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El teléfono del señor Harrigan, de Stephen King (Parte 3)

El sobre contenía una sola hoja, y era el característico comunicado de Harrigan: sin sentimentalismos, ni siquiera un «Apreciado» en el encabezamiento, derecho al grano. Se lo leí en voz alta a mi padre.

Craig:

Si estás leyendo esto, he muerto. Te he dejado 800.000 dólares en un fideicomiso. Los administradores son tu padre y Charles Rafferty, que es mi gerente y que ahora actúa como mi albacea. Calculo que esta suma te bastará para los cuatro años de universidad y cualquier estudio de posgrado que decidas hacer. Debería ser suficiente para ayudarte a empezar en la profesión que elijas.

Me comentaste la posibilidad de dedicarte a escribir guiones. Si eso es lo que quieres, por supuesto debes intentarlo, pero yo no lo apruebo. Hay un chiste muy vulgar sobre los guionistas que no repetiré aquí, pero no dejes de buscarlo en tu teléfono; palabras clave: guionista y starlet. Contiene una verdad subyacente que creo que captarás incluso a tu edad actual. Las películas son efímeras; en cambio, los libros —los buenos— son eternos, o casi. Tú me has leído muchos buenos libros, pero otros esperan a ser escritos. Solo digo eso.

Aunque tu padre tiene derecho a veto en todo lo concerniente al fideicomiso, lo más inteligente por su parte sería no ejercerlo en lo concerniente a cualquier inversión que sugiera el señor Rafferty. En cuestiones de mercados, Chick se las sabe todas. Aun contando con los gastos académicos, tus 800.000 pueden haber aumentado a un millón o más para cuando llegues a los veintiséis años, fecha en que el fideicomiso expirará y podrás gastar ese dinero (o invertirlo, siempre la opción más sensata) como quieras. He disfrutado de nuestras tardes juntos.

Un saludo muy cordial,

Señor HARRIGAN

PD: En cuanto a las felicitaciones y los billetes adjuntos, no hay de qué.

Esa postdata me produjo ciertos escalofríos. Era casi como si contestara a la nota que le había dejado en el iPhone cuando decidí colocárselo en el bolsillo de la chaqueta del traje de difunto.

Mi padre ya no se reía ni dejaba escapar risitas, pero sí sonreía.

—¿Qué se siente al ser rico, Craig?

—Se siente uno bien —respondí, y por supuesto así era.

Se trataba de un regalo extraordinario, pero me complacía, quizá aún más, saber que el señor Harrigan tenía tan buen concepto de mí. Es posible que un cínico pensara que pretendo dármelas de virtuoso o algo así, pero no es eso. Es decir, el dinero era como un frisbee que se quedó encajado a media altura entre las ramas de un pino enorme de nuestro jardín cuando yo tenía ocho o nueve años: sabía que estaba ahí, pero no podía acceder a él. Y no me importaba. Por entonces tenía todo lo que necesitaba. Excepto al señor Harrigan, claro. ¿Qué iba a hacer las tardes de entre semana?

—Retiro todos mis comentarios sobre su tacañería —dijo mi padre al incorporarse al tráfico detrás de un reluciente todoterreno negro que algún hombre de negocios había alquilado en el aeropuerto de Portland—. Aunque…

—Aunque ¿qué? —pregunté.

—En vista de que no tenía familia y de lo rico que era, podría haberte dejado al menos cuatro millones. Quizá seis. —Advirtió mi mirada y empezó a reírse otra vez—. Es broma, chaval, es broma. ¿Vale?

Le di un puñetazo en el hombro y encendí la radio. Pasé de la WBLM («El zepelín del rock and roll de Maine») a la WTHT («La emisora de country n.º 1 de Maine»). Había desarrollado el gusto por el country. Nunca lo he perdido.

El señor Rafferty vino a cenar y, para lo flaco que era, se dio un buen atracón de espaguetis de mi padre. Le dije que ya sabía lo del fideicomiso y le di las gracias. «No me las des a mí», respondió, y nos explicó cómo se proponía invertir el dinero. Mi padre le contestó que hiciera lo que considerara oportuno, pero que lo mantuviera informado. Sí sugirió que John Deere podría ser un buen sitio para parte de la pasta, porque estaban introduciendo innovaciones a todo tren. El señor Rafferty dijo que lo tendría en cuenta, y más tarde averigüé que en efecto invirtió en Deere and Company, aunque solo una cantidad simbólica. La mayor parte fue a Apple y a Amazon.

Después de la cena, el señor Rafferty me estrechó la mano y me dio la enhorabuena.

—Harrigan tenía muy pocos amigos, Craig. Tú tuviste la suerte de ser uno de ellos.

—Y él tuvo la suerte de tener a Craig —añadió mi padre en voz baja, y me rodeó los hombros con el brazo.

Ante eso, se me formó un nudo en la garganta y, cuando el señor Rafferty se fue y me encontraba ya en mi habitación, lloré un poco. Procuré no hacer ruido para que mi padre no me oyera. Quizá lo conseguí, o quizá me oyó y supo que quería estar solo.

Cuando cesaron las lágrimas, encendí mi móvil, abrí Safari e introduje las palabras clave guionista y starlet. El chiste, que supuestamente tenía su origen en un novelista llamado Peter Feibleman, trata de una starlet tan desinformada que se folló al guionista. Probablemente ya lo habrán oído. Yo no lo conocía, pero capté la idea que el señor Harrigan intentaba transmitir.

Esa noche, alrededor de las dos, me despertó un trueno lejano, y cobré consciencia de nuevo de que el señor Harrigan había muerto. Yo estaba en mi cama, y él yacía bajo tierra. Vestía un traje y lo vestiría eternamente. Tenía las manos entrelazadas, y así seguirían hasta que fueran solo huesos. Si llovía después de ese trueno, tal vez el agua se filtrase y humedeciese su ataúd. No había encima cemento ni ninguna forma de revestimiento; él lo había especificado así en lo que la señora Grogan llamaba su «carta no entregada». Con el paso del tiempo, la tapa se pudriría. Lo mismo ocurriría con el traje. El iPhone, de plástico, duraría mucho más que el traje o el ataúd, pero al final desaparecería también. Nada era eterno, a excepción, quizá, de la mente de Dios, y a los trece años yo ya tenía mis dudas a ese respecto.

