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Mi hijo el asesino, de Bernard Malamud

Se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Le escucha cuando duerme y sueña. Le escucha cuando se levanta y busca a tientas los pantalones. Cuando no se pone los zapatos. Cuando no va a la cocina para comer algo. Cuando se mira al espejo con los ojos cerrados. Cuando está sentado una hora en el retrete. Cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El padre se queda plantado en el pasillo. El hijo oye que está escuchando.

Mi hijo, el desconocido; no me dirá nada.

Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo. ¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

¿Por qué diablos lo has hecho, si te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo, observando todos mis movimientos? Tra­tando de adivinar lo que no puedes ver. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi padre se va a su cuarto y, al cabo de un rato, vuelve sigilosamente al pasillo, a escuchar.

Yo le oigo a veces en su habitación, pero él no me habla y yo no sé lo que pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre…

Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero.

Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con mi hija casada, que está esperando el cuarto hijo. La madre cocina, hace la limpieza y cuida de los tres pequeños. Mi hija tiene un embarazo malo, tiene la tensión alta, y se pasa casi todo el tiempo en la cama. Es por consejo del médico. Mi mujer está ausente todo el día. Está preocupada porque cree que algo le pasa a Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus propios sentimientos. Si le hablas, la mayoría de las veces te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Sólo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

¿Qué tal el paseo, Harry?

Un paseo.

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo, pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

¿Y por qué te sientes mal?

Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que fuere, no quiero hablar de ello. No es la clase de trabajo que me interesa.

Pero mientras tanto, acepta algún empleo temporal, le dijo mi esposa.

Él se puso a chillar. Todo es temporal. ¿Por qué tengo que sumar más cosas a lo que es temporal? Mi estómago siente de modo temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir a esto un trabajo temporal. Quiero todo lo contrario, pero, ¿en dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

cuento de Bernard Malamud
Escritor judío Bernard Malamud
Mi padre escucha en la cocina.

Mi hijo temporal.

Ella dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la Universidad y ya sabéis para qué sirve eso. Por la noche, veo los programas de noticias. Sigo la guerra día a día. Es una guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino hacia delante y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano.

Mi hijo, el de la mano muerta.

Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero esto ya no me preocupa tanto como antes. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar.

Su forma de ser espanta tanto a mi mujer, que ésta se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con él en casa, pero él no me habla.

Tendrías que llamar a Harry y hablar con él, dice mi esposa a mi hija. .

Lo haré algún día, pero no olvides que hay nueve años de diferencia entre los dos. Creo que él me considera como otra madre, y con una es bastante. Yo le quería cuando era pequeño, pero ahora es difícil tratar con una persona que no te corresponde.

Tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamar.

Me he tomado dos semanas de vacaciones. Trabajo en la ventanilla de venta de sellos de la oficina de Correos. Le dije al jefe de mi sección que no me encontraba muy bien, lo cual no es ninguna mentira, y él me dijo que debía pedir la baja por enfermedad. Le respondí que mi mal no era tan grave, que sólo necesitaba unas vacaciones cortas. Pero a mi amigo Moe Berkman le dije que dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

Comprendo lo que quieres decir, Leo. Yo también tuve preocupa­ciones y angustias a causa de mis hijos. Cuando tienes dos hijas en edad de crecer, estás en manos de la fortuna. Pero a pesar de todo, tenemos que vivir. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche?

Tenemos una buena partida. Es una buena forma de entretenimiento.

Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

Procura venir. Estas cosas pasan con el tiempo. Si te parece que van mejor, ven. Si te parece que no, ven igualmente, porque te relajará y aliviará la preocupación que te abruma. A tu edad, demasiadas preocu­paciones son malas para el corazón.

Esta es la peor clase de preocupación que existe. Si me preocupo por mí mismo, sé de qué preocupación se trata. Quiero decir que no hay misterio. Puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por qué, por unos cuantos pavos? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Porque pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Todos los que no se mueren a los cincuenta y nueve llegan a los sesenta. Se puede vencer al tiempo cuando éste corre contigo. Pero cuando la preocupación es por otra persona, no hay nada peor. Esta es la verdadera preocupación porque, si no nos la cuentan, no podemos metemos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos en dónde está el interruptor que hay que pulsar. Lo único que hacemos es preocupamos más.

Por eso, yo espero en el pasillo.

Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o despreocuparme.

Harry, tu padre te quiere. Cuando eras un chiquillo, solías correr a mi encuentro cuando volvía a casa por la noche. Yo te cogía en brazos y te levantaba hasta el techo. Te gustaba tocarlo con tu manita.

No quiero que vuelvas a hablarme de eso. No quiero oírlo. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

Harry, vivimos como extraños. Lo único que te digo es que recuerdo días mejores. Recuerdo los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

Deja que te cueza un huevo.

Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

Entonces, ¿qué quieres?

Él se puso el abrigo. Cogió su sombrero del perchero y bajó a la calle.

Harry caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente.

Caminaba a paso ligero por la ancha avenida. En los viejos tiempos, había un camino de herradura a un lado del paseo, en donde está ahora la pista de cemento para las bicicletas. Y había menos árboles, con sus negras ramas cortando el cielo sin sol. En la esquina de Avenue X, en el punto desde donde se huele Coney Island, cruzó la calle y echó a andar de vuelta a casa. Aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada. El padre cruzó la calle y siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó a ésta, pensó que Harry ya estaba arriba. Se hallaba en su habitación, con la puerta cerrada. Fuera lo que fuese lo que hacía en su habitación, lo estaba haciendo ya.

Leo sacó la llave pequeña y abrió el buzón de la correspondencia. Había tres cartas. Las miró para ver si por casualidad alguna de ellas era de su hijo, dirigida a él. Querido padre, deja que te explique. La razón de que actúe como lo hago… No había tal carta. Una de ellas era de la Mutualidad de Empleados de Correos; se la metió en el bolsillo del abrigo. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento. La llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó.

Esperó un rato.

Cuando oyó gruñir al muchacho, dijo: Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento. Giró el pomo de la puerta y entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

Déjala encima de la mesa.

¿Quieres que la abra, Harry?

No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

¿Les escribiste otra carta?

Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa.

La otra carta para su hijo la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua en una olla. Pensó leerla rápidamente, cerrar cuidadosamente el sobre con un poco de pasta y echarla de nuevo en el buzón. Su mujer la recogería cuando volviese de casa de su hija y se la subiría a Harry.

El padre leyó la carta. Era muy corta y la enviaba una chica. Decía que había prestado dos libros a Harry hacía más de seis meses y que, como los tenía en gran aprecio, le pedía que se los devolviera. Le rogaba que lo hiciera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez.

Cuando Leo leía la carta de la chica, Harry entró en la cocina y, al ver la expresión sorprendida y culpable de su padre, le arrancó la carta de las manos.

Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo se volvió y miró por la pequeña ventana de la cocina al oscuro patio de la casa de vecindad. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

Harry leyó la carta de un vistazo y la rasgó. Después rasgó el sobre con la indicación de «Particular».

Si vuelves a hacer esto, no te sorprendas de que te mate. Estoy harto de que me espíes.

Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa.

Leo entró en la habitación del hijo y miró a su alrededor.

Registró los cajones del tocador y no encontró nada fuera de lo normal. Sobre la mesa, junto a la ventana, había un trozo de papel escrito por Harry. Decía: «Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.»

El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Corrió, no muy de prisa, durante un rato y después caminó al paso hasta que vio a Harry al otro lado de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana.

Siguió a Harry hasta Caney Island Avenue y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús que iba a la isla. Leo tuvo que esperar al siguiente. Pensó en tomar un taxi y seguir al trolebús, pero no pasó ninguno. El siguiente trolebús llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Caney Island estaba húmeda, fría y desierta. Había pocos coches en Surf Avenue y muy poca gente en la calle. Parecía que iba a nevar, Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano, de un gris metálico, oscilaba como plomo fundido y parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. El viento coronaba de blanco las olas plomizas, que rompían lentamente, con un suave rugido, en las playas desiertas.

Caminó bajo las ráfagas casi hasta llegar a Sea Gate, buscando a su hijo, y entonces volvió atrás. Cuando se dirigía a Brighton Beach, vio a un hombre en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. El hombre plan­tado en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos.

Leo corrió hacia su hijo. Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió plantado en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta.

Pero no dijo nada.

Una ráfaga de viento levantó el sombrero del padre y lo llevó lejos, por la playa. Pareció que iba a volar hasta el agua, pero entonces el viento sopló hacia el paseo de tablas y lo hizo rodar sobre la arena mojada. Leo corrió en pos de su sombrero. Fue tras él en una dirección, después en otra y luego hacia el agua. El viento arrojó el sombrero contra sus piernas y él lo agarró. Ahora estaba llorando. Sin aliento, se enjugó los ojos con los dedos helados y volvió hacia su hijo, que seguía en la orilla del mar.

Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo.

Mi hijo se convirtió a sí mismo en un hombre solitario.

¿Qué puedo decirte, Harry? Lo único que puedo preguntarte es: ¿Quién dijo que la vida es fácil? ¿Desde cuándo? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así…, ¿qué más puedo decirte? Pero si una persona no quiere vivir, ¿qué va a hacer si está muerta? La nada es la nada; es mejor vivir.

Ven a casa, Harry, dijo. Aquí hace frío. Si sigues con los pies en el agua pillarás un resfriado.

Harry permaneció inmóvil en el agua y, al cabo de un rato, el padre se marchó. Cuando se alejaba, el viento le arrancó el sombrero de la cabeza y éste salió rodando por la arena. Leo se quedó quieto mirando cómo se alejaba.

Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Nos encontramos a la orilla del mar.

Corre detrás de su sombrero.

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En memoria de Paulina, de Adolfo Bioy Casares

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. «Nuestras» en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, Con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó –Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte–, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central procedía del probable sofisma: si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un esteroscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

–Vuelva mañana por la tarde–le dije–. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

–Le seré franco–me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín–. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

–Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

–Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

–Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

–Yo también te acompañaré–respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

–Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita. Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Muller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

–Estás cambiada.

–Si–respondió–. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

–Gracias–contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

–Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados.

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

–Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

–Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

–¿Quién?–pregunté.

En seguida temí–como si nada hubiera ocurrido–que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

–Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

–¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa Verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco.

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

–Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran–si no para mí, para un testigo imaginario–una intención desleal, agregó rápidamente:

–Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

–Buscaré un taxímetro –dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

–Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo–seis meses por lo menos–yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

–¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

–Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de un afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café, abrí, distraídamente.

Luego–ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve–Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación. Cuando me pidió que la tomara de la mano («¡La mano!», me dijo. «¡Ahora!») me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia–que era el mundo entero surgiendo, nuevamente–como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

–Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: «Ha refrescado. Fue un simple chaparrón». La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara… De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo –Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado– y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. E1 rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde –Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo– y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. «Si no me duermo pronto», pensé, «mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina».

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.
Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entre vi un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

–¿Dónde vive Montero?–le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

–Montero está preso–contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

–¿Cómo? ¿Lo ignoras?

lmaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

–¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

–Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

–Nada–contestó Morgan, con cierta vivacidad–. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

–¿Sabe que murió la señorita Paulina?

–¿Cómo no voy a saberlo?–respondió–. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

–¿Le ocurre algo?–dijo, acercándose mucho–. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: «Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación –una equivocación atroz– y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino». Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: «Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano». Luego me dije: «Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte».

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste cuando me pregunté –mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó–si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Estos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones–¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?–la mató a la madrugada.

Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue un a proyección de la horrenda fantasía de Montero++. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina –en la víspera de mi viaje– no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, por que Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano –en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas– obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

Publicado en Cuentos

La leyenda del rey mono

Lejos, muy lejos, en Oriente, en una isla en el centro del Gran Mar, está la Montaña de las Flores y las Frutas. Y en esa montaña hay una alta roca. Pues bien, esta roca había absorbido desde el inicio del mundo todo el poder secreto del cielo, de la tierra, del sol y de la luna, y este le proporcionaba una capacidad de creación sobrenatural. Un día la roca estalló y de ella salió un huevo de piedra. Y de este huevo de piedra surgió de manera mágica un mono también de piedra. Cuando rompió la cáscara, el mono de piedra se balanceó hacia todos los lados. Después aprendió a caminar y saltar, y sus ojos proyectaron dos haces de un resplandor dorado sobre el más alto de los castillos del cielo. El Gobernante del Cielo se asustó y decidió enviar a dos de sus espíritus, Ojo Kilométrico y Buen Oído, para que descubrieran qué había pasado. Los dos espíritus regresaron e informaron de lo siguiente: «Son los ojos del mono de piedra que nació del huevo que salió de la roca mágica los que proyectan los rayos. No hay razón para inquietarse».

El mono creció poco a poco; corría y saltaba, bebía de los manantiales de los valles, comía flores y frutas y se pasaba el tiempo jugando sin restricciones.

Un día de verano, buscando un lugar fresco junto a otros monos de la isla, fue al valle a bañarse. Allí había una cascada que caía desde un alto acantilado. Los simios se dijeron unos a otros:

—Quien atraviese la cascada sin sufrir heridas será nuestro rey.

El mono de piedra saltó de alegría y exclamó:

—¡Yo lo haré!

A continuación cerró los ojos, se inclinó y saltó a través del bramido y la espuma de las aguas. Cuando abrió los ojos de nuevo vio un puente de hierro que la cascada escondía del mundo exterior como si fuera una cortina.

En la entrada había una tablilla de piedra con las siguientes palabras grabadas: «Esta es la cueva celestial tras la cortina de agua de la sagrada Isla de las Flores y las Frutas». Lleno de alegría, el mono de piedra atravesó de nuevo la cascada y contó al resto de simios lo que había encontrado. Estos recibieron la noticia con gran satisfacción y pidieron al mono de piedra que los llevara hasta allí, así que la tribu de monos atravesó el agua sobre el puente de hierro y se agrupó en la cueva, donde encontraron un fogón con gran variedad de ollas, tazas y platos. Pero todos estaban hechos de piedra. Entonces los simios rindieron tributo al mono de piedra, lo nombraron rey y le concedieron el nombre de Apuesto Rey Mono. Este señaló a Cola Larga, Cola Anillada y otros como sus oficiales y consejeros, sirvientes y criados. De este modo, todos vivían felices en la montaña y por la noche dormían en la cueva-castillo, lejos de los pájaros y las bestias, donde su rey disfrutaba de una dicha imperturbada. Así pasaron trescientos años.

Un día, cuando el Rey Mono almorzaba alegremente con sus súbditos, de repente empezó a llorar. Asustados, los monos le preguntaron por qué estaba triste de repente, en mitad de aquella dicha.

—Es cierto que no estamos sujetos a la ley y al gobierno del hombre, que los pájaros y las bestias no se atreven a atacarnos, pero poco a poco nos hacemos viejos y débiles y algún día nos llegará la hora en la que la Muerte, el Anciano, nos llevará. ¡Nos iremos en un momento y dejaremos de vivir en la tierra!

Cuando los monos oyeron aquellas palabras, escondieron sus rostros y sollozaron. Pero un mono anciano, cuyos brazos estaban conectados de tal modo que podía añadir la longitud de uno al otro, dio un paso adelante.

