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El jorobado, de Arthur Conan Doyle

UNA noche de verano, pocos meses después de casarme, estaba frente al hogar fumando una última pipa y cabeceando de sueño a causa de un día de trabajo agotador. Mi mujer se hallaba ya en nuestro dormitorio y hacía poco que había oído cerrarse la puerta; la servidumbre, pues, se había retirado también. Apenas me había levantado del sillón y comenzado a limpiar la pipa cuando oí sonar la campanilla de la calle.

Miré el reloj: las doce menos cuarto. No podía, a esa hora, tratarse de una visita. Un enfermo seguramente, así que el trabajo del día se me iba a alargar… Fui al vestíbulo con un gesto de contrariedad y abrí la puerta. Me sorprendió ver a Sherlock Holmes.

—¡Hola, Watson! —me saludó—. Tenía la esperanza de encontrarlo levantado a pesar de la hora.

—Pase usted.

—Parece sorprendido, Watson, pero no tiene nada de raro que sea así. Y aliviado también. ¡Hm!, ¿todavía fuma el tabaco «Arcadia» de sus días de soltero? Imposible confundir con otra esa ceniza tan blanquecina que tiene en la pechera. Y se nota que en otros tiempos vistió uniforme, amigo: nunca podrá pasar como civil total mientras no pierda esa costumbre de llevar el pañuelo en la manga. ¿Podría quedarme aquí esta noche?

—Encantado.

—Como me dijo un día que disponía de una habitación para los huéspedes… De momento creo que no tiene ninguno; no hay más que ver el perchero.

—Será un placer para mí alojarlo.

—Muchas gracias; ocuparé, pues, la percha vacía. Siento advertir que haya tenido operarios en casa, lo cual es siempre una molestia. Le deseo al menos que no se tratara de las cañerías.

—No: el gas.

—Ah. El hombre ha dejado las huellas de sus botas claveteadas en la alfombra; allí donde hay más luz las veo. No, gracias, ya cené en Waterloo. Pero con mucho gusto echaré una pipa con usted.

Le pasé el tabaco. Holmes se sentó frente a mí y fumó en silencio un buen rato; comprendí que sólo algo importante lo había movido a venir a casa a esa hora de la noche y esperé pacientemente a que se decidiera a hablarme del asunto.

—Veo que anda muy ajetreado —me dijo al fin, mirándome con atención.

—Así es; he tenido un día de mucho movimiento. Y quizá le parezca tonto —agregué—, pero no comprendo cómo ha podido deducirlo.

Holmes esbozó una sonrisa.

—No es más que la ventaja de conocer sus costumbres, querido Watson. Cuando tiene que caminar poco, lo hace usted a pie; si es mucho, lo hace en coche. Y ya veo que sus botas, aunque algo polvorientas, no están sucias, así que su clientela debe ser lo suficientemente crecida como para moverle a andar en coche.

—¡Excelente!

—Elemental. Es uno de esos ejemplos con los que el razonador puede deslumbrar a su interlocutor, pero es que a éste se le ha escapado el detalle básico de la deducción. Es como esas historias baratuchas que resultan incomprensibles para quien no tiene a mano todos los datos… los cuales jamás se dan al lector. Y bueno: hoy por hoy ando en una situación semejante; tengo a mano varios detalles de uno de los casos más extraños que he visto en mi vida, pero me faltan los necesarios para tener una idea completa. Aunque los conseguiré, Watson. ¡Los conseguiré!

Brillaron sus ojos y un ligero color animó sus delgadas mejillas.

—El problema presenta aspectos de gran interés —dijo—; incluso podríamos decir excepcional. Ya eché un vistazo al asunto; creo que la solución no anda lejos, y, si pudiera usted acompañarme a dar los últimos toques, se lo agradecería mucho.

—Lo haré gustoso.

—¿Podría venir mañana a Aldershot?

—Bueno. Jackson se encargará de mis pacientes.

—¡Muy bien! Quisiera salir de Waterloo a las once y diez.

—De acuerdo. Tendré tiempo sobrado para preparar mis cosas.

—Y ahora, si no tiene mucho sueño, le resumiré lo ocurrido y le explicaré lo que queda.

—La verdad es que, antes de que usted llegara, me caía de sueño. Pero ahora estoy más despierto que nunca.

—Abreviaré todo lo posible, aunque sin saltarme nada que pueda ser vital. Probablemente ya ha leído algo sobre la cosa: el supuesto asesinato del coronel Barclay, de los Munsters Reales, cometido en Aldershot.

—No, no sé nada.

—Es que el asunto, excepto en el mismo Aldershot, no ha cundido mucho todavía. Sucedió hace un par de días y los hechos son los siguientes. Como usted sabe, el de los Munsters Reales es uno de los regimientos irlandeses más famosos de todo el ejército británico. Se batió admirablemente tanto en la guerra de Crimea como en el Motín, y desde entonces se ha distinguido en muchas ocasiones. Hasta el lunes por la noche lo capitaneaba James Barclay, un veterano que empezó su carrera de soldado raso, llegó a oficial por su valentía durante el Motín y ha vivido lo bastante como para mandar el regimiento en el que se alistó como recluta. Cuando era sargento, Barclay se casó con una Nancy Devoy, hija de un exsargento de color de la misma bandera. Por lo tanto, y como es lógico suponer, se produjeron algunas fricciones cuando la joven pareja fue a su nueva residencia. Eso no impidió que ambos se adaptaran rápidamente, y la señora Barclay, tengo entendido, ha sido siempre tan popular entre las damas del regimiento como lo fue Barclay entre sus esposos. Quiero añadir que era una mujer muy guapa y que aun hoy, a los treinta años de casada, conserva parte de su belleza, así que la vida familiar del coronel Barclay parece haber sido muy feliz en todos los sentidos. El mayor Murphy, a quien debo la mayor parte de los informes que poseo, me asegura que nunca oyó hablar de que tuvieran un sí ni un no, si bien opina que el cariño del hombre hacia su esposa era mucho mayor que el de ella hacia él. Aun cuando sólo debiera separarse de su mujer por un día, Barclay se mostraba inquieto y contrariado; ella, por su parte, aunque afectuosa y fiel, tomaba esas cosas más discretamente. En realidad, nada en sus relaciones podía anunciar a la gente una tragedia en ciernes. El coronel era algo raro de carácter, un soldado veterano casi siempre jovial y dicharachero, aunque con momentos en que parecía capaz de ser violento y rencoroso; pero estos aspectos negativos nunca se dirigieron contra su esposa. Otro detalle que captaron el mayor Murphy y varios de los oficiales con quienes hablé es la tendencia a una depresión que parecía abatirse de golpe sobre él, borrándole la sonrisa justamente cuando tomaba parte en las bromas y charlas del comedor, y sumiéndolo durante días y días en la melancolía más profunda. Sólo esto y cierta predisposición a las supersticiones fueron los rasgos extraños que observaron en Barclay sus compañeros de armas, quienes, por ejemplo, no podían dejar de notar, en hombre tan valiente, algo tan pueril como que no quisiera nunca quedarse solo, sobre todo por la noche.

»El primer Batallón de los Munsters Reales, que fue antes el 170.º, está destinado en Aldershot desde hace algunos años. Los oficiales casados viven, pues, en residencias propias, y la de Barclay es una villa llamada “Lachine”, como a media milla al norte del cuartel. El edificio está rodeado por un parque, pero su lado oeste está sólo a treinta metros de la carretera; un cochero y dos doncellas componen la servidumbre. Cinco, pues, eran los únicos habitantes de la villa, ya que los Barclay no tienen hijos ni hospedan a nadie por más de un día. He aquí, ahora, lo que sucedió entre las nueve y las diez de la noche del lunes.

»La señora Barclay, que parece ser católica, se había interesado mucho por la formación de una Sociedad de San Jorge, que fundó en la parroquia de la calle Watt, de Aldershot, para suministrar ropa a los pobres. A las ocho se reunía la Sociedad, y la señora Barclay cenó de prisa para poder asistir a esa junta. Al salir de casa, el cocinero le oyó hacer a su esposo una observación sin importancia y decirle que no tardaría en volver; fue entonces a por la señorita Morrison, que habita una villa próxima, y ambas mujeres partieron a pie hacia la reunión, que duró cuarenta minutos. La señora Barclay regresó a casa a las nueve y cuarto, después de dejar a la señorita Morrison a la puerta de la suya.

»En la villa hay una habitación que suele usarse durante la mañana. Cae frente a la carretera y da al prado a través de una gran puerta cristalera de varias hojas; ya le detallé que esta parte del prado mide unos treinta metros, y sólo está separada de la carretera por tapia baja, rematada por una baranda de hierro: a esa alcoba se dirigió a su regreso la señora Barclay. Las cortinas no estaban corridas, porque el cuarto rara vez se usa por la noche, pero la misma señora Barclay encendió la lámpara y llamó a su doncella, Jane Stewart, para que le sirviera una taza de té, cosa del todo opuesta a sus costumbres. El coronel estaba en el comedor, pero al sentir a su esposa fue a hacerle compañía; el cocinero lo vio cruzar el vestíbulo y entrar en la estancia: la última vez que se le vio vivo. Diez minutos más tarde se presentaba la doncella con el té que su ama le pidiera y se quedó muy sorprendida al oír una encendida discusión a gritos entre los esposos. Llamó y no tuvo respuesta; hizo girar el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave. Jane Stewart corrió, pues, a la cocina, contó la novedad y las dos criadas y el cocinero subieron al vestíbulo; la disputa entre esas dos únicas voces continuaba aún. Al coronel no se le oía porque hablaba con voz brusca y queda, pero a la señora Barclay la oyeron decir amarga y claramente: “¡Canalla! ¿Qué puedo hacerle ya, qué hago? Devuélveme mi vida. Nunca volveré a respirar el aire que tú respires. ¡Canalla, canalla!”. Esas fueron sus palabras, interrumpidas por un terrible grito de Barclay. Un segundo después se escuchó un golpe sordo, y en seguida un penetrante chillido de la mujer. Convencido de que había ocurrido un drama, el cocinero se lanzó a la puerta y bregó por abrirla; al otro lado, no cesaban los angustiosos gritos de la dama. El hombre, sin embargo, no logró abrirse paso, y las criadas estaban demasiado impresionadas como para ayudarle. De pronto, el cocinero tuvo la idea de dar la vuelta por el prado al que se abrían las cristaleras. Vio abierta una de las hojas, cosa muy normal en verano; entró en la estancia; la señora había dejado de gritar y estaba sin sentido en el sofá; con las piernas a un lado del sillón y la cabeza contra el suelo, junto al rincón de la chimenea, yacía el cadáver del coronel Barclay entre un charco de su sangre. Naturalmente, y al descubrir que nada podía hacer por él, lo primero que se le ocurrió al cocinero fue abrir la puerta. Pero, inesperadamente, la llave no estaba en su cerradura ni pudo encontrarla en la habitación, así que saltó de nuevo por la puerta abierta al prado y, después de buscar a un policía y a un médico, regresó con ellos a la villa. La Barclay, contra quien lógicamente recaen las sospechas, fue llevada a su dormitorio todavía sin sentido. Luego colocaron al coronel muerto sobre el sofá y revisaron a conciencia todo el escenario de la tragedia. La víctima exhibía un corte de unos cinco centímetros en la parte posterior de la cabeza, causado al parecer por un objeto contundente, al que no hubo dificultad en localizar ya que, cerca del cadáver, dieron con un garrote muy raro, de madera labrada y empuñadura de hueso; Barclay poseía una serie de armas típicas de los diferentes países en los que había servido, y la Policía opina que el garrote era una de ellas. Los criados niegan haber visto antes ese garrote, pero es muy posible que, entre las muchas curiosidades que hay en la casa, les pasara inadvertido. No se halló ningún otro indicio de importancia, salvo el inexplicable detalle de la llave perdida, que no estaba ni entre las ropas del matrimonio; poco después se hizo ir a un cerrajero de Aldershot para que abriera la puerta.

»Así las cosas, el martes por la mañana y a petición del mayor Murphy, me llegué por Aldershot para colaborar con la Policía. Ya ha visto usted, Watson, que el problema es muy interesante, como le dije, y ahora le añado que pude entender pronto que la verdad era mucho más extraordinaria de lo que a simple vista parecía. Antes de examinar la habitación interrogué a la servidumbre; me repitieron cuanto ya sabemos, pero Jane Stewart recordó algo más: antes de bajar a la cocina, es decir, cuando oía sola la discusión, notó que ésta se desarrollaba tan susurradamente que sólo por el tono pudo intuir que el matrimonio estaba riñendo y que en aquella ocasión su ama había pronunciado la palabra “David”. Detalle que podría ser revelador, dado que el coronel se llamaba James. Y hubo algo que llamó poderosamente la atención de los criados y de la Policía: el modo terrible en que aparecía desfigurado el rostro de la víctima, con la mayor expresión de espanto, según atestiguaron todos, que pueda imaginarse; varios se desmayaron al verlo. Era evidente que Barclay había visto llegar su muerte y que ello fue lo que le causó tal horror. Este dato apoya una idea de las autoridades: el coronel vio a su mujer en el momento en que ésta lo atacaba, y el hecho de que la herida fuese detrás de la cabeza nada dice en contra de esa teoría, ya que él muy bien pudo haber vuelto la cabeza para esquivar el golpe. No ha sido posible interrogar a la dama, postrada desde entonces en un agudo estado de neurosis y que, de momento al menos, parece haber perdido la razón. Me enteré por la Policía de que la señorita Morrison, que salió aquella noche con ella, no tenía la menor idea del malhumor que dominaba a la señora Barclay cuando regresó a casa. Después de reunir todos estos datos reflexioné largamente, tratando de separar el trigo de la paja: sin duda, el detalle más importante y expresivo era la extraña desaparición de la llave, a la que aún, pese a los registros más minuciosos, no se ha podido hallar. Alguien, por tanto, la sacó de la habitación; ni el coronel ni su esposa podían haberla tomado, esto está bien claro: entendí que una tercera persona había estado allí y que sólo pudo haber entrado por la puerta cristalera. Me pareció, pues, que un cuidado examen del interior y el exterior no dejaría de proporcionar alguna huella de esa misteriosa y desconocida persona. Ya conoce mis métodos, amigo Watson. Pues bien, todos los apliqué hasta acabar descubriendo tales huellas. Ah, pero eran muy distintas de las que esperaba encontrar. Desde luego un hombre había entrado allí, cruzando el prado desde la carretera. Tuve de él cinco huellas muy claras: una por donde saltó el muro, dos en el prado y otras dos, muy débiles, en el suelo de la habitación, junto a la puerta de cristales. Parecía haber atravesado el prado a la carrera, porque la señal de la puntera de sus zapatos era mucho más honda que la de los tacones. Pero lo que realmente me sorprendió no fue el hombre, sino su acompañante.

—¿Cómo?

Holmes extrajo de un bolsillo una ancha hoja de papel transparente y la extendió sobre sus rodillas.

—¿Qué me dice de esto? —preguntó.

Sobre el papel aparecían calcadas las huellas de un animal pequeño. Cinco, con uñas, y no mayores que una moneda de una libra.

—Un perro —dije.

—¿Cree que un perro puede subirse a una cortina? Y he encontrado indicios muy claros de que ese animal lo ha hecho.

—Un mono, entonces.

—Pero esta huella no es de mono.

—¿De qué animal es, pues?

—No de perro, gato, mono o cualquier otro animal que conozcamos. Por las medidas, traté de figurarme cuál podría ser. Fíjese en estas cuatro huellas, tomadas de un lugar donde la bestia estuvo inmóvil; ya ve que no hay menos de treinta centímetros entre las patas delanteras y las traseras; añada la longitud de la cabeza y el cuello, y tenemos un ser de por lo menos sesenta centímetros…, o acaso más si tiene cola. Pero observe ahora estas otras medidas. El animal se desplazó, y he aquí la longitud de sus pasos; no miden más de siete centímetros: tenemos, pues, un cuerpo de regular tamaño provisto de patas muy cortas. Por desgracia, no se dignó dejar muestras de su pelaje. Pero su forma general debe ser la que he conjeturado. Además, puede subirse por una cortina y es carnívoro.

—¿Cómo supone esto último?

—Porque trepó por la cortina; junto a ella cuelga la jaula del canario, y parece ser que subió para atrapar al pájaro.

—¿Pero qué clase de animal…?

—¡Oh, si pudiera nombrarlo estaría al borde de la solución del misterio! Creo que se trata de algún animalejo de la raza de las comadrejas y los armiños, si bien es bastante más grande que cualquiera de éstos.

—Bueno, ¿y qué relación puede haber tenido con el crimen?

—Eso está por ver, a pesar de cuanto hemos averiguado. Sabemos que un hombre, desde la carretera, fue testigo de la pelea de los Barclay; las cortinas estaban descorridas y había luz en la habitación. Sabemos también que atravesó el prado corriendo, entró en compañía de un extraño animal y atacó al coronel o, lo que es igualmente posible, Barclay retrocedió horrorizado al verlo, cayó y se abrió la cabeza contra el guardafuegos de la chimenea. Tenemos, por fin, el hecho curioso de que el desconocido se llevó la llave al esfumarse.

—Sus pesquisas parecen haber enredado aún más el asunto —dije.

—En efecto: me demostraron sin resquicio de duda que el caso es mucho más complicado de lo que en principio se pensó. De modo que luego, después de darle muchas vueltas, llegué a la conclusión de que debía analizarlo todo desde otro punto de vista… Aunque ya le he hecho perder demasiado tiempo, amigo Watson, y puedo contarle lo demás mañana, camino de Aldershot.

—Se lo agradezco, pero, ya que me ha dicho tanto, será mejor que no me deje así, a mitad de informe.

—Pues bien, como quiera. Desde luego, cuando la señora Barclay salió de la villa a las siete y media estaba en buenas relaciones con su marido. Nunca fue una mujer expansiva en sus cariños, como le dije, pero el cocinero la oyó hablar con el coronel en términos muy afectuosos. También es seguro que, al volver, fue a la habitación en la que no pensaba encontrar al coronel, pidió un té para calmarse los nervios y por fin, al presentarse él, comenzó a recriminarlo duramente. Es, pues, lógico suponer que entre siete y media y nueve ocurrió algo que cambió profundamente sus sentimientos hacia Barclay. Como la señorita Morrison había estado con ella durante todo ese tiempo, conjeturé, pese a sus negativas, que algo debía saber sobre el asunto. Pensé en principio que podía haber habido algo entre la muchacha y el veterano soldado y que la Morrison se lo había confesado a la señora Barclay, lo que explicaba la ira de ésta al volver y que la Morrison negase saber algo. Pero estaba de por medio la referencia a David, y se sabía además que Barclay amaba hondamente a su esposa en todos sentidos y no era amigo de entretenimientos especiales. No hay que olvidar, por otra parte, la intrusión de ese desconocido, intrusión que, ciertamente, podría no tener la menor relación con lo sucedido de antemano. No me resultó fácil decidir cómo debía proceder. Después de meditarlo un trecho, me sentí inclinado a creer que no había habido una complicación amorosa entre el coronel y la señorita Morrison, pero también que ésta sabía algo de la furia de la señora Barclay contra su esposo. Así que fui a visitarla y le hice ver que estaba seguro de que podía añadir algo que contribuyese a la solución del caso y a librar a su amiga de la acusación de asesinato que sobre ella empezaba a pesar. La señorita Morrison es una chica delgada, de rubios cabellos descoloridos y mirada tímida. Advertí que no carece en absoluto de inteligencia ni sentido común; después de haberle hablado así, se quedó pensando un rato, y por fin, dirigiéndoseme con aire resuelto, me hizo la declaración que le repetiré lo más brevemente que pueda.

»—Le prometí a mi amiga que no diría nada, y las promesas deben cumplirse —manifestó—. Pero si he de serle útil en estos momentos en que la pobre no puede defenderse, creo que es razonable faltar a la palabra dada: le diré exactamente qué sucedió el lunes por la noche. Volvimos de la parroquia a las nueve menos cuarto, y teníamos que pasar por la calle Hudson, desierta siempre a esas horas. Por el trozo de Hudson que debíamos atravesar no hay más que un farol, en la acera izquierda, y al acercarnos a él vi que un hombre se nos acercaba. Andaba muy encorvado y cargaba sobre la espalda algo como una caja de madera. Me dio la impresión de que era deforme; caminaba con la cabeza gacha y las rodillas plegadas. En el momento de cruzarnos con él alzó la cabeza para mirarnos a la luz del farol, se detuvo en seco y dijo con voz temblorosa: “¡Dios mío, si es Nancy!”. La señora Barclay, entonces, palideció tremendamente y se hubiera ido al suelo si ese individuo de tan mal aspecto no la hubiera sujetado en sus brazos. Me disponía ya a correr en busca de un policía cuando, con gran sorpresa mía, mi amiga, ya respuesta, le habló al hombre en un tono de gran cordialidad: “Henry —dijo—, hace treinta años que lo daba por muerto”. Y él respondió agriamente: “Lo mismo pensé yo”. Su cara cetrina me fue más que antipática, y recuerdo con desagrado el resplandor malévolo de su mirada. Cabello y barba estaban salpicados de gris; la cara, de arrugas y pliegues, como una fruta seca. Entonces me dijo la señora Barclay: “Adelántate un poco, querida; debo conversar con este hombre. Y no tengas miedo”. Trataba de hablar con firmeza, pero estaba demudada y a duras penas pudo decir eso sin que le temblasen los labios. Hice lo que me pedía y conversaron durante unos minutos; después se me acercó ella con los ojos relucientes y vi cómo el hombre se quedaba junto al farol agitando los puños, como si estuviese loco de dolor. Pero la señora Barclay guardó silencio hasta que llegamos a la puerta de mi casa, momento en que me tomó de la mano para suplicarme que no contase a nadie lo ocurrido. Me dijo que se trataba de un viejo amigo suyo en la miseria y, cuando le prometí conservarle el secreto, me besó agradecida. Desde entonces no he vuelto a verla. Esta es toda la verdad; si la escondí a la Policía fue porque no entendí el peligro que corría mi amiga. Pero ahora me doy cuenta de que puede favorecerla que se sepa todo.

»Esta fue, amigo Watson, la declaración de la muchacha; ya puede imaginarse que me iluminó como un rayo de luz entre tinieblas; cuanto entonces había aparecido tan complicado comenzaba a tomar unas orientaciones razonables y pude imaginar con rapidez la serie de circunstancias que culminaron en la muerte del coronel. Pensé que debía buscar en seguida al hombre que había impresionado de ese modo a la señora Barclay y que si él seguía en Aldershot no me sería difícil encontrarle; hay allí pocos individuos que no sean militares, y un deformado llama, además, la atención de la gente. Dediqué un día entero a localizarlo, y por la noche había dado con él. Se llama Henry Wood y vive en la misma calle donde se encontró con las mujeres; llegó a Aldershot hace cinco días. Haciéndome pasar por funcionario de la Estadística Municipal, tuve con su casera una conversación muy interesante: el tipo es prestidigitador y malabarista; todas las noches recorre bares y tabernas y hace sus números para distraer a la clientela. Lleva en la caja un animal acerca del cual no supo la casera decirme nada, ya que nunca ha visto otro semejante; lo utiliza, según me informó la mujer, para algunos de los trabajos que ejecuta. Añadió que le parece milagroso que el hombre pueda vivir y que realmente está muy deformado; también que habla a veces en un idioma extraño y que las dos últimas noches lo ha oído gemir y sollozar en su alcoba. En cuanto a dinero, terminó diciéndome, parece no faltarle, aunque al pagarle por adelantado le dio lo que parecía ser una moneda falsa; me la enseñó y vi que era una rupia. Así pues, mi buen amigo, ya ve usted cómo están las cosas y por qué lo necesito. Es evidente que, una vez que se separaron de él, las dos mujeres fueron seguidas a cierta distancia por ese individuo, testigo luego del altercado entre marido y mujer; el hombre entró corriendo en el lugar de la discusión y, por algún motivo, el animal que lleva se le escapó. Todo esto es tan seguro como que es él la única persona del mundo que puede decir lo que sucedió en aquella habitación.

—¿Y piensa preguntárselo?

—Desde luego, pero en presencia de un testigo.

—¿Yo?

—Si me hace el favor. Si él decide aclarar las cosas, mejor que mejor. Si se niega, no vamos a tener más remedio que hacerlo detener.

—Pero ¿cómo sabe que seguirá allí cuando regrese usted?

—Tomé mis precauciones. Uno de mis muchachos de la calle Baker lo está vigilando y lo seguirá donde quiera que vaya. Mañana lo encontraremos en esa calle Hudson, seguro… Pero, por el momento, basta de charla; lo que ahora sería criminal es que yo le obligase a seguir levantado más tiempo.

A la mañana siguiente salimos para Aldershot, donde llegamos a eso del mediodía, y desde la estación nos dirigimos a la calle Hudson. Pese a su admirable destreza para ocultar las propias emociones, noté que Holmes estaba bastante excitado, y yo no pude por menos que experimentar la habitual emoción que sentía cada vez que lo acompañaba en algunas de sus investigaciones.

—Esta es la calle —me dijo al adentrarme en una callejuela flanqueada de casas de dos pisos—. Y aquí tenemos a Simpson con sus informes —añadió al ver que se nos aproximaba un muchacho joven.

—Está ahí, señor Holmes —detalló el chico.

—Magnífico, Simpson —dijo mi amigo dándole una palmadita en la cabeza—. ¡Vamos, Watson! Esta es la casa.

Esgrimió su tarjeta, diciendo que tenía que comunicar a Wood algo muy importante, y un momento más tarde estábamos frente a frente del hombre a quien buscábamos. En su reducida alcoba reinaba una temperatura muy elevada, pese a la cual el sujeto se mantenía acurrucado junto al fuego y situado en una silla de tal modo que pudimos al punto apreciar su deformidad. Pero el rostro que volvió hacia nosotros, con todas las arrugas y lo cetrino de su tez, debió haber sido en tiempos extraordinariamente agraciado. Nos miró con una clara desconfianza de sus ojos castaños y, sin abrir la boca ni levantarse, nos señaló dos sillas.

—Es usted el señor Henry Wood, de la India, ¿no es cierto? —comenzó Holmes en tono afable—. He venido para hablar un poco con usted sobre la muerte del coronel Barclay.

—¿Y qué sé yo de eso?

—Es justamente lo que deseo averiguar. Sepa que, a menos que se aclare el asunto, una antigua amiga suya, la señora Barclay, será acusada de asesinato.

El hombre se incorporó violentamente.

—No sé quién es usted —exclamó— ni cómo está tan bien enterado… ¿Me jura que es verdad lo que acaba de decir?

—Desde luego. Sólo están esperando a que recobre los sentidos para proceder a detenerla.

—¡Dios mío! ¿Es usted de la Policía?

—No.

—Entonces, ¿qué pinta en esto?

—Cualquier hombre vale para ocuparse de que se haga justicia.

—Pues le doy mi palabra de que ella es inocente.

—Entonces el culpable es usted.

—No, no…

—¿Quién mató, si no, al coronel Barclay?

—El Destino. Pero le aseguro —dijo Wood— que si le hubiera roto la cabeza, como me ordenaba el corazón, ese hombre no habría recibido más que lo que merecía. Si no lo hubiera matado su propia conciencia, es más que posible que yo tuviera ahora manchadas las manos con su sangre. Quiere usted que se lo cuente todo… Pues bien, no sé por qué no he de hacerlo; de nada tengo que avergonzarme. Ahora me ve, señor, con una jiba como un camello, pero hubo una época en que el cabo Henry Wood fue el hombre mejor plantado del regimiento 170.º de Infantería. Estábamos entonces en la India, acampados en un lugar que se llamaba Bhurtí. Barclay, que murió el otro día, era sargento en la misma bandera, y la guapa del regimiento, la mujer más hermosa que ha pisado la tierra, era Nancy Devoy, la hija del sargento de color. Había dos hombres que la amaban, y era a uno de ellos a quien ella correspondía con toda su alma; sonreirá probablemente al ver ahora esta piltrafa humana y oír que mi buena facha influyó lo suyo en sus preferencias. Pues bien, aunque su corazón me pertenecía, su padre estaba decidido a que ella se casara con Barclay; yo era un chico sin porvenir y él ya estaba a punto de ser ascendido. Pero Nancy siguió en sus trece y hubiera sido para mí de no estallar el Motín hindú, que desató en el país todas las furias del infierno. En Bhurtí quedamos sitiados el 170.ºde Infantería, media batería de artillería, un batallón de sikhs y un grupo de civiles entre el que se contaban no pocas mujeres; nos asediaban diez mil rebeldes, cuya única ansia era la de acabar con todos nosotros. Al cabo de dos semanas de sitio empezó a escasear el agua y a hacerse imprescindible que comunicáramos con una columna del general Neill que avanzaba hacia el Norte. Era nuestra única esperanza, pues no hubiéramos podido abrirnos paso con todas las mujeres y los niños. Me ofrecí para ir a llevar ese mensaje a Neill; mi ofrecimiento fue aceptado, y hablé del asunto con Barclay, quien conocía mejor que nadie la región y me indicó la dirección por la que mejor podría cruzar las líneas de los nativos amotinados. A las diez de aquella misma noche emprendí el camino; había mil vidas que salvar, pero yo no pensaba más que en una al dejarme caer en el lecho seco de un arroyo, que me ocultaría de momento a las miradas de los centinelas enemigos. Continué deslizándome, y al doblar un recodo, entre la maleza que lo bordeaba, me di cara a cara con seis rebeldes que me estaban esperando en él; en un abrir y cerrar de ojos, los nativos me derribaron de un golpe y me ataron de pies y manos. Pero el verdadero golpe me lo llevé en el corazón, no en la cabeza: al recobrar el conocimiento y oír sus conversaciones comprendí que mi compañero, el hombre que me indicara el sendero que debía seguir, me había traicionado, enviando antes un mensaje al enemigo a través de un enlace hindú. No creo necesario, caballeros, insistir sobre este punto ni sobre las consecuencias que esa traición entrañaba, pero ahora ya saben quién era y de qué era capaz James Barclay. De todos modos, Bhurtí fue liberado por el general Neill al día siguiente; yo, a mi vez, fui llevado prisionero por los rebeldes y pasaron muchos años antes de que volviera a ver a mis compatriotas; cuando pude hacerlo era ya éste que estáis viendo porque me torturaron, y traté de escapar, y fui capturado de nuevo, y me quebraron las dos piernas, y me desfiguraron el cuerpo a mazazo limpio. Fui conducido al Nepal y luego a Daryilín. Los montañeros de aquella región acabaron por fin con todos los rebeldes que me tenían prisionero, y entonces pasé a ser esclavo de ellos hasta que, al cabo de algún tiempo, pude huir, pero en vez de tomar el camino del Sur tuve que desviarme hacia el Norte, donde me encontré con los afganos. Durante años y años vagué de una región de la India a otra, hecho una sombra, y finalmente regresé al Punjab, donde viví casi siempre entre los nativos, ganándome la vida con los juegos y suertes de magia que durante todo este tiempo había aprendido en mis vaivenes. Pensándolo bien, ¿para qué volver a Inglaterra o darme a conocer a mis antiguos compañeros? Ni siquiera mi deseo de venganza me decidió a hacerlo; prefería que Nancy, mi gente, mis amigos, creyesen que Henry Wood había muerto tal como era a que lo vieran con vida y arrastrándose como un chimpancé, con la ayuda de un bastón. Así que nunca dudaron de mi suerte, ya que nada hice yo para dar fe de vivo. Oí decir que Barclay se había casado con Nancy y que progresaba rápidamente en la carrera, pero ni siquiera eso me hizo hablar. Sin embargo, cuando uno llega a viejo comienza a recordar demasiado su tierra; llevaba ya años soñando con los campos verdes y los setos floridos de Inglaterra cuando decidí volver a ver la patria una vez más antes de morir. Ahorré lo suficiente para pagarme el pasaje y vine a esta población, compuesta casi exclusivamente por militares, porque conozco bien sus costumbres y sé cómo distraerlos y ganar así lo que necesito para mantenerme.

El relato de Wood concluyó aquí y Sherlock Holmes guardó un largo y respetuoso silencio.

—Muy interesante —dijo al fin—. Pero… Ya estoy enterado también de su encuentro con la señora Barclay y de que se reconocieron mutuamente. Tengo entendido que la siguió hasta su casa y presenció a través de la ventana la discusión que sostuvo con su esposo… en la cual ella debió reprocharle su conducta para con usted. Así que usted no pudo contenerse, saltó la divisoria, cruzó corriendo el prado, entró en la habitación…

—En efecto, señor, y al verme se reflejó en la cara de Barclay una expresión de enorme espanto: cayó al suelo y se dio con la cabeza contra el guardafuegos de la chimenea. Pero estaba muerto antes de caer. Vi la muerte en su cara con tanta claridad como le estoy viendo a usted ahora; mi aparición, mi visión, le produjo el efecto de un balazo en la cabeza.

—¿Y…?

—Nancy, después, se desmayó y yo tomé la llave que ella tenía en la mano. Mi intención era abrir la puerta y pedir ayuda, pero en el momento en que iba a hacerlo lo pensé mejor y decidí alejarme; comprendí que me vería en un aprieto y que si me detenían se haría pública mi secreta identidad. En mi apuro me metí la llave en un bolsillo y, persiguiendo a Teddy, que había trepado por la cortina, perdí mi bastón. Cuando metí de nuevo al animal dentro de la caja de donde se había escapado, hui. Hui lo más rápidamente posible.

—¿Pero quién es Teddy? —inquirió Holmes.

Wood se inclinó a un lado y levantó la portezuela de una especie de jaula que estaba en el rincón; un segundo después salía de ella un hermoso animalillo entre castaño y rojizo. Delgado y suntuoso, lucía unas patas como de armiño, largo hocico y los ojos color de fuego más hermosos que he visto nunca en un animal.

—¡Una mangosta! —dije.

—Hay quien lo llama así, y otros icneumón —precisó el excabo Wood—. Yo los llamo «cazadores de serpientes». Teddy es un rayo para apresar cobras. Tengo aquí una, sin colmillos, y Teddy le da caza todas las noches para distraer a mis clientes. ¿Quiere algo más de mí, señor?

—No. Quizá tengamos que molestarlo de nuevo sólo si la señora Barclay se ve en dificultades con la justicia.

—En tal caso no vacilaré en presentarme.

—Pero si no es así —dijo Holmes—, no hay razón para manchar la memoria del muerto, por grande que sea la vileza con que en otro tiempo se haya portado. Por lo menos, le queda a usted la satisfacción de saber que durante treinta años la conciencia de su traición le amargó la vida… ¡Ah, allá, por la otra acera, veo que va el mayor Murphy! Adiós, Wood. Quiero saber si ha habido desde ayer alguna novedad.

Nos despedimos a tiempo para alcanzar al mayor antes de que doblara la esquina.

—¡Hola, Holmes! —saludó Murphy a mi amigo—. ¿Sabe ya que el asunto Barclay se ha reducido a humo de pajas?

—¿Cómo es eso?

—El médico forense ha demostrado positivamente que su muerte le fue causada por un ataque de apoplejía. Ya ve que el caso, a fin de cuentas, era muy sencillo.

—Extraordinariamente —comentó Holmes con una sonrisa—. Vamos, Watson. Creo que ya no nos necesitan en Aldershot.

—Una cosa quiero preguntarle —observé, camino ya de la estación—. Si el nombre del marido era James y ese otro hombre se llama Harry, ¿qué tiene que ver «David» con todo lo ocurrido?

—Bien: si yo fuera la perfecta máquina de pensar que tanto le gusta a usted describir en sus memorias, esa palabra debió haberme dado la solución. No cabe duda de que fue una expresión de reproche.

—¿De reproche?

—Sí. Recuerde que el rey David se desvió alguna que otra vez del camino recto, y que en una ocasión empleó una jugarreta semejante a la que recurrió el sargento James Barclay; ¿no recuerda el relato de Urías y Betsabé? Bueno, mis conocimientos bíblicos están algo más que abandonados, se lo aseguro, pero creo que puede encontrar la misma historia en el Primer o el Segundo Libro de Samuel.

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Fénix Brillante, de Ray Bradbury

Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.

Hey, pensé.

Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.

Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.

Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.

–Vengo a por los libros, Tom.
Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual. –Ya le llamaré cuando estén preparados.
–Espere un momento… –dijo.

–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.

–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.

Le miré, sin decir nada.

–Bueno –dijo–, casi todos.

Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.

–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años… hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.

Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.

–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!

Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.

Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.

–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes…

–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros –Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.

–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.

–Esos hombres siempre lo son.

–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos…

–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?

Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.

Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.

Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos. –Sin hacer ruido –les indiqué
Barnes me sujetó del brazo.
–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?

–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.

Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban

arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.

–Bien –dije.
–¿Bien? –repitió Barnes.
–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.

Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.

–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?

Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.

Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:

–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo! Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano. Walter me miró.
Le guiñé un ojo.

Walter miró a Jonathan Barnes.
Walter dijo:
–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.

–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.

–Llámeme Ismael –dijo Walter.

–Ismael –dije–, empezaremos con un café.

Walter volvió con el café.

–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.

Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual. –¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.

–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49’2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno…

–Excelente –dije.

Barnes se quedó mirándome fijamente.

–¿Cómo puede estar usted tan alegre?

