Publicado en Mitos y Leyendas

El viaje de Thor al país de los gigantes, Neil Gaiman

Thor ha estado disfrutando de un gran resurgimiento en su popularidad últimamente. Por eso, aquí dejaré una historia famosa de la mitología nórdica que involucra tanto a él como a Loki. Leeremos sobre su viaje a la tierra de los gigantes a manos del prolífico autor Neil Gaiman.


I

Thialfi y su hermana Roskva vivían con su madre y con su padre, Egil, en una granja situada al borde de los páramos salvajes. Más allá de su granja había monstruos, gigantes y lobos, y en muchas ocasiones Thialfi había tenido que huir, pero había corrido más velozmente que cualquiera de los peligros que lo amenazaban. No había nada ni nadie que le ganara una carrera a Thialfi. Como vivían en el límite de las tierras salvajes, Thialfi y Roskva estaban habituados a los milagros y las cosas extrañas que sucedían en su mundo.

Pero nada tan extraño como el día en que dos visitantes de Asgard, Loki y Thor, se presentaron en su granja en un carro tirado por dos enormes machos cabríos, a los que Thor llamaba Gruñidor y Crujedientes. Los dioses buscaban un lugar donde pernoctar y comida para saciar su apetito. Eran enormes y poderosos.

—No tenemos comida para huéspedes como vosotros —dijo Roskva, disculpándose—. Tenemos verduras, pero el invierno ha sido duro y ya no nos quedan gallinas.

Thor soltó un gruñido. Sacó un cuchillo, mató a sus dos cabras, las despellejó y las metió en el gran caldero que colgaba encima del fuego. Mientras tanto, Roskva y su madre cortaron las hortalizas que tenían guardadas para el invierno y metieron los trozos en el caldero.

Loki se apartó un poco con Thialfi para hablarle. El chico se sentía intimidado ante el dios. Sus ojos verdes, sus labios agrietados y su sonrisa le parecían impresionantes. Loki le dijo:

—¿Sabes una cosa? El tuétano de los huesos de esas cabras es la mejor comida para un muchacho como tú. Es una pena que Thor siempre se lo quede para él. Si quieres ser fuerte como Thor cuando crezcas, tendrás que probar el tuétano de esas cabras.

Cuando la comida estuvo lista, Thor cogió toda una cabra para él solo y dejó la carne de la segunda para que se la repartieran los demás.

Desplegó las dos pieles en el suelo y, mientras comía, fue depositando los huesos pelados de su cabra sobre uno de los pellejos.

—Dejad vuestros huesos sobre la otra piel —indicó a los demás—. Y no los rompáis, ni los chupéis. Comed solamente la carne.

¿Decís que vosotros coméis deprisa? ¡Tendríais que haber visto a Loki devorar la comida! En un momento la tenía delante y al momento siguiente se la había terminado y se estaba enjugando los labios con el dorso de la mano.

Los otros comían más lentamente, pero Thialfi no podía olvidar lo que le había dicho Loki y, cuando Thor se levantó de la mesa para hacer sus necesidades, el muchacho sacó su cuchillo, partió uno de los huesos de las patas de la cabra y comió un poco de tuétano. Después dejó el hueso roto encima del pellejo y lo tapó con otros huesos intactos, para que nadie lo notara.

Esa noche, todos durmieron en la gran sala común.

Por la mañana, Thor cubrió los huesos con los pellejos, empuñó su martillo Mjollnir y lo levantó. Entonces dijo:

—¡Gruñidor, recomponte!

Estalló un relámpago y de inmediato el macho cabrío se desperezó, baló y empezó a pacer.

A continuación, Thor proclamó:

—¡Crujedientes, recomponte!

Y el segundo macho cabrío hizo lo mismo que el anterior, pero enseguida pareció trastabillar y se fue cojeando en dirección al otro, dejando escapar agudos balidos, como si le doliera algo.

—Crujedientes tiene rota una de las patas traseras —dijo Thor—. Traed paño y unas tablas.

Le entablilló la pata y se la vendó. Cuando hubo terminado, se volvió para mirar a la familia anfitriona. Thialfi nunca había visto nada tan aterrador como los ojos ardientes y enrojecidos de Thor. El dios apretaba con fuerza el mango de su martillo.

—Alguien de vosotros ha roto ese hueso —dijo, con voz semejante al trueno—. Os di de comer y os pedí solamente una cosa, pero me traicionasteis.

—Fui yo —confesó Thialfi—. Yo rompí el hueso.

Loki intentaba parecer serio, pero no podía evitar que una sonrisa le curvara las comisuras de la boca. No era una sonrisa tranquilizadora.

Thor enarboló el martillo.

—Debería destruir toda esta granja —masculló. Egil pareció espantado y su esposa rompió a llorar. Entonces Thor añadió—: Dime una razón para que no arrase este lugar y lo convierta en escombros.