—¡Que hayas pensado en eso, Majestad, es muestra de que el deseo de la búsqueda de la verdad ha surgido en ti! Entre todas las criaturas vivas solo hay tres que están más allá del poder de la Muerte: los budas, los espíritus sagrados y los dioses. Solo quien alcance uno de esos tres grados escapará de la línea de la reencarnación y vivirá tanto como el mismo cielo.

—¿Dónde viven esos tres tipos de seres? —preguntó el Rey Mono.

—Viven en las cuevas y en las montañas sagradas del vasto mundo de los mortales —contestó el viejo simio.

Cuando oyó esto, el rey quedó satisfecho y dijo a sus monos que iba a buscar a los dioses y espíritus sagrados para aprender de ellos el camino a la inmortalidad. Los monos recogieron melocotones y otras frutas y trajeron vino dulce para celebrar un banquete de despedida y divertirse todos juntos.

A la mañana siguiente, el Apuesto Rey Mono se levantó muy temprano, construyó una balsa de pino y buscó una caña de bambú para usarla como pértiga. A continuación subió a la balsa y atravesó el Gran Mar. El viento y las olas eran favorables, y así llegó a Asia, donde atracó. En la playa se encontró con un pescador. De inmediato se acercó a él, lo dejó sin sentido, le quitó la ropa y se la puso. Después visitó todos los lugares famosos, todos los mercados, todas las ciudades; aprendió a comportarse adecuadamente y a hablar y actuar como un humano bien educado. Estaba decidido a aprender las enseñanzas de los budas, los espíritus sagrados y los dioses, pero a la gente de la región en la que se encontraba solo le preocupaban las distinciones y las riquezas. A nadie parecía importarle la vida. De este modo pasaron nueve años sin darse cuenta. Entonces fue a la playa del Mar del Oeste y pensó: «¡No hay duda de que habrá dioses y sabios al otro lado del mar!». Así que construyó otra balsa, navegó por el Mar del Oeste y llegó a la tierra de occidente. Allí dejó su balsa a la deriva y bajó a tierra. Después de buscar durante muchos días, encontró una alta montaña con tranquilos y profundos valles. Mientras se dirigía allí, oyó a un hombre cantando en el bosque; pensó que era un espíritu quien cantaba, de modo que se apresuró para descubrir al responsable y se encontró con un leñador que trabajaba. El Rey Mono se inclinó ante él y le dijo:

—Venerable y divino señor, ¡me postro a tus pies!

—Solo soy un obrero, ¿por qué me llamas divino señor? —replicó el leñador.

—Pero, si no eres un dios, ¿por qué cantas esa canción divina?

El leñador se rio.

—Veo que entiendes de música. La canción que estaba cantando me la enseñó un sabio.

—Si conoces a un sabio —le dijo el Rey Mono—, seguramente no vivirá lejos de aquí. Te suplico que me muestres el camino a su morada.

—No está lejos de aquí. Esta montaña es conocida como la Montaña del Corazón. En ella hay una cueva donde mora un sabio al que llamamos «El Que Discierne». El número de discípulos que han obtenido el conocimiento gracias a él es impresionante. Todavía tiene treinta o cuarenta discípulos con él. Solo tienes que seguir este camino que conduce al sur, es imposible que no veas su casa.

El Rey Mono dio las gracias al leñador y se dirigió a la cueva que le había descrito. La puerta estaba cerrada y no se atrevió a llamar, así que saltó a un pino, cogió tres piñas y devoró sus piñones. Poco después abrió la puerta uno de los discípulos del sabio.

—¿Qué bestia es la que hace tanto ruido? —preguntó.

El Rey Mono saltó del árbol, hizo una reverencia y contestó:

—He venido a buscar la verdad, pero no me he atrevido a llamar.

—Nuestro señor está meditando y me ha pedido que deje entrar al buscador de la verdad que está al otro lado de la puerta. Aquí estás. Bueno, ¡puedes entrar conmigo!

El Rey Mono se arregló la ropa, se enderezó el sombrero y entró. Un largo pasillo conducía, junto a magníficos edificios y tranquilas chozas, a la silla de mármol blanco donde el señor estaba sentado. A derecha e izquierda estaban sus discípulos, listos para servirlo. El Rey Mono se lanzó al suelo y saludó al señor humildemente. En respuesta a sus preguntas, le contó cómo había encontrado el camino hasta allí. Y, cuando le preguntó su nombre, le dijo:

—No tengo nombre. Soy el mono que salió de la piedra.

—Entonces yo te daré un nombre. Te llamarás Sun Wukong[1] —le dijo el maestro.

El Rey Mono le dio las gracias, dichoso, y a partir de entonces se llamó Sun Wukong. El maestro ordenó al más antiguo de sus discípulos que le enseñara a barrer y a limpiar, a entrar y salir, a tener buenos modales, a labrar el campo y regar el huerto. Con el tiempo aprendió a escribir, a quemar incienso y a leer los sutras. Y de este modo pasaron seis o siete años.

Un día, el maestro subió al estrado desde el que enseñaba y comenzó a hablar sobre la gran verdad. Sun Wukong comprendió el significado oculto de sus palabras y empezó a saltar y a bailar de alegría.

—Sun Wukong, ¿todavía no has abandonado tu naturaleza salvaje? —lo reprendió el maestro—. ¿Qué pretendes comportándote de un modo tan inadecuado?

—Estaba escuchándote atentamente y el significado de tus palabras se ha desvelado ante mi corazón —contestó Sun Wukong con una reverencia—. He empezado a bailar de alegría sin pensar. No estaba cediendo a mi naturaleza salvaje.

—Si tu espíritu ha despertado de verdad, te anunciaré la gran verdad. Pero hay trescientos sesenta modos en los que puede alcanzarse esa verdad. ¿De qué modo quieres que lo haga? —le preguntó el maestro.

—¡Como desees, señor!

—¿Debería enseñártelo a través de la magia?

—¿Qué enseña la magia? —le preguntó Sun Wukong.

—Enseña a elevar el espíritu, a preguntar a los oráculos y a predecir la fortuna y la desgracia.

—¿Es posible conseguir la vida eterna con ella?

—No —le respondió el maestro.

—Entonces no lo aprenderé así.

—¿Debería enseñártelo a través de las ciencias?

—¿Qué son las ciencias?

—Son las nueve escuelas de las tres religiones. Aprenderás a leer los libros sagrados, a pronunciar hechizos, a conversar con los dioses y a invocar a los espíritus.

—¿Puede obtenerse la vida eterna a través de ellas?

—No.

—Entonces no las aprenderé.

—El método del reposo es muy bueno.

—¿Cuál es el método del reposo?

—Enseña a vivir sin alimento, a permanecer inmóvil en muda pureza y a perderse en la meditación.

—¿Es posible obtener así la vida eterna?

—No.

—Entonces no lo aprenderé.

—El método de los actos es también bueno.

—¿Qué enseña?

—Enseña a equilibrar las energías vitales, a practicar ejercicio físico, a preparar el elixir de la vida y a contener el aliento.

—¿Me dará la vida eterna?

—No lo creo.

—¡Entonces no lo aprenderé! ¡No lo aprenderé!

El maestro fingió haberse enfadado, bajó de su estrado, agarró su bastón y exclamó:

—¡Vaya simio! ¡No quiere aprender esto, no quiere aprender lo otro! ¿Qué esperas aprender, entonces?

Y le propinó tres golpes en la cabeza. Se retiró a sus aposentos y cerró la gran puerta a su espalda.

Los discípulos estaban muy nerviosos y abrumaron a Sun Wukong con sus reproches. Aun así, el mono no les prestó atención; sonrió para sí mismo sin decir nada porque había comprendido el acertijo que el maestro le había dado para resolver. Y en su corazón pensó: «Que me haya golpeado la cabeza tres veces significa que tengo que estar preparado en la tercera guardia de la noche. Su retirada, cerrando la puerta a su espalda, significa que tengo que entrar por la puerta trasera, ya que me revelará la gran verdad en secreto». Por tanto, esperó hasta el anochecer y fingió echarse a dormir con el resto de discípulos. Pero, cuando llegó la tercera guardia de la noche, se levantó sin hacer ruido y se escabulló hasta la puerta trasera, que estaba entreabierta. Entró y se detuvo ante la cama del maestro. Este estaba durmiendo de cara a la pared y el mono no se atrevía a despertarlo, así que se arrodilló delante de la cama. Después de un rato, el maestro se giró y murmuró una estrofa para sí mismo:

«Una dura y difícil labor, explicar la lección de la verdad. Uno habla hasta quedarse sordo, mudo y ciego, a menos que la encuentre el hombre correcto».

Entonces, Sun Wukong contestó:

—¡Estoy aquí, esperando reverencialmente!

El maestro se puso la ropa, se sentó en la cama y dijo con aspereza:

—¡Maldito mono! ¿Por qué no estás dormido? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tú me indicaste ayer que debía venir a verte por la puerta trasera, en la tercera guardia de la noche, para instruirme en el conocimiento de la verdad. Por eso me he aventurado a venir. Si me enseñaras, te estaría eternamente agradecido.

«En la cabeza de este mono hay sin duda inteligencia, pues me entendió a la perfección», pensó el maestro. Y entonces contestó:

—Sun Wukong, ¡así será! Hablaré sin reservas contigo. Acércate a mí y te enseñaré el camino a la vida eterna.

Dicho esto, le murmuró al oído un hechizo divino, mágico, para potenciar la concentración de sus poderes vitales, y le explicó el conocimiento secreto palabra por palabra. Sun Wukong escuchó con gran atención y lo aprendió en poco tiempo. A continuación dio las gracias a su profesor, salió y se tumbó a dormir. Desde aquel momento, practicó el modo correcto de respirar, de proteger su alma y su espíritu y de colmar los instintos naturales de su corazón. Y mientras lo hacía pasaron tres años más. Después su misión terminó.

Un día, el maestro le dijo:

—Tres grandes peligros te amenazan. Todos aquellos que desean llevar a cabo algo extraordinario están expuestos a ellos, porque les persigue la envidia de los demonios y los espíritus. Y solo aquellos que consiguen superar estos tres grandes peligros viven tanto como los cielos.

Entonces Sun Wukong se asustó.

—¿Hay algún modo de protegerse de esos peligros?

El maestro volvió a murmurar un hechizo secreto en su oído y con él obtuvo el poder de transformarse setenta y dos veces.

Y cuando no habían pasado más de un par de días, Sun Wukong ya había aprendido ese arte.

Un día, el maestro estaba caminando ante la cueva en compañía de sus discípulos. Llamó a Sun Wukong y le preguntó:

—¿Qué progresos has hecho en tu aprendizaje? ¿Ya puedes volar?

—Sí, ya puedo —respondió el mono.

—Entonces deja que te vea hacerlo.

El mono saltó hasta una altura de un metro y medio o dos. Unas nubes se formaron bajo sus pies y caminó sobre ellas durante varios cientos de metros. Después se vio obligado a bajar a la tierra de nuevo.

—Yo llamo a eso gatear sobre las nubes, no flotar sobre ellas como hacen los dioses y los sabios que vuelan por todo el mundo en un solo día. Te enseñaré el hechizo mágico para dar volteretas sobre las nubes. Con cada una de estas volteretas avanzarás treinta mil kilómetros.

Sun Wukong le dio las gracias, lleno de alegría, y desde entonces pudo moverse sin límites de espacio.

Un día, el Rey Mono estaba sentado junto al resto de discípulos bajo el pino que había ante la puerta, discutiendo los secretos de las enseñanzas. Al final, los discípulos le pidieron que les enseñara algunos de sus poderes de transformación. Sun Wukong no fue capaz de mantener el secreto y accedió.

—¡Pedidme lo que sea! —dijo con una sonrisa—. ¿En qué os gustaría que me transformara?

—Conviértete en un pino.

Así que Sun Wukong murmuró un hechizo mágico, giró… Y ante sus ojos apareció un pino. Todos rieron a carcajadas. El maestro escuchó el alboroto y salió a la puerta arrastrando su bastón.

—¿Por qué hacéis tanto ruido? —les preguntó con brusquedad.

—Sun Wukong se ha transformado en un pino y eso nos ha hecho reír —le respondieron.

—¡Sun Wukong, ven aquí! —gritó el maestro—. Explícame de qué va todo esto. ¿Por qué te has transformado en un pino? ¿Es que todo el esfuerzo que has hecho no significa nada para ti? Es irrespetuoso que uses tu conocimiento para entretener a tus compañeros con trucos de magia. Eso demuestra que tu corazón todavía no está bajo control.

Sun Wukong le pidió perdón humildemente, pero el maestro le dijo:

—No te deseo nada malo, pero debes marcharte.

—¿A dónde iré? —le preguntó el Rey Mono con lágrimas en los ojos.

—Deberías volver al lugar del que provienes —dijo el maestro. Y cuando el triste Sun Wukong se despidió de él, lo amenazó—: Tu naturaleza salvaje es un imán para el mal. No debes decirle a nadie que has sido mi pupilo. Si se te escapa una sola palabra al respecto, buscaré tu alma y la encerraré en el infierno más profundo para que no puedas escapar en un millar de eternidades.

—¡No diré una sola palabra! —contestó Sun Wukong—. ¡No diré una sola palabra!

Le dio las gracias una vez más por su amabilidad, hizo una voltereta y subió a las nubes.

En menos de una hora había atravesado los mares y la Montaña de las Flores y las Frutas estaba ante sus ojos. Entonces se sintió feliz, en casa de nuevo. Dejó que su nube bajara a la tierra y exclamó:

—¡Aquí estoy de nuevo, niños!

Y, de inmediato salieron sus monos, del valle, de detrás de las rocas, de la hierba y de entre los árboles. Llegaron corriendo por miles, lo rodearon, le dieron la bienvenida y le preguntaron por sus aventuras.

—Ahora he encontrado el camino a la vida eterna y ya no tengo que temer a la Anciana Muerte —les dijo Sun Wukong.

Sus simios se alegraron mucho y lo agasajaron con flores y frutas, con melocotones y vino. Y una vez más nombraron a Sun Wukong como el Apuesto Rey Mono.

Sun Wukong reunió a los monos a su alrededor y les preguntó cómo les había ido en su ausencia.

—¡Menos mal que has regresado, gran rey! —le dijeron—. No hace mucho vino aquí un demonio que quería hacerse con nuestra cueva por la fuerza. Luchamos con él, pero se llevó a muchos de nuestros niños y probablemente regrese pronto.

Sun Wukong se enfadó mucho.

—¿Qué demonio es el que se atreve a ser tan insolente?

—El Rey Demonio del Caos —le respondieron los monos—. Vive en el norte, quien sabe a cuántos kilómetros de distancia. Lo vimos llegar entre nubes y niebla y se marchó del mismo modo.

—Esperad, ¡iré a verlo! —dijo Sun Wukong. Y, dicho esto, dio una voltereta y desapareció sin dejar rastro.

En el lejano norte se eleva una alta montaña en cuya ladera había una cueva con una inscripción: «La cueva de los riñones». Ante la puerta danzaban unos diablillos a los que Sun Wukong gritó bruscamente:

—¡Rápido, decid a vuestro Rey Diablo que será mejor que me devuelva a mis niños!

