La necrológica de Kenneth James Yanko no se publicó en el Sun de Lewiston hasta el martes, y solo decía «Falleció de forma repentina como resultado de un trágico accidente», pero el lunes la noticia ya corría por todo el colegio, y naturalmente radio macuto empezó a emitir a todo tren.
Estaba esnifando pegamento y murió de un derrame cerebral.
Estaba limpiando una de las escopetas de su padre (el señor Yanko, según contaban, tenía todo un arsenal en su casa) y se le disparó.
Estaba jugando a la ruleta rusa con una de las pistolas de su padre y se voló los sesos.
Se emborrachó, cayó por las escaleras y se partió el cuello.
Ninguno de esos rumores era cierto.
Fue Billy Bogan quien me lo contó, nada más subir al Autobús Corto. Estaba deseando soltar la noticia. Según dijo, se lo había contado a su madre una amiga suya de Gates Falls que la llamó por teléfono. La amiga vivía en la acera de enfrente y había visto que sacaban el cadáver en una camilla, rodeado de una multitud de Yankos que lloraban y vociferaban. Por lo visto, también a los matones expulsados los quería alguien. Como lector de la Biblia, hasta podía imaginármelos rasgándose las vestiduras.
De inmediato, y con sentimiento de culpabilidad, me acordé de mi llamada al teléfono del señor Harrigan. Me dije que estaba muerto y, por tanto, no podía haber tenido nada que ver con aquello. Me dije que, incluso si esas cosas eran posibles fuera de los cómics de terror, yo no había deseado expresamente la muerte de Kenny; solo quería que me dejara en paz, pero parecía un argumento propio de abogados. Y aún recordaba algo que la señora Grogan había dicho el día después del funeral, cuando comenté que el señor Harrigan era un buen hombre por incluirnos en su testamento.
«De eso ya no estoy tan segura. Era íntegro, eso por descontado, pero no te convenía ponerte a malas con él».
Dusty Bilodeau se había puesto a malas con el señor Harrigan, y sin duda Kenny Yanko se habría puesto también a malas con él, por darme una paliza al negarme a lustrarle las putas botas. Solo que el señor Harrigan ya no podía estar a malas con nadie. Me repetía eso una y otra vez. Los muertos no están a malas con nadie. Por supuesto, tampoco los teléfonos que no se habían cargado en tres meses podían sonar ni reproducir el mensaje grabado (ni recibirlos)…, pero el del señor Harrigan sí había sonado, y yo sí había oído su voz cascada de viejo. Así que, aunque me sentí culpable, también sentí alivio. Kenny Yanko ya nunca volvería a emprenderla conmigo. Ya no se interpondría en mi camino.
Más tarde ese día, durante mi primera hora libre en el colegio, la señorita Hargensen vino al gimnasio, donde yo lanzaba a la canasta, y me pidió que la acompañara al pasillo.
—Hoy en clase te he notado depre —dijo.
—Pues no, no lo estaba.
—Lo estabas, y sé por qué, pero voy a decirte una cosa. Los chicos de tu edad tienen una visión del universo ptolemaica. Aún soy joven y me acuerdo.
—No sé qué…
—Ptolomeo fue un matemático y astrólogo griego que creía que la Tierra era el centro del universo, un punto fijo alrededor del cual giraba todo lo demás. Los niños creen que todo su mundo gira en torno a ellos. Esa sensación de estar en el centro de todo normalmente empieza a desaparecer más o menos a los veinte años, pero a ti aún te falta mucho para eso.
Inclinada hacia mí, muy seria, me miraba con aquellos ojos verdes preciosos. Además, el aroma de su perfume me mareaba.
—Veo que no me sigues, así que te ahorraré la metáfora. Si estás pensando que has tenido algo que ver con la muerte de ese Yanko, olvídalo. No es así. He visto su expediente, y era un chico con graves problemas. Problemas en casa, problemas en el colegio, problemas psicológicos. No sé qué pasó, ni quiero saberlo, pero veo en esto un lado positivo.
—¿Cuál? —pregunté—. ¿Que ya no puede pegarme más?
Se echó a reír y dejó a la vista unos dientes tan bonitos como toda ella.
—He ahí otra vez esa visión ptolemaica del mundo. No, Craig, el lado positivo es que era demasiado joven para tener carnet. Si hubiese tenido edad para conducir, puede que se hubiera llevado por delante a otros chicos con él. Ahora vuelve al gimnasio y tira un rato a la canasta.
Hice ademán de marcharme, pero ella me agarró de la muñeca. Once años después, todavía recuerdo la descarga eléctrica que sentí.
—Craig, jamás me alegraría de la muerte de un niño, ni siquiera de la de un elemento como Kenneth Yanko. Pero sí puedo alegrarme de que no hayas sido tú.
De pronto deseé contárselo todo, y tal vez lo habría hecho. Sin embargo, en ese preciso momento sonó el timbre, se abrieron las puertas de las aulas, y el pasillo se llenó de chicos y su bullicio. La señorita Hargensen se fue por su camino, y yo por el mío.
Esa noche encendí el teléfono y, al principio, me limité a mirarlo, haciendo acopio de valor. Lo que la señorita Hargensen había dicho esa mañana tenía sentido, pero ella no sabía que el teléfono del señor Harrigan aún funcionaba, lo cual era imposible. Yo no había tenido ocasión de contárselo y creía —erróneamente, como después se vio— que nunca se lo contaría.
Esta vez no funcionará, me dije. Le quedaba una última chispa de energía, solo eso. Como una bombilla que emite un intenso destello justo antes de fundirse.
Pulsé su número en la lista de contactos. Preveía —más bien albergaba la esperanza de que así fuera— escuchar un silencio o un mensaje avisándome de que el teléfono estaba fuera de servicio. Pero el timbre sonó unas cuantas veces hasta que la voz del señor Harrigan llegó de nuevo a mi oído: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».
—Soy Craig, señor Harrigan.
Me sentía como un tonto por hablar con un muerto, uno que a esas alturas tendría ya moho en las mejillas (había hecho mis indagaciones, debo aclarar). Al mismo tiempo no me sentía como un tonto en absoluto. Me sentía asustado, como quien pisa tierra no consagrada.
—Oiga… —Me pasé la lengua por los labios—. No ha tenido usted nada que ver con la muerte de Kenny Yanko, ¿verdad? Si es que sí… hummm… dé un golpe en la pared.