–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.

–Creí que usted evidenciaría… miedo.
–Siempre he estado rodeado de gentuza.
–¿Perdón?
–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza. –¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!

Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
–Hola, Keats –dije.
–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.

–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.
–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón? El muchacho llenó mi taza.

–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas… Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.

Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.

–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos…

–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.

–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón… Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?

–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.

–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.

–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?

–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.

Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el «cigarro» de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.

Lo único que podía hacer era seguirle.

En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.

–Profesor Einstein –dije.
–Señor Shakespeare –respondió. Barnes huyó.

Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.

–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley… Buenas noches, señor Lincoln.

–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años…

–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento… Charlie… ¡Chuck!

Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era «¡Hola señor Poe!», o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.

De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:

–¡Alto!

Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.

–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.

–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.

Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.

–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.

Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada. –¿Cuánto… cuánto tiempo hace que dura…?
–¿Esto?
–Esto… y… esto… y ellos.

Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:

–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a ? No contesté.

–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?

No contesté.

Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.

En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante

fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.

Me senté y escuché.

En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.

A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:

–¿Crees que volverán?

–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?

El anciano sujetó mi mano.

–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.

Bajamos juntos los últimos peldaños.

–Buenas noches, Isaías –dije.
–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.

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El peatón, de Ray Bradbury

Penetrar el silencio que había en la ciudad a las 8 en punto de una brumosa tarde de noviembre, al caminar; poner los pies sobre el agrietado concreto de la acera y pasar sobre la hierba, con las manos en los bolsillos, parecía indicar el camino.  Atravesar el silencio, eso  era lo que al Señor Leonard Mead más vehementemente amaba hacer.    Él pararía en la esquina de una intersección y observaría a  la luz de la luna las avenidas en cuatro direcciones, y decidir por cual camino ir, pero eso realmente no hacia diferencia, él estaba solo en este mundo del año 2053,  o casi prácticamente solo, y con una decisión final tomada,  un sendero seleccionado, él pasearía, dejando a su paso formas de aire frio como el humo de un cigarrillo.  

Algunas veces el caminaba por horas y kilómetros y retornaba hasta medianoche a su casa. Y en su recorrido el podría ver casas y chalet, con sus oscuras ventanas, y parecía que caminaba a través de cementerios donde solamente las mas débiles luces aparecían intermitentes en las ventanas. Y repentinamente algún fantasma gris parecía descolgarse dentro de las  paredes interiores de algún cuarto donde una cortina estaba aun sin correrse contra la noche. O se oían silbidos y murmullos en algún edificio sepulcral donde una ventana  continuaba todavía abierta.

De pronto Mr. Leonard Mead se detenía,  ladeaba su cabeza, escuchaba el silencio, miraba a saber qué, y se marchaba rápidamente, sin que los pies hicieran ruido sobre la rugosa acera. Hace mucho tiempo él había sabiamente cambiado  sus zapatos de suela dura por unos de suela blanda cuando deambulaba por la noche.  Porque si él usaba suelas duras, los perros le seguían con sus ladridos, y entonces las luces de las casas podrían  prenderse   y aparecer rostros,  y de pronto la calle completa ser sorprendida por el paso de una figura sola, por su cuenta, en la temprana tarde de noviembre.  

En esa noche en particular empezó su viaje más en dirección hacia el occidente, hacia el mar escondido.  Había bastante escarcha de cristal en el aire, que le enfriaba la nariz y encendía los pulmones como si tuviera un árbol de navidad dentro, sintiendo la luz encenderse y apagarse. Todas sus ramas llenas con invisible nieve. Escuchaba el débil rechinar de sus suaves zapatos  a través de las hojas otoñales con satisfacción, y silbaba una fría y quieta tonadita entre sus dientes, y ocasionalmente recogía una hoja mientras pasaba, y examinaba su esquelética forma  a la luz de las ocasionales lámparas, y olía su  mohoso olor.

«Hola, ahí dentro»,  murmuraba él a cada casa y a cada lado a donde se movía. «¿Qué hay hoy por la noche en canal cuatro, canal  siete, canal nueve?  »  « ¿Están los vaqueros y la caballería de los estados unidos sobre la próxima colina viniendo apresuradamente al rescate?» La calle estaba silenciosa, larga y vacía; y solo su sombra se movía como la de un halcón en la mitad del campo. Si él cerrara sus ojos y permaneciera muy quieto, congelado, podría imaginarse a si mismo en el centro de una pradera, invernal y sin viento, en el desierto de Arizona, sin ninguna casa en miles de kilómetros a la redonda. Y el  lecho de ríos secos, las calles, por su única compañía.

«¿Qué hora es?»,  preguntó a las casas, al tiempo que veía  su reloj de pulsera: ocho y treinta.  «¿La hora de Una docena de asesinatos variados? ¿O para un rompecabezas? ¿O una revista teatral? ¿O un comediante que se tropieza en el escenario?» ¿Acababa de escuchar un murmullo de risas desde dentro de una casa de blanca luna? Titubeo hasta que nada más pasó y continuó, y se tropezó en una maltrecha sección de la acera en que el cemento desaparecía bajo flores y hierbas. En diez años de caminar de noche y de  día, por miles de kilómetros, nunca se había encontrado  a ninguna otra persona caminando por ahí.  

Pronto llegó al cruce de trébol que permanecía silencioso y donde dos carreteras  principales cruzaban el pueblo. Durante el día  había ahí un ensordecedora enjambre de autos.   Las gasolineras abiertas,  acompañadas de un incesante susurro  de insectos, los autos como escarabajos, expedían un débil incienso, y competían por las mejores posiciones para luego marcharse a lugares  lejanos.  Por ahora esas autopistas, también, eran como riachuelos en una estación seca, todo puro cauce de piedra y pura resplandeciente luna. Él regreso a una calle de al lado, circulando alrededor hacia su casa. Y ya estaba a una cuadra de su destino cuando repentinamente un solitario carro doblo en una esquina y con una cónica luz blanca le alumbro fieramente.  Permaneció asombrado, no muy diferente a una polilla en la noche: aturdido por la iluminación, y entonces avanzo hacia ella.  Una voz metálica le llamo:

— !Estese quieto!  ¡Siga donde esta! ¡No se mueva!

Él se detuvo.

—¡Levante sus manos!

—Pero. —  dijo.

—¡Sus manos arriba o disparamos!

Por supuesto, era la policía. Pero qué raro, increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo quedaba un carro de policía, eso no era correcto. Desde hace un año, en la elección del 2052, la fuerza policial había sido reducida de tres carros a uno.  El crimen había disminuido; no había necesidad para la policía salvo este único carro vagando por las calles vacías.

—¿Su nombre?  —dijo el carro de policía en un metálico murmullo. Él no podía ver a nadie porque la  luz le cegaba.

—Leonard Mead  —dijo.

—!Hable alto!

—!Leonard Mead!

—¿Negocio o profesión?

—Supongo que me llamarían escritor.

—Ninguna profesión  —dijo el carro policía, como si hablará  asimismo.  La luz le sostenía  fija, como un espécimen de museo sostenido por una aguja.  

—Se podría decir  —dijo el señor Mead.

El no había escrito en años. Las revistas y los libros no se vendían más. Ahora cada cosa era casas sepulcrales en la noche, el pensó, continuando su fantasía.  Las casas eras como tumbas, enfermas por la luz de la televisión, donde la gente pasaba sentada como si estuviese muerta, el gris o las multicolores luces  rozaban  sus caras inexpresivas, pero nunca realmente tocándolas.

—Ninguna profesión,  —dijo la voz de fonógrafo repicando—. ¿Qué es lo que usted esta haciendo en la calle?

—Caminando,    —dijo  Leonard Mead. — ¡caminando! Solo caminando   —dijo simplemente, pero con su cara tiritando de frío.

— ¿Caminando, solo caminando, caminando?

—Si, señor.

— ¿Caminando a dónde? ¿Para qué?

—Caminando por aire. Caminando para ver.

— ¡Su dirección!

—Once Sur, calle San James

— ¿Hay aire en su casa, tiene usted aire acondicionado, Señor Mead?

—Si.

— ¿Y usted tiene una televisión en su casa para verla?

—No.

— ¿No? —hubo un crujido quieto que en si mismo era un acusación.

— ¿Es usted casado? Señor Mead?

—No.

—No es casado  —dijo la voz del policía detrás del fiero rayo.  La luna estaba alta y clara entre las estrellas y las casas eran grises y silenciosas.

—Nadie me quiso  —dijo  Leonard Mead con una sonrisa.

—¡No hable a menos que se le hable!

Leonard Mead espero en la fría noche.

— ¿Solo caminando,  Señor  Mead?

—Si.

—Pero usted no ha explicado con que propósito.

— Ya lo explique; por aire, para ver, y solo caminar.

— ¿Usted hace esto a menudo?

—Cada noche por años.

El carro policía se situó en el centro de la calle con su radio como una garganta débilmente  zumbando.

—Bien, Señor Mead, —fue dicho.

— ¿Eso es todo?  — preguntó él cortésmente.

—Si, — dijo la voz—. Venga. —Hubo un respiro, un rechinar. La puerta trasera del carro se abrió—. Entre

—Espere un minuto. Yo no he hecho nada.

—Entre.

— ¡Protesto!

—Señor Mead.

Caminó como un hombre repentinamente borracho. Mientras pasaba frente a la ventana del carro vio hacia dentro. Como había esperado,  no había nadie en el asiento delantero ni en el carro.

—Entre.

El puso sus manos en la puerta y  atisbó dentro del asiento trasero, el cual era una pequeña celda, una pequeña jaula con barras negras Olor de remachado acero. Olía a severo antiséptico, olía a limpio y duro metal. No había nada suave.  

—Si tan solo tuviera una esposa que le pudiese asistir, — dijo la voz de hierro.

—Pero, ¿A dónde me lleva?

El carro vacilo, o mas que eso dio un débil  zumbido como si la información, de alguna manera fuera una tarjeta electrónica.

—Al Centro Psiquiátrico para Investigaciones de Tendencias Regresivas.

El Señor Mead entró.  La puerta se cerró suavemente. El carro policía dio vueltas a través de las avenidas  nocturnas, alumbrando la oscuridad con las débiles luces delanteras. Pasaron poco después por casa en una calle, una casa en una ciudad entera de casas oscuras, pero esta en particular tenía todas sus luces brillantemente encendidas, cada ventana con una fuerte iluminación amarilla, ventanas cuadradas  y cálidas en la fresca oscuridad.

—Esa es mi casa  —dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El carro descendía el vacio lecho del rio de las calles y se alejaba, dejando  las despobladas calles con las aceras sin vida. No hubo un tan solo sonido y ningún  tan solo movimiento todo el resto de esa fría noche de noviembre.

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El teléfono del Señor Harrigan, de Stephen King (parte 4)

La necrológica de Kenneth James Yanko no se publicó en el Sun de Lewiston hasta el martes, y solo decía «Falleció de forma repentina como resultado de un trágico accidente», pero el lunes la noticia ya corría por todo el colegio, y naturalmente radio macuto empezó a emitir a todo tren.

Estaba esnifando pegamento y murió de un derrame cerebral.

Estaba limpiando una de las escopetas de su padre (el señor Yanko, según contaban, tenía todo un arsenal en su casa) y se le disparó.

Estaba jugando a la ruleta rusa con una de las pistolas de su padre y se voló los sesos.

Se emborrachó, cayó por las escaleras y se partió el cuello.

Ninguno de esos rumores era cierto.

Fue Billy Bogan quien me lo contó, nada más subir al Autobús Corto. Estaba deseando soltar la noticia. Según dijo, se lo había contado a su madre una amiga suya de Gates Falls que la llamó por teléfono. La amiga vivía en la acera de enfrente y había visto que sacaban el cadáver en una camilla, rodeado de una multitud de Yankos que lloraban y vociferaban. Por lo visto, también a los matones expulsados los quería alguien. Como lector de la Biblia, hasta podía imaginármelos rasgándose las vestiduras.

De inmediato, y con sentimiento de culpabilidad, me acordé de mi llamada al teléfono del señor Harrigan. Me dije que estaba muerto y, por tanto, no podía haber tenido nada que ver con aquello. Me dije que, incluso si esas cosas eran posibles fuera de los cómics de terror, yo no había deseado expresamente la muerte de Kenny; solo quería que me dejara en paz, pero parecía un argumento propio de abogados. Y aún recordaba algo que la señora Grogan había dicho el día después del funeral, cuando comenté que el señor Harrigan era un buen hombre por incluirnos en su testamento.

«De eso ya no estoy tan segura. Era íntegro, eso por descontado, pero no te convenía ponerte a malas con él».

Dusty Bilodeau se había puesto a malas con el señor Harrigan, y sin duda Kenny Yanko se habría puesto también a malas con él, por darme una paliza al negarme a lustrarle las putas botas. Solo que el señor Harrigan ya no podía estar a malas con nadie. Me repetía eso una y otra vez. Los muertos no están a malas con nadie. Por supuesto, tampoco los teléfonos que no se habían cargado en tres meses podían sonar ni reproducir el mensaje grabado (ni recibirlos)…, pero el del señor Harrigan sí había sonado, y yo sí había oído su voz cascada de viejo. Así que, aunque me sentí culpable, también sentí alivio. Kenny Yanko ya nunca volvería a emprenderla conmigo. Ya no se interpondría en mi camino.

Más tarde ese día, durante mi primera hora libre en el colegio, la señorita Hargensen vino al gimnasio, donde yo lanzaba a la canasta, y me pidió que la acompañara al pasillo.

—Hoy en clase te he notado depre —dijo.

—Pues no, no lo estaba.

—Lo estabas, y sé por qué, pero voy a decirte una cosa. Los chicos de tu edad tienen una visión del universo ptolemaica. Aún soy joven y me acuerdo.

—No sé qué…

—Ptolomeo fue un matemático y astrólogo griego que creía que la Tierra era el centro del universo, un punto fijo alrededor del cual giraba todo lo demás. Los niños creen que todo su mundo gira en torno a ellos. Esa sensación de estar en el centro de todo normalmente empieza a desaparecer más o menos a los veinte años, pero a ti aún te falta mucho para eso.

Inclinada hacia mí, muy seria, me miraba con aquellos ojos verdes preciosos. Además, el aroma de su perfume me mareaba.

—Veo que no me sigues, así que te ahorraré la metáfora. Si estás pensando que has tenido algo que ver con la muerte de ese Yanko, olvídalo. No es así. He visto su expediente, y era un chico con graves problemas. Problemas en casa, problemas en el colegio, problemas psicológicos. No sé qué pasó, ni quiero saberlo, pero veo en esto un lado positivo.

—¿Cuál? —pregunté—. ¿Que ya no puede pegarme más?

Se echó a reír y dejó a la vista unos dientes tan bonitos como toda ella.

—He ahí otra vez esa visión ptolemaica del mundo. No, Craig, el lado positivo es que era demasiado joven para tener carnet. Si hubiese tenido edad para conducir, puede que se hubiera llevado por delante a otros chicos con él. Ahora vuelve al gimnasio y tira un rato a la canasta.

Hice ademán de marcharme, pero ella me agarró de la muñeca. Once años después, todavía recuerdo la descarga eléctrica que sentí.

—Craig, jamás me alegraría de la muerte de un niño, ni siquiera de la de un elemento como Kenneth Yanko. Pero sí puedo alegrarme de que no hayas sido tú.

De pronto deseé contárselo todo, y tal vez lo habría hecho. Sin embargo, en ese preciso momento sonó el timbre, se abrieron las puertas de las aulas, y el pasillo se llenó de chicos y su bullicio. La señorita Hargensen se fue por su camino, y yo por el mío.

Esa noche encendí el teléfono y, al principio, me limité a mirarlo, haciendo acopio de valor. Lo que la señorita Hargensen había dicho esa mañana tenía sentido, pero ella no sabía que el teléfono del señor Harrigan aún funcionaba, lo cual era imposible. Yo no había tenido ocasión de contárselo y creía —erróneamente, como después se vio— que nunca se lo contaría.

Esta vez no funcionará, me dije. Le quedaba una última chispa de energía, solo eso. Como una bombilla que emite un intenso destello justo antes de fundirse.

Pulsé su número en la lista de contactos. Preveía —más bien albergaba la esperanza de que así fuera— escuchar un silencio o un mensaje avisándome de que el teléfono estaba fuera de servicio. Pero el timbre sonó unas cuantas veces hasta que la voz del señor Harrigan llegó de nuevo a mi oído: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

—Soy Craig, señor Harrigan.

Me sentía como un tonto por hablar con un muerto, uno que a esas alturas tendría ya moho en las mejillas (había hecho mis indagaciones, debo aclarar). Al mismo tiempo no me sentía como un tonto en absoluto. Me sentía asustado, como quien pisa tierra no consagrada.

—Oiga… —Me pasé la lengua por los labios—. No ha tenido usted nada que ver con la muerte de Kenny Yanko, ¿verdad? Si es que sí… hummm… dé un golpe en la pared.

Corté la llamada.

Esperé el golpe.

No llegó.

A la mañana siguiente tenía un mensaje de reypirata1. Solo seis letras: a a a. C C x.

Sin sentido.

Me llevé un susto de muerte.

Ese otoño pensé mucho en Kenny Yanko (por entonces el rumor que corría era que se había caído del primer piso de su casa cuando intentaba salir a hurtadillas en plena noche). Pensé aún más en el señor Harrigan, y en su teléfono, que lamentaba no haber arrojado al lago Castle. Sentía cierta fascinación, ¿me explico? La fascinación que sentimos todos ante las cosas extrañas. Las cosas prohibidas. En varias ocasiones estuve a punto de llamar al teléfono del señor Harrigan, pero no lo hice, al menos no entonces. Tiempo atrás su voz me resultaba tranquilizadora, la voz de la experiencia y el éxito, la voz, podría decirse, del abuelo que nunca había tenido. Ya no recordaba esa voz tal como era en nuestras tardes soleadas, cuando hablábamos de Charles Dickens o Frank Norris o D. H. Lawrence o de que internet era como una cañería rota. Solo recordaba la voz ronca del viejo, como papel de lija casi gastado, que me decía que me devolvería la llamada si lo consideraba oportuno. Y lo recordaba en su ataúd. El empleado de la funeraria Hay & Peabody sin duda le había pegado los párpados, pero ¿cuánto duraban los efectos de ese pegamento? ¿Tenía los ojos abiertos allí abajo mientras se pudrían en las cuencas? ¿Tenía la mirada fija en la oscuridad?

Me obsesionaba con esas cosas.

Una semana antes de Navidad, el reverendo Mooney me pidió que pasara a la sacristía para «tener una charla». Fue él quien llevó el peso de la conversación. Mi padre estaba preocupado por mí, dijo. Yo perdía peso, y mis notas habían bajado. ¿Tenía algo que contarle? Me detuve a pensar y decidí que quizá sí. No todo, pero parte.

—Si le cuento una cosa, ¿quedará entre nosotros?

—Siempre y cuando no tenga que ver con autolesiones o delitos, delitos graves, la respuesta es sí. No soy sacerdote, y esta iglesia no es de confesión católica, pero casi todos los hombres de fe saben mantener secretos.

Le conté, pues, que me había enzarzado en una pelea con un chico del colegio, un chico mayor que se llamaba Kenny Yanko y que me había dado una buena paliza. Añadí que nunca había deseado la muerte de Kenny, y desde luego no había rezado para que ocurriera, pero él había muerto casi inmediatamente después de la pelea, y no podía quitármelo de la cabeza. Le expliqué lo que había dicho la señorita Hargensen en relación con los niños, que creían que todo tenía que ver con ellos, y que no era así. Comenté que aquello me había ayudado un poco, pero que seguía pensando que tal vez sí había desempeñado un papel en la muerte de Kenny.

El reverendo sonrió.

—Tu maestra tenía razón, Craig. Yo, hasta los ocho años, evité pisar las grietas de la acera por miedo a que, sin querer, le rompiera la espalda a mi madre.

—¿En serio?

—En serio. —Se inclinó hacia mí. Su sonrisa se desvaneció—. Yo te guardaré el secreto si tú me lo guardas a mí. ¿De acuerdo?

—Cuente con ello.

—Soy buen amigo del padre Ingersoll, de la iglesia de Saint Anne, en Gates Falls. Es la iglesia a la que asiste la familia Yanko. Me dijo que ese chico, Yanko, se suicidó.

Creo que ahogué una exclamación. El suicidio había sido uno de los rumores durante la semana posterior a la muerte de Kenny, pero yo no le había dado crédito. Habría jurado que era imposible que a aquel matón hijo de puta se le pasara siquiera por la cabeza la idea de quitarse la vida.

El reverendo Mooney seguía inclinado hacia delante. Me cogió una mano entre las suyas.

—Craig, ¿de verdad crees que ese niño se fue a casa y pensó: «Dios mío, le he dado una paliza a un niño más pequeño que yo, me parece que voy a matarme»?

—Imagino que no. —Exhalé tal suspiro que tuve la impresión de que llevaba dos meses conteniendo la respiración—. Si lo plantea así. ¿Cómo se suicidó?

—No lo pregunté, y no te lo diría aunque Pat Ingersoll me lo hubiese contado. Tienes que dejar eso atrás, Craig. Ese chico tenía problemas. Su necesidad de pegarte era solo un síntoma de esos problemas. Tú no tuviste nada que ver.

—¿Y si siento alivio, por…, ya me entiende, no tener que preocuparme más por él?

—Diría que eso es ser humano.

—Gracias.

—¿Te sientes mejor?

—Sí.

Y así era.

No mucho antes de que terminase el curso, la señorita Hargensen se plantó ante nosotros con una amplia sonrisa en la clase de ciencias.

—Chicos, probablemente pensabais que os libraríais de mí dentro de dos semanas, pero tengo una mala noticia. El señor De Lesseps, el profesor de biología del instituto, se jubila, y me han contratado para ocupar su puesto. Podría decirse que asciendo de la secundaria al instituto.

Unos cuantos niños dejaron escapar un gemido teatral, pero casi todos aplaudimos, y ninguno más fuerte que yo. No iba a dejar atrás a mi amada. En mi cabeza adolescente, aquello me pareció cosa del destino. Y en cierto modo lo era.

También yo dejé atrás la escuela de secundaria de Gates Falls y empecé noveno en el instituto de Gates Falls. Fue allí donde conocí a Mike Ueberroth, apodado entonces Submarino, tal como se lo sigue llamando en su actual carrera profesional como segundo cácher de los Orioles de Baltimore.

En Gates, los deportistas y los chicos más estudiosos no se mezclaban mucho (imagino que eso es así en la mayoría de los institutos, porque los deportistas tienden a formar clanes), y si no hubiese sido por Arsénico por compasión, dudo que hubiésemos llegado a entablar amistad. Submarino estaba en el penúltimo curso, y yo era un simple alumno de primero, con lo que la posibilidad de ser amigos era incluso más improbable. Pero nos hicimos amigos, y nuestra amistad ha perdurado hasta el día de hoy, aunque ahora ya no lo veo tan menudo.

En muchos institutos se representa una obra de teatro en el último curso, pero no era el caso del Gates. Nosotros preparábamos dos obras al año, y aunque las organizaba el Club de Teatro, todos los alumnos podían presentarse a las audiciones. Yo conocía la historia, porque había visto la versión cinematográfica por la televisión una lluviosa tarde de sábado. Me gustó, así que probé suerte. La novia de Mike, miembro del Club de Teatro, lo convenció para que se presentara, y acabó interpretando el papel del homicida Jonathan Brewster. A mí me asignaron el papel de su escurridizo adlátere, el doctor Einstein. En la película, ese personaje lo interpretaba Peter Lorre, y yo hice todo lo posible por hablar como él, diciendo con desdén «Pse, pse» antes de cada frase. No era una imitación muy buena, pero debo decir que coló entre el público. En los pueblos, ya se sabe.

Así fue, pues, como nos hicimos amigos Submarino y yo, y también fue así como me enteré de lo que en verdad le había ocurrido a Kenny Yanko. Resultó que el reverendo se equivocaba y la necrológica del periódico estaba en lo cierto. Realmente había sido un accidente.

Durante el intermedio entre el primer acto y el segundo del ensayo general, yo estaba delante de la máquina de Coca-Cola, que se había tragado mis setenta y cinco centavos y no me daba nada a cambio. Submarino se apartó de su novia, se acercó y asestó a la máquina un fuerte golpe con la palma de la mano en el ángulo superior derecho. De inmediato cayó en la bandeja una lata de Coca-Cola.

—Gracias —dije.

—De nada. Solo tienes que acordarte de golpear justo ahí, en el ángulo.

Contesté que lo tendría en cuenta, aunque dudé que fuera capaz de golpear con la misma fuerza.

—Ah, oye, me enteré de que tuviste problemas con aquel Yanko. ¿Es verdad?

No tenía sentido desmentirlo —Billy y las dos chicas se habían ido de la lengua—, y de hecho no había ninguna razón para eso después de tanto tiempo. Así que contesté que sí, que era verdad, y le expliqué que me había negado a lustrarle las botas y lo que había ocurrido a continuación.

—¿Quieres saber cómo murió?

—Me han llegado unas cien versiones distintas. ¿Tú tienes otra?

—Yo tengo la verdad, coleguita. Ya sabes quién es mi padre, ¿no?

—Claro. —El cuerpo de policía de Gates Falls se componía de alrededor de veinte agentes de uniforme, el jefe de policía y un inspector, el padre de Mike, George Ueberroth.

—Te contaré lo de Yanko si me das un sorbo de tu Coca-Cola.

—Vale, pero no escupas dentro.

—¿Me tomas por un animal? Trae aquí, jodido mequetrefe.

—Pse, pse —contesté, a lo Peter Lorre.

Él dejó escapar una risita, cogió la lata, apuró la mitad y eructó. En el pasillo, a cierta distancia, su novia se metió el dedo en la boca e hizo ver que vomitaba. El amor en el instituto es muy sofisticado.

—Mi padre se ocupó de la investigación —dijo Submarino al tiempo que me devolvía la lata— y, un par de días después de la muerte de Yanko, lo oí hablar con el sargento Polk, que acababa de llegar de «la casa». Así es como llaman a la comisaría. Estaban en el porche tomando cerveza, y el sargento comentó algo de que Yanko había practicado el estrangu-meneo. Mi padre se rio y dijo que él había oído llamar a esa técnica «corbata de Beverly Hills». El sargento añadió que probablemente era la única manera en que el pobre chico conseguía correrse, con esa cara de pizza que tenía. Mi padre coincidió con él, triste pero cierto. Luego añadió que lo que le preocupaba era el pelo. Dijo que al forense también le preocupaba.

—¿Qué pasaba con el pelo? —pregunté—. ¿Y qué es eso de la corbata de Beverly Hills?

—Lo consulté en mi teléfono. Es como se llama en argot a la asfixia autoerótica. —Pronunció esas palabras con cuidado. Con orgullo, casi—. Te cuelgas del cuello y te la pelas mientras estás perdiendo el conocimiento. —Vio mi expresión y se encogió de hombros—. Yo no hago las noticias, doctor Einstein, solo las repito. Debe de ser un subidón, pero creo que paso.

Yo también pasaba, pensé.

—¿Y lo del pelo?

—Le pregunté a mi padre por eso. No quería contármelo, pero como yo había oído todo lo demás, al final cedió. Dijo que la mitad del pelo se le había vuelto blanco.

Pensé mucho en eso. Por un lado, si alguna vez había concebido la idea de que el señor Harrigan saliese de la tumba para vengarse en mi nombre (y a veces por la noche, cuando no podía conciliar el sueño, la idea, por ridícula que pareciera, penetraba subrepticiamente en mi cabeza), la revelación de Submarino echaba por tierra esa posibilidad. Imaginando a Kenny Yanko en su armario, con el pantalón en torno a los tobillos y una cuerda alrededor del cuello, con el rostro cada vez más amoratado mientras practicaba el consabido estrangu-meneo, en realidad sentía lástima por él. Vaya una manera absurda e indigna de morir. «Como resultado de un trágico accidente», decía la necrológica del Sun, y esa información era más precisa de lo que ninguno de nosotros, los demás chicos, podíamos haber sabido.

Por otro lado, sin embargo, estaba el comentario del padre de Submarino sobre el pelo de Kenny. Yo no podía evitar preguntarme a qué se debía eso. Qué podía haber visto Kenny en ese armario, a su lado, mientras, sumiéndose en la inconsciencia, se la pelaba con toda su alma.

Finalmente acudí a mi mejor asesor, internet. Allí encontré divergencia de opiniones. Unos científicos afirmaban que no existía prueba alguna de que el cabello de una persona pudiera emblanquecerse a causa de un shock; otros sostenían que sí, que ciertamente podía ocurrir. Que los melanocitos que determinan el color del cabello podían morir como consecuencia de un shock. En un artículo que leí se decía que, de hecho, les ocurrió a Tomás Moro y María Antonieta antes de ser ejecutados. Otro artículo lo ponía en tela de juicio, aseguraba que era solo una leyenda. Al final, aquello era como una frase que decía a veces el señor Harrigan sobre la compra de acciones: pagas tu dinero y asumes el riesgo.

Poco a poco, estas dudas y preocupaciones se disiparon, pero mentiría si dijera que Kenny Yanko desapareció por completo de mi cabeza, entonces o ahora. Kenny Yanko, en su armario con una cuerda alrededor del cuello. Quizá no perdió el conocimiento antes de poder aflojar el nudo. Quizá Kenny Yanko —solo quizá— vio algo que lo asustó de tal modo que se desmayó. Que realmente murió de miedo. A la luz del día, resultaba bastante absurdo. Por la noche, sobre todo si el viento soplaba con fuerza y producía leves gemidos en torno a los aleros, no tanto.

Ante la casa del señor Harrigan apareció el cartel de EN VENTA de una agencia inmobiliaria de Portland, y fueron a verla unas cuantas personas. La mayoría eran de esos que llegaban en avión de Boston o Nueva York (algunos en vuelos chárter, probablemente). De esos que, como los hombres de negocios que asistieron al funeral del señor Harrigan, no escatimaban en el alquiler de coches caros. Dos de ellos fueron el primer matrimonio gay que vi; jóvenes pero a todas luces acaudalados y a todas luces enamorados. Llegaron en un llamativo BMW i8, fueron de acá para allá cogidos de la mano, y se deshicieron en exclamaciones como «Uau» e «Increíble» por todo el jardín. Después se marcharon y no volvieron.

Vi a muchos de esos posibles compradores porque el administrador de la herencia (el señor Rafferty, por supuesto) había conservado en sus puestos a la señora Grogan y a Pete Bostwick, y Pete me contrató para ayudarlo en el jardín. Sabía que se me daban bien las plantas y que estaba dispuesto a trabajar de firme. Ganaba doce pavos la hora, diez horas semanales, y con el sustancioso fideicomiso fuera de mi alcance hasta que fuera a la universidad, ese dinero me venía muy bien.

Pete llamaba a los posibles compradores «ricachos». Al igual que la pareja casada del BMW, exclamaban «Uau» pero no compraban. Teniendo en cuenta que la casa estaba en una calle sin asfaltar y que las vistas eran solo buenas, no espectaculares (sin lagos, montañas ni costa rocosa con faro), no me sorprendió. Tampoco a Pete o a la señora Grogan. Apodaron a la casa Mansión Elefante Blanco.

A principios del invierno de 2011, destiné parte de los ingresos que había obtenido con el trabajo de jardinería a renovar mi teléfono de primera generación, que sustituí por un iPhone 4. Transferí mis contactos esa misma noche y, mientras deslizaba la pantalla, me encontré el número del señor Harrigan. Casi sin pensar, lo pulsé. Llamando al señor Harrigan, leí en la pantalla. Me acerqué el teléfono al oído con una mezcla de temor y curiosidad.

No hubo mensaje saliente del señor Harrigan. No hubo voz robótica que anunciara que el número al que había llamado estaba fuera de servicio, y tampoco hubo timbre. No hubo nada excepto un silencio uniforme. Podía decirse que lo único que se oyó en mi nuevo teléfono fue, je je, un silencio sepulcral.

Fue un alivio.

En segundo, elegí biología, y allí estaba la señorita Hargensen, tan guapa como siempre, aunque ya no era mi amor. Había desplazado mis afectos a una joven más accesible (y acorde con mi edad). Wendy Gerard era una rubia menuda de Motton que acababa de deshacerse de la ortodoncia. Pronto empezamos a estudiar juntos, a ir al cine juntos (cuando mi padre, su madre o su padre nos llevaban, claro) y a magrearnos en la última fila. Todas esas cosas tan pegajosas propias de chicos que están perfectamente bien.

Mi enamoramiento de la señorita Hargensen murió de muerte natural, y bien estuvo, porque eso dio paso a la amistad. A veces yo llevaba plantas al aula, y los viernes por la tarde, después de clase, la ayudaba a limpiar el laboratorio, que compartíamos con los alumnos de química.

Una de esas tardes, le pregunté si creía en los fantasmas.

—Teniendo en cuenta que es científica y tal, imagino que no —comenté.

Ella se rio.

—Soy profesora, no científica.

—Ya sabe a qué me refiero.

—Supongo, pero sigo siendo una buena católica. O sea, creo en Dios y en los ángeles y en el mundo espiritual. En cuanto al exorcismo y la posesión demoníaca, ya no estoy tan segura, me parece excesivo, pero ¿los fantasmas? Dejémoslo en que aún no me he decidido. Desde luego nunca asistiría a una sesión espiritista ni haría el tonto con un tablero de güija.

—¿Por qué?

Estábamos limpiando los fregaderos, tarea que en principio correspondía a los alumnos de química antes del fin de semana pero casi nunca hacían. La señorita Hargensen interrumpió la limpieza; sonreía. Quizá un poco abochornada.

—La gente de ciencias no es inmune a la superstición, Craig. Creo que no conviene hacer el tonto con las cosas que uno no entiende. Mi abuela decía que una persona no debe emplazar a nadie a menos que quiera una respuesta. Siempre me ha parecido un buen consejo. ¿Por qué lo preguntas?

No tenía intención de contarle que Kenny me rondaba aún por la cabeza.

—Yo soy metodista, y hablamos del Espíritu Santo. Solo que en la Biblia del rey Jacobo se lo llama Fantasma Santo. Posiblemente estaba pensando en eso.

—Bueno, si los fantasmas existen —dijo ella—, seguro que no todos son santos.

Todavía quería dedicarme a escribir de una manera u otra, aunque mi ambición de ser guionista se había enfriado. El chiste del señor Harrigan sobre el guionista y la starlet acudía a mi memoria de vez en cuando, y había empañado un tanto mis fantasías sobre el mundo del espectáculo.

Ese año, por Navidad, mi padre me regaló un portátil, y empecé a escribir cuentos. Estaban bien línea a línea, pero las líneas de un cuento tienen que acabar formando un todo, y en las mías eso no pasaba. Al año siguiente, el jefe del departamento de Literatura me eligió como director del periódico del instituto, y me entró el gusanillo del periodismo, que ya nunca me ha abandonado. Dudo que me abandone. Creo que cuando uno encuentra el lugar que le corresponde, oye un clic, no en la cabeza sino en el alma. Puede hacer oídos sordos, pero ¿qué necesidad hay de eso?

Empecé a dar el estirón, y en tercero, después de mostrar a Wendy que sí, que tenía protección (de hecho, fue Submarino quien compró los condones), dejamos atrás la virginidad. Fui el tercero de mi promoción (éramos solo 142, pero no estuvo nada mal), y mi padre me compró un Toyota Corolla (de segunda mano, pero no estuvo nada mal). Me aceptaron en Emerson, una de las mejores universidades del país para los aspirantes a periodista, y seguramente me habrían concedido una beca parcial, pero gracias al señor Harrigan no la necesitaba, suerte la mía.

Entre los catorce y los dieciocho años, había pasado por algunas de las típicas tormentas adolescentes, aunque en realidad no muchas; era como si en la pesadilla con Kenny Yanko se hubiese concentrado anticipadamente buena parte de la angustia de la adolescencia. Además, quería a mi padre, y estábamos los dos solos. Creo que eso cambia las cosas.

Para cuando empecé a estudiar en la universidad, ya rara vez pensaba en Kenny Yanko. Pero aún me acordaba del señor Harrigan. No era raro, teniendo en cuenta que me había tendido la alfombra roja del mundo académico. Sin embargo, algunos días me acordaba más que otros. Si uno de esos días me encontraba de visita en el pueblo, iba a poner flores en su tumba. Si no, Pete Bostwick o la señora Grogan las ponían por mí.

El día de San Valentín. Acción de Gracias. Navidad. Y por mi cumpleaños.

Además, esos días siempre compraba un billete de un dólar de rasca y gana. A veces me tocaban dos pavos, a veces cinco, y en una ocasión cincuenta, pero nunca me acerqué siquiera al premio gordo. Me daba igual. Si lo hubiera ganado, habría donado el dinero a alguna organización benéfica. Compraba los billetes en memoria del señor Harrigan. Gracias a él, ya era rico.