Los pequeños demonios se asustaron y entregaron el mensaje en la cueva. Entonces el Rey Diablo buscó su espada y salió, pero era tan grande y ancho que ni siquiera podía ver a Sun Wukong. Estaba cubierto de la cabeza a los pies por una armadura negra y su rostro era tan negro como el fondo de una caldera.

—Maldito diablo —le gritó Sun Wukong—, ¿dónde tienes los ojos, que no puedes ver al venerable Rey Mono?

Entonces el diablo miró al suelo y vio a un mono de piedra ante él; llevaba la cabeza descubierta, un traje rojo con fajín amarillo y botas negras.

—No mides ni un metro y medio de alto, tienes menos de treinta años y vas desarmado, pero aun así te atreves a causar un alboroto —dijo el Rey Diablo, riéndose.

—No soy demasiado pequeño para ti, pues puedo cambiar de tamaño a voluntad. Te burlas porque no tengo armas, pero mis puños podrían desgranar los cielos.

Dicho eso se detuvo, apretó los puños y empezó a dar una paliza al demonio. Su enemigo era grande y torpe, pero Sun Wukong saltaba con agilidad. Lo golpeó entre las costillas, cada vez más rápido y furioso. Desesperado, el demonio levantó su espada e intentó golpear al mono en la cabeza, pero este evitó el golpe y utilizó sus poderes mágicos de transformación. Se arrancó un cabello, se lo metió en la boca, lo masticó, escupió al aire y dijo:

—¡Transfórmate!

Y de inmediato el cabello se convirtió en cientos de pequeños monos que empezaron a atacar al diablo. Sun Wukong, todo sea dicho, tenía ochenta y cuatro mil pelos en su cuerpo, y todos podían transformarse. Los pequeños monos de astutos ojillos saltaban alrededor con la mayor rapidez. Rodearon al Rey Demonio, le rasgaron la ropa y tiraron de sus piernas hasta que terminó en el suelo. Entonces Sun Wukong se subió encima, le quitó la espada de la mano y le dio muerte. Después de eso entró en la cueva y liberó a las crías de mono cautivas. Los vellos transformados regresaron a él. Prendió fuego a la caverna maligna, reunió a los liberados y volvió con ellos a su cueva en la Montaña de las Flores y las Frutas, donde el resto de simios lo recibieron con alegría.

Después de que Sun Wukong obtuviera la espada del Rey Demonio, entrenó a sus monos cada día. Tenían espadas de madera y lanzas de bambú, y tocaban música marcial con flautas de junco. Les hizo construir un campamento para que estuvieran preparados para cualquier peligro. De repente, a Sun Wukong se le ocurrió una idea: «Si seguimos así, quizá incitemos a algún rey humano o animal a luchar con nosotros, ¡y no seremos capaces de hacerle frente con espadas de madera y lanzas de bambú!». De modo que preguntó a sus monos:

—¿Qué deberíamos hacer?

Cuatro babuinos dieron un paso adelante y contestaron:

—En la capital del Imperio de Aulai hay un sinfín de guerreros. Y también hay artesanos del cobre y del acero. ¿Qué te parece si compramos acero y hierro y pedimos a esos herreros que nos forjen armas?

Con una voltereta, Sun Wukong llegó al foso de la ciudad. «Tardaría mucho tiempo en comprar las armas. En lugar de eso, usaré la magia para conseguirlas», se dijo. Sopló el suelo y se levantó un tremendo vendaval, arrastrando arena y piedras, que provocó que todos los soldados de la ciudad huyeran aterrados. Sun Wukong entró entonces en la armería, se arrancó uno de sus vellos, lo convirtió en miles de pequeños monitos, se hizo con todo el arsenal de armas y voló de vuelta a casa en una nube.

Después reunió a sus simios y los contó: en total eran setenta y siete mil. Armados, se hicieron con toda la montaña y con todas las bestias mágicas y príncipes que vivían en ella. Y estos salieron de las setenta y dos cuevas y nombraron a Sun Wukong su líder.

Un día, el Rey Mono dijo:

—Ahora todos vosotros tenéis armas; pero esta espada que arrebaté al Rey Demonio es demasiado ligera, ya no es adecuada para mí. ¿Qué debería hacer?

Entonces los cuatro babuinos dieron un paso adelante y dijeron:

—En vista de tus poderes mágicos, oh, rey, no encontrarás un arma adecuada para ti en toda la tierra. ¿Puedes caminar sobre las aguas?

—Todos los elementos se someten a mí y no hay lugar en el mundo a donde no pueda ir —les respondió el Rey Mono.

—El agua de nuestra cueva fluye desde el Gran Mar hasta el castillo del Rey Dragón de los Mares Orientales. Si tus poderes mágicos lo hacen posible, podrías ir a ver al Rey Dragón para pedirle un arma.

Esto le pareció bien. Saltó sobre el puente de hierro y murmuró un hechizo. A continuación se lanzó sobre las olas, que se separaron ante él y fluyeron hasta llegar al Palacio del Agua Cristalina. Allí se encontró con un tritón que le preguntó quién era. Sun Wukong mencionó su nombre y añadió:

—Soy el vecino más cercano del Rey Dragón y he venido a visitarlo.

El tritón llevó el mensaje al castillo y el Rey Dragón de los Mares Orientales salió rápidamente a recibirlo. Le pidió que se sentara y le sirvió té.

—He aprendido el conocimiento oculto y he obtenido los poderes de la inmortalidad. He entrenado a mis simios en el arte de la guerra para proteger nuestra montaña, pero no tengo ningún arma para mí, de modo que he venido a pedirte una prestada.

El Rey Dragón hizo que el General Rodaballo le llevara una gran lanza. Pero Sun Wukong no estaba satisfecho con ella. Entonces, el rey ordenó que el Capitán General Anguila le llevara un tridente de nueve púas que pesaba mil seiscientos kilos. Pero Sun Wukong la sopesó en su mano y dijo:

—¡Demasiado ligero! ¡Demasiado ligero! ¡Demasiado ligero!

Entonces el Rey Dragón se asustó y pidió que le llevaran el arma más pesada de su armería. Esta pesaba tres mil doscientos kilos, pero todavía era demasiado ligera para Sun Wukong. El Rey Dragón le aseguró que no tenía nada más pesado, pero el Rey Mono no se rindió.

—¡Mira por ahí, seguro que tienes algo!

Al final, la Reina Dragón y su hija salieron y dijeron al Rey Dragón:

—Este mono es un maleducado. La gran vara de hierro sigue seguramente aquí, en nuestro mar, y no hace mucho brillaba con un resplandor rojo; es probable que sea una señal de que ha llegado el momento de que se la lleven.

—Pero esa es la vara que el Gran Yu usó cuando ordenó las aguas y determinó la profundidad de los mares y ríos. No puede llevársela —dijo el Rey Dragón.

—¡Deja que la vea! Lo que haga con ella después no es asunto nuestro.

Así que el Rey Dragón condujo a Sun Wukong hasta la vara de medir. El resplandor dorado que emitía podía verse a cierta distancia. Era una vara de hierro gigantesca, con abrazaderas doradas a cada lado.

Sun Wukong la levantó usando toda su fuerza.

—Es demasiado pesada; debería ser un poco más corta y fina.

Tan pronto como hubo dicho esto, la vara de hierro se redujo. Probó de nuevo y se dio cuenta de que se volvía más grande o más pequeña según le ordenara. Podía encogerse hasta tener el tamaño de un alfiler. El Rey Mono estaba loco de contento; cuando golpeó el mar con la vara, las olas crecieron hasta la altura de una montaña y el castillo del dragón se movió hasta los cimientos. El Rey Dragón tembló de miedo, y todas sus tortugas, peces y cangrejos escondieron la cabeza.

Sun Wukong se rio.

—¡Muchas gracias por el estupendo regalo! Ahora tengo un arma, es cierto, pero todavía no tengo armadura. En lugar de buscar en otro sitio, creo que tú podrías proporcionarme una cota de malla.

El Rey Dragón le dijo que no tenía ninguna armadura.

—No me marcharé hasta que hayas obtenido una para mí —dijo el simio, y una vez más empezó a agitar su vara.

—¡No me hagas daño! —exclamó el aterrorizado Rey Dragón—. Preguntaré a mis hermanos.

Y entonces hizo que tocaran el tambor de hierro y que golpearan el gong dorado, y en un instante todos los hermanos del Rey Dragón llegaron desde el resto de mares. El Rey Dragón habló con ellos en privado y les dijo:

—¡Este tipo es terrible y no debemos enfadarlo! Se ha llevado la vara de oro y ahora insiste en tener una armadura. Lo mejor que podemos hacer es satisfacerlo de inmediato; más tarde iremos a hablar con el Gobernante del Cielo.

Así que los hermanos le llevaron un traje mágico compuesto por una malla dorada, unas botas mágicas y un casco mágico.

Sun Wukong les dio las gracias y regresó a su cueva. Saludó a los que habían acudido a recibirlo y les mostró la vara con las empuñaduras doradas. Intentaron levantarla del suelo entre todos, pero fue como si una libélula intentara volcar una columna de piedra, o como si una hormiga intentara transportar una gran montaña. No consiguieron moverla un milímetro. Entonces los simios sacaron la lengua.

—Padre, ¿cómo es posible que tú puedas con algo tan pesado?

El Rey Mono les contó el secreto de la vara y les mostró su potencial. A continuación puso orden en su imperio y nombró capitanes a cuatro babuinos. Los siete animales mágicos (el buey, el dragón, el pájaro, el león y los demás) se unieron también a él.

Un día se echó una siesta después de comer. Antes de hacerlo había empequeñecido la vara y se la había metido en la oreja. Mientras dormía, dos hombres se le acercaron en un sueño con una tarjeta en la que ponía: «Sun Wukong». No le dejaron resistirse; lo encadenaron y se llevaron su espíritu. El Rey Mono volvió en sí cuando estaban llegando a una gran ciudad. Sobre las puertas había una tablilla de hierro en la que estaba grabado con letras enormes lo siguiente: «El Inframundo».

De repente lo entendió todo.

—Vaya, ¡esta debe ser la morada de la Muerte! Pero yo escapé hace mucho a su poder, ¿cómo se atreve a traerme aquí?

Cuanto más reflexionaba, más se enfadaba. Se sacó la vara dorada de la oreja, la agitó y dejó que creciera. Hizo papilla a los dos agentes, aplastó sus grilletes e hizo rodar su barra sobre la ciudad. Las diez Princesas de la Muerte estaban muy asustadas. Se inclinaron ante él y le preguntaron:

—¿Quién eres?

—Si no sabéis quién soy, ¿por qué habéis ido a buscarme y me habéis traído a este palacio? —les contestó—. Soy el sabio Sun Wukong, nacido en el cielo, rey de la Montaña de las Flores y las Frutas. ¿Y vosotras quiénes sois? ¡Decidme vuestros nombres, rápido, u os golpearé!

Las diez Princesas de la Muerte le dijeron sus nombres con humildad.

—¡Yo, el Venerable Sol, me he ganado el poder de la vida eterna! —exclamó Sun Wukong—. Rápido, ¡entregadme el Libro de la Vida!

Las jóvenes no se atrevieron a desafiarlo e hicieron que el escriba les llevara el libro. Sun Wukong lo abrió. Bajo el epígrafe «Simios», número 1350, leyó: «Sun Wukong, el mono de piedra nacido en el cielo. Vivirá trescientos veinticuatro años. Después morirá sin enfermedad».

Sun Wukong cogió el pincel de la mesa y tachó a todo el clan de los monos del Libro de la Vida.

—¡Ahora estamos en paz! De ahora en adelante no sufriré más descaros vuestros.

Dicho esto, salió del Inframundo con la ayuda de su vara sin que las diez Princesas de la Muerte se atrevieran a detenerlo, pero más tarde fueron a quejarse ante el Gobernante del Cielo.

Cuando Sun Wukong abandonó la ciudad, resbaló y cayó al suelo. Esto provocó que despertara y se dio cuenta de que había estado soñando. Llamó a sus cuatro babuinos y les dijo:

—¡Espléndido, espléndido! Me llevaron al castillo de la Muerte y causé allí un alboroto considerable. ¡Les obligué a entregarme el Libro de la Vida y taché la hora de la muerte de todos los simios!

Después de eso no murió ningún otro mono de la montaña, porque sus nombres habían sido tachados en el Inframundo.

El Gobernante del Cielo llamó a todos sus siervos a su castillo. Un sabio se adelantó y le presentó la queja del Rey Dragón de los Mares Orientales, y otro le presentó la queja de las diez Princesas de la Muerte. El Gobernante del Cielo miró en sus recuerdos y vio la maleducada y salvaje conducta de Sun Wukong, de modo que ordenó a un dios que bajara a la tierra y lo hiciera prisionero. Sin embargo, la Estrella de la Tarde quiso hablar:

—Ese mono nació de los poderes más puros del cielo, de la tierra, del sol y de la luna. Ha obtenido el conocimiento secreto y ha alcanzado la inmortalidad. Recuerda, oh, señor, tu enorme amor por todo lo que tiene vida, y perdónale su pecado. Emite una orden para que acuda al cielo y ocupe un cargo aquí; de este modo entrará en razón. Después, si de nuevo desobedece tus órdenes, que lo castiguen sin piedad.

El Gobernante del Cielo se mostró de acuerdo, emitió la orden y pidió a la Estrella de la Tarde que se la entregara a Sun Wukong. La Estrella de la Tarde montó en una nube de colores y descendió sobre la Montaña de las Flores y las Frutas.

Se presentó ante el Rey Mono y le dijo:

—El señor ha oído hablar de tus actos y quiere castigarte. Yo soy la Estrella de la Tarde del Cielo Oriental y he hablado en tu favor. Por tanto, me ha ordenado que te lleve conmigo para que ocupes un cargo en el cielo.

Sun Wukong se alegró mucho.

—Había estado pensando en hacer una visita al cielo y, qué casualidad, has venido tú a recogerme, Vieja Estrella. —Entonces llamó a sus cuatro babuinos—: ¡Cuidad bien de nuestra montaña! Voy a subir al cielo para pasar allí un tiempo.

Hizo una nube y se marchó volando, pero con sus volteretas avanzaba tan rápido que la Estrella de la Tarde se quedó atrás. Antes de darse cuenta había llegado a la puerta sur del cielo y estaba a punto de atravesarla. El portero no quería dejarlo entrar, pero no dejó que eso lo detuviera. La Estrella de la Tarde llegó en mitad de la disputa y explicó la situación, y entonces le permitieron atravesar la puerta celestial. Cuando llegó al castillo del Gobernante del Cielo, se presentó ante él sin inclinar la cabeza.

—¿Este tipo con la cara peluda y los labios puntiagudos es Sun Wukong? —preguntó el Gobernante del Cielo.

—¡Sí, yo soy el Venerado Sol! —contestó el Rey Mono.

Todos los siervos del Gobernante del Cielo quedaron estupefactos.

—Este mono salvaje ni siquiera se inclina ante ti y se atreve a llamarse Venerado Sol —le dijeron—. ¡Ese crimen merece un millar de muertes!

—Ha venido desde la tierra y todavía no está acostumbrado a nuestras normas —contestó el Señor—. Lo perdonaremos.

