Publicado en Cuentos

El Horla, de Guy de Maupassant

      8 de mayo. ¡Qué espléndido día! Me he pasado toda la mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la abriga y le da sombra por completo. Me gusta este lugar, y me gusta vivir en él porque aquí tengo mis raíces, esas raíces profundas y delicadas que vinculan a una persona a la tierra en que han nacido y muerto sus antepasados, que la vinculan a lo que allí se piensa y se come, tanto a las costumbres como a los alimentos, a los giros locales, a las inflexiones de los campesinos, a los olores de la tierra, de las ciudades y del mismo aire.
       Me gusta mi casa donde yo crecí. Desde mis ventanas, veo correr el Sena a lo largo de mi jardín, detrás de la carretera, casi por dentro de casa, el Sena grande y anchuroso, que va de Ruán a Le Havre, cubierto de barcos que pasan.
       A la izquierda, al fondo, Ruán, la vasta ciudad de tejados azules, bajo la multitud puntiaguda de campanarios góticos. Éstos son innumerables, anchos o estrechos, dominados por la aguja de hierro colado de la catedral, y llenos de campanas que suenan en el aire azul de las hermosas mañanas, haciendo llegar hasta mí su dulce y lejano tañido de hierro, su canto broncíneo que me trae la brisa, unas veces más fuerte y otras más debilitado, según que se desencadene o amaine.
       ¡Qué bonita mañana hacía!
       Hacia las once, desfiló por delante de mi verja un largo tren de navíos, arrastrados por un remolcador, del tamaño de un bateau-mouche, que gruñía por el esfuerzo mientras vomitaba un denso humo.
       Detrás de dos goletas inglesas, cuyo pabellón rojo ondeaba en el cielo, venía un magnífico buque de tres palos brasileño, todo blanco, admirablemente limpio y reluciente. Le hice un saludo, no sé por qué, de tanto como me gustó verlo.

       12 de mayo. Desde hace unos días tengo unas décimas de fiebre; no me siento bien, o mejor dicho, me siento triste.
       Pero ¿de dónde vienen estas influencias misteriosas que mudan nuestra felicidad en desaliento y nuestra confianza en desesperación? Se diría que el aire invisible está lleno de Potencias incognoscibles cuya misteriosa proximidad acusamos. Me despierto lleno de alegría, con ganas de cantar. ¿Por qué? Sigo el curso del agua; y de repente, tras un corto paseo, vuelvo afligido como si en casa me esperase una desgracia. ¿Por qué? ¿Acaso un escalofrío, al rozarme la piel, me ha alterado los nervios y entristecido el alma? ¿Acaso es la forma de las nubes, o el color de la luz, el color de las cosas, tan variable, que, al pasar a través de mis ojos, me ha turbado la mente? ¡Quién sabe! ¿Acaso todo cuanto nos rodea, todo cuanto vemos sin mirar, todo cuanto rozamos sin conocerlo, todo cuanto tocamos sin palparlo, todo cuanto encontramos sin distinguirlo, produce en nosotros, en nuestros órganos y en nuestras ideas, incluso en nuestro corazón, efectos inmediatos, sorprendentes e inexplicables?
       ¡Qué profundo el misterio de lo Invisible! No conseguimos verlo con nuestros pobres sentidos, con nuestros ojos que son incapaces de percibir lo demasiado pequeño, lo demasiado grande, lo demasiado próximo o lo demasiado lejano, los habitantes de una estrella, ni tampoco los de una gota de agua…, con nuestros oídos engañosos, pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. ¡Son como hadas que obran el milagro de trocar en ruido ese movimiento y mediante esta metamorfosis dan nacimiento a la música, que torna cantarina la muda agitación de la naturaleza…, con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro gusto, que apenas si puede discernir la edad de un vino!
       ¡Ah, si tuviéramos otros órganos que obrasen en nuestro favor otros milagros, cuántas cosas podríamos aún descubrir a nuestro alrededor!

       16 de mayo. ¡Estoy sin duda enfermo! ¡Me sentía tan bien el mes pasado! ¡Tengo fiebre, una fiebre terrible, o mejor dicho, un enervamiento febril que aflige tanto mi alma como mi cuerpo! Tengo de forma permanente esa sensación espantosa de un peligro amenazador, esa percepción de una desgracia o de la muerte próximas, ese presentimiento que es sin duda efecto de un mal todavía desconocido, que germina en la sangre y en la carne.

       18 de mayo. Acabo de ir a consultar a mi médico, pues no conseguía ya dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, las pupilas dilatadas, los nervios alterados, pero ningún síntoma preocupante. Tendré que tomar duchas y beber bromuro de potasio.

       25 de mayo. ¡Ningún cambio! Mi estado es en verdad extraño. A medida que se acerca la noche, me invade una inquietud incomprensible, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno deprisa, luego trato de leer; pero no comprendo las palabras; a duras penas si distingo las letras. Comienzo a pasear adelante y atrás por el salón, oprimido por un vago e invencible temor: el temor al sueño y a la cama.
       Hacia las diez subo a mi cuarto. Apenas entrar, doy una doble vuelta de llave, y echo el pestillo; tengo miedo…, ¿de qué?… No temía nada hasta ahora…, abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho…, escucho…, ¿el qué?… ¿No es extraño que un simple malestar, quizá un trastorno circulatorio, la irritación de una fibra nerviosa, una ligera congestión, una mínima perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestro mecanismo vital, puedan transformar en melancólico al hombre más alegre, en cobarde al más valiente? Luego me meto en la cama y espero el sueño, como si esperase al verdugo. Lo espero y tiemblo por su llegada, me palpita el corazón y me tiemblan las piernas; y todo mi cuerpo se sobresalta entre el calor de las sábanas, hasta que de repente me caigo de sueño, como si cayera para ahogarme dentro de un pozo de agua estancada. No lo siento llegar, como antes, a ese pérfido sueño, oculto cerca de mí, que me espía, que va a cogerme de la cabeza, a cerrarme los ojos, a aniquilarme.
       Duermo —bastante— dos o tres horas —luego sueño— no —una pesadilla me atenaza. Percibo perfectamente que estoy acostado y que duermo…, lo siento y lo sé…, y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me palpa, sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me coge del cuello con sus manos y aprieta…, aprieta…, con todas sus fuerzas para estrangularme.
       ¡Me debato, presa de esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar, pero no puedo; trato de moverme, pero no puedo; trato, con esfuerzos tremendos, jadeando, de darme la vuelta, de rechazar a ese ser que me aplasta y me ahoga, pero no puedo!
       De golpe me despierto, aterrado, sudoroso. Enciendo una vela. No hay nadie.
       Tras esta crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilo hasta el amanecer.

       2 de junio. He empeorado. ¿Qué tengo, pues? El bromuro no me hace nada, ni tampoco las duchas. Hace un rato, para cansarme un poco, aunque estoy ya agotado, me he ido a dar una vuelta por el bosque de Roumare. Al principio me ha parecido que el aire fresco, suave y ligero, oloroso a hierbas y a hojas, me devolvía una sangre nueva a las venas, nueva energía al corazón. He tomado por una gran pista de caza, luego he torcido hacia La Bouille, por un sendero entre dos ejércitos de árboles altísimos que formaban una techumbre verde, tupida, casi negra, entre el cielo y yo.
       De repente me he sentido estremecer, no por el frío, sino por una extraña angustia.
       He apretado el paso, turbado por hallarme solo en el bosque, atemorizado, sin motivo y neciamente, por esa profunda soledad. De pronto me ha parecido que alguien me seguía, que alguien me pisaba los talones, cerca, tan cerca de mí que hubiera podido tocarme.
       Me he dado la vuelta bruscamente. No había nadie. Detrás de mí, no he visto más que la recta y ancha alameda, desierta, alta, temiblemente desierta; y del otro lado también se extendía hasta donde se perdía la vista, toda igual, aterradora.
       He cerrado los ojos. ¿Por qué? Y he empezado a girar sobre un talón, muy rápido, como una peonza. A punto he estado de caer; he abierto de nuevo los ojos; los árboles bailaban, la tierra flotaba; he tenido que sentarme. Y luego, ¡ay!, ¡ya no sabía por dónde había venido! ¡Extraña idea! ¡Extraña! ¡Extraña idea! No había manera de saberlo. He tomado hacia el lado de la derecha, y he vuelto a la alameda que me había llevado al interior del bosque.

       3 junio. La noche ha sido horrible. Voy a ausentarme por unas semanas. Un corto viaje, sin duda, hará que me restablezca.

       
       2 de julio. De vuelta en casa. Estoy curado. He hecho, por otra parte, una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que no conocía.
       ¡Qué vista, cuando llega uno, como yo, a Avranches, hacia el final del día! La ciudad está sobre una colina; y me llevaron al parque público, al fondo del casco antiguo. Solté un grito de asombro. Delante de mí se extendía hasta donde se pierde la vista una inmensa bahía, entre dos amplias costas que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de esa inmensa bahía amarilla, bajo un cielo de oro y de luz, se alzaba, entre la arena, un extraño monte oscuro y puntiagudo. El sol acababa de ponerse, y en el horizonte llameante aún se dibujaba el perfil de esa roca fantástica rematada en su cima por un monumento fantástico.
       Tan pronto como amaneció me fui hacia él. La mar estaba baja, como la noche antes, y veía alzarse delante de mí, a medida que me acercaba a ella, la sorprendente abadía. Tras varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedras en que se asienta la pequeña ciudad dominada por su gran iglesia. Después de haber trepado la calle estrecha y muy empinada, entré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas bajas que parecen aplastadas por unas bóvedas y unas altas galerías que sostienen frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos campaniles, por donde ascienden escaleras tortuosas, y que proyectan en el cielo azul del día, y en el cielo negro de la noche, sus extrañas cabezas erizadas de quimeras, de diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, unidas entre sí por unos finos arcos labrados.
       Cuando estuve en lo alto, le dije al fraile que me acompañaba: “Padre, ¡qué bien debe de encontrarse aquí!”.
       Él me respondió: “Hace mucho viento, señor”; y nos pusimos a charlar mientras mirábamos cómo subía la marea, que se deslizaba por la arena y la cubría de una coraza de acero.
       Y el fraile me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, siempre leyendas.
       Una de ellas me causó gran impresión. Afirma la gente del pueblo, los montañeses, que de noche se oye hablar en el arenal y balar a dos cabras, una con un timbre sonoro, la otra con uno débil. Dicen los incrédulos que se trata de gritos de las aves marinas, semejantes unas veces a balidos, otras a quejidos humanos; pero los pescadores que regresan a hora tardía juran haber encontrado, vagando por las dunas, entre una y otra marea, en torno a la pequeña ciudad construida fuera del mundo, a un viejo pastor con la cabeza siempre cubierta por su capote, que lleva tras de sí un cabrito con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer, ambos de largos cabellos blancos, que hablan sin descanso, discutiendo en una lengua desconocida, y que de repente dejan de gritar para ponerse a balar con todas sus fuerzas.
       Le pregunté al fraile: “¿Y usted se lo cree?”.
       Él murmuró: “No lo sé”.
       Yo proseguí: “Si de verdad existieran otros seres en la tierra, ¿cómo es posible que no los conozcamos desde hace mucho tiempo? ¿Es posible que no los hayamos visto ni usted ni yo?”.
       Respondió: “¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe”.
       Me callé ante aquel simple argumento. Aquel hombre era un sabio, o tal vez un necio. No habría sabido decirlo a ciencia cierta; pero me callé. Lo que él decía yo lo había pensado con frecuencia.

       3 de julio. He dormido mal, debido sin duda a una especie de calentura, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Al volver ayer a casa, observé su singular palidez. Le pregunté:
       “¿Qué le pasa, Jean?”
       “No puedo descansar, señor, mis noches vuelven mis días horribles. Desde que el señor se fue, ha sido como un maleficio”.
       Los otros criados están bien sin embargo, pero yo tengo un gran miedo de que vuelva a cogerme.

       4 de julio. Decididamente, me ha cogido otra vez. Retornan las viejas pesadillas. Esta noche he sentido que alguien estaba echado sobre mí, y que, con su boca sobre la mía, me succionaba la vida entre los labios. Sí, me la succionaba en la garganta, como habría hecho una sanguijuela. Luego se ha levantado, ya saciado, y yo me he despertado tan postrado, hecho polvo, aniquilado, que ya no era capaz de moverme. Si esto dura unos pocos días más, me tendré que ir de nuevo.

       5 de julio. ¿He perdido la razón? ¡Lo que ha pasado, lo que he visto la noche pasada es tan extraño, que desbarro cuando pienso en ello!
       Como hago ahora cada noche, había cerrado mi puerta con llave; luego, como tenía sed, me tomé medio vaso de agua y observé por casualidad que mi botella estaba llena hasta el tapón de cristal.
       A continuación me acosté y caí en unos de mis sueños espantosos, del que me sacó al cabo de unas dos horas una sacudida más tremenda aún.
       Imaginaos a un hombre dormido que se ve asaltado en sueños y se despierta con un cuchillo clavado en los pulmones y que agoniza cubierto de sangre y no puede ya respirar, y va a morir, sin comprender nada. Ha sido algo así.
       Tras haber recobrado la razón, sentí sed de nuevo; encendí una vela y me fui hacia la mesa donde tenía la botella. La levanté inclinándola sobre mi vaso; no salió nada. ¡Estaba vacía! ¡Totalmente vacía! ¡Al principio, no entendí nada; luego, de repente, sentí una emoción tan terrible que tuve que sentarme, o más bien, me derrumbé sobre una silla! ¡Luego me enderecé de un salto para mirar a mi alrededor! ¡A continuación me volví a sentar, loco de asombro y de miedo delante del cristal transparente! Lo contemplé con la mirada fija, tratando de adivinar. ¡Me temblaban las manos! ¡Se habían bebido el agua! ¿Quién? ¿Yo? ¡Yo, sin duda! ¡No podía ser otro que yo! Entonces, era un sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que hace dudar de si no hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, anima, a veces, cuando nuestro espíritu está amodorrado, nuestro cuerpo prisionero que obedece a este otro igual que a nosotros, e incluso más.
       ¿Quién podrá comprender mi espantosa angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de una persona sana de mente, totalmente despierta, en pleno uso de su razón, que mira aterrorizada, a través del cristal de la botella, un poco de agua desaparecida mientras dormía? Me quedé así hasta el amanecer, sin tener el valor de volver a la cama.

       6 de julio. Estoy enloqueciendo. Esta noche se han bebido de nuevo el agua de la botella, mejor dicho, me la he bebido.
       ¿Soy yo? ¿Yo? ¿O quién si no? ¡Dios mío! ¿Estoy enloqueciendo? ¿Quién me salvará?

       10 de julio. Acabo de hacer unas pruebas sorprendentes.
       ¡Estoy decididamente loco! ¡Y sin embargo!…
       El 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre mi mesa vino, leche, agua, pan y unas fresas.
       Se bebieron, me bebí, toda el agua y un poco de leche. No tocaron ni el vino, ni el pan, ni las fresas.
       El 7 de julio repetí la misma prueba, que dio el mismo resultado.
       El 8 de julio suprimí el agua y la leche. No tocaron nada.
       El 9 de julio, finalmente, puse de nuevo únicamente sobre mi mesa agua y leche, procurando envolver las botellas con unas telas de muselina blanca y atar los tapones con un cordel. Luego me froté los labios, la barba, las manos con grafito y me acosté.
       Me dominó el mismo sueño invencible, seguido al cabo de poco del mismo atroz despertar. Yo no me había movido; mis sábanas no mostraban mancha alguna. Me fui hacia la mesa. Las telas que encerraban las botellas habían permanecido inmaculadas. Desaté los nudos, palpitando de miedo. ¡Se habían bebido toda el agua! ¡Se habían bebido toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…
       Partiré hoy mismo hacia París.

       12 de julio. París. ¡Había perdido la cabeza en los últimos días! Me he convertido en el juguete de mi fantasía sobreexcitada, o bien seré realmente un sonámbulo, habré sido víctima de esos influjos verificados, pero inexplicables por el momento, llamados sugestiones. En cualquier caso, mi enloquecimiento estaba llegando a la demencia, y veinticuatro horas en París han bastado para devolverme la seguridad en mí mismo.
       Ayer, después de ir de compras y de hacer unas visitas, que fueron como una bocanada de aire fresco y vivificador, acabé la velada en el Théâtre-Français. Representaban una obra de Alejandro Dumas hijo; y ese espíritu alerta y poderoso ha acabado de curarme. Ciertamente, la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitamos a nuestro alrededor hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos largo tiempo, poblamos el vacío de fantasmas.
       He vuelto muy alegre por los bulevares al hotel. Iba pensando, no sin ironía, al rozarme con la multitud, en mis terrores, en mis suposiciones de la semana pasada, pues llegué a creer, sí, llegué a creer que un ser invisible habitaba bajo mi tejado. ¡Qué débil es nuestra cabeza y cómo se asusta, no tarda en extraviarse, tan pronto como nos impresiona un hecho cualquiera incomprensible!
       En vez de llegar a esta simple conclusión: “No comprendo por qué se me escapa la causa”, enseguida nos imaginamos unos misterios espantosos y unas potencias sobrenaturales.

       14 de julio. Fiesta de la República. Me he paseado por las calles. Los petardos y las banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, es una gran necedad gozar a fecha fija, por decreto del Gobierno. El pueblo es un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Se le dice: “Diviértete”. Y él se divierte. Se le dice: “Vota por el Emperador”. Y vota por el Emperador. Luego se le dice: “Vota por la República”. Y vota por la República.
       Y no menos necios son quienes lo dirigen; pero en vez de obedecer a unos hombres, lo hacen a unos principios, los cuales no pueden ser sino estúpidos, estériles y falsos, por el hecho mismo de ser principios, es decir, ideas reputadas como ciertas e inmutables, en este mundo en que no se está seguro de nada, pues la luz es una ilusión, así como también el ruido.

       16 de julio. Ayer vi cosas que me perturbaron mucho.
       Cené en casa de una prima mía, la señora Sablé, cuyo marido está al mando del 76.º de Cazadores en Limoges. Me encontraba yo en su casa con unas jóvenes, una de las cuales está casada con un médico, el doctor Parent, especializado en enfermedades nerviosas y que se interesa por las manifestaciones extraordinarias a las que dan lugar actualmente las experiencias sobre la hipnosis y la sugestión.
       Durante un buen rato nos estuvo contando los prodigiosos resultados obtenidos por unos sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy [en la escuela de Nancy, fundada en 1866, los médicos se oponían, en la definición y en la práctica, al hipnotismo].
       Se refirió a unos hechos que me parecieron tan extraños que le confesé mi absoluta incredulidad.
       “Estamos —afirmaba— a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más importantes en esta tierra, porque ciertamente habrá otros igual de importantes en los cielos, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que consigue expresar y escribir su pensamiento, se siente rozar por un misterio que sus groseros e imperfectos sentidos no consiguen penetrar, por lo que trata de suplir la impotencia de sus órganos mediante los esfuerzos de su inteligencia. Cuando esta inteligencia permanecía aún en estado rudimentario, la obsesión por los fenómenos invisibles adquirió formas estúpidamente espantosas. Ellas dieron origen a las creencias populares en lo sobrenatural, a las leyendas de los espíritus que merodean en torno a nosotros, de las hadas, de los gnomos, de los fantasmas y también a la leyenda de Dios, porque nuestra concepción del Sumo Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre, más estúpida e inadmisible nacida del cerebro asustado de los seres humanos. No hay nada más cierto que esta frase de Voltaire: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda”.
       ”Y he aquí que, desde hace poco más de un siglo, parece que se presenta el acontecimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han situado en un camino impredecible y, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, hemos logrado unos resultados extraordinarios”.
       Mi prima, también ella muy incrédula, se sonreía. El doctor Parent le dijo: “¿Quiere que trate de dormirla, señora?”.
       “Sí, no tengo inconveniente.”
       Ella se sentó en un sillón y él se puso a mirarla fijamente fascinándola. Yo me sentí de repente un tanto turbado, con el corazón palpitándome y un nudo en la garganta. Veía entornarse los ojos de la señora Sablé, crisparse su boca y jadear su pecho.
       Al cabo de diez minutos, estaba dormida.
       “Póngase detrás de ella”, dijo el médico.
       Y yo me senté detrás de ella. Le puso en las manos una tarjeta de visita diciéndole: “Esto es un espejo; ¿qué ve en él?”.
       Ella respondió:
       “Veo a mi primo”.
       “¿Qué está haciendo?”
       “Retorcerse el bigote.”
       “¿Y ahora?”
       “Se saca una fotografía del bolsillo.”
       “¿Qué fotografía es ésa?”
       “Un retrato suyo.”
       ¡Era cierto! Y esa fotografía acababa de serme entregada, esa misma tarde, en el hotel.
       “¿Cómo está en ese retrato?”
       “De pie, con el sombrero en la mano.”
       Así pues, veía en esa tarjeta, en esa cartulina blanca, como hubiera visto en un espejo.
       Las jóvenes, espantadas, decían: “¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Ya basta!”.
       Pero el doctor ordenó: “Se levantará usted mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel, y le suplicará que le preste cinco mil francos que le ha pedido su marido y que él le reclamará en su próximo viaje”.
       Luego la despertó.
       Mientras volvía al hotel, me puse a pensar en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la absoluta, la incuestionable buena fe de mi prima, a la que conocía como a una hermana desde mi infancia, sino sobre una posible superchería del doctor. ¿No disimularía en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que su tarjeta de visita?
       Volví, pues, y me acosté.
       Ahora bien, esa mañana, hacia las ocho y media, mi ayuda de cámara me despertó y me dijo:
       “Es la señora Sablé, quien pide hablar enseguida con el señor”.
       Me vestí a toda prisa y la recibí.
       Ella se sentó muy alterada, con los ojos gachos, y, sin levantarse el velo, me dijo:
       “Querido primo, tengo que pedirle un gran favor”.
       “¿Cuál, prima?”
       “Me incomoda mucho decírselo, pero tengo que hacerlo. Necesito, imperiosamente, cinco mil francos.”
       “Pero ¡cómo! ¿Usted?”
       “Sí, yo, o mejor dicho, mi marido, que me ha encargado que viniera a verle.”
       Yo estaba tan estupefacto que balbuceé mis respuestas. Me preguntaba si realmente no se estaba burlando de mí en complicidad con el doctor Parent, si no era aquello una simple broma preparada de antemano y muy bien representada.
       Pero, al mirarla con atención, se disiparon todas mis dudas. Ella temblaba de angustia, tan dolorosa le resultaba la gestión, y comprendí que estaba a punto de ponerse a sollozar.
       Yo sabía que era muy rica y proseguí:
       “Pero ¡cómo! ¡Su marido no puede disponer de cinco mil francos! Vamos, reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado que me los pida a mí?”.
       Ella dudó unos segundos como si hubiera hecho un gran esfuerzo por buscar en su memoria, luego respondió:
       “Sí…, sí…, estoy segura”.
       “¿Le ha escrito?”
       Ella dudó de nuevo, reflexionando. Intuí el esfuerzo torturador de su pensamiento. No lo sabía. Lo único que sabía era que tenía que pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Así pues, se atrevió a mentir.
       “Sí, me ha escrito.”
       “¿Cuándo? Ayer no me dijo nada de ello.”
       “He recibido una carta esta mañana.”
       “¿Puede enseñármela?”
       “No…, no…, no…, contenía cosas íntimas…, demasiado personales…, la he…, la he quemado.”
       “Entonces, es que su marido tiene deudas.”
       Ella dudó de nuevo, luego murmuró:
       “No lo sé”.
       Yo manifesté bruscamente:
       “Es que yo no puedo disponer de cinco mil francos en estos momentos, querida prima”.
       Ella lanzó una especie de grito de dolor.
       “¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico, encuéntrelos…”
       ¡Se exaltaba, juntaba las manos en ademán de súplica! La oía cambiar de tono su voz; lloraba y farfullaba, acosada, dominada por la orden irresistible que había recibido.
       “¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico…, si supiera cuánto sufro…, los necesito para hoy.”
       Sentí lástima de ella.
       “Los tendrá dentro de un rato, se lo juro.”
       Ella exclamó:
       “¡Oh!, ¡gracias, gracias! Qué bueno es usted”.
       Yo proseguí: “¿Recuerda lo que pasó ayer por la tarde en su casa?”.
       “Sí.”
       “¿Recuerda que el doctor Parent la durmió?”
       “Sí.”
       “Pues bien, le ordenó que viniera a pedirme prestados esta mañana cinco mil francos, y usted obedece en este momento a esa sugestión.”
       Ella reflexionó unos segundos y repuso:
       “Es mi marido quien los pide”.
       Durante una hora, traté de convencerla, pero sin conseguirlo.
       Cuando se hubo ido, corrí a casa del doctor. Él se disponía a salir, y me escuchó con una sonrisa. Luego dijo:
       “¿Está convencido ahora?”.
       “Sí, me rindo a la evidencia.”
       “Vayamos a casa de su pariente.”
       Ella dormitaba en una tumbona, derrengada de cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró un rato, con una mano levantada hacia sus ojos que ella fue cerrando poco a poco ante el esfuerzo insostenible de esa potencia magnética.
       Una vez que ella estuvo dormida, dijo:
       “Su marido no necesita cinco mil francos. Olvidará, pues, que le ha rogado a su primo que se los preste, y, si él le habla de ellos, no entenderá nada”.
       Luego la despertó. Yo me saqué el billetero del bolsillo:
       “Aquí tiene, querida prima, lo que me pidió esta mañana”.
       Ella se quedó tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescarle la memoria, pero negó con energía, creyó que me burlaba de ella, y poco faltó para que se ofendiese.

       ¡Heme aquí! Acabo de volver al hotel; y no he podido comer, de tanto como me ha trastornado esa experiencia.

       19 de julio. Muchas personas a las que les he contado esta aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué pensar. El prudente dice: “Tal vez”.

       21 de julio. Fui a cenar a Bougival, luego he pasado la velada en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende de los lugares y de los ambientes. Creer en lo sobrenatural, en la isla de la Grenouillère, sería el colmo de la locura…, pero ¿y en la cima del Mont Saint-Michel?…, ¿y en las Indias? Acusamos horriblemente la influencia de lo que nos rodea. Volveré a mi casa la próxima semana.

       30 de julio. Regresé a casa ayer. Todo va bien.

       2 de agosto. Nada nuevo; hace un tiempo magnífico. Paso mis días viendo correr el Sena.

       4 de agosto. Disputas entre mis criados. Afirman que, por la noche, se rompen los vasos en los armarios. El ayuda de cámara acusa a la cocinera, que a su vez acusa a la costurera, quien acusa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? Felicidades a quien lo adivine.

       6 de agosto. Esta vez no estoy loco. ¡Pues he visto…, he visto…, he visto!… No puedo ya dudar… ¡He visto!… ¡Todavía me dura el frío hasta en las uñas…, todavía tengo el miedo hasta en los tuétanos…, pues he visto!…
       Me paseaba a las dos, a pleno sol, por mi arriate de rosales…, por la rosaleda de otoño que comienzan a florecer.
       Al pararme a contemplar un géant des batailles [es decir, la variedad de laurel, también conocido como “comandante Barthélemy”, que da flores rojas perfumadas, a veces listadas de blanco], que tenía tres hermosísimas flores, ¡vi, vi claramente, muy cerca de mí, doblarse el tallo de una de estas rosas, como si una mano lo hubiera torcido, luego romperse como si esta mano hubiera cogido la flor! Luego ésta se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevársela a la boca, y permaneció suspendida en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa mancha roja a tres pasos de mis ojos.
       Fuera de mí, ¡me arrojé sobre ella para cogerla! Pero no encontré nada; había desaparecido. Entonces, me entró una ira furiosa contra mí mismo, pues no le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes alucinaciones.
       Pero ¿era una alucinación? Me volví para buscar el tallo, y lo encontré de inmediato sobre el arbusto, acabado de romper, entre las otras dos rosas que habían quedado en la rama.
       Entonces, me volví a casa con la mente trastornada; pues estoy seguro, ahora, seguro como de la alternancia de los días y de las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se nutre de leche y de agua, que puede tocar las cosas, cogerlas y cambiarlas de sitio, dotado por consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita, como yo, bajo mi techo…

       7 de agosto. He dormido tranquilo. Ha bebido agua de mi botella, pero no ha turbado mi sueño.
       Me pregunto si no estaré loco. Al pasear hace un rato a pleno sol a lo largo del río, me han entrado dudas sobre mi razón, no ya vagas dudas como las tenía hasta ahora, sino dudas concretas, absolutas. He visto locos; he conocido a algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, incluso clarividentes respecto a todas las cosas de la vida, salvo en un punto. Hablaban de todo con lucidez, con soltura, con profundidad, y de repente su pensamiento, al topar con el escollo de su locura, se rompía contra él hecho pedazos, disgregándose y hundiéndose en ese océano espantoso y furioso, lleno de olas saltarinas, de brumas, de borrascas, llamado “demencia”.
       Me creería sin duda loco, totalmente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara analizándolo con absoluta lucidez. En suma, no sería, pues, más que un alucinado razonador. Podría haberse producido en mi cerebro un desorden desconocido, uno de esos desórdenes que los fisiólogos tratan actualmente de descubrir y de esclarecer; y este desorden habría provocado en mi mente, en el orden y en la lógica de mis ideas, una grieta profunda. Fenómenos similares ocurren en los sueños, cuando nos movemos entre las más increíbles fantasmagorías sin sorprendernos, porque el aparato de verificación, porque el sentido del control está adormecido, mientras que la imaginación vela y trabaja. ¿No podría ser que una minúscula tecla de mi teclado cerebral se hubiera paralizado? Hay personas que, tras un accidente, pierden la memoria de los nombres propios, de los verbos o de los números, o sólo de las fechas. Hoy se ha demostrado la posición de cada una de las partículas del pensamiento. ¡No sería, por tanto, nada extraño que mi capacidad de comprobar la irrealidad de ciertas alucinaciones en este momento se viera paralizada en mí!
       Pensaba en todo esto mientras seguía la orilla del río. El sol cubría de luz el agua, volvía deliciosa la tierra, llenaba mi mirada de amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es una alegría para mis ojos, por la hierba de la orilla, cuyo estremecimiento es un motivo de felicidad para mis oídos.
       Poco a poco, sin embargo, me empezó a invadir un inexplicable malestar. Me parecía que una fuerza, una fuerza secreta me entorpecía, me paraba, me impedía seguir más lejos, me impulsaba a retroceder. Sentía esa necesidad dolorosa de volver a casa que nos oprime cuando se ha dejado allí a un enfermo querido y se tiene el presentimiento de que se ha agravado su mal.
       Así pues, he vuelto a pesar mío, convencido de que me encontraría, en mi casa, una mala noticia, una carta o un telegrama. No había nada de ello; y me he quedado más sorprendido y turbado que si hubiera tenido alguna otra fantástica visión.

       8 de agosto. Ayer pasé una velada horrible. Él ya no se muestra, pero presiento que se halla cerca, me espía, me mira, entra dentro de mí, me domina, más temible, al esconderse así, que si revelara su presencia invisible y permanente por medio de fenómenos sobrenaturales.
       A pesar de ello, he dormido.

       9 de agosto. Nada, pero tengo miedo.

       10 de agosto. Nada; ¿qué sucederá mañana?

       11 de agosto. Nada todavía; pero no puedo seguir en mi casa con este pensamiento y este temor que me han entrado en el alma. Partiré.

       12 de agosto, diez de la noche. Durante todo el día he tratado de irme, pero no he podido. Hubiera querido llevar a cabo ese gesto de libertad tan fácil y simple que es salir y subir a mi coche para ir a Ruán. Pero no he podido. ¿Por qué?

       13 de agosto. Cuando se padecen ciertas enfermedades parece que todos los resortes del ser físico se hayan roto, todas las energías anulado, todos los músculos aflojado, los huesos vueltos como carne y la carne licuado como agua. Siento esto en mi ser moral, de un modo extraño y desolador. No tengo ya ninguna fuerza ni valor, ni dominio de mí mismo, ni siquiera la capacidad de activar mi voluntad. No consigo ya querer; pero hay alguien que quiere por mí, y yo obedezco.

       14 de agosto. ¡Estoy perdido! ¡Alguien posee y gobierna mi alma! Alguien manda sobre todas mis acciones, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo, salvo un espectador esclavo y aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no puedo. Él no quiere; y permanezco, espantado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a estar sentado. Sólo quisiera levantarme, alzarme, para creer que sigo siendo dueño de mí mismo. Pero no lo consigo. Estoy como anclado en el sillón, y éste está pegado al suelo, de modo que ninguna fuerza podría levantarnos.
       Luego, de golpe, se impone en mí la necesidad de ir al fondo del huerto para coger unas pocas fresas y comérmelas. Voy. Cojo las fresas y me las como. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Existe un Dios? ¡Si existe, que me libere, que me salve, que me socorra! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Clemencia! ¡Sálvame! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué tormento! ¡Qué horror!

       15 de agosto. Ahora comprendo cómo estaba poseída, dominada, mi pobre prima, cuando vino a pedirme cinco mil francos prestados. Estaba poseída por una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Acaso se acerca el fin del mundo?
       Pero ¿quién es el que me gobierna a mí?, ¿quién es ese invisible, ese incognoscible, ese merodeador de una raza sobrenatural?
       ¡Por tanto los Invisibles existen! ¿Por qué, entonces, desde el principio del mundo no se habían manifestado todavía de forma concreta, como hacen conmigo? Nunca he leído nada parecido a lo sucedido en mi casa. ¡Oh!, si pudiera irme, si pudiera escapar y ya no volver. Estaría salvado. Pero no puedo.

       16 de agosto. Hoy he conseguido escapar durante un par de horas, como un prisionero que encuentra abierta por casualidad la puerta de su celda. De repente me he dado cuenta de que estaba liberado y que él se hallaba lejos. He ordenado que engancharan rápido y me he dirigido a Ruán. ¡Oh! ¡Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: “¡A Ruán!”!
       He mandado parar delante de la biblioteca y he pedido prestado el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
       Luego, a la hora de volver a montar en mi cupé, ganas tenía de decir: “¡A la estación!” y he exclamado —no lo he dicho, sino exclamado— con una voz tan fuerte que los viandantes han vuelto la cabeza: “A casa”, y he caído, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi coche. Él me había vuelto a encontrar y se había enseñoreado de mí otra vez.