Corté la llamada.
Esperé el golpe.
No llegó.
A la mañana siguiente tenía un mensaje de reypirata1. Solo seis letras: a a a. C C x.
Sin sentido.
Me llevé un susto de muerte.
Ese otoño pensé mucho en Kenny Yanko (por entonces el rumor que corría era que se había caído del primer piso de su casa cuando intentaba salir a hurtadillas en plena noche). Pensé aún más en el señor Harrigan, y en su teléfono, que lamentaba no haber arrojado al lago Castle. Sentía cierta fascinación, ¿me explico? La fascinación que sentimos todos ante las cosas extrañas. Las cosas prohibidas. En varias ocasiones estuve a punto de llamar al teléfono del señor Harrigan, pero no lo hice, al menos no entonces. Tiempo atrás su voz me resultaba tranquilizadora, la voz de la experiencia y el éxito, la voz, podría decirse, del abuelo que nunca había tenido. Ya no recordaba esa voz tal como era en nuestras tardes soleadas, cuando hablábamos de Charles Dickens o Frank Norris o D. H. Lawrence o de que internet era como una cañería rota. Solo recordaba la voz ronca del viejo, como papel de lija casi gastado, que me decía que me devolvería la llamada si lo consideraba oportuno. Y lo recordaba en su ataúd. El empleado de la funeraria Hay & Peabody sin duda le había pegado los párpados, pero ¿cuánto duraban los efectos de ese pegamento? ¿Tenía los ojos abiertos allí abajo mientras se pudrían en las cuencas? ¿Tenía la mirada fija en la oscuridad?
Me obsesionaba con esas cosas.
Una semana antes de Navidad, el reverendo Mooney me pidió que pasara a la sacristía para «tener una charla». Fue él quien llevó el peso de la conversación. Mi padre estaba preocupado por mí, dijo. Yo perdía peso, y mis notas habían bajado. ¿Tenía algo que contarle? Me detuve a pensar y decidí que quizá sí. No todo, pero parte.
—Si le cuento una cosa, ¿quedará entre nosotros?
—Siempre y cuando no tenga que ver con autolesiones o delitos, delitos graves, la respuesta es sí. No soy sacerdote, y esta iglesia no es de confesión católica, pero casi todos los hombres de fe saben mantener secretos.
Le conté, pues, que me había enzarzado en una pelea con un chico del colegio, un chico mayor que se llamaba Kenny Yanko y que me había dado una buena paliza. Añadí que nunca había deseado la muerte de Kenny, y desde luego no había rezado para que ocurriera, pero él había muerto casi inmediatamente después de la pelea, y no podía quitármelo de la cabeza. Le expliqué lo que había dicho la señorita Hargensen en relación con los niños, que creían que todo tenía que ver con ellos, y que no era así. Comenté que aquello me había ayudado un poco, pero que seguía pensando que tal vez sí había desempeñado un papel en la muerte de Kenny.
El reverendo sonrió.
—Tu maestra tenía razón, Craig. Yo, hasta los ocho años, evité pisar las grietas de la acera por miedo a que, sin querer, le rompiera la espalda a mi madre.
—¿En serio?
—En serio. —Se inclinó hacia mí. Su sonrisa se desvaneció—. Yo te guardaré el secreto si tú me lo guardas a mí. ¿De acuerdo?
—Cuente con ello.
—Soy buen amigo del padre Ingersoll, de la iglesia de Saint Anne, en Gates Falls. Es la iglesia a la que asiste la familia Yanko. Me dijo que ese chico, Yanko, se suicidó.
Creo que ahogué una exclamación. El suicidio había sido uno de los rumores durante la semana posterior a la muerte de Kenny, pero yo no le había dado crédito. Habría jurado que era imposible que a aquel matón hijo de puta se le pasara siquiera por la cabeza la idea de quitarse la vida.
El reverendo Mooney seguía inclinado hacia delante. Me cogió una mano entre las suyas.
—Craig, ¿de verdad crees que ese niño se fue a casa y pensó: «Dios mío, le he dado una paliza a un niño más pequeño que yo, me parece que voy a matarme»?
—Imagino que no. —Exhalé tal suspiro que tuve la impresión de que llevaba dos meses conteniendo la respiración—. Si lo plantea así. ¿Cómo se suicidó?
—No lo pregunté, y no te lo diría aunque Pat Ingersoll me lo hubiese contado. Tienes que dejar eso atrás, Craig. Ese chico tenía problemas. Su necesidad de pegarte era solo un síntoma de esos problemas. Tú no tuviste nada que ver.
—¿Y si siento alivio, por…, ya me entiende, no tener que preocuparme más por él?
—Diría que eso es ser humano.
—Gracias.
—¿Te sientes mejor?
—Sí.
Y así era.
No mucho antes de que terminase el curso, la señorita Hargensen se plantó ante nosotros con una amplia sonrisa en la clase de ciencias.
—Chicos, probablemente pensabais que os libraríais de mí dentro de dos semanas, pero tengo una mala noticia. El señor De Lesseps, el profesor de biología del instituto, se jubila, y me han contratado para ocupar su puesto. Podría decirse que asciendo de la secundaria al instituto.
Unos cuantos niños dejaron escapar un gemido teatral, pero casi todos aplaudimos, y ninguno más fuerte que yo. No iba a dejar atrás a mi amada. En mi cabeza adolescente, aquello me pareció cosa del destino. Y en cierto modo lo era.
También yo dejé atrás la escuela de secundaria de Gates Falls y empecé noveno en el instituto de Gates Falls. Fue allí donde conocí a Mike Ueberroth, apodado entonces Submarino, tal como se lo sigue llamando en su actual carrera profesional como segundo cácher de los Orioles de Baltimore.
En Gates, los deportistas y los chicos más estudiosos no se mezclaban mucho (imagino que eso es así en la mayoría de los institutos, porque los deportistas tienden a formar clanes), y si no hubiese sido por Arsénico por compasión, dudo que hubiésemos llegado a entablar amistad. Submarino estaba en el penúltimo curso, y yo era un simple alumno de primero, con lo que la posibilidad de ser amigos era incluso más improbable. Pero nos hicimos amigos, y nuestra amistad ha perdurado hasta el día de hoy, aunque ahora ya no lo veo tan menudo.