Entonces ordenó que se le diera un cargo.

—No hay ningún puesto vacante, pero se necesita un oficial en los establos —dijo el alguacil de la corte celestial.

Por tanto, el Señor lo nombró capataz de las caballerizas celestiales. Los siervos dijeron a Sun Wukong que debía agradecer la gracia que se le había otorgado.

—¡Gracias por el puesto! —gritó el Rey Mono; tomó posesión de su certificado de nombramiento y se fue a los establos para ocupar su nuevo despacho.

Sun Wukong se ocupaba de su labor con entusiasmo. Los corceles celestiales estaban brillantes y gordos, y los establos estaban llenos de potros jóvenes. Antes de darse cuenta, había pasado medio mes. Entonces, sus amigos del cielo prepararon un banquete en su honor.

Mientras estaban en la mesa, Sun Wukong preguntó casualmente:

—¿Capataz? ¿Qué tipo de título es ese?

—Bueno, es un título oficial —fue la respuesta.

—¿Qué rango tiene?

—No tiene rango alguno —le respondieron.

—Ah —dijo el mono—, ¿es tan alto que supera al resto de dignatarios?

—No, no es alto. No es alto en absoluto —le respondieron sus amigos—. Ni siquiera está incluido en el listado oficial; es un puesto de subordinado. Lo único que tienes que hacer es cuidar de los caballos. Si se ponen gordos, serás bien valorado; pero si enferman o adelgazan, serás castigado de inmediato.

Entonces el Rey Mono se enfadó.

—¿Qué? ¿Me tratan a mí, el Venerable Sol, de un modo tan humillante? En mi montaña era un rey, ¡un padre! ¿Para qué me necesitan aquí, para alimentar a los caballos? ¡No seguiré haciéndolo! ¡No seguiré haciéndolo!

Y ya había volcado la mesa, se había sacado la vara dorada de la oreja, había dejado que se agrandara y se había abierto camino hasta la puerta sur del cielo. Y nadie se atrevió a detenerlo.

Volvió a la isla de su montaña y su clan lo rodeó.

—¡Has estado fuera más de diez años, majestad! —le dijeron—. ¿Por qué no has vuelto con nosotros hasta ahora?

—No he pasado más de diez días en el cielo —les contestó el Rey Mono—. El Gobernante del Cielo no sabe cómo tratar a su gente. Me nombró caballerizo y tuve que alimentar a sus caballos. Estoy tan avergonzado que podría morirme. Pero no me conformé, y ya estoy aquí otra vez.

Sus simios le prepararon de inmediato un banquete para consolarlo. Mientras estaban sentados a la mesa, dos demonios con cuernos llegaron con una túnica imperial amarilla como regalo. El Rey Mono estaba tan contento que se la puso y nombró a los dos demonios líderes de la vanguardia. Estos le dieron las gracias y empezaron a alabarlo:

—Con tu poder y sabiduría, majestad, ¿por qué tienes que servir al Gobernante del Cielo? Lo adecuado sería que te autonombraras Gran Sabio Sosia del Cielo.

El mono se sintió muy complacido.

—¡Bien! ¡Bien! —exclamó.

A continuación ordenó a sus cuatro babuinos que hicieran un estandarte con la inscripción: «Gran Sabio Sosia del Cielo». Y de ese momento en adelante se hizo llamar así.

Cuando el Gobernante del Cielo se enteró de la huida del mono, ordenó a Li Dsing, el dios portador de la pagoda, y a su tercer hijo, Notscha, que le hicieran prisionero. Padre e hijo partieron a la cabeza de un ejército celestial, plantaron campamento ante su cueva y enviaron a un valiente guerrero para que lo desafiara a un combate. Pero Sun Wukong lo derrotó con facilidad y lo obligó a huir mientras le gritaba entre risas:

—¡Menudo fanfarrón! ¡Y dice que es un guerrero del cielo! No te mataré. ¡Huye rápidamente y envíame a alguien mejor!

Cuando Notscha se enteró, él mismo presentó batalla.

—¿Tú de dónde has salido, pequeño? No deberías jugar por aquí, ¡podría pasarte algo! —le dijo Sun Wukong.

—¡Maldito mono! —gritó Notscha—. ¡Soy el príncipe Notscha y me han ordenado que te haga prisionero!

Y, dicho esto, se lanzó sobre Sun Wukong con su espada.

—Muy bien, yo me quedaré aquí sin moverme.

Notscha se enfadó mucho y se convirtió en un dios con tres cabezas y seis brazos en los que llevaba seis armas diferentes. De este modo se lanzó al ataque.

El Rey Mono se rio.

—¡El pequeñín sabe hacer trucos! Pero, oye, ¡espera un momento! Yo también cambiaré de forma.

Y él también se convirtió en una figura con tres cabezas y seis brazos en los que blandía tres varas doradas. Empezaron a luchar y los golpes llovían con tal rapidez que parecía que un millar de armas volaban por el aire. Después de treinta rondas, el combate aún no estaba decidido. Entonces Sun Wukong tuvo una idea. Se arrancó disimuladamente uno de sus cabellos, recuperó su forma normal y dejó que su clon continuara luchando con Notscha. Mientras tanto, él se colocó a su espalda y le dio tal golpe con su vara en el brazo izquierdo que le fallaron las rodillas por el dolor y tuvo que retirarse, derrotado.

—¡Ese demonio de mono es demasiado poderoso! —contó Notscha a su padre Li Dsing—. ¡No he conseguido derrotarlo!

No podían hacer otra cosa más que regresar al cielo y admitir su derrota. El Gobernante del Cielo agachó la cabeza e intentó pensar en otro héroe al que enviar.

Entonces la Estrella de la Tarde se acercó a él de nuevo y le dijo:

—Ese mono es tan fuerte y tan valiente que probablemente ninguno de nosotros es rival para él. Se enfadó porque el oficio de capataz le pareció demasiado bajo. Lo mejor sería mostrarse indulgente, dejar que se salga con la suya y nombrarlo Gran Sabio Sosia del Cielo. Solo tendríamos que darle el título, sin sumarle ningún cargo, y el problema estaría resuelto.

El Gobernante del Cielo se mostró satisfecho con esta sugerencia y, una vez más, envió a la Estrella de la Tarde para que llamara al nuevo sabio a su presencia. Cuando Sun Wukong se enteró de su llegada, exclamó:

—¡El viejo Estrella de la Tarde es un buen tipo!

E hizo que su ejército se alineara para darle la bienvenida. Se puso su túnica ceremonial y fue a recibirlo educadamente.

Entonces la Estrella de la Tarde le contó lo que había ocurrido en el cielo, y que lo habían nombrado Gran Sabio Sosia del Cielo.

—¡Ya has hablado en mi favor antes, Vieja Estrella! —exclamó el Gran Sabio, riéndose—. Y ahora, una vez más, te pones de mi parte. ¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!

Juntos se presentaron ante el Gobernante del Cielo.

—El rango de Gran Sabio Sosia del Cielo es muy alto. Ahora debes dejar de hacer travesuras.

El Gran Sabio le dio las gracias y el Gobernante del Cielo ordenó a dos hábiles arquitectos que construyeran un castillo para Wukong al este del huerto de melocotoneros de la emperatriz. Y lo condujeron hasta allí rodeado de honores.

El Sabio estaba en su elemento. Tenía todo lo que su corazón podía desear y nada por lo que preocuparse. Vivía cómodamente, iba allá donde quería y visitaba a los dioses de vez en cuando. Trataba a los Tres Puros y a los Cuatro Gobernantes con cierto respeto, pero a los dioses planetarios, a los señores de las veintiocho casas de la luna y de los doce signos zodiacales, y al resto de estrellas, los saludaba con un «Hola, ¿qué tal?». Y así pasaba los días, ocioso entre las nubes del cielo. En una ocasión, uno de los sabios dijo al Gobernante del Cielo:

—El Venerado Sol se pasa los días sin hacer nada. Deberíamos evitar que se le ocurra alguna travesura, así que sería mejor que le encargáramos alguna tarea.

El Gobernante del Cielo llamó al Gran Sabio y le dijo:

—Los melocotones de la inmortalidad del huerto de la emperatriz madurarán pronto. Te encargo la tarea de vigilarlos. ¡Cumple tu deber concienzudamente!

Esto alegró al Sabio, que le dio las gracias. Cuando llegó al huerto, los hortelanos y jardineros lo recibieron de rodillas.

—¿Cuántos árboles hay en total? —les preguntó.

—Tres mil seiscientos —contestó un hortelano—. En la primera hilera hay mil doscientos árboles. Tienen flores rojas y pequeñas frutas que maduran cada tres mil años; quien come de ellas obtiene la salud. Los mil doscientos árboles de la hilera central tienen flores dobles y una fruta dulce que madura cada seis mil años; quien come de ella puede flotar en el cielo del amanecer sin envejecer. Los mil doscientos árboles de la última hilera tienen frutas con rayas rojas y huesos pequeños que maduran cada nueve mil años; quien come de su fruta vive eternamente, tanto como el cielo, y permanece intacto durante miles de eones.

El Sabio escuchó todo aquello con placer. Repasó las listas y desde ese momento apareció cada día para supervisar las cosas. La mayor parte de los melocotones de la última hilera estaban ya maduros. Cuando llegaba al huerto, enviaba lejos a los cuidadores con algún pretexto, saltaba a los árboles y se daba un atracón de melocotones.

En aquella época, la Emperatriz Oriental estaba preparando el gran banquete de melocotones con el que acostumbraba a agasajar a todos los dioses del cielo. Envió a las hadas con sus vestidos de siete colores y sus cestas para recoger los melocotones. El hortelano les dijo:

—El huerto está ahora bajo los cuidados del Gran Sabio Sosia del Cielo, así que primero debéis presentaros ante él.

Dicho esto, condujo a las siete hadas al huerto. Allí buscaron al Gran Sabio por todas partes, pero no consiguieron encontrarlo.

—Tenemos órdenes y no debemos demorarnos. Mientras aparece empezaremos a recoger los melocotones —dijeron las hadas. Así que llenaron varias cestas de la primera hilera. En la segunda hilera, los melocotones empezaban a escasear. Y en la tercera hilera solo quedaba un melocotón medio maduro. Tiraron de la rama, lo arrancaron y soltaron la rama de nuevo.

Resultó que el Gran Sabio, que se había convertido en un gusano, estaba echándose la siesta en aquella rama. Cuando lo despertaron tan bruscamente, recuperó su forma habitual, agarró su vara y empezó a perseguir a las hadas.

—Nos ha enviado aquí la emperatriz. ¡No te enfades, Gran Sabio! —exclamaron las hadas.

—¿Y quiénes son todos esos invitados de la emperatriz? —les preguntó.

—Todos los dioses y sabios del cielo, de la tierra y del inframundo.

—¿Me ha invitado también a mí? —les preguntó.

—No que nosotras sepamos —contestaron las hadas.

Entonces el sabio se enfadó y murmuró un hechizo mágico.

—¡Alejaos! ¡Alejaos! ¡Alejaos!

Y con eso expulsó a las hadas de allí. El sabio partió en una nube hacia el palacio de la emperatriz.

De camino, se encontró con el Dios Descalzo y le preguntó:

—¿A dónde vas?

—Al banquete del melocotón —fue la respuesta.

—El Gobernante del Cielo me ha ordenado que diga a todos los dioses y sabios que antes de presentarse ante la emperatriz tienen que acudir al Salón de la Pureza para llevar a cabo una ceremonia —le mintió.

Entonces tomó el aspecto del Dios Descalzo y se marchó al palacio de la emperatriz. Allí bajó de su nube y entró como si tal cosa. La comida estaba lista, pero ninguno de los dioses había llegado todavía. De repente, el Gran Sabio olió el vino del centenar de barriles del preciado néctar que había preparados. Se le hizo la boca agua. Se arrancó un par de cabellos y los convirtió en gusanos del sueño. Estos gusanos reptaron por las fosas nasales de los coperos y todos se quedaron dormidos. De este modo, Sun Wukong disfrutó de las deliciosas viandas sin preocupación; abrió los barriles y bebió hasta quedar aturdido.

—Todo este asunto está empezando a marearme —se dijo a sí mismo—. Será mejor que me marche a casa a dormir un poco.

Y salió del huerto tambaleándose. Por supuesto, se perdió y terminó en la morada de Laotse. Allí recuperó la consciencia. Se arregló la ropa y entró. No había nadie a la vista, porque en aquel momento Laotse y todos sus criados estaban en casa del Dios de la Luz. Como no encontró a nadie, el Gran Sabio entró en el salón privado donde Laotse solía preparar el elixir de la vida. Junto a los fogones había cuatro jícaras llenas de las píldoras de la indestructibilidad que ya habían sido preparadas.

«Hace mucho tiempo que tengo la intención de preparar algunas de estas píldoras. Me viene muy bien encontrarlas aquí», se dijo.

Vertió el contenido de las jícaras y se comió todas las píldoras. Como ya había comido y bebido suficiente, pensó: «¡Oh, oh! La travesura que he hecho no puede ser reparada con facilidad. Si me pillan, mi vida estará en peligro. Creo que lo mejor será bajar a la tierra y seguir siendo rey». Entonces se volvió invisible, viajó hasta la puerta oeste del cielo y regresó a la Montaña de las Flores y las Frutas, donde contó sus aventuras a quienes lo recibieron.

Cuando les habló del néctar de melocotón, sus simios dijeron:

—¿No podrías volver para robar algunas botellas de vino, de modo que nosotros también podamos beberlo y obtener la vida eterna?

El Rey Mono accedió; dio una voltereta, entró en el huerto sin que lo vieran y se llevó cuatro barriles, dos bajo los brazos y dos en las manos. Desapareció con ellos sin dejar rastro y los llevó a su cueva, donde los degustó con sus monos.

Una noche y un día después, las siete hadas a las que el Gran Sabio había expulsado recuperaron su libertad. Recogieron sus cestas y contaron a la emperatriz lo sucedido. Y los coperos también llegaron corriendo e informaron de la destrucción que un desconocido había causado entre los comestibles y bebestibles. La emperatriz fue a quejarse ante el Gobernante del Cielo. Poco después, Laotse también acudió a él para contarle que le habían robado las píldoras de la indestructibilidad. El Dios Descalzo le contó que el Gran Sabio Sosia del Cielo lo había engañado, y del palacio del Gran Sabio llegaron unos siervos para contar que el sabio había desaparecido y que no había ni rastro de él. Entonces el Gobernante del Cielo se asustó.

—¡Todo este lío es sin duda obra de ese mono infernal! —exclamó.

Llamaron a todos los habitantes del cielo, a los dioses de las estrellas, los dioses del tiempo y los dioses de la montaña para atrapar al simio. Li Dsing, una vez más, era el comandante. Inspeccionó la montaña y extendió una red en el cielo y otra en la tierra para que nadie pudiera escapar. A continuación envió a sus hombres más valientes a la batalla. El mono resistió con audacia todos los ataques desde primera hora de la mañana hasta la puesta del sol. Pero, en ese momento, sus seguidores más leales fueron capturados. Eso fue demasiado para él. Se arrancó un cabello y lo convirtió en miles de monos, todos armados con varas de hierro doradas. El ejército celestial fue derrotado y el mono se retiró a su cueva a descansar.