Egil no dijo nada, pero Thialfi se puso de pie y declaró:

—Mi padre no tiene nada que ver en esto. Él no sabía nada. No lo castigues a él, sino a mí. Mírame: corro a gran velocidad y aprendo rápido. Deja en paz a mis padres y llévame contigo para que sea tu sirviente.

Su hermana Roskva también se puso de pie.

—Mi hermano no se irá sin mí —dijo—. Si te lo llevas, tendrás que llevarnos a los dos.

Thor se lo pensó un momento y dijo:

—Muy bien. De momento, Roskva, te quedarás aquí y cuidarás de mis dos cabras, mientras a Crujedientes se le cura la pata. Cuando vuelva, os recogeré a los tres. —Se volvió hacia Thialfi—. Y tú vendrás con Loki y conmigo. Iremos a Utgard.

II

El mundo más allá de la granja era un páramo salvaje, y Thor, Loki y Thialfi pusieron rumbo al este, hacia Jotunheim, el país de los gigantes, en dirección al mar.

Cuanto más avanzaban hacia el este, más frío hacía. Soplaban vientos gélidos que les robaban todo el calor del cuerpo. Poco antes del crepúsculo, cuando aún quedaba luz para ver el camino, se pusieron a buscar un refugio donde pasar la noche. Ni Thor ni Thialfi encontraron nada. Loki fue quien más tardó en regresar de la búsqueda. Cuando volvió, parecía desconcertado.

—Hay una casa bastante rara por allí —anunció.

—¿Cómo de rara? —preguntó Thor.

—No es más que una habitación enorme. No tiene ventanas y la entrada es inmensa, pero no tiene puerta. En realidad, es como una cueva muy grande.

El viento frío les entumecía los dedos y les pinchaba las mejillas.

—Vamos a verla —dijo Thor.

La sala principal era bastante larga.

—Podría haber fieras o monstruos allá en el fondo —observó Thor—. Acampemos cerca de la entrada.

Así lo hicieron. La casa era tal como Loki la había descrito: un edificio enorme, con una sala única y una habitación alargada a un costado. Encendieron un fuego junto a la entrada y durmieron durante una hora o dos, hasta que un ruido los despertó.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Thialfi.

—¿Un terremoto? —dijo Thor.

La tierra estaba temblando y se oía un rugido. Podía ser un volcán, o quizá una avalancha de grandes rocas, o también podía ser un centenar de osos furiosos.

—No lo creo —repuso Loki—. Pero será mejor que nos traslademos a la habitación del costado, por si acaso.

Loki y Thialfi durmieron en la habitación contigua, escuchando el rugido atronador, que no se interrumpió hasta el amanecer. Thor se apostó en la puerta de la casa y allí permaneció toda la noche, empuñando el martillo. Su irritación había ido en aumento a medida que avanzaba la noche, y solamente quería salir a explorar y a atacar a lo que fuera que estaba rugiendo y sacudiendo la tierra. En cuanto el día empezó a clarear, se adentró en el bosque sin despertar a sus compañeros, en busca del origen del estruendo.

A medida que se acercaba, observó que había tres sonidos distintos, que se repetían secuencialmente: primero, un rugido profundo; a continuación, un zumbido; y, para terminar, una especie de silbido suficientemente penetrante para que a Thor le doliera la cabeza y le rechinaran los dientes cada vez que lo oía.

Cuando llegó a lo alto de un monte, se puso a contemplar el paisaje que se extendía a sus pies.

Entonces descubrió, tendido en el suelo del valle, al hombre más grande que hubiera visto en su vida. Tenía el pelo y la barba más negros que el carbón, y la piel blanca como un campo nevado. El gigante tenía los ojos cerrados y roncaba tranquilamente, lo que explicaba los rugidos y silbidos que había estado escuchando hasta ese momento. Con cada ronquido del gigante, la tierra se sacudía. Eran los temblores que habían notado durante la noche. El gigante era tan enorme que, a su lado, Thor habría podido pasar por un escarabajo o una hormiga.

El dios se llevó las manos al cinturón llamado Megingjord y se lo ajustó para duplicar su potencia y asegurarse de tener suficiente fuerza para luchar incluso contra el más colosal de los gigantes.

Mientras Thor lo examinaba, el gigante abrió los ojos. Eran de un azul gélido y penetrante. Aun así, no parecía que el enorme ser fuera a suponer un peligro inmediato para el dios.

—Hola —lo saludó Thor.

—¡Buenos días! —respondió el gigante de pelo negro, con una voz tan estruendosa como un alud bajando por la montaña—. Me llaman Skrymir, que significa «grandote». Mis parientes son unos bromistas. Tiene gracia llamar Grandote a un tipo canijo como yo, pero así están las cosas. ¿Dónde estará mi guante? Anoche tenía dos, ¿sabes?, pero uno se me cayó. —Levantó las dos manos. En la derecha llevaba puesta una manopla enorme de cuero y en la otra, nada—. ¡Ah, ya lo veo! ¡Ahí está!

