, además, la atención de la gente. Dediqué un día entero a localizarlo, y por la noche había dado con él. Se llama Henry Wood y vive en la misma calle donde se encontró con las mujeres; llegó a Aldershot hace cinco días. Haciéndome pasar por funcionario de la Estadística Municipal, tuve con su casera una conversación muy interesante: el tipo es prestidigitador y malabarista; todas las noches recorre bares y tabernas y hace sus números para distraer a la clientela. Lleva en la caja un animal acerca del cual no supo la casera decirme nada, ya que nunca ha visto otro semejante; lo utiliza, según me informó la mujer, para algunos de los trabajos que ejecuta. Añadió que le parece milagroso que el hombre pueda vivir y que realmente está muy deformado; también que habla a veces en un idioma extraño y que las dos últimas noches lo ha oído gemir y sollozar en su alcoba. En cuanto a dinero, terminó diciéndome, parece no faltarle, aunque al pagarle por adelantado le dio lo que parecía ser una moneda falsa; me la enseñó y vi que era una rupia. Así pues, mi buen amigo, ya ve usted cómo están las cosas y por qué lo necesito. Es evidente que, una vez que se separaron de él, las dos mujeres fueron seguidas a cierta distancia por ese individuo, testigo luego del altercado entre marido y mujer; el hombre entró corriendo en el lugar de la discusión y, por algún motivo, el animal que lleva se le escapó. Todo esto es tan seguro como que es él la única persona del mundo que puede decir lo que sucedió en aquella habitación.
—¿Y piensa preguntárselo?
—Desde luego, pero en presencia de un testigo.
—¿Yo?
—Si me hace el favor. Si él decide aclarar las cosas, mejor que mejor. Si se niega, no vamos a tener más remedio que hacerlo detener.
—Pero ¿cómo sabe que seguirá allí cuando regrese usted?
—Tomé mis precauciones. Uno de mis muchachos de la calle Baker lo está vigilando y lo seguirá donde quiera que vaya. Mañana lo encontraremos en esa calle Hudson, seguro… Pero, por el momento, basta de charla; lo que ahora sería criminal es que yo le obligase a seguir levantado más tiempo.
A la mañana siguiente salimos para Aldershot, donde llegamos a eso del mediodía, y desde la estación nos dirigimos a la calle Hudson. Pese a su admirable destreza para ocultar las propias emociones, noté que Holmes estaba bastante excitado, y yo no pude por menos que experimentar la habitual emoción que sentía cada vez que lo acompañaba en algunas de sus investigaciones.
—Esta es la calle —me dijo al adentrarme en una callejuela flanqueada de casas de dos pisos—. Y aquí tenemos a Simpson con sus informes —añadió al ver que se nos aproximaba un muchacho joven.
—Está ahí, señor Holmes —detalló el chico.
—Magnífico, Simpson —dijo mi amigo dándole una palmadita en la cabeza—. ¡Vamos, Watson! Esta es la casa.
Esgrimió su tarjeta, diciendo que tenía que comunicar a Wood algo muy importante, y un momento más tarde estábamos frente a frente del hombre a quien buscábamos. En su reducida alcoba reinaba una temperatura muy elevada, pese a la cual el sujeto se mantenía acurrucado junto al fuego y situado en una silla de tal modo que pudimos al punto apreciar su deformidad. Pero el rostro que volvió hacia nosotros, con todas las arrugas y lo cetrino de su tez, debió haber sido en tiempos extraordinariamente agraciado. Nos miró con una clara desconfianza de sus ojos castaños y, sin abrir la boca ni levantarse, nos señaló dos sillas.
—Es usted el señor Henry Wood, de la India, ¿no es cierto? —comenzó Holmes en tono afable—. He venido para hablar un poco con usted sobre la muerte del coronel Barclay.
—¿Y qué sé yo de eso?
—Es justamente lo que deseo averiguar. Sepa que, a menos que se aclare el asunto, una antigua amiga suya, la señora Barclay, será acusada de asesinato.
El hombre se incorporó violentamente.
—No sé quién es usted —exclamó— ni cómo está tan bien enterado… ¿Me jura que es verdad lo que acaba de decir?
—Desde luego. Sólo están esperando a que recobre los sentidos para proceder a detenerla.
—¡Dios mío! ¿Es usted de la Policía?
—No.
—Entonces, ¿qué pinta en esto?
—Cualquier hombre vale para ocuparse de que se haga justicia.
—Pues le doy mi palabra de que ella es inocente.
—Entonces el culpable es usted.
—No, no…
—¿Quién mató, si no, al coronel Barclay?