Resultó que Guan Yin también había acudido al banquete de melocotón y había descubierto lo que Sun Wukong había hecho. Cuando fue a visitar al Gobernante del Cielo, Li Dsing acababa de llegar para informar de la gran derrota que había sufrido en la Montaña de las Flores y las Frutas. Entonces Guan Yin dijo al Gobernante del Cielo:

—Puedo recomendarte a un héroe que seguramente derrotará al mono. Se trata de tu nieto, Yang Oerlang. Ha vencido a todos los espíritus de las bestias y las aves, y ha derrotado a los duendes de la hierba y la maleza. Él sabe qué hacer para terminar con esos malvados.

Así que llamaron a Yang Oerlang y Li Dsing lo condujo a su campamento y le preguntó cómo pensaba enfrentarse al simio.

—Creo que le enseñaré mi superioridad cambiando de forma —dijo Yang Oerlang, riéndose—. Será mejor que retiréis la red del cielo para que nada perturbe nuestro combate.

A continuación pidió a Li Dsing que se elevara en el aire con el espejo mágico en la mano, para que, cuando el mono se hiciera invisible, pudiera encontrarlo gracias al artilugio. Cuando todo estuvo preparado, Yang Oerlang se presentó ante la cueva con sus espíritus.

El mono salió y, cuando vio al poderoso héroe con la espada de tres hojas, le preguntó:

—¿Y tú quién eres?

—¡Soy Yang Oerlang, el nieto del Gobernante del Cielo!

—Ah, sí, ¡ya me acuerdo! —dijo el mono, riéndose—. Su hija huyó con un tal Yang y tuvieron un hijo. ¡Ese debes ser tú!

Yang Oerlang se puso furioso y se abalanzó con su lanza. Entonces comenzó una acalorada batalla. Lucharon durante trescientas rondas sin un resultado claro. En ese momento, Yang Oerlang se transformó en un gigante con la cara negra y el pelo rojo.

—No está mal —dijo el mono—, ¡pero yo también puedo hacer eso!

Continuaron luchando de esa forma. Los babuinos estaban muy asustados, pues los espíritus de las bestias y de los planetas comandados por Yang Oerlang los acosaban. Mataron a la mayoría y el resto se escondió. Cuando el Rey Mono lo descubrió, su corazón se llenó de inquietud. Recuperó su forma, agarró su vara y huyó, pero Yang Oerlang lo siguió. El mono convirtió su vara en una aguja, se la metió en la oreja, se transformó en un gorrión y voló hasta la copa de un árbol. Yang Oerlang lo perdió de vista, pero de inmediato se dio cuenta de que se había transformado en un gorrión. Tiró su lanza y su ballesta, se convirtió en un halcón y se lanzó sobre el pajarillo. Pero este último se alzó en el aire como un cormorán. Yang Oerlang agitó su plumaje, se convirtió en una grulla de mar y se elevó entre las nubes para atrapar al cormorán. Este huyó hacia un valle y se sumergió en las aguas de un arroyo disfrazado de pez. Cuando Yang Oerlang llegó al límite del valle, había perdido su rastro.

«Ese mono seguramente se ha convertido en un pez o un cangrejo. Cambiaré de forma yo también para atraparlo», se dijo a sí mismo. Así que se transformó en un águila pescadora y planeó sobre las aguas. Cuando el mono, que estaba en el arroyo, vio el águila, se dio cuenta de inmediato de que era Yang Oerlang. Giró rápidamente y huyó con Yang Oerlang a la zaga. Cuando apenas los separaban unos centímetros, el mono giró, reptó hasta la orilla como una culebra y se escondió entre la hierba. Yang Oerlang, cuando vio la culebra saliendo del agua, se convirtió en un águila y abrió las garras para atrapar a la serpiente. Pero la culebra saltó y se convirtió en el más ruin de los pájaros, un buitre, y se posó en el escarpado borde de un acantilado. Cuando Yang Oerlang vio que el mono se había convertido en una criatura tan despreciable como un buitre, no pudo seguir jugando a cambiar de forma. Reapareció en su forma original, cogió su ballesta y disparó al ave. El buitre cayó del acantilado y a sus pies se transformó en la capilla de un dios rural. Abrió la boca para que fuera la puerta y sus dientes se convirtieron en las dos hojas de la misma, su lengua en la imagen del dios y sus ojos en las ventanas. Con lo único que no sabía qué hacer era con la cola, así que la dejó tiesa a su espalda con forma de asta. Cuando Yang Oerlang llegó al pie de la colina vio la capilla.

—¡Ese mono es tremendo! Pretende atraerme al interior de la capilla para morderme —exclamó, riéndose—. Pero no entraré. Primero romperé las ventanas, y después echaré abajo la puerta.

Cuando el mono escuchó esto, se asustó mucho. Saltó como un tigre y desapareció en el aire sin dejar rastro. Con una única voltereta llegó al templo del propio Yang Oerlang. Allí asumió la forma del dios y entró. Los espíritus que estaban de guardia fueron incapaces de reconocerlo. Lo recibieron con una reverencia y el mono se sentó en el trono del dios y se hizo con las oraciones que llegaron hasta él.

Como Yang Oerlang ya no veía al mono, se acercó a Li Dsing, que estaba en el aire.

—Estaba compitiendo con el mono, cambiando de forma, pero desapareció de repente y no consigo encontrarlo. ¡Echa un vistazo en el espejo!

Li Dsing miró el espejo mágico y se rio.

—El mono se ha convertido en ti y está sentado en tu templo. No deja de hacer travesuras.

Cuando Yang Oerlang se enteró de esto, cogió su lanza de tres púas y se dirigió rápidamente a su templo. Los espíritus guardianes se asustaron y exclamaron:

—Pero, padre, ¡si acabas de entrar! ¿Cómo es que hay dos?

Yang Oerlang no les prestó atención; entró en el templo y apuntó a Sun Wukong con su lanza. El mono recuperó su forma y se rio.

—Joven señor, ¡no te enfades! El dios de este lugar es ahora Sun Wukong.

Sin decir una palabra, Yang Oerlang lo atacó. Sun Wukong sacó su vara y le devolvió los golpes. Salieron juntos del templo, luchando, y envueltos en una neblina llegaron una vez más a la Montaña de las Flores y las Frutas.

Mientras, Guan Yin estaba sentada con Laotse, el Gobernante del Cielo y la emperatriz en el gran salón del cielo, esperando noticias.

—Iré con Laotse a la puerta sur a ver cómo están las cosas —dijo, al ver que no recibían noticia alguna. Y cuando vio que la batalla no llegaba a su fin, preguntó a Laotse—: ¿Por qué no ayudamos un poco a Yang Oerlang? Encerraré a Sun Wukong en mi jarrón.

—Tu jarrón está hecho de porcelana —le contestó Laotse—. Sun Wukong lo destrozaría con su vara de hierro. Pero yo tengo una diadema de diamantes que puede cercar a todas las criaturas vivas. ¡Podríamos usar eso!

Así que lanzó su diadema al aire desde la puerta celestial y golpeó a Sun Wukong con ella en la cabeza. Como estaba en plena batalla, no pudo protegerse del golpe en la frente y resbaló. Se levantó e intentó escapar, pero el perro de Yang Oerlang le mordió la pierna hasta que cayó al suelo. Entonces, Yang Oerlang y sus seguidores lo inmovilizaron con correas y le metieron un gancho en la clavícula para que no pudiera transformarse. Laotse recuperó su diadema de diamante y regresó con Guan Yin al salón del cielo. Sun Wukong fue condenado a la decapitación. Lo llevaron al lugar de la ejecución y lo ataron a un poste. Pero todos los intentos de matarlo con un hacha y una espada, con truenos y rayos, fueron vanos. Ni siquiera conseguían dañarle un pelo de la cabeza.

—No me sorprende —dijo Laotse—. Este mono se ha comido los melocotones de la inmortalidad, se ha bebido el néctar de la vida y también se ha tragado las píldoras de la indestructibilidad. Nada podría dañarlo ahora. Lo mejor será que me lo lleve conmigo y lo meta en mi horno para extraerle el elixir de la vida. Después se convertirá en polvo y cenizas.

Así que abrieron los grilletes de Sun Wukong y Laotse se lo llevó con él, lo metió en el horno y ordenó a su mozo que mantuviera el fuego vivo.

Pero en el borde del horno estaban tallados los símbolos de los ocho elementos. Y, al meterse en el horno, el mono se refugió bajo el signo del viento, de modo que el fuego no pudo dañarlo y el humo solo hizo que le escocieran los ojos. Permaneció dentro del horno siete veces siete días. Entonces, Laotse lo abrió para echar un vistazo. Tan pronto como Sun Wukong vio la luz, no aguantó seguir encerrado y saltó, volcando el horno mágico. Lanzó al suelo a los guardias y a los ayudantes y el propio Laotse, que intentó atraparlo, recibió tal empujón que se quedó con las piernas en el aire, como una cebolla del revés. A continuación Sun Wukong se sacó la vara de la oreja y, sin mirar a dónde golpeaba, lo hizo todo pedazos; los dioses de las estrellas cerraron sus puertas y los guardianes del cielo huyeron. Llegó al castillo del Gobernante del Cielo y el guardián de la puerta, con su látigo de acero, lo detuvo justo a tiempo. Entonces lo rodearon los treinta y seis dioses del trueno, aunque no consiguieron atraparlo.

—Buda sabrá qué hacer con él —dijo el Gobernante del Cielo—. ¡Mandadlo llamar de inmediato!

Así que Buda llegó de occidente con Ananada y Kashiapa, sus discípulos. Cuando descubrió el alboroto, dijo:

—Antes de nada, soltad las armas y traedme al sabio. ¡Quiero hablar con él!

Los dioses se marcharon. Sun Wukong resopló.

—¿Quién eres tú, que te atreves a hablarme?

Buda sonrió.

—He venido desde el sagrado occidente, Shakiamuni Amitofu. ¡Me he enterado del lío que has creado y he venido a domarte!

—Soy el mono de piedra que ha obtenido el conocimiento secreto —dijo Sun Wukong—. Domino las setenta y dos transformaciones y viviré tanto como el mismo cielo. ¿Qué ha hecho el Gobernante del Cielo para merecer el trono eternamente? ¡Que me deje el puesto y estaré satisfecho!

—Eres una bestia que ha obtenido poderes mágicos —contestó Buda con una sonrisa—. ¿Cómo esperas ser el Gobernante del Cielo? Deberías saber que él ha trabajado durante eones para perfeccionar sus virtudes. ¿Cuántos años tendrían que pasar antes de que tú consiguieras la dignidad que él se ha ganado? Y debo preguntarte si hay algo más que puedas hacer, además de trucos de transformación.

—Sé dar volteretas sobre las nubes —dijo Sun Wukong—. Cada una de ellas me lleva a treinta mil kilómetros de distancia. Seguramente eso es suficiente para tener derecho a ser Gobernante del Cielo.

—Hagamos una apuesta —dijo Buda con una sonrisa—. Si puedes dejar mi mano atrás con una de tus volteretas, suplicaré al Gobernante del Cielo que te ceda el puesto. Pero, si no consigues alejarte de mi mano, tendrás que rendirte a mis grilletes.

Sun Wukong se aguantó la risa, porque pensó: «¡Este Buda está loco! Su mano no mide ni treinta centímetros, ¿cómo podría no dejarla atrás?».

—¡Trato hecho! —dijo.

Buda extendió la mano derecha. Parecía una pequeña hoja de loto. Sun Wukong dio un salto y exclamó:

—¡Adelante!

Y empezó a dar volteretas, volando como un torbellino. Y mientras volaba vio cinco columnas altas y rojas que se elevaban hacia el cielo.

Entonces pensó: «¡Es el fin del mundo! Ahora volveré y me convertiré en el Gobernante del Cielo. Pero primero escribiré aquí mi nombre, para demostrar que he estado». Se arrancó un cabello, lo convirtió en un pincel y escribió con grandes letras en la columna central: «El Gran Sabio Sosia del Cielo». Volvió dando volteretas al lugar de donde había partido. Saltó la mano de Buda, riéndose, y exclamó:

—¡Ahora date prisa y ordena al Gobernante del Cielo que deje libre el castillo para mí! He estado en el fin del mundo y he dejado una señal allí.

—¡Mono infame! —le riñó Buda—. ¿Cómo te atreves a afirmar que has dejado atrás mi mano? Echa un vistazo, a ver si no es cierto que «El Gran Sabio Sosia del Cielo» está escrito en mi dedo corazón.

Sun Wukong se asustó mucho, porque de inmediato descubrió que era verdad. Aun así, fingió no estar convencido; dijo que iría a echar otro vistazo e intentó aprovechar la oportunidad para escapar. Buda lo cubrió con la mano, se lo llevó del Cielo y lo encerró en el interior de una montaña que había creado con agua, fuego, madera, tierra y metal. Un hechizo mágico evitaba que escapara de la montaña.

Allí se vio obligado a permanecer cientos de años, hasta que al final se reformó y fue liberado para ayudar al monje del Yangtze Kiang a recuperar las sagradas escrituras de occidente. Nombró al monje como su señor y desde entonces fue conocido como el Peregrino. Guan Yin, que lo había liberado, entregó al monje una diadema dorada. Pidieron a Sun Wukong que se la pusiera y de inmediato se fundió con su carne para que no pudiera quitársela. Y Guan Yin entregó al monje una fórmula mágica para tensar el aro por si el mono se volvía desobediente. Pero, desde ese momento, siempre fue educado y amable.

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Punto y Aparte, de Alberto J. Parra

El resplandor de sus ojos naranja en la noche era lo único que lo delataba. El silencio corría entre los árboles como pensamientos y recuerdos en una mente inquieta. Y sin embargo, allí podía permanecer durante horas, sin molestar a nadie, sin ser molestado.

El claro del bosque se había convertido en un placer secreto para Dalis, apartado a treinta minutos de las afueras de la aldea. Aquellas noches nubladas no lo acompañaba sino la luna llena y el canto de las aves nocturnas. Quería ser capaz de decidirlo, de escoger sus batallas, de estar solo por decisión propia. Le aturdía el estrépito de las calles, desoladas entre conversaciones vanas y rostros desconocidos. Le envenenaban los encuentros casuales, las miradas políticas y las pláticas de cortesía. Esa soledad en compañía, ese doble juego que ahogaba las relaciones y transformaba a sus padres desde el momento en que pisaban el salón.

El bosque era diferente, y había encontrado recientemente su escondite un par de semanas atrás. A veces pensaba que el claro lo había encontrado a él, seduciendo sus sentidos hasta desembocar en una caminata errante en busca de bayas, el sonido del río, y un poco de sosiego. Aquí se sentía a gusto, respiraba a gusto, y podía abrir sus ojos a gusto en la noche, iluminando con ellos las hojas caídas y sin recibir críticas sobre la tonalidad de su brillo. “Acostúmbrate al resplandor cálido, que se convierta en tu firma”, habría sido la firme recomendación de su madre, aunque ella misma rara vez lograba dar con el tono de luz que debía caracterizar a la familia.