Como el señor Rafferty fue generoso con el fideicomiso, dispuse de mi propio piso cuando cursaba tercero en Emerson. Solo un par de habitaciones y un cuarto de baño, pero se hallaba en la zona de Back Bay, donde ni los pisos pequeños son baratos. Por entonces trabajaba en la revista literaria. Ploughshares es una de las mejores del país, y siempre tiene un redactor jefe de altos vuelos, pero alguien ha de leer el material no solicitado, y ese era yo. Me gustaba esa responsabilidad, y me gustaba el trabajo, pese a que muchos de los textos no andaban muy a la zaga de un poema memorablemente malo, incluso clásicamente malo, titulado «Diez razones por las que odio a mi madre». Me resultaba alentador ver que ahí fuera había muchos esforzados aspirantes que escribían peor que yo. Es posible que suene mezquino. Es posible que lo sea.

Una tarde, mientras realizaba esa tarea con una bandeja de Oreo junto a la mano izquierda y una taza de té junto a la derecha, sonó el teléfono. Era mi padre. Dijo que tenía una mala noticia y me anunció que la señorita Hargensen había muerto.

Por un momento, enmudecí. De repente la pila de poemas y relatos no solicitados parecía del todo intrascendente.

—¿Craig? —preguntó mi padre—. ¿Sigues ahí?

—Sí. ¿Qué ha pasado?

Me contó lo que sabía, y yo averigüé más un par de días después cuando la noticia apareció en la edición online de Weekly Enterprise, el semanario de Gates Falls. DOS QUERIDOS PROFESORES MUERTOS EN VERMONT, rezaba el titular. Victoria Hargensen Corliss aún daba clases de biología en Gates; su marido era profesor de matemáticas en la vecina localidad de Castle Rock. Habían decidido hacer un viaje en moto por Nueva Inglaterra durante las vacaciones de primavera, alojándose en un sitio distinto cada noche. En Vermont, ya en el camino de regreso, cerca de la línea divisoria con New Hampshire, Dean Whitmore, treinta y un años, de Waltham, Massachusetts, invadió el carril contrario en la Interestatal 2 y los embistió frontalmente. Ted Corliss murió en el acto. Victoria Corliss —la mujer que me había llevado a la sala de profesores después de la paliza de Kenny Yanko y me había dado un Aleve ilícito que sacó de su bolso— había muerto durante el traslado al hospital.

Yo había trabajado como becario en el Enterprise el verano anterior, vaciando las papeleras básicamente, pero también había escrito unas cuantas crónicas deportivas y reseñas cinematográficas. Cuando telefoneé a Dave Gardener, el redactor jefe, me dio cierta información que el Enterprise no había publicado. Dean Whitmore había sido detenido un total de cuatro veces por conducir bajo los efectos del alcohol, pero su padre era un gran gestor de fondos de inversión libre (cómo odiada el señor Harrigan a esos trepas), y las tres veces anteriores había contratado abogados caros para ocuparse de la defensa de Whitmore. La cuarta, después de estrellarse contra la fachada lateral de un Zoney’s Go-Mart en Hingham, había eludido la cárcel pero perdido el carnet. Conducía sin carnet y bajo los efectos del alcohol cuando arrolló la moto de los Corliss. «Como una cuba», fue como lo expresó Dave.

—Saldrá de esta con un rapapolvo y poco más —auguró Dave—. Su papá se encargará. Ya verás.

—Ni hablar. —La mera idea de que eso ocurriese me revolvió el estómago—. Si tu información es correcta, se trata de un caso claro de homicidio por imprudencia grave.

—Ya lo verás —repitió él.

Los funerales se celebraron en Saint Anne, la iglesia a la que tanto la señorita Hargensen —me resultaba imposible pensar en ella como Victoria— como su marido habían asistido durante la mayor parte de su vida, y en la que habían contraído matrimonio. El señor Harrigan había sido rico, un hombre influyente durante años en el mundo de los negocios de Estados Unidos, pero en el funeral de Ted y Victoria Corliss había mucha más gente. Saint Anne es una iglesia grande y, sin embargo, ese día no cabía un alma, y si el padre Ingersoll no hubiese dispuesto de un micrófono, nadie lo habría oído en medio de tanto sollozo. Los dos habían sido profesores muy queridos. Se habían casado por amor y, además, eran jóvenes.

Lo mismo que la mayoría de los asistentes. Yo estaba allí; Regina y Margie estaban allí; Billy Bogan estaba allí; también estaba Submarino, que había viajado expresamente desde la Universidad Estatal de Florida, donde jugaba al béisbol en primera división. Submarino y yo nos sentamos juntos. No puede decirse que llorara, pero tenía los ojos enrojecidos, y semejante hombretón se sorbía la nariz.

—¿La tuviste alguna vez como profesora? —pregunté en un susurro.

—En bío II —contestó él, también en un susurro—. En último curso. Necesitaba la asignatura para graduarme. Me regaló el aprobado. Y me apunté a su club de ornitología. Cuando solicité plaza en la universidad, me escribió una recomendación.

A mí me había escrito otra.

—Es injusto —comentó Submarino—. Simplemente hacían un viaje en moto. —Guardó silencio un momento—. Y además llevaban casco.

Billy parecía el mismo de siempre, pero a Margie y a Regina se las veía mayores, casi mujeres con el maquillaje y los vestidos de jóvenes adultas. Me abrazaron delante de la iglesia cuando terminó el oficio.

—¿Te acuerdas de cómo te cuidó la noche de la paliza? —preguntó Regina.

—Sí —dije.

—Me dejó usar su crema de manos —añadió Regina, y se echó a llorar de nuevo.

—Espero que aparten a ese individuo de la circulación para siempre —dijo Margie con vehemencia.

—Lo suscribo —contestó Submarino—. Que lo encierren y tiren la llave.

—Así será —afirmé, pero, por supuesto, yo me equivocaba y Dave estaba en lo cierto.

Dean Whitmore compareció en el juzgado aquel mes de julio. Lo condenaron a cuatro años, pena que cumpliría en libertad condicional si accedía a someterse a rehabilitación y a análisis de orina aleatorios durante esos cuatro años. Para entonces yo volvía a trabajar para el Enterprise, y como empleado remunerado (solo a tiempo parcial, pero no estaba nada mal). Me habían endosado los asuntos de la comunidad y algún que otro reportaje. El día siguiente a la sentencia de Whitmore —si podía denominarse así—, expresé mi indignación a Dave Gardener.

—Ya lo sé, es una mierda —dijo—. Pero tienes que hacerte mayor, Craigy. Vivimos en el mundo real, donde el dinero habla y la gente escucha. En el caso Whitmore, en algún punto del proceso el dinero ha cambiado de manos. Dalo por hecho. Bueno, ¿y no se supone que tendrías que entregarme cuatrocientas palabras sobre la feria de artesanía?

Un centro de rehabilitación —posiblemente con pista de tenis y green para practicar el golf— no bastaba. Cuatro años de controles de orina no bastaban, y menos cuando podías pagar a alguien para que proporcionara muestras limpias si sabías con antelación cuándo iban a solicitarte las pruebas. Y era muy probable que Whitmore lo supiera.

A medida que avanzaba aquel caluroso agosto, a veces pensaba en un proverbio africano que había leído en una de mis clases: «Cuando muere un anciano, arde una biblioteca». Victoria y Ted no eran viejos, pero en cierto modo eso era aún peor, porque su potencial ya nunca se materializaría. Todos aquellos jóvenes presentes en el funeral, alumnos actuales y graduados recientes como mis amigos y yo, inducían a pensar que algo había ardido y ya nunca podría reconstruirse.

Me acordé de sus dibujos de hojas y ramas en la pizarra, imágenes hermosas hechas a mano alzada. Me acordé de cuando limpiábamos el laboratorio de biología los viernes por la tarde y luego, por si acaso, la mitad del laboratorio dedicada a química, riéndonos los dos por el hedor, mientras ella se preguntaba si algún Doctor Jekyll estudiante de química se convertiría en Mister Hyde y causaría estragos en los pasillos. Me acordé de que me dijo «Lo entiendo» cuando le contesté que no quería volver a entrar en el gimnasio después de la paliza de Kenny. Me acordé de todo eso, y del olor de su perfume, y luego pensé en el gilipollas que la había matado, que terminaría la rehabilitación y seguiría con su vida tan campante.

No, no bastaba.

Esa tarde fui a casa y revolví en los cajones de la cómoda de mi habitación, sin acabar de reconocer qué era lo que buscaba… ni por qué. Lo que buscaba no estaba allí, ante lo que sentí decepción y a la vez alivio. Ya me disponía a irme, pero de pronto retrocedí y, de puntillas, examiné el contenido del estante superior del armario, donde tendían a amontonarse los cachivaches. Encontré un viejo despertador, un iPod que se había averiado al caérseme en el camino de acceso a casa cuando iba en monopatín y una maraña de auriculares de diadema y de botón. Había una caja de cromos de béisbol y una pila de cómics de Spiderman. Al fondo de todo descubrí una sudadera de los Red Sox demasiado pequeña para el cuerpo que habitaba ahora. La levanté y allí, debajo, apareció el iPhone que me había regalado mi padre una Navidad. Cuando no era más que un renacuajo. El cargador también estaba. Conecté el móvil antiguo, aún sin reconocer del todo qué me proponía, pero cuando ahora pienso en aquel día —de hace no muchos años—, creo que la fuerza impulsora fueron unas palabras que pronunció la señorita Hargensen mientras limpiábamos los fregaderos del laboratorio de química: «Una persona no debe emplazar a nadie a menos que quiera una respuesta». Ese día yo quería una respuesta.

Probablemente ni siquiera se cargará, me dije. Lleva ahí años acumulando polvo. Pero se cargó. Cuando fui a buscarlo esa noche, después de que mi padre se acostara, vi el icono de la batería con toda su carga en el ángulo superior derecho.

Dios mío, eso sí fue abrir el baúl de los recuerdos. Vi e-mails de hacía mucho tiempo, fotos de mi padre antes de peinar canas, un intercambio de mensajes entre Billy Bogan y yo. En realidad, no contenían nada nuevo de interés, solo comentarios jocosos e información esclarecedora como Acabo de tirarme un pedo y preguntas incisivas como ¿Has hecho los deberes de álgebra? Éramos como dos niños conectados mediante un par de latas de conservas Del Monte y un cordel encerado. Que es a lo que se reduce la mayor parte de nuestras comunicaciones modernas, si uno se para a pensarlo: parlotear por parlotear.

Me llevé el teléfono a la cama, tal como hacía cuando aún no necesitaba afeitarme y cuando besar a Regina era el no va más. Solo que entonces la cama que en otro tiempo me había parecido grande se me antojaba casi demasiado pequeña. Miré el póster colgado en la pared opuesta de la habitación; era de Katie Perry; lo colgué ahí en el tercer curso de instituto, cuando la veía como la viva imagen de la diversión sexy. Ya no era el renacuajo de entonces, pero seguía siendo el mismo. Eso tiene su gracia.

«Si los fantasmas existen —había dicho la señorita Hargensen—, seguro que no todos son santos».

Al pensar en eso, casi abandoné mi plan. A continuación, imaginando una vez más a aquel capullo irresponsable jugando al tenis en su centro de rehabilitación, seguí adelante y pulsé el número del señor Harrigan. Tranquilo, me dije. No ocurrirá nada. No puede ocurrir nada. Es solo una manera de despejar el terreno mental para dejar la rabia y la pena atrás y pasar a lo siguiente.

Solo que parte de mí sabía que sí ocurriría algo, tanto era así que no me sorprendió oír el timbre en lugar de silencio. Ni su voz cascada hablándome al oído, procedente del teléfono que yo había metido en el bolsillo del muerto hacía casi siete años: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

—Hola, señor Harrigan, soy Craig. —Hablé con voz asombrosamente serena, si tenemos en cuenta que me dirigía a un cadáver y que tal vez el cadáver me estuviese escuchando—. Un tal Dean Whitmore mató a mi profesora preferida del instituto y a su marido. Ese hombre iba borracho y los embistió con su coche. Eran buenas personas; ella me prestó ayuda cuando la necesitaba, y ese hombre no ha recibido su merecido. Creo que eso es todo.

Solo que no lo era. Disponía al menos de alrededor de treinta segundos de mensaje, y no los había aprovechado todos. Así que dije el resto, la verdad, bajando aún más la voz, hasta hablar casi en un gruñido:

—Ojalá estuviera muerto.

Ahora trabajo para el Times Union, un periódico local que abarca Albany y alrededores. Me pagan una miseria, probablemente podría ganar más escribiendo para BuzzFeed o TMZ, pero tengo el colchón del fideicomiso, y me gusta trabajar para un periódico de verdad, pese a que hoy día la mayor parte de la acción transcurre en línea. Digamos que soy anticuado.

Había entablado amistad con Frank Jefferson, el experto en tecnología de la información del periódico, y una noche, mientras tomábamos unas cervezas en el Madison Pour House, le conté que en otro tiempo había logrado comunicarme con el buzón de voz de un muerto…, pero solo si lo llamaba desde el móvil viejo que tenía cuando ese hombre aún vivía. Pregunté a Frank si alguna vez había oído algo semejante.

—No —contestó—, pero sería posible.

—¿Cómo?

—Ni idea, pero los primeros ordenadores y móviles presentaban toda clase de fallos raros. Algunos son legendarios.

—¿Los iPhone también?

—Esos especialmente —dijo, y echó un trago de cerveza—. Porque la producción fue muy precipitada. Steve Jobs nunca lo habría reconocido, pero a la gente de Apple la aterrorizaba la posibilidad de que al cabo de un par de años, quizá solo uno, Blackberry dominara por completo el mercado. Algunos de aquellos primeros iPhone se bloqueaban cada vez que pulsabas la letra ele. Podías enviar un e-mail y navegar por la red, pero si intentabas navegar por la red y luego mandar un e-mail, a veces el teléfono se colgaba.

—De hecho, a mí me pasó un par de veces —dije—. Tuve que reiniciar.

—Ya. Pasaban muchas cosas de ese estilo. En cuanto a lo tuyo… Supongo que el mensaje de ese hombre se quedó atascado en el software, igual que un trozo de cartílago puede quedarse entre los dientes. Digamos que es como un fantasma dentro del aparato.

—Sí —convine—, pero no un fantasma santo.

—¿Eh?

—Nada —contesté.

Dean Whitmore murió durante su segundo día en el centro de rehabilitación de Raven Mountain, una clínica de desintoxicación situada en el norte de New Hampshire (disponía en efecto de pistas de tenis; también de pistas de tejo y piscina). Me enteré casi tan pronto como ocurrió, porque tenía activada una alerta en Google con su nombre tanto en mi portátil como en mi ordenador del Weekly Enterprise. No se mencionaba la causa de la muerte —poderoso caballero es don dinero, como es bien sabido—, así que decidí visitar la cercana localidad de Maidstone, en New Hampshire. Recurrí a mis dotes de periodista, hice unas cuantas preguntas y me desprendí de algo del dinero del señor Harrigan.

No me requirió mucho tiempo, porque en cuestión de suicidios el de Whitmore se salía bastante de lo común. Igual que es poco común que uno se estrangule mientras se la pela, podría decirse. En Raven Mountain, a los pacientes los llamaban «huéspedes» en lugar de drogotas o borrachos, y cada habitación tenía su propia ducha. Dean Whitmore se metió en la suya antes del desayuno y echó unos tragos de champú. No para suicidarse, por lo visto, sino para lubrificar la vía de acceso. Luego partió en dos una pastilla de jabón, tiró al suelo una mitad y se encajó la otra en la garganta.

La mayor parte de esa información se la sonsaqué a uno de los terapeutas, cuyo trabajo en Raven Mountain consistía en apartar a los alcohólicos y a los drogadictos de sus malos hábitos. Ese individuo, de nombre Randy Squires, sentado en mi Toyota, bebía a morro de una botella de Wild Turkey adquirida con parte de los cincuenta dólares que le había dado (y ciertamente no se me escapó la ironía). Pregunté si quizá Whitmore había dejado una nota de suicidio.

—Pues sí —respondió Squires—. Y tenía su lado enternecedor, de hecho. Era casi una plegaria. «Sigue dando todo el amor que te sea posible», decía.

Se me puso la carne de gallina en los brazos, pero las mangas lo ocultaron, y logré esbozar una sonrisa. Podría haberle dicho que no era una plegaria, sino un verso de «Stand By Your Man», de Tammy Wynette. En todo caso, Squires no habría sabido de qué iba, y no había razón alguna para que yo se lo explicara. Era algo entre el señor Harrigan y yo.

Dediqué tres días a esa pequeña investigación. Cuando regresé, mi padre me preguntó si había disfrutado de mis minivacaciones. Le contesté que sí. Me miró con atención y preguntó si pasaba algo. Dije que no, sin saber si era mentira o no.

Parte de mí aún creía que Kenny Yanko había muerto de manera accidental, y que Dean Whitmore se había suicidado, posiblemente por un sentimiento de culpabilidad. Traté de imaginar cómo podía el señor Harrigan habérseles aparecido y haber causado sus muertes, y me fue imposible. Si de verdad había ocurrido eso, yo era cómplice de asesinato, no desde un punto de vista legal pero sí moral. A fin de cuentas, había deseado la muerte de Whitmore. Probablemente, en el fondo de mi alma, también la de Kenny.

—¿Seguro? —dijo mi padre. Aún mantenía la mirada fija en mí, y con la expresión escrutadora que, como yo bien recordaba, me dirigía en mi primera infancia cuando acababa de hacer alguna trastada.

—Totalmente —respondí.

—Vale, pero, si necesitas hablar, aquí me tienes.

Sí, y yo daba gracias a Dios por eso, pero aquello era algo de lo que no podía hablar. No sin dar la impresión de que estaba loco.

Entré en mi habitación y cogí el viejo iPhone del estante del armario. Conservaba la carga de un modo admirable. ¿Por qué hice eso exactamente? ¿Me proponía telefonearlo a la tumba para darle las gracias? ¿Para preguntarle si de verdad estaba allí? No lo recuerdo, y supongo que tampoco importa, porque no llamé. Cuando encendí el teléfono, vi que tenía un mensaje de reypirata1. Pulsé con dedo trémulo para abrirlo y leí lo siguiente: C C C sT.

Mientras lo miraba, barajé una posibilidad que ni siquiera se me había pasado por la cabeza antes de ese día de finales de verano. ¿Y si de algún modo yo retenía como rehén al señor Harrigan? ¿Atado a mis preocupaciones terrenas mediante el teléfono que le había metido en el bolsillo de la chaqueta antes de que cerrasen la tapa del ataúd? ¿Y si lo que le había pedido le causaba daño? ¿Quizá incluso lo atormentaba?

No es probable, pensé. Recuerda lo que te contó la señora Grogan sobre Dusty Bilodeau. Dijo que, después de robar al señor Harrigan, no lo habría contratado ni el viejo Dorrance Marstellar para retirar la mierda de gallina de su granero a paladas. Él se encargó de eso.

Sí, y otra cosa. La señora Grogan dijo también que era un hombre íntegro, pero que, si tú no lo eras también, que Dios te ayudara. ¿Y había sido íntegro Dean Whitmore? No. ¿Había sido íntegro Kenny Yanko? Ídem. Así que tal vez el señor Harrigan había intervenido gustosamente. Tal vez incluso había disfrutado.

—Si es que estuvo presente —susurré.

Había estado presente. En el fondo de mi alma, lo sabía. Y sabía otra cosa. Sabía qué significaba ese mensaje: Craig, stop.

¿Porque le hacía daño a él o porque me lo hacía a mí mismo?

Decidí que a fin de cuentas tanto daba.

Al día siguiente, llovió a cántaros, esa clase de aguacero frío y sin aparato eléctrico que anuncia que las primeras tonalidades otoñales empezarán a aparecer en un par de semanas. Estuvo bien que lloviera, porque gracias a eso los veraneantes —los que quedaban— se habían refugiado en sus escondrijos de temporada y no había nadie en Castle Lake. Aparqué en la zona de picnic del extremo norte del lago y fui a pie hasta lo que los chavales llamaban los Salientes, el sitio donde, en traje de baño, se retaban a saltar. Algunos de nosotros incluso lo hacíamos.

Me acerqué al borde del precipicio, allí donde terminaba la pinocha y empezaba la roca desnuda, que era la verdad última de Nueva Inglaterra. Me llevé la mano al bolsillo derecho del pantalón caqui y saqué mi iPhone 1. Lo sostuve un momento, sopesándolo y recordando la emoción que había sentido aquella mañana de Navidad al desenvolver el paquete y ver el logo de Apple. ¿Había chillado de alegría? No lo recordaba, pero casi seguro.

Todavía quedaba batería, aunque ya menos del cincuenta por ciento. Telefoneé al señor Harrigan, y en la tierra oscura del cementerio de Elm, en el bolsillo de la chaqueta de un traje caro, para entonces moteado de moho, sonó, no me cabe duda, la canción de Tammy Wynette. Escuché su voz cascada de viejo una vez más, diciéndome que me devolvería la llamada si lo consideraba oportuno.

Aguardé el pitido.

—Gracias por todo, señor Harrigan —dije—. Adiós.

Corté la comunicación, eché el brazo atrás y lancé el teléfono con todas mis fuerzas. Lo observé trazar un arco por el cielo gris. Observé la pequeña salpicadura que produjo al caer en el agua.

Me llevé la mano al bolsillo izquierdo y saqué mi iPhone actual, el 5C con carcasa de color. Me proponía arrojarlo también al lago. Seguramente podía arreglármelas con el fijo, y seguramente desprenderme de él me haría la vida más fácil. Menos cháchara, no más mensajes para preguntarme Qué haces, no más emoticonos absurdos. Si conseguía trabajo en un periódico después de graduarme y necesitaba mantenerme en contacto, podía utilizar un móvil prestado y devolverlo una vez concluido el encargo para el cual lo necesitase.

Eché el brazo atrás, lo mantuve en esa posición durante lo que se me antojó un largo rato, quizá un minuto, quizá dos. Al final me guardé el teléfono en el bolsillo. Ignoro si todo el mundo es adicto a esas latas Del Monte de alta tecnología, pero sí sé que yo lo soy, y sé que el señor Harrigan lo era. Por eso le metí el móvil en el bolsillo aquel día. En el siglo XXI, creo, son nuestros teléfonos el medio por el que nos relacionamos con el mundo. Si es así, probablemente sea una mala relación.

O tal vez no. Después de lo ocurrido a Yanko y a Whitmore, y después de aquel último mensaje de reypirata1, hay muchas cosas de las que no estoy seguro. De la realidad misma, para empezar. No obstante, sí sé dos cosas, y son tan sólidas como la roca de Nueva Inglaterra. Cuando me muera, no quiero que me incineren, y quiero que me entierren con los bolsillos vacíos.

Publicado en Cuentos

El teléfono del señor Harrigan, de Stephen King (Parte 3)

El sobre contenía una sola hoja, y era el característico comunicado de Harrigan: sin sentimentalismos, ni siquiera un «Apreciado» en el encabezamiento, derecho al grano. Se lo leí en voz alta a mi padre.

Craig:

Si estás leyendo esto, he muerto. Te he dejado 800.000 dólares en un fideicomiso. Los administradores son tu padre y Charles Rafferty, que es mi gerente y que ahora actúa como mi albacea. Calculo que esta suma te bastará para los cuatro años de universidad y cualquier estudio de posgrado que decidas hacer. Debería ser suficiente para ayudarte a empezar en la profesión que elijas.

Me comentaste la posibilidad de dedicarte a escribir guiones. Si eso es lo que quieres, por supuesto debes intentarlo, pero yo no lo apruebo. Hay un chiste muy vulgar sobre los guionistas que no repetiré aquí, pero no dejes de buscarlo en tu teléfono; palabras clave: guionista y starlet. Contiene una verdad subyacente que creo que captarás incluso a tu edad actual. Las películas son efímeras; en cambio, los libros —los buenos— son eternos, o casi. Tú me has leído muchos buenos libros, pero otros esperan a ser escritos. Solo digo eso.

Aunque tu padre tiene derecho a veto en todo lo concerniente al fideicomiso, lo más inteligente por su parte sería no ejercerlo en lo concerniente a cualquier inversión que sugiera el señor Rafferty. En cuestiones de mercados, Chick se las sabe todas. Aun contando con los gastos académicos, tus 800.000 pueden haber aumentado a un millón o más para cuando llegues a los veintiséis años, fecha en que el fideicomiso expirará y podrás gastar ese dinero (o invertirlo, siempre la opción más sensata) como quieras. He disfrutado de nuestras tardes juntos.

Un saludo muy cordial,

Señor HARRIGAN

PD: En cuanto a las felicitaciones y los billetes adjuntos, no hay de qué.

Esa postdata me produjo ciertos escalofríos. Era casi como si contestara a la nota que le había dejado en el iPhone cuando decidí colocárselo en el bolsillo de la chaqueta del traje de difunto.

Mi padre ya no se reía ni dejaba escapar risitas, pero sí sonreía.

—¿Qué se siente al ser rico, Craig?

—Se siente uno bien —respondí, y por supuesto así era.

Se trataba de un regalo extraordinario, pero me complacía, quizá aún más, saber que el señor Harrigan tenía tan buen concepto de mí. Es posible que un cínico pensara que pretendo dármelas de virtuoso o algo así, pero no es eso. Es decir, el dinero era como un frisbee que se quedó encajado a media altura entre las ramas de un pino enorme de nuestro jardín cuando yo tenía ocho o nueve años: sabía que estaba ahí, pero no podía acceder a él. Y no me importaba. Por entonces tenía todo lo que necesitaba. Excepto al señor Harrigan, claro. ¿Qué iba a hacer las tardes de entre semana?

—Retiro todos mis comentarios sobre su tacañería —dijo mi padre al incorporarse al tráfico detrás de un reluciente todoterreno negro que algún hombre de negocios había alquilado en el aeropuerto de Portland—. Aunque…

—Aunque ¿qué? —pregunté.

—En vista de que no tenía familia y de lo rico que era, podría haberte dejado al menos cuatro millones. Quizá seis. —Advirtió mi mirada y empezó a reírse otra vez—. Es broma, chaval, es broma. ¿Vale?

Le di un puñetazo en el hombro y encendí la radio. Pasé de la WBLM («El zepelín del rock and roll de Maine») a la WTHT («La emisora de country n.º 1 de Maine»). Había desarrollado el gusto por el country. Nunca lo he perdido.

El señor Rafferty vino a cenar y, para lo flaco que era, se dio un buen atracón de espaguetis de mi padre. Le dije que ya sabía lo del fideicomiso y le di las gracias. «No me las des a mí», respondió, y nos explicó cómo se proponía invertir el dinero. Mi padre le contestó que hiciera lo que considerara oportuno, pero que lo mantuviera informado. Sí sugirió que John Deere podría ser un buen sitio para parte de la pasta, porque estaban introduciendo innovaciones a todo tren. El señor Rafferty dijo que lo tendría en cuenta, y más tarde averigüé que en efecto invirtió en Deere and Company, aunque solo una cantidad simbólica. La mayor parte fue a Apple y a Amazon.

Después de la cena, el señor Rafferty me estrechó la mano y me dio la enhorabuena.

—Harrigan tenía muy pocos amigos, Craig. Tú tuviste la suerte de ser uno de ellos.

—Y él tuvo la suerte de tener a Craig —añadió mi padre en voz baja, y me rodeó los hombros con el brazo.

Ante eso, se me formó un nudo en la garganta y, cuando el señor Rafferty se fue y me encontraba ya en mi habitación, lloré un poco. Procuré no hacer ruido para que mi padre no me oyera. Quizá lo conseguí, o quizá me oyó y supo que quería estar solo.

Cuando cesaron las lágrimas, encendí mi móvil, abrí Safari e introduje las palabras clave guionista y starlet. El chiste, que supuestamente tenía su origen en un novelista llamado Peter Feibleman, trata de una starlet tan desinformada que se folló al guionista. Probablemente ya lo habrán oído. Yo no lo conocía, pero capté la idea que el señor Harrigan intentaba transmitir.

Esa noche, alrededor de las dos, me despertó un trueno lejano, y cobré consciencia de nuevo de que el señor Harrigan había muerto. Yo estaba en mi cama, y él yacía bajo tierra. Vestía un traje y lo vestiría eternamente. Tenía las manos entrelazadas, y así seguirían hasta que fueran solo huesos. Si llovía después de ese trueno, tal vez el agua se filtrase y humedeciese su ataúd. No había encima cemento ni ninguna forma de revestimiento; él lo había especificado así en lo que la señora Grogan llamaba su «carta no entregada». Con el paso del tiempo, la tapa se pudriría. Lo mismo ocurriría con el traje. El iPhone, de plástico, duraría mucho más que el traje o el ataúd, pero al final desaparecería también. Nada era eterno, a excepción, quizá, de la mente de Dios, y a los trece años yo ya tenía mis dudas a ese respecto.

De pronto me asaltó la necesidad de oír su voz.

Y, caí en la cuenta, era posible.

Resultaba escalofriante (tanto más a las dos de la madrugada), y macabro, lo sabía, pero también sabía que, si lo hacía, podría volver a dormirme. Así que llamé, y se me erizó el vello al tomar conciencia de la elemental realidad de la tecnología móvil: en algún lugar del cementerio de Elm, bajo tierra, en el bolsillo de un muerto, Tammy Wynette cantaba dos versos de «Stand By Your Man».

Después llegó su voz a mi oído, clara y serena, solo un poco cascada por la edad: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

¿Y si en efecto me devolvía la llamada?

Corté la comunicación aun antes de que sonara el pitido y regresé a la cama. Cuando me disponía a taparme, cambié de idea, me levanté y telefoneé otra vez. No sé por qué. En esta ocasión sí esperé el pitido y, a continuación, dije: «Le echo de menos, señor Harrigan. Le agradezco el dinero que me ha dejado, pero renunciaría a él por tenerlo a usted todavía vivo. —Hice una pausa—. Puede que suene a falso, pero no lo es. De verdad que no».

Luego volví a la cama y me dormí casi tan pronto como apoyé la cabeza en la almohada. No soñé.

Tenía por costumbre encender el teléfono incluso antes de vestirme y leer las noticias en la aplicación Newsy News para asegurarme de que nadie había iniciado la Tercera Guerra Mundial ni se había producido algún atentado terrorista. La mañana posterior al funeral del señor Harrigan, vi un pequeño círculo rojo en el icono de SMS, lo que significaba que tenía un mensaje de texto. Supuse que era de Billy Bogan, un amigo y compañero de clase que tenía un Motorola Ming, o de Margie Washburn, que tenía un Samsung…, aunque desde hacía un tiempo venía recibiendo menos mensajes de Margie. Imagino que Regina se había ido de la lengua y le había contado lo del beso.

¿Conocen la expresión «helarse la sangre en las venas»? Pues puede ocurrir realmente. Lo sé porque a mí me pasó. Me quedé sentado en la cama con la mirada fija en el teléfono. El mensaje era de reypirata1.

Oí un traqueteo abajo, en la cocina, cuando mi padre sacó la sartén del armario contiguo al fogón. Por lo visto tenía intención de preparar un desayuno caliente, cosa que procuraba hacer una o dos veces por semana.

—¿Papá? —dije, pero el ruido continuaba, y lo oí decir algo que acaso fuera: «Sal de ahí, cabrona».

No me oyó, y no solo porque la puerta de mi habitación estuviera cerrada. Apenas me oí a mí mismo. El mensaje de texto me había helado la sangre y privado de voz.

El mensaje previo al más reciente había sido enviado cuatro días antes de la muerte del señor Harrigan. Rezaba: Hoy no hace falta que riegues las plantas, ya lo ha hecho la señora G. Debajo de este, se leía C C C aa.

Se había enviado a las 2.40 horas.

—¡Papá! —Esta vez levanté un poco más la voz, pero aún no fue suficiente. No sé si ya entonces estaba llorando, o si el llanto empezó cuando bajaba por la escalera, sin más ropa todavía que un calzoncillo y una camiseta de los Gates Falls Tigers.

Encontré a mi padre de espaldas. Había logrado sacar la sartén y estaba derritiendo mantequilla en ella.

—Espero que tengas hambre —dijo al oírme—. Yo desde luego estoy famélico.

—Papi —dije—. Papi.

Se volvió al oír que lo llamaba «papi», apelativo que había dejado de usar a los ocho o nueve años. Vio que no me había vestido. Vio que lloraba. Vio que le tendía el teléfono. Se olvidó de la sartén.

—¿Qué, Craig? ¿Qué te pasa? ¿Has tenido alguna pesadilla por el funeral?

Sin duda se trataba de una pesadilla, y probablemente ya fuera demasiado tarde —a fin de cuentas, era viejo—, pero quizá aún estuvieran a tiempo.

—Oh, papi. —En esa ocasión fue un balbuceo—. No está muerto. O al menos no lo estaba a las dos y media de la madrugada. Hay que desenterrarlo. Tenemos que hacerlo, porque lo enterramos vivo.

Se lo conté todo. Que había cogido el teléfono del señor Harrigan y se lo había metido en el bolsillo de la chaqueta. Porque llegó a significar mucho para él, expliqué. Y porque se lo había regalado yo. Le conté que había llamado a su número en plena noche, que la primera vez colgué, y luego volví a llamar y dejé un mensaje en el buzón de voz. No necesité enseñarle a mi padre el SMS que había recibido, porque él ya lo había visto. Lo había examinado, de hecho.

En la sartén, la mantequilla había empezado a quemarse. Mi padre se levantó y la apartó del fuego.

—Supongo que no te apetecerán unos huevos. —A continuación regresó a la mesa, aunque en lugar de ocupar su silla de costumbre, al otro lado, se sentó junto a mí y puso una mano sobre la mía—. Ahora escúchame.

—Ya sé que hacer eso fue macabro —dije—, pero si no lo hubiera hecho, no nos habríamos enterado. Tenemos que…

—Hijo…

—¡No, papá, escúchame! ¡Tenemos que mandar a alguien allí ahora mismo! ¡Un buldócer, una excavadora, aunque sea hombres con palas! Puede que aún esté…

—Craig, para. Es spoofing.

Lo miré boquiabierto. Sabía lo que significaba spoofing, pero la posibilidad de que yo hubiese sido víctima de eso —y en plena noche— no se me había pasado por la cabeza.

—Es cada vez más frecuente —comentó—. En el trabajo hubo incluso una reunión de personal sobre el tema. Alguien tuvo acceso al móvil de Harrigan. Lo clonó. ¿Sabes a qué me refiero?

—Sí, claro, pero, papi…

Me dio un apretón en la mano.

—Alguien con la esperanza de robar secretos empresariales, quizá.

—¡Estaba retirado!

—Pero seguía al tanto, él mismo te lo dijo. O tal vez iban detrás de los datos de su tarjeta de crédito. Quienquiera que fuese recibió tu mensaje de voz en el teléfono clonado y decidió gastarte una broma pesada.

—Eso no lo sabes —repuse—. ¡Papi, tenemos que comprobarlo!

—No lo comprobaremos, y te diré por qué. El señor Harrigan era un hombre rico que murió sin asistencia. Además, hacía años que no iba a ver a un médico, y eso que seguro que Rafferty le daba la matraca al respecto, aunque solo fuera porque no podía actualizar el seguro del viejo para cubrir una parte mayor del impuesto sobre sucesiones. Por todas esas razones, le hicieron la autopsia. Así averiguaron que murió de una enfermedad cardíaca avanzada.

—¿Lo abrieron?

Recordé que al dejar el teléfono le rocé el pecho con los nudillos. ¿Había cortes con puntos de sutura bajo la camisa blanca y bien planchada y la corbata? Si mi padre estaba en lo cierto, sí. Cortes con puntos de sutura en forma de Y. Lo había visto en la televisión. En CSI.

—Sí —respondió mi padre—. No me gusta contarte estas cosas, no quiero que te ronden por la cabeza, pero sería peor dejarte pensar que lo enterraron vivo. No fue así. Imposible. Está muerto. ¿Me entiendes?

—Sí.

—¿Quieres que me quede hoy en casa? Por mí no hay inconveniente.

—No, no pasa nada. Tienes razón. Me han hecho spoofing. —Y me habían dado un susto de muerte. Eso también.

—¿Qué planes tienes? Porque si vas a quedarte aquí pensando en cosas morbosas, me tomo el día libre. Podemos ir de pesca.

—No voy a quedarme pensando en cosas morbosas. Pero debería ir a su casa a regar las plantas.

—¿Te parece buena idea? —Me observaba atentamente.

—Se lo debo. Y quiero hablar con la señora Grogan. Para saber si en el testamento había también una… como se llame… a su nombre.

—Una disposición. Muy considerado por tu parte. Aunque a lo mejor te dice que no te metas donde no te llaman. Es una norteña de la vieja escuela esa mujer.

—Si no le ha dejado nada, me gustaría cederle parte de lo mío —dije.

Sonrió y me dio un beso en la mejilla.

—Eres un buen chico. Tu madre estaría orgullosa de ti. ¿Seguro que ya te encuentras bien?

—Sí.

Para demostrarlo, me comí unos huevos con tostadas, pese a que no me apetecían. Mi padre debía de estar en lo cierto: una contraseña robada, un teléfono clonado, una broma pesada y cruel. Sin duda no había sido el señor Harrigan, a quien le habían revuelto las entrañas como si fueran una ensalada y le habían sustituido la sangre por líquido de embalsamar.