En muchos institutos se representa una obra de teatro en el último curso, pero no era el caso del Gates. Nosotros preparábamos dos obras al año, y aunque las organizaba el Club de Teatro, todos los alumnos podían presentarse a las audiciones. Yo conocía la historia, porque había visto la versión cinematográfica por la televisión una lluviosa tarde de sábado. Me gustó, así que probé suerte. La novia de Mike, miembro del Club de Teatro, lo convenció para que se presentara, y acabó interpretando el papel del homicida Jonathan Brewster. A mí me asignaron el papel de su escurridizo adlátere, el doctor Einstein. En la película, ese personaje lo interpretaba Peter Lorre, y yo hice todo lo posible por hablar como él, diciendo con desdén «Pse, pse» antes de cada frase. No era una imitación muy buena, pero debo decir que coló entre el público. En los pueblos, ya se sabe.
Así fue, pues, como nos hicimos amigos Submarino y yo, y también fue así como me enteré de lo que en verdad le había ocurrido a Kenny Yanko. Resultó que el reverendo se equivocaba y la necrológica del periódico estaba en lo cierto. Realmente había sido un accidente.
Durante el intermedio entre el primer acto y el segundo del ensayo general, yo estaba delante de la máquina de Coca-Cola, que se había tragado mis setenta y cinco centavos y no me daba nada a cambio. Submarino se apartó de su novia, se acercó y asestó a la máquina un fuerte golpe con la palma de la mano en el ángulo superior derecho. De inmediato cayó en la bandeja una lata de Coca-Cola.
—Gracias —dije.
—De nada. Solo tienes que acordarte de golpear justo ahí, en el ángulo.
Contesté que lo tendría en cuenta, aunque dudé que fuera capaz de golpear con la misma fuerza.
—Ah, oye, me enteré de que tuviste problemas con aquel Yanko. ¿Es verdad?
No tenía sentido desmentirlo —Billy y las dos chicas se habían ido de la lengua—, y de hecho no había ninguna razón para eso después de tanto tiempo. Así que contesté que sí, que era verdad, y le expliqué que me había negado a lustrarle las botas y lo que había ocurrido a continuación.
—¿Quieres saber cómo murió?
—Me han llegado unas cien versiones distintas. ¿Tú tienes otra?
—Yo tengo la verdad, coleguita. Ya sabes quién es mi padre, ¿no?
—Claro. —El cuerpo de policía de Gates Falls se componía de alrededor de veinte agentes de uniforme, el jefe de policía y un inspector, el padre de Mike, George Ueberroth.
—Te contaré lo de Yanko si me das un sorbo de tu Coca-Cola.
—Vale, pero no escupas dentro.
—¿Me tomas por un animal? Trae aquí, jodido mequetrefe.
—Pse, pse —contesté, a lo Peter Lorre.
Él dejó escapar una risita, cogió la lata, apuró la mitad y eructó. En el pasillo, a cierta distancia, su novia se metió el dedo en la boca e hizo ver que vomitaba. El amor en el instituto es muy sofisticado.
—Mi padre se ocupó de la investigación —dijo Submarino al tiempo que me devolvía la lata— y, un par de días después de la muerte de Yanko, lo oí hablar con el sargento Polk, que acababa de llegar de «la casa». Así es como llaman a la comisaría. Estaban en el porche tomando cerveza, y el sargento comentó algo de que Yanko había practicado el estrangu-meneo. Mi padre se rio y dijo que él había oído llamar a esa técnica «corbata de Beverly Hills». El sargento añadió que probablemente era la única manera en que el pobre chico conseguía correrse, con esa cara de pizza que tenía. Mi padre coincidió con él, triste pero cierto. Luego añadió que lo que le preocupaba era el pelo. Dijo que al forense también le preocupaba.
—¿Qué pasaba con el pelo? —pregunté—. ¿Y qué es eso de la corbata de Beverly Hills?
—Lo consulté en mi teléfono. Es como se llama en argot a la asfixia autoerótica. —Pronunció esas palabras con cuidado. Con orgullo, casi—. Te cuelgas del cuello y te la pelas mientras estás perdiendo el conocimiento. —Vio mi expresión y se encogió de hombros—. Yo no hago las noticias, doctor Einstein, solo las repito. Debe de ser un subidón, pero creo que paso.
Yo también pasaba, pensé.
—¿Y lo del pelo?
—Le pregunté a mi padre por eso. No quería contármelo, pero como yo había oído todo lo demás, al final cedió. Dijo que la mitad del pelo se le había vuelto blanco.
Pensé mucho en eso. Por un lado, si alguna vez había concebido la idea de que el señor Harrigan saliese de la tumba para vengarse en mi nombre (y a veces por la noche, cuando no podía conciliar el sueño, la idea, por ridícula que pareciera, penetraba subrepticiamente en mi cabeza), la revelación de Submarino echaba por tierra esa posibilidad. Imaginando a Kenny Yanko en su armario, con el pantalón en torno a los tobillos y una cuerda alrededor del cuello, con el rostro cada vez más amoratado mientras practicaba el consabido estrangu-meneo, en realidad sentía lástima por él. Vaya una manera absurda e indigna de morir. «Como resultado de un trágico accidente», decía la necrológica del Sun, y esa información era más precisa de lo que ninguno de nosotros, los demás chicos, podíamos haber sabido.
Por otro lado, sin embargo, estaba el comentario del padre de Submarino sobre el pelo de Kenny. Yo no podía evitar preguntarme a qué se debía eso. Qué podía haber visto Kenny en ese armario, a su lado, mientras, sumiéndose en la inconsciencia, se la pelaba con toda su alma.
Finalmente acudí a mi mejor asesor, internet. Allí encontré divergencia de opiniones. Unos científicos afirmaban que no existía prueba alguna de que el cabello de una persona pudiera emblanquecerse a causa de un shock; otros sostenían que sí, que ciertamente podía ocurrir. Que los melanocitos que determinan el color del cabello podían morir como consecuencia de un shock. En un artículo que leí se decía que, de hecho, les ocurrió a Tomás Moro y María Antonieta antes de ser ejecutados. Otro artículo lo ponía en tela de juicio, aseguraba que era solo una leyenda. Al final, aquello era como una frase que decía a veces el señor Harrigan sobre la compra de acciones: pagas tu dinero y asumes el riesgo.