De pronto me asaltó la necesidad de oír su voz.

Y, caí en la cuenta, era posible.

Resultaba escalofriante (tanto más a las dos de la madrugada), y macabro, lo sabía, pero también sabía que, si lo hacía, podría volver a dormirme. Así que llamé, y se me erizó el vello al tomar conciencia de la elemental realidad de la tecnología móvil: en algún lugar del cementerio de Elm, bajo tierra, en el bolsillo de un muerto, Tammy Wynette cantaba dos versos de «Stand By Your Man».

Después llegó su voz a mi oído, clara y serena, solo un poco cascada por la edad: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

¿Y si en efecto me devolvía la llamada?

Corté la comunicación aun antes de que sonara el pitido y regresé a la cama. Cuando me disponía a taparme, cambié de idea, me levanté y telefoneé otra vez. No sé por qué. En esta ocasión sí esperé el pitido y, a continuación, dije: «Le echo de menos, señor Harrigan. Le agradezco el dinero que me ha dejado, pero renunciaría a él por tenerlo a usted todavía vivo. —Hice una pausa—. Puede que suene a falso, pero no lo es. De verdad que no».

Luego volví a la cama y me dormí casi tan pronto como apoyé la cabeza en la almohada. No soñé.

Tenía por costumbre encender el teléfono incluso antes de vestirme y leer las noticias en la aplicación Newsy News para asegurarme de que nadie había iniciado la Tercera Guerra Mundial ni se había producido algún atentado terrorista. La mañana posterior al funeral del señor Harrigan, vi un pequeño círculo rojo en el icono de SMS, lo que significaba que tenía un mensaje de texto. Supuse que era de Billy Bogan, un amigo y compañero de clase que tenía un Motorola Ming, o de Margie Washburn, que tenía un Samsung…, aunque desde hacía un tiempo venía recibiendo menos mensajes de Margie. Imagino que Regina se había ido de la lengua y le había contado lo del beso.

¿Conocen la expresión «helarse la sangre en las venas»? Pues puede ocurrir realmente. Lo sé porque a mí me pasó. Me quedé sentado en la cama con la mirada fija en el teléfono. El mensaje era de reypirata1.

Oí un traqueteo abajo, en la cocina, cuando mi padre sacó la sartén del armario contiguo al fogón. Por lo visto tenía intención de preparar un desayuno caliente, cosa que procuraba hacer una o dos veces por semana.

—¿Papá? —dije, pero el ruido continuaba, y lo oí decir algo que acaso fuera: «Sal de ahí, cabrona».

No me oyó, y no solo porque la puerta de mi habitación estuviera cerrada. Apenas me oí a mí mismo. El mensaje de texto me había helado la sangre y privado de voz.

El mensaje previo al más reciente había sido enviado cuatro días antes de la muerte del señor Harrigan. Rezaba: Hoy no hace falta que riegues las plantas, ya lo ha hecho la señora G. Debajo de este, se leía C C C aa.

Se había enviado a las 2.40 horas.

—¡Papá! —Esta vez levanté un poco más la voz, pero aún no fue suficiente. No sé si ya entonces estaba llorando, o si el llanto empezó cuando bajaba por la escalera, sin más ropa todavía que un calzoncillo y una camiseta de los Gates Falls Tigers.

Encontré a mi padre de espaldas. Había logrado sacar la sartén y estaba derritiendo mantequilla en ella.

—Espero que tengas hambre —dijo al oírme—. Yo desde luego estoy famélico.

—Papi —dije—. Papi.

Se volvió al oír que lo llamaba «papi», apelativo que había dejado de usar a los ocho o nueve años. Vio que no me había vestido. Vio que lloraba. Vio que le tendía el teléfono. Se olvidó de la sartén.

—¿Qué, Craig? ¿Qué te pasa? ¿Has tenido alguna pesadilla por el funeral?

Sin duda se trataba de una pesadilla, y probablemente ya fuera demasiado tarde —a fin de cuentas, era viejo—, pero quizá aún estuvieran a tiempo.

—Oh, papi. —En esa ocasión fue un balbuceo—. No está muerto. O al menos no lo estaba a las dos y media de la madrugada. Hay que desenterrarlo. Tenemos que hacerlo, porque lo enterramos vivo.

Se lo conté todo. Que había cogido el teléfono del señor Harrigan y se lo había metido en el bolsillo de la chaqueta. Porque llegó a significar mucho para él, expliqué. Y porque se lo había regalado yo. Le conté que había llamado a su número en plena noche, que la primera vez colgué, y luego volví a llamar y dejé un mensaje en el buzón de voz. No necesité enseñarle a mi padre el SMS que había recibido, porque él ya lo había visto. Lo había examinado, de hecho.

En la sartén, la mantequilla había empezado a quemarse. Mi padre se levantó y la apartó del fuego.

—Supongo que no te apetecerán unos huevos. —A continuación regresó a la mesa, aunque en lugar de ocupar su silla de costumbre, al otro lado, se sentó junto a mí y puso una mano sobre la mía—. Ahora escúchame.

—Ya sé que hacer eso fue macabro —dije—, pero si no lo hubiera hecho, no nos habríamos enterado. Tenemos que…

—Hijo…

—¡No, papá, escúchame! ¡Tenemos que mandar a alguien allí ahora mismo! ¡Un buldócer, una excavadora, aunque sea hombres con palas! Puede que aún esté…

—Craig, para. Es spoofing.

Lo miré boquiabierto. Sabía lo que significaba spoofing, pero la posibilidad de que yo hubiese sido víctima de eso —y en plena noche— no se me había pasado por la cabeza.