Mi padre se fue a trabajar y yo me acerqué a la casa del señor Harrigan. La señora Grogan pasaba la aspiradora por el salón. A diferencia de otras veces, no cantaba, pero se la veía bastante serena y, cuando terminé de regar las plantas, me preguntó si me apetecía ir a la cocina a tomarme un té en su compañía («una tacita de alegría», como decía ella).

—También hay galletas —añadió.

Entramos en la cocina, y mientras hervía el agua, le hablé del señor Harrigan y de que me había dejado dinero en un fideicomiso para la universidad.

La señora Grogan asintió con toda naturalidad, como si no esperara menos, y dijo que también ella había recibido un sobre del señor Rafferty.

—El jefe me ha dejado bien provista. Más de lo que yo esperaba. Puede que más de lo que merezca.

Dije que esa misma sensación tenía yo.

La señora G llevó el té a la mesa, un tazón grande para cada uno. En medio colocó una bandeja de galletas de avena.

—A él le encantaban —comentó la señora Grogan.

—Sí. Decía que le ayudaban a soltar el lastre.

Eso la hizo reír. Cogí una galleta y di un bocado. Mientras masticaba, me acordé del texto de la Primera Epístola a los Corintios que había leído en la asociación juvenil metodista durante el oficio del Jueves Santo y el Domingo de Resurrección hacía solo unos meses: «Y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Tomad y comed. Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; haced esto en conmemoración mía”». Las galletas no eran la comunión —seguramente el reverendo habría considerado esa idea una blasfemia—, pero me la comí encantado de todos modos.

—También tuvo en cuenta a Pete —informó la señora G. Se refería a Pete Bostwick, el jardinero.

—Todo un detalle —dije, y alargué la mano para coger otra galleta—. Era un buen hombre, ¿verdad?

—De eso ya no estoy tan segura —contestó—. Era íntegro, eso por descontado, pero no te convenía ponerte a malas con él. ¿No te acordarás por casualidad de Dusty Bilodeau? No, imposible, era anterior a tus tiempos.

—¿De los Bilodeau, los que viven en el parque de caravanas?

—Sí, exacto, al lado de la tienda, pero no creo que Dusty esté entre ellos. Ese debió de poner tierra por medio hace mucho. Fue el jardinero antes que Pete, pero no llevaba ni ocho meses en el puesto cuando el señor Harrigan lo sorprendió robando y lo puso de patitas en la calle. No sé cuánto se llevó, ni cómo lo descubrió el señor Harrigan, pero el asunto no acabó con el despido. Ya sé que conoces algunas de las donaciones que el señor H hizo a este pueblo y las distintas maneras en que ayudó, pero Mooney no contó ni la mitad, quizá por ignorancia, quizá por falta de tiempo. La caridad es buena para el alma, pero también otorga poder a un hombre, y el señor Harrigan utilizó el suyo con Dusty Bilodeau.

Meneó la cabeza. En parte, creo, por admiración. Poseía esa veta de dureza norteña.

—Espero que birlara al menos unos cientos de dólares del escritorio del señor Harrigan o del cajón de los calcetines o de donde fuera, porque ese fue el último dinero que recibió en el pueblo de Harlow, condado de Castle, estado de Maine. Después de aquello, aquí no lo habría contratado ni el viejo Dorrance Marstellar para retirar a paladas la mierda de gallina de su granero. El señor Harrigan se encargó de eso. Era un hombre íntegro, pero si tú no lo eras también, que Dios te ayudara. Coge otra galleta.

Cogí otra galleta.

—Y tómate el té, chico.

Me bebí el té.

—Me parece que voy a limpiar el piso de arriba. Puede que cambie las sábanas de las camas en lugar de quitarlas sin más, al menos por ahora. ¿Qué crees que será de esta casa?

—Uf, no lo sé.

—Yo tampoco. Ni idea. Me cuesta imaginar que alguien la compre. El señor Harrigan era único en su género, y lo mismo puede decirse de… —extendió los brazos— de todo esto.

Pensé en el ascensor de cristal y llegué a la conclusión de que la señora G tenía razón.

Cogió otra galleta.

—¿Y qué pasará con las plantas? ¿Alguna idea?

—Me llevaré un par, si no hay problema —dije—. En cuanto a las demás, no sé.

—Yo tampoco. Y la nevera está llena. Supongo que eso podríamos repartirlo en tres partes: para ti, para mí y para Pete.

Tomad, comed. Haced esto en conmemoración mía, pensé.

Dejó escapar un suspiro.

—Más que nada estoy confusa. Alargo unas cuantas tareas como si fueran muchas. No sé qué voy a hacer con mi vida, y lo digo con el corazón en la mano. ¿Y tú, Craig? ¿Tú qué planes tienes?

—Ahora mismo voy abajo a rociar el maitake —dije—. Y si está segura de que no hay problema, me llevaré al menos la violeta africana cuando me vaya a casa.

—Claro que estoy segura —respondió con su acento norteño—. Todas las que quieras.

Se marchó arriba y yo bajé al sótano, donde el señor Harrigan guardaba sus hongos en varios terrarios. Mientras rociaba el maitake, pensé en el mensaje de texto que había recibido de reypirata1 en plena noche. Mi padre tenía razón: por fuerza era una broma. Pero ¿un bromista no habría enviado algo por lo menos medio ocurrente, como Sálvame, estoy atrapado en una caja o el viejo chiste No me molestes, estoy descomponiéndome? ¿Por qué iba a limitarse a enviar un bromista una doble a, que al pronunciarla sonaba a gorgoteo o a estertor de muerte? ¿Y por qué iba a enviar mi inicial un bromista? ¿Y no solo una vez o dos, sino tres?

Acabé llevándome cuatro plantas de interior del señor Harrigan: la violeta africana, el anthurium, la peperomia y la dieffenbachia. Las distribuí por la casa, reservándome la dieffenbachia para mi habitación, porque era mi preferida. Pero no hacía más que dejar pasar el tiempo, y lo sabía. En cuanto las plantas estuvieron colocadas, saqué una botella de Snapple de la nevera, la metí en la alforja de mi bicicleta y me dirigí al cementerio de Elm.

Estaba vacío en aquella calurosa mañana de verano, y fui derecho a la tumba del señor Harrigan. La lápida —nada excepcional, una simple losa de granito con el nombre y las fechas— seguía en su sitio. Abundaban las flores, todas frescas todavía (eso no duraría), la mayoría con tarjetas entre los tallos. El ramo más grande, quizá procedente de los parterres del propio señor Harrigan —y por respeto, no por mezquindad—, era de la familia de Pete Bostwick.

Me arrodillé, pero no recé. Me saqué el teléfono del bolsillo y lo sostuve en la mano. El corazón me latía con tal fuerza e intensidad que veía pequeños puntos negros ante los ojos. Fui a mis contactos y lo llamé. A continuación aparté el teléfono, apoyé el costado de la cara a la tierra de la fosa recién rellenada y escuché con atención. Esperaba oír a Tammy Wynette.

Y me pareció oírla, de hecho, aunque debieron de ser imaginaciones mías. Su voz tendría que haber traspasado la chaqueta, la tapa del ataúd y casi dos metros de tierra. Pero me pareció oírla. No, miento: tuve la certeza de que la oía. El teléfono del señor Harrigan cantando «Stand By Your Man» ahí abajo, dentro de la tumba.

A mi otro oído, el que no tenía pegado al suelo, llegaba la voz del señor Harrigan, muy débil pero audible en la letárgica quietud de aquel lugar: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

Sin embargo, no la devolvería, fuera oportuno o no. Estaba muerto.

Me marché a casa.

En septiembre de 2009, empecé la secundaria en el colegio de Gates Falls, junto con mis amigos Margie, Regina y Billy. Íbamos hasta allí en un autobús pequeño y asendereado, lo que pronto nos valió entre los chicos de Gates el jocoso mote de Enanos del Autobús Corto. Con el tiempo crecí (aunque me quedé cinco centímetros por debajo del metro ochenta, lo que, digamos, me partió el corazón), pero aquel primer día de colegio yo era el más bajo de octavo. Lo cual me convertía en el blanco perfecto de Kenny Yanko, un fornido camorrista que ese año repetía curso y cuya foto debería haber figurado en el diccionario junto a la palabra «matón».

Nuestra primera clase no fue en absoluto una clase, sino una asamblea para los alumnos nuevos de los pueblos del distrito escolar: Harlow, Motton y Shiloh Church. Aquel año (y muchos venideros) el director era un hombre alto y desgarbado con una calva tan reluciente que parecía encerada. Era el señor Albert Douglas, conocido entre los niños como Al el Beodo o Doug el Borrachín. En realidad, ningún niño lo había visto jamás bebido, pero por aquel entonces era artículo de fe que bebía como una esponja.

Ocupó la tarima, dio la bienvenida a la escuela de secundaria de Gates Falls a «este grupo de excelentes alumnos nuevos» y expuso todas las maravillas que nos esperaban en el año académico entrante. Incluían la banda de música, el coro, el club de debate, el club de fotografía, los Futuros Granjeros de Estados Unidos y todos los deportes que pudiéramos practicar (siempre y cuando fueran béisbol, atletismo, fútbol o lacrosse; la opción del fútbol americano no llegaría hasta el instituto). Nos informó sobre los Viernes de la Elegancia, el día en que, una vez al mes, se esperaba que los chicos llevaran corbata y americana de sport y las chicas vestido (la falda, no más de cinco centímetros por encima de la rodilla, por favor). Por último, nos dijo que no debía someterse en absoluto a novatadas a los alumnos de fuera del pueblo. Es decir, a nosotros. Por lo visto, el año anterior un alumno al que habían transferido de Vermont había acabado en el Hospital General Central de Maine después de verse obligado a tragar tres botellas de Gatorade, y habían prohibido esa tradición. A continuación nos expresó sus mejores deseos y nos animó a iniciar lo que llamó «nuestra aventura académica».

Mi temor ante la posibilidad de perderme en un nuevo colegio enorme resultó infundado, porque en realidad no era enorme ni mucho menos. Todas mis clases, excepto la séptima, literatura inglesa, eran en la primera planta, y me gustaron todos los profesores. Tenía cierto miedo a la clase de matemáticas, pero resultó que continuamos con el programa prácticamente donde yo lo había dejado, así que no hubo problema. Me sentí bastante a gusto con todo hasta que llegó el cambio de aula entre la sexta y la séptima hora, para el que disponíamos de cuatro minutos.

Me dirigí por el pasillo hacia la escalera, dejando atrás los portazos de las taquillas, los chicos de palique y el olor a macarrones a la boloñesa procedente del comedor. Acababa de llegar a lo alto de la escalera cuando una mano me agarró.

—Eh, novato. No tan deprisa.

Me di la vuelta y vi a un ogro de metro ochenta con el rostro plagado de acné. El cabello negro le colgaba hasta los hombros en mechones grasientos. Unos ojos pequeños y oscuros me escrutaban desde debajo de una frente prominente. Rebosaban falso júbilo. Vestía vaqueros de pitillo y botas de motero gastadas. En una mano sostenía una bolsa de papel.

—Cógela.

Sin saber de qué iba aquello, la cogí. Los chavales pasaban apresuradamente por mi lado y seguían escaleras abajo, algunos lanzando fugaces miradas de soslayo al chico del cabello negro largo.

—Echa un vistazo dentro.

Obedecí. Contenía un paño, un cepillo y una lata de betún Kiwi. Traté de devolverle la bolsa.

—Tengo que irme a clase.

—Nada de eso, novato. No hasta que me limpies las botas.

Ahora ya sabía de qué iba. Era una novatada, y pese a que el director las había prohibido de forma expresa esa mañana, estuve a punto de obedecer. Pero pensé en todos aquellos chicos que corrían escalera abajo. Verían al pequeño paleto de Harlow arrodillado con el paño, el cepillo y el betún. Se correría la voz. Aun así, tal vez lo habría hecho, porque ese chico era mucho más grande que yo, y no me gustaba la expresión de sus ojos. Me encantaría hacerte picadillo, decía esa mirada. Dame una excusa, novato.

Pensé entonces en lo que pensaría el señor Harrigan si me viera allí de rodillas lustrando humildemente los zapatos a aquel palurdo.

—No —contesté.

—«No» es un puto error que no te conviene cometer —dijo el chico—. Más te vale creértelo.

—¡Chicos! ¡Eh, chicos! ¿Algún problema?

Era la señorita Hargensen, mi profesora de ciencias. Joven y guapa, no debía de haber salido hacía mucho de la universidad, pero se comportaba con un aplomo que daba a entender que no aceptaba tonterías.

El grandullón negó con la cabeza: ningún problema.

—Todo en orden —dije, y entregué la bolsa a su dueño.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la señorita Hargensen. No me miraba a mí.

—Kenny Yanko.

—¿Y qué llevas en esa bolsa, Kenny?

—Nada.

—No será algo relacionado con una novatada, ¿verdad?

—No —contestó Kenny—. Tengo que ir a clase.

También yo debía irme. La multitud de chicos que bajaba por la escalera empezaba a disminuir, y estaba a punto de sonar el timbre.

—No lo dudo, Kenny, pero espera un segundo. —Desplazó la atención hacia mí—. Craig, ¿no?

—Sí, señorita.

—¿Qué hay en la bolsa, Craig? Tengo curiosidad.

Pensé en decírselo. No porque creyera que la sinceridad es la mejor política o alguna de esas bobadas propias de un boy scout, sino porque ese otro chico me había asustado y mi cabreo era considerable. Y (bien podía admitirlo) porque contaba con la intervención de un adulto. De pronto pensé: ¿Cómo manejaría el señor Harrigan esta situación? ¿Se chivaría?

—El resto de su almuerzo —respondí—. Medio bocadillo. Me ha preguntado si lo quería.

Si la señorita Hargensen hubiera cogido la bolsa y mirado dentro, los dos habríamos estado en un apuro, pero no lo hizo… pese a que seguro que lo sabía. Se limitó a decirnos que nos fuéramos a clase y se alejó acompañada del tableteo de sus zapatos de medio tacón aptos para el colegio.

Me disponía a bajar por la escalera cuando Kenny Yanko volvió a agarrarme.

—Deberías habérmelas limpiado, novato.

Eso me cabreó aún más.

—Acabo de salvarte el culo. Deberías darme las gracias.

Él se sonrojó, lo cual, con todos aquellos volcanes en erupción en el rostro, no lo favoreció especialmente.

—Deberías habérmelas limpiado. —Empezó a alejarse, pero se volvió, todavía con la absurda bolsa de papel en la mano—. Y una mierda te voy a dar yo las gracias, novato. Una mierda bien grande para ti.

Al cabo de una semana, Kenny Yanko se las tuvo con el señor Arsenault, el profesor del taller de carpintería, y le lanzó una lijadora. Durante los dos años que Kenny llevaba en la escuela de secundaria de Gates Falls lo habían expulsado temporalmente nada menos que tres veces —después de mi enfrentamiento con él en lo alto de la escalera, me enteré de que era una especie de leyenda—, y esa fue la gota que colmó el vaso. Lo expulsaron, y pensé que mis problemas con él habían terminado.

Como la mayoría de los colegios de pueblo, la escuela de secundaria de Gates Falls tenía mucho apego a las tradiciones. Los Viernes de la Elegancia eran solo una de tantas. Estaba la de Llevarse el Botín (es decir, plantarse delante del IGA y pedir donativos para el Departamento de Bomberos), y la de Hacer la Milla (dar veinte vueltas corriendo en el gimnasio durante la clase de educación física), y la de cantar el himno del colegio en las asambleas mensuales.

Otra de esas tradiciones era el Baile de Otoño, inspirado en el día de Sadie Hawkins, donde eran las niñas quienes debían invitar a los niños. A mí me invitó Margie Washburn, y por supuesto acepté; quería seguir siendo su amigo a pesar de que no me gustaba en ese sentido, no sé si me explico. Le pedí a mi padre que nos llevara en coche, a lo cual accedió encantado. Regina Michaels invitó a Billy Bogan, así que fue una cita doble. Lo mejor de todo fue que, en la hora de estudio, Regina me susurró que había invitado a Billy solo porque era amigo mío.

Me lo pasé en grande hasta el primer descanso, cuando salí del gimnasio para evacuar parte del ponche. Justo llegaba a la puerta de los lavabos cuando alguien me agarró por el cinturón con una mano y por la nuca con la otra y me empujó por el pasillo hasta la salida lateral, que daba al aparcamiento del profesorado. Si no hubiese extendido una mano para accionar la barra de apertura de la puerta, Kenny me habría empotrado de cara contra ella.

Conservo un recuerdo perfecto de lo que siguió. Ignoro por qué son tan nítidos los malos recuerdos de la infancia y la primera adolescencia; solo sé que es así. Y ese es un recuerdo muy malo.

Después del calor del gimnasio (por no hablar de la humedad exudada por todos aquellos cuerpos adolescentes en plena floración), el aire de la noche me resultó sorprendentemente frío. Vi reflejada la luz de la luna en los cromados de los dos coches aparcados, que pertenecían a los supervisores de esa noche, el señor Taylor y la señorita Hargensen (a los profesores nuevos les endosaban esa tarea porque, como puede adivinarse, era una tradición de la escuela de secundaria de Gates Falls). Oí el petardeo del silenciador averiado de algún coche en la Interestatal 96. Y sentí la rozadura en las palmas de las manos al caer en el asfalto del aparcamiento cuando Kenny Yanko me tiró de un empujón.

—Ahora levántate —ordenó—. Tienes un trabajo pendiente.

Me puse en pie. Me miré las palmas de las manos y vi que me sangraban.

Encima de uno de los coches aparcados había una bolsa. La cogió y me la tendió.

—Límpiame las botas. Hazlo y estaremos en paz.

—Vete a la mierda —dije, y le asesté un puñetazo en el ojo.

Un recuerdo perfecto, ¿vale? Recuerdo todas las veces que me pegó: cinco golpes en total. Recuerdo que, con el último, me arrojó contra la pared de hormigón del edificio y que ordené a mis piernas que me sostuvieran, cosa que se negaron a hacer. Sencillamente me deslicé pared abajo hasta quedar sentado en el asfalto. Recuerdo los acordes de «Boom Boom Pow», de los Black Eyed Peas, lejanos pero audibles. Recuerdo a Kenny de pie ante mí, con la respiración agitada, que dijo: «Cuéntaselo a alguien y eres hombre muerto». Sin embargo, de todos esos recuerdos, el que se me quedó más grabado —y atesoro— fue la sublime y brutal satisfacción que sentí cuando mi puño entró en contacto con su cara. Fue el único golpe que pude propinarle, pero le di de pleno.

Boom Boom Pow.

Cuando se marchó, saqué el teléfono del bolsillo. Tras asegurarme de que no se había roto, llamé a Billy. No se me ocurrió nada más. Contestó cuando el timbre sonaba por tercera vez y levantó la voz para hacerse oír por encima del canturreo de Flo Rida. Le pedí que saliera y trajera a la señorita Hargensen. No quería implicar a un profesor, pero, incluso medio grogui, supe que por fuerza ocurriría tarde o temprano, así que decidí adelantarme. Pensé que así habría manejado la situación el señor Harrigan.

—¿Por qué? ¿Qué pasa, tío?

—Me han dado una paliza —respondí—. Creo que es mejor que no vuelva a entrar. No tengo muy buen aspecto.

Salió al cabo de tres minutos, no solo con la señorita Hargensen, sino también con Regina y Margie. Mis amigos me miraron consternados el labio partido y la nariz ensangrentada. Además, tenía la ropa salpicada de sangre y la (flamante) camisa rota.

—Acompáñame —me indicó la señorita Hargensen. No pareció inmutarse al ver la sangre, el moretón de mi mejilla y la incipiente hinchazón en mi boca—. Y vosotros también, todos.

—No quiero entrar ahí —contesté, refiriéndome al anexo del gimnasio—. No quiero que me vean.

—Lo entiendo —dijo ella—. Vamos por aquí.

Nos guio hacia una entrada en la que se leía SOLO PERSONAL AUTORIZADO, abrió con una llave y nos llevó a la sala de profesores. No era lo que se dice lujosa, había visto muebles mejores en los jardines de Harlow cuando la gente organizaba subastas, pero había sillas, y me senté en una. Cogió un botiquín y mandó a Regina al cuarto de baño en busca de un paño frío para aplicármelo en la nariz, que, según dijo, no parecía rota.

Regina, cuando volvió, estaba visiblemente impresionada.

—¡Ahí dentro hay crema de manos Aveda!

—Es mía —informó la señorita Hargensen—. Coge un poco si quieres. Ponte esto en la nariz, Craig. Aguántalo. ¿Quién os ha traído, chicos?

—El padre de Craig —contestó Margie. Contemplaba con los ojos muy abiertos aquel territorio recién descubierto. Como era evidente que mi vida no corría peligro, se dedicaba a registrarlo todo para comentarlo después con sus amigas.

—Llámalo —dijo la señorita Hargensen—. Déjale a Margie tu teléfono, Craig.

Margie llamó a mi padre y le pidió que fuera a recogernos. Él dijo algo. Margie escuchó y después contestó:

—Bueno, ha habido un pequeño problema. —Escuchó un poco más—. Hummm… bueno…

Billy cogió el teléfono.

—Le han dado una paliza, pero está bien. —Escuchó y me tendió el teléfono—. Quiere hablar contigo.

Cómo no iba a querer. Después de preguntar si me encontraba bien, quiso saber quién había sido. Le dije que no lo sabía, pero que pensaba que quizá fuera un chico del instituto que había estado intentando colarse en el baile.

—Estoy bien, papá. No le demos mayor importancia, ¿vale?

Respondió que sí tenía importancia. Yo insistí en que no. Él repitió que sí. Así seguimos durante un rato, y al final, tras exhalar un suspiro, dijo que llegaría lo antes posible. Corté la comunicación.

—En principio no puedo darte nada para el dolor —comentó la señorita Hargensen—; eso solo puede hacerlo la enfermera del colegio, y con permiso de los padres, pero ella no está, así que… —Cogió su bolso, que colgaba de una percha junto con su abrigo, y echó un vistazo en el interior—. Chicos, ¿va a delatarme alguno de vosotros, con lo que quizá pierda el empleo?

Mis tres amigos negaron con la cabeza. Lo mismo hice yo, aunque con cuidado. Kenny me había alcanzado en la sien izquierda con un buen gancho. Ojalá el muy cabrón se hubiese hecho daño en la mano.

La señorita Hargensen sacó un frasco de Aleve.

—Mi reserva particular. Billy, tráele un poco de agua.

Billy volvió con un vaso de papel. Tragué la pastilla y me sentí mejor de inmediato. Así de grande es el poder de la sugestión, sobre todo cuando la sugestión parte de una mujer joven y preciosa.

—Vosotros tres, ahuecad el ala —ordenó la señorita Hargensen—. Billy, ve al gimnasio y dile al señor Taylor que volveré dentro de diez minutos. Chicas, salid a esperar al padre de Craig. Hacedle señas para que se acerque a la puerta del personal.

Se marcharon. La señorita Hargensen se inclinó hacia mí, se acercó tanto que olí su perfume, maravilloso. Me enamoré de ella. Sabía que aquello era cursi, pero no pude evitarlo. Alzó dos dedos.

—Dime, por favor, que no ves tres o cuatro.

—No, solo dos.

—Vale. —Se irguió—. ¿Ha sido Yanko? Ha sido él, ¿verdad?

—No.

—¿Te crees que soy tonta? Dime la verdad.

Creía que era guapa, eso creía, pero no podía decírselo.

—No, no creo que sea tonta, pero no ha sido Kenny. Y mejor así. Porque, imagínese, si hubiera sido él, seguramente lo detendrían, porque ya lo han expulsado. Entonces iría a juicio, y yo tendría que presentarme en el juzgado y contar que me dio una paliza. Todo el mundo se enteraría. Piense en la vergüenza que pasaría.

—¿Y si pega a alguien más?

En ese momento me acordé del señor Harrigan; invoqué su espíritu, por así decirlo.

—Eso será problema del otro. A mí lo único que me preocupa es lo que me ha hecho a mí.

Intentó fruncir el ceño. Pero una gran sonrisa se dibujó en sus labios, y me enamoré de ella aún más.

—Qué frialdad.

—Solo quiero salir adelante —dije. Y era la pura verdad.

—¿Sabes una cosa, Craig? Creo que lo conseguirás.

Cuando llegó mi padre, me miró de arriba abajo y felicitó a la señorita Hargensen por su trabajo.

—En mi vida anterior, fui ayudante de un boxeador —dijo.

Él se rio. Ninguno de los dos propuso una visita a urgencias, lo cual fue un alivio.

Mi padre nos llevó a los cuatro a casa, así que nos perdimos la segunda parte del baile, pero nos dio igual. Billy, Margie y Regina habían tenido una experiencia más interesante que la de agitar las manos en el aire al son de las canciones de Beyoncé y Jay Z. En cuanto a mí, seguía reviviendo el satisfactorio calambre que me había recorrido el brazo cuando mi puño entró en contacto con el ojo de Kenny Yanko. Iba a dejarle un magnífico ojo a la virulé, y me pregunté cómo lo explicaría. «Tío, tropecé con una puerta». «Tío, tropecé con una pared». «Tío, estaba meneándomela y se me resbaló la mano».

Ya en casa, mi padre volvió a preguntarme si sabía quién había sido. Contesté que no.

—No sé si creerte, hijo.

Callé.

—¿Quieres dejarlo correr sin más? ¿Es así como debo interpretarlo?

Asentí con la cabeza.

—De acuerdo. —Suspiró—. Supongo que lo entiendo. Yo también fui joven en otro tiempo. Es algo que los padres dicen a sus hijos tarde o temprano, pero dudo que los hijos se lo crean.

—Yo me lo creo —aseguré, y era verdad, pese a que me resultó gracioso imaginarme a mi padre como un renacuajo de metro sesenta y cinco en los tiempos de los teléfonos fijos.

—Al menos dime una cosa. Tu madre se pondría hecha una fiera conmigo solo por preguntártelo, pero como no está aquí… ¿Se lo has devuelto?

—Sí. Solo una vez, pero de pleno.

Mi respuesta le arrancó una sonrisa.

—Vale. Pero debes entender que si vuelve a por ti, será asunto de la policía. ¿Queda claro?

Contesté que sí.

—Esa profesora tuya… me cae bien… Ha dicho que debía tenerte en pie al menos durante una hora y comprobar que no te mareas. ¿Te apetece un trozo de tarta?

—Claro.

—¿Con una taza de té?

—Por supuesto.

Así que nos tomamos la tarta y un gran tazón de té, y mi padre me contó anécdotas que no tenían nada que ver con líneas compartidas de teléfono fijo, ni con colegios de una sola aula donde no había más calefacción que una estufa de leña, ni con televisores que solo sintonizaban tres canales (ninguno si el viento derribaba la antena del tejado). Me contó que Roy DeWitt y él encontraron material pirotécnico en el sótano de Roy, y cuando lanzaron los cohetes, uno entró en la caja de yesca de Frank Driscoll y se prendió fuego. Frank Driscoll los amenazó con decírselo a sus padres si no le cortaban cuatro metros cúbicos de leña. Me contó que su madre lo oyó llamar Gran Jefe Abalorios al viejo Philly Loubird, de Shiloh Church, y le lavó la boca con jabón, indiferente a sus promesas de que nunca volvería a decir algo así. Me contó las peleas —trifulcas, las llamó— en las que se enzarzaban casi todos los viernes por la noche en el RolloDrome de Auburn los chicos del instituto Lisbon y los del Edward Little, donde estudiaba mi padre. Me contó que un par de chicos mayores le quitaron el bañador en White’s Beach («Volví a casa envuelto con la toalla»), y que una vez un chico lo persiguió por Carbine Street, en Castle Rock, con un bate de béisbol («Me acusaba de haberle hecho un chupetón a su hermana, cosa que no era verdad»).

En efecto, había sido joven en otro tiempo.

Me sentía bien cuando subí a mi habitación, pero empezaba a pasárseme el efecto del Aleve que me había dado la señorita Hargensen, y para cuando acabé de desvestirme, esa sensación de bienestar también declinaba ya. Estaba casi seguro de que Kenny Yanko no volvería a emprenderla conmigo, pero no del todo. ¿Y si sus amigos empezaban a darle la vara con el asunto del ojo a la virulé? ¿A burlarse de él por eso? ¿A reírse, incluso? ¿Y si Kenny se cabreaba y decidía que lo propio era un segundo asalto? Si eso ocurría, posiblemente yo no conseguiría asestar siquiera un buen golpe; a fin de cuentas, el puñetazo en el ojo había sido por sorpresa. Podía mandarme al hospital o algo peor.

Me lavé la cara (con mucho cuidado), me cepillé los dientes, me metí en la cama, apagué la luz y me quedé allí inmóvil, reviviendo lo sucedido. El sobresalto cuando me agarró por detrás y me empujó por el pasillo. El puñetazo en el pecho. El puñetazo en la boca. Cuando pedí a mis piernas que me sostuvieran y las piernas me dijeron «quizá en otro momento».

Una vez a oscuras, la idea de que Kenny no había zanjado su asunto conmigo me resultó cada vez más verosímil. Lógica, incluso, tal como las cosas más disparatadas parecen lógicas cuando uno está solo y a oscuras.

Así pues, volví a encender la luz y telefoneé al señor Harrigan.

No esperaba oír su voz, solo quería hacer como si hablara con él. Lo que esperaba era silencio, o un mensaje grabado anunciándome que el número al que llamaba estaba fuera de servicio. Le había metido el teléfono en el bolsillo de la chaqueta del traje de difunto hacía tres meses, y las baterías de esos primeros iPhone duraban solo doscientas cincuenta horas incluso en modo ahorro. Es decir, ese teléfono debía de estar tan muerto como él.

Pero sonó. No tenía por qué sonar, la realidad se oponía totalmente a la idea misma de que eso ocurriese, pero a cinco kilómetros de allí, en el cementerio de Elm, bajo tierra, Tammy Wynette cantaba «Stand By Your Man».

Cuando el timbre sonaba por quinta vez, llegó a mi oído su voz ligeramente cascada de viejo. Como siempre, directo al grano, sin invitar siquiera a la otra persona a dejar un número o un mensaje. «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

Tras el pitido, me oí hablar. No recuerdo haber pensado las palabras que iba a decir; mi boca parecía articular por propia iniciativa.

—Esta noche me han dado una paliza, señor Harrigan. Ha sido un chico grande, un imbécil; Kenny Yanko, se llama. Quería que le lustrara los zapatos, y me he negado. No lo he delatado porque he pensado que el asunto acabaría ahí; intentaba pensar como usted, pero sigo preocupado. Ojalá pudiéramos hablar.

Callé un momento.

—Me alegro de que su móvil todavía funcione, aunque no me lo explico.

Callé un momento.

—Le echo de menos. Adiós.

Corté la llamada. Consulté en Recientes para asegurarme de que realmente había telefoneado. Ahí constaba su número, junto con la hora: 23.02. Apagué el iPhone y lo dejé en la mesilla. Apagué la lámpara y me dormí casi en el acto. Eso ocurrió un viernes por la noche. La noche del día siguiente —o tal vez el domingo de madrugada—, Kenny Yanko murió. Se ahorcó, aunque yo no me enteré de eso, ni de ningún otro detalle, hasta un año después.

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El teléfono del señor Harrigan, de Stephen King (Parte 2)

Mientras bajaba de vuelta a casa, pateando terrones de nieve de la última nevada de ese año, pensé en lo que el señor Harrigan acababa de decir: que internet era como una cañería rota que perdía información en lugar de agua. Eso era válido asimismo para el portátil de mi padre, y los ordenadores del colegio, y los de todo el país. Los de todo el mundo, de hecho. Pese a que para él el iPhone era tan nuevo que apenas sabía encenderlo, ya comprendía la necesidad de arreglar la fuga en esa tubería si se quería que los negocios —al menos como él los conocía— siguieran funcionando como siempre. No estoy seguro, pero creo que vaticinó la aparición de los muros de pago uno o dos años antes de que el término se acuñara siquiera. Yo desde luego por entonces no lo conocía, como tampoco conocía la forma de sortear las operaciones restringidas, lo que acabó conociéndose como jailbreaking. Los muros de pago llegaron, pero para entonces la gente ya se había acostumbrado a recibir contenidos gratis y les molestó verse obligados a aflojar la mosca. La gente que se encontró con el muro de pago del New York Times pasó a otras webs como la CNN o el Huffington Post (generalmente de mala gana), pese a que la información no era de igual calidad. (A menos, claro está, que uno deseara conocer los detalles de una nueva moda conocida como «escote lateral»). El señor Harrigan tenía toda la razón al respecto.

Esa noche, después de la cena, una vez lavados y guardados los platos, mi padre abrió el portátil en la mesa.

—He encontrado una web nueva —dijo—. Se llama previews.com, donde pueden verse los próximos estrenos.

—¿En serio? ¡Veamos alguno!

Así que durante la siguiente media hora vimos tráilers de películas que de lo contrario habríamos tenido que ver en un cine.

El señor Harrigan se habría mesado los cabellos. Los pocos que le quedaban.

Cuando volvía de casa del señor Harrigan aquel día de marzo de 2008, estaba casi seguro de que se equivocaba en una cosa. «Seguramente no lo usaré mucho», había dicho, pero yo había advertido la expresión de su rostro al examinar el mapa que mostraba los cierres de Coffee Cow. Y la prontitud con que había accedido a utilizar su nuevo teléfono para llamar a alguien de Nueva York. (En parte su abogado, en parte su gestor, como averiguaría más tarde, no su agente).

Y acerté. El señor Harrigan usó bastante ese teléfono. Fue como la vieja tía solterona que, por probar, toma un sorbo de coñac después de sesenta años de abstinencia y se convierte en discreta alcohólica casi de la noche a la mañana. Al poco tiempo, el iPhone estaba siempre en la mesilla junto a su sillón preferido cuando yo llegaba por la tarde. Ignoro a cuánta gente telefoneaba, pero sí sé que a mí me llamaba casi todas las noches para hacerme alguna que otra pregunta sobre las posibilidades de su nueva adquisición. Una vez me dijo que era como un antiguo buró, lleno de cajoncitos y escondrijos y casillas que fácilmente podían pasarse por alto.

Encontró la mayoría de los escondrijos y casillas él mismo (recurriendo a diversas fuentes por internet), pero al principio lo ayudé yo; lo capacité, por así decirlo. Cuando me dijo que detestaba el remilgado toque de xilófono que sonaba al recibir una llamada entrante, se lo cambié por un fragmento de «Stand By Your Man» cantada por Tammy Wynette. Al señor Harrigan le pareció muy gracioso. Le enseñé a poner el teléfono en silencio para que no lo molestara cuando se echaba la siesta por la tarde, a programar la alarma y a grabar un mensaje para cuando no le apeteciera contestar. (El suyo era de una concisión ejemplar: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno»). Empezó a desenchufar el teléfono fijo durante su cabezada diaria, y me fijé en que cada vez lo dejaba más tiempo desenchufado. Me enviaba mensajes de texto, que hace diez años llamábamos IM. En el campo de detrás de su casa, sacaba fotografías de setas con el teléfono y las enviaba por correo electrónico para que las identificaran. Tomaba notas mediante la función correspondiente y descubría vídeos de sus artistas country preferidos.

«Esta mañana he perdido una hora de hermosa luz veraniega viendo vídeos de George Jones», me dijo más adelante ese año con una mezcla de vergüenza y un peculiar orgullo.

En una ocasión le pregunté por qué no se compraba un portátil. Podría hacer todo lo que había aprendido a hacer con el teléfono, y en la pantalla más grande vería a Porter Wagoner en todo su enjoyado esplendor. El señor Harrigan se limitó a menear la cabeza y reírse.

—Apártate de mí, Satanás. Es como si me hubieras enseñado a fumar marihuana y disfrutarlo y ahora dijeras: «Si le gusta la hierba, seguro que le gustará la heroína». Me parece que no, Craig. Con esto me basta. —Y dio unas afectuosas palmadas al teléfono, como si tocara a un pequeño animal dormido. Un cachorro, por decir algo, que por fin ha aprendido a hacer sus necesidades fuera de casa.

En otoño de 2008 leímos ¿Acaso no matan a los caballos?, y una tarde el señor Harrigan me interrumpió antes de tiempo (dijo que todos esos maratones de baile eran agotadores) y entramos en la cocina, donde la señora Grogan había dejado un plato con galletas de avena. El señor Harrigan caminaba despacio, apoyándose en sus bastones. Yo lo seguía, con la esperanza de poder sostenerlo si se caía.

Se sentó con un gruñido y una mueca, y cogió una galleta.

—La buena de Edna —dijo—. Me encantan, y desde luego ayudan a soltar lastre. Sirve un vaso de leche para cada uno, ¿quieres, Craig?

Mientras estaba en ello, acudió a mi mente la pregunta que tantas veces se me había olvidado hacerle.

—¿Por qué se mudó aquí, señor Harrigan? Podría vivir en cualquier sitio.

Cogió su vaso de leche y, como siempre, lo alzó a modo de brindis, y yo, como siempre, lo imité.

—¿Tú dónde vivirías, Craig? Si pudieras, como tú dices, vivir en cualquier sitio.

—A lo mejor en Los Ángeles, donde hacen las películas. Podría empezar desde abajo, dedicándome al transporte de equipo o algo así, y luego abrirme camino. —A continuación le desvelé un gran secreto—. O a lo mejor podría escribir para el cine.