Poco a poco, estas dudas y preocupaciones se disiparon, pero mentiría si dijera que Kenny Yanko desapareció por completo de mi cabeza, entonces o ahora. Kenny Yanko, en su armario con una cuerda alrededor del cuello. Quizá no perdió el conocimiento antes de poder aflojar el nudo. Quizá Kenny Yanko —solo quizá— vio algo que lo asustó de tal modo que se desmayó. Que realmente murió de miedo. A la luz del día, resultaba bastante absurdo. Por la noche, sobre todo si el viento soplaba con fuerza y producía leves gemidos en torno a los aleros, no tanto.
Ante la casa del señor Harrigan apareció el cartel de EN VENTA de una agencia inmobiliaria de Portland, y fueron a verla unas cuantas personas. La mayoría eran de esos que llegaban en avión de Boston o Nueva York (algunos en vuelos chárter, probablemente). De esos que, como los hombres de negocios que asistieron al funeral del señor Harrigan, no escatimaban en el alquiler de coches caros. Dos de ellos fueron el primer matrimonio gay que vi; jóvenes pero a todas luces acaudalados y a todas luces enamorados. Llegaron en un llamativo BMW i8, fueron de acá para allá cogidos de la mano, y se deshicieron en exclamaciones como «Uau» e «Increíble» por todo el jardín. Después se marcharon y no volvieron.
Vi a muchos de esos posibles compradores porque el administrador de la herencia (el señor Rafferty, por supuesto) había conservado en sus puestos a la señora Grogan y a Pete Bostwick, y Pete me contrató para ayudarlo en el jardín. Sabía que se me daban bien las plantas y que estaba dispuesto a trabajar de firme. Ganaba doce pavos la hora, diez horas semanales, y con el sustancioso fideicomiso fuera de mi alcance hasta que fuera a la universidad, ese dinero me venía muy bien.
Pete llamaba a los posibles compradores «ricachos». Al igual que la pareja casada del BMW, exclamaban «Uau» pero no compraban. Teniendo en cuenta que la casa estaba en una calle sin asfaltar y que las vistas eran solo buenas, no espectaculares (sin lagos, montañas ni costa rocosa con faro), no me sorprendió. Tampoco a Pete o a la señora Grogan. Apodaron a la casa Mansión Elefante Blanco.
A principios del invierno de 2011, destiné parte de los ingresos que había obtenido con el trabajo de jardinería a renovar mi teléfono de primera generación, que sustituí por un iPhone 4. Transferí mis contactos esa misma noche y, mientras deslizaba la pantalla, me encontré el número del señor Harrigan. Casi sin pensar, lo pulsé. Llamando al señor Harrigan, leí en la pantalla. Me acerqué el teléfono al oído con una mezcla de temor y curiosidad.
No hubo mensaje saliente del señor Harrigan. No hubo voz robótica que anunciara que el número al que había llamado estaba fuera de servicio, y tampoco hubo timbre. No hubo nada excepto un silencio uniforme. Podía decirse que lo único que se oyó en mi nuevo teléfono fue, je je, un silencio sepulcral.
Fue un alivio.
En segundo, elegí biología, y allí estaba la señorita Hargensen, tan guapa como siempre, aunque ya no era mi amor. Había desplazado mis afectos a una joven más accesible (y acorde con mi edad). Wendy Gerard era una rubia menuda de Motton que acababa de deshacerse de la ortodoncia. Pronto empezamos a estudiar juntos, a ir al cine juntos (cuando mi padre, su madre o su padre nos llevaban, claro) y a magrearnos en la última fila. Todas esas cosas tan pegajosas propias de chicos que están perfectamente bien.
Mi enamoramiento de la señorita Hargensen murió de muerte natural, y bien estuvo, porque eso dio paso a la amistad. A veces yo llevaba plantas al aula, y los viernes por la tarde, después de clase, la ayudaba a limpiar el laboratorio, que compartíamos con los alumnos de química.
Una de esas tardes, le pregunté si creía en los fantasmas.
—Teniendo en cuenta que es científica y tal, imagino que no —comenté.
Ella se rio.
—Soy profesora, no científica.
—Ya sabe a qué me refiero.
—Supongo, pero sigo siendo una buena católica. O sea, creo en Dios y en los ángeles y en el mundo espiritual. En cuanto al exorcismo y la posesión demoníaca, ya no estoy tan segura, me parece excesivo, pero ¿los fantasmas? Dejémoslo en que aún no me he decidido. Desde luego nunca asistiría a una sesión espiritista ni haría el tonto con un tablero de güija.
—¿Por qué?
Estábamos limpiando los fregaderos, tarea que en principio correspondía a los alumnos de química antes del fin de semana pero casi nunca hacían. La señorita Hargensen interrumpió la limpieza; sonreía. Quizá un poco abochornada.
—La gente de ciencias no es inmune a la superstición, Craig. Creo que no conviene hacer el tonto con las cosas que uno no entiende. Mi abuela decía que una persona no debe emplazar a nadie a menos que quiera una respuesta. Siempre me ha parecido un buen consejo. ¿Por qué lo preguntas?
No tenía intención de contarle que Kenny me rondaba aún por la cabeza.
—Yo soy metodista, y hablamos del Espíritu Santo. Solo que en la Biblia del rey Jacobo se lo llama Fantasma Santo. Posiblemente estaba pensando en eso.
—Bueno, si los fantasmas existen —dijo ella—, seguro que no todos son santos.
Todavía quería dedicarme a escribir de una manera u otra, aunque mi ambición de ser guionista se había enfriado. El chiste del señor Harrigan sobre el guionista y la starlet acudía a mi memoria de vez en cuando, y había empañado un tanto mis fantasías sobre el mundo del espectáculo.
Ese año, por Navidad, mi padre me regaló un portátil, y empecé a escribir cuentos. Estaban bien línea a línea, pero las líneas de un cuento tienen que acabar formando un todo, y en las mías eso no pasaba. Al año siguiente, el jefe del departamento de Literatura me eligió como director del periódico del instituto, y me entró el gusanillo del periodismo, que ya nunca me ha abandonado. Dudo que me abandone. Creo que cuando uno encuentra el lugar que le corresponde, oye un clic, no en la cabeza sino en el alma. Puede hacer oídos sordos, pero ¿qué necesidad hay de eso?