—Es cada vez más frecuente —comentó—. En el trabajo hubo incluso una reunión de personal sobre el tema. Alguien tuvo acceso al móvil de Harrigan. Lo clonó. ¿Sabes a qué me refiero?

—Sí, claro, pero, papi…

Me dio un apretón en la mano.

—Alguien con la esperanza de robar secretos empresariales, quizá.

—¡Estaba retirado!

—Pero seguía al tanto, él mismo te lo dijo. O tal vez iban detrás de los datos de su tarjeta de crédito. Quienquiera que fuese recibió tu mensaje de voz en el teléfono clonado y decidió gastarte una broma pesada.

—Eso no lo sabes —repuse—. ¡Papi, tenemos que comprobarlo!

—No lo comprobaremos, y te diré por qué. El señor Harrigan era un hombre rico que murió sin asistencia. Además, hacía años que no iba a ver a un médico, y eso que seguro que Rafferty le daba la matraca al respecto, aunque solo fuera porque no podía actualizar el seguro del viejo para cubrir una parte mayor del impuesto sobre sucesiones. Por todas esas razones, le hicieron la autopsia. Así averiguaron que murió de una enfermedad cardíaca avanzada.

—¿Lo abrieron?

Recordé que al dejar el teléfono le rocé el pecho con los nudillos. ¿Había cortes con puntos de sutura bajo la camisa blanca y bien planchada y la corbata? Si mi padre estaba en lo cierto, sí. Cortes con puntos de sutura en forma de Y. Lo había visto en la televisión. En CSI.

—Sí —respondió mi padre—. No me gusta contarte estas cosas, no quiero que te ronden por la cabeza, pero sería peor dejarte pensar que lo enterraron vivo. No fue así. Imposible. Está muerto. ¿Me entiendes?

—Sí.

—¿Quieres que me quede hoy en casa? Por mí no hay inconveniente.

—No, no pasa nada. Tienes razón. Me han hecho spoofing. —Y me habían dado un susto de muerte. Eso también.

—¿Qué planes tienes? Porque si vas a quedarte aquí pensando en cosas morbosas, me tomo el día libre. Podemos ir de pesca.

—No voy a quedarme pensando en cosas morbosas. Pero debería ir a su casa a regar las plantas.

—¿Te parece buena idea? —Me observaba atentamente.

—Se lo debo. Y quiero hablar con la señora Grogan. Para saber si en el testamento había también una… como se llame… a su nombre.

—Una disposición. Muy considerado por tu parte. Aunque a lo mejor te dice que no te metas donde no te llaman. Es una norteña de la vieja escuela esa mujer.

—Si no le ha dejado nada, me gustaría cederle parte de lo mío —dije.

Sonrió y me dio un beso en la mejilla.

—Eres un buen chico. Tu madre estaría orgullosa de ti. ¿Seguro que ya te encuentras bien?

—Sí.

Para demostrarlo, me comí unos huevos con tostadas, pese a que no me apetecían. Mi padre debía de estar en lo cierto: una contraseña robada, un teléfono clonado, una broma pesada y cruel. Sin duda no había sido el señor Harrigan, a quien le habían revuelto las entrañas como si fueran una ensalada y le habían sustituido la sangre por líquido de embalsamar.

Mi padre se fue a trabajar y yo me acerqué a la casa del señor Harrigan. La señora Grogan pasaba la aspiradora por el salón. A diferencia de otras veces, no cantaba, pero se la veía bastante serena y, cuando terminé de regar las plantas, me preguntó si me apetecía ir a la cocina a tomarme un té en su compañía («una tacita de alegría», como decía ella).

—También hay galletas —añadió.

Entramos en la cocina, y mientras hervía el agua, le hablé del señor Harrigan y de que me había dejado dinero en un fideicomiso para la universidad.

La señora Grogan asintió con toda naturalidad, como si no esperara menos, y dijo que también ella había recibido un sobre del señor Rafferty.

—El jefe me ha dejado bien provista. Más de lo que yo esperaba. Puede que más de lo que merezca.

Dije que esa misma sensación tenía yo.

La señora G llevó el té a la mesa, un tazón grande para cada uno. En medio colocó una bandeja de galletas de avena.

—A él le encantaban —comentó la señora Grogan.

—Sí. Decía que le ayudaban a soltar el lastre.

Eso la hizo reír. Cogí una galleta y di un bocado. Mientras masticaba, me acordé del texto de la Primera Epístola a los Corintios que había leído en la asociación juvenil metodista durante el oficio del Jueves Santo y el Domingo de Resurrección hacía solo unos meses: «Y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Tomad y comed. Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; haced esto en conmemoración mía”». Las galletas no eran la comunión —seguramente el reverendo habría considerado esa idea una blasfemia—, pero me la comí encantado de todos modos.

—También tuvo en cuenta a Pete —informó la señora G. Se refería a Pete Bostwick, el jardinero.

—Todo un detalle —dije, y alargué la mano para coger otra galleta—. Era un buen hombre, ¿verdad?

—De eso ya no estoy tan segura —contestó—. Era íntegro, eso por descontado, pero no te convenía ponerte a malas con él. ¿No te acordarás por casualidad de Dusty Bilodeau? No, imposible, era anterior a tus tiempos.

—¿De los Bilodeau, los que viven en el parque de caravanas?

—Sí, exacto, al lado de la tienda, pero no creo que Dusty esté entre ellos. Ese debió de poner tierra por medio hace mucho. Fue el jardinero antes que Pete, pero no llevaba ni ocho meses en el puesto cuando el señor Harrigan lo sorprendió robando y lo puso de patitas en la calle. No sé cuánto se llevó, ni cómo lo descubrió el señor Harrigan, pero el asunto no acabó con el despido. Ya sé que conoces algunas de las donaciones que el señor H hizo a este pueblo y las distintas maneras en que ayudó, pero Mooney no contó ni la mitad, quizá por ignorancia, quizá por falta de tiempo. La caridad es buena para el alma, pero también otorga poder a un hombre, y el señor Harrigan utilizó el suyo con Dusty Bilodeau.