Pensé que quizá se reiría, pero no fue así.

—Bueno, supongo que alguien tiene que hacerlo. ¿Por qué no tú? ¿Y no añorarías tu pueblo? ¿Ver la cara de tu padre o poner flores en la tumba de tu madre?

—Ah, volvería —contesté, pero la pregunta y la mención de mi madre me dieron que pensar.

—Quería romper con todo —explicó el señor Harrigan—. Después de pasar toda mi vida en la ciudad, me crie en Brooklyn antes de que se convirtiera en…, no sé, una especie de planta en una maceta, deseaba alejarme de Nueva York en mis últimos años. Quería vivir en el campo, pero no el campo concebido para turistas, no en sitios como Camden o Castine o Bar Harbor. Quería un sitio donde las calles aún no estuvieran asfaltadas.

—Bueno —dije—, desde luego vino al sitio adecuado.

Se rio y cogió otra galleta.

—Me planteé ir a las Dakotas, ¿sabes?… y a Nebraska…, pero al final decidí que era un poco excesivo. Pedí a mi ayudante fotos de muchos pueblos de Maine, New Hampshire y Vermont, y aquí es donde me instalé. Por la altura. Ofrece vistas en todas las direcciones, pero no vistas espectaculares. Las vistas espectaculares podrían atraer a los turistas, precisamente lo que yo no quería. Esto me gusta. Me gusta la paz, me gustan los vecinos, y me gustas tú, Craig.

Me complació oírlo.

—Hay otra cosa. No sé qué habrás leído sobre mi vida profesional, pero si has leído algo, o lees algo en el futuro, verás que muchos opinan que fui despiadado mientras ascendía por lo que las personas envidiosas e intelectualmente ineptas llaman «la escala del éxito». Esa opinión no va del todo desencaminada. Me creé enemigos, lo admito sin ningún reparo. Los negocios son como el fútbol, Craig. Si tienes que derribar a alguien para llegar a la línea de meta, más te vale hacerlo, o no deberías ponerte el uniforme y saltar al terreno de juego. Pero cuando el partido termina, y el mío ha terminado aunque me mantenga en contacto, te quitas el uniforme y te vas a casa. Para mí, esto es ahora mi casa. Este rincón de Estados Unidos sin nada de particular, con su única tienda y un colegio que, según creo, cerrará pronto. Aquí la gente no se deja caer «solo para tomar una copa». No tengo que asistir a almuerzos de negocios con personas que siempre, siempre, quieren algo. No se me invita a reuniones de algún consejo de administración. No tengo que ir a actos benéficos donde me aburro como una ostra, ni despertarme a las cinco de la mañana por el ruido de los camiones de la basura en la calle Ochenta y uno. Me enterrarán aquí, en el cementerio de Elm, entre los veteranos de la Guerra de Secesión, y no tengo que hacer valer la jerarquía o sobornar a algún superintendente de tumbas para que me consiga un lugar de sepultura agradable. ¿Te sirve eso de explicación?

Sí y no. Él era un misterio para mí, hasta el final e incluso después. Pero quizá eso pueda aplicarse a todo el mundo. Pienso que en esencia vivimos solos. Por decisión propia, como en su caso, o sencillamente porque así es la vida.

—Más o menos —contesté—. Es una suerte que no se fuera a Dakota del Norte. Me alegro de eso.

Sonrió.

—Yo también. Coge otra galleta para comértela de camino a casa y saluda a tu padre de mi parte.

Con una base tributaria en descenso que ya no alcanzaba para mantenerlo, el pequeño colegio de seis aulas de Harlow cerró en junio de 2009, y me vi ante la perspectiva de cursar octavo en la escuela de enseñanza media de Gates Falls, en la otra orilla del río Androscoggin, con más de setenta alumnos por clase en lugar de solo doce. Ese fue el verano que besé a una chica por primera vez, no a Margie, sino a su amiga Regina. Fue también el verano que murió el señor Harrigan. Fui yo quien lo encontró.

Sabía que le costaba cada vez más moverse, y que se quedaba sin aliento más a menudo, por lo que en ocasiones se veía obligado a inhalar oxígeno de la botella que para entonces mantenía al lado de su sillón preferido, pero, aparte de esas cosas, que yo aceptaba sin más, no hubo ningún aviso. El día anterior fue como cualquier otro. Leí un par de capítulos de Avaricia (había preguntado al señor Harrigan si podíamos leer otro libro de Frank Norris, y accedió) y regué las plantas de interior mientras él revisaba sus e-mails.

Alzó la vista para mirarme.

—La gente se está dando cuenta —dijo.

—¿De qué?

Sostuvo en alto el teléfono.

—De esto. De lo que significa realmente. De lo que puede hacer. Arquímedes dijo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». He aquí ese punto de apoyo.

—Guay —contesté.

—Acabo de borrar tres anuncios de distintos productos y casi una docena de mensajes de propaganda política en busca de donaciones. No me cabe duda de que han difundido mi dirección de correo electrónico, de la misma manera que las revistas venden las direcciones de sus suscriptores.

—Menos mal que no saben quién es usted —comenté. El alias del señor Harrigan para su cuenta de correo electrónico (le encantaba tener un alias) era reypirata1.

—Si hacen un seguimiento de mis búsquedas, no les hará falta. Descubrirán mis intereses y adaptarán sus ofertas en consecuencia. Mi nombre no les dice nada. Mis intereses, sí.

—Sí, el spam es una lata. —Entré en la cocina para vaciar la regadera, que luego dejé en el vestíbulo.

Cuando regresé, el señor Harrigan tenía la boca y la nariz cubiertas con la mascarilla de oxígeno y respiraba hondo.

—¿Eso se lo ha dado el médico? —pregunté—. ¿Se lo ha… o sea… recetado?

Se la retiró para contestar.

—No tengo médico. Cuando rondas los ochenta y cinco años, puedes comer todo el picadillo de carne en conserva que te apetezca y ya no necesitas médico. A no ser que tengas cáncer. Entonces un médico viene bien para recetar analgésicos. —El señor Harrigan tenía la cabeza en otra parte—. ¿Has pensado en Amazon, Craig?

Mi padre compraba a veces en Amazon, pero no, yo en realidad no había pensado en ello. Se lo dije al señor Harrigan y le pregunté a qué se refería.

Señaló el ejemplar de Avaricia publicado por Modern Library.

—Esto me ha llegado de Amazon. Lo pedí con mi teléfono y mi tarjeta de crédito. Antes solo vendían libros. Era poco más que un negocio familiar, de hecho, pero pronto será una de las empresas más grandes e importantes de Estados Unidos. Su sonriente logo será tan omnipresente como el emblema de Chevrolet en los coches o este de nuestros teléfonos. —Alzó el suyo, mostrándome la manzana mordida—. ¿Es molesto el spam? Sí. ¿Se está convirtiendo en la cucaracha del comercio norteamericano, que se reproduce y corretea por todas partes? Sí. Porque el spam funciona, Craig. Tira del carro. En un futuro no muy lejano, puede que el spam decida los resultados de las elecciones. Si fuera más joven, cogería por los huevos esta nueva fuente de ingresos… —Cerró una mano. Apenas pudo contraer el puño a causa de la artritis, pero la idea me quedó clara—. Y apretaría. —Asomó a sus ojos aquella mirada que le veía a veces, la que me llevaba a dar gracias por no estar en su lista negra.

—Usted aún tiene para años —dije, feliz en la ignorancia de que esa era nuestra última conversación.

—Puede que sí, puede que no, pero quiero repetirte lo mucho que me alegro de que me convencieras de quedarme esto. Me ha dado algo en que pensar. Y es buena compañía cuando no puedo dormir por las noches.

—Me alegro —respondí, y así era—. Tengo que irme. Nos vemos mañana, señor Harrigan.

Yo sí lo vi a él, pero él a mí no.

Accedí como siempre por la puerta del vestíbulo al tiempo que me anunciaba.

—Hola, señor Harrigan, ya estoy aquí.

No contestó. Pensé que estaría en el baño. Esperé que no se hubiera caído allí dentro, porque era el día libre de la señora Grogan. Cuando entré en el salón y lo vi sentado en su sillón —con la botella de oxígeno en el suelo, el iPhone y Avaricia en la mesa a su lado—, me relajé. Salvo por el hecho de que tenía la barbilla apoyada en el pecho y se había desplomado un poco hacia un lado. Parecía dormido. En tal caso, era la primera vez que lo encontraba así a esas horas de la tarde. Se echaba una siesta de una hora después del almuerzo y, para cuando llegaba yo, estaba siempre bien despierto y despejado.

Me acerqué y advertí que no tenía los ojos del todo cerrados. Vi el arco inferior de sus iris, pero el azul había perdido nitidez. Presentaba un aspecto turbio, desvaído. Empecé a asustarme.

—¿Señor Harrigan?

Nada. Tenía entrelazadas en el regazo las manos, nudosas, flácidas. Uno de los bastones permanecía contra la pared, pero el otro se hallaba en el suelo, como si, al intentar cogerlo, lo hubiera tirado. Caí en la cuenta de que oía el silbido uniforme de la mascarilla de oxígeno, pero no el leve estertor de su respiración, un sonido al que me había acostumbrado tanto que ya rara vez lo notaba.

—Señor Harrigan, ¿está bien?

Avancé un par de pasos más; tendí la mano para despertarlo y la retiré. Nunca había visto a un muerto, pero pensé que quizá en ese momento tenía uno ante mis ojos. Alargué el brazo de nuevo y esta vez no me arredré. Lo agarré por el hombro (espantosamente huesudo bajo la camisa) y le di una sacudida.

—¡Señor Harrigan, despierte!

Una de las manos cayó del regazo y le quedó colgando entre las piernas. Se ladeó un poco más. Advertí entre sus labios los raigones amarillentos de los dientes. Aun así, pensé que, antes de llamar a alguien, debía asegurarme totalmente de que no estaba solo inconsciente o se había desmayado. Me asaltó un recuerdo, breve pero muy vivo, de mi madre leyéndome el cuento del niño que anunciaba la llegada del lobo.

Con las piernas como entumecidas, fui al cuarto de baño del pasillo, el que la señora Grogan llamaba «tocador», y volví con el espejo de mano que el señor Harrigan tenía en el estante. Lo sostuve ante su boca y su nariz. No lo empañó un aliento cálido. Entonces lo supe con certeza (aunque, volviendo la vista atrás, estoy casi seguro de que en realidad lo sabía ya cuando la mano cayó del regazo y quedó colgando entre las piernas). Me hallaba en el salón en compañía de un muerto, ¿y si alargaba el brazo y me agarraba? Él no haría una cosa así, naturalmente. Yo le caía bien, me tenía aprecio, pero recordé la expresión de sus ojos al decir —¡solo el día anterior, cuando aún vivía!— que, de ser más joven, cogería por los huevos esa nueva fuente de ingresos y apretaría. Y la forma en que había cerrado el puño para mayor claridad.

«Verás que muchos opinan que fui despiadado», había dicho.

Los muertos no alargaban el brazo para agarrarte más que en las películas de terror, los muertos no eran despiadados, los muertos no eran nada. Así y todo, me alejé del señor Harrigan mientras me sacaba el móvil del bolsillo trasero y no aparté la mirada de él cuando llamé a mi padre.

Mi padre dijo que seguramente no me equivocaba, pero, por si acaso, enviaría una ambulancia. ¿Quién era el médico del señor Harrigan? ¿Lo sabía? Contesté que no tenía médico (y bastaba con verle los dientes para saber que desde luego tampoco tenía dentista). Añadí que esperaría allí, y eso hice. Pero salí de la casa. Antes de marcharme, pensé en ponerle la mano caída de nuevo en el regazo. Estuve a punto, pero al final no reuní valor para tocarlo. Estaría frío.

En lugar de eso, cogí su iPhone. No fue un robo. Creo que me empujó a ello la aflicción, porque empezaba a tomar conciencia de la pérdida. Quería algo que fuera suyo. Algo que le importara.

Imagino que aquel fue el mayor funeral que se había celebrado en nuestra iglesia. También fue el cortejo fúnebre más largo en el traslado al cementerio, compuesto sobre todo por coches de alquiler. Asistieron lugareños, claro, entre otros Pete Bostwick, el jardinero, y Ronnie Smits, quien se había ocupado de la mayor parte de las obras de la casa (y sin duda se había enriquecido con ello), y la señora Grogan, el ama de llaves. Estaban también presentes otros vecinos del pueblo, porque en Harlow la gente lo apreciaba, pero en su mayoría los dolientes (si es que sentían dolor, y no habían ido solo a cerciorarse de que el señor Harrigan había muerto de verdad) eran hombres de negocios de Nueva York. No acudió ningún familiar. O sea, cero, ni uno, nadie. Ni siquiera una sobrina o un primo lejano. No se había casado, no había tenido hijos —tal vez una de las razones por las que al principio mi padre tuvo sus dudas sobre mis visitas a la casa— y había sobrevivido a todos los demás. Por eso fue el niño de su calle, el chaval al que pagaba para que fuera a leerle, quien lo encontró.

El señor Harrigan debía de saber que tenía los días contados, porque en la mesa de su despacho encontraron una hoja de su puño y letra en la que especificaba exactamente cómo quería que se realizaran sus ritos fúnebres. Era muy sencillo. La funeraria Hay & Peabody tenía anotado en sus libros de contabilidad un depósito en metálico desde 2004, una suma que bastaba para cubrir todos los gastos con holgura. No habría velatorio ni horario de visita, pero quería estar «adecentado, en la medida de lo posible» para que el ataúd pudiera mantenerse abierto durante el funeral.

Oficiaría el reverendo Mooney, y yo leería el capítulo cuarto de la Carta a los Efesios: «Sed mutuamente afables, compasivos, perdonándoos los unos a los otros, así como también Dios os ha perdonado a vosotros por Jesucristo». Vi que algunos de los asistentes con aspecto de hombres de negocios intercambiaban miradas al oírlo, como si el señor Harrigan no hubiera hecho gala de gran bondad con ellos, ni se hubiera mostrado demasiado pródigo con el perdón.

Quería tres himnos: «Abide With Me», «The Old Rugged Cross» e «In the Garden». Quería que la homilía del reverendo Mooney no durara más de diez minutos, y el reverendo concluyó en solo ocho, antes de lo previsto y, creo, todo un récord para él. En esencia, se limitó a enumerar todo lo que el señor Harrigan había hecho por Harlow, como financiar la reforma del pabellón Eureka Grange y reparar el puente cubierto del río Royal. También aportó la donación final en la recaudación de fondos para la piscina comunitaria, dijo el reverendo, pero rehusó el privilegio de que le pusieran su nombre.

El reverendo no explicó por qué, pero yo lo sabía. El señor Harrigan dijo que permitir que se pusiera tu nombre a algo no solo era absurdo, sino a la vez indigno y efímero. Al cabo de cincuenta años, añadió, o incluso veinte, eras solo un nombre en una placa a la que nadie prestaba atención.

Una vez cumplidas mis obligaciones como lector de la Biblia, me senté en la primera fila con mi padre y desde allí contemplé el féretro, delimitado en los extremos por jarrones con azucenas. La nariz del señor Harrigan sobresalía como la proa de un barco. Me dije que no debía mirarla, ni pensar que era graciosa u horrible (o las dos cosas), sino recordarlo a él tal como era. Un buen consejo, pero la vista se me iba hacia allí una y otra vez.

Cuando el reverendo concluyó su breve sermón, alzó la mano con la palma hacia abajo en dirección a los dolientes reunidos y dio la bendición.

—Ahora —dijo después— aquellos de vosotros que deseéis pronunciar unas últimas palabras de despedida podéis acercaros al féretro.

Cuando la gente se levantaba, se oyó un susurro de ropa y voces. Virginia Hatlen empezó a tocar el órgano muy suavemente, y caí en la cuenta —con una extraña sensación que en ese momento no reconocí pero que años más tarde describiría como surrealismo— de que era un popurrí de canciones country, entre ellas «Wings of a Dove» de Ferlin Husky, «I Sang Dixie» de Dwight Yoakam y, por supuesto, «Stand By Your Man». Así que el señor Harrigan incluso había dejado instrucciones con respecto a la música de cierre, y pensé: Bravo por él. Empezaba a formarse una fila, en la que se entremezclaban los lugareños con sus americanas de sport y pantalones caquis y los neoyorquinos con sus trajes y zapatos caros.

—¿Y tú, Craig? —musitó mi padre—. ¿Quieres verlo por última vez o no te hace falta?

Yo quería algo más que eso, pero no podía decírselo. Del mismo modo que no podía decirle lo mal que me sentía. Tomé conciencia de mis propias emociones en ese momento. No me asaltaron mientras leía el texto bíblico, tal como le había leído a él muchas otras cosas, sino mientras estaba allí sentado, viendo sobresalir su nariz. Cayendo en la cuenta de que su ataúd era un barco e iba a llevárselo en su último viaje. Uno que descendía hacia la oscuridad. Deseé llorar, y lloré, pero más tarde, en privado. Ciertamente prefería no hacerlo allí, entre desconocidos.

—Sí, pero quiero ponerme al final de la cola. Quiero ser el último.

Mi padre, gracias a Dios, no me preguntó por qué. Se limitó a darme un apretón en el hombro y se puso en la fila. Yo fui al vestíbulo, un poco incómodo con una chaqueta de sport que me iba justa de hombros porque por fin había empezado a dar el estirón. Cuando los últimos de la fila se hallaban más o menos en la mitad del pasillo central y tuve la certeza de que ya no se sumaría nadie más, me coloqué detrás de un par de hombres trajeados que hablaban en voz baja sobre —cómo no— las acciones de Amazon.

Para cuando llegué al ataúd, la música había cesado. El púlpito estaba vacío. Virginia Hatlen probablemente se había escabullido a la parte de atrás para fumar un cigarrillo, y el reverendo debía de estar en la sacristía, quitándose la sotana y peinándose el escaso cabello que le quedaba. En el vestíbulo había unas cuantas personas, hablando en susurros, pero allí en la iglesia nos hallábamos solos el señor Harrigan y yo, como tantas tardes en la casa grande de lo alto de la cuesta, con sus vistas buenas pero no turísticas.

Vestía un traje gris marengo que no le había visto nunca. El tipo de la funeraria le había aplicado un poco de colorete para darle un aspecto saludable, solo que las personas saludables no yacen en un ataúd con los ojos cerrados y con el rostro muerto iluminado por los últimos minutos de luz del día antes de acabar bajo tierra para siempre. Tenía las manos entrelazadas, lo que me llevó a recordar esas mismas manos cuando entré en su salón hacía apenas unos días. Parecía un muñeco de tamaño natural, y lamenté verlo de esa manera. No quería quedarme. Quería aire fresco. Quería estar con mi padre. Quería irme a casa. Pero antes tenía que hacer una cosa, y tenía que hacerla de inmediato, porque el reverendo Mooney podía volver de la sacristía en cualquier momento.

Me llevé la mano al bolsillo interior de la americana y saqué el teléfono del señor Harrigan. La última vez que estuve con él —vivo, quiero decir, no desplomado en su sillón ni con aspecto de muñeco en una caja cara—, me dijo que se alegraba de que lo hubiera convencido de que se quedase el teléfono. Añadió que era una buena compañía cuando no podía dormir por las noches. El teléfono estaba protegido con contraseña —como ya he dicho, aprendía deprisa cuando algo despertaba realmente su interés—, pero yo conocía la contraseña: pirata1. Lo había encendido en mi habitación la noche anterior al funeral y había accedido a la aplicación Notas. Deseaba dejarle un mensaje.

Me planteé escribir «Le quiero», pero no habría sido exacto. Desde luego me inspiraba simpatía, pero también cierto recelo. Creo que tampoco él me quería a mí. Posiblemente el señor Harrigan nunca había querido a nadie, quizá a excepción de la madre que lo crio después de que se marchara su padre (había hecho mis indagaciones). Al final decidí escribirle la siguiente nota: «Ha sido un privilegio trabajar para usted. Gracias por las felicitaciones, y por los billetes de rasca y gana. Lo echaré de menos».

Levanté la solapa de su chaqueta y, pese a que procuré no tocar la superficie inmóvil de su pecho bajo la impecable camisa blanca…, lo rocé con los nudillos un momento, y aún a día de hoy conservo un vívido recuerdo de esa sensación. Estaba duro, como si fuera de madera. Introduje el teléfono en el bolsillo interior y retrocedí. Justo a tiempo, dicho sea de paso. El reverendo salía ya por la puerta lateral arreglándose la corbata.

—¿Te estás despidiendo, Craig?

—Sí.

—Bien. Es lo correcto. —Deslizó un brazo en torno a mis hombros y me alejó del ataúd—. Tuviste una relación con él que, estoy seguro, mucha gente envidiaría. Ahora ¿por qué no sales y te reúnes con tu padre? Y si eres tan amable, diles al señor Rafferty y a los demás portadores del féretro que estaremos listos dentro de unos minutos.

En la puerta de la sacristía había aparecido otro hombre, con las manos entrelazadas ante sí. Bastaba con echar un vistazo al traje negro y el clavel blanco para saber que trabajaba en la funeraria. Supuse que su tarea consistía en cerrar la tapa del ataúd y asegurarse de que quedara bien firme. Al verlo me asaltó un repentino miedo a la muerte y me alegré de salir a la luz del sol. No le dije a mi padre que necesitaba un abrazo, pero él debió de notarlo, porque me envolvió en sus brazos.

No te mueras, pensé . Por favor, papá, no te mueras.

El oficio en el cementerio de Elm estuvo mejor, porque fue más breve y porque se celebró al aire libre. El gerente del señor Harrigan, Charles Rafferty, alias Chick, pronunció unas palabras sobre las diversas obras filantrópicas de su cliente; a continuación, arrancó alguna que otra risa al comentar que él, Rafferty, había tenido que soportar el «discutible gusto musical» del señor Harrigan. De hecho, ese fue el único detalle humano que fue capaz de introducir el señor Rafferty. Contó que había trabajado «para y con» el señor Harrigan durante treinta años, y yo no tuve razón alguna para dudar de su palabra, pero no parecía conocer gran cosa de su lado humano, aparte del «discutible gusto» por cantantes como Jim Reeves, Patty Loveless y Henson Cargill.

Pensé en adelantarme y contar a los reunidos en torno a la tumba que, en opinión del señor Harrigan, internet era como una cañería rota que perdía información en lugar de agua. Pensé en informarles de que guardaba en su teléfono un centenar de fotos de setas. Pensé en decirles que le gustaban las galletas de avena, porque ayudaban a soltar el lastre, y que cuando uno pasaba de los ochenta ya no necesitaba tomar vitaminas ni visitar al médico. Cuando uno pasaba de los ochenta, podía comer todo el picadillo de carne en conserva que quisiera.

Pero mantuve la boca cerrada.

Esa vez fue el reverendo Mooney quien leyó un texto de la Biblia, ese sobre la gran mañana del despertar en que todos nos levantaremos de entre los muertos como Lázaro. Impartió otra bendición, y se acabó. Cuando nos fuéramos, de vuelta a nuestra vida normal, depositarían al señor Harrigan en la fosa (con su iPhone en el bolsillo, gracias a mí), y la tierra lo cubriría, y el mundo no lo vería nunca más.

Cuando mi padre y yo nos íbamos, se acercó a nosotros el señor Rafferty. Dijo que su vuelo de regreso a Nueva York salía a la mañana siguiente y preguntó si podía pasarse por nuestra casa esa noche. Añadió que tenía algo de lo que hablar con nosotros.

En un primer momento, temí que pudiera guardar relación con el iPhone sustraído, pero no me explicaba cómo podía saber el señor Rafferty que me lo había llevado yo; además, se lo había devuelto a su legítimo dueño. Si me pregunta, pensé, le diré que, para empezar, fui yo quien se lo regaló. ¿Y qué importancia podía tener un teléfono de seiscientos pavos cuando el patrimonio del señor Harrigan debía de alcanzar un valor exorbitante?

—Cómo no —contestó mi padre—. Venga a cenar. Preparo unos espaguetis a la boloñesa para chuparse los dedos. Cenamos a eso de las seis.

—Le tomo la palabra —dijo el señor Rafferty. Sacó un sobre blanco con mi nombre escrito a mano en una letra que reconocí—. Puede que esto explique mi interés en hablar con ustedes al respecto. Lo recibí hace dos meses con instrucciones de guardarlo hasta… hummm… una ocasión como esta.

En cuanto estuvimos en el coche, mi padre se echó a reír, a carcajadas y con lágrimas en los ojos. Se rio y golpeó el volante; se rio y se golpeó el muslo, y se enjugó las mejillas, y luego se rio un poco más.

—¿Qué pasa? —pregunté cuando empezó a serenarse—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—No se me ocurre qué otra cosa podría ser —dijo. Ya no reía a mandíbula batiente, pero aún se le escapaba alguna risita.

—¿De qué demonios hablas?

—Sospecho que te ha mencionado en su testamento, Craig. Abre eso. A ver qué dice.

Publicado en Cuentos

El teléfono del señor Harrigan, de Stephen King (parte 1)

EL TELÉFONO DEL SEÑOR HARRIGAN

Mi pueblo tenía unos seiscientos habitantes (y todavía los tiene, pese a que yo me marché de allí), pero disponíamos de internet como en las grandes ciudades, así que mi padre y yo recibíamos cada vez menos correo postal. Por lo común, el señor Nedeau solo traía el semanario Time, publicidad dirigida al Ocupante o a Nuestros Amables Vecinos, y los recibos mensuales. Sin embargo, a partir de 2004, cuando cumplí nueve años y empecé a trabajar para el señor Harrigan, que vivía calle arriba, contaba con que llegaran anualmente a mi nombre por lo menos cuatro sobres con las señas escritas a mano: una felicitación el día de San Valentín en febrero, una felicitación de cumpleaños en septiembre, una felicitación por Acción de Gracias en noviembre y una felicitación navideña poco antes o poco después de las fiestas. Cada una contenía un billete por valor de un dólar de la lotería del estado de Maine, y la firma era siempre la misma: «Saludos del señor Harrigan». Sencillo y formal.

También la reacción de mi padre era siempre la misma: se reía y alzaba la vista al techo con actitud afable.

—Es un rácano —dijo un día. Puede que por entonces yo ya hubiera cumplido los once, y las felicitaciones llegaban desde hacía un par de años—. Racanea con la paga y racanea con la gratificación… un rasca y gana de la Lucky Devil que compra en Howie’s.

Señalé que, por lo general, uno de los cuatro rascas salía premiado con dos o tres pavos. Cuando eso ocurría, mi padre iba a Howie’s a recoger el dinero, porque en principio los menores no debían jugar a la lotería, por más que los billetes fueran regalados. En una ocasión, cuando, en un golpe de suerte, me tocaron nada menos que cinco dólares, pedí a mi padre que comprara otros cinco rascas de un dólar. Se negó, aduciendo que, si fomentaba mi adicción al juego, mi madre se revolvería en su tumba.

—Bastante mal está ya que lo haga Harrigan —dijo mi padre—. Además, debería pagarte siete dólares la hora. Quizá incluso ocho. Desde luego puede permitírselo. Quizá cinco la hora sea legal, porque eres solo un niño, pero algunos lo considerarían explotación infantil.

—Me gusta trabajar para él —respondí—. Y me cae bien, papá.

—Eso lo entiendo —admitió mi padre—, y tampoco es que por leerle y limpiarle el jardín te conviertas en un Oliver Twist del siglo XXI, pero, aun así, es un rácano. Me sorprende que esté dispuesto a desembolsar el dinero de los sellos para mandar esas felicitaciones cuando entre su buzón y el nuestro no habrá más de quinientos metros.

Nos encontrábamos en el porche delantero de casa, bebiendo Sprite, cuando mantuvimos esa conversación, y mi padre señaló con el pulgar calle arriba (una calle sin asfaltar, como casi todas en Harlow), en dirección a la casa del señor Harrigan. Que de hecho era una mansión, con piscina cubierta, terraza interior, un ascensor de cristal en el que me encantaba subir, y fuera, en la parte de atrás, un invernadero donde antiguamente había una vaquería (antes de mis tiempos, pero mi padre la recordaba bien).

—Ya sabes lo mal que está de la artritis —dije—. Ahora a veces usa dos bastones en lugar de uno. Bajar hasta aquí a pie lo mataría.

—Entonces bien podría darte en mano las malditas felicitaciones —dijo mi padre. En sus palabras no había malevolencia; de hecho, hablaba en broma. El señor Harrigan y él se llevaban bien. Mi padre se llevaba bien con todo el mundo en Harlow. Por eso, supongo, era un buen vendedor—. ¿Qué le cuesta, con todo el tiempo que pasas allí?

—No sería lo mismo —contesté.

—¿No? ¿Por qué no?

Me fue imposible explicarlo. Gracias a tanta lectura, yo poseía un amplio vocabulario, pero tenía poca experiencia de la vida. Solo sabía que me gustaba recibir esas felicitaciones, las esperaba con ilusión, y también los billetes de lotería que siempre rascaba con mi moneda de la suerte, y la firma con aquella anticuada caligrafía: «Saludos del señor Harrigan». Volviendo la vista atrás, me viene a la cabeza la palabra «ceremonial». Era como la costumbre que tenía el señor Harrigan de ponerse una de aquellas raquíticas corbatas negras suyas cuando los dos íbamos en coche al pueblo, aunque él solía quedarse sentado al volante de su sobrio sedán Ford leyendo el Financial Times mientras yo entraba en el supermercado IGA con su lista de la compra. Esa lista contenía siempre picadillo de carne en conserva y una docena de huevos. El señor Harrigan comentaba a veces que un hombre, al llegar a cierta edad, podía vivir perfectamente a base de huevos y picadillo de carne en conserva. Cuando le pregunte qué edad era esa, me respondió: sesenta y ocho.

—Cuando un hombre llega a los sesenta y ocho —dijo—, ya no necesita vitaminas.

—¿De verdad?

—No —contestó—. Lo digo solo para justificar mis malos hábitos alimentarios. ¿Encargaste o no el servicio de radio por satélite para este coche, Craig?

—Sí. —Desde el ordenador de mi padre en casa, porque el señor Harrigan no tenía.

—¿Y dónde está, entonces? Lo único que sintonizo es a ese charlatán de Limbaugh.

Le enseñé cómo acceder a la radio XM. Giró el mando hasta que, después de pasar por algo así como un centenar de emisoras, encontró una especializada en música country. Sonaba «Stand By Your Man».

Esa canción aún me produce escalofríos, y supongo que siempre será así.

Aquel día de mi undécimo año de vida, mientras mi padre y yo bebíamos Sprite y mirábamos hacia la casa grande (que era precisamente como la llamaban los vecinos de Harlow: la Casa Grande, como si fuera la cárcel de Shawshank), dije:

—Recibir cartas es guay.

Mi padre levantó la vista al cielo, gesto habitual en él.

—El correo electrónico es guay. Y los móviles. A mí esas cosas me parecen milagros. Tú eres demasiado joven para entenderlo. Si hubieses crecido sin nada más que una línea compartida con otras cuatro casas, incluida la de la señora Edelson, que nunca callaba, no pensarías lo mismo.

—¿Cuándo podré tener móvil? —Era una pregunta que venía haciendo muy a menudo ese año, y con mayor frecuencia después de que salieran a la venta los primeros iPhone.

—Cuando decida que tienes edad suficiente.

—Como tú digas, papá. —Esa vez fui yo quien alzó la vista al cielo, y él se rio.

A continuación adoptó una expresión seria.

—¿Te haces idea de lo rico que es John Harrigan?

Me encogí de hombros.

—Sé que antes tenía fábricas.

—Tenía mucho más que fábricas. Antes de retirarse, era el mandamás de una empresa que se llamaba Oak Entreprises, propietaria de una compañía naviera, centros comerciales, una cadena de cines, una empresa de telecomunicaciones y no sé cuántas cosas más. En el Parquet, Oak era una de las más grandes.

—¿Qué es el Parquet?

—La Bolsa. El juego de apuestas de los ricos. Cuando Harrigan vendió su parte del negocio, la operación no salió solo en la sección económica del New York Times; salió en primera plana. Ese hombre que va en un Ford de hace seis años, vive al final de una calle sin asfaltar, te paga cinco pavos la hora y te envía un rasca y gana de un dólar cuatro veces al año tiene más de mil millones de dólares. —Mi padre esbozó una sonrisa—. Y mi peor traje, el que tu madre me haría donar a la beneficencia si aún viviera, es mejor que el que se pone él para ir a la iglesia.

Todo eso me resultó interesante, en especial la idea de que el señor Harrigan, que no tenía ordenador portátil, ni siquiera televisor, hubiese sido en otro tiempo dueño de una empresa de telecomunicaciones y de cines. Seguro que nunca iba al cine. Era lo que mi padre llamaba un ludita, término que describía (entre otras cosas) a un hombre a quien le desagradan los aparatos. La radio por satélite era una excepción, porque le gustaba el country y detestaba el sinfín de anuncios de WOXO, que era la única emisora de esa clase de música que sintonizaba la radio de su coche.

—¿Te haces idea de lo que son mil millones, Craig?

—Un número con muchos ceros, ¿no?

—Digamos que nueve ceros.

—¡Hala! —exclamé, pero solo porque me pareció que era lo que procedía.

Entendía cinco pavos, y entendía quinientos, el precio de un escúter de segunda mano a la venta en Deep Cut Road con el que soñaba (vanas ilusiones), y tenía una comprensión teórica de cinco mil, que era más o menos lo que mi padre ganaba al mes como vendedor en Parmeleau Tractors and Heavy Machinery, en Gates Falls. Siempre colgaban la foto de mi padre en la pared como Vendedor del Mes. Él sostenía que eso no era un gran mérito, pero a mí no me engañaba. Cuando conseguía ser el Vendedor del Mes, íbamos a cenar a Marcel’s, el restaurante francés caro de Castle Rock.

—«Hala» es la palabra adecuada —dijo mi padre, y brindó por la casa grande situada en lo alto de la cuesta, con todas aquellas habitaciones que, por lo general, no se utilizaban y el ascensor que el señor Harrigan aborrecía pero tenía que usar a causa de la artritis y la ciática—. «Hala» es la palabra adecuada, vaya si lo es.

Antes de hablarles del gran premio de lotería, y de la muerte del señor Harrigan, y de mis conflictos con Kenny Yanko cuando cursaba primero en el instituto de Gates Falls, debería contarles cómo empecé a trabajar para el señor Harrigan. Fue debido a la iglesia. Mi padre y yo íbamos a la Primera Metodista de Harlow, que era la única Metodista de Harlow. Antes había otra iglesia en el pueblo, a la que iban los baptistas, pero se incendió en 1996.

—Algunos lanzaban cohetes para celebrar la llegada de un bebé —me contó mi padre. Por entonces yo no tendría más de cuatro años, pero me acuerdo, posiblemente porque los cohetes me interesaban—. Qué cohetes ni qué demonios, pensamos tu madre y yo, y cuando naciste, para darte la bienvenida, quemamos una iglesia entera, Craigster, y no veas lo bien que ardió.

—No le digas esas cosas —intervino mi madre—. ¿Y si se lo cree y quema una iglesia cuando tenga su propio hijo?

Bromeaban mucho, y yo me reía incluso cuando no los entendía.

Los tres solíamos ir a pie a la iglesia; la nieve apisonada chirriaba bajo nuestras botas en invierno, y el polvo se levantaba en torno a nuestros zapatos buenos en verano (que mi madre limpiaba con un Kleenex antes de entrar); yo siempre iba cogido de mi padre con la mano izquierda y de mi madre con la derecha.

Era una buena madre. En 2004, cuando empecé a trabajar para el señor Harrigan, aún la echaba mucho de menos, pese a que ya hacía tres años que había muerto. Ahora, dieciséis años más tarde, todavía la echo de menos, aunque su rostro se ha desdibujado en mi memoria y las fotos solo refrescan un poco el recuerdo. Lo que dice la canción sobre los niños huérfanos de madre es cierto: lo pasan mal. Yo quería a mi padre y siempre nos llevamos bien, pero esa misma canción acierta también sobre otro detalle: hay muchas cosas que tu padre no entiende. Como hacer una guirnalda de margaritas y ponértela en la cabeza en el amplio campo de detrás de nuestra casa y decir que hoy no eres solo un niño pequeño, eres el rey Craig. Como sentir satisfacción pero actuar como si no tuviera mayor importancia —sin alardear y tal— cuando empiezas a leer cómics de Superman y Spiderman a los tres años. Como meterse en la cama contigo si te despiertas en plena noche por una pesadilla en la que te persigue el Doctor Octopus. Como abrazarte y decirte que no pasa nada cuando un niño mayor —Kenny Yanko, por ejemplo— te da una paliza de muerte.

Aquel día me habría venido bien uno de esos abrazos. Aquel día un abrazo de madre podría haber cambiado mucho las cosas.

No presumir de ser un lector precoz fue un regalo que me hicieron mis padres, el don de aprender pronto que uno no es mejor que los demás por poseer ciertas aptitudes. Pero se corrió la voz, como siempre ocurre en los pueblos pequeños, y cuando tenía ocho años, el reverendo Mooney me preguntó si me gustaría leer la enseñanza de la Biblia el Domingo de la Familia. Acaso la idea lo atrajo por la novedad misma del hecho; normalmente ese honor correspondía a un alumno del instituto. Ese domingo la lectura era del Evangelio según san Marcos, y después del oficio el reverendo dijo que lo había hecho tan bien que, si quería, podía repetirlo todas las semanas.

