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El teléfono del señor Harrigan, de Stephen King (Parte 2)

Mientras bajaba de vuelta a casa, pateando terrones de nieve de la última nevada de ese año, pensé en lo que el señor Harrigan acababa de decir: que internet era como una cañería rota que perdía información en lugar de agua. Eso era válido asimismo para el portátil de mi padre, y los ordenadores del colegio, y los de todo el país. Los de todo el mundo, de hecho. Pese a que para él el iPhone era tan nuevo que apenas sabía encenderlo, ya comprendía la necesidad de arreglar la fuga en esa tubería si se quería que los negocios —al menos como él los conocía— siguieran funcionando como siempre. No estoy seguro, pero creo que vaticinó la aparición de los muros de pago uno o dos años antes de que el término se acuñara siquiera. Yo desde luego por entonces no lo conocía, como tampoco conocía la forma de sortear las operaciones restringidas, lo que acabó conociéndose como jailbreaking. Los muros de pago llegaron, pero para entonces la gente ya se había acostumbrado a recibir contenidos gratis y les molestó verse obligados a aflojar la mosca. La gente que se encontró con el muro de pago del New York Times pasó a otras webs como la CNN o el Huffington Post (generalmente de mala gana), pese a que la información no era de igual calidad. (A menos, claro está, que uno deseara conocer los detalles de una nueva moda conocida como «escote lateral»). El señor Harrigan tenía toda la razón al respecto.

Esa noche, después de la cena, una vez lavados y guardados los platos, mi padre abrió el portátil en la mesa.

—He encontrado una web nueva —dijo—. Se llama previews.com, donde pueden verse los próximos estrenos.

—¿En serio? ¡Veamos alguno!

Así que durante la siguiente media hora vimos tráilers de películas que de lo contrario habríamos tenido que ver en un cine.

El señor Harrigan se habría mesado los cabellos. Los pocos que le quedaban.

Cuando volvía de casa del señor Harrigan aquel día de marzo de 2008, estaba casi seguro de que se equivocaba en una cosa. «Seguramente no lo usaré mucho», había dicho, pero yo había advertido la expresión de su rostro al examinar el mapa que mostraba los cierres de Coffee Cow. Y la prontitud con que había accedido a utilizar su nuevo teléfono para llamar a alguien de Nueva York. (En parte su abogado, en parte su gestor, como averiguaría más tarde, no su agente).

Y acerté. El señor Harrigan usó bastante ese teléfono. Fue como la vieja tía solterona que, por probar, toma un sorbo de coñac después de sesenta años de abstinencia y se convierte en discreta alcohólica casi de la noche a la mañana. Al poco tiempo, el iPhone estaba siempre en la mesilla junto a su sillón preferido cuando yo llegaba por la tarde. Ignoro a cuánta gente telefoneaba, pero sí sé que a mí me llamaba casi todas las noches para hacerme alguna que otra pregunta sobre las posibilidades de su nueva adquisición. Una vez me dijo que era como un antiguo buró, lleno de cajoncitos y escondrijos y casillas que fácilmente podían pasarse por alto.

Encontró la mayoría de los escondrijos y casillas él mismo (recurriendo a diversas fuentes por internet), pero al principio lo ayudé yo; lo capacité, por así decirlo. Cuando me dijo que detestaba el remilgado toque de xilófono que sonaba al recibir una llamada entrante, se lo cambié por un fragmento de «Stand By Your Man» cantada por Tammy Wynette. Al señor Harrigan le pareció muy gracioso. Le enseñé a poner el teléfono en silencio para que no lo molestara cuando se echaba la siesta por la tarde, a programar la alarma y a grabar un mensaje para cuando no le apeteciera contestar. (El suyo era de una concisión ejemplar: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno»). Empezó a desenchufar el teléfono fijo durante su cabezada diaria, y me fijé en que cada vez lo dejaba más tiempo desenchufado. Me enviaba mensajes de texto, que hace diez años llamábamos IM. En el campo de detrás de su casa, sacaba fotografías de setas con el teléfono y las enviaba por correo electrónico para que las identificaran. Tomaba notas mediante la función correspondiente y descubría vídeos de sus artistas country preferidos.