Tendió el brazo hasta el otro lado del monte que había escalado Thor y recogió algo que obviamente era la otra manopla.

—¡Qué curioso! Tiene algo dentro —dijo el gigante, sacudiendo el guante.

Thor reconoció la casa donde habían pasado la noche en cuanto vio a Thialfi y a Loki caer de la boca del guante y aterrizar en la nieve.

Skrymir se puso la manopla izquierda y se miró feliz las dos manos enguantadas.

—Podemos viajar juntos —dijo—, si os parece bien.

Thor miró a Loki, Loki miró a Thor y los dos se volvieron hacia el joven Thialfi, que se encogió de hombros.

—Yo puedo seguirle el ritmo —dijo el muchacho, que confiaba en su velocidad.

—¡De acuerdo! —gritó Thor.

Desayunaron con el gigante, que sacó varias vacas y ovejas de su zurrón y las devoró enteras. Sus tres compañeros fueron más frugales. Después del desayuno, Skrymir dijo:

—Dadme vuestras provisiones. Las llevaré yo en mi morral y así vosotros no iréis tan cargados. Cenaremos juntos cuando acampemos para la noche.

Guardó la comida de todos en el morral, cerró la bolsa con un nudo y se puso en marcha hacia el este.

Thor y Loki echaron a correr detrás del gigante con el paso incansable de los dioses. Thialfi corría más velozmente de lo que ningún mortal había corrido nunca, pero incluso a él le costaba mantener el ritmo con el transcurso de las horas, y a veces le parecía como si el gigante fuera una montaña más a lo lejos, con la cabeza perdida entre las nubes.

Alcanzaron a Skrymir cuando ya estaba anocheciendo. Había encontrado un lugar donde acampar bajo un roble enorme y se había tumbado a los pies del árbol, con la cabeza apoyada sobre un peñasco.

—No tengo hambre —anunció—. No os preocupéis por mí. Me voy a dormir temprano. Vuestras provisiones están en mi zurrón, que he dejado apoyado contra el tronco. Buenas noches.

Se dio la vuelta y se puso a roncar. Cuando la ya familiar sucesión de rugidos y silbidos empezó a sacudir los árboles, Thialfi trepó al zurrón del gigante y, desde arriba, llamó a Thor y a Loki.

—¡No puedo deshacer los nudos! Están demasiado apretados para mí. Es como si fueran de hierro.

—Yo puedo torcer el hierro —repuso Thor, mientras se subía de un salto a la bolsa de provisiones y empezaba a lidiar con los lazos.

—¿Y bien? —preguntó Loki.

Thor gruñía y tironeaba, tironeaba y gruñía. Al final, se encogió de hombros.

—Creo que no cenaremos esta noche —dijo—, a menos que ese maldito gigante nos ayude a desatar los nudos de su zurrón.

Se volvió hacia el gigante y miró a Mjollnir, su martillo. A continuación, se bajó del morral y trepó a la cabeza del durmiente Skrymir. Para terminar, levantó el martillo y lo descargó sobre la frente del gigante.

Skrymir abrió un ojo adormilado.

—Me parece que me ha caído una hoja en la cabeza y me ha despertado —dijo—. ¿Habéis cenado? ¿Vais a acostaros ya? No me sorprende que estéis cansados. Ha sido un día muy largo.

Entonces se dio la vuelta, cerró los ojos y empezó a roncar otra vez.

Loki y Thialfi lograron conciliar el sueño a pesar del ruido, pero Thor no podía dormir. Estaba enfadado y hambriento, y no confiaba en el gigante, sobre todo allí, en las salvajes tierras del este. A medianoche estaba famélico y comenzaba a cansarse de tantos ronquidos. Volvió a trepar a la cabeza del gigante y esta vez se situó entre las cejas.

Se escupió en las dos manos, se ajustó el cinturón de fuerza, levantó el martillo Mjollnir por encima de la cabeza y descargó un golpe con todas sus fuerzas. Estaba seguro de que el martillo se había hundido en la frente de Skrymir.

Estaba demasiado oscuro para ver el color de los ojos del gigante, pero notó que se abrían.

—¡Ay! —se quejó el colosal hombretón—. ¿Estás ahí, Thor? Me parece que me ha caído en la frente una bellota del roble. ¿Qué hora es?

—Medianoche —contestó Thor.

—Bueno, entonces hasta mañana.

Los ronquidos del gigante hicieron temblar el suelo y agitaron las copas de los árboles.