—Dice el reverendo que un niño los guiará —expliqué a mi padre—. Lo pone en el Libro de Isaías.

Mi padre dejó escapar un gruñido, como si eso no lo conmoviera demasiado. Luego asintió.

—Bien, siempre y cuando recuerdes que eres el medio, no el mensaje.

—¿Eh?

—La Biblia es la palabra de Dios, no la palabra de Craig; procura que no se te suba a la cabeza.

Le aseguré que eso no ocurriría, y durante los diez años siguientes —hasta que me marché a la universidad, donde aprendí a fumar hierba, beber cerveza y andar detrás de las chicas— leí la enseñanza semanal. Lo hice incluso en los peores momentos. El reverendo me daba la referencia bíblica por adelantado, capítulo y versículo. Después, en la catequesis metodista del jueves por la noche, le llevaba la lista de las palabras que no sabía pronunciar. Como consecuencia, puede que sea la única persona en el estado de Maine capaz no solo de pronunciar Nabucodonosor, sino también de escribirlo correctamente.

Uno de los hombres más ricos de Estados Unidos se instaló en Harlow unos tres años antes de que yo asumiera la tarea dominical de hacer llegar las Sagradas Escrituras a mis mayores. En otras palabras, a principios de siglo, justo después de vender sus empresas y retirarse, e incluso antes de que su gran casa estuviera acabada (la piscina, el ascensor y el camino de acceso pavimentado llegaron más tarde). El señor Harrigan asistía a la iglesia todas las semanas, vestido con su deslustrado traje negro con bolsas en los fondillos, una de esas corbatas negras estrechas pasadas de moda, y el cabello gris y ralo pulcramente peinado. El resto de la semana, ese cabello se erizaba en todas direcciones, como el de Einstein después de pasar un ajetreado día descifrando el cosmos.

Por aquel entonces, utilizaba solo un bastón, en el que se apoyaba cuando nos poníamos en pie para entonar los himnos que supongo que recordaré mientras viva…, y aquel verso de «The Old Rugged Croos» sobre el agua y la sangre que manaban de la herida en el costado de Jesús siempre me pondrá la carne de gallina, igual que el último verso de «Stand By Your Man» cuando Tammy Wynette da el do de pecho. El caso es que el señor Harrigan en realidad no cantaba, y mejor así, porque tenía una voz cascada y chirriante, pero formaba las palabras con la boca. Él y mi padre tenían eso en común.

Un domingo del otoño de 2004 (en nuestra parte del mundo todos los árboles eran una llamarada de color), leí parte del Libro Segundo de Samuel, conforme a mi labor habitual de impartir a los feligreses un mensaje que apenas entendía pero que, como bien sabía, el reverendo Mooney explicaría en la homilía: «Tu gloria, Israel, ha sucumbido en tus montañas. ¡Cómo han caído los héroes! No lo anunciéis en Gat, no lo divulguéis por las calles de Ascalón, que no se regocijen las hijas de los filisteos, no salten de gozo las hijas de los incircuncisos».

Cuando me senté en nuestro banco, mi padre me dio unas palmadas en el hombro y me susurró al oído: «Menudo trabalenguas». Tuve que taparme la boca para ocultar la sonrisa.

Al día siguiente, por la noche, cuando terminábamos de lavar los platos de la cena (mi padre fregaba, yo secaba y guardaba), el Ford del señor Harrigan se detuvo en el camino de acceso. Se oyó el golpeteo de su bastón en los peldaños de nuestro jardín delantero, y mi padre abrió antes de que llamara. El señor Harrigan rehusó pasar a la sala de estar y se sentó a la mesa de la cocina como un vecino cualquiera. Aceptó un Sprite cuando mi padre se lo ofreció, pero rechazó el vaso.

—Lo bebo de la botella, como hacía siempre mi padre —afirmó.

Como hombre de negocios, fue directo al grano. Si mi padre daba su aprobación, dijo el señor Harrigan, desearía contratarme para que le leyera dos o tres horas semanales. Por esa tarea, me pagaría cinco dólares la hora. Podía ofrecer otras tres horas de trabajo, añadió, si me prestaba a cuidar un poco el jardín y ocuparme de algún que otro quehacer, como retirar la nieve de la escalera de entrada en invierno y quitar el polvo donde fuera necesario quitarlo durante todo el año.

Veinticinco, tal vez incluso treinta dólares semanales, la mitad solo por leer, ¡que era algo que yo habría hecho sin cobrar! No me lo creía. De inmediato acudió a mi cabeza la idea de ahorrar para comprar un escúter, por más que no pudiera conducirlo legalmente durante otros siete años.

Era demasiado bueno para ser verdad, y yo temía que mi padre se negara, pero no fue así.

—Aunque nada de lecturas polémicas —advirtió mi padre—. Ni disparates políticos ni violencia excesiva. Lee como un adulto, pero solo tiene nueve años, y apenas.

El señor Harrigan se lo prometió, bebió algo de Sprite y chascó los correosos labios.

—Lee bien, sí, pero no es la principal razón por la que quiero contratarlo. No recita de forma monótona, ni siquiera cuando no entiende el texto. Eso me parece notable. No extraordinario, pero sí notable.

Dejó la botella e, inclinándose hacia delante, clavó en mí su penetrante mirada. A menudo vi una sonrisa en esos ojos, y a veces vi crueldad, pero solo en contadas ocasiones vi calidez, y aquella noche de 2004 no fue una de ellas.

—En cuanto a tu lectura de ayer, Craig. ¿Sabes lo que quiere decir «hijas de los incircuncisos»?

—La verdad es que no —contesté.

—Me lo imaginaba, y aun así utilizaste el tono correcto de ira y lamentación. Por cierto, ¿sabes lo que es «lamentación»?

—Llorar y cosas así.

Él asintió.

—Pero no te pasaste. No lo exageraste. Eso estuvo bien. Un lector es un transmisor, no un creador. ¿Te ayuda el reverendo Mooney con las palabras difíciles?

—Sí, a veces.

El señor Harrigan bebió un poco más de Sprite y, apoyándose en el bastón, se puso en pie.

—Dile que se dice Ascalón, no Asculón. Eso me pareció involuntariamente gracioso, pero yo tengo un sentido del humor muy basto. ¿Hacemos una prueba el miércoles a las tres? ¿A esa hora ya has salido del colegio?

Salía de la escuela primaria de Harlow a las dos y media.

—Sí. A las tres me va bien.

—¿Hasta las cuatro, pongamos? ¿O ya es demasiado tarde?

—Está bien —intervino mi padre. Parecía desconcertado por todo aquello—. No cenamos hasta las seis. Me gusta ver las noticias locales.

—¿Eso no le echa a perder la digestión?

Mi padre se rio, aunque creo que en realidad el señor Harrigan hablaba en serio.

—A veces sí. No soy un gran admirador del señor Bush.

—Es un poco cretino —coincidió el señor Harrigan—, pero al menos se ha rodeado de hombres que entienden de negocios. A las tres el miércoles, Craig, y no llegues tarde. No tengo paciencia con la gente impuntual.

—Tampoco nada subido de tono —añadió mi padre—. Ya tendrá tiempo de eso cuando sea mayor.

El señor Harrigan se lo prometió también, pero supongo que los hombres que saben de negocios también saben que es fácil dejar de lado las promesas, puesto que hacerlas es gratis. Ciertamente no había nada «subido de tono» en El corazón de las tinieblas, que fue el primer libro que le leí. Cuando terminé, el señor Harrigan me preguntó si lo había entendido. Dudo que pretendiera instruirme; solo sentía curiosidad.

—No gran cosa —contesté—, pero ese Kurtz estaba bastante loco. Hasta ahí he llegado.

Tampoco había nada subido de tono en el siguiente libro: Silas Marner, a mi modesto modo de ver, era un tostón. En cambio, el tercero fue El amante de Lady Chatterley, y desde luego ese sí fue una revelación. Corría el año 2006 cuando conocí a Constance Chatterley y a su rijoso guardabosque. Yo tenía diez años. Después de tanto tiempo, todavía recuerdo los versos de «The Old Rugged Cross» y, no de forma menos vívida, la escena en que Mellors acaricia a la dama y susurra «Eres maravillosa». Es bueno que los chicos aprendan cómo la trataba, y es bueno recordarlo.

—¿Entiendes lo que acabas de leer? —me preguntó el señor Harrigan después de un fragmento especialmente tórrido. También esta vez solo por curiosidad.

—No —respondí, aunque no era rigurosamente cierto. Entendí mucho mejor lo que ocurría entre Ollie Mellors y Connie Chatterley en el bosque que lo que ocurría entre Marlow y Kurtz allá en el Congo Belga. Es difícil desentrañar el sexo (cosa que descubrí incluso antes de ir a la universidad), pero más difícil aún es desentrañar la locura.

—Bien —contestó el señor Harrigan—, pero si tu padre te pregunta qué estamos leyendo, te sugiero que digas Dombey e hijo. Que de todos modos leeremos a continuación.

Mi padre no me lo preguntó —al menos en esa ocasión—, y sentí alivio cuando pasamos a Dombey, que fue la primera novela para adultos que, según recuerdo, me gustó de verdad. No quería mentir a mi padre, me habría sentido fatal, aunque estoy seguro de que eso al señor Harrigan le habría dado absolutamente igual.

Al señor Harrigan le gustaba que le leyera porque se le cansaba la vista con facilidad. Probablemente no necesitaba que le quitara las malas hierbas de los macizos de flores; Pete Bostwick, que cortaba el césped en sus cuatro mil metros cuadrados de jardín, lo habría hecho encantado, creo. Y Edna Grogan, su ama de llaves, le habría quitado el polvo encantada a su gran colección de esferas de nieve y pisapapeles de cristal antiguos, pero esa tarea la tenía asignada yo. Más que nada le gustaba tenerme por allí. Hasta poco antes de morir nunca me lo dijo, pero yo lo sabía. Solo que no sabía por qué, y aún ahora no estoy seguro de saberlo.

En una ocasión, cuando volvíamos de cenar en el restaurante Marcel’s de Castle Rock, mi padre preguntó de sopetón:

—¿Alguna vez Harrigan te ha tocado y te has sentido incómodo?

A mí me faltaban todavía años para poder dejarme siquiera un asomo de bigote, pero supe a qué se refería; para algo nos habían inculcado ya en tercero lo de «cuidado con los desconocidos» y los «toqueteos inapropiados».

—¿Si me manosea? ¿Eso quieres decir? ¡No! Jopé, papá, no es gay.

—De acuerdo. No te pongas así, Craigster. Tenía que preguntarlo. Porque pasas allí mucho tiempo.

—Si me manoseara, podría al menos mandarme rascas de dos dólares —dije, y mi padre se rio.

Venía a ganar unos treinta dólares semanales, y mi padre insistía en que ingresara al menos veinte en la cuenta de ahorros para la universidad. Cosa que yo hacía, aunque lo consideraba una soberana estupidez; cuando a uno incluso la adolescencia le parece muy lejana, la universidad bien podría estar en otra vida. Diez pavos a la semana seguían siendo una fortuna. Gastaba algo en hamburguesas y batidos que tomaba sentado a la barra de Howie’s Market, y la mayor parte en libros de bolsillo viejos de Dahlie’s, la librería de segunda mano de Gates Falls. Los que compraba no eran textos densos como los que leía para el señor Harrigan (incluso Lady Chatterley era denso cuando Constance y Mellors no andaban inmersos en alguna escena calenturienta). Me gustaban las novelas negras y las del Oeste como Tiroteo en Gila Bend y Rastro de plomo caliente. Leer para el señor Harrigan era trabajo. No es que me dejara la piel, pero era trabajo. Un libro como Un lunes los matamos a todos, de John D. MacDonald, era puro placer. Me dije que debía ahorrar el dinero que no ingresaba en el fondo universitario para uno de esos nuevos teléfonos de Apple que salieron a la venta en el verano de 2007, pero eran caros, unos seiscientos pavos, y a diez dólares semanales, necesitaría más de un año. Cuando uno tiene once y va para doce, un año es mucho tiempo.

Además, esos libros viejos con sus portadas de colores me atraían.

La mañana de Navidad de 2007, tres años después de empezar a trabajar para el señor Harrigan y dos años antes de su muerte, había solo un paquete para mí al pie del árbol, y mi padre me dijo que lo reservara para el final, cuando él hubiera admirado debidamente el chaleco de cachemira, las zapatillas y la pipa de madera de brezo que yo le había regalado. Resuelto ese asunto, retiré el envoltorio de mi único regalo, y chillé de entusiasmo al ver que me había comprado precisamente lo que yo más deseaba: un iPhone con tantas funciones distintas que a su lado el teléfono que llevaba mi padre instalado en el coche parecía una antigualla.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Ahora la antigualla es el iPhone que me regaló mi padre por Navidad en 2007, como la línea compartida entre cuatro familias de la que me había hablado rememorando su infancia. Ha habido muchísimos cambios, muchísimos adelantos, y se han producido muy deprisa. Mi iPhone de Navidad tenía solo dieciséis aplicaciones, y venían precargadas. Una de ellas era YouTube, porque en aquel entonces Apple y YouTube eran amigos (eso cambió). Una se llamaba SMS, que eran los mensajes de texto primitivos (sin emoticonos, palabra que aún no se había inventado, a menos que los hiciera uno mismo). Incluía una aplicación meteorológica que por lo general se equivocaba. Pero uno podía hacer llamadas telefónicas desde algo tan pequeño que cabía en el bolsillo trasero del pantalón y, mejor aún, disponía de Safari, que permitía conectarse con el mundo exterior. Cuando uno se criaba en un pueblo como Harlow, con calles de tierra y sin semáforos, el mundo exterior era un lugar extraño y tentador, y uno ansiaba tocarlo de un modo en el que la televisión se quedaba corta. O al menos eso me pasaba a mí. Todo quedaba en ese momento al alcance de los dedos, por gentileza de AT&T y Steve Jobs.

Incorporaba también otra aplicación, una que me llevó a pensar en el señor Harrigan incluso aquella primera mañana de júbilo. Molaba mucho más que la radio por satélite de su coche. Al menos para hombres como él.

—Gracias, papá —dije, y lo abracé—. ¡Muchas gracias!

—Pero no lo uses más de la cuenta. Las tarifas están por las nubes, y lo tendré controlado.

—Ya bajarán —contesté.

En eso no me equivoqué, y mi padre nunca me agobió por el gasto. La verdad es que no tenía mucha gente a la que llamar, pero sí me gustaban aquellos vídeos de YouTube (a mi padre también), y me encantaba acceder a lo que entonces llamábamos las tres «w»: la World Wide Web. A veces miraba artículos del Pravda, no porque entendiera el ruso, sino porque podía.

Apenas dos meses más tarde, llegué a casa del colegio, abrí el buzón y encontré un sobre dirigido a mí en la letra anticuada del señor Harrigan. Era mi felicitación del día de San Valentín. Entré en casa, dejé mis libros de texto en la mesa y abrí el sobre. No contenía una postal con dibujos de flores o cursi, ese no era el estilo del señor Harrigan. Mostraba a un hombre con esmoquin que hacía una reverencia a la vez que tendía una chistera en un campo florido. El mensaje impreso en el interior rezaba: «Que tengas un año lleno de amor y amistad». Debajo de eso: «Saludos del señor Harrigan». Un hombre que hacía una reverencia y tendía un sombrero, saludos, sin sentimentalismos. Todo muy propio del señor Harrigan. Volviendo la vista atrás, me sorprende que considerara el día de San Valentín digno de una felicitación.

En 2008 los rasca y gana de un dólar de Lucky Devil habían dado paso a otros llamados Pine Tree Cash, en alusión a los seis pinos que ilustraban el pequeño billete. Si, al rascarlos, aparecía la misma cantidad debajo de tres de ellos, ganabas esa cantidad. Rasqué los árboles y, con incredulidad, fijé la mirada en lo que había quedado a la vista. Al principio pensé que era un error o una broma, pese a que el señor Harrigan no era hombre de bromas. Volví a mirar y recorrí los números destapados con los dedos, apartando los residuos de lo que mi padre llamaba (siempre alzando la vista al cielo) «la mugre de rascar». Los números permanecieron iguales. Puede que me riera, aunque no estoy seguro, pero sí recuerdo que grité, eso sin duda. Grité de alegría.

Me saqué el teléfono nuevo del bolsillo (ese teléfono iba conmigo a todas partes) y llamé a Parmeleau Tractors. Se puso Denise, la recepcionista, y cuando oyó mi respiración entrecortada, me preguntó si me pasaba algo.

—No, no —dije—, pero tengo que hablar con mi padre ahora mismo.

—De acuerdo, no cuelgues. —Y a continuación añadió—: Parece que llames desde la luna, Craig.

—Llamo desde mi teléfono móvil. —Dios, me encantaba decir eso.

Denise soltó un resoplido de desaprobación.

—Con la radiación que sueltan esos trastos. Yo no tendría uno por nada del mundo. No cuelgues.

También mi padre me preguntó qué me pasaba, porque hasta entonces nunca lo había llamado al trabajo, ni siquiera el día que el autobús del colegio se marchó sin mí.

—Papá, me ha llegado el rasca del día de San Valentín del señor Harrigan…

—Si llamas para decirme que has ganado diez dólares, podrías haber esperado a que…

—¡No, papá, es el gordo! —Y lo era, para lo que por entonces daban los rascas de un dólar—. ¡He ganado tres mil dólares!

Silencio al otro lado de la línea. Pensé que quizá se había interrumpido la comunicación. En los móviles de aquellos tiempos, incluso los nuevos, las llamadas se cortaban continuamente. Mamá Bell no era siempre la mejor de las madres.

—¿Papá? ¿Sigues ahí?

—Ajá. ¿Estás seguro?

—¡Sí! ¡Lo tengo delante de los ojos! ¡Tres veces tres mil! ¡Uno en la fila de arriba y dos en la de abajo!

Otra larga pausa, y luego oí a mi padre decir a alguien: «Creo que mi hijo ha ganado un dinero». Al cabo de un momento volvió a hablarme a mí.

—Guárdalo en algún sitio seguro hasta que llegue a casa.

—¿Dónde?

—¿Qué tal el azucarero de la despensa?

—Sí —dije—. Sí, vale.

—Craig, ¿lo tienes claro? No querría que te llevaras una decepción, compruébalo otra vez.

Eso hice, convencido por alguna razón de que la duda de mi padre cambiaría lo que yo había visto; al menos uno de esos tres mil sería ahora otra cosa. Pero las cifras seguían siendo las mismas.

Se lo dije, y se rio.

—Pues enhorabuena. Esta noche cenamos en Marcel’s, e invitas tú.

Esa vez fui yo quien se rio. No recuerdo haber experimentado una alegría tan pura jamás. Sentí la necesidad de llamar a alguien más, así que llamé al señor Harrigan, que contestó desde su teléfono fijo de ludita.

—¡Señor Harrigan, gracias por la felicitación! ¡Y gracias por el billete! Me…

—¿Llamas desde ese artefacto tuyo? —preguntó—. Seguro que sí. Parece que hables desde la luna.

—¡Señor Harrigan, he ganado el gordo! ¡He ganado tres mil dólares! ¡Muchísimas gracias!

Siguió un silencio, pero no tan largo como el de mi padre, y cuando volvió a hablar, no me preguntó si estaba seguro. Tuvo esa gentileza.

—Has tenido suerte —dijo—. Me alegro por ti.

—¡Gracias!

—De nada, pero no tienes por qué dármelas, la verdad. Compro esos billetes a fajos. Se los envío a los amigos y los conocidos de trabajo a modo de… hummm… tarjeta de visita, digamos. Lo hago desde hace años. Tarde o temprano, algún premio importante tenía que caer.

—Mi padre me obligará a ingresar la mayor parte en el banco. Supongo que es lo mejor. Desde luego será un buen empujón para mi fondo universitario.

—Si quieres, dámelo a mí —propuso el señor Harrigan—. Déjame que lo invierta por ti. Me parece que puedo asegurarte unos beneficios mayores que los intereses del banco. —Después, hablando más para sí mismo que para mí, dijo—: En algo sin riesgo. Este no va a ser un buen año para el mercado. Veo nubes en el horizonte.

—¡Claro! —Me lo pensé mejor—. Probablemente. Antes tengo que hablar con mi padre.

—Por supuesto. Es lo normal. Dile que también estoy dispuesto a garantizarte el capital inicial. ¿Vas a venir a leerme esta tarde a pesar de todo? ¿O ahora que eres un hombre con recursos vas a dejarlo?

—Claro que iré, solo que tendré que estar aquí de vuelta cuando mi padre llegue a casa. Vamos a salir a cenar. —Guardé silencio un momento—. ¿Le apetecería venir?

—Esta noche no —contestó sin titubeos—. Oye, puesto que vas a venir de todos modos, podrías haberme contado todo esto en persona. Pero te gusta ese aparato tuyo, ¿no? —No esperó mi respuesta; no hacía falta—. ¿Qué te parecería invertir ese dinero caído del cielo en acciones de Apple? Creo que esa empresa va a tener mucho éxito en el futuro. Por lo que he oído, el iPhone va a enterrar a la Blackberry. En todo caso, no me contestes ahora; primero coméntaselo a tu padre.

—Lo haré —respondí—. Y ahora mismo voy a su casa. Voy corriendo.

—La juventud es una cosa maravillosa —dijo el señor Harrigan—. Es una lástima que se malgaste en los niños.

—¿Eh?

—Lo han dicho muchos, pero fue Shaw quien mejor lo expresó. Da igual. Ven corriendo, claro que sí. Corre como alma que lleva el diablo, porque Dickens nos espera.

Corrí los quinientos metros hasta la casa del señor Harrigan, pero luego volví andando, y en el camino se me ocurrió una idea. Una manera de agradecérselo, pese a que él me había dicho que no tenía por qué darle las gracias. Durante nuestra cena cara de esa noche en el Marcel’s, hablé a mi padre sobre la propuesta del señor Harrigan de invertir mi dinero caído del cielo, y también le planteé mi idea de expresarle mi gratitud con un regalo. Sospechaba que mi padre tendría sus dudas, y no me equivocaba.

—Déjale invertir el dinero, por descontado. En cuanto a tu idea…, ya sabes lo que piensa de esas cosas. No solo es el hombre más rico de Harlow, o de todo el estado de Maine, si a eso vamos, también es el único que no tiene televisión.

—Tiene ascensor —observé—. Y lo utiliza.

—Porque no le queda más remedio. —A continuación mi padre me sonrió—. Pero el dinero es tuyo, y si eso es lo que quieres hacer con el veinte por ciento, no seré yo quien se oponga. Cuando te lo devuelva, puedes dármelo a mí.

—¿De verdad crees que me lo devolverá?

—Sí.

—Papá, ¿por qué vino a vivir aquí? O sea, esto es un pueblo pequeño. Estamos en medio de la nada.

—Buena pregunta. Házsela a él algún día. ¿Qué tal si pedimos postre, derrochador?

Alrededor de un mes más tarde, regalé al señor Harrigan un iPhone nuevo. No lo envolví ni nada, en parte porque no se celebraba ninguna festividad, en parte porque sabía cómo le gustaba que se hicieran las cosas: sin florituras.

Con expresión de perplejidad, dio la vuelta a la caja una o dos veces en sus manos nudosas por efecto de la artritis. Luego me la devolvió.

—Gracias, Craig, te agradezco la atención, pero no. Te sugiero que se lo regales a tu padre.

Cogí la caja.

—Ya me dijo él que reaccionaría usted así. —Sentí desilusión, pero no sorpresa. Y no estaba dispuesto a rendirme.

—Tu padre es un hombre sabio. —Se inclinó hacia delante en su sillón y entrelazó las manos entre las rodillas—. Craig, rara vez doy consejos; casi siempre es malgastar saliva. Pero hoy sí voy a darte uno. Henry Thoreau dijo que nosotros no poseemos las cosas; las cosas nos poseen a nosotros. Cada nuevo objeto, ya sea una casa, un coche, un televisor o un teléfono caro como ese, es algo más que debemos llevar a cuestas. Eso me trae a la memoria a Jacob Marley cuando dice a Scrooge: «Arrastro la cadena que me forjé en vida». No tengo televisión porque, si la tuviera, la vería, pese a que no emite más que tonterías. No tengo radio en casa porque la escucharía, y un poco de country para romper la monotonía en un largo viaje en coche es en realidad lo único que necesito. Si tuviera eso… —señaló la caja que contenía el teléfono—, sin duda lo utilizaría. Recibo por correo doce periódicos distintos, y contienen toda la información que necesito para mantenerme al día sobre el mundo de los negocios y el mundo en sentido más amplio. —Volvió a recostarse y suspiró—. Ya ves tú. No solo te he dado un consejo; he pronunciado un discurso. La vejez es traicionera.

—¿Puedo enseñarle solo una cosa? No, dos.

Posó en mí una de las miradas que le había visto dirigir a su jardinero y su ama de llaves, pero nunca a mí hasta esa tarde: penetrante, escéptica y francamente desagradable. Ahora, muchos años después, comprendo que es la mirada que un hombre perspicaz y cínico adopta cuando se cree capaz de ver en el interior de la mayoría de las personas y da por supuesto que no encontrará nada bueno.

—Esto no hace más que demostrar la validez del viejo dicho: ninguna buena acción queda sin castigo. Empiezo a lamentar que ese billete de rasca y gana haya salido premiado. —Volvió a suspirar—. Bueno, adelante con tu demostración. Pero no conseguirás que cambie de idea.

Tras haber sido objeto de aquella mirada, tan distante y tan fría, pensé que tenía razón. En efecto acabaría regalándole el teléfono a mi padre. Pero, llegados a ese punto, decidí seguir adelante. El teléfono tenía la batería cargada al máximo, me había asegurado de eso, y funcionaba perfectamente. Lo encendí y le señalé un icono de la segunda fila. El dibujo presentaba unos trazos angulosos, semejantes a un electrocardiograma.

—¿Ve este?

—Sí —contestó—, y veo lo que pone. Pero en realidad no necesito información sobre la Bolsa. Como sabes, estoy suscrito al Wall Street Journal.

Pulsé el icono y abrí la aplicación. Apareció el promedio del Dow Jones. Yo ignoraba qué querían decir esos números, pero vi que fluctuaban. 14.720 subió a 14.728, luego disminuyó a 14.704, luego ascendió a 14.716. El señor Harrigan observaba con los ojos como platos. Boquiabierto. Era como si alguien lo hubiera tocado con una varita mágica. Cogió el teléfono y se lo acercó a la cara. Luego me miró.

—¿Estos números aparecen en tiempo real?

—Sí —respondí—. Bueno, a lo mejor con uno o dos minutos de retraso, no estoy seguro. El teléfono los recibe del nuevo repetidor de Motton. Tenemos suerte de que haya uno tan cerca.

Se inclinó hacia delante. Una sonrisa renuente asomó a las comisuras de sus labios.

—Caramba. Es como las cintas de cotizaciones que los magnates tenían antes en sus casas.

—Qué va, es mucho mejor —corregí—. A veces las cintas llevaban horas de retraso. Me lo dijo mi padre anoche. A él lo tiene fascinado esta aplicación de la Bolsa. Siempre me está cogiendo el teléfono para mirar. Me contó que en 1929 la Bolsa se hundió tanto porque, entre otras razones, cuantas más transacciones hacía la gente, más se retrasaban las cintas.

—Es verdad —confirmó el señor Harrigan—. Cuando quisieron echar el freno, las cosas ya habían llegado demasiado lejos. Aunque, desde luego, algo así en realidad podría acelerar una venta en masa de acciones. Es difícil saberlo por lo nueva que es aún esta tecnología.

Esperé. Quería añadir algo más, vendérselo —al fin y al cabo, era solo un niño—, pero por algún motivo intuí que esperar era lo oportuno. Siguió atento a las minúsculas oscilaciones del Dow Jones. Estaba instruyéndose justo ante mis ojos.

—Pero… —dijo sin apartar la vista del móvil.

—Pero ¿qué, señor Harrigan?

—En manos de una persona que conozca realmente el mercado, algo así podría…, seguro que ya está ocurriendo… —Al sumirse en sus reflexiones, su voz se apagó poco a poco. Luego añadió—: Debería haber estado al tanto de esto. Estar retirado no es excusa.

—Y aquí tiene la otra cosa —dije, demasiado impaciente para seguir esperando—. ¿Sabe toda esa prensa que recibe? ¿Newsweek, Financial Times, Fords?

—Forbes —me corrigió, pendiente aún de la pantalla. Me recordaba a mí mismo a los cuatro años, cuando examinaba la Bola 8 Mágica que me regalaron por mi cumpleaños.

—Sí, eso. ¿Me deja un momento el teléfono?

Me lo entregó con cierta renuencia, y casi tuve la total certeza de que lo tenía en el bote. Me alegré, pero también me avergoncé un poco de mí mismo. Como un hombre que golpea en la cabeza a una ardilla amaestrada cuando se acerca a coger una nuez de su mano.

Abrí Safari. Era mucho más primitivo que hoy día, pero funcionaba de maravilla. Introduje Wall Street Journal en la casilla de búsqueda de Google y al cabo de unos segundos se abrió la primera plana. Uno de los titulares rezaba: COFFEE COW ANUNCIA CIERRES. Se lo enseñé.

Miró atentamente y luego cogió el periódico de la mesa contigua al sillón, donde yo había dejado su correo al entrar. Echó un vistazo a la primera plana.

—Eso aquí no sale —dijo.

—Porque es de ayer —repuse. Yo siempre sacaba el correo de su buzón al llegar, e invariablemente el Journal envolvía a todo lo demás, sujeto con una goma elástica—. Lo recibe un día tarde. Como todo el mundo. —Durante las fiestas, llegaba con dos días de retraso, a veces tres. De más estaba decírselo; él despotricaba continuamente al respecto durante noviembre y diciembre.

—¿Esto es de hoy? —preguntó, mirando a la pantalla. Luego, tras verificar la fecha en lo alto, añadió—: ¡Sí, lo es!

—Claro —dije—. Noticias recientes en lugar de pasadas, ¿no?

—Según esto, hay un mapa de los locales que cierran. ¿Puedes enseñarme cómo se llega hasta ahí? —Traslucía una manifiesta avidez. Me asaltó cierto temor. Había mencionado a Scrooge y a Marley; yo me sentí como Micky Mouse en Fantasía, utilizando un conjuro que en realidad no entendía para despertar a las escobas.

—Puede hacerlo usted mismo. Solo tiene que desplazar la pantalla con el dedo, así.

Se lo enseñé. Al principio la desplazaba con demasiada fuerza y demasiado lejos, pero enseguida le cogió el tranquillo. Más deprisa que mi padre, de hecho. Llegó a la página indicada.

—Fíjate —se maravilló—. ¡Seiscientas tiendas! ¿Ves lo que te decía sobre la fragilidad del…? —Con la mirada fija en el pequeño mapa, se le apagó la voz—. El sur. La mayoría de los cierres son en el sur. El sur es un barómetro, Craig, casi siempre… Me parece que he de hacer una llamada a Nueva York. La Bolsa no tardará en cerrar. —Hizo ademán de levantarse. Tenía el teléfono corriente en el otro extremo del salón.

—Puede llamar desde ahí —indiqué—. Básicamente sirve para eso. —O al menos así era por aquel entonces. Pulsé el icono del teléfono, y apareció el teclado—. Solo tiene que marcar el número. Toque las teclas con el dedo.

Me miró, sus ojos azules brillaban bajo las pobladas cejas blancas.

—¿Puedo llamar desde aquí, desde este rincón perdido?

—Sí —contesté—. La cobertura es excelente gracias a la nueva torre. Hay cuatro barras.

—¿Barras?

—Da igual, usted llame. Lo dejaré solo mientras tanto; hágame una seña por la ventana cuando…

—No hace falta. Terminaré enseguida, y no necesito privacidad.

Tocó los números con actitud vacilante, como si temiera activar una bomba. Luego, con actitud igual de vacilante, se llevó el iPhone al oído, mirándome para pedirme confirmación. Yo asentí con la cabeza en un gesto alentador. Él escuchó, habló con alguien (al principio levantando demasiado la voz) y después, tras una breve espera, con otra persona. Así que yo estaba presente cuando el señor Harrigan vendió todas sus acciones de Coffee Cow, transacción que ascendía a quién sabe cuántos miles de dólares.

Al terminar, descubrió la manera de volver a la pantalla inicial. Una vez ahí, volvió a abrir Safari.

—¿Sale aquí Forbes?

Lo comprobé. No salía.

—Pero si busca un artículo de Forbes que ya conoce, es posible que lo encuentre, porque alguien lo habrá colgado.

—¿Colgado?

—Sí, y si quiere información sobre algo, Safari la encontrará. Solo tiene que buscarlo en Google. Miré.

Me acerqué a su sillón e introduje «Coffee Cow» en la casilla de búsqueda. El teléfono se lo pensó y luego mostró unos cuantos resultados, incluido el artículo de Wall Street Journal por el que había llamado a su agente.

—Hay que ver —dijo, maravillado—. Esto es internet.

—Pues sí —respondí, pensando: Claro, qué va a ser.

—La red.

—Sí.

—Que existe… ¿desde hace cuánto?

Usted debería estar enterado de estas cosas, pensé. Es un gran hombre de negocios; debería estar enterado de estas cosas aunque se haya retirado, porque todavía le interesan.

—No sé desde cuándo existe exactamente, pero la gente lo usa a todas horas. Mi padre, mis profesores, la policía…, en realidad todo el mundo. —Con toda intención, añadí—: Incluidas sus empresas, señor Harrigan.

—Ah, pero ya no son mías. Sé un poco, Craig, de la misma manera que sé un poco sobre varios programas de televisión a pesar de que no veo la televisión. Cuando leo mis periódicos y revistas, tiendo a saltarme los artículos sobre tecnología, porque no siento interés. Si quisieras hablar de boleras o de distribuidoras de cine, sería distinto. En eso sigo al tanto, por así decirlo.

—Sí, pero no se da cuenta… de que esas empresas utilizan la tecnología. Y si usted no lo entiende…

No supe cómo terminar, al menos sin rebasar los límites de la cortesía, pero al parecer él sí supo.

—Me quedaré rezagado. Eso quieres decir.

—Supongo que da igual —dije—. Oiga, a fin de cuentas, está retirado.

—Pero no quiero que me tomen por tonto —admitió, y con cierta vehemencia—. ¿Crees que Chick Rafferty se ha sorprendido cuando lo he llamado para decirle que vendiera Coffee Cow? Ni mucho menos, porque con toda seguridad tiene otra media docena de clientes importantes que han cogido el teléfono y le han dicho lo mismo. Algunos son sin duda personas con información privilegiada. Otros, en cambio, sencillamente viven en Nueva York o New Jersey y se enteran porque reciben el Journal el día que se publica. No como yo, aislado aquí en las quimbambas.

De nuevo sentí curiosidad por saber qué lo había traído a Harlow —desde luego no tenía parientes en el pueblo—, pero me pareció que no era buen momento para preguntarlo.

—Puede que haya sido arrogante. —Se detuvo a pensar, y después, de hecho, incluso sonrió. Lo cual fue como ver asomar el sol entre las nubes un día encapotado y frío—. Claro que he sido arrogante. —Sostuvo en alto el iPhone—. Después de todo, sí que voy a quedármelo.

Lo primero que acudió a mis labios fue «gracias», respuesta que habría resultado extraña.

—Bien. Me alegro —me limité a decir.

Echó un vistazo al reloj Seth Thomas de la pared (luego, me divirtió ver, contrastó la hora en el iPhone).

—¿Y si hoy leemos solo un capítulo, ya que hemos estado de charla tanta rato?

—Por mí bien —respondí, pese a que con gusto me habría quedado más tiempo y le habría leído dos o incluso tres capítulos. Estábamos llegando al final de El pulpo, de un tal Frank Norris, y estaba impaciente por saber cómo terminaba. Era una novela anticuada, pero aun así estaba llena de detalles apasionantes.

Cuando concluimos la sesión abreviada, regué las pocas plantas de interior del señor Harrigan. Era siempre mi última tarea del día, y me llevó solo unos minutos. Mientras me ocupaba de eso, lo vi juguetear con el teléfono, apagándolo y encendiéndolo.

—Supongo que, si voy a usarlo, mejor será que me enseñes —dijo—. Cómo evitar que se descargue, para empezar. La batería ya está bajando, por lo que veo.

—Lo descubrirá usted mismo casi todo —aseguré—. Es muy fácil. En cuanto a la carga, hay un cable en la caja. Solo tiene que conectarlo a la corriente. Puedo enseñarle alguna que otra cosa, si…

—Hoy no —me interrumpió—. Quizá mañana.

—Vale.

—Pero… una pregunta más. ¿Por qué he podido leer ese artículo sobre Coffee Cow y mirar el mapa de los locales que está previsto que cierren?

Lo primero que acudió a mi mente fue la respuesta que dio Hillary cuando le preguntaron cuál era el motivo para escalar el monte Everest, tema sobre el que acabábamos de leer en el colegio: «Porque está ahí». Pero tal vez él habría pensado, y con razón, que me las daba de listo. Así que dije:

—No entiendo qué quiere decir.