«Esta mañana he perdido una hora de hermosa luz veraniega viendo vídeos de George Jones», me dijo más adelante ese año con una mezcla de vergüenza y un peculiar orgullo.

En una ocasión le pregunté por qué no se compraba un portátil. Podría hacer todo lo que había aprendido a hacer con el teléfono, y en la pantalla más grande vería a Porter Wagoner en todo su enjoyado esplendor. El señor Harrigan se limitó a menear la cabeza y reírse.

—Apártate de mí, Satanás. Es como si me hubieras enseñado a fumar marihuana y disfrutarlo y ahora dijeras: «Si le gusta la hierba, seguro que le gustará la heroína». Me parece que no, Craig. Con esto me basta. —Y dio unas afectuosas palmadas al teléfono, como si tocara a un pequeño animal dormido. Un cachorro, por decir algo, que por fin ha aprendido a hacer sus necesidades fuera de casa.

En otoño de 2008 leímos ¿Acaso no matan a los caballos?, y una tarde el señor Harrigan me interrumpió antes de tiempo (dijo que todos esos maratones de baile eran agotadores) y entramos en la cocina, donde la señora Grogan había dejado un plato con galletas de avena. El señor Harrigan caminaba despacio, apoyándose en sus bastones. Yo lo seguía, con la esperanza de poder sostenerlo si se caía.

Se sentó con un gruñido y una mueca, y cogió una galleta.

—La buena de Edna —dijo—. Me encantan, y desde luego ayudan a soltar lastre. Sirve un vaso de leche para cada uno, ¿quieres, Craig?

Mientras estaba en ello, acudió a mi mente la pregunta que tantas veces se me había olvidado hacerle.

—¿Por qué se mudó aquí, señor Harrigan? Podría vivir en cualquier sitio.

Cogió su vaso de leche y, como siempre, lo alzó a modo de brindis, y yo, como siempre, lo imité.

—¿Tú dónde vivirías, Craig? Si pudieras, como tú dices, vivir en cualquier sitio.

—A lo mejor en Los Ángeles, donde hacen las películas. Podría empezar desde abajo, dedicándome al transporte de equipo o algo así, y luego abrirme camino. —A continuación le desvelé un gran secreto—. O a lo mejor podría escribir para el cine.

Pensé que quizá se reiría, pero no fue así.

—Bueno, supongo que alguien tiene que hacerlo. ¿Por qué no tú? ¿Y no añorarías tu pueblo? ¿Ver la cara de tu padre o poner flores en la tumba de tu madre?

—Ah, volvería —contesté, pero la pregunta y la mención de mi madre me dieron que pensar.

—Quería romper con todo —explicó el señor Harrigan—. Después de pasar toda mi vida en la ciudad, me crie en Brooklyn antes de que se convirtiera en…, no sé, una especie de planta en una maceta, deseaba alejarme de Nueva York en mis últimos años. Quería vivir en el campo, pero no el campo concebido para turistas, no en sitios como Camden o Castine o Bar Harbor. Quería un sitio donde las calles aún no estuvieran asfaltadas.

—Bueno —dije—, desde luego vino al sitio adecuado.

Se rio y cogió otra galleta.

—Me planteé ir a las Dakotas, ¿sabes?… y a Nebraska…, pero al final decidí que era un poco excesivo. Pedí a mi ayudante fotos de muchos pueblos de Maine, New Hampshire y Vermont, y aquí es donde me instalé. Por la altura. Ofrece vistas en todas las direcciones, pero no vistas espectaculares. Las vistas espectaculares podrían atraer a los turistas, precisamente lo que yo no quería. Esto me gusta. Me gusta la paz, me gustan los vecinos, y me gustas tú, Craig.

Me complació oírlo.