Empecé a dar el estirón, y en tercero, después de mostrar a Wendy que sí, que tenía protección (de hecho, fue Submarino quien compró los condones), dejamos atrás la virginidad. Fui el tercero de mi promoción (éramos solo 142, pero no estuvo nada mal), y mi padre me compró un Toyota Corolla (de segunda mano, pero no estuvo nada mal). Me aceptaron en Emerson, una de las mejores universidades del país para los aspirantes a periodista, y seguramente me habrían concedido una beca parcial, pero gracias al señor Harrigan no la necesitaba, suerte la mía.
Entre los catorce y los dieciocho años, había pasado por algunas de las típicas tormentas adolescentes, aunque en realidad no muchas; era como si en la pesadilla con Kenny Yanko se hubiese concentrado anticipadamente buena parte de la angustia de la adolescencia. Además, quería a mi padre, y estábamos los dos solos. Creo que eso cambia las cosas.
Para cuando empecé a estudiar en la universidad, ya rara vez pensaba en Kenny Yanko. Pero aún me acordaba del señor Harrigan. No era raro, teniendo en cuenta que me había tendido la alfombra roja del mundo académico. Sin embargo, algunos días me acordaba más que otros. Si uno de esos días me encontraba de visita en el pueblo, iba a poner flores en su tumba. Si no, Pete Bostwick o la señora Grogan las ponían por mí.
El día de San Valentín. Acción de Gracias. Navidad. Y por mi cumpleaños.
Además, esos días siempre compraba un billete de un dólar de rasca y gana. A veces me tocaban dos pavos, a veces cinco, y en una ocasión cincuenta, pero nunca me acerqué siquiera al premio gordo. Me daba igual. Si lo hubiera ganado, habría donado el dinero a alguna organización benéfica. Compraba los billetes en memoria del señor Harrigan. Gracias a él, ya era rico.
Como el señor Rafferty fue generoso con el fideicomiso, dispuse de mi propio piso cuando cursaba tercero en Emerson. Solo un par de habitaciones y un cuarto de baño, pero se hallaba en la zona de Back Bay, donde ni los pisos pequeños son baratos. Por entonces trabajaba en la revista literaria. Ploughshares es una de las mejores del país, y siempre tiene un redactor jefe de altos vuelos, pero alguien ha de leer el material no solicitado, y ese era yo. Me gustaba esa responsabilidad, y me gustaba el trabajo, pese a que muchos de los textos no andaban muy a la zaga de un poema memorablemente malo, incluso clásicamente malo, titulado «Diez razones por las que odio a mi madre». Me resultaba alentador ver que ahí fuera había muchos esforzados aspirantes que escribían peor que yo. Es posible que suene mezquino. Es posible que lo sea.
Una tarde, mientras realizaba esa tarea con una bandeja de Oreo junto a la mano izquierda y una taza de té junto a la derecha, sonó el teléfono. Era mi padre. Dijo que tenía una mala noticia y me anunció que la señorita Hargensen había muerto.
Por un momento, enmudecí. De repente la pila de poemas y relatos no solicitados parecía del todo intrascendente.
—¿Craig? —preguntó mi padre—. ¿Sigues ahí?
—Sí. ¿Qué ha pasado?
Me contó lo que sabía, y yo averigüé más un par de días después cuando la noticia apareció en la edición online de Weekly Enterprise, el semanario de Gates Falls. DOS QUERIDOS PROFESORES MUERTOS EN VERMONT, rezaba el titular. Victoria Hargensen Corliss aún daba clases de biología en Gates; su marido era profesor de matemáticas en la vecina localidad de Castle Rock. Habían decidido hacer un viaje en moto por Nueva Inglaterra durante las vacaciones de primavera, alojándose en un sitio distinto cada noche. En Vermont, ya en el camino de regreso, cerca de la línea divisoria con New Hampshire, Dean Whitmore, treinta y un años, de Waltham, Massachusetts, invadió el carril contrario en la Interestatal 2 y los embistió frontalmente. Ted Corliss murió en el acto. Victoria Corliss —la mujer que me había llevado a la sala de profesores después de la paliza de Kenny Yanko y me había dado un Aleve ilícito que sacó de su bolso— había muerto durante el traslado al hospital.
Yo había trabajado como becario en el Enterprise el verano anterior, vaciando las papeleras básicamente, pero también había escrito unas cuantas crónicas deportivas y reseñas cinematográficas. Cuando telefoneé a Dave Gardener, el redactor jefe, me dio cierta información que el Enterprise no había publicado. Dean Whitmore había sido detenido un total de cuatro veces por conducir bajo los efectos del alcohol, pero su padre era un gran gestor de fondos de inversión libre (cómo odiada el señor Harrigan a esos trepas), y las tres veces anteriores había contratado abogados caros para ocuparse de la defensa de Whitmore. La cuarta, después de estrellarse contra la fachada lateral de un Zoney’s Go-Mart en Hingham, había eludido la cárcel pero perdido el carnet. Conducía sin carnet y bajo los efectos del alcohol cuando arrolló la moto de los Corliss. «Como una cuba», fue como lo expresó Dave.
—Saldrá de esta con un rapapolvo y poco más —auguró Dave—. Su papá se encargará. Ya verás.
—Ni hablar. —La mera idea de que eso ocurriese me revolvió el estómago—. Si tu información es correcta, se trata de un caso claro de homicidio por imprudencia grave.
—Ya lo verás —repitió él.
Los funerales se celebraron en Saint Anne, la iglesia a la que tanto la señorita Hargensen —me resultaba imposible pensar en ella como Victoria— como su marido habían asistido durante la mayor parte de su vida, y en la que habían contraído matrimonio. El señor Harrigan había sido rico, un hombre influyente durante años en el mundo de los negocios de Estados Unidos, pero en el funeral de Ted y Victoria Corliss había mucha más gente. Saint Anne es una iglesia grande y, sin embargo, ese día no cabía un alma, y si el padre Ingersoll no hubiese dispuesto de un micrófono, nadie lo habría oído en medio de tanto sollozo. Los dos habían sido profesores muy queridos. Se habían casado por amor y, además, eran jóvenes.