       17 de agosto. ¡Ah! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece que debería alegrarme. ¡Me quedé leyendo hasta la una de la noche! Hermann Herestauss, doctor en filosofía y teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean en torno al hombre o son producto de su imaginación. Describe sus orígenes, su dominio, su poder. Pero ninguno de ellos se parece al que me acosa a mí. Se diría que el hombre, desde que piensa, ha presentido y temido un ser nuevo, más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que al sentirle cerca y no poder prever la naturaleza de este amo, ha creado, en su terror, todo el pueblo fantástico de los seres ocultos, fantasmas fruto del miedo.
       Así pues, tras haber leído hasta la una de la noche, fui a sentarme a continuación frente a mi ventana abierta para refrescar mi frente y mi pensamiento con el viento calmo de la oscuridad.
       ¡Hacía bueno, el aire era tibio! ¡Cómo me habría gustado una noche así en otro tiempo!
       No había luna. En lo alto del cielo negro las estrellas despedían unos centelleos estremecedores. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay ahí? Quienes piensan, en esos universos lejanos, ¿qué saben más que nosotros? ¿Qué pueden más que nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conozcamos en absoluto? Un día u otro, ¿acaso uno de ellos, atravesando el espacio, no aparecerá en la Tierra para conquistarla, como en los tiempos pasados los normandos atravesaban los mares para subyugar a los pueblos más débiles?
       ¡Somos tan débiles, tan inermes, ignorantes y pequeños, nosotros que vivimos en esta partícula de barro que gira disuelta en una gota de agua!
       Me amodorré fantaseando de este modo al fresco viento de la noche.
       Pues bien, después de haber dormido alrededor de cuarenta minutos, volví a abrir los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, luego, de repente, me pareció que una página del libro que había quedado abierta sobre mi mesa acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado soplo alguno de aire. Me quedé sorprendido y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos otra página levantarse y caer sobre la anterior, como si un dedo la hubiera pasado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí que él estaba allí, sentado en mi lugar, y que leía. ¡De un salto furioso, de un salto de bestia enfurecida, que va a desgarrar a su domador, crucé mi habitación para atraparle, para alcanzarle, para matarle!… Pero mi asiento, antes de que yo lo hubiera alcanzado, fue derribado como si alguien hubiera huido delante de mí…, mi mesa se tambaleó, mi lámpara cayó y se apagó, y mi ventana se cerró como si un ladrón sorprendido se hubiera lanzado a la noche, cerrando tras de sí los postigos.
       ¡Así pues, había huido; él había tenido miedo, miedo de mí!
       ¡Entonces…, entonces…, mañana… o más tarde… el día que fuera, podría apresarle con mis manos y aplastarle contra el suelo! ¿No ocurre que los perros, a veces, muerden y estrangulan a sus amos?

       18 de agosto. He meditado durante todo el día. Sí, sí, voy a obedecerle, a seguir sus impulsos, haré todo lo que él quiera, seré humilde, sumiso, cobarde. Él es más fuerte. Pero llegará un momento en que…

       19 de agosto. ¡Lo sé…, lo sé…, lo sé todo! He aquí lo que acabo de leer en la Revue du Monde Scientifique: “Nos llega una noticia bastante curiosa de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que afectaron a los pueblos de Europa en la Edad Media, hace estragos actualmente en la provincia de São Paulo. Los habitantes, espantados, dejan sus hogares, desertan de sus pueblos, abandonan sus cultivos, se dicen perseguidos, poseídos, gobernados como un ganado humano por unos seres invisibles aunque tangibles, especie de vampiros que se alimentan de su vida, durante su sueño, y que además beben agua y leche sin parecer tocar ningún otro alimento.
       ”El señor profesor don Pedro Henriquez, acompañado de varios sabios médicos, ha partido para la provincia de São Paulo, a fin de estudiar sobre el terreno los orígenes y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y proponer al emperador las medidas que considere más oportunas para hacer recuperar la razón a estas poblaciones en estado de delirio”.
       ¡Ah! ¡Ah!, ¡me acuerdo del buque de tres palos brasileño que pasó por debajo de mis ventanas remontando el Sena el 8 de mayo último! ¡Me pareció tan bonito, tan blanco, tan alegre! ¡El Ser iba en él, venía de allí, donde nació su raza! ¡Me vio! Y vio mi casa, también blanca. Saltó del barco a la orilla. ¡Oh! ¡Dios mío!
       Ahora lo sé, comprendo. El reinado del hombre ha tocado a su fin.
       Ha llegado Aquel que temían los primeros terrores de los pueblos crédulos,Aquel que los inquietos sacerdotes exorcizaban, que los brujos evocaban en las noches oscuras sin verle aparecer todavía, Aquel a quien los presentimientos de los dueños y señores provisionales del mundo han atribuido las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los elfos, de los genios, de las hadas, de los duendes. Tras las burdas concepciones del terror primitivo, hombres más sagaces lo han percibido con mayor lucidez. Mesmer lo había intuido, y, desde hace ya diez años, los médicos han descubierto con precisión la naturaleza de su poder antes incluso de que lo ejerciera. Se han divertido con el arma del nuevo Señor, el dominio de una misteriosa voluntad sobre el alma humana convertida en esclava. La han llamado magnetismo, hipnotismo, sugestión…, ¿qué sé yo? ¡Les he visto jugar como niños imprudentes con ese horrendo poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Ha llegado el… el… como se llame…, me parece que me está gritando su nombre y yo no lo comprendo…, el…, sí…, lo grita… Escucho…, no consigo…, repite… el Horla… Entendido… El Horla… es él… ¡El Horla… ha venido!…
       ¡Ah!, el buitre se ha comido a la paloma, el lobo se ha comido a la oveja; el león ha devorado al búfalo de afilados cuernos; el hombre ha matado al león con la flecha, con la espada, con el rifle. Ahora el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y con el buey: algo suyo, su criado y su alimento, con el solo poder de su voluntad. ¡Ay de nosotros!
       Y, sin embargo, a veces el animal se rebela y mata a quien lo ha domado… ¡También yo quiero hacerlo…, podría…, pero debo conocerlo, tocarlo, verlo! Los científicos dicen que el ojo del animal, tan distinto del nuestro, no ve como nosotros… Así mi ojo no consigue distinguir al recién llegado que me oprime.
       ¿Por qué? ¡Ah!, ahora me acuerdo de las palabras del fraile de Mont Saint-Michel: “¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los grandes barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe”.
       Seguía pensando: mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que no consigue distinguir siquiera cuerpos duros cuando son transparente como el cristal. Basta con que un espejo sin azogue se interponga en mi camino para que yo me golpee contra él, como el pájaro que ha entrado en una habitación se rompe la cabeza contra el cristal. ¡Otras mil cosas engañan a la vista y la extravían! ¿Cómo asombrarse, pues, de que no consiga ver un cuerpo nuevo que la luz atraviesa?
       ¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Sin duda tenía que venir! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¿Que no conseguimos verlo, como a todos los demás seres creados antes que nosotros? Ello se debe a que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más sutil y evolucionado que el nuestro, el nuestro que es tan mediocre, tan torpemente concebido, lleno de órganos siempre fatigados, siempre forzados, como mecanismos demasiado complicados; el nuestro que vive como una planta y como un animal, nutriéndose a duras penas de aire, hierba y carne, máquina animal víctima de enfermedades, de deformaciones, de putrefacciones, que se ahoga, mal regulada, ingenua y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, esbozo de un ser que podría volverse inteligente y magnífico.
       Desde la ostra hasta el hombre, somos pocos, muy pocos en este mundo. ¿Por qué no uno más, una vez cumplido el período que separa las apariciones sucesivas de todas las diversas especies?
       ¿Por qué no uno más? ¿Por qué no otros árboles de flores inmensas y lustrosas que aromaticen regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos aparte del fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Son cuatro, nada más que cuatro, esos padres nutricios de los seres! ¡Qué lástima! ¡Porque no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre, mezquino, miserable, es todo, dado con avaricia, inventado con mediocridad, hecho con pesadez! ¡Ah, el elefante, el hipopótamo, cuánta gracia tienen! ¡El camello, qué elegancia!
       Pero, diréis vosotros, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela! Yo he soñado con una que sería grande como cien universos, con unas alas de una belleza, un color y un movimiento indescriptibles. Pero la veo…, va de una estrella a otra, refrigerándolas y embalsamándolas con el leve y armonioso aire de su vuelo… ¡Y los pueblos de las alturas la miran pasar, extasiados y embelesados!…

……………………………………………………………………

      ¿Qué me pasa? ¡Es él, el Horla, que me atormenta y me hace pensar en estas locuras! Está dentro de mí, se está convirtiendo en mi espíritu. ¡Le mataré!

       19 de agosto. Le mataré. ¡Le he visto! Ayer por la noche me senté a mi mesa, fingiendo que escribía con una gran atención. ¡Sabía que vendría a merodear en torno a mí, muy cerca, tan cerca que quizá podría tocarle, apresarle! ¡Y entonces…!, entonces tendría la fuerza de los desesperados; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularle, aplastarle, morderle, desgarrarle.
       Y yo le acechaba con todos mis órganos sobreexcitados.
       Había encendido dos lámparas y las ocho velas de la chimenea, como si hubiera podido descubrirle con esa claridad.
       Enfrente de mí, mi cama, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, mi chimenea; a la izquierda, mi puerta cerrada con cuidado, tras haberla dejado largo rato abierta, a fin de atraerle; detrás de mí, un armario de luna altísimo, que cada día me servía para afeitarme y vestirme, y en el que tenía costumbre de mirarme, de pies a cabeza, cada vez que pasaba por delante.
       Así pues, aparentaba estar escribiendo, para engañarle, pues también él me estaba espiando; y de repente, sentí, estoy seguro, que leía por encima de mi hombro, que estaba allí, rozando mi oreja.
       Me incorporé, con las manos extendidas, dándome la vuelta tan rápido que a punto estuve de caer. Pues… se veía como en pleno día, ¡y no me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, luminoso, profundo, lleno de luz! ¡Mi imagen no estaba en él… y yo me hallaba delante! Veía la gran luna nítida de arriba abajo. Y la miraba con unos ojos de loco; y ya no me atrevía a avanzar, ya no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sentía perfectamente que él estaba allí, pero que se me iba a escapar de nuevo, él cuyo cuerpo imperceptible había devorado mi reflejo.
       ¡Qué miedo pasé! Luego, de repente, comencé a percibirme en medio de una bruma, en el fondo del espejo, de una bruma como vista a través de una capa de agua; y me parecía que esta agua se desplazaba de izquierda a derecha, despacio, volviendo más precisa mi imagen segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me escondía no parecía tener perfiles claramente definidos, sino una especie de transparencia opaca, que se aclaraba poco a poco.
       Finalmente, pude distinguirme por completo, tal como lo hago cada día, al mirarme a la luz del día.
       ¡Le había visto! Me ha quedado el espanto, que todavía me hace estremecer.

       20 de agosto. Matarlo, pero ¿cómo? Puesto que no puedo apresarlo. ¿El veneno? Pero él me vería mezclarlo con agua; y ¿tendrían nuestros venenos, por otra parte, un efecto seguro sobre su cuerpo imperceptible? No…, no…, sin ninguna duda… Pues, ¿entonces?…, ¿entonces qué?…

       21 de agosto. He hecho venir a un cerrajero de Ruán, y le he mandado hacer para mi habitación unas persianas metálicas, como tienen en la planta baja algunas casas particulares en París, por temor a los ladrones. Me hará, además, una puerta similar. ¡He pasado por un cobarde, pero me importa un comino!…

……………………………………………………………………

       10 de septiembre. Ruán, hotel Continental. Está hecho…, está hecho…, pero ¿ha muerto? Tengo trastornado el espíritu por lo que he visto.
       Ayer, tras haber instalado el cerrajero la persiana y la puerta de hierro, lo dejé todo completamente abierto hasta medianoche, aunque comenzaba a hacer frío.
       De repente, sentí que estaba allí, y me dominó una alegría, una alegría loca. Me levanté lentamente, y estuve andando de un lado a otro largo rato para que él no intuyera nada; luego me quité los botines y me puse desganadamente las zapatillas; acto seguido cerré la ventana de hierro y, yendo tranquilamente hacia la puerta, cerré también la puerta con doble vuelta de llave. Tras volver entonces hacia la ventana, la fijé con un candado, guardándome la llave en el bolsillo.
       De pronto comprendí que se estaba agitando en torno a mí, que tenía miedo a su vez, que me ordenaba abrirle. A punto estuve de ceder; pero no lo hice, sino que, pegándome contra la puerta, la entreabrí lo justo para pasar yo andando hacia atrás; y como soy muy alto mi cabeza rozaba el dintel. Yo estaba seguro de que no se había podido escapar y lo encerré, totalmente solo, totalmente solo. ¡Qué alegría! ¡Le tenía cogido! Entonces, bajé corriendo; cogí en mi salón, que está debajo de mi habitación, mis dos lámparas y derramé todo el aceite sobre la alfombra, sobre los muebles, por todas partes; luego les prendí fuego, y me largué, tras haber cerrado bien, con doble vuelta, el portón de entrada.
       Y fui a esconderme al fondo de mi jardín, entre un macizo de laureles. ¡Qué largo se me hizo! ¡Pero qué largo! Todo estaba oscuro, mudo, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, aborregamientos de nubes que no se veían pero que me pesaban en el alma mucho, muchísimo.
       Miraba mi casa, y esperaba. ¡Qué largo se me hizo! Ya creía que el fuego se había apagado solo, o que lo había apagado, Él, cuando una de las ventanas de abajo estalló ante el arreciar del incendio, y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, indolente, acariciante, subió por la blanca pared y la besó hasta el tejado. Se propagó un resplandor entre los árboles, entre las ramas, entre las hojas, y también un estremecimiento, un estremecimiento de miedo. Los pájaros se despertaban; un perro se puso a ladrar; ¡me pareció que empezaba a despuntar el día! Se iluminaron otras dos ventanas y vi que toda la planta baja de la casa se había convertido en un espantoso brasero. Pero un grito, un grito horrible, sobreagudo, desgarrador, un grito de mujer resonó en la noche, ¡y se abrieron dos buhardillas! ¡Me había olvidado de mis criados! ¡Vi sus caras enloquecidas, y sus brazos que se agitaban!…
       Entonces, loco de horror, me puse a correr hacia el pueblo dando gritos: “¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Fuego! ¡Fuego!”. ¡Me encontré con gente que ya venía y me volví con ellos para ver!
       ¡La casa, ahora, no era más que una hoguera horrible y magnífica, una hoguera monstruosa, que iluminaba la tierra entera, una hoguera en la que ardían unos hombres, y donde también ardía Él, mi prisionero, el Ser nuevo, el nuevo señor, el Horla!
       De repente el tejado entero se hundió entre los muros, y un volcán de llamas brotó hasta el cielo. Por todas las ventanas que se abrían sobre aquel horno veía la pira de fuego, y pensaba que él estaba allí, dentro de aquel horno, muerto…
       ¿Muerto? ¿Era posible?… ¿Su cuerpo, el cuerpo que podía ser atravesado por la luz, podía destruirse con los medios que matan a los nuestros?
       ¿Y si no estaba muerto? Tal vez sólo el tiempo pueda algo contra este Ser Invisible y Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo espiritual, habría de temer también él las enfermedades, las heridas, los achaques, un final prematuro?
       ¿Un final prematuro? De él nace todo el miedo del hombre. Después del hombre, el Horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, a cada hora, a cada momento, por cualquier accidente, ha llegado aquel que no morirá hasta que haya llegado su día, su hora y su momento, por haber tocado a su fin su existencia!
       ¡No…, no…, sin duda…, no ha muerto… Entonces, entonces… tendré que matarme yo!…

Publicado en Cuentos

El viejo en el puente, de Ernest Hemingway

Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.

Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.

-¿De dónde viene? -le pregunté.

-De San Carlos -dijo, y sonrió.

Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.

-Cuidaba de los animales -explicó.

-Oh -dije, sin entenderlo del todo.

-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.

No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero dije:

-¿Qué animales eran?

-Animales diversos -dijo negando con la cabeza-. Tuve que dejarlos.

Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.

-¿Qué animales eran? -pregunté.

-En total tres clases de animales -explicó-. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.

-¿Y los ha dejado? -pregunté.

-Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.

-¿Y no tiene familia? -pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.

-No -dijo-. Solo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabre cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.

-¿En qué bando está usted? -le pregunté.

-Yo no tengo bando -dijo-. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.

-Este no es un buen lugar para pararse -dije-. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.

-Esperaré un poco -dijo-, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?

-A Barcelona -le dije.

-No conozco a nadie en esa dirección -dijo-, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.

Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:

-Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?

-Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.

-¿De verdad lo cree?

-¿Por qué no? -dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.

-Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?

-¿Dejó abierta la jaula de los palomos? -pregunté.

-Sí.

-Entonces saldrán volando.

-Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás -dijo.

-Si ya ha descansado, yo de usted me iría -le insistí- . Levántese e intente andar.

-Gracias -dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.

-Yo solo cuidaba los animales -dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo-. Solo cuidaba a los animales.

No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre.

Publicado en Cuentos

Mi hijo el asesino, de Bernard Malamud

Se despierta sintiendo que su padre está en el pasillo, escuchando. Le escucha cuando duerme y sueña. Le escucha cuando se levanta y busca a tientas los pantalones. Cuando no se pone los zapatos. Cuando no va a la cocina para comer algo. Cuando se mira al espejo con los ojos cerrados. Cuando está sentado una hora en el retrete. Cuando hojea las páginas de un libro que no puede leer. Escucha su angustia, su sole­dad. El padre se queda plantado en el pasillo. El hijo oye que está escuchando.

Mi hijo, el desconocido; no me dirá nada.

Abro la puerta y veo a mi padre en el pasillo. ¿Qué estás haciendo ahí? ¿Por qué no vas a trabajar?

Porque he tomado las vacaciones en invierno, en vez de en verano, como antes.

¿Por qué diablos lo has hecho, si te pasas todo el tiempo en este oscuro y maloliente pasillo, observando todos mis movimientos? Tra­tando de adivinar lo que no puedes ver. ¿Por qué estás siempre espián­dome?

Mi padre se va a su cuarto y, al cabo de un rato, vuelve sigilosamente al pasillo, a escuchar.

Yo le oigo a veces en su habitación, pero él no me habla y yo no sé lo que pasa. Es terrible para un padre. Tal vez un día me escriba una carta: Querido padre…

Querido hijo Harry, abre la puerta. Mi hijo, el prisionero.

Mi mujer se marcha por la mañana para pasar el día con mi hija casada, que está esperando el cuarto hijo. La madre cocina, hace la limpieza y cuida de los tres pequeños. Mi hija tiene un embarazo malo, tiene la tensión alta, y se pasa casi todo el tiempo en la cama. Es por consejo del médico. Mi mujer está ausente todo el día. Está preocupada porque cree que algo le pasa a Harry. Desde que se graduó, el invierno pasado, está siempre solo, nervioso, sumido en sus propios sentimientos. Si le hablas, la mayoría de las veces te responde gritando. Lee los perió­dicos, fuma, no se mueve de su habitación. Sólo de vez en cuando sale a la calle a dar un paseo.

¿Qué tal el paseo, Harry?

Un paseo.

Mi mujer le aconsejó que buscase trabajo y él salió un par de veces a buscarlo, pero cuando tuvo alguna oferta, no la aceptó.

No es que no quiera trabajar. Es que me siento mal.

¿Y por qué te sientes mal?

Yo siento lo que siento. Siento lo que es.

¿Es tu salud, hijito? Tal vez tendrías que ir al médico.

Te pedí que no volvieses a llamarme hijito. No es mi salud. Sea lo que fuere, no quiero hablar de ello. No es la clase de trabajo que me interesa.

Pero mientras tanto, acepta algún empleo temporal, le dijo mi esposa.

Él se puso a chillar. Todo es temporal. ¿Por qué tengo que sumar más cosas a lo que es temporal? Mi estómago siente de modo temporal. El maldito mundo es temporal. No quiero añadir a esto un trabajo temporal. Quiero todo lo contrario, pero, ¿en dónde está? ¿Dónde puedo encontrarlo?

cuento de Bernard Malamud
Escritor judío Bernard Malamud
Mi padre escucha en la cocina.

Mi hijo temporal.

Ella dice que me sentiría mejor si trabajase. Yo digo que no. Cumplí veintidós años en diciembre, me gradué en la Universidad y ya sabéis para qué sirve eso. Por la noche, veo los programas de noticias. Sigo la guerra día a día. Es una guerra ardiente y enorme en una pantalla pequeña. Llueven bombas y las llamas son cada vez más altas. A veces me inclino hacia delante y toco la guerra con la palma de la mano. Pienso que se me va a morir la mano.

Mi hijo, el de la mano muerta.

Espero que me llamen a filas el día menos pensado, pero esto ya no me preocupa tanto como antes. No pienso ir. Me marcharé al Canadá o a cualquier otro sitio adonde pueda llegar.

Su forma de ser espanta tanto a mi mujer, que ésta se alegra de ir a casa de mi hija temprano por la mañana para cuidar de los tres niños. Yo me quedo con él en casa, pero él no me habla.

Tendrías que llamar a Harry y hablar con él, dice mi esposa a mi hija. .

Lo haré algún día, pero no olvides que hay nueve años de diferencia entre los dos. Creo que él me considera como otra madre, y con una es bastante. Yo le quería cuando era pequeño, pero ahora es difícil tratar con una persona que no te corresponde.

Tiene la tensión alta. Creo que le da miedo llamar.

Me he tomado dos semanas de vacaciones. Trabajo en la ventanilla de venta de sellos de la oficina de Correos. Le dije al jefe de mi sección que no me encontraba muy bien, lo cual no es ninguna mentira, y él me dijo que debía pedir la baja por enfermedad. Le respondí que mi mal no era tan grave, que sólo necesitaba unas vacaciones cortas. Pero a mi amigo Moe Berkman le dije que dejaba de trabajar unos días porque Harry me tenía preocupado.

Comprendo lo que quieres decir, Leo. Yo también tuve preocupa­ciones y angustias a causa de mis hijos. Cuando tienes dos hijas en edad de crecer, estás en manos de la fortuna. Pero a pesar de todo, tenemos que vivir. ¿Por qué no vienes a jugar al póquer este viernes por la noche?

Tenemos una buena partida. Es una buena forma de entretenimiento.

Ya veré cómo marchan las cosas el viernes. No puedo prometértelo.

Procura venir. Estas cosas pasan con el tiempo. Si te parece que van mejor, ven. Si te parece que no, ven igualmente, porque te relajará y aliviará la preocupación que te abruma. A tu edad, demasiadas preocu­paciones son malas para el corazón.

Esta es la peor clase de preocupación que existe. Si me preocupo por mí mismo, sé de qué preocupación se trata. Quiero decir que no hay misterio. Puedo decirme: Leo, eres un estúpido; no debes preocuparte por nada. ¿Por qué, por unos cuantos pavos? ¿Por la salud, que siempre ha sido bastante buena, aunque tengo mis altibajos? ¿Porque pronto cumpliré sesenta años y la juventud no vuelve? Todos los que no se mueren a los cincuenta y nueve llegan a los sesenta. Se puede vencer al tiempo cuando éste corre contigo. Pero cuando la preocupación es por otra persona, no hay nada peor. Esta es la verdadera preocupación porque, si no nos la cuentan, no podemos metemos dentro de la otra persona y averiguar la causa. No sabemos en dónde está el interruptor que hay que pulsar. Lo único que hacemos es preocupamos más.

Por eso, yo espero en el pasillo.

Harry, no te preocupes demasiado por la guerra.

Por favor, no me digas de qué tengo que preocuparme o despreocuparme.

Harry, tu padre te quiere. Cuando eras un chiquillo, solías correr a mi encuentro cuando volvía a casa por la noche. Yo te cogía en brazos y te levantaba hasta el techo. Te gustaba tocarlo con tu manita.

No quiero que vuelvas a hablarme de eso. No quiero oírlo. No quiero oír nada de cuando era pequeño.

Harry, vivimos como extraños. Lo único que te digo es que recuerdo días mejores. Recuerdo los tiempos en que no nos daba miedo mostrar que nos queríamos.

Él no dice nada.

Deja que te cueza un huevo.

Un huevo es lo que menos deseo en el mundo.

Entonces, ¿qué quieres?

Él se puso el abrigo. Cogió su sombrero del perchero y bajó a la calle.

Harry caminó a lo largo de Ocean Parkway, con su abrigo largo y su raído sombrero marrón. Su padre le seguía y eso le enfurecía enor­memente.

Caminaba a paso ligero por la ancha avenida. En los viejos tiempos, había un camino de herradura a un lado del paseo, en donde está ahora la pista de cemento para las bicicletas. Y había menos árboles, con sus negras ramas cortando el cielo sin sol. En la esquina de Avenue X, en el punto desde donde se huele Coney Island, cruzó la calle y echó a andar de vuelta a casa. Aunque estaba furioso, fingió no ver a su padre que cruzaba también la calzada. El padre cruzó la calle y siguió a su hijo hasta casa. Cuando llegó a ésta, pensó que Harry ya estaba arriba. Se hallaba en su habitación, con la puerta cerrada. Fuera lo que fuese lo que hacía en su habitación, lo estaba haciendo ya.

Leo sacó la llave pequeña y abrió el buzón de la correspondencia. Había tres cartas. Las miró para ver si por casualidad alguna de ellas era de su hijo, dirigida a él. Querido padre, deja que te explique. La razón de que actúe como lo hago… No había tal carta. Una de ellas era de la Mutualidad de Empleados de Correos; se la metió en el bolsillo del abrigo. Las otras dos eran para Harry. Una era de la oficina de reclu­tamiento. La llevó a la habitación de su hijo, llamó a la puerta y esperó.

Esperó un rato.

Cuando oyó gruñir al muchacho, dijo: Hay una carta para ti de la oficina de reclutamiento. Giró el pomo de la puerta y entró en la habi­tación. Su hijo estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados.

Déjala encima de la mesa.

¿Quieres que la abra, Harry?

No, no quiero que la abras. Déjala en la mesa. Ya sé lo que dice.

¿Les escribiste otra carta?

Eso es cosa mía.

El padre dejó la carta en la mesa.

La otra carta para su hijo la llevó a la cocina; cerró la puerta y puso a hervir un poco de agua en una olla. Pensó leerla rápidamente, cerrar cuidadosamente el sobre con un poco de pasta y echarla de nuevo en el buzón. Su mujer la recogería cuando volviese de casa de su hija y se la subiría a Harry.

El padre leyó la carta. Era muy corta y la enviaba una chica. Decía que había prestado dos libros a Harry hacía más de seis meses y que, como los tenía en gran aprecio, le pedía que se los devolviera. Le rogaba que lo hiciera lo antes posible, para no tener que escribirle otra vez.

Cuando Leo leía la carta de la chica, Harry entró en la cocina y, al ver la expresión sorprendida y culpable de su padre, le arrancó la carta de las manos.

Debería asesinarte por espiarme de esta manera.

Leo se volvió y miró por la pequeña ventana de la cocina al oscuro patio de la casa de vecindad. Le ardía el rostro y se sintió mareado.

Harry leyó la carta de un vistazo y la rasgó. Después rasgó el sobre con la indicación de «Particular».

Si vuelves a hacer esto, no te sorprendas de que te mate. Estoy harto de que me espíes.

Harry, estás hablando con tu padre.

Harry salió de la casa.

Leo entró en la habitación del hijo y miró a su alrededor.

Registró los cajones del tocador y no encontró nada fuera de lo normal. Sobre la mesa, junto a la ventana, había un trozo de papel escrito por Harry. Decía: «Querida Edith, ¿por qué no te jodes? Si vuelves a escribirme otra carta estúpida, te mataré.»

El padre se puso el sombrero y el abrigo y salió de casa. Corrió, no muy de prisa, durante un rato y después caminó al paso hasta que vio a Harry al otro lado de la calle. Le siguió, a una distancia de media manzana.

Siguió a Harry hasta Caney Island Avenue y llegó a tiempo de ver que tomaba un trolebús que iba a la isla. Leo tuvo que esperar al siguiente. Pensó en tomar un taxi y seguir al trolebús, pero no pasó ninguno. El siguiente trolebús llegó quince minutos más tarde, y Leo lo tomó. Era febrero y Caney Island estaba húmeda, fría y desierta. Había pocos coches en Surf Avenue y muy poca gente en la calle. Parecía que iba a nevar, Leo avanzó por el paseo de tablas, entre ráfagas de nieve, buscando a su hijo. Las playas grises, sin sol, estaban vacías. Los puestos de perritos calientes, de tiro al blanco y los establecimientos de baños estaban cerrados. El océano, de un gris metálico, oscilaba como plomo fundido y parecía que iba a congelarse. Soplaba viento del mar y se introducía por debajo de la ropa de Leo, haciéndole temblar mientras andaba. El viento coronaba de blanco las olas plomizas, que rompían lentamente, con un suave rugido, en las playas desiertas.

Caminó bajo las ráfagas casi hasta llegar a Sea Gate, buscando a su hijo, y entonces volvió atrás. Cuando se dirigía a Brighton Beach, vio a un hombre en la playa, de pie, ante la espumosa rompiente. Leo bajó corriendo la escalera de madera y avanzó por la arena. El hombre plan­tado en la playa rugiente era Harry; el agua le cubría los zapatos.

Leo corrió hacia su hijo. Perdóname, Harry; hice mal, siento haberte abierto la carta.

Harry no se movió. Siguió plantado en el agua, fija la mirada en las hinchadas olas de plomo.

Tengo miedo, Harry, dime qué te pasa. Hijo mío, compadécete de mí.

Yo le tengo miedo al mundo, pensó Harry. Me espanta.

Pero no dijo nada.

Una ráfaga de viento levantó el sombrero del padre y lo llevó lejos, por la playa. Pareció que iba a volar hasta el agua, pero entonces el viento sopló hacia el paseo de tablas y lo hizo rodar sobre la arena mojada. Leo corrió en pos de su sombrero. Fue tras él en una dirección, después en otra y luego hacia el agua. El viento arrojó el sombrero contra sus piernas y él lo agarró. Ahora estaba llorando. Sin aliento, se enjugó los ojos con los dedos helados y volvió hacia su hijo, que seguía en la orilla del mar.

Es un hombre solitario. Él es así. Siempre estará solo.

Mi hijo se convirtió a sí mismo en un hombre solitario.

¿Qué puedo decirte, Harry? Lo único que puedo preguntarte es: ¿Quién dijo que la vida es fácil? ¿Desde cuándo? No lo fue para mí y no lo es para ti. La vida es así…, ¿qué más puedo decirte? Pero si una persona no quiere vivir, ¿qué va a hacer si está muerta? La nada es la nada; es mejor vivir.

Ven a casa, Harry, dijo. Aquí hace frío. Si sigues con los pies en el agua pillarás un resfriado.

Harry permaneció inmóvil en el agua y, al cabo de un rato, el padre se marchó. Cuando se alejaba, el viento le arrancó el sombrero de la cabeza y éste salió rodando por la arena. Leo se quedó quieto mirando cómo se alejaba.

Mi padre escucha en el pasillo. Me sigue por la calle. Nos encontramos a la orilla del mar.

Corre detrás de su sombrero.

Publicado en Cuentos

En memoria de Paulina, de Adolfo Bioy Casares

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. «Nuestras» en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, Con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó –Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte–, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central procedía del probable sofisma: si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un esteroscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

–Vuelva mañana por la tarde–le dije–. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

–Le seré franco–me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín–. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

–Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

–Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

–Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

–Yo también te acompañaré–respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

–Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita. Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Muller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

–Estás cambiada.

–Si–respondió–. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

–Gracias–contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

–Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados.

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

–Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

–Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

–¿Quién?–pregunté.

En seguida temí–como si nada hubiera ocurrido–que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

–Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

–¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa Verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco.

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

–Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran–si no para mí, para un testigo imaginario–una intención desleal, agregó rápidamente:

–Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

–Buscaré un taxímetro –dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

–Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo–seis meses por lo menos–yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

–¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

–Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de un afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café, abrí, distraídamente.

Luego–ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve–Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación. Cuando me pidió que la tomara de la mano («¡La mano!», me dijo. «¡Ahora!») me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia–que era el mundo entero surgiendo, nuevamente–como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

–Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: «Ha refrescado. Fue un simple chaparrón». La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara… De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo –Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado– y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. E1 rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde –Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo– y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. «Si no me duermo pronto», pensé, «mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina».

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.
Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entre vi un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

–¿Dónde vive Montero?–le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

–Montero está preso–contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

–¿Cómo? ¿Lo ignoras?

lmaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

–¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

–Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

–Nada–contestó Morgan, con cierta vivacidad–. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

–¿Sabe que murió la señorita Paulina?

–¿Cómo no voy a saberlo?–respondió–. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

–¿Le ocurre algo?–dijo, acercándose mucho–. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: «Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación –una equivocación atroz– y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino». Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: «Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano». Luego me dije: «Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte».

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste cuando me pregunté –mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó–si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Estos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones–¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?–la mató a la madrugada.

Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue un a proyección de la horrenda fantasía de Montero++. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina –en la víspera de mi viaje– no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, por que Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano –en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas– obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

Publicado en Cuentos

La leyenda del rey mono

Lejos, muy lejos, en Oriente, en una isla en el centro del Gran Mar, está la Montaña de las Flores y las Frutas. Y en esa montaña hay una alta roca. Pues bien, esta roca había absorbido desde el inicio del mundo todo el poder secreto del cielo, de la tierra, del sol y de la luna, y este le proporcionaba una capacidad de creación sobrenatural. Un día la roca estalló y de ella salió un huevo de piedra. Y de este huevo de piedra surgió de manera mágica un mono también de piedra. Cuando rompió la cáscara, el mono de piedra se balanceó hacia todos los lados. Después aprendió a caminar y saltar, y sus ojos proyectaron dos haces de un resplandor dorado sobre el más alto de los castillos del cielo. El Gobernante del Cielo se asustó y decidió enviar a dos de sus espíritus, Ojo Kilométrico y Buen Oído, para que descubrieran qué había pasado. Los dos espíritus regresaron e informaron de lo siguiente: «Son los ojos del mono de piedra que nació del huevo que salió de la roca mágica los que proyectan los rayos. No hay razón para inquietarse».

El mono creció poco a poco; corría y saltaba, bebía de los manantiales de los valles, comía flores y frutas y se pasaba el tiempo jugando sin restricciones.

Un día de verano, buscando un lugar fresco junto a otros monos de la isla, fue al valle a bañarse. Allí había una cascada que caía desde un alto acantilado. Los simios se dijeron unos a otros:

—Quien atraviese la cascada sin sufrir heridas será nuestro rey.

El mono de piedra saltó de alegría y exclamó:

—¡Yo lo haré!