—Hay otra cosa. No sé qué habrás leído sobre mi vida profesional, pero si has leído algo, o lees algo en el futuro, verás que muchos opinan que fui despiadado mientras ascendía por lo que las personas envidiosas e intelectualmente ineptas llaman «la escala del éxito». Esa opinión no va del todo desencaminada. Me creé enemigos, lo admito sin ningún reparo. Los negocios son como el fútbol, Craig. Si tienes que derribar a alguien para llegar a la línea de meta, más te vale hacerlo, o no deberías ponerte el uniforme y saltar al terreno de juego. Pero cuando el partido termina, y el mío ha terminado aunque me mantenga en contacto, te quitas el uniforme y te vas a casa. Para mí, esto es ahora mi casa. Este rincón de Estados Unidos sin nada de particular, con su única tienda y un colegio que, según creo, cerrará pronto. Aquí la gente no se deja caer «solo para tomar una copa». No tengo que asistir a almuerzos de negocios con personas que siempre, siempre, quieren algo. No se me invita a reuniones de algún consejo de administración. No tengo que ir a actos benéficos donde me aburro como una ostra, ni despertarme a las cinco de la mañana por el ruido de los camiones de la basura en la calle Ochenta y uno. Me enterrarán aquí, en el cementerio de Elm, entre los veteranos de la Guerra de Secesión, y no tengo que hacer valer la jerarquía o sobornar a algún superintendente de tumbas para que me consiga un lugar de sepultura agradable. ¿Te sirve eso de explicación?

Sí y no. Él era un misterio para mí, hasta el final e incluso después. Pero quizá eso pueda aplicarse a todo el mundo. Pienso que en esencia vivimos solos. Por decisión propia, como en su caso, o sencillamente porque así es la vida.

—Más o menos —contesté—. Es una suerte que no se fuera a Dakota del Norte. Me alegro de eso.

Sonrió.

—Yo también. Coge otra galleta para comértela de camino a casa y saluda a tu padre de mi parte.

Con una base tributaria en descenso que ya no alcanzaba para mantenerlo, el pequeño colegio de seis aulas de Harlow cerró en junio de 2009, y me vi ante la perspectiva de cursar octavo en la escuela de enseñanza media de Gates Falls, en la otra orilla del río Androscoggin, con más de setenta alumnos por clase en lugar de solo doce. Ese fue el verano que besé a una chica por primera vez, no a Margie, sino a su amiga Regina. Fue también el verano que murió el señor Harrigan. Fui yo quien lo encontró.

Sabía que le costaba cada vez más moverse, y que se quedaba sin aliento más a menudo, por lo que en ocasiones se veía obligado a inhalar oxígeno de la botella que para entonces mantenía al lado de su sillón preferido, pero, aparte de esas cosas, que yo aceptaba sin más, no hubo ningún aviso. El día anterior fue como cualquier otro. Leí un par de capítulos de Avaricia (había preguntado al señor Harrigan si podíamos leer otro libro de Frank Norris, y accedió) y regué las plantas de interior mientras él revisaba sus e-mails.

Alzó la vista para mirarme.

—La gente se está dando cuenta —dijo.

—¿De qué?

Sostuvo en alto el teléfono.

—De esto. De lo que significa realmente. De lo que puede hacer. Arquímedes dijo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». He aquí ese punto de apoyo.

—Guay —contesté.

—Acabo de borrar tres anuncios de distintos productos y casi una docena de mensajes de propaganda política en busca de donaciones. No me cabe duda de que han difundido mi dirección de correo electrónico, de la misma manera que las revistas venden las direcciones de sus suscriptores.

—Menos mal que no saben quién es usted —comenté. El alias del señor Harrigan para su cuenta de correo electrónico (le encantaba tener un alias) era reypirata1.

—Si hacen un seguimiento de mis búsquedas, no les hará falta. Descubrirán mis intereses y adaptarán sus ofertas en consecuencia. Mi nombre no les dice nada. Mis intereses, sí.

—Sí, el spam es una lata. —Entré en la cocina para vaciar la regadera, que luego dejé en el vestíbulo.

Cuando regresé, el señor Harrigan tenía la boca y la nariz cubiertas con la mascarilla de oxígeno y respiraba hondo.