Cuando aún no era de día, pero ya rayaba el alba, Thor, más hambriento y furioso que nunca y sumamente irritado por no haber podido dormir, decidió asestar el golpe definitivo que silenciara para siempre los ronquidos. Esta vez apuntó a la sien del gigante y descargó un golpe con todas sus fuerzas. Nunca se había visto un golpe semejante. Thor oyó el eco que despertaba en las cumbres de las montañas.

—¿Sabes una cosa? —dijo Skrymir—. Me parece que me ha caído encima un trozo de nido de pájaro. Unas ramitas o algo. —Bostezó, se desperezó y se levantó—. Bueno, ya he dormido suficiente. Es hora de que nos pongamos en camino. ¿Vosotros tres vais a Utgard? Allí os tratarán bien: copiosos banquetes, cuernos llenos de cerveza, carreras y combates para ver quién es el más fuerte. Allí sí que saben divertirse. Tenéis que ir hacia el este, hacia la claridad del amanecer. Yo voy al norte.

Sonrió dejando al descubierto sus dientes separados, y su sonrisa habría podido parecer vacía y tonta, de no haber sido por sus ojos, que eran azules y penetrantes.

Entonces se agachó y se hizo pantalla con la mano junto a la boca, como si quisiera impedir que alguien los oyera, aunque en realidad sus susurros eran lo bastante estentóreos para dejar sordo a cualquiera.

—No he podido evitar oíros antes, cuando hablabais de mí y comentabais lo grande que soy. Supongo que lo decíais como un cumplido. Pero si alguna vez vais al norte, veréis gigantes de verdad, auténticos colosos, y entonces os daréis cuenta de que yo soy bastante canijo.

Skrymir volvió a sonreír y se marchó en dirección al norte, haciendo temblar la tierra bajo sus pies.

III

Viajaron al este a través de Jotunheim, siempre en dirección a la claridad del amanecer, durante varios días.

Al principio creyeron ver una fortaleza de tamaño normal y calcularon que se encontraban relativamente cerca, pero por mucho que caminaban y apretaban el paso la fortaleza no aumentaba de tamaño ni parecía más cercana. A medida que fueron pasando los días, comprendieron que era enorme y estaba muy lejos.

—¿Es Utgard eso de allí? —dijo Thialfi.

Loki le respondió con una expresión que parecía casi seria.

—Así es. Es el lugar de procedencia de mi familia.

—¿Has estado allí alguna vez?

—No.

Llegaron a la puerta de la fortaleza y no vieron a nadie, pero oyeron el ruido de lo que parecía ser una fiesta en el interior. La puerta era más alta que la mayoría de las catedrales. Estaba protegida por unos barrotes metálicos de dimensiones suficientes para mantener a cualquier gigante a una distancia razonable.

Thor llamó, pero no obtuvo respuesta.

—¿Entramos? —les preguntó a sus compañeros.

Los tres agacharon la cabeza y pasaron por debajo de los barrotes de la puerta. Atravesaron el patio de armas y se dirigieron a la gran sala. En los bancos, altos como las copas de los árboles, había gigantes sentados. Thor entró en la sala. Thialfi estaba aterrorizado, pero siguió caminando al lado de Thor, con Loki detrás.

Vieron al rey de los gigantes al fondo de la sala, sentado en la silla más alta. Atravesaron todo el recinto y le hicieron una profunda reverencia.

El rey tenía la cara estrecha y alargada, de expresión inteligente, y el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran de un azul gélido. Miró a los viajeros y arqueó una ceja.

—¡Vaya! —exclamó—. Tenemos una invasión de niños diminutos. ¡Ah, no, me he confundido! Tú debes de ser el famoso Thor de los aesir. Y, si no me equivoco, tú eres Loki, hijo de Laufey. Conocí un poco a tu madre. ¡Hola, pequeño pariente! Soy Utgardaloki, el Loki de Utgard. ¿Y tú quién eres?

—Thialfi —dijo el muchacho—. Soy el sirviente de Thor.

—Bienvenidos a Utgard —proclamó Utgardaloki—, el mejor lugar del mundo para los seres más extraordinarios. Todo el que destaque en fuerza o ingenio por encima de los demás es bienvenido. ¿Alguno de vosotros es capaz de hacer alguna cosa fuera de lo común? ¿Qué me dices tú, pequeño primo? ¿Qué sabes hacer que nadie pueda igualar?

—Como más rápido que nadie —dijo Loki, sin necesidad de exagerar.

—¡Qué interesante! Aquí tengo a mi sirviente. Curiosamente, se llama Logi. ¿Estarías dispuesto a competir con él en un concurso de tragaldabas?

Loki se encogió de hombros, como si le diera lo mismo.

Utgardaloki entrechocó dos veces las palmas y sus sirvientes acudieron enseguida, acarreando una larga mesa de madera, atiborrada de todo tipo de animales asados: gansos, bueyes, ovejas, cabras, conejos y venados. Cuando volvió a aplaudir, Loki comenzó a engullir, empezando por uno de los extremos de la mesa y avanzando hacia el centro.