A continuación cerró los ojos, se inclinó y saltó a través del bramido y la espuma de las aguas. Cuando abrió los ojos de nuevo vio un puente de hierro que la cascada escondía del mundo exterior como si fuera una cortina.

En la entrada había una tablilla de piedra con las siguientes palabras grabadas: «Esta es la cueva celestial tras la cortina de agua de la sagrada Isla de las Flores y las Frutas». Lleno de alegría, el mono de piedra atravesó de nuevo la cascada y contó al resto de simios lo que había encontrado. Estos recibieron la noticia con gran satisfacción y pidieron al mono de piedra que los llevara hasta allí, así que la tribu de monos atravesó el agua sobre el puente de hierro y se agrupó en la cueva, donde encontraron un fogón con gran variedad de ollas, tazas y platos. Pero todos estaban hechos de piedra. Entonces los simios rindieron tributo al mono de piedra, lo nombraron rey y le concedieron el nombre de Apuesto Rey Mono. Este señaló a Cola Larga, Cola Anillada y otros como sus oficiales y consejeros, sirvientes y criados. De este modo, todos vivían felices en la montaña y por la noche dormían en la cueva-castillo, lejos de los pájaros y las bestias, donde su rey disfrutaba de una dicha imperturbada. Así pasaron trescientos años.

Un día, cuando el Rey Mono almorzaba alegremente con sus súbditos, de repente empezó a llorar. Asustados, los monos le preguntaron por qué estaba triste de repente, en mitad de aquella dicha.

—Es cierto que no estamos sujetos a la ley y al gobierno del hombre, que los pájaros y las bestias no se atreven a atacarnos, pero poco a poco nos hacemos viejos y débiles y algún día nos llegará la hora en la que la Muerte, el Anciano, nos llevará. ¡Nos iremos en un momento y dejaremos de vivir en la tierra!

Cuando los monos oyeron aquellas palabras, escondieron sus rostros y sollozaron. Pero un mono anciano, cuyos brazos estaban conectados de tal modo que podía añadir la longitud de uno al otro, dio un paso adelante.

—¡Que hayas pensado en eso, Majestad, es muestra de que el deseo de la búsqueda de la verdad ha surgido en ti! Entre todas las criaturas vivas solo hay tres que están más allá del poder de la Muerte: los budas, los espíritus sagrados y los dioses. Solo quien alcance uno de esos tres grados escapará de la línea de la reencarnación y vivirá tanto como el mismo cielo.

—¿Dónde viven esos tres tipos de seres? —preguntó el Rey Mono.

—Viven en las cuevas y en las montañas sagradas del vasto mundo de los mortales —contestó el viejo simio.

Cuando oyó esto, el rey quedó satisfecho y dijo a sus monos que iba a buscar a los dioses y espíritus sagrados para aprender de ellos el camino a la inmortalidad. Los monos recogieron melocotones y otras frutas y trajeron vino dulce para celebrar un banquete de despedida y divertirse todos juntos.

A la mañana siguiente, el Apuesto Rey Mono se levantó muy temprano, construyó una balsa de pino y buscó una caña de bambú para usarla como pértiga. A continuación subió a la balsa y atravesó el Gran Mar. El viento y las olas eran favorables, y así llegó a Asia, donde atracó. En la playa se encontró con un pescador. De inmediato se acercó a él, lo dejó sin sentido, le quitó la ropa y se la puso. Después visitó todos los lugares famosos, todos los mercados, todas las ciudades; aprendió a comportarse adecuadamente y a hablar y actuar como un humano bien educado. Estaba decidido a aprender las enseñanzas de los budas, los espíritus sagrados y los dioses, pero a la gente de la región en la que se encontraba solo le preocupaban las distinciones y las riquezas. A nadie parecía importarle la vida. De este modo pasaron nueve años sin darse cuenta. Entonces fue a la playa del Mar del Oeste y pensó: «¡No hay duda de que habrá dioses y sabios al otro lado del mar!». Así que construyó otra balsa, navegó por el Mar del Oeste y llegó a la tierra de occidente. Allí dejó su balsa a la deriva y bajó a tierra. Después de buscar durante muchos días, encontró una alta montaña con tranquilos y profundos valles. Mientras se dirigía allí, oyó a un hombre cantando en el bosque; pensó que era un espíritu quien cantaba, de modo que se apresuró para descubrir al responsable y se encontró con un leñador que trabajaba. El Rey Mono se inclinó ante él y le dijo:

—Venerable y divino señor, ¡me postro a tus pies!

—Solo soy un obrero, ¿por qué me llamas divino señor? —replicó el leñador.

—Pero, si no eres un dios, ¿por qué cantas esa canción divina?

El leñador se rio.

—Veo que entiendes de música. La canción que estaba cantando me la enseñó un sabio.

—Si conoces a un sabio —le dijo el Rey Mono—, seguramente no vivirá lejos de aquí. Te suplico que me muestres el camino a su morada.

—No está lejos de aquí. Esta montaña es conocida como la Montaña del Corazón. En ella hay una cueva donde mora un sabio al que llamamos «El Que Discierne». El número de discípulos que han obtenido el conocimiento gracias a él es impresionante. Todavía tiene treinta o cuarenta discípulos con él. Solo tienes que seguir este camino que conduce al sur, es imposible que no veas su casa.

El Rey Mono dio las gracias al leñador y se dirigió a la cueva que le había descrito. La puerta estaba cerrada y no se atrevió a llamar, así que saltó a un pino, cogió tres piñas y devoró sus piñones. Poco después abrió la puerta uno de los discípulos del sabio.

—¿Qué bestia es la que hace tanto ruido? —preguntó.

El Rey Mono saltó del árbol, hizo una reverencia y contestó:

—He venido a buscar la verdad, pero no me he atrevido a llamar.

—Nuestro señor está meditando y me ha pedido que deje entrar al buscador de la verdad que está al otro lado de la puerta. Aquí estás. Bueno, ¡puedes entrar conmigo!

El Rey Mono se arregló la ropa, se enderezó el sombrero y entró. Un largo pasillo conducía, junto a magníficos edificios y tranquilas chozas, a la silla de mármol blanco donde el señor estaba sentado. A derecha e izquierda estaban sus discípulos, listos para servirlo. El Rey Mono se lanzó al suelo y saludó al señor humildemente. En respuesta a sus preguntas, le contó cómo había encontrado el camino hasta allí. Y, cuando le preguntó su nombre, le dijo:

—No tengo nombre. Soy el mono que salió de la piedra.

—Entonces yo te daré un nombre. Te llamarás Sun Wukong[1] —le dijo el maestro.

El Rey Mono le dio las gracias, dichoso, y a partir de entonces se llamó Sun Wukong. El maestro ordenó al más antiguo de sus discípulos que le enseñara a barrer y a limpiar, a entrar y salir, a tener buenos modales, a labrar el campo y regar el huerto. Con el tiempo aprendió a escribir, a quemar incienso y a leer los sutras. Y de este modo pasaron seis o siete años.

Un día, el maestro subió al estrado desde el que enseñaba y comenzó a hablar sobre la gran verdad. Sun Wukong comprendió el significado oculto de sus palabras y empezó a saltar y a bailar de alegría.

—Sun Wukong, ¿todavía no has abandonado tu naturaleza salvaje? —lo reprendió el maestro—. ¿Qué pretendes comportándote de un modo tan inadecuado?

—Estaba escuchándote atentamente y el significado de tus palabras se ha desvelado ante mi corazón —contestó Sun Wukong con una reverencia—. He empezado a bailar de alegría sin pensar. No estaba cediendo a mi naturaleza salvaje.

—Si tu espíritu ha despertado de verdad, te anunciaré la gran verdad. Pero hay trescientos sesenta modos en los que puede alcanzarse esa verdad. ¿De qué modo quieres que lo haga? —le preguntó el maestro.

—¡Como desees, señor!

—¿Debería enseñártelo a través de la magia?

—¿Qué enseña la magia? —le preguntó Sun Wukong.

—Enseña a elevar el espíritu, a preguntar a los oráculos y a predecir la fortuna y la desgracia.

—¿Es posible conseguir la vida eterna con ella?

—No —le respondió el maestro.

—Entonces no lo aprenderé así.

—¿Debería enseñártelo a través de las ciencias?

—¿Qué son las ciencias?

—Son las nueve escuelas de las tres religiones. Aprenderás a leer los libros sagrados, a pronunciar hechizos, a conversar con los dioses y a invocar a los espíritus.

—¿Puede obtenerse la vida eterna a través de ellas?

—No.

—Entonces no las aprenderé.

—El método del reposo es muy bueno.

—¿Cuál es el método del reposo?

—Enseña a vivir sin alimento, a permanecer inmóvil en muda pureza y a perderse en la meditación.

—¿Es posible obtener así la vida eterna?

—No.

—Entonces no lo aprenderé.

—El método de los actos es también bueno.

—¿Qué enseña?

—Enseña a equilibrar las energías vitales, a practicar ejercicio físico, a preparar el elixir de la vida y a contener el aliento.

—¿Me dará la vida eterna?

—No lo creo.

—¡Entonces no lo aprenderé! ¡No lo aprenderé!

El maestro fingió haberse enfadado, bajó de su estrado, agarró su bastón y exclamó:

—¡Vaya simio! ¡No quiere aprender esto, no quiere aprender lo otro! ¿Qué esperas aprender, entonces?

Y le propinó tres golpes en la cabeza. Se retiró a sus aposentos y cerró la gran puerta a su espalda.

Los discípulos estaban muy nerviosos y abrumaron a Sun Wukong con sus reproches. Aun así, el mono no les prestó atención; sonrió para sí mismo sin decir nada porque había comprendido el acertijo que el maestro le había dado para resolver. Y en su corazón pensó: «Que me haya golpeado la cabeza tres veces significa que tengo que estar preparado en la tercera guardia de la noche. Su retirada, cerrando la puerta a su espalda, significa que tengo que entrar por la puerta trasera, ya que me revelará la gran verdad en secreto». Por tanto, esperó hasta el anochecer y fingió echarse a dormir con el resto de discípulos. Pero, cuando llegó la tercera guardia de la noche, se levantó sin hacer ruido y se escabulló hasta la puerta trasera, que estaba entreabierta. Entró y se detuvo ante la cama del maestro. Este estaba durmiendo de cara a la pared y el mono no se atrevía a despertarlo, así que se arrodilló delante de la cama. Después de un rato, el maestro se giró y murmuró una estrofa para sí mismo:

«Una dura y difícil labor, explicar la lección de la verdad. Uno habla hasta quedarse sordo, mudo y ciego, a menos que la encuentre el hombre correcto».

Entonces, Sun Wukong contestó:

—¡Estoy aquí, esperando reverencialmente!

El maestro se puso la ropa, se sentó en la cama y dijo con aspereza:

—¡Maldito mono! ¿Por qué no estás dormido? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tú me indicaste ayer que debía venir a verte por la puerta trasera, en la tercera guardia de la noche, para instruirme en el conocimiento de la verdad. Por eso me he aventurado a venir. Si me enseñaras, te estaría eternamente agradecido.

«En la cabeza de este mono hay sin duda inteligencia, pues me entendió a la perfección», pensó el maestro. Y entonces contestó:

—Sun Wukong, ¡así será! Hablaré sin reservas contigo. Acércate a mí y te enseñaré el camino a la vida eterna.

Dicho esto, le murmuró al oído un hechizo divino, mágico, para potenciar la concentración de sus poderes vitales, y le explicó el conocimiento secreto palabra por palabra. Sun Wukong escuchó con gran atención y lo aprendió en poco tiempo. A continuación dio las gracias a su profesor, salió y se tumbó a dormir. Desde aquel momento, practicó el modo correcto de respirar, de proteger su alma y su espíritu y de colmar los instintos naturales de su corazón. Y mientras lo hacía pasaron tres años más. Después su misión terminó.

Un día, el maestro le dijo:

—Tres grandes peligros te amenazan. Todos aquellos que desean llevar a cabo algo extraordinario están expuestos a ellos, porque les persigue la envidia de los demonios y los espíritus. Y solo aquellos que consiguen superar estos tres grandes peligros viven tanto como los cielos.

Entonces Sun Wukong se asustó.

—¿Hay algún modo de protegerse de esos peligros?

El maestro volvió a murmurar un hechizo secreto en su oído y con él obtuvo el poder de transformarse setenta y dos veces.

Y cuando no habían pasado más de un par de días, Sun Wukong ya había aprendido ese arte.

Un día, el maestro estaba caminando ante la cueva en compañía de sus discípulos. Llamó a Sun Wukong y le preguntó:

—¿Qué progresos has hecho en tu aprendizaje? ¿Ya puedes volar?

—Sí, ya puedo —respondió el mono.

—Entonces deja que te vea hacerlo.

El mono saltó hasta una altura de un metro y medio o dos. Unas nubes se formaron bajo sus pies y caminó sobre ellas durante varios cientos de metros. Después se vio obligado a bajar a la tierra de nuevo.

—Yo llamo a eso gatear sobre las nubes, no flotar sobre ellas como hacen los dioses y los sabios que vuelan por todo el mundo en un solo día. Te enseñaré el hechizo mágico para dar volteretas sobre las nubes. Con cada una de estas volteretas avanzarás treinta mil kilómetros.

Sun Wukong le dio las gracias, lleno de alegría, y desde entonces pudo moverse sin límites de espacio.

Un día, el Rey Mono estaba sentado junto al resto de discípulos bajo el pino que había ante la puerta, discutiendo los secretos de las enseñanzas. Al final, los discípulos le pidieron que les enseñara algunos de sus poderes de transformación. Sun Wukong no fue capaz de mantener el secreto y accedió.

—¡Pedidme lo que sea! —dijo con una sonrisa—. ¿En qué os gustaría que me transformara?

—Conviértete en un pino.

Así que Sun Wukong murmuró un hechizo mágico, giró… Y ante sus ojos apareció un pino. Todos rieron a carcajadas. El maestro escuchó el alboroto y salió a la puerta arrastrando su bastón.

—¿Por qué hacéis tanto ruido? —les preguntó con brusquedad.

—Sun Wukong se ha transformado en un pino y eso nos ha hecho reír —le respondieron.

—¡Sun Wukong, ven aquí! —gritó el maestro—. Explícame de qué va todo esto. ¿Por qué te has transformado en un pino? ¿Es que todo el esfuerzo que has hecho no significa nada para ti? Es irrespetuoso que uses tu conocimiento para entretener a tus compañeros con trucos de magia. Eso demuestra que tu corazón todavía no está bajo control.

Sun Wukong le pidió perdón humildemente, pero el maestro le dijo:

—No te deseo nada malo, pero debes marcharte.

—¿A dónde iré? —le preguntó el Rey Mono con lágrimas en los ojos.

—Deberías volver al lugar del que provienes —dijo el maestro. Y cuando el triste Sun Wukong se despidió de él, lo amenazó—: Tu naturaleza salvaje es un imán para el mal. No debes decirle a nadie que has sido mi pupilo. Si se te escapa una sola palabra al respecto, buscaré tu alma y la encerraré en el infierno más profundo para que no puedas escapar en un millar de eternidades.

—¡No diré una sola palabra! —contestó Sun Wukong—. ¡No diré una sola palabra!

Le dio las gracias una vez más por su amabilidad, hizo una voltereta y subió a las nubes.

En menos de una hora había atravesado los mares y la Montaña de las Flores y las Frutas estaba ante sus ojos. Entonces se sintió feliz, en casa de nuevo. Dejó que su nube bajara a la tierra y exclamó:

—¡Aquí estoy de nuevo, niños!

Y, de inmediato salieron sus monos, del valle, de detrás de las rocas, de la hierba y de entre los árboles. Llegaron corriendo por miles, lo rodearon, le dieron la bienvenida y le preguntaron por sus aventuras.

—Ahora he encontrado el camino a la vida eterna y ya no tengo que temer a la Anciana Muerte —les dijo Sun Wukong.

Sus simios se alegraron mucho y lo agasajaron con flores y frutas, con melocotones y vino. Y una vez más nombraron a Sun Wukong como el Apuesto Rey Mono.

Sun Wukong reunió a los monos a su alrededor y les preguntó cómo les había ido en su ausencia.

—¡Menos mal que has regresado, gran rey! —le dijeron—. No hace mucho vino aquí un demonio que quería hacerse con nuestra cueva por la fuerza. Luchamos con él, pero se llevó a muchos de nuestros niños y probablemente regrese pronto.

Sun Wukong se enfadó mucho.

—¿Qué demonio es el que se atreve a ser tan insolente?

—El Rey Demonio del Caos —le respondieron los monos—. Vive en el norte, quien sabe a cuántos kilómetros de distancia. Lo vimos llegar entre nubes y niebla y se marchó del mismo modo.

—Esperad, ¡iré a verlo! —dijo Sun Wukong. Y, dicho esto, dio una voltereta y desapareció sin dejar rastro.

En el lejano norte se eleva una alta montaña en cuya ladera había una cueva con una inscripción: «La cueva de los riñones». Ante la puerta danzaban unos diablillos a los que Sun Wukong gritó bruscamente:

—¡Rápido, decid a vuestro Rey Diablo que será mejor que me devuelva a mis niños!

Los pequeños demonios se asustaron y entregaron el mensaje en la cueva. Entonces el Rey Diablo buscó su espada y salió, pero era tan grande y ancho que ni siquiera podía ver a Sun Wukong. Estaba cubierto de la cabeza a los pies por una armadura negra y su rostro era tan negro como el fondo de una caldera.

—Maldito diablo —le gritó Sun Wukong—, ¿dónde tienes los ojos, que no puedes ver al venerable Rey Mono?

Entonces el diablo miró al suelo y vio a un mono de piedra ante él; llevaba la cabeza descubierta, un traje rojo con fajín amarillo y botas negras.

—No mides ni un metro y medio de alto, tienes menos de treinta años y vas desarmado, pero aun así te atreves a causar un alboroto —dijo el Rey Diablo, riéndose.

—No soy demasiado pequeño para ti, pues puedo cambiar de tamaño a voluntad. Te burlas porque no tengo armas, pero mis puños podrían desgranar los cielos.

Dicho eso se detuvo, apretó los puños y empezó a dar una paliza al demonio. Su enemigo era grande y torpe, pero Sun Wukong saltaba con agilidad. Lo golpeó entre las costillas, cada vez más rápido y furioso. Desesperado, el demonio levantó su espada e intentó golpear al mono en la cabeza, pero este evitó el golpe y utilizó sus poderes mágicos de transformación. Se arrancó un cabello, se lo metió en la boca, lo masticó, escupió al aire y dijo:

—¡Transfórmate!

Y de inmediato el cabello se convirtió en cientos de pequeños monos que empezaron a atacar al diablo. Sun Wukong, todo sea dicho, tenía ochenta y cuatro mil pelos en su cuerpo, y todos podían transformarse. Los pequeños monos de astutos ojillos saltaban alrededor con la mayor rapidez. Rodearon al Rey Demonio, le rasgaron la ropa y tiraron de sus piernas hasta que terminó en el suelo. Entonces Sun Wukong se subió encima, le quitó la espada de la mano y le dio muerte. Después de eso entró en la cueva y liberó a las crías de mono cautivas. Los vellos transformados regresaron a él. Prendió fuego a la caverna maligna, reunió a los liberados y volvió con ellos a su cueva en la Montaña de las Flores y las Frutas, donde el resto de simios lo recibieron con alegría.

Después de que Sun Wukong obtuviera la espada del Rey Demonio, entrenó a sus monos cada día. Tenían espadas de madera y lanzas de bambú, y tocaban música marcial con flautas de junco. Les hizo construir un campamento para que estuvieran preparados para cualquier peligro. De repente, a Sun Wukong se le ocurrió una idea: «Si seguimos así, quizá incitemos a algún rey humano o animal a luchar con nosotros, ¡y no seremos capaces de hacerle frente con espadas de madera y lanzas de bambú!». De modo que preguntó a sus monos:

—¿Qué deberíamos hacer?

Cuatro babuinos dieron un paso adelante y contestaron:

—En la capital del Imperio de Aulai hay un sinfín de guerreros. Y también hay artesanos del cobre y del acero. ¿Qué te parece si compramos acero y hierro y pedimos a esos herreros que nos forjen armas?

Con una voltereta, Sun Wukong llegó al foso de la ciudad. «Tardaría mucho tiempo en comprar las armas. En lugar de eso, usaré la magia para conseguirlas», se dijo. Sopló el suelo y se levantó un tremendo vendaval, arrastrando arena y piedras, que provocó que todos los soldados de la ciudad huyeran aterrados. Sun Wukong entró entonces en la armería, se arrancó uno de sus vellos, lo convirtió en miles de pequeños monitos, se hizo con todo el arsenal de armas y voló de vuelta a casa en una nube.

Después reunió a sus simios y los contó: en total eran setenta y siete mil. Armados, se hicieron con toda la montaña y con todas las bestias mágicas y príncipes que vivían en ella. Y estos salieron de las setenta y dos cuevas y nombraron a Sun Wukong su líder.

Un día, el Rey Mono dijo:

—Ahora todos vosotros tenéis armas; pero esta espada que arrebaté al Rey Demonio es demasiado ligera, ya no es adecuada para mí. ¿Qué debería hacer?

Entonces los cuatro babuinos dieron un paso adelante y dijeron:

—En vista de tus poderes mágicos, oh, rey, no encontrarás un arma adecuada para ti en toda la tierra. ¿Puedes caminar sobre las aguas?

—Todos los elementos se someten a mí y no hay lugar en el mundo a donde no pueda ir —les respondió el Rey Mono.

—El agua de nuestra cueva fluye desde el Gran Mar hasta el castillo del Rey Dragón de los Mares Orientales. Si tus poderes mágicos lo hacen posible, podrías ir a ver al Rey Dragón para pedirle un arma.

Esto le pareció bien. Saltó sobre el puente de hierro y murmuró un hechizo. A continuación se lanzó sobre las olas, que se separaron ante él y fluyeron hasta llegar al Palacio del Agua Cristalina. Allí se encontró con un tritón que le preguntó quién era. Sun Wukong mencionó su nombre y añadió:

—Soy el vecino más cercano del Rey Dragón y he venido a visitarlo.

El tritón llevó el mensaje al castillo y el Rey Dragón de los Mares Orientales salió rápidamente a recibirlo. Le pidió que se sentara y le sirvió té.

—He aprendido el conocimiento oculto y he obtenido los poderes de la inmortalidad. He entrenado a mis simios en el arte de la guerra para proteger nuestra montaña, pero no tengo ningún arma para mí, de modo que he venido a pedirte una prestada.

El Rey Dragón hizo que el General Rodaballo le llevara una gran lanza. Pero Sun Wukong no estaba satisfecho con ella. Entonces, el rey ordenó que el Capitán General Anguila le llevara un tridente de nueve púas que pesaba mil seiscientos kilos. Pero Sun Wukong la sopesó en su mano y dijo:

—¡Demasiado ligero! ¡Demasiado ligero! ¡Demasiado ligero!

Entonces el Rey Dragón se asustó y pidió que le llevaran el arma más pesada de su armería. Esta pesaba tres mil doscientos kilos, pero todavía era demasiado ligera para Sun Wukong. El Rey Dragón le aseguró que no tenía nada más pesado, pero el Rey Mono no se rindió.

—¡Mira por ahí, seguro que tienes algo!

Al final, la Reina Dragón y su hija salieron y dijeron al Rey Dragón:

—Este mono es un maleducado. La gran vara de hierro sigue seguramente aquí, en nuestro mar, y no hace mucho brillaba con un resplandor rojo; es probable que sea una señal de que ha llegado el momento de que se la lleven.

—Pero esa es la vara que el Gran Yu usó cuando ordenó las aguas y determinó la profundidad de los mares y ríos. No puede llevársela —dijo el Rey Dragón.

—¡Deja que la vea! Lo que haga con ella después no es asunto nuestro.

Así que el Rey Dragón condujo a Sun Wukong hasta la vara de medir. El resplandor dorado que emitía podía verse a cierta distancia. Era una vara de hierro gigantesca, con abrazaderas doradas a cada lado.

Sun Wukong la levantó usando toda su fuerza.

—Es demasiado pesada; debería ser un poco más corta y fina.

Tan pronto como hubo dicho esto, la vara de hierro se redujo. Probó de nuevo y se dio cuenta de que se volvía más grande o más pequeña según le ordenara. Podía encogerse hasta tener el tamaño de un alfiler. El Rey Mono estaba loco de contento; cuando golpeó el mar con la vara, las olas crecieron hasta la altura de una montaña y el castillo del dragón se movió hasta los cimientos. El Rey Dragón tembló de miedo, y todas sus tortugas, peces y cangrejos escondieron la cabeza.

Sun Wukong se rio.

—¡Muchas gracias por el estupendo regalo! Ahora tengo un arma, es cierto, pero todavía no tengo armadura. En lugar de buscar en otro sitio, creo que tú podrías proporcionarme una cota de malla.

El Rey Dragón le dijo que no tenía ninguna armadura.

—No me marcharé hasta que hayas obtenido una para mí —dijo el simio, y una vez más empezó a agitar su vara.

—¡No me hagas daño! —exclamó el aterrorizado Rey Dragón—. Preguntaré a mis hermanos.

Y entonces hizo que tocaran el tambor de hierro y que golpearan el gong dorado, y en un instante todos los hermanos del Rey Dragón llegaron desde el resto de mares. El Rey Dragón habló con ellos en privado y les dijo:

—¡Este tipo es terrible y no debemos enfadarlo! Se ha llevado la vara de oro y ahora insiste en tener una armadura. Lo mejor que podemos hacer es satisfacerlo de inmediato; más tarde iremos a hablar con el Gobernante del Cielo.

Así que los hermanos le llevaron un traje mágico compuesto por una malla dorada, unas botas mágicas y un casco mágico.

Sun Wukong les dio las gracias y regresó a su cueva. Saludó a los que habían acudido a recibirlo y les mostró la vara con las empuñaduras doradas. Intentaron levantarla del suelo entre todos, pero fue como si una libélula intentara volcar una columna de piedra, o como si una hormiga intentara transportar una gran montaña. No consiguieron moverla un milímetro. Entonces los simios sacaron la lengua.

—Padre, ¿cómo es posible que tú puedas con algo tan pesado?

El Rey Mono les contó el secreto de la vara y les mostró su potencial. A continuación puso orden en su imperio y nombró capitanes a cuatro babuinos. Los siete animales mágicos (el buey, el dragón, el pájaro, el león y los demás) se unieron también a él.

Un día se echó una siesta después de comer. Antes de hacerlo había empequeñecido la vara y se la había metido en la oreja. Mientras dormía, dos hombres se le acercaron en un sueño con una tarjeta en la que ponía: «Sun Wukong». No le dejaron resistirse; lo encadenaron y se llevaron su espíritu. El Rey Mono volvió en sí cuando estaban llegando a una gran ciudad. Sobre las puertas había una tablilla de hierro en la que estaba grabado con letras enormes lo siguiente: «El Inframundo».

De repente lo entendió todo.

—Vaya, ¡esta debe ser la morada de la Muerte! Pero yo escapé hace mucho a su poder, ¿cómo se atreve a traerme aquí?

Cuanto más reflexionaba, más se enfadaba. Se sacó la vara dorada de la oreja, la agitó y dejó que creciera. Hizo papilla a los dos agentes, aplastó sus grilletes e hizo rodar su barra sobre la ciudad. Las diez Princesas de la Muerte estaban muy asustadas. Se inclinaron ante él y le preguntaron:

—¿Quién eres?

—Si no sabéis quién soy, ¿por qué habéis ido a buscarme y me habéis traído a este palacio? —les contestó—. Soy el sabio Sun Wukong, nacido en el cielo, rey de la Montaña de las Flores y las Frutas. ¿Y vosotras quiénes sois? ¡Decidme vuestros nombres, rápido, u os golpearé!

Las diez Princesas de la Muerte le dijeron sus nombres con humildad.

—¡Yo, el Venerable Sol, me he ganado el poder de la vida eterna! —exclamó Sun Wukong—. Rápido, ¡entregadme el Libro de la Vida!

Las jóvenes no se atrevieron a desafiarlo e hicieron que el escriba les llevara el libro. Sun Wukong lo abrió. Bajo el epígrafe «Simios», número 1350, leyó: «Sun Wukong, el mono de piedra nacido en el cielo. Vivirá trescientos veinticuatro años. Después morirá sin enfermedad».

Sun Wukong cogió el pincel de la mesa y tachó a todo el clan de los monos del Libro de la Vida.

—¡Ahora estamos en paz! De ahora en adelante no sufriré más descaros vuestros.

Dicho esto, salió del Inframundo con la ayuda de su vara sin que las diez Princesas de la Muerte se atrevieran a detenerlo, pero más tarde fueron a quejarse ante el Gobernante del Cielo.

Cuando Sun Wukong abandonó la ciudad, resbaló y cayó al suelo. Esto provocó que despertara y se dio cuenta de que había estado soñando. Llamó a sus cuatro babuinos y les dijo:

—¡Espléndido, espléndido! Me llevaron al castillo de la Muerte y causé allí un alboroto considerable. ¡Les obligué a entregarme el Libro de la Vida y taché la hora de la muerte de todos los simios!

Después de eso no murió ningún otro mono de la montaña, porque sus nombres habían sido tachados en el Inframundo.

El Gobernante del Cielo llamó a todos sus siervos a su castillo. Un sabio se adelantó y le presentó la queja del Rey Dragón de los Mares Orientales, y otro le presentó la queja de las diez Princesas de la Muerte. El Gobernante del Cielo miró en sus recuerdos y vio la maleducada y salvaje conducta de Sun Wukong, de modo que ordenó a un dios que bajara a la tierra y lo hiciera prisionero. Sin embargo, la Estrella de la Tarde quiso hablar:

—Ese mono nació de los poderes más puros del cielo, de la tierra, del sol y de la luna. Ha obtenido el conocimiento secreto y ha alcanzado la inmortalidad. Recuerda, oh, señor, tu enorme amor por todo lo que tiene vida, y perdónale su pecado. Emite una orden para que acuda al cielo y ocupe un cargo aquí; de este modo entrará en razón. Después, si de nuevo desobedece tus órdenes, que lo castiguen sin piedad.

El Gobernante del Cielo se mostró de acuerdo, emitió la orden y pidió a la Estrella de la Tarde que se la entregara a Sun Wukong. La Estrella de la Tarde montó en una nube de colores y descendió sobre la Montaña de las Flores y las Frutas.

Se presentó ante el Rey Mono y le dijo:

—El señor ha oído hablar de tus actos y quiere castigarte. Yo soy la Estrella de la Tarde del Cielo Oriental y he hablado en tu favor. Por tanto, me ha ordenado que te lleve conmigo para que ocupes un cargo en el cielo.

Sun Wukong se alegró mucho.

—Había estado pensando en hacer una visita al cielo y, qué casualidad, has venido tú a recogerme, Vieja Estrella. —Entonces llamó a sus cuatro babuinos—: ¡Cuidad bien de nuestra montaña! Voy a subir al cielo para pasar allí un tiempo.

Hizo una nube y se marchó volando, pero con sus volteretas avanzaba tan rápido que la Estrella de la Tarde se quedó atrás. Antes de darse cuenta había llegado a la puerta sur del cielo y estaba a punto de atravesarla. El portero no quería dejarlo entrar, pero no dejó que eso lo detuviera. La Estrella de la Tarde llegó en mitad de la disputa y explicó la situación, y entonces le permitieron atravesar la puerta celestial. Cuando llegó al castillo del Gobernante del Cielo, se presentó ante él sin inclinar la cabeza.

—¿Este tipo con la cara peluda y los labios puntiagudos es Sun Wukong? —preguntó el Gobernante del Cielo.

—¡Sí, yo soy el Venerado Sol! —contestó el Rey Mono.

Todos los siervos del Gobernante del Cielo quedaron estupefactos.

—Este mono salvaje ni siquiera se inclina ante ti y se atreve a llamarse Venerado Sol —le dijeron—. ¡Ese crimen merece un millar de muertes!

—Ha venido desde la tierra y todavía no está acostumbrado a nuestras normas —contestó el Señor—. Lo perdonaremos.

Entonces ordenó que se le diera un cargo.

—No hay ningún puesto vacante, pero se necesita un oficial en los establos —dijo el alguacil de la corte celestial.

Por tanto, el Señor lo nombró capataz de las caballerizas celestiales. Los siervos dijeron a Sun Wukong que debía agradecer la gracia que se le había otorgado.

—¡Gracias por el puesto! —gritó el Rey Mono; tomó posesión de su certificado de nombramiento y se fue a los establos para ocupar su nuevo despacho.

Sun Wukong se ocupaba de su labor con entusiasmo. Los corceles celestiales estaban brillantes y gordos, y los establos estaban llenos de potros jóvenes. Antes de darse cuenta, había pasado medio mes. Entonces, sus amigos del cielo prepararon un banquete en su honor.

Mientras estaban en la mesa, Sun Wukong preguntó casualmente:

—¿Capataz? ¿Qué tipo de título es ese?

—Bueno, es un título oficial —fue la respuesta.

—¿Qué rango tiene?

—No tiene rango alguno —le respondieron.

—Ah —dijo el mono—, ¿es tan alto que supera al resto de dignatarios?

—No, no es alto. No es alto en absoluto —le respondieron sus amigos—. Ni siquiera está incluido en el listado oficial; es un puesto de subordinado. Lo único que tienes que hacer es cuidar de los caballos. Si se ponen gordos, serás bien valorado; pero si enferman o adelgazan, serás castigado de inmediato.

Entonces el Rey Mono se enfadó.

—¿Qué? ¿Me tratan a mí, el Venerable Sol, de un modo tan humillante? En mi montaña era un rey, ¡un padre! ¿Para qué me necesitan aquí, para alimentar a los caballos? ¡No seguiré haciéndolo! ¡No seguiré haciéndolo!

Y ya había volcado la mesa, se había sacado la vara dorada de la oreja, había dejado que se agrandara y se había abierto camino hasta la puerta sur del cielo. Y nadie se atrevió a detenerlo.

Volvió a la isla de su montaña y su clan lo rodeó.

—¡Has estado fuera más de diez años, majestad! —le dijeron—. ¿Por qué no has vuelto con nosotros hasta ahora?

—No he pasado más de diez días en el cielo —les contestó el Rey Mono—. El Gobernante del Cielo no sabe cómo tratar a su gente. Me nombró caballerizo y tuve que alimentar a sus caballos. Estoy tan avergonzado que podría morirme. Pero no me conformé, y ya estoy aquí otra vez.