La aristocracia de los Portadores de Sombras era tan enigmática para el pueblo como su raza en cuestión lo era para la gente blanca. Sus encuentros lúgubres resonaban como las ocasiones más destacadas dentro de la sociedad. En ellos se consideraban temas de trascendencia, se ampliaban las relaciones entre miembros eméritos, y se dedicaba algún tiempo para el esparcimiento. Para él no eran más que un puñado de sombras en un almacén subterráneo dándose ínfulas de importancia. Aún así debía participar, ensayar el contraste entre la oscuridad de su rostro y el blanco de su sonrisa, modular el brillo de sus ojos por el bien de su familia, para salvaguardar el honor de su padre. Era sencillamente agotador.

-Ojos cálidos, sonrisa brillante, son los dos atributos de una verdadera sombra -instaba constantemente su padre.

-Lo único que te hará destacar en la oscuridad -completaba él entre dientes y con los ojos cerrados, renuente a dar el brazo a torcer.

Pero los encuentros lúgubres eran distintos. No podía mostrar su verdadera oscuridad frente al mayordomo, mucho menos frente a los portadores de aquellas sonrisas envidiables, brillantes como el sol. Eran colores ensayados, lo sabía. Colores de los que nunca se tuvo que preocupar hasta hacía un par de años.

Había estado intentando encontrarse con Rizar días atrás, pero el joven obrero no salía de las minas sino hasta muy entrada la noche, justo mientras tenían lugar aquellos eventos interminables. Ocurría lo mismo una y otra vez entre miembros de distintas clases sociales. La discriminación estaba fuera de lugar, pero los propios hábitos del grueso de la población eran el factor determinante. Dividía a vecinos, a antiguos colegas, a queridos amigos de la infancia. Pero si por lo menos Rizar respondiese a sus recados, si por lo menos tuviesen un encuentro fortuito… diez minutos bastaría.

Dalis suspiró en medio de la noche, sintiendo la brisa del bosque, el aire del claro, y dirigió sus pasos a casa. Un día más, una nueva clase de historia natural, otra noche de sonrisas brillantes y ojos cálidos, y de nuevo su retiro voluntario le daría el coraje para afrontar el amanecer. De vuelta a casa. Teoría del lenguaje. Noche de embajadores. Silencio. Geografía aplicada al encubrimiento. Copas con sir Arian y familia. Silencio. Y entonces llegó el momento.

Cualquier sombra aprovecharía una noche sin encuentros lúgubres para entregarse a aquellos placeres que, dada su sobreabundancia, eran tan poco aprovechados por la aristocracia. No así él, que ahora libre de responsabilidades se dirigió a su encuentro con Rizar.

Un par de toques a la aldaba oxidada y la señora Darah acudió a su encuentro. Sus ojos fríos, su tono poco expresivo. Reprobable, habría dicho su padre.

-Joven Dalis.

-Señora Darah, qué gusto verla -pocas veces emergía de él una sonrisa natural como aquella- ¿Se encuentra Rizar en casa?

Tras una expresión dubitativa, Darah lo invitó a pasar. Vestía una túnica azul claro que se perdió en el interior del recinto mientras Dalis tomaba asiento en esos muebles con un agrio aroma familiar. Escuchó voces durante un par de minutos en lo que parecía una conversación nerviosa y disimulada. Suspiró.

-Dalis

-Rizar -dijo el joven poniéndose de pie- qué bueno verte -de nuevo la sonrisa.

-Ha pasado mucho tiempo

-¿Has recibido mis recados?

-En tiempo y forma. Muchas gracias.

-No te dejan respiro, ¿verdad? Y yo no soporto al profesor de estoicismo. Y ni hablar de esas reuniones.

-Muy buen licor, he escuchado -finalmente algo parecido a un tono afable.

-No lo sé. No tengo punto de comparación. Supongo que está bien.

-Escupirías el que nos sirven a nosotros -dijo casi en tono de reproche. 

-No lo creo.

De la juventud y el tiempo libre sólo quedaba en Rizar una media sonrisa que apenas iluminaba el borde de su tocado. Estaba cansado, débil, o ambas cosas a juzgar por el tono de su piel. Y por un momento Rizar dejó de responder hasta escuchar por segunda, casi tercera vez la voz de Dalis.

-Sí, es que estoy muy agotado.

No era hora de comer y Dalis ya estaba de regreso. No era la primera visita infructuosa ni el primer recado sin contestar. Pero no quería volver. Decidió hacer una breve caminata por los verdes prados de la ciudad, entre las casas de madera que crujían con el viento. Y volvió a jugar, intentando adivinar palabras detrás de los crujidos. Pero ya no era divertido.

Hubiese podido describir muy vagamente cómo se sentía, pero la visita no le había hecho ningún bien. Hubiese preferido ir directamente al claro del bosque. Aquí escogía sus silencios. Aquí no tenía que modular la luz de su mirada. Aquí podía fundir su sombra con la oscuridad de la noche, si es lo que deseaba. Y se fundió con ella. Se enterró profundamente entre las raíces de los árboles. Viajó con el viento sin cortarle el paso. Se fundió con las hojas que caían de las ramas. Hizo eco de cada uno de los sonidos de la noche. Hizo silencio, un silencio suyo, escogido, vibrante, fortalecedor. Un silencio que llenó el claro, detuvo el viento, acalló el batir de los árboles, y puso en pausa la caída de sus hojas. ¿Qué fue eso? Abrió los ojos desconcertado, iluminando nuevamente las hojas de los árboles mientras continuaban su caída.

Durante el resto de la noche y a la mañana siguiente, Dalis se preguntó si aquello había sido sólo una sensación pasajera. Un truco de la percepción. Y transcurrió su clase de estudios del hombre blanco y la reunión social correspondiente entre ensoñaciones y pensamientos. No podía esperar para dirigirse al claro y repetir la experiencia.

Se sentó cómodamente, cerró los ojos e hizo exactamente lo mismo. Una vez, de nuevo. Respiró profundamente, de nuevo. De nuevo. Otra vez. ¿Estaba haciendo algo distinto? ¿Habría sido una ilusión? ¿Había acaso imaginado el viaje con el viento, la caída de las hojas y aquel repentino silencio dentro de los confines del tiempo?

-Entre más empeño le pongas, menos lo lograrás -le dijo una voz que lo sobresaltó.

-¿Quién es? -preguntó Dalis al bosque oscuro, y no recibió respuesta. Se levantó, miró a su alrededor en busca del rastro de un par de ojos o una sonrisa brillante. Nada, nadie. Estaba comenzando a perder la cordura. ¿Era ese el motivo por el que ninguna sombra se adentraba y permanecía en el bosque?

No regresó al claro por varios días, durante los cuales la rutina continuó sin cambios aparentes. Esvástica. Presentación social. Arte de la naturaleza. Gran reunión sombría. Estoicismo. Encuentro con la familia del rector. Pronto se dio cuenta de que faltaba puntuación a su rutina y comenzaba a desgastarse su aguante. Al igual que un texto sin puntos y comas corre desbocado y cae al precipicio, el silencio es lo que da sentido a cada frase, permite que se asiente y prepara para la siguiente aventura. O el siguiente suplicio en aquellas interminables pláticas sobre la mejor cosecha y el exquisito jugo de un arándano en las que todo se transformaba y ya no reconocía la calidez de un lugar seguro, ni siquiera en sus propia familia. Las sonrisas y tonos de luz no bastaban. 

Entonces, una noche libre nuevamente lo volvió a intentar. Esta vez Rizar no salió a su encuentro y Darah regresó al mueble de aroma agrio para comunicarle que el joven estaba dormido. Muchos años después recordaría el olor agrio de los muebles, característico de aquel lugar donde transcurrió y terminó su juventud. Recordaría aquellos ojos de Darah revelando su escaso convencimiento mientras le entregaba el último mensaje de su amigo a un joven que había aprendido a reconocer el lenguaje corporal de la mentira. Con sus palabras había recibido, y finalmente comprendido la respuesta a todos los recados que había estado dejando a lo largo de las semanas. Y teniendo finalmente su respuesta, volvería a escuchar en silencio el crujir de la madera, una vez más, antes de marcharse. No era divertido.

Dicen que Dalis se fundió con la colina, que aún se escucha su voz en la brisa y que al caer las hojas de los árboles se posan en su cuerpo antes de llegar al suelo. Dicen que entre los portadores de las sombras nadie tiene la piel tan oscura como él, y que era capaz de cosas grandiosas hasta que desapareció sin dejar rastro. Dicen que los niños lo buscan en el bosque, y que las historias que esparcen de él no son más que leyendas. Dicen tantas cosas de Dalis, y ni siquiera Rizar pudo confirmar o desmentir ninguna. Lo único que hizo fue recordar el rumor que ellos mismos esparcieron en su juventud tras encontrar en el bosque el brillo naranja de un par de ojos pertenecientes a un anciano sombra a quien la tierra se tragó.

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Mi asiento en el tranvía, de Daniel Sueiro

Los días son más largos ahora, cerca ya el verano, y el viaje de vuelta lo hago aún con sol, sean las siete o las ocho de la tarde.

No hay cosa que me guste más en el mundo que estos viajes en el tranvía, con el sol. Hasta voy al trabajo con ganas, y me olvido del cansancio cuando vuelvo. Es lo que pasa cuando hay un aliciente en la vida.

Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quieto, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu bonita horita de tranvía todos los días.

¡La de excursiones y viajes de placer, la de vueltas al mundo que yo he dado en el tranvía todos los días, jo…!

Te haces a la idea y te parece que vas de gira, en vacaciones, por sitios desconocidos y ciudades nuevas… Eso es lo que a mí me pasa, por lo menos; es que ya sé a dónde puedo llegar, yo no me engaño, estando como están las cosas.

No se puede tener prisa, tampoco, porque el tranvía tiene su recorrido fijo y su velocidad. Yendo en tranvía no vas a llegar a Pamplona; y si vas en un 14, tampoco esperes llegar al final del 61. Ir en tranvía no es como ir en avión, ni siquiera en coche, así que mucha calma. Yo disfruto plenamente en el tranvía, porque me abandono y no pienso en nada; sólo sé que aquello tiene unos raíles y un tiempo para llegar. No se le puede meter más prisa, con que yo, aunque vea que se me hace tarde, no me impaciento y sigo tan tranquilo. Ahora, a mí me gusta ir sentado.

No creo que eso sea pedir gollerías. Yo no me meto con nadie y espero, pero quiero ir sentado en un asiento, a ser posible al lado de las ventanillas.

Si a uno le van a quitar encima esta expansión…

Mil veces me tengo levantado temprano sólo para coger un buen sitio en la cola y poder ir sentado, como lo digo, tomar el sol y mirar por los cristales. Es que estos viajes, si no los haces sentado, pierden mucho. No es lo mismo, vas cómodo y además te distraes de lo tuyo; el trayecto se te hace larguísimo, parece que no llegas nunca y te irritas. Sentado y sin hacer caso es otra cosa.

Me levanto muy temprano y espero en la parada que hay mismo delante de mi casa a que se meta toda la gente y dejo pasar todos los tranvías que van llenos.

Mi madre ya me lo dice, cuando me oye madrugar tanto.

-Pero, ¿por qué te levantas tan pronto, hijo?

-Total, ya estoy despabilado.

-¿A dónde vas a estas horas?

-¿Y a dónde voy a ir? _digo yo.

-¿No andarás en algún mal paso, hijo?

-No madre -le digo-; me voy al trabajo. ¿A dónde quiere que vaya?

-¿Al trabajo tan pronto?

Y ya me solivianta.

-Mire, madre -le digo por el pasillo casi a oscuras-, yo aspiro a una cosa en la vida: a ir sentado en el tranvía. Eso que no me lo quiten. No me parece mucho, ¿no?

-¡Qué juventud esta…! -oigo murmurar a mi pobre madre-. Tu padre iba al trabajo andando…

Vuelve a preguntarme luego:

-Y para ir sentado en el tranvía, ¿has de levantarte tan temprano?

-Sí -le grito- . Hay mucha gente que quiere ir sentada… Yo no me peleo con ellos y los dejo pasar. Sólo me siento cuando quedamos pocos y hay asientos bastantes.

Y añado al cabo de un rato, riendo y con la boca llena:

-Aún así llego tarde al trabajo, a veces…

Y ella no sé si se echa a llorar, porque estas cosas parece que no las entiende.

Pero, claro, el tranvía que pasa casi vacío cuando yo lo cojo (después de dejar pasar media docena de ellos), también acaba por llenarse, muchas veces un par de paradas más allá, con toda la gente que espera.

Yo tomo el sol y contemplo la calle, mientras viajo, sentado en mi asiento, procurando no mirar a la gente que va dentro del tranvía ni hacer caso de ella. Cada uno de estos que van a mi lado, si pudieran, me quitarían mi asiento para sentarse ellos; me echarían de él a la fuerza, me arrojarían incluso del tranvía en marcha con tal de dejarles libre mi asiento.

A ninguno le he pedido nada, ni he pensado aún en quitarles nada de lo que ellos tienen, pero desde luego mi asiento en el tranvía no se lo dejo.

No los miro, pero sé que me rodean amenazantes y cada vez más irritados. Algunos adoptan actitudes lastimeras, ponen cara de cansancio, de dolor, de desmayo; suspiran, se quejan, se remueven incómodos y abatidos, como si fueran a caerse al suelo y morirse si yo no les dejo mi asiento. Otros evidencian claramente su despecho y su rabia al dejarse caer sobre mí en las vueltas que da el tranvía, al pisarme, al meterme los codos. Hombres y mujeres que me vigilan y me acosan como si yo fuera un delincuente o estuviera usando algo que no me pertenece, que les he arrebatado. ¡Ja, ja, me da risa!

Además ellos pensarán:

-Habrase visto qué atrevimiento…

-Ya no hay respeto ni educación.

-Este desastrado, sentado en un asiento.

-De buena gana lo levantaba y le sacudía.

-No, si las personas decentes ya no…

-¡A dónde vamos a parar…!

Todos a mi alrededor, todos a la caza de mi asiento, mientras a los demás que van sentados nadie parece molestarles, y entonces yo debo pensar que soy el más indigno de los hombres, sea por mi edad o por mis pobres ropas, puesto que no merezco ir a mi trabajo sentado en el tranvía.

Aún así, no me levanto ni me levantaré nunca. Nunca.

Soy muy joven y aún no estoy cansado de nada. Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan. Pero mi asiento en el tranvía nadie me lo quitará.

A la vuelta, cuando cae la tarde, el viaje es más plácido, aunque yo vengo rendido. El sol no aviva y calienta las calles ni la gente, como en el viaje de la mañana, sino que las va enfriando y matando lentamente con sus destellos escarlata.

He dejado pasar todos los tranvías que van llenos, he dejado pasar toda la gente de la cola, y por fin me he subido a un tranvía que lleva mi asiento. Nadie se da cuenta, pero yo espero, subo, me siento y luego viajo a gusto.

Y, sin embargo, también ese tranvía acaba por llenarse.

Así que sube la señora que viene a por mí en cuanto me he sentado.

Es una de esas señoras que están seguras de que las cosas de este mundo y todos los asientos de los tranvías han sido hechos para ellas.

Viene arrastrando al niño, pero en cuanto está a mi lado lo coge y se lo echa a los brazos. Es un niño de cuatro, de cinco añazos por lo menos.