Meneó la cabeza. En parte, creo, por admiración. Poseía esa veta de dureza norteña.

—Espero que birlara al menos unos cientos de dólares del escritorio del señor Harrigan o del cajón de los calcetines o de donde fuera, porque ese fue el último dinero que recibió en el pueblo de Harlow, condado de Castle, estado de Maine. Después de aquello, aquí no lo habría contratado ni el viejo Dorrance Marstellar para retirar a paladas la mierda de gallina de su granero. El señor Harrigan se encargó de eso. Era un hombre íntegro, pero si tú no lo eras también, que Dios te ayudara. Coge otra galleta.

Cogí otra galleta.

—Y tómate el té, chico.

Me bebí el té.

—Me parece que voy a limpiar el piso de arriba. Puede que cambie las sábanas de las camas en lugar de quitarlas sin más, al menos por ahora. ¿Qué crees que será de esta casa?

—Uf, no lo sé.

—Yo tampoco. Ni idea. Me cuesta imaginar que alguien la compre. El señor Harrigan era único en su género, y lo mismo puede decirse de… —extendió los brazos— de todo esto.

Pensé en el ascensor de cristal y llegué a la conclusión de que la señora G tenía razón.

Cogió otra galleta.

—¿Y qué pasará con las plantas? ¿Alguna idea?

—Me llevaré un par, si no hay problema —dije—. En cuanto a las demás, no sé.

—Yo tampoco. Y la nevera está llena. Supongo que eso podríamos repartirlo en tres partes: para ti, para mí y para Pete.

Tomad, comed. Haced esto en conmemoración mía, pensé.

Dejó escapar un suspiro.

—Más que nada estoy confusa. Alargo unas cuantas tareas como si fueran muchas. No sé qué voy a hacer con mi vida, y lo digo con el corazón en la mano. ¿Y tú, Craig? ¿Tú qué planes tienes?

—Ahora mismo voy abajo a rociar el maitake —dije—. Y si está segura de que no hay problema, me llevaré al menos la violeta africana cuando me vaya a casa.

—Claro que estoy segura —respondió con su acento norteño—. Todas las que quieras.

Se marchó arriba y yo bajé al sótano, donde el señor Harrigan guardaba sus hongos en varios terrarios. Mientras rociaba el maitake, pensé en el mensaje de texto que había recibido de reypirata1 en plena noche. Mi padre tenía razón: por fuerza era una broma. Pero ¿un bromista no habría enviado algo por lo menos medio ocurrente, como Sálvame, estoy atrapado en una caja o el viejo chiste No me molestes, estoy descomponiéndome? ¿Por qué iba a limitarse a enviar un bromista una doble a, que al pronunciarla sonaba a gorgoteo o a estertor de muerte? ¿Y por qué iba a enviar mi inicial un bromista? ¿Y no solo una vez o dos, sino tres?

Acabé llevándome cuatro plantas de interior del señor Harrigan: la violeta africana, el anthurium, la peperomia y la dieffenbachia. Las distribuí por la casa, reservándome la dieffenbachia para mi habitación, porque era mi preferida. Pero no hacía más que dejar pasar el tiempo, y lo sabía. En cuanto las plantas estuvieron colocadas, saqué una botella de Snapple de la nevera, la metí en la alforja de mi bicicleta y me dirigí al cementerio de Elm.

Estaba vacío en aquella calurosa mañana de verano, y fui derecho a la tumba del señor Harrigan. La lápida —nada excepcional, una simple losa de granito con el nombre y las fechas— seguía en su sitio. Abundaban las flores, todas frescas todavía (eso no duraría), la mayoría con tarjetas entre los tallos. El ramo más grande, quizá procedente de los parterres del propio señor Harrigan —y por respeto, no por mezquindad—, era de la familia de Pete Bostwick.

Me arrodillé, pero no recé. Me saqué el teléfono del bolsillo y lo sostuve en la mano. El corazón me latía con tal fuerza e intensidad que veía pequeños puntos negros ante los ojos. Fui a mis contactos y lo llamé. A continuación aparté el teléfono, apoyé el costado de la cara a la tierra de la fosa recién rellenada y escuché con atención. Esperaba oír a Tammy Wynette.

Y me pareció oírla, de hecho, aunque debieron de ser imaginaciones mías. Su voz tendría que haber traspasado la chaqueta, la tapa del ataúd y casi dos metros de tierra. Pero me pareció oírla. No, miento: tuve la certeza de que la oía. El teléfono del señor Harrigan cantando «Stand By Your Man» ahí abajo, dentro de la tumba.

A mi otro oído, el que no tenía pegado al suelo, llegaba la voz del señor Harrigan, muy débil pero audible en la letárgica quietud de aquel lugar: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

Sin embargo, no la devolvería, fuera oportuno o no. Estaba muerto.

Me marché a casa.

En septiembre de 2009, empecé la secundaria en el colegio de Gates Falls, junto con mis amigos Margie, Regina y Billy. Íbamos hasta allí en un autobús pequeño y asendereado, lo que pronto nos valió entre los chicos de Gates el jocoso mote de Enanos del Autobús Corto. Con el tiempo crecí (aunque me quedé cinco centímetros por debajo del metro ochenta, lo que, digamos, me partió el corazón), pero aquel primer día de colegio yo era el más bajo de octavo. Lo cual me convertía en el blanco perfecto de Kenny Yanko, un fornido camorrista que ese año repetía curso y cuya foto debería haber figurado en el diccionario junto a la palabra «matón».

