Publicado en Cuentos

Punto y Aparte, de Alberto J. Parra

El resplandor de sus ojos naranja en la noche era lo único que lo delataba. El silencio corría entre los árboles como pensamientos y recuerdos en una mente inquieta. Y sin embargo, allí podía permanecer durante horas, sin molestar a nadie, sin ser molestado.

El claro del bosque se había convertido en un placer secreto para Dalis, apartado a treinta minutos de las afueras de la aldea. Aquellas noches nubladas no lo acompañaba sino la luna llena y el canto de las aves nocturnas. Quería ser capaz de decidirlo, de escoger sus batallas, de estar solo por decisión propia. Le aturdía el estrépito de las calles, desoladas entre conversaciones vanas y rostros desconocidos. Le envenenaban los encuentros casuales, las miradas políticas y las pláticas de cortesía. Esa soledad en compañía, ese doble juego que ahogaba las relaciones y transformaba a sus padres desde el momento en que pisaban el salón.

El bosque era diferente, y había encontrado recientemente su escondite un par de semanas atrás. A veces pensaba que el claro lo había encontrado a él, seduciendo sus sentidos hasta desembocar en una caminata errante en busca de bayas, el sonido del río, y un poco de sosiego. Aquí se sentía a gusto, respiraba a gusto, y podía abrir sus ojos a gusto en la noche, iluminando con ellos las hojas caídas y sin recibir críticas sobre la tonalidad de su brillo. “Acostúmbrate al resplandor cálido, que se convierta en tu firma”, habría sido la firme recomendación de su madre, aunque ella misma rara vez lograba dar con el tono de luz que debía caracterizar a la familia.

La aristocracia de los Portadores de Sombras era tan enigmática para el pueblo como su raza en cuestión lo era para la gente blanca. Sus encuentros lúgubres resonaban como las ocasiones más destacadas dentro de la sociedad. En ellos se consideraban temas de trascendencia, se ampliaban las relaciones entre miembros eméritos, y se dedicaba algún tiempo para el esparcimiento. Para él no eran más que un puñado de sombras en un almacén subterráneo dándose ínfulas de importancia. Aún así debía participar, ensayar el contraste entre la oscuridad de su rostro y el blanco de su sonrisa, modular el brillo de sus ojos por el bien de su familia, para salvaguardar el honor de su padre. Era sencillamente agotador.

-Ojos cálidos, sonrisa brillante, son los dos atributos de una verdadera sombra -instaba constantemente su padre.

-Lo único que te hará destacar en la oscuridad -completaba él entre dientes y con los ojos cerrados, renuente a dar el brazo a torcer.

Pero los encuentros lúgubres eran distintos. No podía mostrar su verdadera oscuridad frente al mayordomo, mucho menos frente a los portadores de aquellas sonrisas envidiables, brillantes como el sol. Eran colores ensayados, lo sabía. Colores de los que nunca se tuvo que preocupar hasta hacía un par de años.

Había estado intentando encontrarse con Rizar días atrás, pero el joven obrero no salía de las minas sino hasta muy entrada la noche, justo mientras tenían lugar aquellos eventos interminables. Ocurría lo mismo una y otra vez entre miembros de distintas clases sociales. La discriminación estaba fuera de lugar, pero los propios hábitos del grueso de la población eran el factor determinante. Dividía a vecinos, a antiguos colegas, a queridos amigos de la infancia. Pero si por lo menos Rizar respondiese a sus recados, si por lo menos tuviesen un encuentro fortuito… diez minutos bastaría.

Dalis suspiró en medio de la noche, sintiendo la brisa del bosque, el aire del claro, y dirigió sus pasos a casa. Un día más, una nueva clase de historia natural, otra noche de sonrisas brillantes y ojos cálidos, y de nuevo su retiro voluntario le daría el coraje para afrontar el amanecer. De vuelta a casa. Teoría del lenguaje. Noche de embajadores. Silencio. Geografía aplicada al encubrimiento. Copas con sir Arian y familia. Silencio. Y entonces llegó el momento.

Cualquier sombra aprovecharía una noche sin encuentros lúgubres para entregarse a aquellos placeres que, dada su sobreabundancia, eran tan poco aprovechados por la aristocracia. No así él, que ahora libre de responsabilidades se dirigió a su encuentro con Rizar.

Un par de toques a la aldaba oxidada y la señora Darah acudió a su encuentro. Sus ojos fríos, su tono poco expresivo. Reprobable, habría dicho su padre.

-Joven Dalis.

-Señora Darah, qué gusto verla -pocas veces emergía de él una sonrisa natural como aquella- ¿Se encuentra Rizar en casa?

Tras una expresión dubitativa, Darah lo invitó a pasar. Vestía una túnica azul claro que se perdió en el interior del recinto mientras Dalis tomaba asiento en esos muebles con un agrio aroma familiar. Escuchó voces durante un par de minutos en lo que parecía una conversación nerviosa y disimulada. Suspiró.

-Dalis

-Rizar -dijo el joven poniéndose de pie- qué bueno verte -de nuevo la sonrisa.

-Ha pasado mucho tiempo

-¿Has recibido mis recados?

-En tiempo y forma. Muchas gracias.

-No te dejan respiro, ¿verdad? Y yo no soporto al profesor de estoicismo. Y ni hablar de esas reuniones.