Lo mismo que la mayoría de los asistentes. Yo estaba allí; Regina y Margie estaban allí; Billy Bogan estaba allí; también estaba Submarino, que había viajado expresamente desde la Universidad Estatal de Florida, donde jugaba al béisbol en primera división. Submarino y yo nos sentamos juntos. No puede decirse que llorara, pero tenía los ojos enrojecidos, y semejante hombretón se sorbía la nariz.
—¿La tuviste alguna vez como profesora? —pregunté en un susurro.
—En bío II —contestó él, también en un susurro—. En último curso. Necesitaba la asignatura para graduarme. Me regaló el aprobado. Y me apunté a su club de ornitología. Cuando solicité plaza en la universidad, me escribió una recomendación.
A mí me había escrito otra.
—Es injusto —comentó Submarino—. Simplemente hacían un viaje en moto. —Guardó silencio un momento—. Y además llevaban casco.
Billy parecía el mismo de siempre, pero a Margie y a Regina se las veía mayores, casi mujeres con el maquillaje y los vestidos de jóvenes adultas. Me abrazaron delante de la iglesia cuando terminó el oficio.
—¿Te acuerdas de cómo te cuidó la noche de la paliza? —preguntó Regina.
—Sí —dije.
—Me dejó usar su crema de manos —añadió Regina, y se echó a llorar de nuevo.
—Espero que aparten a ese individuo de la circulación para siempre —dijo Margie con vehemencia.
—Lo suscribo —contestó Submarino—. Que lo encierren y tiren la llave.
—Así será —afirmé, pero, por supuesto, yo me equivocaba y Dave estaba en lo cierto.
Dean Whitmore compareció en el juzgado aquel mes de julio. Lo condenaron a cuatro años, pena que cumpliría en libertad condicional si accedía a someterse a rehabilitación y a análisis de orina aleatorios durante esos cuatro años. Para entonces yo volvía a trabajar para el Enterprise, y como empleado remunerado (solo a tiempo parcial, pero no estaba nada mal). Me habían endosado los asuntos de la comunidad y algún que otro reportaje. El día siguiente a la sentencia de Whitmore —si podía denominarse así—, expresé mi indignación a Dave Gardener.
—Ya lo sé, es una mierda —dijo—. Pero tienes que hacerte mayor, Craigy. Vivimos en el mundo real, donde el dinero habla y la gente escucha. En el caso Whitmore, en algún punto del proceso el dinero ha cambiado de manos. Dalo por hecho. Bueno, ¿y no se supone que tendrías que entregarme cuatrocientas palabras sobre la feria de artesanía?
Un centro de rehabilitación —posiblemente con pista de tenis y green para practicar el golf— no bastaba. Cuatro años de controles de orina no bastaban, y menos cuando podías pagar a alguien para que proporcionara muestras limpias si sabías con antelación cuándo iban a solicitarte las pruebas. Y era muy probable que Whitmore lo supiera.
A medida que avanzaba aquel caluroso agosto, a veces pensaba en un proverbio africano que había leído en una de mis clases: «Cuando muere un anciano, arde una biblioteca». Victoria y Ted no eran viejos, pero en cierto modo eso era aún peor, porque su potencial ya nunca se materializaría. Todos aquellos jóvenes presentes en el funeral, alumnos actuales y graduados recientes como mis amigos y yo, inducían a pensar que algo había ardido y ya nunca podría reconstruirse.
Me acordé de sus dibujos de hojas y ramas en la pizarra, imágenes hermosas hechas a mano alzada. Me acordé de cuando limpiábamos el laboratorio de biología los viernes por la tarde y luego, por si acaso, la mitad del laboratorio dedicada a química, riéndonos los dos por el hedor, mientras ella se preguntaba si algún Doctor Jekyll estudiante de química se convertiría en Mister Hyde y causaría estragos en los pasillos. Me acordé de que me dijo «Lo entiendo» cuando le contesté que no quería volver a entrar en el gimnasio después de la paliza de Kenny. Me acordé de todo eso, y del olor de su perfume, y luego pensé en el gilipollas que la había matado, que terminaría la rehabilitación y seguiría con su vida tan campante.
No, no bastaba.
Esa tarde fui a casa y revolví en los cajones de la cómoda de mi habitación, sin acabar de reconocer qué era lo que buscaba… ni por qué. Lo que buscaba no estaba allí, ante lo que sentí decepción y a la vez alivio. Ya me disponía a irme, pero de pronto retrocedí y, de puntillas, examiné el contenido del estante superior del armario, donde tendían a amontonarse los cachivaches. Encontré un viejo despertador, un iPod que se había averiado al caérseme en el camino de acceso a casa cuando iba en monopatín y una maraña de auriculares de diadema y de botón. Había una caja de cromos de béisbol y una pila de cómics de Spiderman. Al fondo de todo descubrí una sudadera de los Red Sox demasiado pequeña para el cuerpo que habitaba ahora. La levanté y allí, debajo, apareció el iPhone que me había regalado mi padre una Navidad. Cuando no era más que un renacuajo. El cargador también estaba. Conecté el móvil antiguo, aún sin reconocer del todo qué me proponía, pero cuando ahora pienso en aquel día —de hace no muchos años—, creo que la fuerza impulsora fueron unas palabras que pronunció la señorita Hargensen mientras limpiábamos los fregaderos del laboratorio de química: «Una persona no debe emplazar a nadie a menos que quiera una respuesta». Ese día yo quería una respuesta.
Probablemente ni siquiera se cargará, me dije. Lleva ahí años acumulando polvo. Pero se cargó. Cuando fui a buscarlo esa noche, después de que mi padre se acostara, vi el icono de la batería con toda su carga en el ángulo superior derecho.
Dios mío, eso sí fue abrir el baúl de los recuerdos. Vi e-mails de hacía mucho tiempo, fotos de mi padre antes de peinar canas, un intercambio de mensajes entre Billy Bogan y yo. En realidad, no contenían nada nuevo de interés, solo comentarios jocosos e información esclarecedora como Acabo de tirarme un pedo y preguntas incisivas como ¿Has hecho los deberes de álgebra? Éramos como dos niños conectados mediante un par de latas de conservas Del Monte y un cordel encerado. Que es a lo que se reduce la mayor parte de nuestras comunicaciones modernas, si uno se para a pensarlo: parlotear por parlotear.