—¿Eso se lo ha dado el médico? —pregunté—. ¿Se lo ha… o sea… recetado?

Se la retiró para contestar.

—No tengo médico. Cuando rondas los ochenta y cinco años, puedes comer todo el picadillo de carne en conserva que te apetezca y ya no necesitas médico. A no ser que tengas cáncer. Entonces un médico viene bien para recetar analgésicos. —El señor Harrigan tenía la cabeza en otra parte—. ¿Has pensado en Amazon, Craig?

Mi padre compraba a veces en Amazon, pero no, yo en realidad no había pensado en ello. Se lo dije al señor Harrigan y le pregunté a qué se refería.

Señaló el ejemplar de Avaricia publicado por Modern Library.

—Esto me ha llegado de Amazon. Lo pedí con mi teléfono y mi tarjeta de crédito. Antes solo vendían libros. Era poco más que un negocio familiar, de hecho, pero pronto será una de las empresas más grandes e importantes de Estados Unidos. Su sonriente logo será tan omnipresente como el emblema de Chevrolet en los coches o este de nuestros teléfonos. —Alzó el suyo, mostrándome la manzana mordida—. ¿Es molesto el spam? Sí. ¿Se está convirtiendo en la cucaracha del comercio norteamericano, que se reproduce y corretea por todas partes? Sí. Porque el spam funciona, Craig. Tira del carro. En un futuro no muy lejano, puede que el spam decida los resultados de las elecciones. Si fuera más joven, cogería por los huevos esta nueva fuente de ingresos… —Cerró una mano. Apenas pudo contraer el puño a causa de la artritis, pero la idea me quedó clara—. Y apretaría. —Asomó a sus ojos aquella mirada que le veía a veces, la que me llevaba a dar gracias por no estar en su lista negra.

—Usted aún tiene para años —dije, feliz en la ignorancia de que esa era nuestra última conversación.

—Puede que sí, puede que no, pero quiero repetirte lo mucho que me alegro de que me convencieras de quedarme esto. Me ha dado algo en que pensar. Y es buena compañía cuando no puedo dormir por las noches.

—Me alegro —respondí, y así era—. Tengo que irme. Nos vemos mañana, señor Harrigan.

Yo sí lo vi a él, pero él a mí no.

Accedí como siempre por la puerta del vestíbulo al tiempo que me anunciaba.

—Hola, señor Harrigan, ya estoy aquí.

No contestó. Pensé que estaría en el baño. Esperé que no se hubiera caído allí dentro, porque era el día libre de la señora Grogan. Cuando entré en el salón y lo vi sentado en su sillón —con la botella de oxígeno en el suelo, el iPhone y Avaricia en la mesa a su lado—, me relajé. Salvo por el hecho de que tenía la barbilla apoyada en el pecho y se había desplomado un poco hacia un lado. Parecía dormido. En tal caso, era la primera vez que lo encontraba así a esas horas de la tarde. Se echaba una siesta de una hora después del almuerzo y, para cuando llegaba yo, estaba siempre bien despierto y despejado.

Me acerqué y advertí que no tenía los ojos del todo cerrados. Vi el arco inferior de sus iris, pero el azul había perdido nitidez. Presentaba un aspecto turbio, desvaído. Empecé a asustarme.

—¿Señor Harrigan?

Nada. Tenía entrelazadas en el regazo las manos, nudosas, flácidas. Uno de los bastones permanecía contra la pared, pero el otro se hallaba en el suelo, como si, al intentar cogerlo, lo hubiera tirado. Caí en la cuenta de que oía el silbido uniforme de la mascarilla de oxígeno, pero no el leve estertor de su respiración, un sonido al que me había acostumbrado tanto que ya rara vez lo notaba.

—Señor Harrigan, ¿está bien?

Avancé un par de pasos más; tendí la mano para despertarlo y la retiré. Nunca había visto a un muerto, pero pensé que quizá en ese momento tenía uno ante mis ojos. Alargué el brazo de nuevo y esta vez no me arredré. Lo agarré por el hombro (espantosamente huesudo bajo la camisa) y le di una sacudida.