Sus simios le prepararon de inmediato un banquete para consolarlo. Mientras estaban sentados a la mesa, dos demonios con cuernos llegaron con una túnica imperial amarilla como regalo. El Rey Mono estaba tan contento que se la puso y nombró a los dos demonios líderes de la vanguardia. Estos le dieron las gracias y empezaron a alabarlo:

—Con tu poder y sabiduría, majestad, ¿por qué tienes que servir al Gobernante del Cielo? Lo adecuado sería que te autonombraras Gran Sabio Sosia del Cielo.

El mono se sintió muy complacido.

—¡Bien! ¡Bien! —exclamó.

A continuación ordenó a sus cuatro babuinos que hicieran un estandarte con la inscripción: «Gran Sabio Sosia del Cielo». Y de ese momento en adelante se hizo llamar así.

Cuando el Gobernante del Cielo se enteró de la huida del mono, ordenó a Li Dsing, el dios portador de la pagoda, y a su tercer hijo, Notscha, que le hicieran prisionero. Padre e hijo partieron a la cabeza de un ejército celestial, plantaron campamento ante su cueva y enviaron a un valiente guerrero para que lo desafiara a un combate. Pero Sun Wukong lo derrotó con facilidad y lo obligó a huir mientras le gritaba entre risas:

—¡Menudo fanfarrón! ¡Y dice que es un guerrero del cielo! No te mataré. ¡Huye rápidamente y envíame a alguien mejor!

Cuando Notscha se enteró, él mismo presentó batalla.

—¿Tú de dónde has salido, pequeño? No deberías jugar por aquí, ¡podría pasarte algo! —le dijo Sun Wukong.

—¡Maldito mono! —gritó Notscha—. ¡Soy el príncipe Notscha y me han ordenado que te haga prisionero!

Y, dicho esto, se lanzó sobre Sun Wukong con su espada.

—Muy bien, yo me quedaré aquí sin moverme.

Notscha se enfadó mucho y se convirtió en un dios con tres cabezas y seis brazos en los que llevaba seis armas diferentes. De este modo se lanzó al ataque.

El Rey Mono se rio.

—¡El pequeñín sabe hacer trucos! Pero, oye, ¡espera un momento! Yo también cambiaré de forma.

Y él también se convirtió en una figura con tres cabezas y seis brazos en los que blandía tres varas doradas. Empezaron a luchar y los golpes llovían con tal rapidez que parecía que un millar de armas volaban por el aire. Después de treinta rondas, el combate aún no estaba decidido. Entonces Sun Wukong tuvo una idea. Se arrancó disimuladamente uno de sus cabellos, recuperó su forma normal y dejó que su clon continuara luchando con Notscha. Mientras tanto, él se colocó a su espalda y le dio tal golpe con su vara en el brazo izquierdo que le fallaron las rodillas por el dolor y tuvo que retirarse, derrotado.

—¡Ese demonio de mono es demasiado poderoso! —contó Notscha a su padre Li Dsing—. ¡No he conseguido derrotarlo!

No podían hacer otra cosa más que regresar al cielo y admitir su derrota. El Gobernante del Cielo agachó la cabeza e intentó pensar en otro héroe al que enviar.

Entonces la Estrella de la Tarde se acercó a él de nuevo y le dijo:

—Ese mono es tan fuerte y tan valiente que probablemente ninguno de nosotros es rival para él. Se enfadó porque el oficio de capataz le pareció demasiado bajo. Lo mejor sería mostrarse indulgente, dejar que se salga con la suya y nombrarlo Gran Sabio Sosia del Cielo. Solo tendríamos que darle el título, sin sumarle ningún cargo, y el problema estaría resuelto.

El Gobernante del Cielo se mostró satisfecho con esta sugerencia y, una vez más, envió a la Estrella de la Tarde para que llamara al nuevo sabio a su presencia. Cuando Sun Wukong se enteró de su llegada, exclamó:

—¡El viejo Estrella de la Tarde es un buen tipo!

E hizo que su ejército se alineara para darle la bienvenida. Se puso su túnica ceremonial y fue a recibirlo educadamente.

Entonces la Estrella de la Tarde le contó lo que había ocurrido en el cielo, y que lo habían nombrado Gran Sabio Sosia del Cielo.

—¡Ya has hablado en mi favor antes, Vieja Estrella! —exclamó el Gran Sabio, riéndose—. Y ahora, una vez más, te pones de mi parte. ¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!

Juntos se presentaron ante el Gobernante del Cielo.

—El rango de Gran Sabio Sosia del Cielo es muy alto. Ahora debes dejar de hacer travesuras.

El Gran Sabio le dio las gracias y el Gobernante del Cielo ordenó a dos hábiles arquitectos que construyeran un castillo para Wukong al este del huerto de melocotoneros de la emperatriz. Y lo condujeron hasta allí rodeado de honores.

El Sabio estaba en su elemento. Tenía todo lo que su corazón podía desear y nada por lo que preocuparse. Vivía cómodamente, iba allá donde quería y visitaba a los dioses de vez en cuando. Trataba a los Tres Puros y a los Cuatro Gobernantes con cierto respeto, pero a los dioses planetarios, a los señores de las veintiocho casas de la luna y de los doce signos zodiacales, y al resto de estrellas, los saludaba con un «Hola, ¿qué tal?». Y así pasaba los días, ocioso entre las nubes del cielo. En una ocasión, uno de los sabios dijo al Gobernante del Cielo:

—El Venerado Sol se pasa los días sin hacer nada. Deberíamos evitar que se le ocurra alguna travesura, así que sería mejor que le encargáramos alguna tarea.

El Gobernante del Cielo llamó al Gran Sabio y le dijo:

—Los melocotones de la inmortalidad del huerto de la emperatriz madurarán pronto. Te encargo la tarea de vigilarlos. ¡Cumple tu deber concienzudamente!

Esto alegró al Sabio, que le dio las gracias. Cuando llegó al huerto, los hortelanos y jardineros lo recibieron de rodillas.

—¿Cuántos árboles hay en total? —les preguntó.

—Tres mil seiscientos —contestó un hortelano—. En la primera hilera hay mil doscientos árboles. Tienen flores rojas y pequeñas frutas que maduran cada tres mil años; quien come de ellas obtiene la salud. Los mil doscientos árboles de la hilera central tienen flores dobles y una fruta dulce que madura cada seis mil años; quien come de ella puede flotar en el cielo del amanecer sin envejecer. Los mil doscientos árboles de la última hilera tienen frutas con rayas rojas y huesos pequeños que maduran cada nueve mil años; quien come de su fruta vive eternamente, tanto como el cielo, y permanece intacto durante miles de eones.

El Sabio escuchó todo aquello con placer. Repasó las listas y desde ese momento apareció cada día para supervisar las cosas. La mayor parte de los melocotones de la última hilera estaban ya maduros. Cuando llegaba al huerto, enviaba lejos a los cuidadores con algún pretexto, saltaba a los árboles y se daba un atracón de melocotones.

En aquella época, la Emperatriz Oriental estaba preparando el gran banquete de melocotones con el que acostumbraba a agasajar a todos los dioses del cielo. Envió a las hadas con sus vestidos de siete colores y sus cestas para recoger los melocotones. El hortelano les dijo:

—El huerto está ahora bajo los cuidados del Gran Sabio Sosia del Cielo, así que primero debéis presentaros ante él.

Dicho esto, condujo a las siete hadas al huerto. Allí buscaron al Gran Sabio por todas partes, pero no consiguieron encontrarlo.

—Tenemos órdenes y no debemos demorarnos. Mientras aparece empezaremos a recoger los melocotones —dijeron las hadas. Así que llenaron varias cestas de la primera hilera. En la segunda hilera, los melocotones empezaban a escasear. Y en la tercera hilera solo quedaba un melocotón medio maduro. Tiraron de la rama, lo arrancaron y soltaron la rama de nuevo.

Resultó que el Gran Sabio, que se había convertido en un gusano, estaba echándose la siesta en aquella rama. Cuando lo despertaron tan bruscamente, recuperó su forma habitual, agarró su vara y empezó a perseguir a las hadas.

—Nos ha enviado aquí la emperatriz. ¡No te enfades, Gran Sabio! —exclamaron las hadas.

—¿Y quiénes son todos esos invitados de la emperatriz? —les preguntó.

—Todos los dioses y sabios del cielo, de la tierra y del inframundo.

—¿Me ha invitado también a mí? —les preguntó.

—No que nosotras sepamos —contestaron las hadas.

Entonces el sabio se enfadó y murmuró un hechizo mágico.

—¡Alejaos! ¡Alejaos! ¡Alejaos!

Y con eso expulsó a las hadas de allí. El sabio partió en una nube hacia el palacio de la emperatriz.

De camino, se encontró con el Dios Descalzo y le preguntó:

—¿A dónde vas?

—Al banquete del melocotón —fue la respuesta.

—El Gobernante del Cielo me ha ordenado que diga a todos los dioses y sabios que antes de presentarse ante la emperatriz tienen que acudir al Salón de la Pureza para llevar a cabo una ceremonia —le mintió.

Entonces tomó el aspecto del Dios Descalzo y se marchó al palacio de la emperatriz. Allí bajó de su nube y entró como si tal cosa. La comida estaba lista, pero ninguno de los dioses había llegado todavía. De repente, el Gran Sabio olió el vino del centenar de barriles del preciado néctar que había preparados. Se le hizo la boca agua. Se arrancó un par de cabellos y los convirtió en gusanos del sueño. Estos gusanos reptaron por las fosas nasales de los coperos y todos se quedaron dormidos. De este modo, Sun Wukong disfrutó de las deliciosas viandas sin preocupación; abrió los barriles y bebió hasta quedar aturdido.

—Todo este asunto está empezando a marearme —se dijo a sí mismo—. Será mejor que me marche a casa a dormir un poco.

Y salió del huerto tambaleándose. Por supuesto, se perdió y terminó en la morada de Laotse. Allí recuperó la consciencia. Se arregló la ropa y entró. No había nadie a la vista, porque en aquel momento Laotse y todos sus criados estaban en casa del Dios de la Luz. Como no encontró a nadie, el Gran Sabio entró en el salón privado donde Laotse solía preparar el elixir de la vida. Junto a los fogones había cuatro jícaras llenas de las píldoras de la indestructibilidad que ya habían sido preparadas.

«Hace mucho tiempo que tengo la intención de preparar algunas de estas píldoras. Me viene muy bien encontrarlas aquí», se dijo.

Vertió el contenido de las jícaras y se comió todas las píldoras. Como ya había comido y bebido suficiente, pensó: «¡Oh, oh! La travesura que he hecho no puede ser reparada con facilidad. Si me pillan, mi vida estará en peligro. Creo que lo mejor será bajar a la tierra y seguir siendo rey». Entonces se volvió invisible, viajó hasta la puerta oeste del cielo y regresó a la Montaña de las Flores y las Frutas, donde contó sus aventuras a quienes lo recibieron.

Cuando les habló del néctar de melocotón, sus simios dijeron:

—¿No podrías volver para robar algunas botellas de vino, de modo que nosotros también podamos beberlo y obtener la vida eterna?

El Rey Mono accedió; dio una voltereta, entró en el huerto sin que lo vieran y se llevó cuatro barriles, dos bajo los brazos y dos en las manos. Desapareció con ellos sin dejar rastro y los llevó a su cueva, donde los degustó con sus monos.

Una noche y un día después, las siete hadas a las que el Gran Sabio había expulsado recuperaron su libertad. Recogieron sus cestas y contaron a la emperatriz lo sucedido. Y los coperos también llegaron corriendo e informaron de la destrucción que un desconocido había causado entre los comestibles y bebestibles. La emperatriz fue a quejarse ante el Gobernante del Cielo. Poco después, Laotse también acudió a él para contarle que le habían robado las píldoras de la indestructibilidad. El Dios Descalzo le contó que el Gran Sabio Sosia del Cielo lo había engañado, y del palacio del Gran Sabio llegaron unos siervos para contar que el sabio había desaparecido y que no había ni rastro de él. Entonces el Gobernante del Cielo se asustó.

—¡Todo este lío es sin duda obra de ese mono infernal! —exclamó.

Llamaron a todos los habitantes del cielo, a los dioses de las estrellas, los dioses del tiempo y los dioses de la montaña para atrapar al simio. Li Dsing, una vez más, era el comandante. Inspeccionó la montaña y extendió una red en el cielo y otra en la tierra para que nadie pudiera escapar. A continuación envió a sus hombres más valientes a la batalla. El mono resistió con audacia todos los ataques desde primera hora de la mañana hasta la puesta del sol. Pero, en ese momento, sus seguidores más leales fueron capturados. Eso fue demasiado para él. Se arrancó un cabello y lo convirtió en miles de monos, todos armados con varas de hierro doradas. El ejército celestial fue derrotado y el mono se retiró a su cueva a descansar.

Resultó que Guan Yin también había acudido al banquete de melocotón y había descubierto lo que Sun Wukong había hecho. Cuando fue a visitar al Gobernante del Cielo, Li Dsing acababa de llegar para informar de la gran derrota que había sufrido en la Montaña de las Flores y las Frutas. Entonces Guan Yin dijo al Gobernante del Cielo:

—Puedo recomendarte a un héroe que seguramente derrotará al mono. Se trata de tu nieto, Yang Oerlang. Ha vencido a todos los espíritus de las bestias y las aves, y ha derrotado a los duendes de la hierba y la maleza. Él sabe qué hacer para terminar con esos malvados.

Así que llamaron a Yang Oerlang y Li Dsing lo condujo a su campamento y le preguntó cómo pensaba enfrentarse al simio.

—Creo que le enseñaré mi superioridad cambiando de forma —dijo Yang Oerlang, riéndose—. Será mejor que retiréis la red del cielo para que nada perturbe nuestro combate.

A continuación pidió a Li Dsing que se elevara en el aire con el espejo mágico en la mano, para que, cuando el mono se hiciera invisible, pudiera encontrarlo gracias al artilugio. Cuando todo estuvo preparado, Yang Oerlang se presentó ante la cueva con sus espíritus.

El mono salió y, cuando vio al poderoso héroe con la espada de tres hojas, le preguntó:

—¿Y tú quién eres?

—¡Soy Yang Oerlang, el nieto del Gobernante del Cielo!

—Ah, sí, ¡ya me acuerdo! —dijo el mono, riéndose—. Su hija huyó con un tal Yang y tuvieron un hijo. ¡Ese debes ser tú!

Yang Oerlang se puso furioso y se abalanzó con su lanza. Entonces comenzó una acalorada batalla. Lucharon durante trescientas rondas sin un resultado claro. En ese momento, Yang Oerlang se transformó en un gigante con la cara negra y el pelo rojo.

—No está mal —dijo el mono—, ¡pero yo también puedo hacer eso!

Continuaron luchando de esa forma. Los babuinos estaban muy asustados, pues los espíritus de las bestias y de los planetas comandados por Yang Oerlang los acosaban. Mataron a la mayoría y el resto se escondió. Cuando el Rey Mono lo descubrió, su corazón se llenó de inquietud. Recuperó su forma, agarró su vara y huyó, pero Yang Oerlang lo siguió. El mono convirtió su vara en una aguja, se la metió en la oreja, se transformó en un gorrión y voló hasta la copa de un árbol. Yang Oerlang lo perdió de vista, pero de inmediato se dio cuenta de que se había transformado en un gorrión. Tiró su lanza y su ballesta, se convirtió en un halcón y se lanzó sobre el pajarillo. Pero este último se alzó en el aire como un cormorán. Yang Oerlang agitó su plumaje, se convirtió en una grulla de mar y se elevó entre las nubes para atrapar al cormorán. Este huyó hacia un valle y se sumergió en las aguas de un arroyo disfrazado de pez. Cuando Yang Oerlang llegó al límite del valle, había perdido su rastro.

«Ese mono seguramente se ha convertido en un pez o un cangrejo. Cambiaré de forma yo también para atraparlo», se dijo a sí mismo. Así que se transformó en un águila pescadora y planeó sobre las aguas. Cuando el mono, que estaba en el arroyo, vio el águila, se dio cuenta de inmediato de que era Yang Oerlang. Giró rápidamente y huyó con Yang Oerlang a la zaga. Cuando apenas los separaban unos centímetros, el mono giró, reptó hasta la orilla como una culebra y se escondió entre la hierba. Yang Oerlang, cuando vio la culebra saliendo del agua, se convirtió en un águila y abrió las garras para atrapar a la serpiente. Pero la culebra saltó y se convirtió en el más ruin de los pájaros, un buitre, y se posó en el escarpado borde de un acantilado. Cuando Yang Oerlang vio que el mono se había convertido en una criatura tan despreciable como un buitre, no pudo seguir jugando a cambiar de forma. Reapareció en su forma original, cogió su ballesta y disparó al ave. El buitre cayó del acantilado y a sus pies se transformó en la capilla de un dios rural. Abrió la boca para que fuera la puerta y sus dientes se convirtieron en las dos hojas de la misma, su lengua en la imagen del dios y sus ojos en las ventanas. Con lo único que no sabía qué hacer era con la cola, así que la dejó tiesa a su espalda con forma de asta. Cuando Yang Oerlang llegó al pie de la colina vio la capilla.

—¡Ese mono es tremendo! Pretende atraerme al interior de la capilla para morderme —exclamó, riéndose—. Pero no entraré. Primero romperé las ventanas, y después echaré abajo la puerta.

Cuando el mono escuchó esto, se asustó mucho. Saltó como un tigre y desapareció en el aire sin dejar rastro. Con una única voltereta llegó al templo del propio Yang Oerlang. Allí asumió la forma del dios y entró. Los espíritus que estaban de guardia fueron incapaces de reconocerlo. Lo recibieron con una reverencia y el mono se sentó en el trono del dios y se hizo con las oraciones que llegaron hasta él.

Como Yang Oerlang ya no veía al mono, se acercó a Li Dsing, que estaba en el aire.

—Estaba compitiendo con el mono, cambiando de forma, pero desapareció de repente y no consigo encontrarlo. ¡Echa un vistazo en el espejo!

Li Dsing miró el espejo mágico y se rio.

—El mono se ha convertido en ti y está sentado en tu templo. No deja de hacer travesuras.

Cuando Yang Oerlang se enteró de esto, cogió su lanza de tres púas y se dirigió rápidamente a su templo. Los espíritus guardianes se asustaron y exclamaron:

—Pero, padre, ¡si acabas de entrar! ¿Cómo es que hay dos?

Yang Oerlang no les prestó atención; entró en el templo y apuntó a Sun Wukong con su lanza. El mono recuperó su forma y se rio.

—Joven señor, ¡no te enfades! El dios de este lugar es ahora Sun Wukong.

Sin decir una palabra, Yang Oerlang lo atacó. Sun Wukong sacó su vara y le devolvió los golpes. Salieron juntos del templo, luchando, y envueltos en una neblina llegaron una vez más a la Montaña de las Flores y las Frutas.

Mientras, Guan Yin estaba sentada con Laotse, el Gobernante del Cielo y la emperatriz en el gran salón del cielo, esperando noticias.

—Iré con Laotse a la puerta sur a ver cómo están las cosas —dijo, al ver que no recibían noticia alguna. Y cuando vio que la batalla no llegaba a su fin, preguntó a Laotse—: ¿Por qué no ayudamos un poco a Yang Oerlang? Encerraré a Sun Wukong en mi jarrón.

—Tu jarrón está hecho de porcelana —le contestó Laotse—. Sun Wukong lo destrozaría con su vara de hierro. Pero yo tengo una diadema de diamantes que puede cercar a todas las criaturas vivas. ¡Podríamos usar eso!

Así que lanzó su diadema al aire desde la puerta celestial y golpeó a Sun Wukong con ella en la cabeza. Como estaba en plena batalla, no pudo protegerse del golpe en la frente y resbaló. Se levantó e intentó escapar, pero el perro de Yang Oerlang le mordió la pierna hasta que cayó al suelo. Entonces, Yang Oerlang y sus seguidores lo inmovilizaron con correas y le metieron un gancho en la clavícula para que no pudiera transformarse. Laotse recuperó su diadema de diamante y regresó con Guan Yin al salón del cielo. Sun Wukong fue condenado a la decapitación. Lo llevaron al lugar de la ejecución y lo ataron a un poste. Pero todos los intentos de matarlo con un hacha y una espada, con truenos y rayos, fueron vanos. Ni siquiera conseguían dañarle un pelo de la cabeza.

—No me sorprende —dijo Laotse—. Este mono se ha comido los melocotones de la inmortalidad, se ha bebido el néctar de la vida y también se ha tragado las píldoras de la indestructibilidad. Nada podría dañarlo ahora. Lo mejor será que me lo lleve conmigo y lo meta en mi horno para extraerle el elixir de la vida. Después se convertirá en polvo y cenizas.

Así que abrieron los grilletes de Sun Wukong y Laotse se lo llevó con él, lo metió en el horno y ordenó a su mozo que mantuviera el fuego vivo.

Pero en el borde del horno estaban tallados los símbolos de los ocho elementos. Y, al meterse en el horno, el mono se refugió bajo el signo del viento, de modo que el fuego no pudo dañarlo y el humo solo hizo que le escocieran los ojos. Permaneció dentro del horno siete veces siete días. Entonces, Laotse lo abrió para echar un vistazo. Tan pronto como Sun Wukong vio la luz, no aguantó seguir encerrado y saltó, volcando el horno mágico. Lanzó al suelo a los guardias y a los ayudantes y el propio Laotse, que intentó atraparlo, recibió tal empujón que se quedó con las piernas en el aire, como una cebolla del revés. A continuación Sun Wukong se sacó la vara de la oreja y, sin mirar a dónde golpeaba, lo hizo todo pedazos; los dioses de las estrellas cerraron sus puertas y los guardianes del cielo huyeron. Llegó al castillo del Gobernante del Cielo y el guardián de la puerta, con su látigo de acero, lo detuvo justo a tiempo. Entonces lo rodearon los treinta y seis dioses del trueno, aunque no consiguieron atraparlo.

—Buda sabrá qué hacer con él —dijo el Gobernante del Cielo—. ¡Mandadlo llamar de inmediato!

Así que Buda llegó de occidente con Ananada y Kashiapa, sus discípulos. Cuando descubrió el alboroto, dijo:

—Antes de nada, soltad las armas y traedme al sabio. ¡Quiero hablar con él!

Los dioses se marcharon. Sun Wukong resopló.

—¿Quién eres tú, que te atreves a hablarme?

Buda sonrió.

—He venido desde el sagrado occidente, Shakiamuni Amitofu. ¡Me he enterado del lío que has creado y he venido a domarte!

—Soy el mono de piedra que ha obtenido el conocimiento secreto —dijo Sun Wukong—. Domino las setenta y dos transformaciones y viviré tanto como el mismo cielo. ¿Qué ha hecho el Gobernante del Cielo para merecer el trono eternamente? ¡Que me deje el puesto y estaré satisfecho!

—Eres una bestia que ha obtenido poderes mágicos —contestó Buda con una sonrisa—. ¿Cómo esperas ser el Gobernante del Cielo? Deberías saber que él ha trabajado durante eones para perfeccionar sus virtudes. ¿Cuántos años tendrían que pasar antes de que tú consiguieras la dignidad que él se ha ganado? Y debo preguntarte si hay algo más que puedas hacer, además de trucos de transformación.

—Sé dar volteretas sobre las nubes —dijo Sun Wukong—. Cada una de ellas me lleva a treinta mil kilómetros de distancia. Seguramente eso es suficiente para tener derecho a ser Gobernante del Cielo.

—Hagamos una apuesta —dijo Buda con una sonrisa—. Si puedes dejar mi mano atrás con una de tus volteretas, suplicaré al Gobernante del Cielo que te ceda el puesto. Pero, si no consigues alejarte de mi mano, tendrás que rendirte a mis grilletes.

Sun Wukong se aguantó la risa, porque pensó: «¡Este Buda está loco! Su mano no mide ni treinta centímetros, ¿cómo podría no dejarla atrás?».

—¡Trato hecho! —dijo.

Buda extendió la mano derecha. Parecía una pequeña hoja de loto. Sun Wukong dio un salto y exclamó:

—¡Adelante!

Y empezó a dar volteretas, volando como un torbellino. Y mientras volaba vio cinco columnas altas y rojas que se elevaban hacia el cielo.

Entonces pensó: «¡Es el fin del mundo! Ahora volveré y me convertiré en el Gobernante del Cielo. Pero primero escribiré aquí mi nombre, para demostrar que he estado». Se arrancó un cabello, lo convirtió en un pincel y escribió con grandes letras en la columna central: «El Gran Sabio Sosia del Cielo». Volvió dando volteretas al lugar de donde había partido. Saltó la mano de Buda, riéndose, y exclamó:

—¡Ahora date prisa y ordena al Gobernante del Cielo que deje libre el castillo para mí! He estado en el fin del mundo y he dejado una señal allí.

—¡Mono infame! —le riñó Buda—. ¿Cómo te atreves a afirmar que has dejado atrás mi mano? Echa un vistazo, a ver si no es cierto que «El Gran Sabio Sosia del Cielo» está escrito en mi dedo corazón.

Sun Wukong se asustó mucho, porque de inmediato descubrió que era verdad. Aun así, fingió no estar convencido; dijo que iría a echar otro vistazo e intentó aprovechar la oportunidad para escapar. Buda lo cubrió con la mano, se lo llevó del Cielo y lo encerró en el interior de una montaña que había creado con agua, fuego, madera, tierra y metal. Un hechizo mágico evitaba que escapara de la montaña.

Allí se vio obligado a permanecer cientos de años, hasta que al final se reformó y fue liberado para ayudar al monje del Yangtze Kiang a recuperar las sagradas escrituras de occidente. Nombró al monje como su señor y desde entonces fue conocido como el Peregrino. Guan Yin, que lo había liberado, entregó al monje una diadema dorada. Pidieron a Sun Wukong que se la pusiera y de inmediato se fundió con su carne para que no pudiera quitársela. Y Guan Yin entregó al monje una fórmula mágica para tensar el aro por si el mono se volvía desobediente. Pero, desde ese momento, siempre fue educado y amable.

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Punto y Aparte, de Alberto J. Parra

El resplandor de sus ojos naranja en la noche era lo único que lo delataba. El silencio corría entre los árboles como pensamientos y recuerdos en una mente inquieta. Y sin embargo, allí podía permanecer durante horas, sin molestar a nadie, sin ser molestado.

El claro del bosque se había convertido en un placer secreto para Dalis, apartado a treinta minutos de las afueras de la aldea. Aquellas noches nubladas no lo acompañaba sino la luna llena y el canto de las aves nocturnas. Quería ser capaz de decidirlo, de escoger sus batallas, de estar solo por decisión propia. Le aturdía el estrépito de las calles, desoladas entre conversaciones vanas y rostros desconocidos. Le envenenaban los encuentros casuales, las miradas políticas y las pláticas de cortesía. Esa soledad en compañía, ese doble juego que ahogaba las relaciones y transformaba a sus padres desde el momento en que pisaban el salón.

El bosque era diferente, y había encontrado recientemente su escondite un par de semanas atrás. A veces pensaba que el claro lo había encontrado a él, seduciendo sus sentidos hasta desembocar en una caminata errante en busca de bayas, el sonido del río, y un poco de sosiego. Aquí se sentía a gusto, respiraba a gusto, y podía abrir sus ojos a gusto en la noche, iluminando con ellos las hojas caídas y sin recibir críticas sobre la tonalidad de su brillo. “Acostúmbrate al resplandor cálido, que se convierta en tu firma”, habría sido la firme recomendación de su madre, aunque ella misma rara vez lograba dar con el tono de luz que debía caracterizar a la familia.

La aristocracia de los Portadores de Sombras era tan enigmática para el pueblo como su raza en cuestión lo era para la gente blanca. Sus encuentros lúgubres resonaban como las ocasiones más destacadas dentro de la sociedad. En ellos se consideraban temas de trascendencia, se ampliaban las relaciones entre miembros eméritos, y se dedicaba algún tiempo para el esparcimiento. Para él no eran más que un puñado de sombras en un almacén subterráneo dándose ínfulas de importancia. Aún así debía participar, ensayar el contraste entre la oscuridad de su rostro y el blanco de su sonrisa, modular el brillo de sus ojos por el bien de su familia, para salvaguardar el honor de su padre. Era sencillamente agotador.

-Ojos cálidos, sonrisa brillante, son los dos atributos de una verdadera sombra -instaba constantemente su padre.

-Lo único que te hará destacar en la oscuridad -completaba él entre dientes y con los ojos cerrados, renuente a dar el brazo a torcer.

Pero los encuentros lúgubres eran distintos. No podía mostrar su verdadera oscuridad frente al mayordomo, mucho menos frente a los portadores de aquellas sonrisas envidiables, brillantes como el sol. Eran colores ensayados, lo sabía. Colores de los que nunca se tuvo que preocupar hasta hacía un par de años.

Había estado intentando encontrarse con Rizar días atrás, pero el joven obrero no salía de las minas sino hasta muy entrada la noche, justo mientras tenían lugar aquellos eventos interminables. Ocurría lo mismo una y otra vez entre miembros de distintas clases sociales. La discriminación estaba fuera de lugar, pero los propios hábitos del grueso de la población eran el factor determinante. Dividía a vecinos, a antiguos colegas, a queridos amigos de la infancia. Pero si por lo menos Rizar respondiese a sus recados, si por lo menos tuviesen un encuentro fortuito… diez minutos bastaría.

Dalis suspiró en medio de la noche, sintiendo la brisa del bosque, el aire del claro, y dirigió sus pasos a casa. Un día más, una nueva clase de historia natural, otra noche de sonrisas brillantes y ojos cálidos, y de nuevo su retiro voluntario le daría el coraje para afrontar el amanecer. De vuelta a casa. Teoría del lenguaje. Noche de embajadores. Silencio. Geografía aplicada al encubrimiento. Copas con sir Arian y familia. Silencio. Y entonces llegó el momento.

Cualquier sombra aprovecharía una noche sin encuentros lúgubres para entregarse a aquellos placeres que, dada su sobreabundancia, eran tan poco aprovechados por la aristocracia. No así él, que ahora libre de responsabilidades se dirigió a su encuentro con Rizar.

Un par de toques a la aldaba oxidada y la señora Darah acudió a su encuentro. Sus ojos fríos, su tono poco expresivo. Reprobable, habría dicho su padre.

-Joven Dalis.

-Señora Darah, qué gusto verla -pocas veces emergía de él una sonrisa natural como aquella- ¿Se encuentra Rizar en casa?

Tras una expresión dubitativa, Darah lo invitó a pasar. Vestía una túnica azul claro que se perdió en el interior del recinto mientras Dalis tomaba asiento en esos muebles con un agrio aroma familiar. Escuchó voces durante un par de minutos en lo que parecía una conversación nerviosa y disimulada. Suspiró.

-Dalis

-Rizar -dijo el joven poniéndose de pie- qué bueno verte -de nuevo la sonrisa.

-Ha pasado mucho tiempo

-¿Has recibido mis recados?

-En tiempo y forma. Muchas gracias.

-No te dejan respiro, ¿verdad? Y yo no soporto al profesor de estoicismo. Y ni hablar de esas reuniones.

-Muy buen licor, he escuchado -finalmente algo parecido a un tono afable.

-No lo sé. No tengo punto de comparación. Supongo que está bien.

-Escupirías el que nos sirven a nosotros -dijo casi en tono de reproche. 

-No lo creo.

De la juventud y el tiempo libre sólo quedaba en Rizar una media sonrisa que apenas iluminaba el borde de su tocado. Estaba cansado, débil, o ambas cosas a juzgar por el tono de su piel. Y por un momento Rizar dejó de responder hasta escuchar por segunda, casi tercera vez la voz de Dalis.

-Sí, es que estoy muy agotado.

No era hora de comer y Dalis ya estaba de regreso. No era la primera visita infructuosa ni el primer recado sin contestar. Pero no quería volver. Decidió hacer una breve caminata por los verdes prados de la ciudad, entre las casas de madera que crujían con el viento. Y volvió a jugar, intentando adivinar palabras detrás de los crujidos. Pero ya no era divertido.

Hubiese podido describir muy vagamente cómo se sentía, pero la visita no le había hecho ningún bien. Hubiese preferido ir directamente al claro del bosque. Aquí escogía sus silencios. Aquí no tenía que modular la luz de su mirada. Aquí podía fundir su sombra con la oscuridad de la noche, si es lo que deseaba. Y se fundió con ella. Se enterró profundamente entre las raíces de los árboles. Viajó con el viento sin cortarle el paso. Se fundió con las hojas que caían de las ramas. Hizo eco de cada uno de los sonidos de la noche. Hizo silencio, un silencio suyo, escogido, vibrante, fortalecedor. Un silencio que llenó el claro, detuvo el viento, acalló el batir de los árboles, y puso en pausa la caída de sus hojas. ¿Qué fue eso? Abrió los ojos desconcertado, iluminando nuevamente las hojas de los árboles mientras continuaban su caída.

Durante el resto de la noche y a la mañana siguiente, Dalis se preguntó si aquello había sido sólo una sensación pasajera. Un truco de la percepción. Y transcurrió su clase de estudios del hombre blanco y la reunión social correspondiente entre ensoñaciones y pensamientos. No podía esperar para dirigirse al claro y repetir la experiencia.

Se sentó cómodamente, cerró los ojos e hizo exactamente lo mismo. Una vez, de nuevo. Respiró profundamente, de nuevo. De nuevo. Otra vez. ¿Estaba haciendo algo distinto? ¿Habría sido una ilusión? ¿Había acaso imaginado el viaje con el viento, la caída de las hojas y aquel repentino silencio dentro de los confines del tiempo?

-Entre más empeño le pongas, menos lo lograrás -le dijo una voz que lo sobresaltó.

-¿Quién es? -preguntó Dalis al bosque oscuro, y no recibió respuesta. Se levantó, miró a su alrededor en busca del rastro de un par de ojos o una sonrisa brillante. Nada, nadie. Estaba comenzando a perder la cordura. ¿Era ese el motivo por el que ninguna sombra se adentraba y permanecía en el bosque?

No regresó al claro por varios días, durante los cuales la rutina continuó sin cambios aparentes. Esvástica. Presentación social. Arte de la naturaleza. Gran reunión sombría. Estoicismo. Encuentro con la familia del rector. Pronto se dio cuenta de que faltaba puntuación a su rutina y comenzaba a desgastarse su aguante. Al igual que un texto sin puntos y comas corre desbocado y cae al precipicio, el silencio es lo que da sentido a cada frase, permite que se asiente y prepara para la siguiente aventura. O el siguiente suplicio en aquellas interminables pláticas sobre la mejor cosecha y el exquisito jugo de un arándano en las que todo se transformaba y ya no reconocía la calidez de un lugar seguro, ni siquiera en sus propia familia. Las sonrisas y tonos de luz no bastaban. 