Vuelvo a apoyar la frente en el cristal, miro a la calle. ¡Qué bonito, qué bonito…!

La señora sostiene al niñazo en sus brazos. La madre con el hijo, la mujer con la criatura, de pie en el tranvía, justo al lado de un chalado que parece que no se entera y que no se levanta ni pa Dios. Ya, ya me sé ese cuento.

Con que no me muevo y a seguir disfrutando.

Y miro lo de siempre, que todos me miran y me vigilan, me maldicen, todos en torno a mí, encima de mí. Y yo aguanto. Como si todos tuvieran derecho a mi asiento, como si los asientos de los demás fueran sagrados.

Nadie habla, todo el mundo pendiente de mi asiento, si me levanto o me quedo sentado, mientras la madre sigue acusándome con la preciada carga encima.

Me pongo colorado, seguramente porque soy joven y tengo la cara llena de granos, pero esto no tiene nada que ver, aunque a mí en el fondo me moleste y me avergüence un poco.

Sí que me fastidia, porque además resulta que siempre me ruborizo y se me notan más los granos por culpa de las mujeres, sobre todo cuando las miro y ellas me miran, o en casos como éste, en que al fin y al cabo lo que pasa es que hay un asunto entre una señora y yo.

Y voy pensando acerca de las mujeres, mientras sigue el viaje del tranvía, sentadito y al sol: ellas nos disputan los puestos de trabajo, ¿o no?; ganan carreras y a veces nos cohíben, nos avergüenzan, nos hacen sentimos insignificantes y salvajes; ellas nos gritan, discuten con nosotros, consiguen de los jefes cosas que nosotros no podemos conseguir.

Pero el niño, desde arriba, me está pegando patadas en la cabeza, no sé si por orden de su mamá, y me tengo que retirar un poco y aplastar aún más la cara contra el soleado cristal.

Cada vez hay más gente en el tranvía y más apreturas encima de mí.

Y una especie de hombre decente es el que empieza, como otras veces:

-Un poco de respeto, hombre -todavía con cierta prudencia, aguantándose las ganas que tiene de reprenderme de otro modo-. ¿No ves aquí, a la señora?

Me concentro en el cristal, con el ceño fruncido y no hago caso.

-Una señora de pie, con un niño en brazos, y él sentado -oigo otra voz, que será la de ella, supongo.

Y nada, todo el mundo a mirarme ahora hostilmente, unos por encima de los hombros y los otros, poniéndose de puntillas y estirando e cuello.

-Vaya educación la de ahora -empiezan.

-Ya no es educación, se trata de sentimientos.

-Un poco de entrañas, debían tener por lo menos.

-Estos cuadros no se veían antes.

-Caballeros, que aún quedaban…

-Las nuevas generaciones…, ¡míralas…!

Con lo que ya empezaban a fastidiarme el placer del viaje y la contemplación del paisaje, porque estas cosas siempre afectan, aunque no quieras.

El hombre decente me dio unos golpes en el hombro, con la mano, y tuve que volverme.

-Que aquí la señora sigue de pie… -bajó la cabeza para hablarme, y al mismo tiempo miraba a los otros, que asentían.

Estaba más bajo que todos ellos, precisamente por ir sentado, y parecía que iban a comerme.

-Bueno -le dije, y lo primero que se me ocurrió, lo más fácil-, pero aquí la señora vendrá de ver escaparates toda la tarde, y un servidor viene de dar el callo.

Se impacientó e hizo el ademán de contener su santa indignación.

-Lo que hay que aguantar…, lo que hay que aguantar… -y a mí lo que me pareció era que quería sentarse él.

Luego vino lo del teniente, que me dijo:

-A ti te querré ver yo en el cuartel, macho… Allí ya verás…

-A lo mejor no voy -le dije, como es la verdad, por lo de mi madre.

-¿No te gusta? -se inclinó hacia mí con una sonrisa helada.

-No sé si me gustará; pero, desde luego, como pueda, no voy.

-Como yo te coja por mi cuenta, te voy a enseñar a sentarte y a levantarte cuando se te ordene.

El tranvía seguía su camino, parando en las paradas, y la gente se arremolinaba cada vez más a mi alrededor, mientras cruzaba calles y barrios.

-Te salva que yo aquí no tengo autoridad… -decía el teniente, y también los demás hacían comentarios, condoliéndose de la señora que aún iba a pie y con el niño en brazos.

Yo estaba casi llegando a mi parada, pero aún entonces salió otro que me quiso avasallar.

-No te pongas chulo, encima -me dijo-, que te hago levantar en seguida.

Tenía un bastón en la mano y parecía apoyarse en él por ese lado del cuerpo, mientras el otro lado lo colgaba del brazo que llevaba asido a una de esas correas de cuero.

Lo miraban todos, como yo.

-Te puedo obligar a levantarte -insistió-, ¿o es que no lo sabes?

Eché un rápido vistazo a ver si era mi asiento el que tenía la plaquita metálica y me quedé tranquilo, sin pensar en moverme.

-Su asiento no es éste -le dije con toda seguridad-; lo que pasa es que su asiento lo debe estar ocupando otro por ahí.

-¡Yo me puedo sentar en donde quiera! -gritó.

Los demás así debían creerlo, porque asentían encantados, al ver cómo se me iban poniendo las cosas.


Él sólo podía obligar a levantarse a uno que ocupaba el asiento que dice «reservado para caballeros mutilados», y no me parece mal, pero el mío no era ése. De todos modos me callé y volví a contemplar la calle, porque sé que esta gente en realidad puede hacer lo que le dé la gana, después de haber hecho lo que hizo.

-Hágalo levantar -le animaban por allí al señor del bastón.

-Y tápele la boca, hombre, que ya está bien.

-Lo que hay que oír a esta gente… ¡Mocosos!

-Esto ya es demasiado.

-Que se levante, ya está bien.

-Es lo último: un mutilado y una señora con un niño de pie, y el señorito sigue sentado…

Y yo es lo que pienso, mientras atravieso la ciudad; cojo el tranvía porque sé que tengo en él asiento para mí, porque todavía quedan algunos asientos sin las plaquitas de propiedad para unos o para otros, porque me da igual lo que digan o piensen…; si no fuera así, o si llegara el momento en que así no fuera, lo que yo haría sería quedarme a morir en casa o tal vez, lo más seguro, montarme en el primer vehículo que me encontrara al paso sin esperar más colas ni preguntar nada a nadie. Esto es lo que voy pensando, cerca ya de mi parada, así como otras muchas cosas, dedicadas especialmente a toda esta gente que me quiere quitar mi asiento; cosas bastante sabrosas que algún día contaré, lo más seguro.

Están todos aún indignados y me miran con verdadero rencor, con desprecio, porque he hecho todo el viaje sentado, sin hacer caso de nadie ni dejarme amedrentar, y cuando el tranvía se detiene, lo que hago es enderezarme de mi asiento y pedirles permiso para salir. Así que me levanto y voy hacia la puerta, encorvado y cojeando, con la boca un poco entreabierta y los ojos extraviados, que les van recorriendo de arriba a abajo mientras paso por entre ellos, y ese temblor de los brazos y las manos, débil como parezco y mal vestido, desgraciado de mí.

Entonces disfruto porque veo cómo sufren todos ellos, cuánto les hago sufrir y maldecirse, porque han venido acosándome durante todo el viaje e intentando obligarme a que me levantara de mi asiento, ¡ay!, hacerle eso a uno como yo… Escucho su repentino silencio, oigo los golpes de la sangre en sus corazones, que los hacen sentirse despreciables y malvados, tal como me he propuesto. Los veo mientras paso retorciéndome entre ellos y veo cómo empalidecen y les remuerde la conciencia, cómo se arrepienten, se duelen, se torturan, enmudecen y quedan inmóviles…

Salgo del tranvía, bajo torpemente, lastimosamente los dos o tres escalones y me arrastro casi hasta la acera. Allí me vuelvo y los miro de nuevo, los contemplo con detenimiento, esos rostros y esos ojos atormentados y culpables que me imploran, mudos, un perdón que no merecen ni pueden alcanzar.

Nos miramos fijamente y yo les acuso desde la acera, inmóvil y en silencio, hasta que las puertas se cierran de nuevo y el tranvía se pone otra vez en marcha.

Y ahora es cuando me echo a reír como un loco, estiro completamente los brazos por encima de mi cabeza, enderezo todo el cuerpo y empiezo a dar saltos de alegría y a pegar patadas al aire, para que todos ellos me vean como soy, joven y sano, ágil y lleno de vida, libre y vengativo. Voy corriendo durante un rato al lado del tranvía, riendo y gritando, dando saltos de uno o dos metros de altura, burlándome de ellos, humillándolos y enfureciéndolos cada vez más.

Todo esto es difícil que lo soporten sin odiarme ahora mucho más que cuando yo iba sentado en mi asiento del tranvía sin levantarme para dejarles mi sitio ni hacerles ningún caso.

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La leche de la muerte, de Marguerite Yourcenar

La larga fila beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos sacos bordados, se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como solo hace en el infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes. Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un color más al abigarramiento de la plaza del mercado. Un hedor subía de un montón de desperdicios de pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a soplar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un velador de zinc, a la sombra de un quitasol color fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.

-Cuéntame otra historia, viejo amigo -dijo Philip desplomándose pesadamente en una silla-. Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… La historia más bella y menos verosímil posible, que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra. Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa… ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué turbinas?

-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a dudosos trabajos de embalse, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas viejas serbias narrarme la historia de la Torre de Scutari, que necesitaba localizar sus deteriorados ladrillos e inspeccionar si no tienen, como se afirma, una marca blanca… Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, lo demolieron piedra por piedra, y su memoria solo vive en los cuentos. A propósito, Philip ¿eres tan afortunado de tener lo que se llama una buena madre?

-Qué pregunta -dijo negligentemente el joven inglés-. Mi madre es bella, delgada, maquillada, resistente como el vidrio de una vitrina. ¿Qué más te puedo decir? Cuando salimos juntos, me toman por su hermano mayor.

-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que a nuestra época le falta poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial, los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esas copias de alimentos con que atiborran a las momias, y ya no existen las mujeres esterilizadas contra la desdicha y la vejez. Solo en las leyendas de los países semibárbaros aún se encuentran criaturas de abundante leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde he oído hablar de un poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un tipo como yo… Algunas docenas de madres y enamoradas, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que se hacen pasar por ser la realidad.

“Isolda por amante, y por hermana la hermosa Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un reyezuelo de por aquí…

“Eran tres hermanos, que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran acechar a los saqueadores turcos. Ellos mismos se habían aplicado al trabajo, ya porque la mano de obra fuera rara, o costosa, o porque como buenos campesinos no se fiaran más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles de comer. Pero cada vez que lograban avanzar lo suficiente como para colocar un montón de hierbas sobre el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo que se derrumbara Babel. Existen muchas razones por las cuales una torre no se mantiene en pie, se puede atribuirlo a la torpeza de los obreros, a la mala disposición del terreno, o a la falta de cemento entre las piedras. Pero los campesinos serbios, albaneses o búlgaros no reconocen a este desastre más que una causa: saben que un edificio se derrumba si no se ha tenido el cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer cuyo esqueleto sostendrá hasta el día del Juicio Final esa pesada carga de piedras. En Arta, Grecia, se enseña un puente donde una muchacha fue emparedada: parte de su cabellera sobresale por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos comenzaron a mirarse con desconfianza y se cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, pues se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción esa negra prolongación del hombre que es tal vez su alma, y aquel cuya sombra se vuelve así prisionera muere como un desdichado herido por una pena de amor.

“En la noche, cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se acercara silenciosamente por atrás y lanzara un costal sobre su sombra y se la llevara medio estrangulada, como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo se debilitaba y angustia y fatiga bañaban de sudor sus frentes morenas. Finalmente, un día, el hermano mayor reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:

“-Hermanos menores, hermanos de sangre, leche y bautizo, si no terminamos la torre los turcos se deslizarán de nuevo a las orillas de este lago, disimulados tras las cañas. Violarán a nuestras criadas; quemarán en nuestros campos la promesa de pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros de nuestros vergeles, quienes se transformarán así en alimento para cuervos. Hermanos míos, necesitamos unos de otros, y el trébol no puede sacrificar una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a soportar cargas pesadas. No decidamos nada, mis hermanos: dejemos la elección al Azar, ese prestanombres que es Dios. Mañana, al alba, emparedaremos en los cimientos de la torre a aquella de nuestras mujeres que nos venga a traer de comer. No les pido más que el silencio de una noche, oh, mis menores, y que no abracemos con demasiadas lágrimas y suspiros a aquella que, después de todo, tiene dos posibilidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.

“Para él era fácil hablar así, pues detestaba en secreto a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una bella muchacha griega de cabellos rojizos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción, porque esperaba prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el menor, porque acostumbraba cumplir sus promesas. Enternecido por la generosidad de sus hermanos mayores, que renunciaban a lo que más querían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.

“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que lo ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo arrodillada frente a él, le aventó sus zapatos en plena cara y gritó:

“-Hace ocho días que traigo la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa limpia. Maldita holgazana, mañana, al despuntar el día, irás al lago con tu canasta de ropa y te quedarás ahí hasta la noche entre tu cepillo y tu bandeja. Si te alejas aunque sea el espesor de una semilla, morirás.

“Y la joven prometió temblando dedicarse a lavar todo el día siguiente.

“El mayor de los hermanos regresó a su casa muy decidido a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban, y de quien ya no apreciaba la torpe belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba dormido. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche, preguntándose qué habría disgustado a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar halando hacia sí el cobertor:

“-Querido corazón, pequeño corazón mío, pronto serás viudo… cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre…

“Pero el menor regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo a segar. Abrazó a su hijo en su cuna de mimbre, tomó tiernamente a su joven mujer entre sus brazos y ella lo escuchó sollozar toda la noche contra su corazón. La discreta mujer no le preguntó la causa de esa gran tristeza, pues no quería obligarlo a hacerle confidencias, y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para intentar consolarlas.

“Al día siguiente, los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasta y fue a arrodillarse frente a la mujer del hermano mayor:

“-Hermana -dijo-, querida hermana, hoy me toca llevarles de comer a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas, y mi canasto está repleto.

“-Hermana, querida hermana -dijo la mujer del hermano mayor-, de todo corazón iría a llevarles de comer a nuestros hombres, pero un demonio se deslizó esta noche en uno de mis dientes… Ay, ay, ay, no soy buena más que para gritar de dolor…

“Y palmeó las manos sin ceremonia para llamar a la mujer del menor:

“-Mujer de nuestro hermano menor -dijo-, querida mujer del más chico, ve allá en nuestro lugar a llevarles de comer a nuestros hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y ligeras que tú. Ve, querida pequeña, y llenaremos tu cesto de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, Mensajera que calmarás su hambre.

“Y llenaron el cesto de pescados del lago confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente su hijo en los brazos de sus dos cuñadas y se fue por todo el camino, sola con su fardo sobre la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, sobre la cual el propio Dios hubiera inscrito a qué género de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.

“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:

“-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.

“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:

“-¡Ay!, mis pequeños pies -dijo ella-, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: solo los ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.

“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.

“-Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.

“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.