—¡Señor Harrigan, despierte!

Una de las manos cayó del regazo y le quedó colgando entre las piernas. Se ladeó un poco más. Advertí entre sus labios los raigones amarillentos de los dientes. Aun así, pensé que, antes de llamar a alguien, debía asegurarme totalmente de que no estaba solo inconsciente o se había desmayado. Me asaltó un recuerdo, breve pero muy vivo, de mi madre leyéndome el cuento del niño que anunciaba la llegada del lobo.

Con las piernas como entumecidas, fui al cuarto de baño del pasillo, el que la señora Grogan llamaba «tocador», y volví con el espejo de mano que el señor Harrigan tenía en el estante. Lo sostuve ante su boca y su nariz. No lo empañó un aliento cálido. Entonces lo supe con certeza (aunque, volviendo la vista atrás, estoy casi seguro de que en realidad lo sabía ya cuando la mano cayó del regazo y quedó colgando entre las piernas). Me hallaba en el salón en compañía de un muerto, ¿y si alargaba el brazo y me agarraba? Él no haría una cosa así, naturalmente. Yo le caía bien, me tenía aprecio, pero recordé la expresión de sus ojos al decir —¡solo el día anterior, cuando aún vivía!— que, de ser más joven, cogería por los huevos esa nueva fuente de ingresos y apretaría. Y la forma en que había cerrado el puño para mayor claridad.

«Verás que muchos opinan que fui despiadado», había dicho.

Los muertos no alargaban el brazo para agarrarte más que en las películas de terror, los muertos no eran despiadados, los muertos no eran nada. Así y todo, me alejé del señor Harrigan mientras me sacaba el móvil del bolsillo trasero y no aparté la mirada de él cuando llamé a mi padre.

Mi padre dijo que seguramente no me equivocaba, pero, por si acaso, enviaría una ambulancia. ¿Quién era el médico del señor Harrigan? ¿Lo sabía? Contesté que no tenía médico (y bastaba con verle los dientes para saber que desde luego tampoco tenía dentista). Añadí que esperaría allí, y eso hice. Pero salí de la casa. Antes de marcharme, pensé en ponerle la mano caída de nuevo en el regazo. Estuve a punto, pero al final no reuní valor para tocarlo. Estaría frío.

En lugar de eso, cogí su iPhone. No fue un robo. Creo que me empujó a ello la aflicción, porque empezaba a tomar conciencia de la pérdida. Quería algo que fuera suyo. Algo que le importara.

Imagino que aquel fue el mayor funeral que se había celebrado en nuestra iglesia. También fue el cortejo fúnebre más largo en el traslado al cementerio, compuesto sobre todo por coches de alquiler. Asistieron lugareños, claro, entre otros Pete Bostwick, el jardinero, y Ronnie Smits, quien se había ocupado de la mayor parte de las obras de la casa (y sin duda se había enriquecido con ello), y la señora Grogan, el ama de llaves. Estaban también presentes otros vecinos del pueblo, porque en Harlow la gente lo apreciaba, pero en su mayoría los dolientes (si es que sentían dolor, y no habían ido solo a cerciorarse de que el señor Harrigan había muerto de verdad) eran hombres de negocios de Nueva York. No acudió ningún familiar. O sea, cero, ni uno, nadie. Ni siquiera una sobrina o un primo lejano. No se había casado, no había tenido hijos —tal vez una de las razones por las que al principio mi padre tuvo sus dudas sobre mis visitas a la casa— y había sobrevivido a todos los demás. Por eso fue el niño de su calle, el chaval al que pagaba para que fuera a leerle, quien lo encontró.

El señor Harrigan debía de saber que tenía los días contados, porque en la mesa de su despacho encontraron una hoja de su puño y letra en la que especificaba exactamente cómo quería que se realizaran sus ritos fúnebres. Era muy sencillo. La funeraria Hay & Peabody tenía anotado en sus libros de contabilidad un depósito en metálico desde 2004, una suma que bastaba para cubrir todos los gastos con holgura. No habría velatorio ni horario de visita, pero quería estar «adecentado, en la medida de lo posible» para que el ataúd pudiera mantenerse abierto durante el funeral.