—¿En serio? ¿Un chico listo como tú? Piensa, Craig, piensa. Acabo de leer gratis algo por lo que la gente paga un buen dinero. Incluso con la cuota de suscripción del Journal, que sale bastante mejor de precio que comprarlo en un quiosco, pago unos noventa céntimos por número. Y, sin embargo, con esto… —Levantó el teléfono tal como harían miles de chicos en los conciertos de rock no muchos años después—. ¿Lo entiendes ahora?

Planteado en esos términos, lo entendí perfectamente, pero no supe qué contestar. Parecía…

—Parece una estupidez, ¿no? —preguntó, interpretando la expresión de mi rostro o leyéndome el pensamiento—. Regalar información útil va contra todo lo que sé acerca de prácticas empresariales de éxito.

—A lo mejor…

—A lo mejor ¿qué? Dame tu opinión. No me burlo de ti. Está claro que sabes más de esto que yo, así que dime qué piensas.

Yo estaba pensando en la feria agrícola de Fryeburg, adonde íbamos mi padre y yo una o dos veces en octubre cada año. Normalmente yo llevaba a mi amiga Margie, que vivía al lado. Margie y yo subíamos en las atracciones, y después los tres comíamos buñuelos y salchichas, y luego mi padre nos arrastraba a ver los tractores nuevos. Para llegar a los cobertizos de la maquinaria había que pasar por delante de la carpa de Beano, que era enorme. Le conté al señor Harrigan que el encargado se plantaba delante con un micrófono y anunciaba a los transeúntes que la primera partida era siempre gratis.

Él se detuvo a pensar.

—¿Un señuelo? Eso tiene cierto sentido, supongo. Estás diciéndome que solo se puede leer un artículo, quizá dos o tres, y luego el aparato… ¿qué? ¿Te bloquea? ¿Te dice que, si quieres jugar, has de pagar?

—No —admití—. Imagino que en realidad no es como lo de la carpa de Beano, porque uno puede leer todos los que quiera. Al menos, que yo sepa.

—Pero es absurdo. Ofrecer una muestra gratuita es una cosa, pero regalar la tienda entera… —Dejó escapar un resoplido—. Ni siquiera había anuncios, ¿te has fijado? Y los anuncios son una importante fuente de ingresos para periódicos y revistas. Muy importante.

Alzó el teléfono, observó su reflejo en la pantalla, entonces a oscuras, lo dejó y me miró con una sonrisa amarga y peculiar en el rostro.

—Puede que estemos ante un gran error, Craig, un error cometido por personas que no entienden mejor que yo los aspectos prácticos de una cosa como esta, las repercusiones. Puede que esté a punto de producirse un cataclismo económico. Diría que ya está aquí. Un cataclismo que cambiará nuestra manera de recibir la información, por qué medios, y a partir de ahí nuestra forma de ver el mundo. —Guardó silencio un momento—. Y de enfrentarnos a él, claro.

—Me he perdido —dije.

—Plantéatelo de este modo: si tienes un cachorro, habrás de enseñarle a hacer sus cosas fuera, ¿no?

—Sí.

—Si tuvieras un cachorro que no ha aprendido a hacer sus cosas fuera de casa, ¿le darías un premio por cagar en el salón?

—Claro que no —contesté.

Él asintió.

—Sería enseñarle justo lo contrario de lo que querías que aprendiese. En lo que se refiere al comercio, Craig, la mayoría de las personas son como cachorros sin educar.

No me acabó de gustar aquel símil, ni me gusta hoy —creo que dice mucho sobre cómo amasó su fortuna el señor Harrigan—, pero mantuve la boca cerrada. Veía al señor Harrigan desde una nueva perspectiva. Era como un viejo explorador en un nuevo viaje de descubrimiento, y escucharlo resultaba fascinante. Tampoco creo que en realidad intentara enseñarme nada. Él mismo estaba aprendiendo y, para ser un hombre de más de ochenta años, aprendía deprisa.

—Una cosa son las muestras gratuitas, pero si ofreces a la gente demasiadas cosas de balde, ya sea ropa, comida o información, al final es eso lo que esperan. Como un cachorro que hace sus cosas en el suelo, luego te mira a los ojos y lo que piensa es: «Tú me has enseñado que esto estaba bien». Si yo fuera el Wall Street Journal… o el Times… o incluso el condenado Readers Digest… este chisme me daría miedo. —Volvió a coger el iPhone; daba la impresión de que no podía dejarlo quieto—. Es como una cañería rota que pierde información en lugar de agua. Yo pensaba que hablábamos de un simple teléfono, pero ahora veo… o empiezo a ver…

Sacudió la cabeza, como para despejársela.

—Craig, ¿y si alguien con información patentada sobre nuevos fármacos en desarrollo decidiera introducir los resultados de los ensayos en este artefacto para que cualquiera los leyese? Podría costar millones de dólares a Upjohn o Unichem. ¿Y si un funcionario desafecto decidiera difundir secretos oficiales?

—¿No los detendría la policía?

—Puede ser. Probablemente. Pero en cuanto se levanta la liebre, como suele decirse…, ay, ay, ay. En fin, dejémoslo. Mejor será que te vayas a casa o llegarás tarde a la cena.

—Sí, me voy ya.

—Otra vez gracias por el regalo. Seguramente no lo usaré mucho, pero me propongo pensar en él. En la medida de mis posibilidades, al menos. Ya no tengo la sesera tan ágil como antes.

—A mí me parece que la tiene aún ágil de sobra —dije, y no era solo por darle coba. ¿Por qué no salían anuncios junto con los artículos o los vídeos de YouTube? La gente los vería, ¿no?—. Además, según mi padre, la intención es lo que cuenta.

—Un aforismo muy citado pero poco respetado —contestó. Al ver mi expresión de perplejidad, añadió—: Da igual. Hasta mañana, Craig.

Publicado en Cuentos

El beso, de Antón Chéjov

El veinte de mayo a las ocho de la tarde las seis baterías de la brigada de artillería de la reserva de N, que se dirigían al campamento, se detuvieron a pernoctar en la aldea de Mestechki. En el momento de mayor confusión, cuando unos oficiales se ocupaban de los cañones y otros, reunidos en la plaza junto a la verja de la iglesia, escuchaban a los aposentadores, por detrás del templo apareció un jinete en traje civil montando una extraña cabalgadura. El animal, un caballo bayo, pequeño, de hermoso cuello y cola corta, no caminaba de frente sino un poco al sesgo, ejecutando con las patas pequeños movimientos de danza, como si se las azotaran con el látigo. Llegado ante los oficiales, el jinete alzó levemente el sombrero y dijo:

-Su Excelencia el teniente general Von Rabbek, propietario del lugar, invita a los señores oficiales a que vengan sin dilación a tomar el té en su casa…

El caballo se inclinó, se puso a danzar y retrocedió de flanco; el jinete volvió a alzar levemente el sombrero, y un instante después desapareció con su extraña montura tras la iglesia.

-¡Maldita sea! -rezongaban algunos oficiales al dirigirse a sus alojamientos-. ¡Con las ganas que uno tiene de dormir y el Von Rabbek ese nos viene ahora con su té! ¡Ya sabemos lo que eso significa!

Los oficiales de las seis baterías recordaban muy vivamente un caso del año anterior, cuando durante unas maniobras, un conde terrateniente y militar retirado los invitó del mismo modo a tomar el té, y con ellos a los oficiales de un regimiento de cosacos. El conde, hospitalario y cordial, los colmó de atenciones, les hizo comer y beber, no les dejó regresar a los alojamientos que tenían en el pueblo y les acomodó en su propia casa. Todo eso estaba bien y nada mejor cabía desear, pero lo malo fue que el militar retirado se entusiasmó sobremanera al ver aquella juventud. Y hasta que rayó el alba les estuvo contando episodios de su hermoso pasado, los condujo por las estancias, les mostró cuadros de valor, viejos grabados y armas raras, les leyó cartas autógrafas de encumbrados personajes, mientras los oficiales, rendidos y fatigados, escuchaban y miraban deseosos de verse en sus camas, bostezaban con disimulo acercando la boca a sus mangas. Y cuando, por fin, el dueño de la casa los dejó libres era ya demasiado tarde para irse a dormir.

¿No sería también de ese estilo el tal Von Rabbek? Lo fuese o no, nada podían hacer. Los oficiales se cambiaron de ropa, se cepillaron y marcharon en grupo a buscar la casa del terrateniente. En la plaza, cerca de la iglesia, les dijeron que a la casa de los señores podía irse por abajo: detrás de la iglesia se descendía al río, se seguía luego por la orilla hasta el jardín, donde las avenidas conducían hasta el lugar; o bien se podía ir por arriba: siguiendo desde la iglesia directamente el camino que a media versta del poblado pasaba por los graneros del señor. Los oficiales decidieron ir por arriba.

-¿Quién será ese Von Rabbek? -comentaban por el camino-. ¿No será aquel que en Pleven mandaba la división N de caballería?

-No, aquel no era Von Rabbek, sino simplemente Rabbek, sin von.

-¡Ah, qué tiempo más estupendo!

Ante el primer granero del señor, el camino se bifurcaba: un brazo seguía en línea recta y desaparecía en la oscuridad de la noche; el otro, a la derecha, conducía a la mansión señorial. Los oficiales tomaron a la derecha y se pusieron a hablar en voz más baja… A ambos lados del camino se extendían los graneros con muros de albañilería y techumbre roja, macizos y severos, muy parecidos a los cuarteles de una capital de distrito. Más adelante brillaban las ventanas de la mansión.

-¡Señores, buena señal! -dijo uno de los oficiales-. Nuestro séter va delante de todos; ¡eso significa que olfatea una presa!

El teniente Lobitko, que iba en cabeza, alto y robusto, pero totalmente lampiño (tenía más de veinticinco años, pero en su cara redonda y bien cebada aún no aparecía el pelo, váyase a saber por qué), famoso en toda la brigada por su olfato y habilidad para adivinar a distancia la presencia femenina, se volvió y dijo:

-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.

Junto al umbral de la casa recibió a los oficiales Von Rabbek en persona, un viejo de venerable aspecto que frisaría en los sesenta años, vestido en traje civil. Al estrechar la mano a los huéspedes, dijo que estaba muy contento y se sentía muy feliz, pero rogaba encarecidamente a los oficiales que, por el amor de Dios, le perdonaran si no les había invitado a pasar la noche en casa. Habían llegado de visita dos hermanas suyas con hijos, hermanos y vecinos, de suerte que no le quedaba ni una sola habitación libre.

El general les estrechaba la mano a todos, se excusaba y sonreía, pero se le notaba en la cara que no estaba ni mucho menos tan contento por la presencia de los huéspedes como el conde del año anterior y que sólo había invitado a los oficiales por entender que así lo exigían los buenos modales. Los propios oficiales, al subir por la escalinata alfombrada y escuchar sus palabras, se daban cuenta de que los habían invitado a la casa únicamente porque resultaba violento no hacerlo, y, al ver a los criados apresurarse a encender las luces abajo en la entrada, y arriba en el recibidor, empezó a parecerles que con su presencia habían provocado inquietud y alarma. ¿Podía ser grata la presencia de diecinueve oficiales desconocidos allí donde se habían reunido dos hermanas con sus hijos, hermanos y vecinos, sin duda con motivo de alguna fiesta o algún acontecimiento familiar?

Arriba, a la entrada de la sala, acogió a los huéspedes una vieja alta y erguida, de rostro ovalado y cejas negras, muy parecida a la emperatriz Eugenia. Con sonrisa amable y majestuosa, decía sentirse contenta y feliz de ver en su casa a aquellos huéspedes, y se excusaba de no poder invitar esta vez a los señores oficiales a pasar la noche en la casa. Por su bella y majestuosa sonrisa que se desvanecía al instante de su rostro cada vez que por alguna razón se volvía hacia otro lado, resultaba evidente que en su vida había visto muchos señores oficiales, que en aquel momento no estaba pendiente de ellos y que, si los había invitado y se disculpaba, era sólo porque así lo exigía su educación y su posición social.

En el gran comedor donde entraron los oficiales, una decena de varones y damas, unos entrados en años y jóvenes otros, estaban tomando el té en el extremo de una larga mesa. Detrás de sus sillas, envuelto en un leve humo de cigarros, se percibía un grupo de hombres. En medio del grupo había un joven delgado, de patillas pelirrojas, que, tartajeando, hablaba en inglés en voz alta. Más allá del grupo se veía, por una puerta, una estancia iluminada, con mobiliario azul.

-¡Señores, son ustedes tantos que no es posible hacer su presentación! -dijo en voz alta el general, esforzándose por parecer muy alegre-. ¡Traben conocimiento ustedes mismos, señores, sin ceremonias!

Los oficiales, unos con el rostro muy serio y hasta severo, otros con sonrisa forzada, y todos sintiéndose en una situación muy embarazosa, saludaron bien que mal, inclinándose, y se sentaron a tomar el té.

Quien más desazonado se sentía era el capitán ayudante Riabóvich, oficial de pequeña estatura y algo encorvado, con gafas y unas patillas como las de un lince. Mientras algunos de sus camaradas ponían cara seria y otros afectaban una sonrisa, su cara, sus patillas de lince y sus gafas parecían decir: «¡Yo soy el oficial más tímido, el más modesto y el más gris de toda la brigada!» En los primeros momentos, al entrar en la sala y luego sentado a la mesa ante su té, no lograba fijar la atención en ningún rostro ni objeto. Las caras, los vestidos, las garrafitas de coñac de cristal tallado, el vapor que salía de los vasos, las molduras del techo, todo se fundía en una sola impresión general, enorme, que alarmaba a Riabóvich y le inspiraba deseos de esconder la cabeza. De modo análogo al declamador que actúa por primera vez en público, veía todo cuanto tenía ante los ojos, pero no llegaba a comprenderlo (los fisiólogos llamaban «ceguera psíquica» a ese estado en que el sujeto ve sin comprender). Pero algo después, adaptado ya al ambiente, empezó a ver claro y se puso a observar. Siendo persona tímida y poco sociable, lo primero que le saltó a la vista fue algo que él nunca había poseído, a saber: la extraordinaria intrepidez de sus nuevos conocidos. Von Rabbek, su mujer, dos damas de edad madura, una señorita con un vestido color lila y el joven de patillas pelirrojas, que resultó ser el hijo menor de Von Rabbek, tomaron con gesto muy hábil, como si lo hubieran ensayado de antemano, asiento entre los oficiales, y entablaron una calurosa discusión en la que no podían dejar de participar los huéspedes. La señorita lila se puso a demostrar con ardor que los artilleros estaban mucho mejor que los de caballería y de infantería, mientras que Von Rabbek y las damas entradas en años sostenían lo contrario. Empezaron a cruzarse las réplicas. Riabóvich observaba a la señorita lila, que discutía con gran vehemencia cosas que le eran extrañas y no le interesaban en absoluto, y advertía que en su rostro aparecían y desaparecían sonrisas afectadas.

Von Rabbek y su familia hacían participar con gran arte a los oficiales en el debate, pero al mismo tiempo estaban pendientes de vasos y bocas, de si todos bebían, si todos tenían azúcar y por qué alguno de los presentes no comía bizcocho o no tomaba coñac. A Riabóvich, cuanto más miraba y escuchaba, tanto más agradable le resultaba aquella familia falta de sinceridad, pero magníficamente disciplinada.

Después del té, los oficiales pasaron a la sala. El instinto no había engañado al teniente Lobitko: en la sala había muchas señoritas y damas jóvenes. El séter-teniente se había plantado ya junto a una rubia muy jovencita vestida de negro e, inclinándose con arrogancia, como si se apoyara en un sable invisible, sonreía y movía los hombros con gracia. Probablemente contaba alguna tontería muy interesante, porque la rubia miraba con aire condescendiente el rostro bien cebado y le preguntaba con indiferencia: «¿De veras?» Y de aquel indolente «de veras», el séter, de haber sido inteligente, habría podido inferir que difícilmente le gritarían «¡Busca!»

Empezó a sonar un piano; un vals melancólico escapó volando de la sala por las ventanas abiertas de par en par, y todos recordaron, quién sabe por qué motivo, que más allá de las ventanas empezaba la primavera y que aquella era una noche de mayo. Todos notaron que el aire olía a hojas tiernas de álamo, a rosas y a lilas. Riabóvich, en quien, bajo el influjo de la música, empezó a dejarse sentir el coñac que había tomado, miró con el rabillo del ojo la ventana, sonrió y se puso a observar los movimientos de las mujeres, hasta que llegó a parecerle que el aroma de las rosas, de los álamos y de las lilas no procedían del jardín, sino de las caras y de los vestidos femeninos.

El hijo de Von Rabbek invitó a una cenceña jovencita y dio con ella dos vueltas a la sala. Lobitko, deslizándose por el parquet, voló hacia la señorita lila y se lanzó con ella a la pista. El baile había comenzado… Riabóvich estaba de pie cerca de la puerta, entre los que no bailaban, y observaba. En toda su vida no había bailado ni una sola vez y ni una sola vez había estrechado el talle de una mujer honesta. Le gustaba enormemente ver cómo un hombre, a la vista de todos, tomaba a una doncella desconocida por el talle y le ofrecía el hombro para que ella colocara su mano, pero de ningún modo podía imaginarse a sí mismo en la situación de tal hombre. Hubo un tiempo en que envidiaba la osadía y la maña de sus compañeros y sufría por ello; la conciencia de ser tímido, cargado de espaldas y soso, de tener un tronco largo y patillas de lince, lo hería profundamente, pero con los años se había acostumbrado. Ahora, al contemplar a quienes bailaban o hablaban en voz alta, ya no los envidiaba, experimentaba tan solo un enternecimiento melancólico.

Cuando empezó la contradanza, el joven Von Rabbek se acercó a los que no bailaban e invitó a dos oficiales a jugar al billar. Éstos aceptaron y salieron con él de la sala. Riabóvich, sin saber qué hacer y deseoso de tomar parte de algún modo en el movimiento general, los siguió. De la sala pasaron al recibidor y recorrieron un estrecho pasillo con vidrieras, que los llevó a una estancia donde ante su aparición se alzaron rápidamente de los divanes tres soñolientos lacayos. Por fin, después de cruzar una serie de estancias, el joven Von Rabbek y los oficiales entraron en una habitación pequeña donde había una mesa de billar. Empezó el juego.

Riabóvich, que nunca había jugado a nada que no fueran las cartas, contemplaba indiferente junto al billar a los jugadores, mientras que éstos, con las guerreras desabrochadas y los tacos en las manos, daban zancadas, soltaban retruécanos y gritaban palabras incomprensibles. Los jugadores no paraban mientes en él; sólo de vez en cuando alguno de ellos, al empujarlo con el codo o al tocarlo inadvertidamente con el taco, se volvía y le decía «Pardon!». Aún no había terminado la primera partida cuando le empezó a parecer que allí estaba de más, que estorbaba. De nuevo se sintió atraído por la sala y se fue.

Pero en el camino de retorno le sucedió una pequeña aventura. A la mitad del recorrido se dio cuenta de que no iba por donde debía. Se acordaba muy bien de que tenía que encontrarse con las tres figuras de lacayos soñolientos, pero había cruzado ya cinco o seis estancias, y era como si a aquellas figuras se las hubiera tragado la tierra. Percatándose de su error, retrocedió un poco, dobló a la derecha y se encontró en un gabinete sumido en la penumbra, que no había visto cuando se dirigía a la sala de billar. Se detuvo unos momentos, luego abrió resuelto la primera puerta en que puso la vista y entró en un cuarto completamente a oscuras. Enfrente se veía la rendija de una puerta por la que se filtraba una luz viva; del otro lado de la puerta, llegaban los apagados sones de una melancólica mazurca. También en el cuarto oscuro, como en la sala, las ventanas estaban abiertas de par en par, y se percibía el aroma de álamos, lilas y rosas…

Riabóvich se detuvo pensativo… En aquel momento, de modo inesperado, se oyeron unos pasos rápidos y el leve rumor de un vestido, una anhelante voz femenina balbuceó «¡Por fin!», y dos brazos mórbidos, perfumados, brazos de mujer sin duda, le envolvieron el cuello; una cálida mejilla se apretó contra la suya y al mismo tiempo resonó un beso. Pero acto seguido la que había dado el beso exhaló un breve grito y Riabóvich tuvo la impresión de que se apartaba bruscamente de él con repugnancia. Poco faltó para que también él profiriera un grito, y se precipitó hacia la rendija iluminada de la puerta…

Cuando volvió a la sala, el corazón le martilleaba y las manos le temblaban de manera tan notoria que se apresuró a esconderlas tras la espalda. En los primeros momentos le atormentaban la vergüenza y el temor de que la sala entera supiera que una mujer acababa de abrazarlo y besarlo, se retraía y miraba inquieto a su alrededor, pero, al convencerse de que allí seguían bailando y charlando tan tranquilamente como antes, se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado ni una sola vez en la vida. Le estaba sucediendo algo raro… El cuello, unos momentos antes envuelto por unos brazos mórbidos y perfumados, le parecía untado de aceite; en la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una leve y agradable sensación de frescor, como de unas gotas de menta, y lo notaba tanto más cuanto más frotaba ese punto. Todo él, de la cabeza a los pies, estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño, que no hacía sino crecer y crecer… Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas… Se olvidó por completo de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince y «un aspecto indefinido» (así lo calificaron una vez en una conversación de señoras que él oyó por azar). Cuando pasó por su vera la mujer de Von Rabbek, le sonrió con tanta amabilidad y efusión que la dama se detuvo y lo miró interrogadora.

-¡Su casa me gusta enormemente…! -dijo Riabóvich, ajustándose las gafas.

La generala sonrió y le contó que aquella casa había pertenecido ya a su padre. Después le preguntó si vivían sus padres, si llevaba en la milicia mucho tiempo, por qué estaba tan delgado y otras cosas por el estilo… Contestadas sus preguntas, siguió ella su camino, pero después de aquella conversación Riabóvich comenzó a sonreír aún con más cordialidad y a pensar que lo rodeaban unas personas magníficas…

Durante la cena, Riabóvich comió maquinalmente todo cuanto le sirvieron. Bebía y, sin oír nada, procuraba explicarse la reciente aventura. Lo que acababa de sucederle tenía un carácter misterioso y romántico, pero no era difícil de descifrar. Sin duda, alguna señorita o dama se había citado con alguien en el cuarto oscuro, había estado esperando largo rato y, debido a sus nervios excitados, había tomado a Riabóvich por su héroe. Esto resultaba más verosímil dado que Riabóvich, al pasar por la estancia oscura, se había detenido caviloso, es decir, tenía el aspecto de una persona que también espera algo… Así se explicaba Riabóvich el beso que había recibido.

«Pero ¿quién será ella? -pensaba, examinando los rostros de las mujeres-. Debe de ser joven, porque las viejas no acuden a las citas. Estaba claro, por otra parte, que pertenecía a un ambiente cultivado, y eso se notaba por el rumor del vestido, por el perfume, por la voz…»

Detuvo la mirada en la señorita lila, que le gustó mucho; tenía hermosos hombros y brazos, rostro inteligente y una voz magnífica. Riabóvich deseó, al contemplarla, que fuese precisamente ella y no otra la desconocida… Pero la joven se echó a reír con aire poco sincero y arrugó su larga nariz, que le pareció la nariz de una vieja. Entonces trasladó la mirada a la rubia vestida de negro. Era más joven, más sencilla y espontánea, tenía unas sienes encantadoras y se llevaba la copa a los labios con mucha gracia. Entonces Riabóvich habría deseado que esa fuese aquella. Pero poco después le pareció que tenía el rostro plano, y volvió los ojos hacia su vecina…

«Es difícil adivinar -pensaba, dando libre curso a su fantasía-. Si de la del vestido lila se tomaran solo los hombros y los brazos, se les añadieran las sienes de la rubia y los ojos de aquella que está sentada a la izquierda de Lobitko, entonces…»

Hizo en su mente esa adición y obtuvo la imagen de la joven que lo había besado, la imagen que él deseaba, pero que no lograba descubrir en la mesa.

Terminada la cena, los huéspedes, ahítos y algo achispados, empezaron a despedirse y a dar las gracias. Los anfitriones volvieron a disculparse por no poder ofrecerles alojamiento en la casa.

-¡Estoy muy contento, muchísimo, señores! -decía el general, y esta vez era sincero (probablemente porque al despedir a los huéspedes la gente suele ser bastante más sincera y benévola que al darles la bienvenida). ¡Estoy muy contento! ¡Quedan invitados para cuando estén de regreso! ¡Sin cumplidos! Pero ¿por dónde van? ¿Quieren pasar por arriba? No, vayan por el jardín, por abajo, el camino es más corto.

Los oficiales se dirigieron al jardín. Después de la brillante luz y de la algazara, pareció muy oscuro y silencioso. Caminaron sin decir palabra hasta la portezuela. Estaban algo bebidos, alegres y contentos, pero las tinieblas y el silencio los movieron a reflexionar por unos momentos. Probablemente, a cada uno de ellos, como a Riabóvich, se le ocurrió pensar en lo mismo: ¿llegaría también para ellos alguna vez el día en que, como Rabbek, tendrían una casa grande, una familia, un jardín y la posibilidad, aunque fuera con poca sinceridad, de tratar bien a las personas, de dejarlas ahítas, achispadas y contentas?

Salvada la portezuela, se pusieron a hablar todos a la vez y a reír estrepitosamente sin causa alguna. Andaban ya por un sendero que descendía hacia el río y corría luego junto al agua misma, rodeando los arbustos de la orilla, los rehoyos y los sauces que colgaban sobre la corriente. La orilla y el sendero apenas se distinguían y la orilla opuesta se hallaba totalmente sumida en las tinieblas. Acá y allá las estrellas se reflejaban en el agua oscura, tremolaban y se distendían, y sólo por esto se podía adivinar que el río fluía con rapidez. El aire estaba en calma. En la otra orilla gemían los chorlitos soñolientos, y en esta un ruiseñor, sin prestar atención alguna al tropel de oficiales, desgranaba sus agudos trinos en un arbusto. Los oficiales se detuvieron junto al arbusto, lo sacudieron, pero el ruiseñor siguió cantando.

-¿Qué te parece? -Se oyeron unas exclamaciones de aprobación-. Nosotros aquí a su lado y él sin hacer caso, ¡valiente granuja!

Al final el sendero ascendía y desembocaba cerca de la verja de la iglesia. Allí los oficiales, cansados por la subida, se sentaron y se pusieron a fumar. En la otra orilla apareció una débil lucecita roja y ellos, sin nada que hacer, pasaron un buen rato discutiendo si se trataba de una hoguera, de la luz de una ventana o de alguna otra cosa… También Riabóvich contemplaba aquella luz y le parecía que ésta le sonreía y le hacía guiños, como si estuviera en el secreto del beso.

Llegado a su alojamiento, Riabóvich se apresuré a desnudarse y se acostó. En la misma isba que él se albergaban Lobitko y el teniente Merzliakov, un joven tranquilo y callado, considerado entre sus compañeros como un oficial culto, que leía siempre, cuando podía, el Véstnik Yevrópy, que llevaba consigo. Lobitko se desnudó, estuvo un buen rato paseando de un extremo a otro, con el aire de un hombre que no está satisfecho, y mandó al ordenanza a buscar cerveza. Merzliakov se acostó, puso una vela junto a su cabecera y se abismó en la lectura del Véstnik.

«¿Quién sería?», pensaba Riabóvich mirando el techo ahumado.

El cuello aún le parecía untado de aceite y cerca de la boca notaba una sensación de frescor como la de unas gotas de menta. En su imaginación centelleaban los hombros y brazos de la señorita de lila. Las sienes y los ojos sinceros de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero ellas brincaban, se extendían y oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos desaparecían por completo tales imágenes, empezaba a oír pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, y una intensa e inmotivada alegría se apoderaba de él… Mientras se entregaba a este gozo, oyó que volvía el ordenanza y comunicaba que no había cerveza. Lobitko se indignó y se puso a dar zancadas otra vez.

-¡Si será idiota! -decía, deteniéndose ya ante Riabóvich ya ante Merzliakov-. ¡Se necesita ser estúpido e imbécil para no encontrar cerveza! Bueno, ¿no dirán que no es un canalla?

-Claro que aquí es imposible encontrar cerveza -dijo Merzliakov, sin apartar los ojos del Véstnik Yevrópy.

-¿No? ¿Lo cree usted así? -insistía Lobitko-. Señores, por Dios, ¡arrójenme a la luna y allí les encontraré yo enseguida cerveza y mujeres! Ya verán, ahora mismo voy por ella… ¡Llámenme miserable si no la encuentro!

Tardó bastante en vestirse y en calzarse las altas botas. Después encendió un cigarrillo y salió sin decir nada.

-Rabbek, Grabbek, Labbek -se puso a musitar, deteniéndose en el zaguán-. Diablos, no tengo ganas de ir solo. Riabóvich, ¿no quiere darse un paseo?

Al no obtener respuesta, volvió sobre sus pasos, se desnudó lentamente y se acostó. Merzliakov suspiró, dejó a un lado el Véstník Yevrópy y apagó la vela.

-Bueno… -balbuceó Lobitko, encendiendo un pitillo en la oscuridad.

Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños.

Cuando despertó, la sensación de aceite en el cuello y de frescor de menta cerca de los labios ya había desaparecido, pero la alegría, igual que la víspera, se le agitaba en el pecho como una ola. Miró entusiasmado los marcos de las ventanas dorados por el sol naciente y prestó oído al movimiento de la calle. Al pie mismo de las ventanas hablaban en voz alta. El jefe de la batería de Riabóvich, Lebedetski, que acababa de alcanzar a la brigada, conversaba con su sargento primero en voz muy alta, como tenía por costumbre.

-¿Y qué más? -gritaba el jefe.

-Ayer, al herrar los caballos, señoría, herraron a Golúbchik. El practicante le aplicó un emplaste de arcilla con vinagre. Ahora lo conducen de la rienda, aparte. Y también ayer, su señoría, el herrador Artémiev se emborrachó y el teniente mandó que lo ataran en el avantrén de una cureña de repuesto.

El sargento primero informó además de que Kárpov había olvidado los nuevos cordones de las trompetas y las estaquillas de las tiendas, y de que los señores oficiales habían estado de visita la noche anterior en casa del general Von Rabbek. En plena conversación, apareció en el vano de la ventana la barba roja de Lebedetski. Miró con los ojos miopes semientornados las soñolientas caras de los oficiales y los saludó.

-¿Todo marcha bien? -preguntó.

-El caballo limonero se ha hecho una rozadura en la cerviz -respondió Lobitko bostezando-. Ha sido con la nueva collera.

El jefe suspiró, reflexionó unos momentos y dijo en voz alta:

-Pues yo pienso ir a ver a Aleksandra Yevgráfovna. Tengo que visitarla. Bueno, adiós. Los alcanzaré antes de que anochezca.

Un cuarto de hora después, la brigada se puso en marcha. Cuando pasaba por delante de los graneros del señor, Riabóvich miró a la derecha hacia la casa. Las ventanas tenían las celosías cerradas. Evidentemente, allí dormía aún todo el mundo. También dormía aquella que la víspera lo había besado. Se la quiso imaginar durmiendo. La ventana de la alcoba abierta de par en par, las ramas verdes mirando por aquella ventana, la frescura matinal, el aroma de álamos, de lilas, y de rosas, la cama, la silla y en ella el vestido que el día anterior rumoreaba, las zapatillas, el pequeño reloj en la mesita, todo se lo representaba él con claridad y precisión, pero los rasgos de la cara, la linda sonrisa soñolienta, precisamente aquello que era importante y característico, le resbalaba en la imaginación como el mercurio entre los dedos. Recorrida una media versta, miró hacia atrás: la iglesia amarilla, la casa, el río y el jardín se hallaban inundados de luz; el río, con sus orillas de acentuado verdor, reflejando en sus aguas el cielo azul y mostrando algún que otro lugar plateado por el sol, era hermoso. Riabóvich lanzó una última mirada a Mestechki y experimentó una profunda tristeza, como si se separara de algo muy íntimo y entrañable.

En cambio, en la ruta sólo aparecían ante los ojos cuadros sin ningún interés, conocidos desde hacía mucho tiempo… A derecha y a izquierda, campos de centeno joven y de alforfón, por los que saltaban los grajos. Miras hacia adelante y sólo ves polvo y nucas; miras hacia atrás, y ves el mismo polvo y caras… Delante marchan cuatro hombres armados con sables: forman la vanguardia. Tras ellos va el grupo de cantores, a los que siguen los trompetas, que montan a caballo. La vanguardia y los cantores, como los empleados de las pompas fúnebres que llevan antorchas en los entierros, olvidan a cada momento la distancia que estipula el reglamento y se adelantan demasiado… Riabóvich se encuentra en la primera pieza de la quinta batería. Ve las cuatro baterías que le preceden. A una persona que no sea militar, la fila larga y pesada que forma una brigada en marcha le parece un baturrillo enigmático, poco comprensible; no entiende por qué alrededor de un solo cañón van tantos hombres, ni por qué lo arrastran tantos caballos guarnecidos con un extraño atelaje como si la pieza fuera realmente terrible y pesada. En cambio, para Riabóvich todo es comprensible y, por ello, carece del menor interés. Sabe hace ya tiempo por qué al frente de cada batería cabalga junto al oficial un vigoroso suboficial, y por qué se llama «delantero»; a la espalda de este suboficial se ve al conductor del primer par de caballos, y luego al del par central; Riabóvich sabe que los caballos de la izquierda, en los que los conductores montan, se llaman de ensillar, y los de la derecha se llaman de refuerzo. Eso no tiene ningún interés. Detrás del conductor van dos caballos limoneros. Uno de ellos lo cabalga un jinete con el polvo de la última jornada en la espalda y con un madero tosco y ridículo sobre la pierna derecha; Riabóvich sabe para qué sirve ese madero y no le parece ridículo. Todos los que montan a caballo agitan maquinalmente los látigos y de vez en cuando gritan. El cañón por sí mismo es feo. En el avantrén van los sacos de avena, cubiertos con una lona impermeabilizada, y del cañón propiamente dicho cuelgan teteras, macutos de soldado y saquitos; todo eso le da un aspecto de pequeño animal inofensivo al que, no se sabe por qué razón, rodean hombres y caballos. A su flanco, por la parte resguardada del viento, marchan balanceando los brazos seis servidores. Detrás de la pieza se encuentran otra vez nuevos artilleros, conductores, caballos limoneros, tras los cuales se arrastra un nuevo cañón tan feo y tan poco imponente como el primero. Al segundo 1e siguen el tercero y el cuarto. Junto a este va un oficial, y así sucesivamente. La brigada consta en total de seis baterías y cada batería tiene cuatro cañones. La columna se extiende una media versta. Se cierra con un convoy a cuya vera, bajando su cabeza de largas orejas, marcha cavilosa una figura en sumo grado simpática: el asno Magar, traído de Turquía por uno de los jefes de batería.

Riabóvich miraba indiferente adelante y atrás, a las nucas y a las caras. En otra ocasión se habría adormilado, pero esta vez se sumergía por entero en sus nuevos y agradables pensamientos. Al principio, cuando la brigada acababa de ponerse en marcha, quiso persuadirse de que la historia del beso sólo podía tener el interés de una aventura pequeña y misteriosa, pero que en realidad era insignificante, y que pensar en ella seriamente resultaba por lo menos estúpido. Pero pronto mandó a paseo la lógica y se entregó a sus quimeras… Ora se imaginaba en el salón de Von Rabbek, al lado de una joven parecida a la señorita de lila y a la rubia de negro; ora cerraba los ojos y se veía con otra joven totalmente desconocida de rasgos muy imprecisos; mentalmente le hablaba, la acariciaba, se inclinaba sobre su hombro, se representaba la guerra y la separación, después el encuentro, la cena con la mujer y los hijos…

-¡A los frenos! -resonaba la voz de mando cada vez que se descendía una cuesta.

Él también exclamaba «¡A los frenos!», temiendo que ese grito interrumpiera sus ensueños y lo devolviera a la realidad.

Al pasar por delante de una hacienda, Riabóvich miró por encima de la empalizada al jardín. Apareció ante sus ojos una avenida larga, recta como una regla, sembrada de arena amarilla y flanqueada de jóvenes abedules… Con la avidez del hombre embebido en sus sueños, se representó unos piececitos de mujer caminando por la arena amarilla, y de manera totalmente inesperada se perfiló en su imaginación, con toda nitidez, aquella que lo había besado y que él había logrado fantasear la noche anterior durante la cena. La imagen se fijó en su cerebro y ya no ló abandonó.

Al mediodía, detrás, cerca del convoy, resonó un grito:

-¡Alto! ¡Vista a la izquierda! ¡Señores oficiales!

En una carretela arrastrada por un par de caballos blancos, se acercó el general de la brigada. Se detuvo junto a la segunda batería y gritó algo que nadie comprendió. Varios oficiales, entre ellos Riabóvich, se le acercaron al galope.

-¿Qué tal? ¿Cómo vamos? -preguntó el general, entornando los ojos enrojecidos-. ¿Hay enfermos?