Comió intensamente y con total dedicación, como si no tuviera más propósito en la vida que comer con tanta rapidez como pudiera. Sus manos y su boca eran un borroso torbellino a causa de la velocidad.

Se encontró con Logi en el centro de la mesa.

Utgardaloki los miró desde lo alto de su trono.

—Muy bien —sentenció—. Los dos habéis comido a la misma velocidad. ¡No ha estado nada mal! Pero Logi ha engullido también los huesos de los animales y creo distinguir que… ¡Sí, así es! También se ha comido la bandeja donde venían servidos. Loki ha devorado toda la carne, es cierto, pero prácticamente no ha tocado los huesos y ni siquiera ha intentado comerse la madera. Así pues, declaro ganador de este desafío a Logi.

Utgardaloki miró a Thialfi.

—¿Y tú, muchacho? —preguntó—. ¿Qué sabes hacer?

Thialfi se encogió de hombros. Se consideraba la persona más veloz que conocía. Podía correr más rápido que un conejo asustado y era capaz de adelantar a un ave en vuelo.

—Puedo correr —contestó.

—En ese caso —dijo Utgardaloki—, correrás.

Salieron al exterior y allí, en un terreno perfectamente llano, encontraron una pista ideal para correr. Varios gigantes esperaban junto al sendero, frotándose las manos y echándose aliento para calentarlas.

—No eres más que un niño, Thialfi —dijo Utgardaloki—, así que no te pondré a competir con hombres hechos y derechos. ¿Dónde está nuestro pequeño Hugi?

Un niño gigante dio un paso al frente. Era tan delgado que casi parecía no existir y no era mucho más grande que Loki o Thor. El niño miró a Utgardaloki y no dijo nada, pero sonrió. Thialfi no estaba seguro de haberlo visto en su puesto antes de que lo llamaran, pero era indudable que ahora estaba presente.

Hugi y Thialfi se situaron codo con codo en la línea de salida y aguardaron la señal.

—¡Ya! —exclamó Utgardaloki con voz de trueno, y los dos chicos echaron a correr.

Thialfi corrió como nunca, pero Hugi lo adelantó y alcanzó la línea de meta cuando él apenas había llegado a la mitad del recorrido.

—La victoria es para Hugi —proclamó Utgardaloki, que a continuación se inclinó para hablarle a Thialfi—: Tendrás que correr mucho más si quieres ganarle a Hugi —dijo el gigante—. Debo reconocer que nunca había visto a ningún humano correr tan velozmente; pero debes correr más, Thialfi.

Thialfi volvió a situarse junto a Hugi en la línea de salida. Estaba jadeando y el corazón se le salía por las orejas. Sabía que había corrido tan velozmente como podía y que aun así Hugi había sido más veloz. Además, el niño gigante parecía muy tranquilo y relajado. Ni siquiera respiraba agitadamente. Hugi miró a Thialfi y volvió a sonreír. Thialfi observó algo en él que le recordaba a Utgardaloki y se preguntó si no sería su hijo.

—¡Ya!

Empezaron a correr. Thialfi corrió como nunca, moviéndose a tal velocidad que parecía como si todo se hubiera borrado y el mundo los contuviera únicamente a Hugi y a él. Pero Hugi lo aventajó todo el camino y atravesó la línea de meta cuando a él todavía le faltaban cinco o tal vez diez segundos para llegar.

Thialfi sabía que había estado muy cerca de la victoria y que solamente tenía que empeñarse a fondo para conseguirlo, si lo intentaban una tercera vez.

—Corramos una vez más —dijo jadeando.

—Muy bien —aceptó Utgardaloki—. Podéis correr otra vez. Eres veloz, jovencito, pero no creo que puedas ganar. Aun así, dejaremos que la última carrera decida el resultado de toda la competición.

Hugi se situó en la línea de salida y Thialfi se colocó junto a él. Ni siquiera percibía el ruido de su respiración.

—Buena suerte —le dijo Thialfi.

—Esta vez —respondió Hugi, con una voz que resonó dentro de la cabeza de Thialfi—, me verás correr de verdad.

—¡Ya! —gritó Utgardaloki.

Thialfi corrió como ningún hombre vivo ha corrido nunca. Corrió con la rapidez de un halcón peregrino que se abate sobre su presa, con la velocidad del viento en plena tormenta, con la celeridad del propio Thialfi. Y nunca nadie ha corrido ni correrá tanto como Thialfi.

Pero Hugi lo superó con facilidad, moviéndose incluso más velozmente que antes. Cuando Thialfi aún no había llegado a la mitad del recorrido, Hugi ya había alcanzado el final de la pista y venía de vuelta.

—¡Ya está! ¡Es suficiente! —anunció Utgardaloki.