Nuestra primera clase no fue en absoluto una clase, sino una asamblea para los alumnos nuevos de los pueblos del distrito escolar: Harlow, Motton y Shiloh Church. Aquel año (y muchos venideros) el director era un hombre alto y desgarbado con una calva tan reluciente que parecía encerada. Era el señor Albert Douglas, conocido entre los niños como Al el Beodo o Doug el Borrachín. En realidad, ningún niño lo había visto jamás bebido, pero por aquel entonces era artículo de fe que bebía como una esponja.

Ocupó la tarima, dio la bienvenida a la escuela de secundaria de Gates Falls a «este grupo de excelentes alumnos nuevos» y expuso todas las maravillas que nos esperaban en el año académico entrante. Incluían la banda de música, el coro, el club de debate, el club de fotografía, los Futuros Granjeros de Estados Unidos y todos los deportes que pudiéramos practicar (siempre y cuando fueran béisbol, atletismo, fútbol o lacrosse; la opción del fútbol americano no llegaría hasta el instituto). Nos informó sobre los Viernes de la Elegancia, el día en que, una vez al mes, se esperaba que los chicos llevaran corbata y americana de sport y las chicas vestido (la falda, no más de cinco centímetros por encima de la rodilla, por favor). Por último, nos dijo que no debía someterse en absoluto a novatadas a los alumnos de fuera del pueblo. Es decir, a nosotros. Por lo visto, el año anterior un alumno al que habían transferido de Vermont había acabado en el Hospital General Central de Maine después de verse obligado a tragar tres botellas de Gatorade, y habían prohibido esa tradición. A continuación nos expresó sus mejores deseos y nos animó a iniciar lo que llamó «nuestra aventura académica».

Mi temor ante la posibilidad de perderme en un nuevo colegio enorme resultó infundado, porque en realidad no era enorme ni mucho menos. Todas mis clases, excepto la séptima, literatura inglesa, eran en la primera planta, y me gustaron todos los profesores. Tenía cierto miedo a la clase de matemáticas, pero resultó que continuamos con el programa prácticamente donde yo lo había dejado, así que no hubo problema. Me sentí bastante a gusto con todo hasta que llegó el cambio de aula entre la sexta y la séptima hora, para el que disponíamos de cuatro minutos.

Me dirigí por el pasillo hacia la escalera, dejando atrás los portazos de las taquillas, los chicos de palique y el olor a macarrones a la boloñesa procedente del comedor. Acababa de llegar a lo alto de la escalera cuando una mano me agarró.

—Eh, novato. No tan deprisa.

Me di la vuelta y vi a un ogro de metro ochenta con el rostro plagado de acné. El cabello negro le colgaba hasta los hombros en mechones grasientos. Unos ojos pequeños y oscuros me escrutaban desde debajo de una frente prominente. Rebosaban falso júbilo. Vestía vaqueros de pitillo y botas de motero gastadas. En una mano sostenía una bolsa de papel.

—Cógela.

Sin saber de qué iba aquello, la cogí. Los chavales pasaban apresuradamente por mi lado y seguían escaleras abajo, algunos lanzando fugaces miradas de soslayo al chico del cabello negro largo.

—Echa un vistazo dentro.

Obedecí. Contenía un paño, un cepillo y una lata de betún Kiwi. Traté de devolverle la bolsa.

—Tengo que irme a clase.

—Nada de eso, novato. No hasta que me limpies las botas.

Ahora ya sabía de qué iba. Era una novatada, y pese a que el director las había prohibido de forma expresa esa mañana, estuve a punto de obedecer. Pero pensé en todos aquellos chicos que corrían escalera abajo. Verían al pequeño paleto de Harlow arrodillado con el paño, el cepillo y el betún. Se correría la voz. Aun así, tal vez lo habría hecho, porque ese chico era mucho más grande que yo, y no me gustaba la expresión de sus ojos. Me encantaría hacerte picadillo, decía esa mirada. Dame una excusa, novato.

Pensé entonces en lo que pensaría el señor Harrigan si me viera allí de rodillas lustrando humildemente los zapatos a aquel palurdo.

—No —contesté.

—«No» es un puto error que no te conviene cometer —dijo el chico—. Más te vale creértelo.

—¡Chicos! ¡Eh, chicos! ¿Algún problema?

Era la señorita Hargensen, mi profesora de ciencias. Joven y guapa, no debía de haber salido hacía mucho de la universidad, pero se comportaba con un aplomo que daba a entender que no aceptaba tonterías.

El grandullón negó con la cabeza: ningún problema.

—Todo en orden —dije, y entregué la bolsa a su dueño.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la señorita Hargensen. No me miraba a mí.

—Kenny Yanko.

—¿Y qué llevas en esa bolsa, Kenny?

—Nada.

—No será algo relacionado con una novatada, ¿verdad?

—No —contestó Kenny—. Tengo que ir a clase.

También yo debía irme. La multitud de chicos que bajaba por la escalera empezaba a disminuir, y estaba a punto de sonar el timbre.

—No lo dudo, Kenny, pero espera un segundo. —Desplazó la atención hacia mí—. Craig, ¿no?

—Sí, señorita.

—¿Qué hay en la bolsa, Craig? Tengo curiosidad.

Pensé en decírselo. No porque creyera que la sinceridad es la mejor política o alguna de esas bobadas propias de un boy scout, sino porque ese otro chico me había asustado y mi cabreo era considerable. Y (bien podía admitirlo) porque contaba con la intervención de un adulto. De pronto pensé: ¿Cómo manejaría el señor Harrigan esta situación? ¿Se chivaría?

—El resto de su almuerzo —respondí—. Medio bocadillo. Me ha preguntado si lo quería.

Si la señorita Hargensen hubiera cogido la bolsa y mirado dentro, los dos habríamos estado en un apuro, pero no lo hizo… pese a que seguro que lo sabía. Se limitó a decirnos que nos fuéramos a clase y se alejó acompañada del tableteo de sus zapatos de medio tacón aptos para el colegio.

Me disponía a bajar por la escalera cuando Kenny Yanko volvió a agarrarme.

—Deberías habérmelas limpiado, novato.