Oficiaría el reverendo Mooney, y yo leería el capítulo cuarto de la Carta a los Efesios: «Sed mutuamente afables, compasivos, perdonándoos los unos a los otros, así como también Dios os ha perdonado a vosotros por Jesucristo». Vi que algunos de los asistentes con aspecto de hombres de negocios intercambiaban miradas al oírlo, como si el señor Harrigan no hubiera hecho gala de gran bondad con ellos, ni se hubiera mostrado demasiado pródigo con el perdón.

Quería tres himnos: «Abide With Me», «The Old Rugged Cross» e «In the Garden». Quería que la homilía del reverendo Mooney no durara más de diez minutos, y el reverendo concluyó en solo ocho, antes de lo previsto y, creo, todo un récord para él. En esencia, se limitó a enumerar todo lo que el señor Harrigan había hecho por Harlow, como financiar la reforma del pabellón Eureka Grange y reparar el puente cubierto del río Royal. También aportó la donación final en la recaudación de fondos para la piscina comunitaria, dijo el reverendo, pero rehusó el privilegio de que le pusieran su nombre.

El reverendo no explicó por qué, pero yo lo sabía. El señor Harrigan dijo que permitir que se pusiera tu nombre a algo no solo era absurdo, sino a la vez indigno y efímero. Al cabo de cincuenta años, añadió, o incluso veinte, eras solo un nombre en una placa a la que nadie prestaba atención.

Una vez cumplidas mis obligaciones como lector de la Biblia, me senté en la primera fila con mi padre y desde allí contemplé el féretro, delimitado en los extremos por jarrones con azucenas. La nariz del señor Harrigan sobresalía como la proa de un barco. Me dije que no debía mirarla, ni pensar que era graciosa u horrible (o las dos cosas), sino recordarlo a él tal como era. Un buen consejo, pero la vista se me iba hacia allí una y otra vez.

Cuando el reverendo concluyó su breve sermón, alzó la mano con la palma hacia abajo en dirección a los dolientes reunidos y dio la bendición.

—Ahora —dijo después— aquellos de vosotros que deseéis pronunciar unas últimas palabras de despedida podéis acercaros al féretro.

Cuando la gente se levantaba, se oyó un susurro de ropa y voces. Virginia Hatlen empezó a tocar el órgano muy suavemente, y caí en la cuenta —con una extraña sensación que en ese momento no reconocí pero que años más tarde describiría como surrealismo— de que era un popurrí de canciones country, entre ellas «Wings of a Dove» de Ferlin Husky, «I Sang Dixie» de Dwight Yoakam y, por supuesto, «Stand By Your Man». Así que el señor Harrigan incluso había dejado instrucciones con respecto a la música de cierre, y pensé: Bravo por él. Empezaba a formarse una fila, en la que se entremezclaban los lugareños con sus americanas de sport y pantalones caquis y los neoyorquinos con sus trajes y zapatos caros.

—¿Y tú, Craig? —musitó mi padre—. ¿Quieres verlo por última vez o no te hace falta?

Yo quería algo más que eso, pero no podía decírselo. Del mismo modo que no podía decirle lo mal que me sentía. Tomé conciencia de mis propias emociones en ese momento. No me asaltaron mientras leía el texto bíblico, tal como le había leído a él muchas otras cosas, sino mientras estaba allí sentado, viendo sobresalir su nariz. Cayendo en la cuenta de que su ataúd era un barco e iba a llevárselo en su último viaje. Uno que descendía hacia la oscuridad. Deseé llorar, y lloré, pero más tarde, en privado. Ciertamente prefería no hacerlo allí, entre desconocidos.

—Sí, pero quiero ponerme al final de la cola. Quiero ser el último.