Entonces, una noche libre nuevamente lo volvió a intentar. Esta vez Rizar no salió a su encuentro y Darah regresó al mueble de aroma agrio para comunicarle que el joven estaba dormido. Muchos años después recordaría el olor agrio de los muebles, característico de aquel lugar donde transcurrió y terminó su juventud. Recordaría aquellos ojos de Darah revelando su escaso convencimiento mientras le entregaba el último mensaje de su amigo a un joven que había aprendido a reconocer el lenguaje corporal de la mentira. Con sus palabras había recibido, y finalmente comprendido la respuesta a todos los recados que había estado dejando a lo largo de las semanas. Y teniendo finalmente su respuesta, volvería a escuchar en silencio el crujir de la madera, una vez más, antes de marcharse. No era divertido.

Dicen que Dalis se fundió con la colina, que aún se escucha su voz en la brisa y que al caer las hojas de los árboles se posan en su cuerpo antes de llegar al suelo. Dicen que entre los portadores de las sombras nadie tiene la piel tan oscura como él, y que era capaz de cosas grandiosas hasta que desapareció sin dejar rastro. Dicen que los niños lo buscan en el bosque, y que las historias que esparcen de él no son más que leyendas. Dicen tantas cosas de Dalis, y ni siquiera Rizar pudo confirmar o desmentir ninguna. Lo único que hizo fue recordar el rumor que ellos mismos esparcieron en su juventud tras encontrar en el bosque el brillo naranja de un par de ojos pertenecientes a un anciano sombra a quien la tierra se tragó.

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La ira de Inti, de Fernando Soria

CAPÍTULO I EL NACIMIENTO Hace muchos años, cuando el territorio del actual Perú estaba dominado por los incas y cuando para ellos era inconcebible la llegada de los españoles, vivía una mujer que había perdido a su hombre, dejándola sola ahora en el momento que más lo necesitaba. En su vientre crecía el fruto de su amor, y ella esperaba con ansia reconocer el rostro de su hombre en la cara del niño que iba a nacer. Su gravidez hacía pesados sus movimientos que ya estaban alejados de la agilidad de otros tiempos. Sería un reto para ella tener que criar a su hijo sin ayuda. Su madre la recomendó que buscara otro marido en la tribu, pero ella lo rechazó de pleno, estaba tan enamorada del padre de su futuro hijo que se sentía incapaz de poder dar su cuerpo a otro hombre, cosa que su madre era incapaz de entender esa negativa. Sus días de embarazo llegaban a su fin, las piernas y los pechos hinchados hacían que estuviera contando los días para que se produjera el feliz advenimiento, a pesar de todo no había engordado mucho, a pesar de que las hambres del embarazo no la habían respetado, porque no había tenido la oportunidad de saciarlas, el poblado estaba hambriento debido al frío y a las malas cosechas que azotaban sus tierras. Hacia algunos días atrás habían llegado gentes de la ciudad fundada por el cuarto Inca, que se ubicaba al otro lado del valle, a saquear lo poco que tenían, pero se defendieron con fiereza evitando el expolio que hubiera supuesto la desaparición de su tribu. Un día Tamaya, sintió ganas de vaciar su vejiga, pero aconteció que se rompió el tapón de su vientre, yendo a buscar con apuro a su madre porque había comenzado el parto. El frío era muy intenso en aquel tiempo, pero a ella no le importaba, jadeaba, exhalando oleadas de vaho que brotaban de su boca. Su dolor se hacía insoportable, pero había estado esperando tanto ese momento con miedo e ilusión, que el inicio del parto resultó un alivio. Sería el fin de nueve meses de vómitos, de pesadez y acidez de estómago. Su vientre estuvo dilatado hasta que pensó que podía estallar, pero en esa noche fría acabaría su gravidez y sería el principio de una nueva realidad, una realidad en la que estaría sólo pendiente de proporcionar cuidados infantiles. Estaba ya con contracciones que se hacían cada vez más potentes y continúas, desgarrando sus entrañas por la cercanía del alumbramiento, empapada en sudor, a pesar del frío, manó de su garganta un grito que se combinó con el pueril llanto del recién nacido que ya sostenía Asiri, su madre. Fue un momento de relajación y de alegría como nunca había experimentado, pero al cabo de un minuto empezó de nuevo a tener contracciones, no sabía que era lo que estaba pasando, las contracciones cada vez más seguidas, que le ocasionaron dolor que la hizo gritar solapándose con el llanto agudo del niño que ya había nacido. Y de pronto surgió de su garganta otro grito ensordecedor, su madre le dijo: — No te preocupes, debe ser que estas expulsando los restos del parto. Pero el dolor no cedió volviendo las contracciones rítmicas, entonces agarró con fuerza la mano de su madre, percatándose de que el parto no había acabado. — Sé que estas cansada, pero debes apretar, ¡Empuja! Se sucedieron minutos de sufrimiento y de dolor, pero otro grito desgarrador inundó aquella pequeña casa de piedra donde habitaba, hasta que el llanto de otro retoño resonó en la única habitación de aquella casa de techo de paja. Jamás pensó que el fruto de su embarazo pudieran ser gemelos, no era nada frecuente en su tribu, ni los más ancianos recordaban un parto múltiple. Pero no era una buena noticia, era otra boca más que alimentar en esa época de sequía y frío, su tribu estaba asustada, pensaban que Inti y la madre tierra Pachamama, estaban enfadados. Apenas había cosechas y las que había eran mínimas, estando la mayoría del maíz que podían recolectar dañado. Era una época de hambruna para aquella tribu que vivía frente al gran volcán, dónde creían que habitaba el dios principal de la zona, el cual se encargaba de hacer que las cosechas estuvieran siempre dispuestas, él siempre estaría pendiente de que su pueblo no pasara hambre. Era el Apu Misti un enorme volcán que dominaba la meseta con más de cinco mil metros de altura se erguía con majestuosidad y viéndose desde todo el valle, su dios protector era fuerte imponente, rugiendo o con cierta periodicidad y liberando un irrespirable humo blanquecino. El jefe Chikán estaba convencido de que el Apu rugiría enfadado, por la influencia del dios solar Inti, porque hacía meses que la tribu no veía el sol. Necesitaban una señal, algo que, de alguna manera, manifestara la ira de Inti con su pueblo. Asiri una vez que asistió al parto de sus nietos fue contenta a comunicar a Chikán, el advenimiento de su descendencia: — Jefe Chikán, mi hija Tamaya ha tenido a sus hijos, son gemelos. — ¡Que grata noticia!, dijo sorprendido el jefe, aunque no es buen momento de alimentar a una boca más. — De momento se alimentarán de la leche de su madre, pero seguro que cuando ingieran comida ya habrá pasado la hambruna. — Ojalá sea así, estoy preocupado por el futuro de nuestro pueblo. Acude a atenderla, te necesita ahora. Asiri una vez había avisado al jefe regresó la morada de su hija, y la halló amamantando a sus hijos, con la felicidad que sólo una madre puede sentir: — Ojalá pudiera verlos su padre, estaría entusiasmado contemplando cómo comen. El padre de los niños murió accidentalmente hace unos meses, dejando sola a Tamaya, que hallaba el consuelo de Asiri, y observándola mientras aseaba a los niños pensó menos mal que mi madre cuida de nosotros. Después de dar el pecho a sus hijos, se quedó dormida por el cansancio del parto. Cuando despertó el chamán estaba frente a ella, observando detenidamente a los gemelos recién nacidos, llevaba un poncho de alpaca, un collar de conchas y un sombrero de lana del mismo color del poncho: — Hola Tamaya, soy Katari. — No esperaba que vinieras a visitarme. — Estoy muy contento con el nacimiento de tus hijos, pienso que es una señal de la Pachamama, y que sus nacimientos no han sido algo casual. Pachamama quiere que Inti se reconcilie con nosotros iré a visitar a Chikán para explicarle. — ¿Explicarle el que?, Katari. — Lo afortunados que hemos sido con el nacimiento de tus hijos, dijo sonriendo, voy a conversar con él. Ella se sintió desconcertada, pero la adulación de sus hijos, la dejó muy satisfecha, apenas habían nacido y ya tenía su primer sentimiento de orgullo. Los miraba con atención, los niños estaban tan bien hechos, sus manitas, sus pies eran pequeños y lindos, perfectos según su madre, mientras los acariciaba. Asiri entró en la casa y se sentó al lado de ella, y la habló con dulzura: — Debes ponerles nombres. — Sayin y Antay, lo tengo decidido. — Así será, deberá nombrarles el jefe de la tribu, por no tener padre. — Díselo para que venga a nombrarles. Asiri repitió sus nombres una y otra vez intentando que quedaran prendidos para siempre de su boca, mientras los cogía a cada uno en un brazo apretándolos en su regazo, quería que sus cuerpos se fusionaran con el suyo, siendo como eran una prolongación de su propio ser, su sangre no se extinguiría con su única hija, gracias a esos bebés. Después de un rato contemplando a sus nietos decidió ir a avisar al jefe para que nombrara a los retoños, repitiendo sus nombres, y cuando llegó a la entrada escuchó al chamán Katari hablando con él, al darse cuenta de que hablaban de sus nietos se quedó tras la entrada escuchando, sin hacer el menor ruido: — Chikán, la Pachamama nos ha hablado, han nacido dos gemelos, cuando hacía generaciones que no pasaba en nuestra tribu, es una señal para que contentemos a Inti que nos ha abandonado, dejando nuestras tierras yermas e improductivas. No brota casi nada de lo que cultivamos porque está siempre nublado, siempre con frío, la hambruna ya vive con nosotros, apenas quedan algunas papas para comer. — Si damos a esos gemelos como sacrificio a Inti en las tierras de nuestro Apu Misti, conseguiremos de nuevo el favor de nuestro sol que de nuevo bañará de vida nuestras tierras, expulsando el hambre que nos acecha. — ¿De veras crees eso?, serán buenos hombres y nos ayudarán a cultivar. — Si morimos de hambre ya no podrán ayudarnos, y tampoco sobrevivirán para poderlo hacer. ¡Deben ser sacrificados!, debemos llevarlos a las laderas del Apu Misti y sacrificarlos allí. — Ante todo, me debo a mi pueblo, pero si no hay otra solución debemos hacerlo, aunque no me gustaría hacer desgraciada a su madre. — Ella estará feliz que su propia carne salve a nuestra tribu. Asiri ya no entró a pedirle nada al jefe, se retiró en silencio, sigilosamente para que no descubrieran que había oído las palabras de Katari, aunque el jefe era reacio a considerar la idea, la necesidad de su tribu hacía que tuviera en cuenta la solución que le daba el chamán. Debía comunicar a Tamaya que sus nietos corrían un gran peligro, pero aun así tenían tiempo, hasta que no los nombraran no pertenecían a su comunidad y, por lo tanto, su sacrificio no tendría por qué beneficiar a su tribu. Entró en la casa muy agitada, su respiración muy sonora simulaba a la de un gran esfuerzo físico. Se sentó frente a su hija y así empezó a hablarle: — Hija mía, cuando fui a pedir que el jefe nombrara a tus hijos, oí hablar a Katari sobre ellos, para dejar que hablaran con libertad me puse a escuchar antes de entrar, el chamán dice que tus hijos están enviados por la Pachamama para quitar el enfado de Inti, y que el sol vuelva a brillar en el cielo, alimentando nuestros cultivos y no pasar hambre y por lo tanto deben ser sacrificados en las laderas del Apu. — Pero eso no puede ser, ¡está loco! — Más que locos están desesperados, Chikán nunca consentiría tal cosa si no fuera por la hambruna, pero creo que por ese motivo accederá. — Pues yo no puedo consentir que maten a mis hijos. — ¿Y qué vas a hacer?, ¿no darles tus hijos?, te los arrebatarán. — Me fugaré con ellos. — Y ¿adónde vas a ir? — Me iré hacia el gran lago, podré alimentarme con la pesca y no depender de los cultivos, ahora solo producen hambre. Además, si van a buscarme, jamás pensarán que me dirijo hacia las cumbres, la muerte siempre está presente en ese camino, sobre todo si llevas a recién nacidos contigo. — Estas recién dada a luz, ¿vas a tener fuerzas para hacerlo? — La vida de mis hijos depende de ello, no puedo ni pensarlo. No le quedaba mucho tiempo, el jefe iría al día siguiente a nombrar a sus hijos. Su madre se quedaría sola, la felicidad por el alumbramiento de sus nietos se convirtió en ese mismo día en la enorme tristeza de la pérdida de sus nietos y de su querida hija. — ¿Y si hablamos con ellos?, intentando su madre tener una oportunidad de que no se fueran. — Madre, si es verdad lo que me has dicho, no dejarán ni que preguntemos, y si el sol no vuelve a salir, tampoco habrá futuro aquí para ellos. Asiri abrazó uno a uno a los niños y después a su hija, en un abrazo donde afloraron las lágrimas de ambas mujeres. — Hija, sé que eres fuerte, pero hay muchos peligros fuera del poblado, cuídate tú, porque si te cuidas les cuidarás a ellos. — Madre, seguramente no te veré más, no vivas con esa pena, lo hago obligada, porque yo quisiera cuidarte hasta que pierdas el brillo de los ojos y tu cuerpo deje de respirar. Esperó a la noche, y cuando todo estuvo oscuro, cargó a sus hijos en una manta, agarró dos capas de alpaca, previendo el duro frío de las cumbres, zapatos de cuero de llama revestidos de lana de alpaca. Se echó la manta a la espalda, y un hatillo donde había algo de ropa, y los pocos alimentos que poseía cargándolos en su hombro, y se fue alejando hacia el camino del gran lago Titicaca. Paró un momento para saludar a su madre agitando la mano desde lejos, era una triste despedida, pero también era el inicio de la búsqueda de una nueva vida para la seguridad de sus hijos y del alimento. Hacía mucho frío y el lago estaba lejos, le esperaban más de doscientos kilómetros, a través de pasos de montaña y siempre ascendiendo hacia el lago navegable más alto del mundo. CAPÍTULO II HACIA EL GRAN LAGO Estuvo caminando unos días por esas veredas empinadas, a pesar de los pies cubiertos con lana de alpaca y suelas de cuero, siempre los tenía helados, a veces perdía la sensibilidad en los dedos, aunque seguía su marcha. También tenía que caminar sobre capas de hielo, ya que el camino se hacía especialmente desnivelado en las montañas que rodeaban al valle de su poblado. Ella estaba segura de que su madre había engañado al jefe, para que la persiguiera hacia la ciudad fundada por el cuarto Inca. Ari quipay la llamaron así, en su lengua significa quedémonos aquí, que fue lo que dijo el Inca cuando llegó a ese lugar. Era impensable que una mujer con dos niños recién nacidos, fuera en dirección a las cumbres, los fríos, la ausencia de comida y lo escarpado del camino, era muy probable alcanzar la muerte en unos kilómetros. Debía estar bien hidratada, aunque a veces el agua se congelaba antes de beberla, de vez en cuando salía del camino hacia las nieves para derretir la nieve y conseguir licuarla, ya que su leche por la escasa cantidad de comida que ingería no era muy nutritiva, por lo que al menos debería ser abundante. Cada tres horas cambiaba a un niño alternando los pechos, y ni siquiera paraba para poder alimentarlos cómodamente, los ponía bajo el poncho dándose mutuamente calor, uno a uno. El paisaje era seco, apenas crecía vegetación, no eran zonas donde llovía en cantidad, y la altitud solo dejaba crecer algunos matorrales, lo que hacía que fuera un camino duro y polvoriento, si es que la tierra no estaba helada por el frío. Cuando acababa una montaña, pareciera que se acababa el aire, respiraba con dificultad y el corazón se le aceleraba. Su madre le había advertido que cuando le ocurriera esto masticara una hoja de coca. Asiri le advirtió: — Guárdate del mal de altura, no te dejará caminar, y tendrás que pararte, y entonces el frío te asaltara con crueldad, y si te duermes te helará los pies y no podrás caminar, y eso puede provocar tu muerte. No olvides masticar la hoja cuando te falte el aire. Cuando llegó a las nieves perpetuas todo a su alrededor estaba blanco, el frío se hizo estremecedor y el poco viento que soplaba allí se convertía en ventisca, que levantaba una cortina de la nieve desprendida del camino, lo que hacía que la sensación de ahogo fuera aún más extenuante. Le dolían la nariz y las orejas, tenía la sensación de que las tenía adormiladas al tacto, aunque lo que si sentía en ellas era dolor. Los niños no venían la luz, siempre bajo la manta o el contacto con su piel, apenas conseguía darles calor. Tamaya sabía que pese al dolor y el cansancio si paraba, tanto ella como los niños morirían congelados, por eso no lo hizo, hasta que la cuesta llegó a su fin y empezó el descenso. Las doloridas piernas de Tamaya encontraron relajación al pasar la cima, y permaneció resguardada del viento, masticaba coca muy a menudo y sumado al descenso de altitud, el pecho dejó de oprimirle y su respiración empezó a mejorar. El camino se allanó y empezó un suave descenso, eso aligeró sus pies y oxigenó su cuerpo, el camino se hizo menos duro y la pendiente acabó en un pequeño lago resguardado del viento gélido de las cumbres, un lugar fantástico para poder descansar y hacer un fuego para calentarse. Encendió una pequeña hoguera, rellenó los recipientes de agua que llevaba, se sentó y dio de amamantar a sus hijos. Después apaciguó su hambre, pasando la papa por el fuego, después acercó sus pies a la hoguera, eso fue lo que más le ayudó y junto a la poca comida fue lo suficiente para reconfortarla y se quedó dormida profundamente. Soñaba con un guiso caliente, en la comodidad de casa de su madre, y que reía y retozaba con el padre de sus hijos, y el sol ese tan esquivo en esta época le calentaba la piel. Se despertó y se dio cuenta que era su pequeña hoguera la que calentaba su cuerpo, y que la soledad era la única compañera en su viaje. Cuando pensaba esto oyó como se acercaba una alpaca. Sus grandes ojos y sus largas pestañas la miraban fijamente, esto hizo que ella se sobresaltara. — Buenas noches, soy kusi, el pastor, ¿puedo compartir el fuego contigo? — Hola, soy Tamaya, claro caliéntate, estoy de viaje con mis hijos. El pastor era un hombre algo mayor que ella, su piel oscura, algo tostada por la intemperie, con arrugas bien delimitadas, que al gesticular mostraban en su rostro zonas más claras que habitaban dentro de ellas. De rostro sonriente, dejaba ver alguna mella bajo sus labios. — ¿Dos?, dijo señalando con el dedo. — Si, son gemelos. — ¡Que valiente eres!, por la sierra y con el poco sol que hay, el frío y el mal de altura, porque, ¿de dónde vienes? — De las tierras bajas del altiplano, tierras del Apu Misti, el gran volcán rugiente. — Si conozco esa zona, has podido morir por el frío. Para llegar aquí has tenido que sortear altas cumbres. Arrancó las ramas de un pequeño arbusto y avivó el tímido fuego de la hoguera, se aseguró que su grupo de diez alpacas estaban con él, y se sentó al lado de ella. Con curiosidad desmedida, le preguntó: — ¿Por qué abandonaste a tu tribu? — La hambruna llegó a mi pueblo, la presencia de mis dos hijos les preocupaba tanto que dudaron si podrían mantener dos bocas más, al ver esa actitud del jefe, pensé que era lo mejor desaparecer con mis hijos, para que tuvieran un futuro distinto al que podía ofrecerles la tribu. — ¿Y no has pensado que estar tú sola con ellos y no estar bajo la protección de la tribu no les perjudicará? Ella en ese momento se vio abrumada por el razonamiento del pastor, y decidió contarle la verdad. Con voz tímida le dijo: — Querían sacrificarlos como ofrenda al Dios Inti, para que volviera a brillar el sol en nuestras tierras, el nacimiento de mis hijos lo interpretaron como una señal de la Pachamama. — ¿Y el padre de tus hijos?, ¿no te defendió? — Murió antes de que nacieran, solo tenía a mi madre, la dejé triste por mi partida, ahora está sola. Kusi al oír esto se echó las manos a la cabeza negando la realidad. — Ahora entiendo tu huida, salvaste la vida de tus hijos, y ahora estás como el cóndor, volando por el mundo solitario. En una tribu de los Andes vivía un pastor con su hija, ella era muy hermosa. Un hombre la conoció y se enamoró perdidamente de ella. En uno de sus encuentros el hombre se transformó en cóndor, la agarró y se la llevó a su nido, donde fueron felices y tuvieron un hijo. Pero la chica extrañaba a su padre. Entonces ella le dijo a un pájaro donde estaba para que se lo dijera a su padre y la rescatara. Al día siguiente fue su padre por ella, la rescató y partieron juntos. Cuando regreso el cóndor encontró el nido vacío, y desde entonces sobrevuela los Andes en busca de la joven que perdió. Sólo espero que no busques eternamente una tribu donde integrarte, y que consigas tu lugar para ti y para tus hijos. Ella al oír esta historia sonrió agradecida por los deseos del buen pastor. Este le ofreció un trozo de carne seca, que devoró por la necesidad de proteínas, ya que solo había comido papas. El sueño y el estómago lleno hizo que durmiera tranquila esa noche protegida por el pastor. Amaneció, el rocío se congeló dejando un manto blanco de escarcha en aquel paraje, reflejando una tenue una luz tenue en el rostro de Tamaya, despertándola. Cumpliendo sus deberes de madre lo primero que hizo fue dar de mamar al calor de los rescoldos que quedaron de la hoguera, una vez satisfecho el hambre de sus retoños emprendió el camino con kusi, ya que los dos iban en la misma dirección. El sendero se hizo más ligero y la compañía del pastor hizo que fortaleciera su ánimo, y siguiera con la decisión oportuna. Anduvieron sin parar buscando nuevos pastos, él decía que al sur había un lugar más templado y las montañas de cara al mar océano, retenían agua suficiente para las hierbas, para lo cual debía ir en dirección a otro paso de montaña con mucha altitud. Debía tomar fuerzas porque sería un camino muy duro. Ambos viajeros conversaron todo el camino, él de su tierra en las zonas bajas de la costa, secas y áridas, su vida había sido siempre una adaptación a la sequía. Por eso no le parecían tan duras las tierras de sierra a pesar del frío. Ella le contaba lo que se podía cultivar en sus tierras, pero claro, en otras épocas lejanas de la ira de Inti, contó sobre su madre y cómo se enteró del sacrificio de sus hijos. Pero el camino común solo fue durante dos días. La noche de antes de su separación acamparon al resguardo de unas piedras y prendieron una hoguera. — Mañana nos separaremos, el camino es más fácil ahora hacia el gran lago, no hay tanta ascensión a las cumbres, aunque el camino siempre estará ligeramente en ascenso, y notarás de nuevo el ahogo de las alturas, lleva siempre a mano tus hojas de coca, y un espejo. ¿Llevas alguno? — No Kusi, mi aspecto lo veo en los Lagos y manantiales del camino. — Una mujer siempre debe ser presumida, dijo con una gran sonrisa. Pero no lo digo por tu aspecto. Hay un animal que la gente piensa que es un demonio, al cual se le llama Jarjarcha, es mitad hombre y mitad llama. Dicen que deambula por los parajes solitarios del altiplano, y mata a las personas que encuentra. Se le reconoce por el ruido que hace, diciendo jarjar, se cree que es un castigo divino fruto de un incesto. Dicen que la única forma de defenderse de él es que vea su horrible imagen reflejada, entonces saldrá huyendo. Ella quedó turbada por la terrible historia del Jarjarcha. Kusi metió la mano en su zurrón, sacó un pequeño espejo que partió por la mitad y se lo dio. — Llévalo siempre a mano al menos hasta que llegues al gran lago. — Gracias, en dos días te has convertido en un gran amigo. Ahora gracias a ti iré más protegida. Cenaron lo poco que podían y cuando acabaron dio de mamar a sus hijos, Kusi contó cosas de su pueblo que sorprendieron a Tamaya, rieron y quedaron dormidos al calor de la lumbre. Un tímido rayo de sol impactó en su rostro, que la despertó de golpe, era una grata sensación de confort que el calor confería a su cuerpo. Kusi reunió a su ganado y se fue buscando pastos desviándose del camino hacia el lago, de nuevo estaba sola en el camino, que se hacía más pobre en vegetación y más seco. — Adiós mujer, ojalá encuentres pronto el hogar que mereces. — Ojalá encuentres los verdes pastos que buscas. Durante las noches, en soledad, mirando el cielo estrellado, con la constelación del escorpión como testigo, agarraba con desesperación el trozo de espejo, intentando liberarse del miedo a que la encontrara el Jarjarcha, y que la devorara tanto a ella como a sus hijos. Pasaron días y noches de caminata y de masticar hoja de coca, y cuando sus pies estaban al borde del colapso subió una pequeña loma y detrás de ella apareció la infinita mancha de agua del gran lago. Ella siempre imaginó que la gran extensión de agua estuviera bañada por el sol. Pero el enfado de Inti debió llegar también al gran lago, que estaba cubierto por un mar de nubes altas, que le conferían un triste color gris. A pesar de las dificultades había llegado a su destino. CAPÍTULO III TITICACA Al ver el gran lago bajó corriendo desde la loma hasta la orilla, se descalzó y metió los pies en el agua, estaba tan feliz por haber llegado, que apenas notaba el peso de sus retoños en la espalda, porque quizás le esperaba una vida nueva, una nueva tribu en unos de los poblados frente al lago. La extensión de las aguas era inmensa, sus grandes ojos no podían divisar el fin del lago, en su orilla se adentraban unos frondosos cañaverales y una vegetación flotante de color verde parduzco, que cabeceaban al son de las tímidas olas que producía la fría brisa andina, a lo lejos se veían barcas, ella rápidamente interpretó que serían de pescadores. Se quedó en la orilla un buen rato descalza, con sus maltratados pies de la caminata, hinchados de tanto pisar las piedras del camino, pero todo ese esfuerzo podría haber merecido la pena. Abstraída en sus pensamientos el ruido de golpes rítmicos la devolvió a la realidad, sus ojos buscaron el origen de aquel sonido, topando con un hombre que estaba golpeando una barca varada en la orilla. Calzado en mano, se acercó a aquel individuo y se percató que intentaba clavar un objeto en la superficie de la embarcación. — Hola soy Tamaya, se dirigió tímidamente al hombre. — Hola soy Utuya. Pudo ver que la barca estaba hecha de tallos de planta de un color verde claro, muy juntas entre sí y unidas por cuerdas. — ¿De qué está hecha la barca? — De una planta que se llama totora, crece mucho en el lago, flota muy bien y se pueden diseñar muchas cosas con ella. Lo hacemos casi todo con sus tallos, incluso nuestras casas. — ¿No las hacéis de piedra? — No, las piedras en el lago se hunden. — ¿Vives dentro del lago?, preguntó con extrañeza. — Si, hacemos islas con la totora, la cortamos y atamos unos trozos con otros, las anclamos con una piedra, hacemos cabañas del mismo material encima, para refugiarnos del frio, y también del sol, aunque llevamos tiempo sin verlo. Tamaya escuchaba con incredulidad lo que le contaba el pescador, pero la curiosidad la venció. — ¿Puedes mostrármelo? — Ven y te enseñaré donde vivo. ¿Son dos los que llevas a tus espaldas? — Si son gemelos. Utuya arrastró la barca hacia las aguas, y le dijo que se subiera en aquel extraño bote de forma alargada. Empezó a remar y la barca se desplazó suavemente sobre las aguas, al principio sorteando la espesa vegetación de la orilla, donde se veían ibis caminando sobre los juncales y patos flotando alrededor de ellos, una vez pasada esta vegetación flotante, las aguas se despejaron dejando ver la inmensidad del lago, kilómetros y kilómetros de agua grisácea porque las nubes que cerraban el cielo. Pasaron unos minutos de esfuerzo para Utuya, donde el único ruido que se escuchaba era la respiración del pescador y el suave sonido del remo al empujar las aguas del lago, cosa que ella aprovechó para amamantar a sus criaturas. Su vista fija al frente, observando cada detalle, sobre todo los diferentes tonos del agua que variaban según la profundidad del lago, cuando a lo lejos se empezaron a divisar unas pequeñas islas, a las cuales se dirigían. — En una de esas islas esta mi casa, vivimos juntos toda la familia. En la isla de al lado vive mi hermano y en la otra el hermano de mi mujer. Todos juntos porque pertenecemos a la misma tribu. — ¿Cómo os hacéis llamar? — Somos Uros, también nos llaman la tribu del lago. Y vivimos de la pesca y de la totora. El bote llegó a una de las islas, donde apareció una niña con el pelo muy revuelto, de unos cinco años y la piel de la cara muy sucia, gritando: — Hola, padre, has vuelto. La pequeña estaba muy delgada, aunque en sus gestos desprendían alegría, se notaba que la hambruna había llegado a los habitantes del lago. Después se reunió con ellos su madre, que también estaba muy flaca. Sus profundas ojeras azuladas le daban un aspecto demacrado, casi enfermizo. — Hola Utuya, ¿a quién traes? — Hola, soy Tamaya — Quería ver dónde vivimos, no se creía que habitamos dentro del lago. — Este es nuestro hogar, le dijo la mujer del pescador, siéntate con nosotros, y acomoda a los niños, debe dolerte la espalda de llevarlos tanto tiempo en la manta. Tamaya agradeció la atención de la mujer. — No podía ni imaginar que el lago fuera tan grande y menos que pudierais vivir dentro de él, ¿hay mucho pescado? — ¡Había! Dijo el pescador, las plantas del lago apenas crecen y el agua está más fría que nunca, esto ha afectado a la cantidad de pescado, y apenas consigo unas cuantas piezas a la semana, para compartir con toda la familia, apenas nos da para alimentarnos y para llenar el estómago cortamos la totora y la comemos, esta dulce, aunque da poca energía. Mi familia ha perdido peso, tenemos hambre. Tamaya se desilusionó, en el lago no estaba su nueva vida, apenas tenían para sustentarse, una boca más era inviable en aquella situación. La mujer le ofreció un caldo de pescado muy ligero donde flotaban unos tallos cortados de Totora. Ella lo aceptó de buen grado, al menos tomaría algo caliente para combatir el frío y llenar el estómago con algo. Bebió unos cuantos sorbos. — De dónde vengo también llegó el hambre, se ve que es en tierra inca, aunque no pensé que aquí también. — Yo también creí que la tierra donde surgió el primer Inca nunca sufriría de hambre, que los dioses la protegerían. — ¿El primer Inca? — Si nuestro primer rey Manco Cápac, dicen que surgió del lago sobre una piedra gris en forma de cabeza de Jaguar, por eso al lago le llaman titi que significa Jaguar y caca que significa gris, él enseñó a nuestro pueblo, aunque los Uros siempre nos hemos mantenido al margen de todo lo que ocurría en tierra firme. Pero si sabemos y estamos orgullosos, que lago es tierra sagrada por esa razón. También surgió de acá su mujer Mamá Ocllo, que enseñó a las mujeres a tejer y a plantar. El atardecer llenó de tonos rojizos el cielo, el sol era perceptible tras las nubes, y esos tonos dieron un aspecto a las aguas del lago como un manto de lava, sobrecogida por la belleza de aquel atardecer, recordaba sus juegos infantiles con los niños de su tribu, y los atentos cuidados de su madre. Ella hubiera dado cualquier cosa por haber vuelto a ese momento, y a liberarse, aunque fuera un segundo, del cuidado de sus retoños, pero ser adulto tiene esas cosas, la mayoría del tiempo debes pensar más en los demás que en ti mismo. La luz se fue tan velozmente que apenas se dio cuenta que ya había anochecido, la mujer colaborando con Tamaya, la ayudó en el cuidado de sus retoños, era la primera vez que había sido asistida por alguien que no había sido su madre, pensó en ella con añoranza y con preocupación, ¿habrá podido comer?, ¿seguirá triste por mi partida? El frio en aquellos parajes se hace pertinaz en la noche, y las nubes hacían que hubiera mucha oscuridad. Al calor del fuego, se sentía protegida en la isla de totora, pero aquello era pasajero, no podía quedarse allí, la hambruna llegó al lago, necesitaba asegurar el sustento de sus retoños. Cuando amaneció le pidió a Utuya que la devolviera a la orilla, le agradeció su hospitalidad y emprendió camino, pero antes de hacerlo, su última pregunta al pescador fue: — Había hecho planes de quedarme por el lago, pero con esta hambruna no veo que sea buena idea, ¿Adónde irías en mi situación? — Yo iría a Cuzco, al ombligo del mundo, donde Manco Cápac, clavó su bastón de oro en el suelo y ordenó que se hiciera la ciudad. Allí se mueve todo el reino del Inca, si hay comida, allí debe estar. — Muchas gracias Utuya, espero que Inti vuelva a brillar en el cielo y que vuelva a traer la Pachamama la abundancia al lago, para que tu familia y tu no paséis más hambre. — Ojalá encuentres un hogar, para ti y para tus hijos. Y Tamaya empezó de nuevo a caminar por la rivera del lago, iba despacio, porque el lago aún está a mucha altura, y no le sobraba el aire, pasó por una aldea, donde apenas se oía el sonido de los niños, que no jugaban porque apenas tenían fuerzas, tenían barcas, estaban todas en el lago, intentado pescar para alimentarse, Tamaya ni siquiera paró, siguió camino, pero antes, le preguntó a un pescador que preparaba su barca. — ¿En qué dirección esta Cuzco? — Detrás de aquella pequeña loma, empieza un sendero que te llevará hasta allí, tendrás que caminar mucho, y veo que estás cargada, dijo señalando a sus hijos. Vete, te irá mejor, hay mucha hambruna aquí en Puno. Cada vez se pesca menos, la ira de Inti nos va a matar. — Gracias, ojalá pesques mucho. Tamaya le sonrió y fue decidida hacia la loma, donde comenzaba un camino, que en ligero descenso se perdía en el horizonte, y empezó de nuevo su periplo, sin haber podido descansar, y con la sensación de haber arriesgado su vida para nad