Eso me cabreó aún más.

—Acabo de salvarte el culo. Deberías darme las gracias.

Él se sonrojó, lo cual, con todos aquellos volcanes en erupción en el rostro, no lo favoreció especialmente.

—Deberías habérmelas limpiado. —Empezó a alejarse, pero se volvió, todavía con la absurda bolsa de papel en la mano—. Y una mierda te voy a dar yo las gracias, novato. Una mierda bien grande para ti.

Al cabo de una semana, Kenny Yanko se las tuvo con el señor Arsenault, el profesor del taller de carpintería, y le lanzó una lijadora. Durante los dos años que Kenny llevaba en la escuela de secundaria de Gates Falls lo habían expulsado temporalmente nada menos que tres veces —después de mi enfrentamiento con él en lo alto de la escalera, me enteré de que era una especie de leyenda—, y esa fue la gota que colmó el vaso. Lo expulsaron, y pensé que mis problemas con él habían terminado.

Como la mayoría de los colegios de pueblo, la escuela de secundaria de Gates Falls tenía mucho apego a las tradiciones. Los Viernes de la Elegancia eran solo una de tantas. Estaba la de Llevarse el Botín (es decir, plantarse delante del IGA y pedir donativos para el Departamento de Bomberos), y la de Hacer la Milla (dar veinte vueltas corriendo en el gimnasio durante la clase de educación física), y la de cantar el himno del colegio en las asambleas mensuales.

Otra de esas tradiciones era el Baile de Otoño, inspirado en el día de Sadie Hawkins, donde eran las niñas quienes debían invitar a los niños. A mí me invitó Margie Washburn, y por supuesto acepté; quería seguir siendo su amigo a pesar de que no me gustaba en ese sentido, no sé si me explico. Le pedí a mi padre que nos llevara en coche, a lo cual accedió encantado. Regina Michaels invitó a Billy Bogan, así que fue una cita doble. Lo mejor de todo fue que, en la hora de estudio, Regina me susurró que había invitado a Billy solo porque era amigo mío.

Me lo pasé en grande hasta el primer descanso, cuando salí del gimnasio para evacuar parte del ponche. Justo llegaba a la puerta de los lavabos cuando alguien me agarró por el cinturón con una mano y por la nuca con la otra y me empujó por el pasillo hasta la salida lateral, que daba al aparcamiento del profesorado. Si no hubiese extendido una mano para accionar la barra de apertura de la puerta, Kenny me habría empotrado de cara contra ella.

Conservo un recuerdo perfecto de lo que siguió. Ignoro por qué son tan nítidos los malos recuerdos de la infancia y la primera adolescencia; solo sé que es así. Y ese es un recuerdo muy malo.

Después del calor del gimnasio (por no hablar de la humedad exudada por todos aquellos cuerpos adolescentes en plena floración), el aire de la noche me resultó sorprendentemente frío. Vi reflejada la luz de la luna en los cromados de los dos coches aparcados, que pertenecían a los supervisores de esa noche, el señor Taylor y la señorita Hargensen (a los profesores nuevos les endosaban esa tarea porque, como puede adivinarse, era una tradición de la escuela de secundaria de Gates Falls). Oí el petardeo del silenciador averiado de algún coche en la Interestatal 96. Y sentí la rozadura en las palmas de las manos al caer en el asfalto del aparcamiento cuando Kenny Yanko me tiró de un empujón.

—Ahora levántate —ordenó—. Tienes un trabajo pendiente.

Me puse en pie. Me miré las palmas de las manos y vi que me sangraban.

Encima de uno de los coches aparcados había una bolsa. La cogió y me la tendió.

—Límpiame las botas. Hazlo y estaremos en paz.

—Vete a la mierda —dije, y le asesté un puñetazo en el ojo.

Un recuerdo perfecto, ¿vale? Recuerdo todas las veces que me pegó: cinco golpes en total. Recuerdo que, con el último, me arrojó contra la pared de hormigón del edificio y que ordené a mis piernas que me sostuvieran, cosa que se negaron a hacer. Sencillamente me deslicé pared abajo hasta quedar sentado en el asfalto. Recuerdo los acordes de «Boom Boom Pow», de los Black Eyed Peas, lejanos pero audibles. Recuerdo a Kenny de pie ante mí, con la respiración agitada, que dijo: «Cuéntaselo a alguien y eres hombre muerto». Sin embargo, de todos esos recuerdos, el que se me quedó más grabado —y atesoro— fue la sublime y brutal satisfacción que sentí cuando mi puño entró en contacto con su cara. Fue el único golpe que pude propinarle, pero le di de pleno.

Boom Boom Pow.

Cuando se marchó, saqué el teléfono del bolsillo. Tras asegurarme de que no se había roto, llamé a Billy. No se me ocurrió nada más. Contestó cuando el timbre sonaba por tercera vez y levantó la voz para hacerse oír por encima del canturreo de Flo Rida. Le pedí que saliera y trajera a la señorita Hargensen. No quería implicar a un profesor, pero, incluso medio grogui, supe que por fuerza ocurriría tarde o temprano, así que decidí adelantarme. Pensé que así habría manejado la situación el señor Harrigan.

—¿Por qué? ¿Qué pasa, tío?

—Me han dado una paliza —respondí—. Creo que es mejor que no vuelva a entrar. No tengo muy buen aspecto.

Salió al cabo de tres minutos, no solo con la señorita Hargensen, sino también con Regina y Margie. Mis amigos me miraron consternados el labio partido y la nariz ensangrentada. Además, tenía la ropa salpicada de sangre y la (flamante) camisa rota.

—Acompáñame —me indicó la señorita Hargensen. No pareció inmutarse al ver la sangre, el moretón de mi mejilla y la incipiente hinchazón en mi boca—. Y vosotros también, todos.

—No quiero entrar ahí —contesté, refiriéndome al anexo del gimnasio—. No quiero que me vean.