Mi padre, gracias a Dios, no me preguntó por qué. Se limitó a darme un apretón en el hombro y se puso en la fila. Yo fui al vestíbulo, un poco incómodo con una chaqueta de sport que me iba justa de hombros porque por fin había empezado a dar el estirón. Cuando los últimos de la fila se hallaban más o menos en la mitad del pasillo central y tuve la certeza de que ya no se sumaría nadie más, me coloqué detrás de un par de hombres trajeados que hablaban en voz baja sobre —cómo no— las acciones de Amazon.

Para cuando llegué al ataúd, la música había cesado. El púlpito estaba vacío. Virginia Hatlen probablemente se había escabullido a la parte de atrás para fumar un cigarrillo, y el reverendo debía de estar en la sacristía, quitándose la sotana y peinándose el escaso cabello que le quedaba. En el vestíbulo había unas cuantas personas, hablando en susurros, pero allí en la iglesia nos hallábamos solos el señor Harrigan y yo, como tantas tardes en la casa grande de lo alto de la cuesta, con sus vistas buenas pero no turísticas.

Vestía un traje gris marengo que no le había visto nunca. El tipo de la funeraria le había aplicado un poco de colorete para darle un aspecto saludable, solo que las personas saludables no yacen en un ataúd con los ojos cerrados y con el rostro muerto iluminado por los últimos minutos de luz del día antes de acabar bajo tierra para siempre. Tenía las manos entrelazadas, lo que me llevó a recordar esas mismas manos cuando entré en su salón hacía apenas unos días. Parecía un muñeco de tamaño natural, y lamenté verlo de esa manera. No quería quedarme. Quería aire fresco. Quería estar con mi padre. Quería irme a casa. Pero antes tenía que hacer una cosa, y tenía que hacerla de inmediato, porque el reverendo Mooney podía volver de la sacristía en cualquier momento.

Me llevé la mano al bolsillo interior de la americana y saqué el teléfono del señor Harrigan. La última vez que estuve con él —vivo, quiero decir, no desplomado en su sillón ni con aspecto de muñeco en una caja cara—, me dijo que se alegraba de que lo hubiera convencido de que se quedase el teléfono. Añadió que era una buena compañía cuando no podía dormir por las noches. El teléfono estaba protegido con contraseña —como ya he dicho, aprendía deprisa cuando algo despertaba realmente su interés—, pero yo conocía la contraseña: pirata1. Lo había encendido en mi habitación la noche anterior al funeral y había accedido a la aplicación Notas. Deseaba dejarle un mensaje.

Me planteé escribir «Le quiero», pero no habría sido exacto. Desde luego me inspiraba simpatía, pero también cierto recelo. Creo que tampoco él me quería a mí. Posiblemente el señor Harrigan nunca había querido a nadie, quizá a excepción de la madre que lo crio después de que se marchara su padre (había hecho mis indagaciones). Al final decidí escribirle la siguiente nota: «Ha sido un privilegio trabajar para usted. Gracias por las felicitaciones, y por los billetes de rasca y gana. Lo echaré de menos».

Levanté la solapa de su chaqueta y, pese a que procuré no tocar la superficie inmóvil de su pecho bajo la impecable camisa blanca…, lo rocé con los nudillos un momento, y aún a día de hoy conservo un vívido recuerdo de esa sensación. Estaba duro, como si fuera de madera. Introduje el teléfono en el bolsillo interior y retrocedí. Justo a tiempo, dicho sea de paso. El reverendo salía ya por la puerta lateral arreglándose la corbata.

—¿Te estás despidiendo, Craig?

—Sí.

—Bien. Es lo correcto. —Deslizó un brazo en torno a mis hombros y me alejó del ataúd—. Tuviste una relación con él que, estoy seguro, mucha gente envidiaría. Ahora ¿por qué no sales y te reúnes con tu padre? Y si eres tan amable, diles al señor Rafferty y a los demás portadores del féretro que estaremos listos dentro de unos minutos.