CAPÍTULO IV EL METAL DE INTI Tamaya, dudó mucho en reemprender su enorme caminata porque apenas había encontrado comida en su viaje al lago. La tierra, pobre por el frio y la altura, apenas había producido cosechas por el arrebatado influjo del sol. Era mucha distancia hasta Cuzco, equivalente a la que había hecho desde la tierra del Misti al hogar de los Uros, pero estaba decidida, tenía el coraje suficiente para encontrar un lugar seguro y estable para sus hijos en estos duros tiempos de la ira de Inti. El camino, aunque seguía siendo difícil, era algo más amable, la temperatura no era tan baja porque estaba descendiendo de los montes, y se respiraba mucho mejor que en el lago. Al cabo de unos días de marcha alcanzó un valle con vegetación arbórea, y pensó que sería un buen terreno para encontrar comida, no tenía medios para poder cazar pájaros, por lo que buscó algunas raíces para alimentarse. Mientras las recogía, se acercó un conejillo de indias al que ella llamaba kui, espero pacientemente a que oliera, y cuando estuvo a un metro de ella, le ofreció un trozo de la última patata que le quedaba. El roedor se acercó un poco más, lo suficiente para que no pudiera huir cuando le echó su manta por encima, el animal, al sentirse atrapado, se retorcía bajo la prenda cuando ella le abatió con una piedra. Con la ansiedad que provoca el hambre, apenas podía controlar sus manos temblorosas, pero pudo, con dificultad, encender una pequeña hoguera, sacó su cuchillo y despellejó al kui poniéndolo al fuego y cuando la carne estuvo dorada, lo probó, siendo este un extraordinario manjar que la Pachamama le había puesto en su camino. Se quedó tan satisfecha por la comida, que cuando acabó se quedó dormida apoyada en uno de los árboles. Sólo el llanto de uno de los bebés, la pudo despertar, poniéndolos a amamantar uno en cada pecho. Menos mal que encontré el kui, la leche se me estaba haciendo agua, los niños ya no quedaban satisfechos. Pensó. Oscureció pronto, y decidió pernoctar allí mismo resguardada por aquel grupo de árboles, el cansancio y el bienestar por haber comido la hicieron dormir profundamente. A la mañana siguiente y con las fuerzas restauradas, reanudó su marcha, estaba segura de encontrar gente de camino a Cuzco, aunque apenas se veía alguien a lo lejos que aprovechaban el valle para ir más rápido hacia la ciudad, bajaba por el camino ilusionada, pero a los dos días su cuerpo ya no recordaba el pequeño kui que comió. No tenía reservas en el zurrón, y su energía se fue apagando poco a poco, paso a paso, y los niños cada vez requerían más nutrientes, que obtenían del cuerpo exhausto de Tamaya. El agotamiento se cebó con ella, todo le daba vueltas, se apoyó en la rama de un arbusto para no caer, pero la torpeza causada por su debilidad, la llevó al suelo cayendo por un pequeño terraplén, y allí quedó desmayada. Los niños al sentir el golpe contra el suelo empezaron a llorar atronadoramente, por fortuna, un hombre oyó el llanto de los gemelos y se acercó para ver lo que pasaba y vio a Tamaya en el suelo y a los niños esparcidos a un metro de su madre. Rumí recogió a los retoños del suelo con suma delicadeza, y a Tamaya le limpió la cara con agua fría, al hacer esto ella recuperó la consciencia, abrió los ojos y vio a Rumí, un hombre de corta estatura, con los ojos negros muy grandes, y la cara y el pelo de un tono grisáceo por el polvo que le cubría, Tamaya, sobresaltada, le preguntó: — ¿Qué has hecho con mis hijos? Rumí sonrió y le hizo una señal para que mirara en dirección a ellos, los había puesto juntos en el suelo. — Gracias al llanto de tus hijos pude encontrarte, ahí los tienes tranquilos y callados, se ve que se asustaron cuando caíste, están bien, no te preocupes. — Y tú ¿quién eres? — Soy Rumí, estoy trabajando en la mina, la entrada está a unos metros de aquí ¿puedes andar? Intentó levantarse, y a duras penas lo consiguió. Rumí la apoyó en su hombro y cargó con los niños, y la llevó a la entrada de la mina. — ¿Tienes hambre verdad? — Llevo dos días sin comer Le llevó unas tortas de maíz que Tamaya devoró. — ¿Qué extraéis en la mina? — Oro, el metal de Inti, lo quieren los sacerdotes, porque sólo tiene valor para ellos, se lo llevan para que los orfebres le den forma y se lo ofrezcan al dios, al menos ellos nos proporcionan comida. Ahora nos exigen más, dicen que hay que reconciliarse con él. Rumí se sacó de un bolsillo una pepita de oro: — Ves, es amarillo como el sol, amarillo como Inti y brilla como él. — Es una suerte que os traigan comida en estos tiempos. — Es por conveniencia, porque nos quieren fuertes para el trabajo, si no fuera así se olvidarían de nosotros. — Necesito comida Rumí, podría trabajar un tiempo con vosotros y así podría ganármela. — Ahora nos hacen falta más manos, se lo diré al jefe, veo que eres fuerte, y con dos comidas ya podrías trabajar duro. Rumí entró en la mina y buscó al jefe, enseguida volvieron, la observó detenidamente y con un movimiento afirmativo en su cabeza, aprobó la incorporación de Tamaya. — Empiezas mañana, te daremos tiempo para que puedas amamantar a tus hijos, el resto del tiempo, trabajarás al mismo ritmo que los demás. Le dijo con tono frío. Ella estaba feliz, sería una buena manera de conseguir comida suficiente para llegar a Cuzco, lo había pasado mal los últimos días, y sus hijos le demandaban más y mejor leche. Esa noche antes de dormir volvió a comer, y su cuerpo no pasó frío, cosa que no había ocurrido desde que inició el viaje, solo había podido calentar una parte de su cuerpo al calor de la hoguera, esta vez en la mina, por fin no durmió a la intemperie y el calor llegó a todo su cuerpo. Con sus hijos abrazados, seguros y abrigados durmieron más que nunca, para los retoños también el escaso confort hallado en la mina fue restaurador, después de tanto tiempo a la intemperie les pareció un palacio. A la mañana siguiente la levantaron temprano para ir al trabajo, le dieron un pico que al sujetarlo se percató que era muy pesado. Rumí le enseñó a utilizarlo, poco a poco sobre el mineral, mostrándole el duro trabajo de buscar una veta, y la ingente cantidad de material que debía desprender para llegar a ella. El trabajo consiguió que el sudor la empapara, abandonando la eterna sensación de frío de su cuerpo. Sus manos agarraban el mango de madera que, al no ajustar bien al tamaño de sus manos, le iba generando ampollas en ellas, el dolor al final del día se iba mezclando con la sangre que le salían de las heridas, para aliviarse se lío las manos a modo de guantes con una tela que encontró en la misma mina y picó y picó. Al acabar la jornada estaba extenuada, devoró unas papas con carne de alpaca en un guiso caliente. Eso la reconfortó y le dio fuerzas para seguir al día siguiente, así pasaron unos días, en los que el sonido del lacerante pico resonaba profusamente en las entrañas de la mina. La camaradería creció entre ella y sus compañeros, que endulzaban el amargo sabor de aquel rudo trabajo. Un día no sabía dónde había puesto un cincel, que usaba para tallar alguna piedra dura en busca de una veta. Le preguntó a todo el mundo, pero no encontró la herramienta. Rumí río con ganas y le dijo así: — Te convertiste en una minera, el Muki te escondió la herramienta. — ¿El Muki? — Si, dicen que es un duende que pocos son capaces de ver, que es de un metro de altura, de ojos claros y de barba Blanca, que si no te tiene simpatía te esconde las herramientas, en cambio si te tiene empatía, te ayuda en tu trabajo, y si puedes atraparle trabajará para ti. — Sí, creo que ya me convertí en minera, ya me encallecieron las manos, y ya no me brota sangre de las manos al usar el pico. — Ya trabajas como uno más, dijo otro compañero. — ¿Te quedarás con nosotros?, preguntó Rumí — He encontrado aquí una familia, pero mis hijos no pueden estar en este ambiente de polvo y de oscuridad, no es bueno para ellos. Mañana me iré, os voy a extrañar, pero debo hacerlo por ellos. Una lágrima salió de los ojos de Rumí, la amistad había surgido entre ellos, admiraba la valentía que había tenido al aceptar el duro trabajo al que había sido sometida, y la tenacidad de esa mujer por conseguir un lugar para ella y sus hijos. — Te voy a extrañar, tanto a ti como a los pequeños, va a ser raro no escuchar su llanto cuando están hambrientos. Al día siguiente Tamaya se acercó al jefe y le dio el salario en comida, patatas, harina de maíz, yuca y carne seca de alpaca. Llenó sus zurrones, colocó bien a sus retoños a la espalda, miró a Rumí y le dio un fuerte abrazo. — Gracias por todo, me salvaste la vida y mi corazón queda aquí contigo, aunque deba partir por mis hijos, ojalá en un tiempo pueda volver a encontrarte. — Toma esta pepita del metal de Inti, tiene la forma de un cóndor, te dará suerte, llévala siempre contigo, y cuando la mires recuérdame. Salió de la mina hacia el camino del valle en dirección a Cuzco, el ombligo del mundo la estaba esperando. CAPÍTULO V EL INTI RAYMI El camino se hizo mucho más concurrido, hombres y llamas cargadas de objetos de cerámica iban hacia la entrada de la ciudad, donde una torre al final de la alta muralla daba la bienvenida a Cuzco y bajo ella, una puerta se abría dejando paso a la ciudad. Tamaya jamás había visto algo así, miraba en una y otra dirección, estaba asombrada por ver tantas cosas que le llamaban la atención, viviendas hechas con piedra, pero no como en su tribu, sino pegadas las unas a la otras, compartiendo paredes. El griterío de niños y mayores se hacía más intenso cuando la gente llevaba cosas para cambiar, objetos de barro, tejidos, conchas, e incluso alguna piedra verde de extraordinaria belleza, pero todo querían cambiarlo por el bien más escaso de esos tiempos, la comida. Siguió una calle principal muy larga donde tenía que ir esquivando personas, llamas, a la vez que niños corriendo se cruzaban con riesgo de hacerla caer, por eso redujo la amplitud de su paso para evitar caer sobre sus retoños que llevaba en la espalda. El gentío cada vez era mayor, ella se sintió amedrentada porque nunca había estado rodeada por tantas personas, anduvo un buen tiempo por esa calle, cuando avanzó por ella aparecieron colgadas de la parte superior de las fachadas telas de colores que cruzaban perpendicularmente el ancho de la calle unidas en una sola cuerda rojo, amarillo, azul y verde alternando. A los pocos metros entró en una gran plaza decorada del mismo modo, envuelta en el entusiasmo por encontrarse en un lugar así, Tamaya llena de curiosidad, preguntó a una mujer de mediana edad: — ¿Por qué la plaza está adornada así? — Hoy se celebra el Inti Raymi, es la fiesta del nacimiento del sol, hoy es el día que dura menos de todo el año, es en el que antes se esconde el sol. — ¿Y las telas de colores? — Representan a las cuatro regiones Incas, la de tigrillo, la de la llama, la del Jaguar y la del cóndor. — ¿Y viene gente de esas regiones? — SI, muchas personas representándolas y también estará el gran Inca con los cuatro gobernadores de las regiones. Juntos esperarán la salida del sol, y después se sacrificará ganado y se repartirá entre todos los habitantes. Siguió andando por la gran plaza y vio a gente bailando músicas que jamás había oído, músicas que con su ritmo invitaban a que su cuerpo se moviera a su son. Los danzantes se desplazaban graciosamente al ritmo de la música, mientras que los que miraban tocaban armoniosamente las palmas. El gentío se arremolinaba en torno a un edificio, en donde tras una verja, se podía ver el metal de Inti, transformado en miles de figuras y objetos de orfebrería. Ella al ver aquello recordó lo que Rumí le contó sobre los sacerdotes, allí estaba su trabajo y el de los compañeros de la mina, pero lo que ella no podía imaginar, era la belleza de aquellos objetos que relucían como el mismo sol. Aunque Tamaya dedujo que se trataba del templo de Inti, quiso confirmar, y le preguntó a un hombre que vestía de azul. — ¿Este edificio qué es? — El templo de Inti, y junto a él la coricancha, el lugar del oro. Agarró la pepita que le dio Rumí en forma de cóndor, y al ver toda la orfebrería entendió que sería para ella un talismán, algo que le traería suerte, con la forma del cóndor, un ave acostumbrado a vagar solitario por las montañas, él le mostraría el camino para encontrar su nuevo hogar. Según iba avanzando el día, la música iba estando cada vez más presente, a la vez que se iba sumando más gente a la multitud que abarrotaba la plaza, con los colores de las regiones, eran gentes que venían en representación de sus provincias para ellos era un privilegio ser elegido para ese cometido y poder viajar a Cuzco. Los retoños, inquietos por la música y el ruido del gentío, empezaron a llorar y se apartó de la plaza hacia un lugar algo más tranquilo para amamantarles, y detrás de unas escaleras que subían a una casa, se resguardó para tener la suficiente intimidad para que los niños estuvieran tranquilos, se sentó en el suelo y puso a cada uno en un pecho, y así los retoños, fueron saciando su necesidad. Una mujer que pasaba cerca de las escaleras oyó el ronroneo de los niños al mamar, se asomó y la vio allí. Se la quedó mirando y le dijo: — Son dos, ¡es verdad!, dijo mirando de nuevo, ¿y tienes leche para ambos? Dijo sorprendida. — Sí, a veces he pensado que les daba más agua que leche, pero míralos van creciendo. — No te visto nunca por aquí, ¿has venido a la fiesta? — No, he llegado hoy y por casualidad he coincidido con ella, está muy bonita la ciudad. — Como todos los años en esta fecha, pero este año parece ser especial, quieren que la fiesta sea la mejor de muchos años para agradar al dios, el enfado de Inti nos va a matar, ¿cómo te llamas? — Soy Tamaya y ¿tu? — Killay. ¿De dónde vienes? — De la tierra del Apu Misti, más allá del gran lago, he viajado sola desde allá. — Eso dicen que está muy lejos ¿también hay hambruna en esas tierras? — Sí, ese ha sido el motivo principal para emprender mi viaje, pero por donde he pasado la hambruna hacia estragos. — Tienes hambre entonces. — Si, la comida ha escaseado en el camino, apenas he visto el sol y no hay cosechas, no sé qué va a ser de nosotros. — Tengo algo en casa, no mucho, pero lo suficiente para que llenes la tripa, ven y algo te daré. Pero has venido en el mejor momento, van a sacrificar más ganado de lo habitual para agradar a Inti, y van a asar carne para la gente, al menos mañana la podremos comer. Anduvieron unos metros y pasaron por calles angostas, hasta que llegaron a una humilde casa, ella la invitó a entrar, y puso en el fuego un modesto guiso de patatas con alguna verdura para darle gusto. Ambas mujeres empezaron a hablar entre ellas para conocerse mejor, Tamaya le desveló la verdadera razón de la huida de su tribu y Killay, a cambio, le expuso la razón por la que ella estaba sola, sus hijos estaban crecidos e independientes y su pareja andaba por ahí borracho y bebiendo chicha. — Seguro que me lo encuentro ebrio en la fiesta, se hará el simpático conmigo para compartir mi lecho, me aburre, siempre hace lo mismo, y después de eso, seguirá bebiendo chicha y querrá pegarme cuando me niegue a hacer lo que me diga y le tendré que echar. Pero ya no estoy dispuesta, no me lo hará más. — No lo consientas, ninguna mujer se merece eso. — Él no es malo, el alcohol le hace malo. Tuvo que elegir entre la chicha y yo, y no me escogió a mí. Ella al ver que las lágrimas brotaban de los ojos de Killay, le dio un fuerte abrazo y le dijo: — La vida te compensará por esto, estoy segura Esto reconfortó su ánimo, y se sintió muy agradecida por las palabras de Tamaya. La tarde pasó y llegó la noche más larga del año, la de la gran fiesta. Y cuando anocheció aparecieron los gobernadores de las provincias, vestidos de gala, cada uno con los colores de su región y tras ellos una pléyade de gente vestida del mismo color, bailando tras el estandarte representativo de su zona. La música invadía la ciudad y la muchedumbre vitoreaba, cada desfile. Cuando por último apareció el gran Inca, la música cambió el tono haciéndose más solemne y ceremoniosa al son de los tambores. Éste llevaba un sombrero de plumas de cóndor, y una gran capa de lana de alpaca blanca, fue andando protegido por sus soldados, hasta un palco en un lateral de la gran plaza, desde donde se divisaba toda la plaza. Se sentó en su trono rodeado de los gobernadores. El gran Inca hizo una señal y todos los integrantes de cada región con sus colores empezaron a bailar al son de la música dando círculos por la plaza mientras la gente rodeaba por dentro y por fuera a los bailarines formando un anillo de colores que se movía concéntricamente provocando el entusiasmo del público. La chicha corría por las calles, aunque ese año escaseaba por la mala cosecha de maíz, se había reservado para la fiesta del Inti Raymi. Las mujeres reían y a muchas las perseguían hombres por las calles, la noche se volvió caótica, sólo la plaza principal estaba en orden. Pero cuando fue a amanecer se hizo el silencio, unos tambores sonaron y el gran Inca se puso de cuclillas con los brazos extendidos, al igual que los gobernadores, el sumo sacerdote de Inti por último también hizo lo mismo, esperando que el primer rayo de sol de la mañana les diera en la cara, y cuando esto ocurrió el gentío vitoreó al gran Inca a Inti y a su sumo sacerdote. En la puerta del templo se dio la señal, y empezaron a sacrificar al ganado, el ejército esperaba a que los matarifes cumplieran su trabajo, recogían las piezas despellejadas y las llevaban a las hogueras que se habían distribuido por la ciudad para hacer los asados y distribuir la carne a la población. La gente se agolpaba frente a las hogueras buscando su ansiada porción, creciendo el nerviosismo entre ellos. También lo hacían Tamaya y Killay, ansiosas en la cola. Los soldados del Inca vigilaban el orden público en las hogueras para evitar los saqueos, la hambruna había llegado a Cuzco, y lo que en otros años había sido una fiesta tranquila, este año podía convertirse en un conato de rebelión. Cuando empezaron a repartir los pedazos de carne, un hombre empezó a arrebatárselos a una niña que esperó pacientemente la cola. Un soldado se acercó con la lanza amenazante hacia el hombre, éste con habilidad levantó la lanza en gesto de agresión hacia el soldado, y con un fuerte golpe lo derribó. Los lanceros fueron a defender a su compañero y cargaron lanza en mano hacia la multitud, la masa empezó a defenderse con piedras y palos, cuando el primer soldado clavó la lanza en el vientre de uno de los agresores, varias personas exaltadas fueron hacia el lancero a atacarle, y entonces los soldados empezaron a clavar indiscriminadamente las lanzas sobre los debilitados cuerpos de la multitud. Los gritos y lamentos de la gente se mezclaban con la sangre en las lanzas. La donación del dios se había convertido en una matanza, la suerte hizo que Tamaya y Killay no estuvieran junto a la hoguera, y cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, corrieron lo más rápido que pudieron para salvar sus vidas, hasta que alcanzaron la casa de Killay y allí se escondieron, y lo que pudo ser un día agradable, festivo y con comida, pasó a ser un día de muerte y destrucción. La decepción de Tamaya inundó su ánimo, el ombligo del mundo tampoco sería su lugar, la hambruna estaba rebelando a sus habitantes, Cuzco no era seguro para sus hijos. Lo único bueno que había conseguido en Cuzco, era la amistad con Killay. Pasó ese día escondida, los gritos y lamentos de muerte se oían por las calles, el ejército del Inca había sofocado la rebelión con baño de sangre. Pero también había sofocado sus aspiraciones de quedarse allí. El despertar del día siguiente ya no fue con gritos en las calles. Se asomó y deambulo unos metros de la casa, y percatándose que todo estaba tranquilo, el silencio se adueñó de la ciudad, así como el miedo y la desesperación por la hambruna. Regresó a casa de Killay, que ya estaba despierta y dándole un abrazo le dijo: — Gracias, amiga mía, has hecho que no me maten ni a mí ni a mis hijos en esta despiadada ciudad, te recordaré siempre como mi amiga y mi confidente, ojalá pueda volver a verte, y que te encuentre feliz, y sobre todo que la chicha no arruine ni tu vida ni la de los que quieres. — Gracias a ti, nunca conocí a nadie tan valiente como tú, me has enseñado a que no hay que rendirse jamás. — Mis retoños me obligan, el mérito es de ellos Cargó a sus hijos en la manta y se fue sin mirar atrás, con pena por la separación de su nueva amiga, pero con el alivio de dejar atrás el peligro de las multitudes. Estuvo andando dos horas por la gran ciudad, hasta que llegó al límite opuesto de la muralla por donde vino y vio a un hombre con una llama cargada de frutas tropicales, sorprendida por esa cantidad de sabrosa comida, se acercó al hombre y le preguntó: — ¿De dónde vienes? — De la selva, es el lugar donde crecen estas frutas. — Para que crezcan esas frutas debe haber sol — Claro, solo que cuando la altura se hizo grande las nubes invadieron el cielo, y ya no ha habido sol hasta que llegué aquí, pero casi todos los días en la selva tenemos sol. — Muchas gracias, señor por su información. — Pero ¿vas a ir hacia allá? — Creo que sí. — El camino es difícil y largo, y sobre todo cuídate del primer gran río, muchos murieron al cruzarlo. — Gracias mercader, dijo con agradecimiento. — Cuídate, llevas una preciosa carga, de que tú vivas dependerá la vida de ellos. Después de agradecer la información, sonrió y dijo para sí, ya se cuál es mi destino, viviremos en la selva. CAPÍTULO VI LA FORTALEZA El relieve del camino era muy irregular, a veces era escarpado, pero siempre dominaba un suave descenso, la temperatura era progresivamente más cálida, y sobre todo por las noches no hacía tanto frio, eso era algo que Tamaya agradecía en sobremanera, las noches habían sido heladoras desde que abandonó las tierras del Apu Misti. Cada vez encontraba más masas arbóreas, y el sol, ya menos esquivo, iluminaba sus pupilas, llenando de vida los ojos abatidos por el cansancio del largo viaje, aún le quedaba algo de comida y eso le permitía hacer marchas más largas, a pesar de que sus doloridos pies aminoraban la velocidad de su andar. Sus zapatos de cuero de llama que habían resistido increíblemente a los cientos de kilómetros recorridos notaban ya el desgaste de las enormes caminatas que habían soportado. Viajaba por los valles encontrando menos personas caminando en su dirección y el firme se iba haciendo progresivamente más irregular conforme se alejaba de Cuzco, obligando a enlentecer su marcha. El bajo ritmo de su zancada y el cansancio acumulado desesperaba a Tamaya, pensando en lo interminable que era su diáspora, las piernas apenas le respondían y el cuero de sus zapatos ya comenzaba a agujerearse. El valle estaba resguardado por montes que se iban empequeñeciendo con el paso de los kilómetros, donde ya no se veían ni nieves ni hielos. Respiraba profundamente y por fin el aire llegaba a sus pulmones sin ahogos. Cuando el camino se hizo mucho más estrecho se encontró con una montaña donde en la cima había una fortaleza a un centenar de metros por encima del valle, pensó que podría ser el sitio oportuno para reparar fuerzas por algún tiempo. Las escaleras bajaban de la montaña, y sin pensarlo empezó a ascenderlas, aunque sus hijos habían aumentado mucho de peso y a pesar del cansancio de sus maltrechas piernas, las subió con suficiencia, no sin algún tirón de pelos pertrechado por uno de ellos. Con el aliento perdido llegó a la cúspide de la montaña donde se encontró con un soldado. — Hola soy Tamaya, dijo aún con el ahogo del esfuerzo. — Yo soy Sapaki, te he visto subir por el monte, lo que no he podido ver es lo que llevas en la espalda. Ella se dio la vuelta y mostró a sus gemelos. — Nunca hubiera imaginado que llevabas dos bebés, ¿qué haces tú sola por estos parajes? — Viajo, estoy buscando un lugar para vivir, vengo de las tierras del Apu Misti. — Eso está muy alejado de esta zona. Lo que no sé es cómo has podido sobrevivir con la hambruna. — ¿Y qué haces aquí? Preguntó Tamaya. — Mis compañeros y yo vigilamos el valle, es una de las entradas al territorio inca, solo unos kilómetros nos separan del fin del camino donde poco a poco se entra en la selva. — Perfecto dijo ella con entusiasmo, allá es donde voy, me han dicho que allá hay comida suficiente para que crezcan mis hijos. — Comida dicen que sí hay, pero no es fácil vivir allá porque hay fieras, serpientes e insectos que pueden provocar la muerte. — Prefiero morir luchando por mis hijos que soportar el hambre. — Eres muy valiente mujer, ahora te presentaré a mis compañeros. De la atalaya había una salida a un patio donde había lanzas, arcos, flechas y mazas, y algún escudo de madera revestido en cuero, y fue a presentarla al Piccka Chunka que tenía cincuenta hombres a su cargo. — Piccka Chunka, esta mujer ha subido desde el valle y viene con dos gemelos. — Hola, ¿cómo te llamas?, ¿por qué has subido a la fortaleza? — Tamaya, subí porque sé que el ejército siempre tiene comida, el gran Inca vela para que a sus tropas nunca le falte. Estoy de viaje y debo amamantar a mis hijos y haré lo que sea por alimentarme para ellos. Al Piccka Chunka le sorprendió la franqueza y el desparpajo que ella tenía: — ¿De dónde vienes? — Vengo de Cuzco, allá estuve poco más de un día. Tuve que huir para asegurar la vida de mis hijos, estuve en el Inti Raymi, pero hubo revueltas por la hambruna, por eso me marché. ¿Lo sabía? — Por supuesto, espero órdenes para ir a Cuzco, pero se ve que aún no nos necesitan, me han dicho que quieres ir a la selva. — Si, me dijeron que allá no llegó el enfado de Inti y que hay comida — La vida en la selva es muy dura si no sabes cazar. — Podría trabajar por comida, y si me enseñaras a cazar os estaría eternamente agradecida. Sapaki intervino oportunamente. — Necesitamos a alguien que nos cocine, Untumi lo intenta, pero después que se marchara el último cocinero, es insoportable la comida. Tenemos hambruna voluntaria, dijo riendo. El Piccka asintió tristemente, ya que por su robusta figura revelaba que la comida era algo esencial para él y le preguntó. — ¿Quieres cocinar a cambio? — Claro, ¿Cuándo empiezo? — ¡Ya!, dijo el oficial inca. Cuando pasaron unos cuantos días, los soldados estuvieron encantados al tener de nuevo algo agradable para comer. Tamaya demostró ser una eficiente cocinera, y lo más importante para ella, era que comía regularmente y los niños aprovechaban cada gota de su leche. Sapaki pasaba buen tiempo a su lado, porque cuando no tenía que cocinar, él la enseñaba a manejar el arco. — Abordar las piezas a distancia es una garantía de éxito, porque dar caza a larga distancia no es esperable por el animal y no huye, le explicó. Si fuera así, debes calcular la trayectoria de la presa, adivinar hacia donde se va a mover. Aguanta la respiración y no parpadees mientras apuntas, porque ni siquiera tu respiración debe apartarte de tu concentración, tu cuerpo y tu mente deben conectar con ella, y cuando tu mente tenga aprendidos sus movimientos, suelta la cuerda dejando que se deslice entre tus dedos. Se acercó a ella, le puso las manos en el arco tensando la cuerda. — Es el momento de apuntar, cierra el ojo correspondiente al lado de la mano que tensa la cuerda y mira hacia la punta de la flecha, y cuando coincidan uno con el blanco, suelta. La flecha salió del arco a gran velocidad. Tamaya después de varios intentos de forma asistida, cogió el arco puso la flecha y tiró al blanco, lo hizo con tal naturalidad y puntería que sorprendió a su maestro. Contenta por el resultado del tiro brotó un grito de júbilo de su garganta. — Creo que se me da bien, dijo sonriendo — Vas a ser buena con el arco Menos esos ratos con Sapaki, su vida se dedicaba por completo al trabajo, después de dos semanas se había ganado el respeto y la admiración de todos los soldados, menos de uno, su nombre era Wayna. Siempre se dirigía a ella con palabras poco adecuadas al respeto que debe tener un hombre hacia una mujer. Un día le dijo que contara con él para practicar el tiro con arco, y se acercó para tenderle el arco como Sapaki había hecho anteriormente, pero las manos de Wayna seguían un camino por donde no procedía, ella rehuía su contacto, pero el insistió y cuando se vino a dar cuenta la tenía inmóvil contra la pared, pretendiendo levantarle la falda. Pero de los labios de Tamaya brotaron gritos e insultos a Wayna. Estos sirvieron para alertar a Sapaki que agarró una maza y se la puso en la cabeza de Wayna y amenazándole le dijo: — Si no la dejas en paz te partiré la maza en la cabeza, y ya se te quitan las ganas de perseguir a esta mujer. Wayna se marchó en silencio: — Aunque no es justificable, llevan demasiado tiempo sin ver a una mujer. — Tú también y no me hiciste nada, tienes respeto. — No todos somos iguales. Cuando ya llevaba dos semanas en la fortaleza conquistando los estómagos de los soldados creyó que era el momento de irse y se lo comunicó a Sapaki que lleno de tristeza le preguntó: — ¿No estás bien aquí? — No puedo quedarme con vosotros, estáis preparados para el combate, no para defender a una mujer, nos hemos beneficiado de mi trabajo, pero debo conseguir un hogar para mis hijos. — ¿Estás segura?, a mí no me importa cuidarte, dijo Sapaki acariciando tiernamente su brazo. — Lo estoy, lástima no nos hayamos conocido en otras circunstancias, que no fuera época de hambruna. — ¿Es tu última palabra? — Si, no es buen sitio ni para mí ni para mis hijos. — Ven Tamaya, vamos a decírselo al Piccka Chunka dijo contrariado Sapaki. El oficial estaba descansando en su camastro, cuando se acercaron ambos. — Señor, Tamaya dice que se va. El Piccka Chunka la miró fijamente a los ojos: — ¿Acaso nos hemos portado mal contigo? — No señor, solo es que ya mi tiempo aquí no tiene sentido para mí, debo encontrar un hogar para mis hijos. — Debes entrar con respeto a la selva para que no te persiga la Yacumama, dicen que es una serpiente enorme, con aspecto de anaconda, pero mucho más grande, dicen que treinta metros de largo y su cabeza de dos metros de ancha, aparece cuando llueve, cuida de la selva, si no lo haces te comerá. Y ten cuidado con las fieras. — Gracias, señor por su información. — Te has portado muy bien con nosotros, y quiero hacerte un regalo que te va a ser esencial para cazar en la selva. Ve al patio de armas y coge un arco y una cesta de fechas, úsalas como te ha enseñado Sapaki. La alegría de Tamaya se puso de manifiesto, aunque no solía ser muy dada a demostrar claramente sus sentimientos. — Gracias, señor, dijo agarrando su mano — Suerte Tamaya, mereces lo mejor Sapaki la acompañó al patio de armas y allí eligió arco y flechas, antes de irse se asomó a dónde reposaban los soldados. — ¡Adiós, amigos! grito desde fuera — ¡Adiós Tamaya! dijeron saliendo a despedirse Fue a la cocina y dispuso de nuevo a los niños en su manta, agarró comida suficiente, bajó por los escalones hacia el valle, y se perdió por el camino. Sacó su amuleto de cóndor, lo asió en su mano derecha y lo acercó a su corazón, y dijo para sí: Ave solitaria llévame a mi nuevo hogar, tú que ves todo desde el cielo elige mi camino y guíame. CAPÍTULO VII LA SELVA Pasaron días de marcha y el camino, decididamente en descenso, se fue estrechando hasta que se convirtió en una vereda inserta entre los árboles, angosta, pero al principio bien definida, aunque al paso de los kilómetros se fue diluyendo hasta que desapareció, el bosque se hizo denso construyendo su propio camino sorteando cada árbol. El calor hacia brotar el sudor de su frente. Inti ya estaba presente, pero, aunque la frondosidad no hacía que sus rayos le dieran directamente en el cuerpo, había provocado que se quitase la ropa de lana que la había protegido de los fríos de las alturas de la sierra, los había guardado haciendo que se engrosara su hatillo, siendo lo único que llevaba era la manta en la espalda para sujetar a los niños, ya muy pesados por su crecimiento, y en el hombro el arco y las flechas. El silencio había desaparecido de su viaje, los monos aulladores parecían perseguirla desde que entró en la selva con su infernal gruñido, y el trino de los pájaros hacía que resonaran en su cabeza, se acabaron las caminatas silenciosas de la sierra, en los cuales solo oía sus propias pisadas. El olor acre de las hojas caídas en el suelo, medio podridas por la humedad constante, hacían que las gotas de su propio sudor le dieran un desagradable sabor salado en su boca, haciendo que la marcha fuera aún más penosa. Una vez bajada una pequeña loma, oyó el murmullo de un cauce de agua, el cual según bajaba la pequeña pendiente, se hizo aún más sonoro, a la vez que el grado de humedad se hacía aún más evidente hasta que llegó a un gran río. Tamaya debía cruzarlo para internarse definitivamente en la selva, más allá de esa corriente de agua podría estar su hogar, comida y una vida tranquila para sus retoños. El río, aún cerca de la sierra bajaba con la suficiente pendiente para que la corriente tuviera la fuerza necesaria para poder golpearla contra alguna piedra y hacerla daño, tanto a ella como a sus hijos. Hasta ahora nunca había tenido la necesidad de nadar, lo cual era un problema, debía encontrar una rama grande o un tronco para afianzarse en él a modo de balsa, buscó por la orilla encontrando una gran rama en el suelo, que la permitiría no hundirse en las aguas. Nunca había visto un río tan grande, era mucho mayor que el Quilca que bañaba las tierras del Apu Misti, este era más caudaloso y además el cauce aún venía rápido por el desnivel de su nacimiento en las montañas. Tamaya hizo un gran esfuerzo para poner la rama en las aguas del río Purús, aseguró bien con la manta a los retoños y se montó en ella. No podía apartar de su mente lo que le dijo el Piccka Chunka sobre la gran serpiente Yacumama, y pensó que podría estar esperándola en el fondo del río, respiró hondo intentando controlar el miedo y se centró en remar con las manos hacia el centro del río, donde la corriente se hacía más fuerte, la velocidad del cauce aumentaba por la fuerza de las aguas, pero fue inclinándose de un lado a otro buscando el equilibrio sobre la rama, para no caer al agua y no perder ni la comida que le quedaba, ni el arco y las flechas, ni por si puesto a sus bebés. Mientras hacía ese equilibrio invocaba a la Pachamama, para que la Yacumama no saliera de las aguas. Hubo un momento en que la rama empujada por la corriente cabeceó haciendo perder el equilibrio, lo que hizo que cayera al agua, agarró fuerte la manta, y afortunadamente pisó suelo, y aunque iba tropezando, recobró la verticalidad hasta que quedó de pie haciendo fuerza con sus piernas, para que no la llevara la corriente. Fue andando hacia la orilla hacia una pequeña y arenosa playa y cuando llegó a ella se tiró al suelo extenuada por la lucha, estuvo buen tiempo recuperando su respiración jadeante, hasta que el llanto de los niños la hicieron reaccionar, para calmarlos los acercó a sus pechos y apoyada en un árbol, y se quedó dormida, pero con su objetivo conseguido, ahora sí podía decir que había llegado a la selva. Le despertó por un instante el zumbido de los mosquitos, pero aún con los niños enganchados volvió a quedarse dormida, empezó a soñar que despertaba y cuando abría los ojos allí estaba el Jarjarcha contemplándola, este estiró el cuello y de su mugrienta boca sonó un jarjar desagradable y repetitivo, buscó en su zurrón el pedazo de espejo que le dio el pastor, cuando el Jarjarcha se miró en él, salió despavorido, un suspiro de alivio brotó de sus labios, después se miró ella en el espejo, y en vez de su faz observó que tenía el rostro de un mosquito. Tamaya se despertó sobresaltada oyendo un zumbido muy grande que retumba en sus oídos, abrió los ojos y vio que estaba rodeada de una densa nube de mosquitos que laceraban sin piedad su piel, y lo que era peor, la de sus hijos. La desesperación dominó su ánimo, apremiada por la agresión de los insectos regresó hacia el río, y se sumergió con sus hijos, que lloraban incansablemente, y después se rebozo en el barro. Los mosquitos al eliminar el foco de calor de su piel dejaron de acosarla al igual que a sus hijos, pero cuando el barro se secó intentaba taparse con la ropa, pero siempre quedaba parte al descubierto donde era picada. Prosiguió su marcha pisando hojas húmedas en el suelo a la vez que el calor la acosaba con saña, la ropa mezclada con el barro seco era un suplicio, no dejaba salir libremente el sudor. Debía comer, aunque no sentía hambre, acechó por los árboles, vio un mono que estaba sentado en una rama, al verlo tomó el arco, puso una flecha en el cordaje y respiró hondo, la ansiedad hacía que su pulso fuera tembloroso, era la primera vez que tiraba una flecha sobre un ser vivo, detuvo la respiración al soltar la flecha, y esta se deslizó en el aire como si flotara, clavándose en el pecho del mono que cayó desplomado. Tamaya gritó de alegría, y fue a por él, lo asió fuerte con sus manos y empezó a despellejarlo con su cuchillo, una vez lo hubo hecho, prendió fuego a unas ramas, pero no era tan fácil como en la sierra, todo estaba húmedo, y salía más humo de la hoguera de lo podría esperar impregnando de ese olor la carne del animal. Lo cocinó devorando ansiosamente la carne, y cuando acabó volvió a quedarse dormida. Tuvo otra pesadilla, cuando despertó estaba empapada en sudor, tenía frío, mucho frío, sus hijos lloraban y a lo único que pudo atender fue a ponerlos en sus pechos, pero la debilidad le impedía hacer más, porque no pudo ya levantarse, aunque siguió acosada por ese maldito zumbido que se clavaba en sus oídos… Cuando despertó y se dio cuenta que estaba en un lugar cubierto, unas ramas cruzaban diseñando un techo entretejido con hojas parecidas a las de palmera, permaneció unos segundos mirándolo hasta que volvió en sí, buscando a los retoños desesperadamente, pero sí, estaban allí, a su lado, dormidos, rápidamente agarró a sus hijos. Estaban en un lugar desconocido, alguien los había llevado allí, no recordaba nada de su transporte, se detuvo observando cada rincón de aquella pequeña choza, cuando entró una mujer con los senos desnudos sonriendo amigablemente. Ella cogió un recipiente en forma de calabaza y le ofreció su contenido, poniéndole la calabaza en la mano. Recelosa por el desconocimiento de la situación, olió por el orificio de la calabaza dándose cuenta de que le estaba ofreciendo agua, un agua que era una inyección de vida para ella, tenía los labios resecos, debía haber tenido fiebre tras la insidiosa persecución de los mosquitos, bebió con ansiedad, pensó en la necesidad de sus hijos y los puso de inmediato a amamantar. La mujer intentaba comunicarse con ella, pero no hablaba en quechua. La mujer se tocó el pecho señalándose y se identificó: — Tokiri — Tamaya, dijo haciendo lo mismo. Tokiri sonrió y se fue de la choza. Sentía curiosidad y se asomó fuera del chamizo viendo a personas con una fisonomía muy parecida a la de Tokiri, lógicamente debía ser de la misma raza que ella. Eran de estatura pequeña, piel oscura, con la nariz achatada, el pelo negro, y desnudos de medio cuerpo hacia arriba. Había mujeres moliendo yuca y otras haciendo una hoguera frotando palos, estaba perdida, no entendía ni una sola palabra de lo que decían entre ellas, lo único que sabía era que no la dejaron morir en medio de aquel infierno insalubre. Tokiri regresó a la choza trayéndole unas tortas de yuca con plátano. Ella sí había visto la yuca, pero desconocía el plátano, el cual comió resultando sabroso para su maltrecho paladar, aún recordaba el sabor desagradable del ahumado del mono que comió. Llegó la tarde y los hombres regresaron al poblado, sin duda habían ido a cazar, porque regresaron con piezas de caza, las cuales se las dieron a las mujeres que empezaron a despellejarlas. Tokiri se paró a hablar con uno de ellos que seguidamente se acercó a Tamaya. — Hola soy Kana, Tokiri me ha dicho que hablas quechua, y soy el único de la tribu que conoce tu idioma, estuve trabajando al servicio del gran Inca, mostrando caminos a los soldados por las veredas de la selva. Ellos me llevaron a Cuzco y conozco parte del territorio. ¿Y tú? — Soy Tamaya y vengo de la tierra del Apu Misti con mis hijos huyendo de la hambruna ocasionada por el enfado de Inti. — ¡De tan lejos vienes! ¡Y tú sola! — Sí, simplemente busco un hogar estable para mis hijos, recorrí parte de la sierra y no pude conseguirlo, la hambruna se encargó de que no me fuera posible. Algo quería preguntarte, ¿cómo he llegado hasta aquí? — Cruzaste el río por un lugar que está infestado de mosquitos, hay tantos que tú cuerpo reacciona contra tanta picadura, que te sube la fiebre hasta que te deja maltrecho y si no te auxilian puedes morir. Es zona de pesca, y al acercarnos a la orilla vimos huellas en la orilla de alguien que se rebozo por el lodo, seguimos tu rastro y allí estabas inconsciente junto con los niños, os subimos a la canoa, seguidamente el chamán te dio unas hierbas para rebajar tu fiebre, y el resto ya lo sabes. — ¿Te encuentras bien? — Estoy como si me hubiera pateado un grupo de llamas, aunque me duele el cuerpo y estoy algo débil, me encuentro bien. — Lo celebro, estábamos preocupados por tu estado, hay veces que no se recupera el cuerpo de tanta picadura, y se produce la muerte por ahogo. — ¿Quiénes sois? — Somos Yine que en nuestro idioma significa gente, somos eso, gente. Somos hospitalarios y nos gusta ayudar a quien lo necesita. Tamaya, maravillada por una descripción tan simple de su pueblo sonrió, pensando en lo difíciles que pueden ser las cosas, cuando realmente las hacemos difíciles nosotros mismos. Esa noche iban a celebrar la caza, y lo harían cenando carne todos juntos, las mujeres avivaron las hogueras para cocinar, todas se juntaron para elaborar la cena dándose ayuda las unas a las otras. Ninguna de ellas hablaba quechua, pero por gestos se hicieron entender, llevando un grado de camaradería como nunca había sentido, y siempre sonrientes. Anocheció en el poblado, las cabañas hechas de ramas y hojas se iluminaban con los colores cálidos de las hogueras, en el centro se sentaron el jefe y el chamán, y a los lados el resto de la tribu. Kana se sentó a su lado para poder traducirle lo que decían y cuando el jefe dio la señal y empezaron a cenar. Tamaya le dijo a Kana, que le tradujera lo siguiente: — Jefe de los Yine, quiero darte las gracias por la hospitalidad que tu maravilloso pueblo está teniendo conmigo y con mis hijos, y también a ti poderoso chamán que has sido capaz de curarnos esta enfermedad. Me habéis salvado la vida. El jefe le respondió con unas palabras: — Tamaya, la vida en la selva es muy dura, enfermedades, insectos y fieras nos acechan diariamente a todos nosotros, nuestra fuerza es la solidaridad por lo que la ayuda que nos prestamos entre nosotros debe ser constante, y así lo hacemos entre nosotros y también a quienes vienen a vernos. Porque somos gente, y la gente se ayuda. Era algo tan simple y maravilloso que se quedó pensando en que, si todo el mundo se comportara de esa manera, nunca habría recelos ni odios, porque lo que hay es de todos, nadie tendría la necesidad de arrebatar lo que es suyo. Tokiri se acercó a los niños que como siempre estaban a la espalda de Tamaya, y les dio una semilla con un pequeño tallo que al agitarlo sonaba como un sonajero. Su madre estaba plena de felicidad, era el primer juguete que tenían sus hijos mientras lo agitaban alegremente provocando una sonora risa. Comió la carne deliciosa que le ofrecían junto con vegetales que nunca probó y le pareció un festín, al cual, ya hacía mucho tiempo no estaba acostumbrada. Durante esa noche desaparecieron los problemas y la felicidad reinó en su corazón. CAPÍTULO VIII YINE Acompañaron a Tamaya a una choza donde pasaría la noche, se sentía aliviada de no hacerlo a la intemperie, había visto tantos insectos que le preocupaba que pudieran picar tanto a ella como a sus hijos, había sido con lo primero que había tenido contacto en la selva, y ya les tenía pavor. Ella, fruto de la costumbre de meses de viaje se tiró al suelo a dormir, pero la mujer que la acompañaba, por señas le dijo que se subiera en una de las hamacas que colgaban de las columnas principales de la estructura, hechas con un tronco no muy grueso, las cuales soportaban el ramaje y la hojarasca que formaban su estructura. Kana entró en la choza y le explicó lo que decía su compañera de vivienda: — Dice que, si usas la hamaca te librarás de los peligros de los insectos y animales arrastrantes, además estarás más cómoda, el suelo está muy duro. Tamaya no dudó en probar la sugerencia, y no solo era la lejanía del suelo sino lo fresco que se estaba integrándose en esa tela de araña, tejida con hilo a modo de red que se adaptaba a su cuerpo, confiriéndole una comodidad insospechada por ese artilugio desconocido por ella. Saciada, cómoda y fresca, le parecía increíble lo que le había aportado esa tribu en un solo día. Durmió de un tirón y cuando despertó además de dar de amamantar a sus vástagos salió de la choza a tomar un trago de agua, y allí encontró a kana poniendo un cordaje a un arco al lado de la calabaza, Kana la agarró acercándosela a ella, pero detectó por el peso que estaba vacía. — Acompáñame y te diré de dónde cogemos el agua para beber. Tamaya siguió a Lana por un camino despejado de vegetación, no porque estuviera diseñado por ellos mismos, sino por las pisadas diarias de su tribu. El camino se elevó con una pendiente suave y algunos metros después había un pequeño acumulo de rocas entre las cuales nacía un pequeño manantial de agua pura y cristalina. Kana agarró la calabaza hueca y la puso en el flujo de agua, se la dio a Tamaya que bebió abundantemente. — ¡Gracias!, dijo sonriendo. — No podía permitir que pasaras sed. Ella le sonrió en muestra de agradecimiento, él continuó hablando. — Deberías cambiar la manta de los niños, se van a deshidratar por el calor que les dan, los niños pueden colgar de tejidos más frescos, las mujeres te la proporcionarán. He visto que llevas arco y flechas ¿sabes manejarlas? Sin mediar palabra cogió una flecha y el arco. — ¿Ves aquel árbol?, señalando a un árbol mediano de tronco liso, tensó la cuerda y la flecha salió disparada acertando fielmente en su tronco. — ¡Qué buena puntería!, dijo Kana, podrías ayudarnos a cazar. Tamaya fue a recuperar la flecha y cuando las extrajo brotó un líquido blancuzco del tronco, sorprendida dijo: — ¡Está llorando por la herida! — Eso dicen, hay una leyenda que explica porque llora ese árbol. Hace mucho tiempo que una mujer como tú vino a la selva, ella tenía también gemelos, un día cazando le quitó una pieza de caza a un Jaguar, este se enojó con ella, pensando que al rey del bosque jamás se le puede quitar la presa. Por eso decidió vengarse y cazar a la mujer y a sus hijos. La mujer huía del Jaguar y evitó caer en las emboscadas que la fiera le tendía. Pero un día se descuidó y encontró al Jaguar de frente en un claro del bosque, la mujer asustada creyendo morir pidió compasión a la Pachamama, nuestra madre naturaleza, esta se compadeció de la mujer, y evitando que fuera devorada, ella y sus hijos por el Jaguar, la convirtió en el árbol del caucho, dicen que brota sus lágrimas por no poder darle una buena vida a sus hijos. — Entiendo que llore, todo lo que he hecho, lo hice por mis hijos y todo el sufrimiento de la caminata y las dificultades del viaje, solo vale la pena si mis retoños pueden llevar una buena vida. Kana la miró con admiración, y de su corazón salieron estas palabras: — Los Yine seremos la prolongación de la Pachamama, pero no te convertiremos en árbol y menos te haremos llorar, solo te cuidaremos para que tus hijos tengan la buena vida que buscas. Fue la primera vez en su viaje en que realmente se vio cuidada y amparada. Su mano buscó el contacto de la mano de él, y mirando a sus ojos negros como el azabache salió de sus labios un gracias. Ella quitando la magia del momento se dio la vuelta y le dijo tímidamente: — ¿Volvemos? — Si, dijo aún tembloroso por el suave contacto de su mano. Cuando llegaron al poblado Kana le dijo a una mujer que le diera a ella un tejido hecho con tallos muy ligeros y frescos donde depositó a sus hijos y pudo colgarlos cómodamente en su espalda, y por fin se liberó de aquella manta que la había acompañado metro a metro en su gran diáspora. Tamaya se juntó con unas mujeres que tejían con esas fibras vegetales, las cuales iban adquiriendo la forma de una canasta, ella a la vez que observaba con detalle la laboriosa elaboración de ese objeto, intentaba aprender alguna palabra de aquella lengua desconocida para ella, en su pensamiento y en su forma de ser tan independiente, no cabía la posibilidad de tener que depender de nadie para poder entenderse, aunque presencia de su intérprete le confería una paz y bienestar del que había carecido desde la muerte del padre de sus hijos. Repetía varias veces las palabras que entendía, haciendo un gran esfuerzo para memorizar esos sonidos. Confiada, dejaba a sus hijos en el suelo para que el resto de las mujeres y niños pudieran jugar con ellos, esto hizo que la comunidad la aceptara aún más rápido que la abrumadora hospitalidad de este pueblo le brindaba. El día fue muy tranquilo discurriendo entre las elaboraciones de las mujeres y el juego de los niños. Que se acercaron ante la curiosidad de ver a dos retoños iguales. Tamaya estaba feliz por las inocentes risas de sus bebés, divertidos por las gracias que le hacían los niños. Oscureció en el poblado y se reunieron junto a la hoguera a contar cosas que tenían que hacer cuando alguien soltó un silbido y algunas mujeres se estremecieron, Tamaya miró con extrañeza a Kana: — Es una broma, ¿porque se asustan? — Temen al Tunche. — ¿Qué es el Tunche? — Dicen que es un espíritu que vive en la espesura del bosque, y que su silbido te atrae hacia donde él está matándote y robándote el alma. — En todos los lugares hay monstruos, en la sierra me regalaron un espejo para protegerme de un monstruo medio llama medio hombre, que aparece en la noche matándote. Kana lo tradujo generando una exclamación de sorpresa generalizado en la tribu. Una mujer preguntó a Tamaya, y su intérprete tradujo la pregunta. — ¿Lo has visto? — Afortunadamente no, pero un pastor me advirtió sobre él. Y así les fue contando alguna cosa sobre su viaje, la tribu escuchaba embelesada lo que contaba. Sobre Cuzco, sobre la mina, la fortaleza… Pero hubo un momento en que el jefe fue el que preguntó: — ¿Por qué una mujer recién parida abandona su hogar?, Kana lo tradujo con un alto grado de curiosidad y esperó su respuesta con expectación. — Querían sacrificar a mis hijos para que pasara el enfado de Inti, el dios sol, para que con sus rayos inundara de nuevo nuestra tierra y fueran buenas las cosechas. Vieron el nacimiento de mis hijos como una señal, tuve la suerte de saberlo, gracias a mi madre, antes de que vinieran a por ellos y por eso pude escapar. Pero lo hice hacia el lugar al que nunca pensarían que lo hiciera, por eso no me encontraron, porque creían necesitar tanto a mis retoños, que saldrían a buscarnos, pero nunca hacia las cumbres. La sorpresa iluminó los ojos de Kana: — Sabía que eras valiente, pero no que lo eras a tal extremo. Kana tradujo las palabras de Tamaya causando un murmullo de admiración. El jefe se volvió a dirigir a la viajera. — Estamos orgullosos de que la gente valiente esté con nosotros. Es tu casa y quédate el tiempo que quieras con nosotros. La sonrisa brotó de los labios de Tamaya que agradeció el gesto del jefe. La alegría se desbordó en la cena y las mujeres empezaron a cantar ritmos desconocidos para Tamaya, los cuales disfrutó dando palmas. CAPÍTULO IX LA CAZA Al día siguiente ya no había carne en el poblado por lo que los cazadores se reunieron para volver a salir de cacería. Iban provistos de arcos y flechas para que la distancia no fuera un problema, Kana testigo de la puntería de Tamaya, propuso al jefe que esta fuera uno de los componentes del grupo de caza de la tribu, y como era tradición la mayor personalidad de la tribu invitaba personalmente al nuevo componente del grupo. Se sintió halagada por el ofrecimiento por lo que agarró su arco y lo colgó de su hombro, esperando poder usarlo con la eficacia demostrada con anterioridad. Dejó a sus hijos con el resto de las mujeres y se unió al grupo de hombres donde iba Kana dirigido por el chamán de la tribu. Empezaron a caminar por las veredas hasta que penetraron en la espesura del bosque, donde los trinos de los pájaros y el aullido de los monos hacían imperceptible el sonido de sus pisadas, algún rayo sol era capaz de traspasar el intrincado techado de las hojas de los árboles iluminando el suelo, que, por lo general, siempre estaba sombrío. Al cabo de un tiempo de marcha llegaron a un gran claro dominado por una enorme ceiba. Kana siempre permanecía al lado de ella siguiendo sus pasos e indicándole los sitios donde el hacer ruido podía arruinar el acecho de alguna posible presa. Caminaban tranquilos cuando Kana, de repente, agarró el brazo de Tamaya haciendo que parara antes de pisar una serpiente, que cruzó el claro a gran velocidad asustada por la presencia del grupo. Ella respiró fuerte para aliviar la tensión. Mientras seguían caminando por la espesura vio un pájaro con un pico enorme de llamativos colores, Tamaya lo señaló y Kana dijo la palabra tucán, no dejaba de sorprenderse de todo lo que estaba conociendo en la selva, en la sierra de donde ella procedía no había tanta variedad, ni de aves ni de animales y los que había eran tan diferentes que estaba desorientada, parecía estar en otro mundo absolutamente distinto al que había vivido hasta ahora. El chamán les hizo una seña a todos, y rápidamente se refugiaron tras los troncos de los árboles, la tensión creció entre las seis personas que formaban el grupo al ver moverse unas ramas, todos quedaron en silencio intentando estar completamente estáticos, incluso conteniendo la respiración, mirando fijamente el arbusto removido, en que entre las hojas salió la cabeza de un ciervo, y todos tensaron sus arcos apuntando a la presa. Un cazador del grupo perdió el equilibrio y pisó una rama que produjo un crujido, al romperse espantó al ciervo, que raudo empezó su huida, los hombres lamentaron esta fatalidad bajando sus arcos, pero Tamaya no desistió y en un alarde de puntería intuyó la dirección del ciervo aun habiéndole perdido de vista, la flecha acabó acertando en su cuello. Al oír el quejido de la presa, Kana gritó de alegría y fue corriendo hacia donde había huido el ciervo junto a los demás compañeros, y encontró al animal caído dando sus últimos suspiros a unos metros de distancia del arbusto de donde lo habían visto, al ir llegando a la pieza abatida todos fueron levantando el arco en símbolo de triunfo y gritaron de júbilo a la vez, Tamaya se acercó y todos hicieron lo mismo rodeándola, vitoreando a la nueva gran cazadora de la tribu. Alegres por la gran pieza la ataron por las patas dos a dos en una rama y la cargaron en sus hombros, cansados pero contentos después del esfuerzo llegaron al poblado, y los Yine al ver la presa explotaron de alegría, serían días de carne para todos. Al contemplar la presa en el suelo, los pensamientos de Tamaya volaron en el tiempo, recordando cuando cayó desfallecida en el camino y Rumí la salvó, y que solo la bondad de la gente que se encontraba pudo llevarla a ese momento de satisfacción, buscó su pepita de cóndor la puso en su mano y dejó que su cuerpo empezara a moverse en una danza rítmica y cuando la vieron el resto de las mujeres la imitaron, su cuerpo y su mente estaban llenos de júbilo, ajenos del miedo que había tenido por sus hijos, que por fin estaban a salvo. Pero sus hijos, ¿dónde estaban?, los buscó con la mirada, era la primera vez que se separaba voluntariamente de ellos, y los vio gateando a la salida de una choza, abrió los brazos y los cogió y los puso como siempre lo había hecho en su espalda. Empezaron a despellejar la presa, para dejar listo el asado para la noche. Tamaya atrapada por el calor húmedo de la selva, no podía quitarse el sudor aún no estaba adaptada a ese clima, y se le ocurrió y a preguntar a kana — ¿Hay un sitio seguro para darse un baño? — Si, hay una laguna cristalina a veinte minutos de aquí, si quieres os acompaño. — Naturalmente, así nos bañamos los cuatro Él estaba emocionado porque estaría a solas con Tamaya, su admiración era tan grande como la atracción física que sentía por ella, el corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar, el menor contacto físico con ella era un festival de emociones y ahora estarían solos un tiempo compartiendo cierta intimidad con ella. El lugar era un pequeño paraíso rodeado de arboleda, un metro de arena que descansaba en un agua limpia que podía beberse sin enfermar, primero entró Tamaya con sus hijos abrazados y después Kana, cuando estuvieron juntos le dio a él uno de los pequeños, ella le miró fijamente a sus ojos y después empezó a hablarle al retoño que él sostenía: — Sabes, hijo mío, mamá encontró un buen sitio para que crezcas, y quien te sostiene será un hombre que te defenderá tanto como tú madre. Sorprendido Kana la miró a los ojos, ella acercó sus labios a los suyos, y se fundieron en un largo y cálido beso, y la felicidad invadió su cuerpo. Jugaron con los niños en la laguna y cuando volvieron lo hicieron juntos de la mano y cada uno con un niño, provocando el murmullo cómplice de las mujeres que enseguida se dieron cuenta. Celebraron una fiesta por el ciervo, el cual sirvió para restaurar sus cansados cuerpos, los ojos de Kana no se separaron de los de Tamaya, el chamán se puso a relatar la caza que habían protagonizado por la mañana, elogiando sus dotes de cazadora. Espero con paciencia a que terminara el chamán, le pidió a Kana que tradujera sus palabras, se dirigió al jefe: — Quiero decirle que me gustaría permanecer aquí siendo Yine, por fin encontré un hogar para mí y para mis hijos, he encontrado seguridad, bienestar y una gran familia y también encontré el amor, por favor jefe, ¿puedo quedarme? Permaneció en silencio unos segundos, pensando su respuesta y cuando empezó a hablar, ella notó como el rostro de Kana fue cambiando a una expresión de felicidad, como jamás había visto, y empezó a traducirle. — Hoy se celebran dos fiestas, la caza del ciervo, y la de adoptar para siempre a nuestra nueva Yine. El abrazo de Kana fue instantáneo, las mujeres empezaron a cantar y a bailar de alegría felices de incorporarla a su tribu, Tamaya se unió, y sus pies nunca se movieron con esa soltura rebosando felicidad. Ella agarró su pepita en forma de cóndor y le dijo: — Hasta aquí me has traído ave solitaria, ahora lo único que deseo es que, de alguna forma, mi madre sepa que su hija y sus nietos hallaron su lugar en el mundo Y así fue como Tamaya consiguió su hogar y perteneció a la gent