Me llevé el teléfono a la cama, tal como hacía cuando aún no necesitaba afeitarme y cuando besar a Regina era el no va más. Solo que entonces la cama que en otro tiempo me había parecido grande se me antojaba casi demasiado pequeña. Miré el póster colgado en la pared opuesta de la habitación; era de Katie Perry; lo colgué ahí en el tercer curso de instituto, cuando la veía como la viva imagen de la diversión sexy. Ya no era el renacuajo de entonces, pero seguía siendo el mismo. Eso tiene su gracia.
«Si los fantasmas existen —había dicho la señorita Hargensen—, seguro que no todos son santos».
Al pensar en eso, casi abandoné mi plan. A continuación, imaginando una vez más a aquel capullo irresponsable jugando al tenis en su centro de rehabilitación, seguí adelante y pulsé el número del señor Harrigan. Tranquilo, me dije. No ocurrirá nada. No puede ocurrir nada. Es solo una manera de despejar el terreno mental para dejar la rabia y la pena atrás y pasar a lo siguiente.
Solo que parte de mí sabía que sí ocurriría algo, tanto era así que no me sorprendió oír el timbre en lugar de silencio. Ni su voz cascada hablándome al oído, procedente del teléfono que yo había metido en el bolsillo del muerto hacía casi siete años: «Ahora no atiendo el teléfono. Le devolveré la llamada si lo considero oportuno».
—Hola, señor Harrigan, soy Craig. —Hablé con voz asombrosamente serena, si tenemos en cuenta que me dirigía a un cadáver y que tal vez el cadáver me estuviese escuchando—. Un tal Dean Whitmore mató a mi profesora preferida del instituto y a su marido. Ese hombre iba borracho y los embistió con su coche. Eran buenas personas; ella me prestó ayuda cuando la necesitaba, y ese hombre no ha recibido su merecido. Creo que eso es todo.
Solo que no lo era. Disponía al menos de alrededor de treinta segundos de mensaje, y no los había aprovechado todos. Así que dije el resto, la verdad, bajando aún más la voz, hasta hablar casi en un gruñido:
—Ojalá estuviera muerto.
Ahora trabajo para el Times Union, un periódico local que abarca Albany y alrededores. Me pagan una miseria, probablemente podría ganar más escribiendo para BuzzFeed o TMZ, pero tengo el colchón del fideicomiso, y me gusta trabajar para un periódico de verdad, pese a que hoy día la mayor parte de la acción transcurre en línea. Digamos que soy anticuado.
Había entablado amistad con Frank Jefferson, el experto en tecnología de la información del periódico, y una noche, mientras tomábamos unas cervezas en el Madison Pour House, le conté que en otro tiempo había logrado comunicarme con el buzón de voz de un muerto…, pero solo si lo llamaba desde el móvil viejo que tenía cuando ese hombre aún vivía. Pregunté a Frank si alguna vez había oído algo semejante.
—No —contestó—, pero sería posible.
—¿Cómo?
—Ni idea, pero los primeros ordenadores y móviles presentaban toda clase de fallos raros. Algunos son legendarios.
—¿Los iPhone también?
—Esos especialmente —dijo, y echó un trago de cerveza—. Porque la producción fue muy precipitada. Steve Jobs nunca lo habría reconocido, pero a la gente de Apple la aterrorizaba la posibilidad de que al cabo de un par de años, quizá solo uno, Blackberry dominara por completo el mercado. Algunos de aquellos primeros iPhone se bloqueaban cada vez que pulsabas la letra ele. Podías enviar un e-mail y navegar por la red, pero si intentabas navegar por la red y luego mandar un e-mail, a veces el teléfono se colgaba.
—De hecho, a mí me pasó un par de veces —dije—. Tuve que reiniciar.
—Ya. Pasaban muchas cosas de ese estilo. En cuanto a lo tuyo… Supongo que el mensaje de ese hombre se quedó atascado en el software, igual que un trozo de cartílago puede quedarse entre los dientes. Digamos que es como un fantasma dentro del aparato.
—Sí —convine—, pero no un fantasma santo.
—¿Eh?
—Nada —contesté.
Dean Whitmore murió durante su segundo día en el centro de rehabilitación de Raven Mountain, una clínica de desintoxicación situada en el norte de New Hampshire (disponía en efecto de pistas de tenis; también de pistas de tejo y piscina). Me enteré casi tan pronto como ocurrió, porque tenía activada una alerta en Google con su nombre tanto en mi portátil como en mi ordenador del Weekly Enterprise. No se mencionaba la causa de la muerte —poderoso caballero es don dinero, como es bien sabido—, así que decidí visitar la cercana localidad de Maidstone, en New Hampshire. Recurrí a mis dotes de periodista, hice unas cuantas preguntas y me desprendí de algo del dinero del señor Harrigan.
No me requirió mucho tiempo, porque en cuestión de suicidios el de Whitmore se salía bastante de lo común. Igual que es poco común que uno se estrangule mientras se la pela, podría decirse. En Raven Mountain, a los pacientes los llamaban «huéspedes» en lugar de drogotas o borrachos, y cada habitación tenía su propia ducha. Dean Whitmore se metió en la suya antes del desayuno y echó unos tragos de champú. No para suicidarse, por lo visto, sino para lubrificar la vía de acceso. Luego partió en dos una pastilla de jabón, tiró al suelo una mitad y se encajó la otra en la garganta.
La mayor parte de esa información se la sonsaqué a uno de los terapeutas, cuyo trabajo en Raven Mountain consistía en apartar a los alcohólicos y a los drogadictos de sus malos hábitos. Ese individuo, de nombre Randy Squires, sentado en mi Toyota, bebía a morro de una botella de Wild Turkey adquirida con parte de los cincuenta dólares que le había dado (y ciertamente no se me escapó la ironía). Pregunté si quizá Whitmore había dejado una nota de suicidio.
—Pues sí —respondió Squires—. Y tenía su lado enternecedor, de hecho. Era casi una plegaria. «Sigue dando todo el amor que te sea posible», decía.
Se me puso la carne de gallina en los brazos, pero las mangas lo ocultaron, y logré esbozar una sonrisa. Podría haberle dicho que no era una plegaria, sino un verso de «Stand By Your Man», de Tammy Wynette. En todo caso, Squires no habría sabido de qué iba, y no había razón alguna para que yo se lo explicara. Era algo entre el señor Harrigan y yo.