—El Destino. Pero le aseguro —dijo Wood— que si le hubiera roto la cabeza, como me ordenaba el corazón, ese hombre no habría recibido más que lo que merecía. Si no lo hubiera matado su propia conciencia, es más que posible que yo tuviera ahora manchadas las manos con su sangre. Quiere usted que se lo cuente todo… Pues bien, no sé por qué no he de hacerlo; de nada tengo que avergonzarme. Ahora me ve, señor, con una jiba como un camello, pero hubo una época en que el cabo Henry Wood fue el hombre mejor plantado del regimiento 170.º de Infantería. Estábamos entonces en la India, acampados en un lugar que se llamaba Bhurtí. Barclay, que murió el otro día, era sargento en la misma bandera, y la guapa del regimiento, la mujer más hermosa que ha pisado la tierra, era Nancy Devoy, la hija del sargento de color. Había dos hombres que la amaban, y era a uno de ellos a quien ella correspondía con toda su alma; sonreirá probablemente al ver ahora esta piltrafa humana y oír que mi buena facha influyó lo suyo en sus preferencias. Pues bien, aunque su corazón me pertenecía, su padre estaba decidido a que ella se casara con Barclay; yo era un chico sin porvenir y él ya estaba a punto de ser ascendido. Pero Nancy siguió en sus trece y hubiera sido para mí de no estallar el Motín hindú, que desató en el país todas las furias del infierno. En Bhurtí quedamos sitiados el 170.ºde Infantería, media batería de artillería, un batallón de sikhs y un grupo de civiles entre el que se contaban no pocas mujeres; nos asediaban diez mil rebeldes, cuya única ansia era la de acabar con todos nosotros. Al cabo de dos semanas de sitio empezó a escasear el agua y a hacerse imprescindible que comunicáramos con una columna del general Neill que avanzaba hacia el Norte. Era nuestra única esperanza, pues no hubiéramos podido abrirnos paso con todas las mujeres y los niños. Me ofrecí para ir a llevar ese mensaje a Neill; mi ofrecimiento fue aceptado, y hablé del asunto con Barclay, quien conocía mejor que nadie la región y me indicó la dirección por la que mejor podría cruzar las líneas de los nativos amotinados. A las diez de aquella misma noche emprendí el camino; había mil vidas que salvar, pero yo no pensaba más que en una al dejarme caer en el lecho seco de un arroyo, que me ocultaría de momento a las miradas de los centinelas enemigos. Continué deslizándome, y al doblar un recodo, entre la maleza que lo bordeaba, me di cara a cara con seis rebeldes que me estaban esperando en él; en un abrir y cerrar de ojos, los nativos me derribaron de un golpe y me ataron de pies y manos. Pero el verdadero golpe me lo llevé en el corazón, no en la cabeza: al recobrar el conocimiento y oír sus conversaciones comprendí que mi compañero, el hombre que me indicara el sendero que debía seguir, me había traicionado, enviando antes un mensaje al enemigo a través de un enlace hindú. No creo necesario, caballeros, insistir sobre este punto ni sobre las consecuencias que esa traición entrañaba, pero ahora ya saben quién era y de qué era capaz James Barclay. De todos modos, Bhurtí fue liberado por el general Neill al día siguiente; yo, a mi vez, fui llevado prisionero por los rebeldes y pasaron muchos años antes de que volviera a ver a mis compatriotas; cuando pude hacerlo era ya éste que estáis viendo porque me torturaron, y traté de escapar, y fui capturado de nuevo, y me quebraron las dos piernas, y me desfiguraron el cuerpo a mazazo limpio. Fui conducido al Nepal y luego a Daryilín. Los montañeros de aquella región acabaron por fin con todos los rebeldes que me tenían prisionero, y entonces pasé a ser esclavo de ellos hasta que, al cabo de algún tiempo, pude huir, pero en vez de tomar el camino del Sur tuve que desviarme hacia el Norte, donde me encontré con los afganos. Durante años y años vagué de una región de la India a otra, hecho una sombra, y finalmente regresé al Punjab, donde viví casi siempre entre los nativos, ganándome la vida con los juegos y suertes de magia que durante todo este tiempo había aprendido en mis vaivenes. Pensándolo bien, ¿para qué volver a Inglaterra o darme a conocer a mis antiguos compañeros? Ni siquiera mi deseo de venganza me decidió a hacerlo; prefería que Nancy, mi gente, mis amigos, creyesen que Henry Wood había muerto tal como era a que lo vieran con vida y arrastrándose como un chimpancé, con la ayuda de un bastón. Así que nunca dudaron de mi suerte, ya que nada hice yo para dar fe de vivo. Oí decir que Barclay se había casado con Nancy y que progresaba rápidamente en la carrera, pero ni siquiera eso me hizo hablar. Sin embargo, cuando uno llega a viejo comienza a recordar demasiado su tierra; llevaba ya años soñando con los campos verdes y los setos floridos de Inglaterra cuando decidí volver a ver la patria una vez más antes de morir. Ahorré lo suficiente para pagarme el pasaje y vine a esta población, compuesta casi exclusivamente por militares, porque conozco bien sus costumbres y sé cómo distraerlos y ganar así lo que necesito para mantenerme.