Obtenidas las respuestas, el general, pequeño y enteco, reflexionó y dijo, volviéndose hacia uno de los oficiales:

-El conductor del limonero de su tercer cañón se ha quitado la rodillera y el bribón la ha colgado en el avantrén. Castíguelo.

Alzó los ojos hacia Riabóvich y prosiguió:

-Me parece que usted ha dejado los tirantes demasiado largos…

Hizo aún algunas aburridas observaciones, miró a Lobitko y se sonrió:

-Y usted, teniente Lobitko, tiene un aire muy triste -dijo-. ¿Siente nostalgia por Lopujova? ¡Señores, echa de menos a Lopujova!

Lopujova era una dama muy entrada en carnes y muy alta, que había rebasado hacía ya tiempo los cuarenta. El general, que tenía una debilidad por las féminas de grandes proporciones cualquiera que fuese su edad, sospechaba la misma debilidad en sus oficiales. Ellos sonrieron respetuosamente. El general de la brigada, contento por haber dicho algo divertido y venenoso, rió estrepitosamente, tocó la espalda de su cochero y se llevó la mano a la visera. El coche reemprendió la marcha.

«Todo eso que ahora sueño y que me parece imposible y celestial, es en realidad muy común» -pensaba Riabóvich mirando las nubes de polvo que corrían tras la carretela del general-. «Es muy corriente y le sucede a todo el mundo… Por ejemplo, este general en su tiempo amó; ahora está casado y tiene hijos. El capitán Vájter también está casado y es querido, aunque tiene una feísima nuca roja y carece de cintura… Salmánov es tosco, demasiado tártaro, pero ha tenido también su idilio terminado en boda… Yo soy como los demás, y antes o después sentiré lo mismo que todos…»

La idea de que era un hombre como tantos y de que también su vida era una de tantas, lo alegró y reconfortó. Ya se la representaba osadamente a ella, y también su propia felicidad, sin poner freno alguno a su imaginación.

Cuando por la tarde la brigada hubo llegado a su destino y los oficiales descansaban en las tiendas, Riabóvich, Merzliakov y Lobitko se sentaron a cenar alrededor de un baúl. Merzliakov comía sin apresurarse, masticaba despacio y leía el Véstnik Yevrópy que sostenía sobre las rodillas. Lobitko hablaba sin parar y se servía cerveza. Y Riabóvich, con la cabeza turbia por los sueños de toda la jornada, callaba y bebía. Después del tercer vaso, se achispó, se debilitó y experimentó un irresistible deseo de compartir su nueva impresión con sus compañeros.

-Me sucedió algo extraño en casa de esos Von Rabbek… -empezó a decir, procurando imprimir a su voz un tono de indiferencia burlona-. Había ido, no sé si lo saben, a la sala de billar…

Se puso a contar con todo detalle la historia del beso y al minuto se calló… En aquel minuto lo había contado todo y le sorprendía tremendamente que hubiera necesitado tan poco tiempo para su relato. Le parecía que de aquel beso habría podido hablar hasta la madrugada. Habiéndolo escuchado, Lobitko, que contaba muchas trolas y por esta razón no creía a nadie, lo miró desconfiado y sonrió. Merzliakov enarcó las cejas y tranquilamente, sin apartar la mirada del Véstnik Yevrópy, dijo:

-¡Que Dios lo entienda! Arrojarse al cuello de alguien sin antes haber preguntado quién era… Se trataría de una psicópata.

-Sí, debía de ser una psicópata… -asintió Riabóvich.

-Una vez me ocurrió a mí un caso análogo… -dijo Lobitko, poniendo ojos de susto-. Iba el año pasado a Kovno… Tomé un billete de segunda clase… El vagón estaba de bote en bote y no había manera de dormir. Di medio rublo al revisor… Él cogió mi equipaje y me condujo a un compartimiento… Me acosté y me cubrí con la manta. Estaba oscuro, ¿comprenden? De súbito noté que alguien me ponía la mano en el hombro y respiraba ante mi cara… Abrí los ojos, y figúrense, ¡era una mujer! Los ojos negros, los labios rojos como carne de salmón, las aletas de la nariz latiendo de pasión frenesí, los senos, unos amortiguadores de tren…

-Permítame -lo interrumpió tranquilamente Merzliakov-, lo de los senos se comprende, pero ¿cómo podía usted ver los labios si estaba oscuro?

Lobitko empezó a salirse por la tangente y a burlarse de la poca perspicacia de Merzliakov. Esto molesté a Riabóvich, que se apartó del baúl, se acostó y se prometió no volver a hacer nunca confidencias.

Empezó la vida del campamento… Transcurrían los días muy semejantes unos a los otros. Durante todos ellos, Riabóvich se sentía, pensaba y se comportaba como un enamorado. Cada mañana, cuando el ordenanza lo ayudaba a levantarse, al echarse agua fría a la cabeza se acordaba de que había en su vida algo bueno y afectuoso.

Por las tardes, cuando sus compañeros se ponían a hablar de amor y de mujeres, él escuchaba, se les acercaba y adoptaba una expresión como la que suele aflorar en los rostros de los soldados al oír el relato de una batalla en la que ellos mismos han participado. Y las tardes en que los oficiales superiores, algo alegres, con el séter-Lobitko a la cabeza, emprendían alguna correría donjuanesca por el arrabal, Riabóvich, que tomaba parte en tales salidas, solía ponerse triste, se sentía profundamente culpable y mentalmente le pedía a ella perdón… En las horas de ocio o en las noches de insomnio, cuando le venían ganas de rememorar su infancia, a su padre, a su madre y, en general, todo lo que era familiar y entrañable, también se acordaba, infaliblemente, de Mestechki, del raro caballo, de Von Rabbek, de su mujer parecida a la emperatriz Yevguenia, del cuarto oscuro, de la rendija iluminada de la puerta…

El treinta y uno de agosto regresaba del campamento, pero ya no con su brigada, sino con dos baterías. Durante todo el camino soñó y se impacientó como si volviera a su lugar natal. Deseaba con toda el alma ver de nuevo el caballo extraño, la iglesia, la insincera familia Von Rabbek y el cuarto oscuro. La «voz interior» que con tanta frecuencia engaña a los enamorados le susurraba, quién sabe por qué, que la vería sin falta… Unos interrogantes lo torturaban: ¿cómo se encontraría con ella?, ¿de qué le hablaría?, ¿no habría olvidado ella el beso? En el peor de los casos, pensaba, aunque no se encontraran, para él ya resultaría agradable el mero hecho de pasar por el cuarto oscuro y recordar…

Hacia la tarde se divisaron en el horizonte la conocida iglesia y los blancos graneros. A Riabóvich empezó a palpitarle el corazón… No escuchaba al oficial que cabalgaba a su lado y le decía alguna cosa, se olvidó de todo contemplando con avidez el río que brillaba en lontananza, la techumbre de la casa, el palomar encima del cual revoloteaban las palomas iluminadas por el sol poniente.

Se acercaron a la iglesia y luego, al escuchar al aposentador, esperaba a cada instante que por detrás del templo apareciera el jinete e invitara a los oficiales a tomar el té, pero… el informe de los aposentadores tocó a su fin, los oficiales bajaron de sus cabalgaduras y se dispersaron por el pueblo, y el jinete no comparecía.

«Ahora Von Rabbek se enterará de nuestra llegada por los mujiks y mandará por nosotros», pensaba Riabóvich al entrar en una isba, sin comprender por qué su compañero encendía una vela ni por qué los ordenanzas se apresuraban a preparar los samovares…

Una penosa inquietud se apoderé de él. Se acostó, después se levantó y miró por la ventana si llegaba el jinete. Pero no había jinete. Volvió a acostarse. Media hora más tarde se levantó y, sin poder dominar su inquietud, salió a la calle y dirigió sus pasos hacia la iglesia. La plaza, cerca de la verja, estaba oscura y desierta… Tres soldados se habían detenido, juntos y callados, al mismísimo borde del sendero. Al ver a Riabóvich, salieron de su ensimismamiento y lo saludaron. Él se llevó la mano a la visera y empezó a bajar por el conocido sendero.

Por encima de la otra orilla, el cielo se había teñido de un color purpúreo: salía la luna. Dos campesinas, charlando en voz alta, andaban por un huerto arrancando hojas de col; tras los huertos negreaban algunas isbas… Y en la orilla de este lado, todo era igual que en mayo: el sendero, los arbustos, los sauces inclinados sobre el agua… Sólo no se oía al valiente ruiseñor, ni se notaba olor a álamo y a hierba tierna.

Ante el jardín, Riabóvich miró por la portezuela. El jardín estaba oscuro y silencioso… Sólo se distinguían los troncos blancos de los abedules próximos y un pequeño tramo de la avenida, todo lo demás se confundía en una masa negra. Riabóvich aguzaba el oído y miraba ávidamente, pero, tras haber permanecido allí alrededor de un cuarto de hora sin oír ni un ruido y sin haber visto una luz, volvió sobre sus pasos…

Se acercó al río. Ante él se destacaban la caseta de baños del general y unas sábanas colgadas en las barandillas del puentecillo. Subió al pequeño puente, se detuvo un poco, tocó sin necesidad una de las sábanas, que encontró áspera y fría. Miró hacia abajo, al agua… El río se deslizaba rápido y apenas se le oía rumorear junto a los pilotes de la caseta. La luna roja se reflejaba cerca de la orilla; pequeñas ondas corrían por su reflejo alargándola, despedazándola, como si quisieran llevársela.

«¡Qué estúpido! ¡Qué estúpido! -pensaba Riabóvich contemplando la corriente-. ¡Qué poco inteligente es todo esto.»

Ahora que ya no esperaba nada, la historia del beso, su impaciencia, sus vagas esperanzas y su desencanto se le aparecían con vívida luz. Ya no le parecía extraño que no se hubiera presentado el jinete enviado por el general, ni no ver nunca a aquella que casualmente lo había besado a él en lugar de otro. Al contrario, lo raro sería que la viera.

El agua corría no se sabía hacia dónde ni para qué. Del mismo modo corría en mayo; el riachuelo, en el mes de mayo, había desembocado en un río caudaloso, y el río en el mar; después se había evaporado, se había convertido en lluvia, y quién sabe si aquella misma agua no era la que en este momento corría otra vez ante los ojos de Riabóvich… ¿A santo de qué? ¿Para qué?

Y el mundo entero, la vida toda, le parecieron a Riabóvich una broma incomprensible y sin objeto. Apartando luego la vista del agua y tras haber elevado los ojos al cielo, recordó otra vez cómo el destino en la persona de aquella mujer desconocida lo había acariciado por azar, se acordó de sus ensueños y visiones estivales, y su vida le pareció extraordinariamente aburrida, mísera y gris.

Cuando regresó a su isba, no encontró en ella a ninguno de sus compañeros. El ordenanza le informó que todos se habían ido a casa del «general Fontriabkin», que había mandado un jinete a invitarlos… Por un instante el gozo estalló en el pecho de Riabóvich, pero él se apresuró a apagar aquella llama, se acostó y, para contrariar a su destino, como si deseara vejarle, no fue a casa del general.

Publicado en Cuentos

El estudiante, de Antón Chéjov

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada1 inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.

La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río

-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!

Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.

-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.

Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.

-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!

Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:

-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?

-Sí, fui.

-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió… Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban…

Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena… Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo…

El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.

Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella…

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.

Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. «El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros». Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.

Publicado en Cuentos

Embargo, de José Saramago

Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada. Pensó que su mujer se había olvidado de correr las cortinas al acostarse y se enfadó: si no consiguiese volver a dormirse ya, acabaría por tener un día fastidiado. Le faltó sin embargo el ánimo para levantarse, para cubrir la ventana: prefirió cubrirse la cara con la sábana y volverse hacia la mujer que dormía, refugiarse en su calor y en el olor de su pelo suelto. Estuvo todavía unos minutos esperando, inquieto, temiendo el insomnio matinal. Pero después le vino la idea del capullo tibio que era la cama y la presencia laberíntica del cuerpo al que se aproximaba y, casi deslizándose en un círculo lento de imágenes sensuales, volvió a caer en el sueño. El ojo ceniciento del cristal se fue azulando poco a poco, mirando fijamente las dos cabezas posadas en la almohada, como restos olvidados de una mudanza a otra casa o a otro mundo. Cuando el despertador sonó, pasadas dos horas, la habitación estaba clara.

Dijo a su mujer que no se levantase, que aprovechase un poco más de la mañana, y se escurrió hacia el aire frío, hacia la humedad indefinible de las paredes, de los picaportes de las puertas, de las toallas del cuarto de baño. Fumó el primer cigarrillo mientras se afeitaba y el segundo con el café, que entretanto se había enfriado. Tosió como todas las mañanas. Después se vistió a oscuras, sin encender la luz de la habitación. No quería despertar a su mujer. Un olor fresco a agua de colonia avivó la penumbra, y eso hizo que la mujer suspirase de placer cuando el marido se inclinó sobre la cama para besarle los ojos cerrados. Y susurró que no volvería a comer a casa.

Cerró la puerta y bajó rápidamente la escalera. La finca parecía más silenciosa que de costumbre. Tal vez por la niebla, pensó. Se había dado cuenta de que la niebla era como una campana que ahogaba los sonidos y los transformaba, disolviéndolos, haciendo de ellos lo que hacía con las imágenes. Había niebla. En el último tramo de la escalera ya podría ver la calle y saber si había acertado. Al final había una luz aún grisácea, pero dura y brillante, de cuarzo. En el bordillo de la acera, una gran rata muerta. Y mientras encendía el tercer cigarrillo, detenido en la puerta, pasó un chico embozado, con gorra, que escupió por encima del animal, como le habían enseñado y siempre veía hacer.

El automóvil estaba cinco casas más abajo. Una gran suerte haber podido dejarlo allí. Había adquirido la superstición de que el peligro de que lo robasen sería mayor cuanto más lejos lo hubiese dejado por la noche. Sin haberlo dicho nunca en voz alta, estaba convencido de que no volvería a ver el coche si lo dejase en cualquier extremo de la ciudad. Allí, tan cerca, tenía confianza. El automóvil aparecía cubierto de gotitas, los cristales cubiertos de humedad. Si no hiciera tanto frío, podría decirse que transpiraba como un cuerpo vivo. Miró los neumáticos según su costumbre, verificó de paso que la antena no estuviese partida y abrió la puerta. El interior del coche estaba helado. Con los cristales empañados era una caverna translúcida hundida bajo un diluvio de agua. Pensó que habría sido mejor dejar el coche en un sitio desde el cual pudiese hacerlo deslizarse para arrancar más fácilmente. Encendió el coche y en el mismo instante el motor roncó fuerte, con una sacudida profunda e impaciente. Sonrió, satisfecho de gusto. El día empezaba bien.

Calle arriba el automóvil arrancó, rozando el asfalto como un animal de cascos, triturando la basura esparcida. El cuentakilómetros dio un salto repentino a noventa, velocidad de suicidio en la calle estrecha bordeada de coches aparcados. ¿Qué sería? Retiró el pie del acelerador, inquieto. Casi diría que le habían cambiado el motor por otro más potente. Pisó con cuidado el acelerador y dominó el coche. Nada de importancia. A veces no se controla bien el balanceo del pie. Basta que el tacón del zapato no asiente en el lugar habitual para que se altere el movimiento y la presión. Es fácil.

Distraído con el incidente, aún no había mirado el contador de la gasolina. ¿La habrían robado durante la noche, como no sería la primera vez? No. El puntero indicaba precisamente medio depósito. Paró en un semáforo rojo, sintiendo el coche vibrante y tenso en sus manos. Curioso. Nunca había reparado en esta especie de palpitación animal que recorría en olas las láminas de la carrocería y le hacía estremecer el vientre. Con la luz verde el automóvil pareció serpentear, estirarse como un fluido para sobrepasar a los que estaban delante. Curioso. Pero, en verdad, siempre se había considerado mucho mejor conductor que los demás. Cuestión de buena disposición esta agilidad de reflejos de hoy, quizá excepcional. Medio depósito. Si encontrase una gasolinera funcionando, aprovecharía. Por seguridad, con todas las vueltas que tenía que dar ese día antes de ir a la oficina, mejor de más que de menos. Este estúpido embargo. El pánico, las horas de espera, en colas de decenas y decenas de coches. Se dice que la industria va a sufrir las consecuencias. Medio depósito. Otros andan a esta hora con mucho menos, pero si fuese posible llenarlo… El coche tomó una curva balanceándose y, con el mismo movimiento, se lanzó por una subida empinada sin esfuerzo. Allí cerca había un surtidor poco conocido, tal vez tuviese suerte. Como un perdiguero que acude al olor, el coche se insinuó entre el tráfico, dobló dos esquinas y fue a ocupar un lugar en la cola que esperaba. Buena idea.

Miró el reloj. Debían de estar por delante unos veinte coches. No era ninguna exageración. Pero pensó que lo mejor sería ir primero a la oficina y dejar las vueltas para la tarde, ya lleno el depósito, sin preocupaciones. Bajó el cristal para llamar a un vendedor de periódicos que pasaba. El tiempo había enfriado mucho. Pero allí, dentro del automóvil, con el periódico abierto sobre el volante, fumando mientras esperaba, hacía un calor agradable, como el de sábanas. Hizo que se movieran los músculos de la espalda, con una torsión de gato voluptuoso, al acordarse de su mujer aún enroscada en la cama a aquella hora y se recostó mejor en el asiento. El periódico no prometía nada bueno. El embargo se mantenía. Una Navidad oscura y fría, decía uno de los titulares. Pero él aún disponía de medio depósito y no tardaría en tenerlo lleno. El automóvil de delante avanzó un poco. Bien.

Hora y media más tarde estaba llenándolo y tres minutos después arrancaba. Un poco preocupado porque el empleado le había dicho, sin ninguna expresión particular en la voz, de tan repetida la información, que no habría allí gasolina antes de quince días. En el asiento, al lado, el periódico anunciaba restricciones rigurosas. En fin, de lo malo malo, el depósito estaba lleno. ¿Qué haría? ¿Ir directamente a la oficina o pasar primero por casa de un cliente, a ver si le daban el pedido? Escogió el cliente. Era preferible justificar el retraso con la visita que tener que decir que había pasado hora y media en la cola de la gasolina cuando le quedaba medio depósito. El coche estaba espléndido. Nunca se había sentido tan bien conduciéndolo. Encendió la radio y se oyó un diario hablado. Noticias cada vez peores. Estos árabes. Este estúpido embargo.

De repente el coche dio una cabezada y se dirigió a la calle de la derecha hasta parar en una cola de automóviles menor que la primera. ¿Qué había sido eso? Tenía el depósito lleno, sí, prácticamente lleno. Por qué este demonio de idea. Movió la palanca de las velocidades para poner marcha atrás, pero la caja de cambios no le obedeció. Intentó forzarla, pero los engranajes parecían bloqueados. Qué disparate. Ahora una avería. El automóvil de delante avanzó. Recelosamente, contando con lo peor, metió la primera. Perfecto todo. Suspiró de alivio. Pero ¿cómo estaría la marcha atrás cuando volviese a necesitarla?

Cerca de media hora después ponía medio litro de gasolina en el depósito, sintiéndose ridículo bajo la mirada desdeñosa del empleado de la gasolinera. Dio una propina absurdamente alta y arrancó con un gran ruido de neumáticos y aceleramientos. Qué demonio de idea. Ahora el cliente, o será una mañana perdida. El coche estaba mejor que nunca. Respondía a sus movimientos como si fuese una prolongación mecánica de su propio cuerpo. Pero el caso de la marcha atrás daba que pensar. Y he aquí que tuvo realmente que pensarlo. Una gran camioneta averiada tapaba todo el centro de la calle. No podía contornearla, no había tenido tiempo, estaba pegado a ella. Otra vez con miedo movió la palanca y la marcha atrás entró con un ruido suave de succión. No se acordaba que la caja de cambios hubiese reaccionado de esa manera antes. Giró el volante hacia la izquierda, aceleró y con un suave movimiento el automóvil subió a la acera, pegado a la camioneta, y salió por el otro lado, suelto, con una agilidad de animal. El demonio de coche tenía siete vidas. Tal vez por causa de toda esa confusión del embargo, todo ese pánico, los servicios desorganizados hubiesen hecho meter en los surtidores gasolina de mucho mayor potencia. Tendría gracia.

Miró el reloj. ¿Valdría la pena visitar al cliente? Con suerte encontraría el establecimiento aún abierto. Si el tránsito ayudase, sí, si el tránsito ayudase tendría tiempo. Pero el tránsito no ayudó. En época navideña, incluso faltando la gasolina, todo el mundo sale a la calle, para estorbar a quien necesita trabajar. Y al ver una transversal descongestionada desistió de visitar al cliente. Mejor sería dar cualquier explicación en la oficina y dejarlo para la tarde. Con tantas dudas, se había desviado mucho del centro. Gasolina quemada sin provecho. En fin, el depósito estaba lleno. En una plaza, al fondo de la calle por la que bajaba, vio otra cola de automóviles esperando su turno. Sonrió de gozo y aceleró, decidido a pasar resoplando contra los ateridos automovilistas que esperaban. Pero el coche, a veinte metros, tiró hacia la izquierda, por sí mismo, y se detuvo, suavemente, como si suspirase, al final de la cola. ¿Qué diablos había sido aquello, si no había decidido poner más gasolina? ¿Qué diantre era, si tenía el depósito lleno? Se quedó mirando los diversos contadores, palpando el volante, costándole reconocer el coche, y en esta sucesión de gestos movió el retrovisor y se miró en el espejo. Vio que estaba perplejo y consideró que tenía razón. Otra vez por el retrovisor distinguió un automóvil que bajaba la calle, con todo el aire de irse a colocar en la fila. Preocupado por la idea de quedarse allí inmovilizado, cuando tenía el depósito lleno, movió rápidamente la palanca para dar marcha atrás. El coche resistió y la palanca le huyó de las manos. Un segundo después se encontraba aprisionado entre sus dos vecinos. Diablos. ¿Qué tendría el coche? Necesitaba llevarlo al taller. Una marcha atrás que funcionaba ahora sí y ahora no es un peligro.

Había pasado más de veinte minutos cuando hizo avanzar el coche hasta el surtidor. Vio acercarse al empleado y la voz se le estranguló al pedir que llenase el depósito. En ese mismo instante hizo una tentativa por huir de la vergüenza, metió una rápida primera y arrancó. En vano. El coche no se movió. El hombre de la gasolinera lo miró desconfiado, abrió el depósito y, pasados pocos segundos, fue a pedirle el dinero de un litro que guardó refunfuñando. Acto seguido, la primera entraba sin ninguna dificultad y el coche avanzaba, elástico, respirando pausadamente. Alguna cosa no iría bien en el automóvil, en los cambios, en el motor, en cualquier sitio, el diablo sabrá. ¿O estaría perdiendo sus cualidades de conductor? ¿O estaría enfermo? Había dormido bien a pesar de todo, no tenía más preocupaciones que en cualquier otro día de su vida. Lo mejor sería desistir por ahora de clientes, no pensar en ellos durante el resto del día y quedarse en la oficina. Se sentía inquieto. A su alrededor las estructuras del coche vibraban profundamente, no en la superficie, sino en el interior del acero, y el motor trabajaba con aquel rumor inaudible de pulmones llenándose y vaciándose, llenándose y vaciándose. Al principio, sin saber por qué, dio en trazar mentalmente un itinerario que le apartase de otras gasolineras, y cuando notó lo que hacía se asustó, temió no estar bien de la cabeza. Fue dando vueltas, alargando y acortando camino, hasta que llegó delante de la oficina. Pudo aparcar el coche y suspiró de alivio. Apagó el motor, sacó la llave y abrió la puerta. No fue capaz de salir.

Creyó que el faldón de la gabardina se había enganchado, que la pierna había quedado sujeta por el eje del volante, e hizo otro movimiento. Incluso buscó el cinturón de seguridad, para ver si se lo había puesto sin darse cuenta. No. El cinturón estaba colgando de un lado, tripa negra y blanda. Qué disparate, pensó. Debo estar enfermo. Si no consigo salir es porque estoy enfermo. Podía mover libremente los brazos y las piernas, flexionar ligeramente el tronco de acuerdo con las maniobras, mirar hacia atrás, inclinarse un poco hacia la derecha, hacia la guantera, pero la espalda se adhería al respaldo del asiento. No rígidamente, sino como un miembro se adhiere al cuerpo. Encendió un cigarrillo y, de repente, se preocupó por lo que diría el jefe si se asomase a una ventana y lo viese allí instalado, dentro del coche, fumando, sin ninguna prisa por salir. Un toque violento de claxon lo hizo cerrar la puerta, que había abierto hacia la calle. Cuando el otro coche pasó, dejó lentamente abrirse la puerta otra vez, tiró el cigarrillo fuera y, agarrándose con ambas manos al volante, hizo un movimiento brusco, violento. Inútil. Ni siquiera sintió dolores. El respaldo del asiento lo sujetó dulcemente y lo mantuvo preso. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Movió hacia abajo el retrovisor y se miró. Ninguna diferencia en la cara. Tan sólo una aflicción imprecisa que apenas se dominaba. Al volver la cara hacia la derecha, hacia la acera, vio a una niñita mirándolo, al mismo tiempo intrigada y divertida. A continuación surgió una mujer con un abrigo de invierno en las manos, que la niña se puso, sin dejar de mirar. Y las dos se alejaron, mientras la mujer arreglaba el cuello y el pelo de la niña.

Volvió a mirar el espejo y adivinó lo que debía hacer. Pero no allí. Había personas mirando, gente que lo conocía. Maniobró para separarse de la acera, rápidamente, echando mano a la puerta para cerrarla, y bajó la calle lo más deprisa que podía. Tenía un designio, un objetivo muy definido que ya lo tranquilizaba, y tanto que se dejó ir con una sonrisa que a poco le suavizó la aflicción.

Sólo reparó en la gasolinera cuando casi iba a pasar por delante. Tenía un letrero que decía «agotada», y el coche siguió, sin una mínima desviación, sin disminuir la velocidad. No quiso pensar en el coche. Sonrió más. Estaba saliendo de la ciudad, eran ya los suburbios, estaba cerca el sitio que buscaba. Se metió por una calle en construcción, giró a la izquierda y a la derecha, hasta un sendero desierto, entre vallas. Empezaba a llover cuando detuvo el automóvil.

Su idea era sencilla. Consistía en salir de dentro de la gabardina, sacando los brazos y el cuerpo, deslizándose fuera de ella, tal como hace la culebra cuando abandona la piel. Delante de la gente no se habría atrevido, pero allí, solo, con un desierto alrededor, lejos de la ciudad que se escondía por detrás de la lluvia, nada más fácil. Se había equivocado, sin embargo. La gabardina se adhería al respaldo del asiento, de la misma manera que a la chaqueta, a la chaqueta de punto, a la camisa, a la camiseta interior, a la piel, a los músculos, a los huesos. Fue esto lo que pensó sin pensarlo cuando diez minutos después se retorcía dentro del coche gritando, llorando. Desesperado. Estaba preso en el coche. Por más que girase el cuerpo hacia fuera, hacia la abertura de la puerta por donde la lluvia entraba empujada por ráfagas súbitas y frías, por más que afirmase los pies en el saliente de la caja de cambios, no conseguía arrancarse del asiento. Con las dos manos se cogió al techo e intentó levantarse. Era como si quisiese levantar el mundo. Se echó encima del volante, gimiendo, aterrorizado. Ante sus ojos los limpiaparabrisas, que sin querer había puesto en movimiento en medio de la agitación, oscilaban con un ruido seco, de metrónomo. De lejos le llegó el pitido de una fábrica. Y a continuación, en la curva del camino, apareció un hombre pedaleando una bicicleta, cubierto con un gran pedazo de plástico negro por el cual la lluvia escurría como sobre la piel de una foca. El hombre que pedaleaba miró con curiosidad dentro del coche y siguió, quizá decepcionado o intrigado al ver a un hombre solo y no la pareja que de lejos le había parecido.

Lo que estaba pasando era absurdo. Nunca nadie se había quedado preso de esta manera en su propio coche, por su propio coche. Tenía que haber un procedimiento cualquiera para salir de allí. A la fuerza no podía ser. ¿Tal vez en un taller? No. ¿Cómo lo explicaría? ¿Llamar a la policía? ¿Y después? Se juntaría la gente, todos mirando, mientras la autoridad evidentemente tiraría de él por un brazo y pediría ayuda a los presentes, y sería inútil, porque el respaldo del asiento dulcemente lo sujetaría. E irían los periodistas, los fotógrafos y sería exhibido dentro de su coche en todos los periódicos del día siguiente, lleno de vergüenza como un animal trasquilado, en la lluvia. Tenía que buscarse otra forma. Apagó el motor y sin interrumpir el gesto se lanzó violentamente hacia fuera, como quien ataca por sorpresa. Ningún resultado. Se hirió en la frente y en la mano izquierda, y el dolor le causó un vértigo que se prolongó, mientras una súbita e irreprimible ganas de orinar se expandía, liberando interminable el líquido caliente que se vertía y escurría entre las piernas al suelo del coche. Cuando sintió todo esto empezó a llorar bajito, con un gañido, miserablemente, y así estuvo hasta que un perro escuálido, llegado de la lluvia, fue a ladrarle, sin convicción, a la puerta del coche.

Embragó despacio, con los movimientos pesados de un sueño de las cavernas, y avanzó por el sendero, esforzándose en no pensar, en no dejar que la situación se le representase en el entendimiento. De un modo vago sabía que tendría que buscar a alguien que lo ayudase. Pero ¿quién podía ser? No quería asustar a su mujer, pero no quedaba otro remedio. Quizá ella consiguiese descubrir la solución. Al menos no se sentiría tan desgraciadamente solo.

Volvió a entrar en la ciudad, atento a los semáforos, sin movimientos bruscos en el asiento, como si quisiese apaciguar los poderes que lo sujetaban. Eran más de las dos y el día había oscurecido mucho. Vio tres gasolineras, pero el coche no reaccionó. Todas tenían el letrero de «agotada». A medida que penetraba en la ciudad, iba viendo automóviles abandonados en posiciones anormales, con los triángulos rojos colocados en la ventanilla de atrás, señal que en otras ocasiones sería de avería, pero que significaba, ahora, casi siempre, falta de gasolina. Dos veces vio grupos de hombres empujando automóviles encima de las aceras, con grandes gestos de irritación, bajo la lluvia que no había parado todavía.

Cuando finalmente llegó a la calle donde vivía, tuvo que imaginarse cómo iba a llamar a su mujer. Detuvo el coche enfrente del portal, desorientado, casi al borde de otra crisis nerviosa. Esperó que sucediese el milagro de que su mujer bajase por obra y merecimiento de su silenciosa llamada de socorro. Esperó muchos minutos, hasta que un niño curioso de la vecindad se aproximó y pudo pedirle, con el argumento de una moneda, que subiese al tercer piso y dijese a la señora que allí vivía que su marido estaba abajo esperándola, en el coche. Que acudiese deprisa, que era muy urgente. El niño subió y bajó, dijo que la señora ya venía y se apartó corriendo, habiendo hecho el día.

La mujer bajó como siempre andaba en casa, ni siquiera se había acordado de coger un paraguas, y ahora estaba en el umbral, indecisa, desviando sin querer los ojos hacia una rata muerta en el bordillo de la acera, hacia la rata blanda, con el pelo erizado, dudando en cruzar la acera bajo la lluvia, un poco irritada contra el marido que la había hecho bajar sin motivo, cuando podía muy bien haber subido a decirle lo que quería. Pero el marido llamaba con gestos desde dentro del coche y ella se asustó y corrió. Puso la mano en el picaporte, precipitándose para huir de la lluvia, y cuando por fin abrió la puerta vio delante de su rostro la mano del marido abierta, empujándola sin tocarla. Porfió y quiso entrar, pero él le gritó que no, que era peligroso, y le contó lo que sucedía, mientras ella, inclinada, recibía en la espalda toda la lluvia que caía y el pelo se le desarreglaba y el horror le crispaba toda la cara. Y vio al marido, en aquel capullo caliente y empañado que lo aislaba del mundo, retorciéndose entero en el asiento para salir del coche sin conseguirlo. Se atrevió a cogerlo por el brazo y tiró, incrédula, y tampoco pudo moverlo de allí. Como aquello era demasiado horrible para ser creído, se quedaron callados mirándose, hasta que ella pensó que su marido estaba loco y fingía no poder salir. Tenía que ir a llamar a alguien para que lo examinase, para llevarlo a donde se tratan las locuras. Cautelosamente, con muchas palabras, le dijo a su marido que esperase un poquito, que no tardaría, iba a buscar ayuda para que saliese, y así incluso podían comer juntos y ella llamaría a la oficina diciendo que estaba acatarrado. Y no iría a trabajar por la tarde. Que se tranquilizase, el caso no tenía importancia, que no tardaba nada.

Pero, cuando ella desapareció en la escalera, volvió a imaginarse rodeado de gente, la fotografía en los periódicos, la vergüenza de haberse orinado por las piernas abajo, y esperó todavía unos minutos. Y mientras arriba su mujer hacía llamadas telefónicas a todas partes, a la policía, al hospital, luchando para que creyesen en ella y no en su voz, dando su nombre y el de su marido, y el color del coche, y la marca, y la matrícula, él no pudo aguantar la espera y las imaginaciones, y encendió el motor. Cuando la mujer volvió a bajar, el automóvil ya había desaparecido y la rata se había escurrido del bordillo de la acera, por fin, y rodaba por la calle inclinada, arrastrada por el agua que corría de los desagües. La mujer gritó, pero las personas tardaron en aparecer y fue muy difícil de explicar.

Hasta el anochecer el hombre circuló por la ciudad, pasando ante gasolineras sin existencias, poniéndose en colas de espera sin haberlo decidido, ansioso porque el dinero se le acababa y no sabía lo que podía suceder cuando no tuviese más dinero y el automóvil parase al lado de un surtidor para recibir más gasolina. Eso no sucedió, simplemente, porque todas las gasolineras empezaron a cerrar y las colas de espera que aún se veían tan sólo aguardaban el día siguiente, y entonces lo mejor era huir para no encontrar gasolineras aún abiertas, para no tener que parar. En una avenida muy larga y ancha, casi sin otro tránsito, un coche de la policía aceleró y le adelantó y, cuando le adelantaba, un guardia le hizo señas para que se detuviese. Pero tuvo otra vez miedo y no paró. Oyó detrás de sí la sirena de la policía y vio también, llegado de no sabía dónde, un motociclista uniformado casi alcanzándolo. Pero el coche, su coche, dio un ronquido, un arranque poderoso, y salió, de un salto, hacia delante, hacia el acceso a una autopista. La policía lo seguía de lejos, cada vez más de lejos, y cuando la noche cerró no había señales de ellos y el automóvil rodaba por otra carretera.

Sentía hambre. Se había orinado otra vez, demasiado humillado para avergonzarse,. Y deliraba un poco: humillado, humillado. Iba declinando sucesivamente alternando las consonantes y las vocales, en un ejercicio inconsciente y obsesivo que lo defendía de la realidad. No se detenía porque no sabía para qué iba a parar. Pero, de madrugada, por dos veces, aproximó el coche al bordillo e intentó salir despacito, como si mientras tanto el coche y él hubiesen llegado a un acuerdo de paces y fuese el momento de dar la prueba de buena fe de cada uno. Dos veces habló bajito cuando el asiento lo sujetó, dos veces intentó convencer al automóvil para que lo dejase salir por las buenas, dos veces en el descampado nocturno y helado donde la lluvia no paraba, explotó en gritos, en aullidos, en lágrimas, en ciega desesperación. Las heridas de la cabeza y de la mano volvieron a sangrar. Y sollozando, sofocado, gimiendo como un animal aterrorizado, continuó conduciendo el coche. Dejándose conducir.

Toda la noche viajó, sin saber por dónde. Atravesó poblaciones de las que no vio el nombre, recorrió largas rectas, subió y bajó montes, hizo y deshizo lazos y desenlazos de curvas, y cuando la mañana empezó a nacer estaba en cualquier parte, en una carretera arruinada, donde el agua de lluvia se juntaba en charcos erizados en la superficie. El motor roncaba poderosamente, arrancando las ruedas al lodo, y toda la estructura del coche vibraba, con un sonido inquietante. La mañana abrió por completo, sin que el sol llegara a mostrarse, pero la lluvia se detuvo de repente. La carretera se transformaba en un simple camino que adelante, a cada momento, parecía perderse entre piedras. ¿Dónde estaba el mundo? Ante los ojos estaba la sierra y un cielo asombrosamente bajo. Dio un grito y golpeó con los puños cerrado el volante. Fue en ese momento cuando vio que el puntero del depósito de gasolina estaba encima de cero. El motor pareció arrancarse a sí mismo y arrastró el coche veinte metros más. La carretera aparecía otra vez más allá, pero la gasolina se había acabado.

La frente se le cubrió de sudor frío. Una náusea se apoderó de él y lo sacudió de la cabeza a los pies, un velo le cubrió tres veces los ojos. A tientas, abrió la puerta para liberarse de la sofocación que le llegaba y, con ese movimiento, porque fuese a morir o porque el motor se había muerto, el cuerpo colgó hacia el lado izquierdo y se escurrió del coche. Se escurrió un poco más y quedó echado sobre las piedras. La lluvia había empezado a caer de nuevo.