“-Cuñados -dijo ella-, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.

“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:

“-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.

“Hicieron como ella había dicho y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura solo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas se dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonaba por sí mismo el pecho.

“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y solo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa, luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.”

En ese momento, una gitana cubierta por una espantosa y dorada sarna, se acercó a la mesa donde estaban acodados los dos hombres. Llevaba en los brazos a un niño cuyos ojos enfermos estaban cubiertos por una venda de andrajos. Se inclinó con el insolente servilismo propio de las razas miserables o imperiales, y sus enaguas amarillentas barrieron la tierra. El ingeniero la corrió rudamente, sin preocuparse de su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El inglés la volvió a llamar para darle un dinar.

-¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo impaciente-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el hijo que la acompaña es ciego.

-Conozco a esa mujer -respondió Jules Boutrin-. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace meses que aplica repugnantes cataplasmas a su hijo que le inflaman los ojos y apiadan a los transeúntes. Todavía ve, pero muy pronto será lo que ella desea que sea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá el sustento asegurado, y para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.

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La noche boca arriba, de Julio Cortázar

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que solo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

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El hombre a quien maté, de Tim O’Brien

Tenía la mandíbula en la garganta, el labio y los dientes superiores habían desaparecido, un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella, sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, su nariz estaba intacta, había una gota leve en el lóbulo de una oreja, su limpio pelo negro caía hacia atrás hasta formar un remolino en la parte posterior del cráneo, su frente tenía algunas pecas, sus uñas estaban limpias, la piel de su mejilla izquierda estaba arrancada en tres tiras desiguales, su mejilla derecha era suave y lampiña, había una mariposa posada en su mentón, su cuello estaba abierto hasta la médula espinal, y allí la sangre era densa y brillante; ésa era la herida que le había matado. Estaba tendido boca arriba en medio del sendero, un joven delgado, muerto, casi delicado.

Tenía piernas huesudas, cintura estrecha, dedos largos y elegantes. Tenía el pecho hundido y poco musculoso; un estudiante, tal vez. Sus muñecas eran las muñecas de un niño. Llevaba camisa negra, amplios pantalones orientales negros, una canana gris, un anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha. Sus sandalias de goma habían volado. Una estaba junto a él, la otra unos metros más allá, en el sendero. Tal vez había nacido en 1946 en la aldea de My Khe, cerca de la costa central de la provincia de Quang Ngai, donde sus padres trabajaban la tierra, y donde su familia había vivido durante varios siglos, y donde, durante la época de los franceses, su padre y dos tíos y muchos vecinos se habían unido a la lucha por la independencia. No era comunista. Era ciudadano y soldado. En la aldea de My Khe, comoen toda Quang Ngai, la resistencia patriótica tenía la fuerza de la tradición, que era en parte la fuerza de la leyenda, y desde la más tierna infancia el hombre a quien maté había oído historias sobre las heroicas hermanas Trung y la famosa derrota que Tran Hung Dao infligió a los mongoles y la victoria final de Le Loi contra los chinos en Tot Dong. Le habían enseñado que defender su tierra era el deber más alto y el mayor privilegio de un hombre. Lo aceptaba. Nunca fue amigo de discutir. Secretamente, sin embargo, también le daba miedo. No tenía madera de soldado. Tenía mala salud, su cuerpo era pequeño y frágil. Le gustaban los libros. Quería ser profesor de matemáticas algún día. Por la noche, tendido sobre la estera, no podía imaginarse llevando a cabo los actos va­lientes de su padre, o de sus tíos, o de los héroes de las historias. Esperaba de todo corazón que nunca le pusieran a prueba. Esperaba que los norteamericanos se fueran. Pronto, esperaba. Seguía esperando y esperando, siempre, incluso cuando dormía.

–¡Vaya, hombre, has jodido al que te quería joder! –dijo Azar–. ¡Lo has desparramado por completo, fíjate en lo que has hecho, lo has desparramado como si fuera un jodido huevo!

–Vete –dijo Kiowa.

–¡Sólo estoy diciendo la verdad! ¡Como un jodido huevo!

–Vete –repitió Kiowa.

–De acuerdo, entonces; me largo –dijo Azar. Empezó a apartarse, después se detuvo y dijo–: Como un jodido huevo, ¿sabes? ¡Si hay categorías de muertos, este tío es de primera!

Sonriendo de su propia agudeza, se encogió de hombros y enfiló el sendero hacia la aldea que estaba tras los árboles.

Kiowa se agachó.

–Olvídate de esa bestia –dijo. Abrió la cantimplora y me la tendió por un momento y después suspiró y la retiró–. ¡No le des más vueltas, hombre! ¿Qué otra cosa podías hacer?

Más tarde Kiowa dijo:

–Hablo en serio.Nadiepodía hacer nada. Vamos, Tim, deja de mirar así.

El cruce de senderos estaba sombreado por una hilera de árboles y altos arbustos. El delgado muchacho estaba tendido con las piernas a la sombra. Su mandíbula estaba en la garganta. Un ojo estaba cerrado y el otro tenía un agujero en forma de estrella.

Kiowa le echó un vistazo al cuerpo.

–Está bien, déjame hacerte una pregunta –dijo–. ¿Te gustaría cambiarte con él? Ponte en su lugar:¡te gustaría?Contéstame francamente.

El agujero en forma de estrella era rojo y amarillo. La parte amarilla parecía ir ampliándose, desplegándose hacia el centro de la estrella. El labio superior, la encía y los dientes habían desaparecido. La cabeza del hombre estaba acomodada en un ángulo insólito, como si el cuello se hubiera soltado, y su cuello estaba mojado de sangre.

–Piénsalo –dijo Kiowa.

Después, más tarde, dijo:

–Tim, es unaguerra.El tío ese no era Heidi: tenía un arma, ¿correcto? Es duro, desde luego, pero tienes que dejar de mirar. Después dijo:

–Tal vez lo mejor sería que te tumbaras unos minutos.

Después de un largo rato de silencio dijo:

–Tómatelo con calma. Ve adonde el espíritu te lleve.

La mariposa se estaba abriendo camino a lo largo de la frente del muchacho, que estaba salpicada de pequeñas pecas oscuras. La nariz estaba intacta. La piel de la mejilla derecha era suave y tersa y lampiña. De aspecto frágil, huesos delicados, el joven nunca había querido ser soldado y en lo más hondo de su corazón había temido comportarse mal en la batalla. Incluso cuando era un muchacho que crecía en la aldea de My Khe se había preocupado a menudo por eso. Se imaginaba cubriéndose la cabeza y tendido en un agujero profundo y cerrando los ojos y quedándose inmóvil hasta que la guerra terminara. No tenía estómago para la violencia. Le encantaban las matemáticas. Sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, y en la escuela los muchachos a veces se burlaban de él por lo hermoso que era, con sus cejas arqueadas y sus dedos largos y elegantes, y en el patio de recreo imitaban el modo de caminar de una mujer y se mofaban de su piel tersa y su amor por las matemáticas. No era capaz de pelear con ellos. A menudo deseaba hacerlo, pero le daba miedo, y eso aumentaba su vergüenza. Si no se atrevía a pelear con chicos, pensaba, ¿cómo podría ser soldado y luchar contra los norteamericanos con sus aviones y sus helicópteros y sus bombas? No parecía posible. En presencia de su padre y sus tíos, fingía estar ansioso por cumplir con su deber patriótico, que era además un privilegio, pero por la noche rezaba con su madre para que la guerra terminara pronto. Por encima de todo, temía ser una deshonra para sí mismo, y por lo tanto para su familia y su aldea. Pero todo lo que podía hacer era esperar y rezar y tratar de no crecer demasiado deprisa.

–Escúchame –dijo Kiowa–. Te sientes muy mal, lo sé.

Después dijo:

–Está bien, tal veznolo sé.

A lo largo del sendero había pequeñas flores azules, como campanillas. La cabeza del muchacho estaba torcida de costado, pero sin llegar a mirar de frente a las flores, y aunque se encontraba a la sombra, un rayo de luz solar refulgía contra la hebilla de su canana. Su mejilla izquierda estaba pelada hacia atrás en tres tiras desiguales. Las heridas del cuello aún no se habían coagulado, lo que le hacía parecer animado incluso en la muerte, pues la sangre se desparramaba por la camisa.

Kiowa sacudió la cabeza.

Hubo un largo silencio antes de que dijera:

–Deja demirar.

Las uñas del muchacho estaban limpias. Había una gota leve en el lóbulo de una oreja, una salpicadura de sangre en el antebrazo. Llevaba un anillo de oroen el dedo corazón de la mano derecha. Tenía el pecho hundido y poco musculoso: un estudiante, tal vez. Durante años, a pesar de la pobreza de su familia, el hombre a quien maté había estado decidido a continuar sus estudios de matemáticas. Los medios para ello tal vez se habían arreglado mediante los cuadros del movimiento de liberación de la aldea, y en 1964 el joven empezó a asistir a clases enla Universidad de Saigón, en donde evitó la política y prestó atención a los problemas de cálculo. Se dedicó al estudio. Pasaba las noches solo, escribía poemas románticos en su diario íntimo, gozaba de la gracia y la belleza de las ecuaciones diferenciales. Sabía que la guerra, al fin, le llamaría, pero por el momento procuraba no pensar. Había dejado de rezar; en vez de eso, ahora esperaba. Y mientras esperaba, en el último año de universidad, se enamoró de una compañera de estudios, una muchacha de diecisiete años, que un día le dijo que sus muñecas eran como las muñecas de un niño, pequeñas y delicadas, y que admiraba su cintura estrecha y el remolino que se alzaba como la cola de un pájaro en la parte posterior de su cabeza. Le gustaba el modo sereno de ser del muchacho, se reía de sus pecas y de sus piernas huesudas. Una noche, tal vez, intercambiaron anillos de oro.

Ahora un ojo era una estrella.

–¿Estás bien? –dijo Kiowa.

El cuerpo estaba casi por entero en la sombra. Había jejenes en su boca, y partículas de polen vagaban encima de su nariz. Había dejado de sangrar, salvo las heridas del cuello. La mariposa se había ido.

Kiowa recogió las sandalias de goma y las limpió, después se agachó para registrar el cuerpo. Encontró una bolsita de arroz, un peine, un cortaúñas, unas pocas piastras sucias, una instantánea de una muchacha de pie ante una motocicleta. Kiowa colocó aquellos objetos en su mochila junto con la canana gris y las sandalias de goma.

Después se agachó.

–Te diré la pura verdad –dijo–. El tío este estaba muerto en cuanto pisó el sendero. ¿Me entiendes? Todos le teníamos en el punto de mira. Una buena presa: arma, munición, todo… –Minúsculas gotas de sudor brillaban en la frente de Kiowa. Sus ojos pasaron del cielo al cuerpo del hombre muerto y a los nudillos de su propia mano–. Así que, escucha, ¡tienes que recobrarte, coño! No puedes quedarte sentado aquí todo el día.

Más tarde dijo:

–¿Entiendes?

Después dijo:

–Cinco minutos, Tim. Cinco minutos más y seguimos adelante.

En el ojo cerrado se operó una curiosa transformación: pasó del rojo al amarillo. La cabeza estaba torcida de costado, como si el cuello se hubiera soltado, y el muchacho muerto parecía estar mirando un objeto lejano más allá de las flores como campanillas del sendero. La sangre del cuello se había vuelto de un profundo negro purpúreo. Uñas limpias, cabello limpio: había sido soldado un solo día. Después de sus años en la universidad, el hombre a quien maté regresó con su esposa –se acababan de casar– a la al­dea de My Kbe, donde se alistó como soldado raso en el 48 batallón del Vietcong. Sabía que no tardaría en morir. Sabía que vería un relámpago de luz. Sabía que caería muerto y despertaría en las historias de su aldea y de su pueblo.

Kiowa cubrió el cuerpo con un poncho.

–¡Vaya, Tim, tienes mejor aspecto! –dijo–. No hay duda al respecto. Todo lo que necesitabas era tiempo: un poco de permiso mental.

Después dijo:

–Chico, lo siento.

Después, más tarde, dijo:

–¿Por qué no me hablas?

Después dijo:

–¡Venga, hombre, háblame¡

Era un muchacho delgado, muerto, casi delicado, de unos veinte años. Estaba tendido con una pierna doblada debajo de él, la mandíbula en la garganta, la cara ni expresiva ni inexpresiva. Un ojo estaba cerrado. El otro era un agujero en forma de estrella.

–¡Háblame! –dijo Kiowa.

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Cielo de claraboyas, de Silvina Ocampo

La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios una familia de pies aureolados como santos. Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera,) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba “¡Celestina, Celestina!”, haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito… aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: “¡Celestina, Celestina!”. Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: “¡Voy a matarte!”. Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: “¡Celestina, Celestina!”, y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.

Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.

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Los gallinazos sin plumas, de Julio Ramón Ribeyro

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:
–¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
–¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesan los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida.
Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba con el café preparado.
–A ver, ¿qué cosa me han traído?
Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
–Pascual tendrá banquete hoy día.
Pero la mayoría de las veces estallaba:
–¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
–¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del mar.
–Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros que rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos.
–¡Bravo! –exclamó don Santos–. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.

Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio le había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
–Dentro de veinte o treinta días vendré por acá –decía el hombre–. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.
–¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
–Tiene una herida en el pie –explicó Enrique–. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.
–¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
–¡Pero si le duele! –intervino Enrique–. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
–Y ¿a mí? –preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo–. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo… ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los cubos casi vacíos.
–¡No podía más! –dijo Enrique al abuelo–. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
–Bien, bien –dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el cuarto–. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y medio sarnoso.
–Lo encontré en el muladar –explicó Enrique –y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.
–¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
–¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
–¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la calle.
–Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:
–No come casi nada…, mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
–¡Pascual, Pascual… Pascualito! –cantaba el abuelo.
–Tú te llamarás Pedro –dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían perdido casi su forma.
–Te he traído este regalo, mira –dijo mostrando al perro–. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe… Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
¿Y el abuelo? –preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
–El abuelo no dice nada –suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
–¡Pascual, Pascual… Pascualito!
Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.
–¡Mugre, nada más que mugre! –repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
–¿Tú también? –preguntó el abuelo.
Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.
–¡Está muy mal engañarme de esta manera! –plañía–. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.
–¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
–¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
–¡Si se muere de hambre –gritaba –será por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y se quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:
¡Arriba, arriba, arriba! –los golpes comenzaron a llover–. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!…
Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
–¡A Efraín no! ¡Él no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
–Ahora mismo… al muladar… lleva los dos cubos, cuatro cubos…
Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.
–Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.
Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
–¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
–Pedro… Pedro…
–¿Qué pasa?
–Pedro ha mordido al abuelo… el abuelo cogió la vara… después lo sentí aullar.
Enrique salió del cuarto.
–¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?
Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento. De un salto se acercó al viejo.
–¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del perro.
–¡No! –gritó Enrique tapándose los ojos–. ¡No, no! –y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
–¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.
–¡Voltea! –gritó–. ¡Voltea!
Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
–¡Toma! –chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.
Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
¡A mí, Enrique, a mí!…
–¡Pronto! –exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano –¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
–¿Adónde? –preguntó Efraín.
–¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
–¡No me puedo parar!
Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.