El relato de Wood concluyó aquí y Sherlock Holmes guardó un largo y respetuoso silencio.
—Muy interesante —dijo al fin—. Pero… Ya estoy enterado también de su encuentro con la señora Barclay y de que se reconocieron mutuamente. Tengo entendido que la siguió hasta su casa y presenció a través de la ventana la discusión que sostuvo con su esposo… en la cual ella debió reprocharle su conducta para con usted. Así que usted no pudo contenerse, saltó la divisoria, cruzó corriendo el prado, entró en la habitación…
—En efecto, señor, y al verme se reflejó en la cara de Barclay una expresión de enorme espanto: cayó al suelo y se dio con la cabeza contra el guardafuegos de la chimenea. Pero estaba muerto antes de caer. Vi la muerte en su cara con tanta claridad como le estoy viendo a usted ahora; mi aparición, mi visión, le produjo el efecto de un balazo en la cabeza.
—¿Y…?
—Nancy, después, se desmayó y yo tomé la llave que ella tenía en la mano. Mi intención era abrir la puerta y pedir ayuda, pero en el momento en que iba a hacerlo lo pensé mejor y decidí alejarme; comprendí que me vería en un aprieto y que si me detenían se haría pública mi secreta identidad. En mi apuro me metí la llave en un bolsillo y, persiguiendo a Teddy, que había trepado por la cortina, perdí mi bastón. Cuando metí de nuevo al animal dentro de la caja de donde se había escapado, hui. Hui lo más rápidamente posible.
—¿Pero quién es Teddy? —inquirió Holmes.
Wood se inclinó a un lado y levantó la portezuela de una especie de jaula que estaba en el rincón; un segundo después salía de ella un hermoso animalillo entre castaño y rojizo. Delgado y suntuoso, lucía unas patas como de armiño, largo hocico y los ojos color de fuego más hermosos que he visto nunca en un animal.
—¡Una mangosta! —dije.
—Hay quien lo llama así, y otros icneumón —precisó el excabo Wood—. Yo los llamo «cazadores de serpientes». Teddy es un rayo para apresar cobras. Tengo aquí una, sin colmillos, y Teddy le da caza todas las noches para distraer a mis clientes. ¿Quiere algo más de mí, señor?
—No. Quizá tengamos que molestarlo de nuevo sólo si la señora Barclay se ve en dificultades con la justicia.
—En tal caso no vacilaré en presentarme.
—Pero si no es así —dijo Holmes—, no hay razón para manchar la memoria del muerto, por grande que sea la vileza con que en otro tiempo se haya portado. Por lo menos, le queda a usted la satisfacción de saber que durante treinta años la conciencia de su traición le amargó la vida… ¡Ah, allá, por la otra acera, veo que va el mayor Murphy! Adiós, Wood. Quiero saber si ha habido desde ayer alguna novedad.
Nos despedimos a tiempo para alcanzar al mayor antes de que doblara la esquina.
—¡Hola, Holmes! —saludó Murphy a mi amigo—. ¿Sabe ya que el asunto Barclay se ha reducido a humo de pajas?
—¿Cómo es eso?
—El médico forense ha demostrado positivamente que su muerte le fue causada por un ataque de apoplejía. Ya ve que el caso, a fin de cuentas, era muy sencillo.
—Extraordinariamente —comentó Holmes con una sonrisa—. Vamos, Watson. Creo que ya no nos necesitan en Aldershot.
—Una cosa quiero preguntarle —observé, camino ya de la estación—. Si el nombre del marido era James y ese otro hombre se llama Harry, ¿qué tiene que ver «David» con todo lo ocurrido?
—Bien: si yo fuera la perfecta máquina de pensar que tanto le gusta a usted describir en sus memorias, esa palabra debió haberme dado la solución. No cabe duda de que fue una expresión de reproche.
—¿De reproche?
—Sí. Recuerde que el rey David se desvió alguna que otra vez del camino recto, y que en una ocasión empleó una jugarreta semejante a la que recurrió el sargento James Barclay; ¿no recuerda el relato de Urías y Betsabé? Bueno, mis conocimientos bíblicos están algo más que abandonados, se lo aseguro, pero creo que puede encontrar la misma historia en el Primer o el Segundo Libro de Samuel.