En la puerta de la sacristía había aparecido otro hombre, con las manos entrelazadas ante sí. Bastaba con echar un vistazo al traje negro y el clavel blanco para saber que trabajaba en la funeraria. Supuse que su tarea consistía en cerrar la tapa del ataúd y asegurarse de que quedara bien firme. Al verlo me asaltó un repentino miedo a la muerte y me alegré de salir a la luz del sol. No le dije a mi padre que necesitaba un abrazo, pero él debió de notarlo, porque me envolvió en sus brazos.

No te mueras, pensé . Por favor, papá, no te mueras.

El oficio en el cementerio de Elm estuvo mejor, porque fue más breve y porque se celebró al aire libre. El gerente del señor Harrigan, Charles Rafferty, alias Chick, pronunció unas palabras sobre las diversas obras filantrópicas de su cliente; a continuación, arrancó alguna que otra risa al comentar que él, Rafferty, había tenido que soportar el «discutible gusto musical» del señor Harrigan. De hecho, ese fue el único detalle humano que fue capaz de introducir el señor Rafferty. Contó que había trabajado «para y con» el señor Harrigan durante treinta años, y yo no tuve razón alguna para dudar de su palabra, pero no parecía conocer gran cosa de su lado humano, aparte del «discutible gusto» por cantantes como Jim Reeves, Patty Loveless y Henson Cargill.

Pensé en adelantarme y contar a los reunidos en torno a la tumba que, en opinión del señor Harrigan, internet era como una cañería rota que perdía información en lugar de agua. Pensé en informarles de que guardaba en su teléfono un centenar de fotos de setas. Pensé en decirles que le gustaban las galletas de avena, porque ayudaban a soltar el lastre, y que cuando uno pasaba de los ochenta ya no necesitaba tomar vitaminas ni visitar al médico. Cuando uno pasaba de los ochenta, podía comer todo el picadillo de carne en conserva que quisiera.

Pero mantuve la boca cerrada.

Esa vez fue el reverendo Mooney quien leyó un texto de la Biblia, ese sobre la gran mañana del despertar en que todos nos levantaremos de entre los muertos como Lázaro. Impartió otra bendición, y se acabó. Cuando nos fuéramos, de vuelta a nuestra vida normal, depositarían al señor Harrigan en la fosa (con su iPhone en el bolsillo, gracias a mí), y la tierra lo cubriría, y el mundo no lo vería nunca más.

Cuando mi padre y yo nos íbamos, se acercó a nosotros el señor Rafferty. Dijo que su vuelo de regreso a Nueva York salía a la mañana siguiente y preguntó si podía pasarse por nuestra casa esa noche. Añadió que tenía algo de lo que hablar con nosotros.

En un primer momento, temí que pudiera guardar relación con el iPhone sustraído, pero no me explicaba cómo podía saber el señor Rafferty que me lo había llevado yo; además, se lo había devuelto a su legítimo dueño. Si me pregunta, pensé, le diré que, para empezar, fui yo quien se lo regaló. ¿Y qué importancia podía tener un teléfono de seiscientos pavos cuando el patrimonio del señor Harrigan debía de alcanzar un valor exorbitante?

—Cómo no —contestó mi padre—. Venga a cenar. Preparo unos espaguetis a la boloñesa para chuparse los dedos. Cenamos a eso de las seis.

—Le tomo la palabra —dijo el señor Rafferty. Sacó un sobre blanco con mi nombre escrito a mano en una letra que reconocí—. Puede que esto explique mi interés en hablar con ustedes al respecto. Lo recibí hace dos meses con instrucciones de guardarlo hasta… hummm… una ocasión como esta.

En cuanto estuvimos en el coche, mi padre se echó a reír, a carcajadas y con lágrimas en los ojos. Se rio y golpeó el volante; se rio y se golpeó el muslo, y se enjugó las mejillas, y luego se rio un poco más.

—¿Qué pasa? —pregunté cuando empezó a serenarse—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—No se me ocurre qué otra cosa podría ser —dijo. Ya no reía a mandíbula batiente, pero aún se le escapaba alguna risita.

—¿De qué demonios hablas?

—Sospecho que te ha mencionado en su testamento, Craig. Abre eso. A ver qué dice.

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