Volvieron a la gran sala. Para entonces, el ambiente entre los gigantes era más relajado y jovial que al principio.

—¡Ah! —suspiró Utgardaloki—. El fracaso de esos dos en cierto modo es comprensible. Pero ahora veremos algo que seguramente nos impresionará, porque le ha llegado el turno a Thor, el dios del trueno, el más poderoso de los héroes: Thor, cuyas hazañas son cantadas en todos los mundos. Dinos, Thor, famoso entre dioses y mortales, ¿nos mostrarás lo que eres capaz de hacer?

Thor se volvió para mirarlo.

—Para empezar, bebo más que nadie —dijo Thor—. No hay copa ni cuerno que no pueda vaciar.

Utgardaloki consideró un momento su respuesta.

—Por supuesto —dijo—. ¿Dónde está mi escanciador? —El sirviente dio un paso al frente—. Tráeme mi cuerno especial de hidromiel.

El escanciador hizo un gesto afirmativo, abandonó la sala y al cabo de unos instantes regresó con un cuerno muy largo, mucho más largo que cualquiera de los cuernos de beber que Thor hubiera visto hasta entonces. Pero el dios no se preocupó. Después de todo, no había copa ni cuerno que Thor no fuera capaz de vaciar. El cuerno del rey de los gigantes tenía runas y otras figuras grabadas y un baño de plata en la embocadura.

—Es el cuerno que usamos en este castillo para beber —dijo Utgardaloki—. Todos lo hemos vaciado en algún momento. Los más robustos y poderosos nos bebemos todo su contenido de un solo trago, pero reconozco que algunos necesitan dos intentos para terminárselo. Me enorgullece afirmar, sin embargo, que no hay nadie entre nosotros tan débil y blandengue que haya necesitado tres tragos para vaciarlo.

Era un cuerno muy largo y estaba lleno hasta el borde, pero Thor era Thor. Se lo llevó a los labios y empezó a beber. El hidromiel de los gigantes era salado y estaba frío, pero Thor se lo echó al gaznate, levantando el cuerno hasta quedarse sin aliento.

Estaba convencido de haber vaciado el cuerno, pero, cuando lo bajó, se sorprendió al ver que estaba casi tan lleno como cuando había empezado a beber.

—Tu fama me había hecho creer que serías mucho mejor bebedor —comentó secamente Utgardaloki—. Pero supongo que podrás vaciar el cuerno en un segundo intento, como hacemos todos nosotros.

Thor hizo una inspiración profunda, aplicó los labios al cuerno y bebió tanto como pudo. Estaba seguro de haber vaciado el recipiente, pero, cuando apartó la boca, su contenido solo había bajado el largo de su dedo pulgar.

Los gigantes miraron a Thor y empezaron a soltar risitas burlonas, pero el dios los acalló, fulminándolos con la mirada.

—Ah —dijo Utgardaloki—. Ya veo que las historias del poderoso Thor no eran más que fábulas. Bueno, aunque así sea, permitiremos que lo intentes por tercera vez. Ya no puede quedar mucho hidromiel en el cuerno.

Thor se lo llevó a los labios y bebió como solo un dios puede beber. Bebió tanto y tan profundamente que Loki y Thialfi quedaron atónitos y boquiabiertos.

Pero, cuando apartó el cuerno de los labios, el hidromiel apenas había bajado el grosor de unos nudillos.

—No pienso seguir insistiendo —dijo Thor—. Y no acabo de creerme que no sea más que un poco de hidromiel.

Utgardaloki le indicó al escanciador que se llevara el cuerno.

—Ha llegado el momento de que demuestres tu fuerza —le dijo a Thor—. ¿Eres capaz de levantar un gato?

—¿Qué pregunta es esa? ¡Claro que puedo levantar un gato!

—Bueno —replicó Utgardaloki—, ya hemos visto que no eres tan fuerte como pensábamos. Aquí en Utgard, los jóvenes demuestran su fuerza levantando del suelo a mi gata. Pero debo advertirte que eres más pequeño que cualquiera de nosotros y que mi gata es gigante, por lo que comprenderé que no puedas levantarla.

—Levantaré a tu gata —dijo Thor.

—Debe de estar durmiendo junto al fuego —repuso Utgardaloki—. Vamos a buscarla.

La gata estaba durmiendo, pero se levantó en cuanto entraron y corrió al centro de la habitación. Era gris y tenía el tamaño de un hombre, pero Thor era más fuerte que cualquiera. Le rodeó la barriga con las dos manos y tiró hacia arriba, con la intención de levantarla por encima de su cabeza. Pero la gata no pareció impresionada. Arqueó el lomo y se levantó todo lo que pudo, obligando a Thor a levantar los brazos y ponerse de puntillas.

Thor no pensaba dejarse vencer en un simple juego de levantar una gata. Tironeó, se esforzó y finalmente consiguió que la gata despegara una sola pata del suelo.