—Lo entiendo —dijo ella—. Vamos por aquí.

Nos guio hacia una entrada en la que se leía SOLO PERSONAL AUTORIZADO, abrió con una llave y nos llevó a la sala de profesores. No era lo que se dice lujosa, había visto muebles mejores en los jardines de Harlow cuando la gente organizaba subastas, pero había sillas, y me senté en una. Cogió un botiquín y mandó a Regina al cuarto de baño en busca de un paño frío para aplicármelo en la nariz, que, según dijo, no parecía rota.

Regina, cuando volvió, estaba visiblemente impresionada.

—¡Ahí dentro hay crema de manos Aveda!

—Es mía —informó la señorita Hargensen—. Coge un poco si quieres. Ponte esto en la nariz, Craig. Aguántalo. ¿Quién os ha traído, chicos?

—El padre de Craig —contestó Margie. Contemplaba con los ojos muy abiertos aquel territorio recién descubierto. Como era evidente que mi vida no corría peligro, se dedicaba a registrarlo todo para comentarlo después con sus amigas.

—Llámalo —dijo la señorita Hargensen—. Déjale a Margie tu teléfono, Craig.

Margie llamó a mi padre y le pidió que fuera a recogernos. Él dijo algo. Margie escuchó y después contestó:

—Bueno, ha habido un pequeño problema. —Escuchó un poco más—. Hummm… bueno…

Billy cogió el teléfono.

—Le han dado una paliza, pero está bien. —Escuchó y me tendió el teléfono—. Quiere hablar contigo.

Cómo no iba a querer. Después de preguntar si me encontraba bien, quiso saber quién había sido. Le dije que no lo sabía, pero que pensaba que quizá fuera un chico del instituto que había estado intentando colarse en el baile.

—Estoy bien, papá. No le demos mayor importancia, ¿vale?

Respondió que sí tenía importancia. Yo insistí en que no. Él repitió que sí. Así seguimos durante un rato, y al final, tras exhalar un suspiro, dijo que llegaría lo antes posible. Corté la comunicación.

—En principio no puedo darte nada para el dolor —comentó la señorita Hargensen—; eso solo puede hacerlo la enfermera del colegio, y con permiso de los padres, pero ella no está, así que… —Cogió su bolso, que colgaba de una percha junto con su abrigo, y echó un vistazo en el interior—. Chicos, ¿va a delatarme alguno de vosotros, con lo que quizá pierda el empleo?

Mis tres amigos negaron con la cabeza. Lo mismo hice yo, aunque con cuidado. Kenny me había alcanzado en la sien izquierda con un buen gancho. Ojalá el muy cabrón se hubiese hecho daño en la mano.

La señorita Hargensen sacó un frasco de Aleve.

—Mi reserva particular. Billy, tráele un poco de agua.

Billy volvió con un vaso de papel. Tragué la pastilla y me sentí mejor de inmediato. Así de grande es el poder de la sugestión, sobre todo cuando la sugestión parte de una mujer joven y preciosa.

—Vosotros tres, ahuecad el ala —ordenó la señorita Hargensen—. Billy, ve al gimnasio y dile al señor Taylor que volveré dentro de diez minutos. Chicas, salid a esperar al padre de Craig. Hacedle señas para que se acerque a la puerta del personal.

Se marcharon. La señorita Hargensen se inclinó hacia mí, se acercó tanto que olí su perfume, maravilloso. Me enamoré de ella. Sabía que aquello era cursi, pero no pude evitarlo. Alzó dos dedos.

—Dime, por favor, que no ves tres o cuatro.

—No, solo dos.

—Vale. —Se irguió—. ¿Ha sido Yanko? Ha sido él, ¿verdad?

—No.

—¿Te crees que soy tonta? Dime la verdad.

Creía que era guapa, eso creía, pero no podía decírselo.

—No, no creo que sea tonta, pero no ha sido Kenny. Y mejor así. Porque, imagínese, si hubiera sido él, seguramente lo detendrían, porque ya lo han expulsado. Entonces iría a juicio, y yo tendría que presentarme en el juzgado y contar que me dio una paliza. Todo el mundo se enteraría. Piense en la vergüenza que pasaría.

—¿Y si pega a alguien más?

En ese momento me acordé del señor Harrigan; invoqué su espíritu, por así decirlo.

—Eso será problema del otro. A mí lo único que me preocupa es lo que me ha hecho a mí.

Intentó fruncir el ceño. Pero una gran sonrisa se dibujó en sus labios, y me enamoré de ella aún más.

—Qué frialdad.

—Solo quiero salir adelante —dije. Y era la pura verdad.

—¿Sabes una cosa, Craig? Creo que lo conseguirás.

Cuando llegó mi padre, me miró de arriba abajo y felicitó a la señorita Hargensen por su trabajo.

—En mi vida anterior, fui ayudante de un boxeador —dijo.

Él se rio. Ninguno de los dos propuso una visita a urgencias, lo cual fue un alivio.

Mi padre nos llevó a los cuatro a casa, así que nos perdimos la segunda parte del baile, pero nos dio igual. Billy, Margie y Regina habían tenido una experiencia más interesante que la de agitar las manos en el aire al son de las canciones de Beyoncé y Jay Z. En cuanto a mí, seguía reviviendo el satisfactorio calambre que me había recorrido el brazo cuando mi puño entró en contacto con el ojo de Kenny Yanko. Iba a dejarle un magnífico ojo a la virulé, y me pregunté cómo lo explicaría. «Tío, tropecé con una puerta». «Tío, tropecé con una pared». «Tío, estaba meneándomela y se me resbaló la mano».

Ya en casa, mi padre volvió a preguntarme si sabía quién había sido. Contesté que no.

—No sé si creerte, hijo.

Callé.

—¿Quieres dejarlo correr sin más? ¿Es así como debo interpretarlo?

Asentí con la cabeza.