-Muy buen licor, he escuchado -finalmente algo parecido a un tono afable.

-No lo sé. No tengo punto de comparación. Supongo que está bien.

-Escupirías el que nos sirven a nosotros -dijo casi en tono de reproche. 

-No lo creo.

De la juventud y el tiempo libre sólo quedaba en Rizar una media sonrisa que apenas iluminaba el borde de su tocado. Estaba cansado, débil, o ambas cosas a juzgar por el tono de su piel. Y por un momento Rizar dejó de responder hasta escuchar por segunda, casi tercera vez la voz de Dalis.

-Sí, es que estoy muy agotado.

No era hora de comer y Dalis ya estaba de regreso. No era la primera visita infructuosa ni el primer recado sin contestar. Pero no quería volver. Decidió hacer una breve caminata por los verdes prados de la ciudad, entre las casas de madera que crujían con el viento. Y volvió a jugar, intentando adivinar palabras detrás de los crujidos. Pero ya no era divertido.

Hubiese podido describir muy vagamente cómo se sentía, pero la visita no le había hecho ningún bien. Hubiese preferido ir directamente al claro del bosque. Aquí escogía sus silencios. Aquí no tenía que modular la luz de su mirada. Aquí podía fundir su sombra con la oscuridad de la noche, si es lo que deseaba. Y se fundió con ella. Se enterró profundamente entre las raíces de los árboles. Viajó con el viento sin cortarle el paso. Se fundió con las hojas que caían de las ramas. Hizo eco de cada uno de los sonidos de la noche. Hizo silencio, un silencio suyo, escogido, vibrante, fortalecedor. Un silencio que llenó el claro, detuvo el viento, acalló el batir de los árboles, y puso en pausa la caída de sus hojas. ¿Qué fue eso? Abrió los ojos desconcertado, iluminando nuevamente las hojas de los árboles mientras continuaban su caída.

Durante el resto de la noche y a la mañana siguiente, Dalis se preguntó si aquello había sido sólo una sensación pasajera. Un truco de la percepción. Y transcurrió su clase de estudios del hombre blanco y la reunión social correspondiente entre ensoñaciones y pensamientos. No podía esperar para dirigirse al claro y repetir la experiencia.

Se sentó cómodamente, cerró los ojos e hizo exactamente lo mismo. Una vez, de nuevo. Respiró profundamente, de nuevo. De nuevo. Otra vez. ¿Estaba haciendo algo distinto? ¿Habría sido una ilusión? ¿Había acaso imaginado el viaje con el viento, la caída de las hojas y aquel repentino silencio dentro de los confines del tiempo?

-Entre más empeño le pongas, menos lo lograrás -le dijo una voz que lo sobresaltó.

-¿Quién es? -preguntó Dalis al bosque oscuro, y no recibió respuesta. Se levantó, miró a su alrededor en busca del rastro de un par de ojos o una sonrisa brillante. Nada, nadie. Estaba comenzando a perder la cordura. ¿Era ese el motivo por el que ninguna sombra se adentraba y permanecía en el bosque?

No regresó al claro por varios días, durante los cuales la rutina continuó sin cambios aparentes. Esvástica. Presentación social. Arte de la naturaleza. Gran reunión sombría. Estoicismo. Encuentro con la familia del rector. Pronto se dio cuenta de que faltaba puntuación a su rutina y comenzaba a desgastarse su aguante. Al igual que un texto sin puntos y comas corre desbocado y cae al precipicio, el silencio es lo que da sentido a cada frase, permite que se asiente y prepara para la siguiente aventura. O el siguiente suplicio en aquellas interminables pláticas sobre la mejor cosecha y el exquisito jugo de un arándano en las que todo se transformaba y ya no reconocía la calidez de un lugar seguro, ni siquiera en sus propia familia. Las sonrisas y tonos de luz no bastaban. 

Entonces, una noche libre nuevamente lo volvió a intentar. Esta vez Rizar no salió a su encuentro y Darah regresó al mueble de aroma agrio para comunicarle que el joven estaba dormido. Muchos años después recordaría el olor agrio de los muebles, característico de aquel lugar donde transcurrió y terminó su juventud. Recordaría aquellos ojos de Darah revelando su escaso convencimiento mientras le entregaba el último mensaje de su amigo a un joven que había aprendido a reconocer el lenguaje corporal de la mentira. Con sus palabras había recibido, y finalmente comprendido la respuesta a todos los recados que había estado dejando a lo largo de las semanas. Y teniendo finalmente su respuesta, volvería a escuchar en silencio el crujir de la madera, una vez más, antes de marcharse. No era divertido.

Dicen que Dalis se fundió con la colina, que aún se escucha su voz en la brisa y que al caer las hojas de los árboles se posan en su cuerpo antes de llegar al suelo. Dicen que entre los portadores de las sombras nadie tiene la piel tan oscura como él, y que era capaz de cosas grandiosas hasta que desapareció sin dejar rastro. Dicen que los niños lo buscan en el bosque, y que las historias que esparcen de él no son más que leyendas. Dicen tantas cosas de Dalis, y ni siquiera Rizar pudo confirmar o desmentir ninguna. Lo único que hizo fue recordar el rumor que ellos mismos esparcieron en su juventud tras encontrar en el bosque el brillo naranja de un par de ojos pertenecientes a un anciano sombra a quien la tierra se tragó.

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