Thor, Thialfi y Loki oyeron a lo lejos un ruido de grandes rocas chocando entre sí, el ruido atronador de las montañas heridas.

—Déjalo ya, Thor —dijo Utgardaloki—. No es culpa tuya que no puedas levantar a mi gata. Es un animal bastante grande y tú eres enclenque y pequeño en comparación con cualquiera de nosotros los gigantes —añadió sonriendo.

—¿Enclenque y pequeño? —repitió Thor indignado—. ¡Podría enfrentarme con cualquier de vosotros y…!

—Por lo que hemos visto hasta ahora —dijo Utgardaloki—, sería un anfitrión terrible si te dejara pelear con un gigante de verdad. Podrías salir malherido. Además, me temo que ninguno de mis hombres se dignaría luchar con alguien incapaz de vaciar mi cuerno de hidromiel o de levantar del suelo a mi gata. Pero te diré qué podemos hacer. Si quieres luchar, te dejaré enfrentarte con mi vieja nodriza.

—¿Con tu nodriza? —preguntó Thor incrédulo.

—Es vieja, sí. Pero fue ella quien me enseñó a luchar hace mucho tiempo y dudo que se le haya olvidado. Ha encogido con la edad, así que será más de tu tamaño. Está acostumbrada a jugar con los niños. —Entonces, al ver la expresión de Thor, añadió—: Se llama Elli, y la he visto derrotar en el combate a hombres que parecían más fuertes que tú. No te confíes en exceso, Thor.

—Preferiría enfrentarme a tus hombres —dijo Thor—. Pero lucharé con tu nodriza.

Fueron a buscar a la vieja, que acudió enseguida. Parecía tan gris, frágil y marchita que daba la sensación de que en cualquier momento se la llevaría la brisa. Era una giganta, sí, pero no era mucho más alta que Thor. Tenía el pelo fino y ralo. Thor se preguntó qué edad tendría. Parecía mayor que cualquiera de las personas que conocía. No quería hacerle daño.

Se situaron frente a frente. El primero en derribar al otro ganaría el combate. Thor empujó a la vieja y tiró de ella; intentó moverla, zancadillearla y forzarla para que cayera, pero era como si la anciana estuviera hecha de piedra, porque no obtuvo ningún resultado. Mientras tanto, ella lo miraba con sus ojos incoloros, sin decir nada.

Entonces, la mujer tendió una mano y tocó suavemente a Thor en una pierna. El dios sintió que perdía el apoyo en el punto donde la anciana lo había tocado y volvió a arremeter contra ella, pero la vieja lo rodeó con sus brazos y tiró de él hacia abajo. Thor se resistió tanto como pudo, pero pronto se vio obligado a apoyar una rodilla en el suelo.

—¡Basta! —gritó Utgardaloki—. Ya hemos visto suficiente, gran Thor. Ni siquiera eres capaz de derrotar a mi vieja nodriza. No creo que ninguno de mis hombres quiera luchar contigo.

Thor miró a Loki y los dos miraron a Thialfi. Se sentaron junto al fuego y dejaron que los gigantes los agasajaran con su hospitalidad. La comida era buena y el vino era menos salado que el hidromiel del rey de los gigantes, pero los tres hablaron menos de lo que normalmente habrían hablado durante un banquete.

Estaban silenciosos, incómodos y humillados por la derrota.

Salieron de la fortaleza de Utgard al alba y el rey Utgardaloki en persona los acompañó para despedirlos.

—¿Y bien? —dijo Utgardaloki—. ¿Habéis disfrutado de vuestra estancia en mi casa?

Los tres levantaron la vista y lo miraron con expresión sombría.

—No mucho —contestó Thor—. Siempre me había enorgullecido de ser fuerte y poderoso, pero ahora siento que no soy nadie.

—Yo pensaba que corría mucho —dijo Thialfi.

—Y a mí nunca me habían derrotado en un concurso de tragaldabas —dijo Loki.

Atravesaron las puertas que marcaban el fin de la fortaleza de Utgardaloki.

—¿Sabéis una cosa? —dijo el gigante—. No sois tan malos. Sinceramente, si anoche hubiera sabido lo que sé hoy, jamás os habría invitado a mi casa. Y pienso asegurarme de que nadie vuelva a invitaros. En realidad, os engañé a los tres con trucos de magia.

Los viajeros miraron al gigante, que bajó la vista y les sonrió.

—¿Os acordáis de Skrymir? —preguntó.

—¿El gigante? Por supuesto.

—Era yo. Hice un truco para parecer más grande y cambiar mi aspecto. Los cordones de mi zurrón de provisiones eran de hierro irrompible y los nudos solo se podían deshacer con magia. Cuando me golpeaste con tu martillo, Thor, mientras yo fingía dormir, sabía que el más ligero de tus golpes podía matarme, de modo que utilicé mi magia para interponer de manera invisible una montaña entre tu martillo y mi cabeza. Mirad ahí.