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La hacienda encantada de Patolpa, de Raúl Briceño

En los terrenos que hoy se localizan dentro del triángulo que forman las comunidades de San José de los Andrade, Volcanes y Santa Bárbara, existió la
Hacienda de Patolpa, la que en los libros de registro de Guachinango en junio
15 de 1773, aparece como Hacienda de los Estrada, situada a nueve leguas de
Guachinango, en la que habitaban 30 personas; su nombre es tomado de unas
cebollas silvestres que proliferan en esos lugares y que son muy sabrosas. Ni
el abuelo Francisco, ni los más viejos del rancho recordaban ya el nombre o
los nombres de los últimos propietarios de dicha hacienda, sólo sabían que
era extensa y muy rica. En los cerros cercanos abundaba el ganado bovino y
caballar; los terrenos de sembradío nunca estaban ociosos, los que no eran
sembrados de maíz en época de lluvias, pasado el temporal, se sembraban de
trigo o garbanzo; el dueño de dicho emporio se ufanaba de que podía rentar a
las rancherías cercanas cuantas yuntas de bueyes quisieran o, en su defecto,
podía vender buenas puntas de ganado vacuno de color que el comprador
quisiera. De la casa grande de la hacienda que a su vez estaba rodeada de las
humildes cabañas de peones, medieros, vaqueros y gañanes, el lujo era insul

tante; la vajilla era de oro y plata;, había ricas alfombras y ostentosas cortinas de terciopelo; y, aunque al parecer el propietario era solo, sin esposa e
hijos, por lo menos en aquel lugar, se cocinaban muchas viandas que sólo el
patrón, su ama de llaves y escasos criados comían, aunque pareciese que
hubiera invitados o se estuviera de fiesta y que después, en vez de repartirlas
a sus peones o medieros, mandaba y se cercioraba de que se dieran a los
cerdos que tenía en sus zahúrdas. A regañadientes había aceptado que cerca
de la hacienda se construyera una capilla en la que se veneraba a un cristo
grande y patético.
Se decía que el señor hacendado era «masón», calificativo muy socorrido para denominar a cualquier ateo en aquellos lugares, aunque no comprendían la diferencia que hay entre masones y ateos. Pero también se afirmaba que si había aceptado que se hiciera la capilla era porque nada tonto,
sabía que de negarse se quedaría sin trabajadores, dada la religiosidad de los
habitantes de la región. Se decía que en su recámara, muy cerca de su cama,
rodeado de carabinas 30-30 y rifles del siete, que pendían de las paredes,
junto con sables y machetes, estaba el zurrón de un novillo o toro, relleno en
vez de aserrín u otro material usado por los taxidermistas, con alazanas de
oro, centenarios, pesos duros y hasta joyas.
Este señor vivía en pugna con el sacerdote que desde Volcanes iba cada
domingo a oficiar misa o en semana santa, que era la fiesta más celebrada en
Patolpa. Su pugna era porque el sacerdote, sin darse punto de reposo, lo
abrumaba con exhortaciones a que entrara al buen camino que la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica, única directriz segura, le ayudaría a encontrar; pero el hombre era reacio a dejarse convencer y acompañaba sus negativas a convertirse con una serie de maldiciones, epítetos, insultos y amenazas, más larga que la cuaresma. Total, era un comecuras recalcitrante e
irreductible; pero el cura era de los que teniendo a alguien en la mira lo acosan, lo cercan, le busca el lado flaco para hacerlo entrar al redil; y si hemos
de citar otra vez frases del tío Willy, añadiremos: «para hacerlos a la rienda,
¡qué caray!.»
¿Cuántos días pasaron con su pugna, uno insistiendo y el otro negándose y aumentando sus insultos? Nadie supo decirlo; lo cierto es que según contaban los «antiguos», entre más luchaba el sacerdote para salvar aquella alma de las garras del demonio, el hacendado iba creciendo en rencores, en
ofensas y en odios. Y así se aproximaba una semana santa más y el cura y los
vecinos, no sólo los de Patolpa, sino los de Los Volcanes y de San José de los
Andrade y otras comunidades, trataron de hacer que los festejos y actos religiosos, más que solemnes, resultaran lúcidos como nunca; y así anduvieron
solicitando por los poblados un óbolo generoso para tener suficiente como
para lograr su objetivo; sólo que nadie de los naturales se atrevía a ir a pedir
ayuda a aquel hacendado, sabedores de su furibundo carácter y su boca que
escupía alimañas al hablar.
Pero el cura, sin desmayar, confiado en la ayuda de Dios, quien no podría negársela, mucho menos por ser su ministro en la tierra, dijo que él tomaría al toro por los cuernos y le pediría su óbolo, esperando que fuera el
más abundante de todos. Y contaba el abuelo Francisco que una noche sin
luna, el cura llegó a la casa grande de Patolpa, se santiguó devotamente y
cogiendo un aldabón que tenía la figura de la cabeza de un león, dio tres
fuertes golpes cuyos ecos fueron resonando por corredores y piezas
semivacías, lúgubre y largamente; buen rato después se escuchó el arrastrar
de chanclas y por la cerradura de la puerta, el cura, que atisbaba por ella, vio
una vacilante luz que se acercaba.
Los pasos se detuvieron a la puerta y una voz cascada, chirriante, de
una vieja decrépita, preguntó:
— ¿Quién es?
Y el cura, por toda respuesta, dijo:
— ¡Ave María Purísima!
Entonces, la vieja terminó la oración:
— ¡Sin pecado concebida!
Con ello supo que el visitante no podía ser otro que el cura y con un
horrísono chirrido las puertas fueron abiertas por la anciana que intrigada
preguntó:
— ¿Qué güenos vientos lo train por acá, Pagresito?
Y el sacerdote, sonriendo, contestó:
— No muy buenos, Clementina, ya que quiero hablar con el cascarrabias de tu patrón.
— ¡Válgame la virgen santa, padre, ni lo intente, capaz que lo ajusila!

— No me hace nada, mujer, llámalo.
— Pos, con perdón suyo, no; si lo dispierto, mañana usté dirá misa de
cuerpo presente y yo dentro del cajón; no, padre, lo siento con el alma, pero
no.
— Entonces hazte a un lado; yo asumo el riesgo y la responsabilidad
ante ese masón empedernido.
Pero la vieja, galvanizada más por el miedo al patrón que por el sentido
del deber, se irguió cuanto pudo y se interpuso entre el cura y el camino de la
casona. Y discutieron y se enojaron; el padre, terco a entrar; ella, obstinada a
no dejarlo pasar. Ya fuese porque las fuertes voces lo despertaron o porque
aún no se dormía, el hacendado, a quien para mayor comodidad en el relato
le pondremos el nombre de Procopio, intrigado y furioso porque le rompieron el silencio y la paz de su casa, se asomó al pasillo y viendo al Cura en la
puerta a la luz de la cachimba que llevaba la vieja, le gritó iracundo:
— ¿Y ´ora que demonios quiere usté, cuervo con enaguas?
Y el cura no menos exitado le contestó:
— ¿Pues no que muy ateo y menciona a los demonios? Y si cree en
ellos, también cree en los ángeles y en Dios y en la virgen.
— Si dije demonios fue por simple costumbre o forma de hablar, porque de haber diablos uno de ellos sería usted, y en cuanto a Dios y la virgen,
váya a contarle sus cuentos a los pelangoches muertos de hambre que comen cuando, cóomo y lo que yo quiero que coman.
— Pues esos pelangoches muertos de hambre son los que le dan de
comer a usted, porque el día que ellos le dejen, usted se muere de hambre.
— Nombre, ¿pos que no tengo tanto dinero pa´ pagarles todo, hasta la
risa, siempre y cuando se rían bonito?
— Pues ese dinero, don Procopio, había de usarlo para darles mejor
vida y hacer caridades y dar a la iglesia para sus necesidades.
— ¡Sí, como no! ¿Y usted qué dijo: este menso se cae con la lana, verdad? Pos no, prefiero mejor que se me vuelvan boñiga mis centavos, antes de
dárselos a ellos; y a su Iglesia… ¡menos!
— Mire que está tratando de tentar a Dios para que lo deje tanto o más
pobre que ellos.
— ¿Sí?, ¡pues sepa que nadie, ni el mismo Dios, si es que lo hay, me harán perder un solo tlaco! ¡Pos cuál miedo a su Dios! ¡Vámos, lárguese antes
de que le atice un balazo!
Diciendo esto don Procopio extrajo de debajo de su camisa una pistola
44.40 y le apuntó con ella al cura, que sin inmutarse le dijo:
— Sí, ya me voy, pero no por miedo a su arma, ya que con ella me quita
solo la vida corporal, pero no la del alma; quédese con su fortuna, pero sepa
que como castigo, Dios le hará perder hasta el último céntimo antes de que
termine la cuaresma. ¡Adiós, retrógrado!
El padre se dio vuelta sin mirar hacia atrás; el hacendado no osó disparar pues las palabras del cura, que le sonaron a maldición, le cohibieron, ya
que como todo campesino, en el fondo era supersticioso y temeroso; sólo
cuando lo vio muchos metros más retirado, ocultó su nerviosismo emitiendo
una sonora y a la vez fingida carcajada. Luego, dándose valor, le gritó:
— ¡Mire, ensotanado, yo reto a usted y a su Dios a que me dejen de
prángana!
El padre se detuvo en seco y luego, con calma, se volvió a él para decirle:
— ¡Así sea, don Procopio, así sea! Y usted quedará tan pobre que morirá con un plato de peltre en la barriga, pidiendo limosna para su funeral!
El hacendado solo atinó a decir con voz ronca y temerosa:
— ¡Baaah, está loco de remate!
Y cerrando el portón, se volvió a su recámara a dormir.
El sueño de don Procopio no fue muy tranquilo esa noche, y allá por las
cuatro de la madrugada le comenzó un dolor en la boca del estómago que lo
hacía pujar. Sus intestinos le gruñían como perros enojados hasta que tuvo
que venir hasta ya bien entrada la tarde sin poder comer ni separarse de allí,
una fuerte diarrea acompañada de vómitos que le hizo presa suya; su piel se
le puso lívida y los dolores arreciaban; la vieja criada no se daba abasto para
cocerle cuantas yerbas conocía como remedio para la diarrea; pero apenas
tomaba don Procopio unos sorbos cuando los vomitaba violenta y estruendosamente. Cuando podía hacerlo renegaba porque estaba consciente de que
nada de lo comido el día anterior le había hecho daño; culpaba al sacerdote
de haberle provocado aquel coraje entripado que lo tenía ya débil y deshidratado.