Dediqué tres días a esa pequeña investigación. Cuando regresé, mi padre me preguntó si había disfrutado de mis minivacaciones. Le contesté que sí. Me miró con atención y preguntó si pasaba algo. Dije que no, sin saber si era mentira o no.
Parte de mí aún creía que Kenny Yanko había muerto de manera accidental, y que Dean Whitmore se había suicidado, posiblemente por un sentimiento de culpabilidad. Traté de imaginar cómo podía el señor Harrigan habérseles aparecido y haber causado sus muertes, y me fue imposible. Si de verdad había ocurrido eso, yo era cómplice de asesinato, no desde un punto de vista legal pero sí moral. A fin de cuentas, había deseado la muerte de Whitmore. Probablemente, en el fondo de mi alma, también la de Kenny.
—¿Seguro? —dijo mi padre. Aún mantenía la mirada fija en mí, y con la expresión escrutadora que, como yo bien recordaba, me dirigía en mi primera infancia cuando acababa de hacer alguna trastada.
—Totalmente —respondí.
—Vale, pero, si necesitas hablar, aquí me tienes.
Sí, y yo daba gracias a Dios por eso, pero aquello era algo de lo que no podía hablar. No sin dar la impresión de que estaba loco.
Entré en mi habitación y cogí el viejo iPhone del estante del armario. Conservaba la carga de un modo admirable. ¿Por qué hice eso exactamente? ¿Me proponía telefonearlo a la tumba para darle las gracias? ¿Para preguntarle si de verdad estaba allí? No lo recuerdo, y supongo que tampoco importa, porque no llamé. Cuando encendí el teléfono, vi que tenía un mensaje de reypirata1. Pulsé con dedo trémulo para abrirlo y leí lo siguiente: C C C sT.
Mientras lo miraba, barajé una posibilidad que ni siquiera se me había pasado por la cabeza antes de ese día de finales de verano. ¿Y si de algún modo yo retenía como rehén al señor Harrigan? ¿Atado a mis preocupaciones terrenas mediante el teléfono que le había metido en el bolsillo de la chaqueta antes de que cerrasen la tapa del ataúd? ¿Y si lo que le había pedido le causaba daño? ¿Quizá incluso lo atormentaba?
No es probable, pensé. Recuerda lo que te contó la señora Grogan sobre Dusty Bilodeau. Dijo que, después de robar al señor Harrigan, no lo habría contratado ni el viejo Dorrance Marstellar para retirar la mierda de gallina de su granero a paladas. Él se encargó de eso.
Sí, y otra cosa. La señora Grogan dijo también que era un hombre íntegro, pero que, si tú no lo eras también, que Dios te ayudara. ¿Y había sido íntegro Dean Whitmore? No. ¿Había sido íntegro Kenny Yanko? Ídem. Así que tal vez el señor Harrigan había intervenido gustosamente. Tal vez incluso había disfrutado.
—Si es que estuvo presente —susurré.
Había estado presente. En el fondo de mi alma, lo sabía. Y sabía otra cosa. Sabía qué significaba ese mensaje: Craig, stop.
¿Porque le hacía daño a él o porque me lo hacía a mí mismo?
Decidí que a fin de cuentas tanto daba.
Al día siguiente, llovió a cántaros, esa clase de aguacero frío y sin aparato eléctrico que anuncia que las primeras tonalidades otoñales empezarán a aparecer en un par de semanas. Estuvo bien que lloviera, porque gracias a eso los veraneantes —los que quedaban— se habían refugiado en sus escondrijos de temporada y no había nadie en Castle Lake. Aparqué en la zona de picnic del extremo norte del lago y fui a pie hasta lo que los chavales llamaban los Salientes, el sitio donde, en traje de baño, se retaban a saltar. Algunos de nosotros incluso lo hacíamos.
Me acerqué al borde del precipicio, allí donde terminaba la pinocha y empezaba la roca desnuda, que era la verdad última de Nueva Inglaterra. Me llevé la mano al bolsillo derecho del pantalón caqui y saqué mi iPhone 1. Lo sostuve un momento, sopesándolo y recordando la emoción que había sentido aquella mañana de Navidad al desenvolver el paquete y ver el logo de Apple. ¿Había chillado de alegría? No lo recordaba, pero casi seguro.
Todavía quedaba batería, aunque ya menos del cincuenta por ciento. Telefoneé al señor Harrigan, y en la tierra oscura del cementerio de Elm, en el bolsillo de la chaqueta de un traje caro, para entonces moteado de moho, sonó, no me cabe duda, la canción de Tammy Wynette. Escuché su voz cascada de viejo una vez más, diciéndome que me devolvería la llamada si lo consideraba oportuno.
Aguardé el pitido.
—Gracias por todo, señor Harrigan —dije—. Adiós.
Corté la comunicación, eché el brazo atrás y lancé el teléfono con todas mis fuerzas. Lo observé trazar un arco por el cielo gris. Observé la pequeña salpicadura que produjo al caer en el agua.
Me llevé la mano al bolsillo izquierdo y saqué mi iPhone actual, el 5C con carcasa de color. Me proponía arrojarlo también al lago. Seguramente podía arreglármelas con el fijo, y seguramente desprenderme de él me haría la vida más fácil. Menos cháchara, no más mensajes para preguntarme Qué haces, no más emoticonos absurdos. Si conseguía trabajo en un periódico después de graduarme y necesitaba mantenerme en contacto, podía utilizar un móvil prestado y devolverlo una vez concluido el encargo para el cual lo necesitase.
Eché el brazo atrás, lo mantuve en esa posición durante lo que se me antojó un largo rato, quizá un minuto, quizá dos. Al final me guardé el teléfono en el bolsillo. Ignoro si todo el mundo es adicto a esas latas Del Monte de alta tecnología, pero sí sé que yo lo soy, y sé que el señor Harrigan lo era. Por eso le metí el móvil en el bolsillo aquel día. En el siglo XXI, creo, son nuestros teléfonos el medio por el que nos relacionamos con el mundo. Si es así, probablemente sea una mala relación.
O tal vez no. Después de lo ocurrido a Yanko y a Whitmore, y después de aquel último mensaje de reypirata1, hay muchas cosas de las que no estoy seguro. De la realidad misma, para empezar. No obstante, sí sé dos cosas, y son tan sólidas como la roca de Nueva Inglaterra. Cuando me muera, no quiero que me incineren, y quiero que me entierren con los bolsillos vacíos.