A lo lejos se erguía una montaña en forma de silla de montar, hendida por tres valles de contornos cuadrados. El tercero era el más profundo de los tres.

—Esa fue la montaña que usé —dijo Utgardaloki—. Los valles son la huella de tus golpes.

Thor no dijo nada, pero se le afinaron los labios, las fosas nasales se le ensancharon y la barba roja se le erizó.

Entonces, Loki dijo:

—Háblame de lo sucedido anoche en el castillo. ¿Eso también fue una ilusión?

—Por supuesto que sí. ¿Alguna vez has visto un incendio bajando por un valle y devorándolo todo a su paso? ¿Crees que eres rápido comiendo? Por mucho que lo seas, jamás podrás superar a Logi, porque Logi es la encarnación del fuego. Devoró la comida y la bandeja de madera donde la trajeron, quemándolo todo. Pero nunca había visto a nadie capaz de comer con tanta rapidez como tú.

Los ojos verdes de Loki se encendieron de rabia y admiración, porque apreciaba un buen truco tanto como detestaba que lo engañaran.

Utgardaloki se volvió hacia Thialfi.

—¿Con qué rapidez piensas, muchacho? —le preguntó—. ¿Con más rapidez de lo que corres?

—Claro que sí —respondió Thialfi—. Pienso mucho más rápido de lo que corro.

—Por eso te hice rivalizar con Hugi, el pensamiento. Por muy velozmente que corrieras, y te aseguro que ninguno de nosotros ha visto a nadie correr tanto como tú, Thialfi, ni siquiera tú habrías podido ganarle una carrera al pensamiento.

Thialfi no dijo nada. Habría querido hacer algún comentario, protestar o preguntar alguna cosa, pero Thor se le adelantó. Con una voz grave y profunda que arrancaba ecos de las montañas lejanas, preguntó:

—¿Y yo? Dime qué hice en realidad anoche.

Utgardaloki ya no sonreía.

—Un milagro —respondió—. Hiciste lo imposible. Tú no lo veías, pero el extremo del cuerno de hidromiel se hundía en lo más profundo del mar. Bebiste lo suficiente para que bajara el nivel del mar y se formaran mareas. Por tu causa, Thor, el nivel del mar seguirá subiendo y bajando con la marea para siempre. Fue un alivio que no quisieras beber un cuarto trago, porque habrías secado el océano.

»La gata que quisiste levantar no era una gata, sino Jormungundr, la serpiente de Midgard, que se enrosca en torno al centro del mundo. Es imposible levantarla, pero tú lo lograste e incluso le soltaste una de las vueltas cuando conseguiste que despegara una pata del suelo. ¿Recuerdas el ruido que oíste? Era el estruendo de la tierra al sacudirse.

—¿Y la vieja? —preguntó Thor—. ¿Tu nodriza? ¿Quién era?

Hablaba con suavidad, pero había agarrado el mango del martillo y lo sujetaba cómodamente.

—Era Elli, la vejez. Nadie puede vencerla, porque al final nos derrota a todos. Nos vuelve cada vez más débiles, hasta que nos cierra los ojos para siempre. A todos, menos a ti, Thor. Tú luchaste contra la vejez y nos asombraste a todos manteniéndote de pie. Incluso cuando tu rival parecía vencerte, no te derribó, sino que apenas consiguió que apoyaras una rodilla en el suelo. Nunca habíamos visto nada como lo de anoche, Thor. Nunca.

»Pero ahora que conocemos tu poder, sabemos que fue una locura dejar que entraras en Utgard. En el futuro pienso defender mi fortaleza y la mejor manera de lograrlo será impedir que cualquiera de vosotros vuelva a encontrar el camino de Utgard o vea alguna vez mi castillo. Jamás regresaréis a mi reino, pase lo que pase.

Thor levantó el martillo por encima de su cabeza, pero antes de que pudiera descargarlo, Utgardaloki se había marchado.

—¡Mirad! —dijo Thialfi.

La fortaleza había desaparecido. No quedaba ni rastro del castillo de Utgardaloki, ni de la tierra donde antes se levantaba. Los tres viajeros se encontraban en medio de una llanura desolada, sin la menor señal de vida en ninguna parte.

—Regresemos a casa —dijo Loki, y enseguida añadió—: Todos los trucos eran excelentes. El gigante lo hizo muy bien. Creo que hoy hemos aprendido algo.

—Le contaré a mi hermana que he corrido carreras con el pensamiento —dijo Thialfi—. Roskva sabrá lo bien que corro.

Pero Thor no dijo nada. Estaba pensando en la noche anterior, en su combate con la vejez y en el intento de beberse el mar. Estaba pensando en la serpiente de Midgard.

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