Para mal de sus culpas se le declaró una fuerte fiebre, por lo que lo
obligaron a recluirse en su recámara y enviaron a dos jinetes, de los mejores,
uno a Atenguillo y el otro a Cuautla para que llevaran a un doctor, si es que lo
había. Hubo suerte inmensa de que hubiera uno de paso por Atenguillo, y lo
llevaron por la noche y luchó por bajarle la fiebre; y a eso de la madrugada
llegaron con otro desde Cuautla. Ambos galenos se pusieron a dialogar a solas y al fin, puestos de acuerdo, le recetaron unas cucharadas que ellos prepararon con unos polvos, como sulfas y otros medicamentos. Para el día siguiente la diarrea y la fiebre habían cedido y solo persistía un molesto dolorcillo de
estómago, pero después de todo, podía decirse que iba de alivio.
Según las crónicas, ese día era domingo de ramos y a eso de las diez de
la mañana la campana dio la primer llamada a misa, cosa que enfureció al
hacendado, quien comenzó a maldecir a todos los «beatos fanáticos e ignorantes, comenzando por el cura, aquel tan molesto y antipático». Y la vieja
criada trataba de calmarlo y le recomendaba arrepentirse de aquella endemoniada actitud, y que se acogiera al seno de la santa madre Iglesia; pero
aquellas recomendaciones de la anciana eran como gasolina echada al fuego, ya que don Procopio aumentaba su furor y maldiciones y corría fuera de
su vista a la vieja.
El hombre estaba muy débil pero confiaba en sanar, sólo que otras calamidades comenzaron a ocurrir en sus propiedades. Un gran toro de su pertenencia bajó sin ser arreado desde el cerro y con fuertes y lúgubres bramidos llamaba a las vacas de ordeña; los becerros, los bueyes y demás ganado
también bramaron enloquecidos y en brutal estampida tiraron las trancas del
corral, siendo seguidos por caballos, mulas y asnos. Galoparon por sembrados y huertos arrasando todo a su paso y ni los vaqueros los pudieron detener, pues súbitamente embravecidos arremetieron en contra de ellos y no
fueron pocos los caballos destripados por los cuernos puntales y duros; y
hasta los jinetes, si no fueron empitonados, fueron revolcados y pisoteados.
Así que mejor los dejaron ir y los animales no pararon hasta el cerro donde,
tiempo después, cuando fueron buscados, no volvieron a aparecer ni vivos ni
muertos; ni las reses que desde antes ya andaban en los cerros.
Por otra parte, las criadas que de día efectuaban sus labores domésticas, cuando iban a lavar la loza a la noria cercana, sin darse cuenta ni poder

evitarlo, esa loza rodaba noria adentro; y si lo hacían en el arroyo cercano,
sucedía lo mismo sin que metiéndose en el agua pudieran alcanzarla, pues
corrían corriente abajo como peces, y así para media semana aquella loza de
oro y plata sólo era un recuerdo en la hacienda, aunque nadie se atrevía a
decirlo al patrón. Sí estaba enterado de lo ocurrido a su ganado y se deshacía
en maldiciones a sus vaqueros, caporales y peones, pero como no tenía fuerzas ni para enderezarse en la cama, nada podía hacer más que correrlos. Y se
fue quedando sin personal, además de que como muchos de ellos tenían a
sus esposas entre las criadas de la hacienda, se las llevaron con ellos a Volcanes o Atenguillo, por eso ya para el jueves santo sólo le quedaban a su servicio la anciana y dos jóvenes peones solteros.
Ese jueves ocurrió algo más macabro. En cuanto la anciana hacía algún alimento, al ponerlo frente a él, su plato se llenaba de moscas y luego de
gusanos y despedía fétidos olores, y cuantas veces se los cambiaban ocurría
lo mismo. Luego, los dolores arreciaron y por nariz y boca le brotó sangre
putrefacta; aunque estaba sin probar alimento, los vómitos se hicieron frecuentes, pero sólo arrojaba sangre y pus. No le servían los medicamentos
que le habían recetado los doctores y así tuvieron que salir los dos peones a
buscar a los galenos.
Y se llegó el viernes santo. A eso de las diez de la mañana un fuerte
estrépito se escuchó en la recámara del enfermo, pues el zurrón relleno de
dinero que estaba allí cobró vida y bramó como toro enfurecido y a reparos y
coces salió de allí; galopó por los corredores y pasillos, saliendo a campo
libre donde se disparó hacia la noria y se hundió en ella. Luego, ésta comenzó a derrumbarse, hasta que de ella solo quedó una hoquedad pequeña y húmeda.
A esa misma hora, los peones que habían regresado inexplicablemente
sin encontrar a los doctores y que estaban haciendo labores correspondientes a las criadas y, como si estuvieran hipnotizados, cogían las últimas piezas
de loza u objetos valiosos y se iban al arroyo donde los dejaban deslizar por
la corriente. Hecho lo cual, sin volver la cara hacia la hacienda, echaron a
andar con rumbo desconocido.
En el momento en que salía de estampida el becerro de oro, don Procopio
lo alcanzó a ver y sacando fuerzas de flaqueza quiso irse en pos suya y logró arrastrarse unos pocos metros fuera de la casa; pero un acceso de vómito
sanguinolento lo clavó en el lugar y allí quedó tirado con la vista perdida,
como demente. La anciana criada, que estaba en la cocina con un frasco de
petróleo en la mano para llenar el depósito de un mechero, vio pasar frente a
la puerta al animal, y espantada soltó el frasco que al caer pegó en el borde
de la hornilla donde ardían unos leños y derramó el petróleo sobre la lumbre
y en su ropa. Ella, por mirar hacia fuera de la cocina, no se dio cuenta de que
su ropa ardía, hasta que sintió las quemaduras.
Luego se puso a correr por la casa y con sus ropas encendió manteles y
servilletas. Éstas prendieron fuego a una mesa y ésta a su vez unas cortinas;
la mujer salió al corredor y viendo una cubeta con agua la derramó sobre sus
ropas y casi apagó el fuego que ella llevaba, saliendo de prisa a la calle donde
se encontraba su patrón, mientras que a manotazos apagaba algunos restos
de fuego de sus ropas.
En la iglesia se encontraban el cura y unos feligreses de Los Volcanes y
San José de los Andrade, ocupados en arreglar el interior del templo. Al ver
las llamas que salían por el tejado de la hacienda con fuerza inusitada, corrieron rápidamente y con cubetas que llenaban de agua en el arroyo trataron de
apagar el fuego, pero cada vez que arrojaban el agua a las llamas, éstas parecían haber recibido gasolina y cobraban mayor fuerza.
El cura vio a la anciana junto al hacendado y fue en auxilio de ambos,
pero don procopio al ver al sacerdote, haciendo acopio de las pocas fuerzas
que le restaban le comenzó a gritar:
— ¡Ahora sí quedó a gusto, cura del demonio! ¡Usted que predica la
caridad y el perdón ya me desgració con su maldición; ya estoy aquí como
usted quería, sin dinero, sin nada de qué echar mano, y todavía viene a regodearse con mi desgracia! ¡Buitre!
El padre sacudió la cabeza con pesar y se acercó a él diciendo:
— Aún es tiempo de que te salves, hombre; reniega de tu maldad, pide
perdón a Dios y si tu arrepentimiento es verdadero, Él te perdonará.
— ¡De lo que me arrepiento es de no haberle metido una bala en la
barriga el otro día, váyase usted también al diablo, junto conmigo!
Diciendo esto se le vino otra bocanada de sangre y se quedó callado; el
cura se acercó a él y comenzó a rezar en voz baja; la anciana, soportando el

dolor de las quemaduras, seguía con él las oraciones, mientras contemplaba
las llamas que crecían en la casona y que lanzaban chispas hacia los techos
de paja de las cabañas de los peones, que no tardaron en incendiarse. Ya
nadie luchaba por apagar el incendio, pues era trabajo infructuoso; todos se
situaron alrededor del hacendado, que no podía articular palabra, pero los
veía con enorme enojo en los ojos.
De una casa en que el fuego no había cobrado aún fuerza, unos hombres sacaron una mesa grande y la pusieron bajo un fresno que había cerca
de la iglesia, luego llevaron hasta allí al enfermo y lo depositaron sobre la
mesa. El cura siguió guiando los rezos, rogando por el alma de don Procopio.
Poco antes de las tres de la tarde el hombre dio muestras de querer hablar. El
cura se acercó a él y entonces, con una voz que parecía surgir del averno,
habló el hacendado:
— Mire, cura del diablo, ya casi se cumplió en su totalidad su maldición;
ya no tengo nada o casi nada y la vida se me va de un momento a otro; pero
oiga lo que le voy a decir. Cuando yo muera, toda la hacienda, incluyendo su
iglesia y su cristo, se harán polvo; llegará el día en que sólo el recuerdo quede
de nosotros, porque esta hacienda quedará encantada y sólo se escuchará su
campana o las campanas de la iglesia a la media noche de todos los viernes
santos, y resurgirá la iglesia para que quien quiera ser poseedor de todas mis
riquezas, si se atreve, venga ese día y a esa hora y oiga la misa que usted, ya
muerto, tendrá que oficiar y todos nosotros estaremos allí para oirla juntos.
Ese día yo me salvaré y mi ganado perdido, el zurrón con el oro y todas mis
vajillas serán para el que logre desencantar la hacienda; pero deberá hacer
caridades, muchas caridades, porque de lo contrario, morirá como yo.
Con el miedo reflejado en los ojos, lo escuchaba el cura, y ese miedo
creció cuando la anciana, como siguiendo un impulso desconocido, fue a
hurgar entre las cenizas de una casa para volver luego con un plato de peltre,
negro por el hollín, y lo puso sobre el estómago del hombre; al parecer para
implorar caridad para sepultarlo, pues su muerte era inminente.
Dando las tres de la tarde, se escuchó un fuerte ruido bajo tierra. Un
repentino temblor que parecía sólo estar en la Hacienda de Patolpa se dejó
sentir; la Iglesia se fue abajo y solo quedaron unos pedazos de muro no más
de un metro de alto; el cristo fue sepultado y nadie logró encontrarlo nunca;

lo que aún quedaba en pie de la hacienda y las casuchas de los peones cayeron, y a ese mismo tiempo don Procopio lanzó un grito infrahumano, se convulsionó y entre blasfemias murió.
El sacerdote lo exorcizó y le aplicó simbólicamente los santos oleos
Post mortem, y luego pidió que buscaran algo en que trasladar al difunto
hasta Volcanes, donde posteriormente fue velado y con las limosnas que los
vecinos dejaron sobre el plato de peltre se pagó su funeral.
La vieja criada entró al servicio del cura, pero su vida fue efímera y un
año después moría; el sacerdote fue cambiado a otro lugar por sus superiores y nadie supo más de él. Muy pocas personas se acercaban al lugar en que
existió la Hacienda de Patolpa solo algún perdido caminante o algún vaquero
que buscaba alguna res extraviada osaba pasar por allí, pero no de noche y
siempre invocando a todos lo santos del cielo y santiguándose con miedo y
devoción.
Mucho tiempo después siguió escuchándose a la media noche de los
viernes santos las campanas de la Iglesia de esa hacienda, pero nadie, nunca
jamás, se atrevió a ir a oír misa. Otros sitúan este hecho el día de san Juan
Bautista.
Pasaron tres generaciones, alguien compró o se hizo de aquellos terrenos donde abundan los cebollines o cebollas de Patolpa, y era frecuente que
cuando araban al paso cansino de los bueyes, de vez en cuando se encontraban objetos de oro y plata, tales como tenedores, cucharas, cuchillos y tazas;
lo mismo se han encontrado metates de piedra, de los llamados huilances y
que usaban las mujeres que alguna vez vivieron en aquella hacienda.
Pero lo que no era una mentir, era aquel tenedor de oro que mi abuelo
mostraba diciendo que lo había encontrado una vez en que labraba la tierra
en donde existió la Hacienda de Patolpa, y que guardaba como prueba de que
él jamás había mentido en sus historias.
Esta leyenda fue muy difundida en la Hacienda de Ahuacatepec allá
por los años de 1950

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Mi asiento en el tranvía, de Daniel Sueiro

Los días son más largos ahora, cerca ya el verano, y el viaje de vuelta lo hago aún con sol, sean las siete o las ocho de la tarde.

No hay cosa que me guste más en el mundo que estos viajes en el tranvía, con el sol. Hasta voy al trabajo con ganas, y me olvido del cansancio cuando vuelvo. Es lo que pasa cuando hay un aliciente en la vida.

Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quieto, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu bonita horita de tranvía todos los días.

¡La de excursiones y viajes de placer, la de vueltas al mundo que yo he dado en el tranvía todos los días, jo…!

Te haces a la idea y te parece que vas de gira, en vacaciones, por sitios desconocidos y ciudades nuevas… Eso es lo que a mí me pasa, por lo menos; es que ya sé a dónde puedo llegar, yo no me engaño, estando como están las cosas.

No se puede tener prisa, tampoco, porque el tranvía tiene su recorrido fijo y su velocidad. Yendo en tranvía no vas a llegar a Pamplona; y si vas en un 14, tampoco esperes llegar al final del 61. Ir en tranvía no es como ir en avión, ni siquiera en coche, así que mucha calma. Yo disfruto plenamente en el tranvía, porque me abandono y no pienso en nada; sólo sé que aquello tiene unos raíles y un tiempo para llegar. No se le puede meter más prisa, con que yo, aunque vea que se me hace tarde, no me impaciento y sigo tan tranquilo. Ahora, a mí me gusta ir sentado.

No creo que eso sea pedir gollerías. Yo no me meto con nadie y espero, pero quiero ir sentado en un asiento, a ser posible al lado de las ventanillas.

Si a uno le van a quitar encima esta expansión…

Mil veces me tengo levantado temprano sólo para coger un buen sitio en la cola y poder ir sentado, como lo digo, tomar el sol y mirar por los cristales. Es que estos viajes, si no los haces sentado, pierden mucho. No es lo mismo, vas cómodo y además te distraes de lo tuyo; el trayecto se te hace larguísimo, parece que no llegas nunca y te irritas. Sentado y sin hacer caso es otra cosa.

Me levanto muy temprano y espero en la parada que hay mismo delante de mi casa a que se meta toda la gente y dejo pasar todos los tranvías que van llenos.

Mi madre ya me lo dice, cuando me oye madrugar tanto.

-Pero, ¿por qué te levantas tan pronto, hijo?

-Total, ya estoy despabilado.

-¿A dónde vas a estas horas?

-¿Y a dónde voy a ir? _digo yo.

-¿No andarás en algún mal paso, hijo?

-No madre -le digo-; me voy al trabajo. ¿A dónde quiere que vaya?

-¿Al trabajo tan pronto?

Y ya me solivianta.

-Mire, madre -le digo por el pasillo casi a oscuras-, yo aspiro a una cosa en la vida: a ir sentado en el tranvía. Eso que no me lo quiten. No me parece mucho, ¿no?

-¡Qué juventud esta…! -oigo murmurar a mi pobre madre-. Tu padre iba al trabajo andando…

Vuelve a preguntarme luego:

-Y para ir sentado en el tranvía, ¿has de levantarte tan temprano?

-Sí -le grito- . Hay mucha gente que quiere ir sentada… Yo no me peleo con ellos y los dejo pasar. Sólo me siento cuando quedamos pocos y hay asientos bastantes.

Y añado al cabo de un rato, riendo y con la boca llena:

-Aún así llego tarde al trabajo, a veces…

Y ella no sé si se echa a llorar, porque estas cosas parece que no las entiende.

Pero, claro, el tranvía que pasa casi vacío cuando yo lo cojo (después de dejar pasar media docena de ellos), también acaba por llenarse, muchas veces un par de paradas más allá, con toda la gente que espera.

Yo tomo el sol y contemplo la calle, mientras viajo, sentado en mi asiento, procurando no mirar a la gente que va dentro del tranvía ni hacer caso de ella. Cada uno de estos que van a mi lado, si pudieran, me quitarían mi asiento para sentarse ellos; me echarían de él a la fuerza, me arrojarían incluso del tranvía en marcha con tal de dejarles libre mi asiento.

A ninguno le he pedido nada, ni he pensado aún en quitarles nada de lo que ellos tienen, pero desde luego mi asiento en el tranvía no se lo dejo.

No los miro, pero sé que me rodean amenazantes y cada vez más irritados. Algunos adoptan actitudes lastimeras, ponen cara de cansancio, de dolor, de desmayo; suspiran, se quejan, se remueven incómodos y abatidos, como si fueran a caerse al suelo y morirse si yo no les dejo mi asiento. Otros evidencian claramente su despecho y su rabia al dejarse caer sobre mí en las vueltas que da el tranvía, al pisarme, al meterme los codos. Hombres y mujeres que me vigilan y me acosan como si yo fuera un delincuente o estuviera usando algo que no me pertenece, que les he arrebatado. ¡Ja, ja, me da risa!

Además ellos pensarán:

-Habrase visto qué atrevimiento…

-Ya no hay respeto ni educación.

-Este desastrado, sentado en un asiento.

-De buena gana lo levantaba y le sacudía.

-No, si las personas decentes ya no…

-¡A dónde vamos a parar…!

Todos a mi alrededor, todos a la caza de mi asiento, mientras a los demás que van sentados nadie parece molestarles, y entonces yo debo pensar que soy el más indigno de los hombres, sea por mi edad o por mis pobres ropas, puesto que no merezco ir a mi trabajo sentado en el tranvía.

Aún así, no me levanto ni me levantaré nunca. Nunca.

Soy muy joven y aún no estoy cansado de nada. Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan. Pero mi asiento en el tranvía nadie me lo quitará.

A la vuelta, cuando cae la tarde, el viaje es más plácido, aunque yo vengo rendido. El sol no aviva y calienta las calles ni la gente, como en el viaje de la mañana, sino que las va enfriando y matando lentamente con sus destellos escarlata.

He dejado pasar todos los tranvías que van llenos, he dejado pasar toda la gente de la cola, y por fin me he subido a un tranvía que lleva mi asiento. Nadie se da cuenta, pero yo espero, subo, me siento y luego viajo a gusto.

Y, sin embargo, también ese tranvía acaba por llenarse.

Así que sube la señora que viene a por mí en cuanto me he sentado.

Es una de esas señoras que están seguras de que las cosas de este mundo y todos los asientos de los tranvías han sido hechos para ellas.

Viene arrastrando al niño, pero en cuanto está a mi lado lo coge y se lo echa a los brazos. Es un niño de cuatro, de cinco añazos por lo menos.

Vuelvo a apoyar la frente en el cristal, miro a la calle. ¡Qué bonito, qué bonito…!

La señora sostiene al niñazo en sus brazos. La madre con el hijo, la mujer con la criatura, de pie en el tranvía, justo al lado de un chalado que parece que no se entera y que no se levanta ni pa Dios. Ya, ya me sé ese cuento.

Con que no me muevo y a seguir disfrutando.

Y miro lo de siempre, que todos me miran y me vigilan, me maldicen, todos en torno a mí, encima de mí. Y yo aguanto. Como si todos tuvieran derecho a mi asiento, como si los asientos de los demás fueran sagrados.

Nadie habla, todo el mundo pendiente de mi asiento, si me levanto o me quedo sentado, mientras la madre sigue acusándome con la preciada carga encima.

Me pongo colorado, seguramente porque soy joven y tengo la cara llena de granos, pero esto no tiene nada que ver, aunque a mí en el fondo me moleste y me avergüence un poco.

Sí que me fastidia, porque además resulta que siempre me ruborizo y se me notan más los granos por culpa de las mujeres, sobre todo cuando las miro y ellas me miran, o en casos como éste, en que al fin y al cabo lo que pasa es que hay un asunto entre una señora y yo.

Y voy pensando acerca de las mujeres, mientras sigue el viaje del tranvía, sentadito y al sol: ellas nos disputan los puestos de trabajo, ¿o no?; ganan carreras y a veces nos cohíben, nos avergüenzan, nos hacen sentimos insignificantes y salvajes; ellas nos gritan, discuten con nosotros, consiguen de los jefes cosas que nosotros no podemos conseguir.

Pero el niño, desde arriba, me está pegando patadas en la cabeza, no sé si por orden de su mamá, y me tengo que retirar un poco y aplastar aún más la cara contra el soleado cristal.

Cada vez hay más gente en el tranvía y más apreturas encima de mí.

Y una especie de hombre decente es el que empieza, como otras veces:

-Un poco de respeto, hombre -todavía con cierta prudencia, aguantándose las ganas que tiene de reprenderme de otro modo-. ¿No ves aquí, a la señora?

Me concentro en el cristal, con el ceño fruncido y no hago caso.

-Una señora de pie, con un niño en brazos, y él sentado -oigo otra voz, que será la de ella, supongo.

Y nada, todo el mundo a mirarme ahora hostilmente, unos por encima de los hombros y los otros, poniéndose de puntillas y estirando e cuello.

-Vaya educación la de ahora -empiezan.

-Ya no es educación, se trata de sentimientos.

-Un poco de entrañas, debían tener por lo menos.

-Estos cuadros no se veían antes.

-Caballeros, que aún quedaban…

-Las nuevas generaciones…, ¡míralas…!

Con lo que ya empezaban a fastidiarme el placer del viaje y la contemplación del paisaje, porque estas cosas siempre afectan, aunque no quieras.

El hombre decente me dio unos golpes en el hombro, con la mano, y tuve que volverme.

-Que aquí la señora sigue de pie… -bajó la cabeza para hablarme, y al mismo tiempo miraba a los otros, que asentían.

Estaba más bajo que todos ellos, precisamente por ir sentado, y parecía que iban a comerme.

-Bueno -le dije, y lo primero que se me ocurrió, lo más fácil-, pero aquí la señora vendrá de ver escaparates toda la tarde, y un servidor viene de dar el callo.

Se impacientó e hizo el ademán de contener su santa indignación.

-Lo que hay que aguantar…, lo que hay que aguantar… -y a mí lo que me pareció era que quería sentarse él.

Luego vino lo del teniente, que me dijo:

-A ti te querré ver yo en el cuartel, macho… Allí ya verás…

-A lo mejor no voy -le dije, como es la verdad, por lo de mi madre.

-¿No te gusta? -se inclinó hacia mí con una sonrisa helada.

-No sé si me gustará; pero, desde luego, como pueda, no voy.

-Como yo te coja por mi cuenta, te voy a enseñar a sentarte y a levantarte cuando se te ordene.

El tranvía seguía su camino, parando en las paradas, y la gente se arremolinaba cada vez más a mi alrededor, mientras cruzaba calles y barrios.

-Te salva que yo aquí no tengo autoridad… -decía el teniente, y también los demás hacían comentarios, condoliéndose de la señora que aún iba a pie y con el niño en brazos.

Yo estaba casi llegando a mi parada, pero aún entonces salió otro que me quiso avasallar.

-No te pongas chulo, encima -me dijo-, que te hago levantar en seguida.

Tenía un bastón en la mano y parecía apoyarse en él por ese lado del cuerpo, mientras el otro lado lo colgaba del brazo que llevaba asido a una de esas correas de cuero.

Lo miraban todos, como yo.

-Te puedo obligar a levantarte -insistió-, ¿o es que no lo sabes?

Eché un rápido vistazo a ver si era mi asiento el que tenía la plaquita metálica y me quedé tranquilo, sin pensar en moverme.

-Su asiento no es éste -le dije con toda seguridad-; lo que pasa es que su asiento lo debe estar ocupando otro por ahí.

-¡Yo me puedo sentar en donde quiera! -gritó.

Los demás así debían creerlo, porque asentían encantados, al ver cómo se me iban poniendo las cosas.


Él sólo podía obligar a levantarse a uno que ocupaba el asiento que dice «reservado para caballeros mutilados», y no me parece mal, pero el mío no era ése. De todos modos me callé y volví a contemplar la calle, porque sé que esta gente en realidad puede hacer lo que le dé la gana, después de haber hecho lo que hizo.

-Hágalo levantar -le animaban por allí al señor del bastón.

-Y tápele la boca, hombre, que ya está bien.

-Lo que hay que oír a esta gente… ¡Mocosos!

-Esto ya es demasiado.

-Que se levante, ya está bien.

-Es lo último: un mutilado y una señora con un niño de pie, y el señorito sigue sentado…

Y yo es lo que pienso, mientras atravieso la ciudad; cojo el tranvía porque sé que tengo en él asiento para mí, porque todavía quedan algunos asientos sin las plaquitas de propiedad para unos o para otros, porque me da igual lo que digan o piensen…; si no fuera así, o si llegara el momento en que así no fuera, lo que yo haría sería quedarme a morir en casa o tal vez, lo más seguro, montarme en el primer vehículo que me encontrara al paso sin esperar más colas ni preguntar nada a nadie. Esto es lo que voy pensando, cerca ya de mi parada, así como otras muchas cosas, dedicadas especialmente a toda esta gente que me quiere quitar mi asiento; cosas bastante sabrosas que algún día contaré, lo más seguro.

Están todos aún indignados y me miran con verdadero rencor, con desprecio, porque he hecho todo el viaje sentado, sin hacer caso de nadie ni dejarme amedrentar, y cuando el tranvía se detiene, lo que hago es enderezarme de mi asiento y pedirles permiso para salir. Así que me levanto y voy hacia la puerta, encorvado y cojeando, con la boca un poco entreabierta y los ojos extraviados, que les van recorriendo de arriba a abajo mientras paso por entre ellos, y ese temblor de los brazos y las manos, débil como parezco y mal vestido, desgraciado de mí.

Entonces disfruto porque veo cómo sufren todos ellos, cuánto les hago sufrir y maldecirse, porque han venido acosándome durante todo el viaje e intentando obligarme a que me levantara de mi asiento, ¡ay!, hacerle eso a uno como yo… Escucho su repentino silencio, oigo los golpes de la sangre en sus corazones, que los hacen sentirse despreciables y malvados, tal como me he propuesto. Los veo mientras paso retorciéndome entre ellos y veo cómo empalidecen y les remuerde la conciencia, cómo se arrepienten, se duelen, se torturan, enmudecen y quedan inmóviles…

Salgo del tranvía, bajo torpemente, lastimosamente los dos o tres escalones y me arrastro casi hasta la acera. Allí me vuelvo y los miro de nuevo, los contemplo con detenimiento, esos rostros y esos ojos atormentados y culpables que me imploran, mudos, un perdón que no merecen ni pueden alcanzar.

Nos miramos fijamente y yo les acuso desde la acera, inmóvil y en silencio, hasta que las puertas se cierran de nuevo y el tranvía se pone otra vez en marcha.

Y ahora es cuando me echo a reír como un loco, estiro completamente los brazos por encima de mi cabeza, enderezo todo el cuerpo y empiezo a dar saltos de alegría y a pegar patadas al aire, para que todos ellos me vean como soy, joven y sano, ágil y lleno de vida, libre y vengativo. Voy corriendo durante un rato al lado del tranvía, riendo y gritando, dando saltos de uno o dos metros de altura, burlándome de ellos, humillándolos y enfureciéndolos cada vez más.

Todo esto es difícil que lo soporten sin odiarme ahora mucho más que cuando yo iba sentado en mi asiento del tranvía sin levantarme para dejarles mi sitio ni hacerles ningún caso.

Publicado en Cuentos

La leche de la muerte, de Marguerite Yourcenar

La larga fila beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos sacos bordados, se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como solo hace en el infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes. Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un color más al abigarramiento de la plaza del mercado. Un hedor subía de un montón de desperdicios de pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a soplar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un velador de zinc, a la sombra de un quitasol color fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.

-Cuéntame otra historia, viejo amigo -dijo Philip desplomándose pesadamente en una silla-. Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… La historia más bella y menos verosímil posible, que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra. Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa… ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué turbinas?

-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a dudosos trabajos de embalse, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas viejas serbias narrarme la historia de la Torre de Scutari, que necesitaba localizar sus deteriorados ladrillos e inspeccionar si no tienen, como se afirma, una marca blanca… Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, lo demolieron piedra por piedra, y su memoria solo vive en los cuentos. A propósito, Philip ¿eres tan afortunado de tener lo que se llama una buena madre?

-Qué pregunta -dijo negligentemente el joven inglés-. Mi madre es bella, delgada, maquillada, resistente como el vidrio de una vitrina. ¿Qué más te puedo decir? Cuando salimos juntos, me toman por su hermano mayor.

-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que a nuestra época le falta poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial, los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esas copias de alimentos con que atiborran a las momias, y ya no existen las mujeres esterilizadas contra la desdicha y la vejez. Solo en las leyendas de los países semibárbaros aún se encuentran criaturas de abundante leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde he oído hablar de un poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un tipo como yo… Algunas docenas de madres y enamoradas, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que se hacen pasar por ser la realidad.

“Isolda por amante, y por hermana la hermosa Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un reyezuelo de por aquí…

“Eran tres hermanos, que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran acechar a los saqueadores turcos. Ellos mismos se habían aplicado al trabajo, ya porque la mano de obra fuera rara, o costosa, o porque como buenos campesinos no se fiaran más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles de comer. Pero cada vez que lograban avanzar lo suficiente como para colocar un montón de hierbas sobre el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo que se derrumbara Babel. Existen muchas razones por las cuales una torre no se mantiene en pie, se puede atribuirlo a la torpeza de los obreros, a la mala disposición del terreno, o a la falta de cemento entre las piedras. Pero los campesinos serbios, albaneses o búlgaros no reconocen a este desastre más que una causa: saben que un edificio se derrumba si no se ha tenido el cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer cuyo esqueleto sostendrá hasta el día del Juicio Final esa pesada carga de piedras. En Arta, Grecia, se enseña un puente donde una muchacha fue emparedada: parte de su cabellera sobresale por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos comenzaron a mirarse con desconfianza y se cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, pues se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción esa negra prolongación del hombre que es tal vez su alma, y aquel cuya sombra se vuelve así prisionera muere como un desdichado herido por una pena de amor.

“En la noche, cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se acercara silenciosamente por atrás y lanzara un costal sobre su sombra y se la llevara medio estrangulada, como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo se debilitaba y angustia y fatiga bañaban de sudor sus frentes morenas. Finalmente, un día, el hermano mayor reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:

“-Hermanos menores, hermanos de sangre, leche y bautizo, si no terminamos la torre los turcos se deslizarán de nuevo a las orillas de este lago, disimulados tras las cañas. Violarán a nuestras criadas; quemarán en nuestros campos la promesa de pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros de nuestros vergeles, quienes se transformarán así en alimento para cuervos. Hermanos míos, necesitamos unos de otros, y el trébol no puede sacrificar una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a soportar cargas pesadas. No decidamos nada, mis hermanos: dejemos la elección al Azar, ese prestanombres que es Dios. Mañana, al alba, emparedaremos en los cimientos de la torre a aquella de nuestras mujeres que nos venga a traer de comer. No les pido más que el silencio de una noche, oh, mis menores, y que no abracemos con demasiadas lágrimas y suspiros a aquella que, después de todo, tiene dos posibilidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.

“Para él era fácil hablar así, pues detestaba en secreto a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una bella muchacha griega de cabellos rojizos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción, porque esperaba prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el menor, porque acostumbraba cumplir sus promesas. Enternecido por la generosidad de sus hermanos mayores, que renunciaban a lo que más querían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.

“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que lo ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo arrodillada frente a él, le aventó sus zapatos en plena cara y gritó:

“-Hace ocho días que traigo la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa limpia. Maldita holgazana, mañana, al despuntar el día, irás al lago con tu canasta de ropa y te quedarás ahí hasta la noche entre tu cepillo y tu bandeja. Si te alejas aunque sea el espesor de una semilla, morirás.

“Y la joven prometió temblando dedicarse a lavar todo el día siguiente.

“El mayor de los hermanos regresó a su casa muy decidido a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban, y de quien ya no apreciaba la torpe belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba dormido. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche, preguntándose qué habría disgustado a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar halando hacia sí el cobertor:

“-Querido corazón, pequeño corazón mío, pronto serás viudo… cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre…

“Pero el menor regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo a segar. Abrazó a su hijo en su cuna de mimbre, tomó tiernamente a su joven mujer entre sus brazos y ella lo escuchó sollozar toda la noche contra su corazón. La discreta mujer no le preguntó la causa de esa gran tristeza, pues no quería obligarlo a hacerle confidencias, y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para intentar consolarlas.

“Al día siguiente, los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasta y fue a arrodillarse frente a la mujer del hermano mayor:

“-Hermana -dijo-, querida hermana, hoy me toca llevarles de comer a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas, y mi canasto está repleto.

“-Hermana, querida hermana -dijo la mujer del hermano mayor-, de todo corazón iría a llevarles de comer a nuestros hombres, pero un demonio se deslizó esta noche en uno de mis dientes… Ay, ay, ay, no soy buena más que para gritar de dolor…

“Y palmeó las manos sin ceremonia para llamar a la mujer del menor:

“-Mujer de nuestro hermano menor -dijo-, querida mujer del más chico, ve allá en nuestro lugar a llevarles de comer a nuestros hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y ligeras que tú. Ve, querida pequeña, y llenaremos tu cesto de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, Mensajera que calmarás su hambre.

“Y llenaron el cesto de pescados del lago confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente su hijo en los brazos de sus dos cuñadas y se fue por todo el camino, sola con su fardo sobre la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, sobre la cual el propio Dios hubiera inscrito a qué género de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.

“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:

“-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.

“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:

“-¡Ay!, mis pequeños pies -dijo ella-, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: solo los ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.

“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.

“-Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.

“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.

“-Cuñados -dijo ella-, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.

“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:

“-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.

“Hicieron como ella había dicho y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura solo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas se dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonaba por sí mismo el pecho.

“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y solo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa, luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.”

En ese momento, una gitana cubierta por una espantosa y dorada sarna, se acercó a la mesa donde estaban acodados los dos hombres. Llevaba en los brazos a un niño cuyos ojos enfermos estaban cubiertos por una venda de andrajos. Se inclinó con el insolente servilismo propio de las razas miserables o imperiales, y sus enaguas amarillentas barrieron la tierra. El ingeniero la corrió rudamente, sin preocuparse de su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El inglés la volvió a llamar para darle un dinar.

-¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo impaciente-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el hijo que la acompaña es ciego.

-Conozco a esa mujer -respondió Jules Boutrin-. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace meses que aplica repugnantes cataplasmas a su hijo que le inflaman los ojos y apiadan a los transeúntes. Todavía ve, pero muy pronto será lo que ella desea que sea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá el sustento asegurado, y para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.