—De acuerdo. —Suspiró—. Supongo que lo entiendo. Yo también fui joven en otro tiempo. Es algo que los padres dicen a sus hijos tarde o temprano, pero dudo que los hijos se lo crean.

—Yo me lo creo —aseguré, y era verdad, pese a que me resultó gracioso imaginarme a mi padre como un renacuajo de metro sesenta y cinco en los tiempos de los teléfonos fijos.

—Al menos dime una cosa. Tu madre se pondría hecha una fiera conmigo solo por preguntártelo, pero como no está aquí… ¿Se lo has devuelto?

—Sí. Solo una vez, pero de pleno.

Mi respuesta le arrancó una sonrisa.

—Vale. Pero debes entender que si vuelve a por ti, será asunto de la policía. ¿Queda claro?

Contesté que sí.

—Esa profesora tuya… me cae bien… Ha dicho que debía tenerte en pie al menos durante una hora y comprobar que no te mareas. ¿Te apetece un trozo de tarta?

—Claro.

—¿Con una taza de té?

—Por supuesto.

Así que nos tomamos la tarta y un gran tazón de té, y mi padre me contó anécdotas que no tenían nada que ver con líneas compartidas de teléfono fijo, ni con colegios de una sola aula donde no había más calefacción que una estufa de leña, ni con televisores que solo sintonizaban tres canales (ninguno si el viento derribaba la antena del tejado). Me contó que Roy DeWitt y él encontraron material pirotécnico en el sótano de Roy, y cuando lanzaron los cohetes, uno entró en la caja de yesca de Frank Driscoll y se prendió fuego. Frank Driscoll los amenazó con decírselo a sus padres si no le cortaban cuatro metros cúbicos de leña. Me contó que su madre lo oyó llamar Gran Jefe Abalorios al viejo Philly Loubird, de Shiloh Church, y le lavó la boca con jabón, indiferente a sus promesas de que nunca volvería a decir algo así. Me contó las peleas —trifulcas, las llamó— en las que se enzarzaban casi todos los viernes por la noche en el RolloDrome de Auburn los chicos del instituto Lisbon y los del Edward Little, donde estudiaba mi padre. Me contó que un par de chicos mayores le quitaron el bañador en White’s Beach («Volví a casa envuelto con la toalla»), y que una vez un chico lo persiguió por Carbine Street, en Castle Rock, con un bate de béisbol («Me acusaba de haberle hecho un chupetón a su hermana, cosa que no era verdad»).

En efecto, había sido joven en otro tiempo.

Me sentía bien cuando subí a mi habitación, pero empezaba a pasárseme el efecto del Aleve que me había dado la señorita Hargensen, y para cuando acabé de desvestirme, esa sensación de bienestar también declinaba ya. Estaba casi seguro de que Kenny Yanko no volvería a emprenderla conmigo, pero no del todo. ¿Y si sus amigos empezaban a darle la vara con el asunto del ojo a la virulé? ¿A burlarse de él por eso? ¿A reírse, incluso? ¿Y si Kenny se cabreaba y decidía que lo propio era un segundo asalto? Si eso ocurría, posiblemente yo no conseguiría asestar siquiera un buen golpe; a fin de cuentas, el puñetazo en el ojo había sido por sorpresa. Podía mandarme al hospital o algo peor.

Me lavé la cara (con mucho cuidado), me cepillé los dientes, me metí en la cama, apagué la luz y me quedé allí inmóvil, reviviendo lo sucedido. El sobresalto cuando me agarró por detrás y me empujó por el pasillo. El puñetazo en el pecho. El puñetazo en la boca. Cuando pedí a mis piernas que me sostuvieran y las piernas me dijeron «quizá en otro momento».

Una vez a oscuras, la idea de que Kenny no había zanjado su asunto conmigo me resultó cada vez más verosímil. Lógica, incluso, tal como las cosas más disparatadas parecen lógicas cuando uno está solo y a oscuras.

Así pues, volví a encender la luz y telefoneé al señor Harrigan.

No esperaba oír su voz, solo quería hacer como si hablara con él. Lo que esperaba era silencio, o un mensaje grabado anunciándome que el número al que llamaba estaba fuera de servicio. Le había metido el teléfono en el bolsillo de la chaqueta del traje de difunto hacía tres meses, y las baterías de esos primeros iPhone duraban solo doscientas cincuenta horas incluso en modo ahorro. Es decir, ese teléfono debía de estar tan muerto como él.

Pero sonó. No tenía por qué sonar, la realidad se oponía totalmente a la idea misma de que eso ocurriese, pero a cinco kilómetros de allí, en el cementerio de Elm, bajo tierra, Tammy Wynette cantaba «Stand By Your Man».

Cuando el timbre sonaba por quinta vez, llegó a mi oído su voz ligeramente cascada de viejo. Como siempre, directo al grano, sin invitar siquiera a la otra persona a dejar un número o un mensaje. «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».

Tras el pitido, me oí hablar. No recuerdo haber pensado las palabras que iba a decir; mi boca parecía articular por propia iniciativa.

—Esta noche me han dado una paliza, señor Harrigan. Ha sido un chico grande, un imbécil; Kenny Yanko, se llama. Quería que le lustrara los zapatos, y me he negado. No lo he delatado porque he pensado que el asunto acabaría ahí; intentaba pensar como usted, pero sigo preocupado. Ojalá pudiéramos hablar.

Callé un momento.

—Me alegro de que su móvil todavía funcione, aunque no me lo explico.

Callé un momento.

—Le echo de menos. Adiós.

Corté la llamada. Consulté en Recientes para asegurarme de que realmente había telefoneado. Ahí constaba su número, junto con la hora: 23.02. Apagué el iPhone y lo dejé en la mesilla. Apagué la lámpara y me dormí casi en el acto. Eso ocurrió un viernes por la noche. La noche del día siguiente —o tal vez el domingo de madrugada—, Kenny Yanko murió. Se ahorcó, aunque yo no me enteré de eso, ni de ningún otro detalle, hasta un año después.

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